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Jueces para la Democracia pide al PP que deje de descalificar a la jueza que falló a favor de los escraches

23 abril, 2014

Fuente: http://www.infolibre.es

  • La asociación judicial ha publicado un comunicado en el que denuncia las “numerosas descalificaciones” que está “lanzando” el PP contra la jueza Isabel Valldecabres
  • “Las resoluciones judiciales pueden ser criticadas, pero en este caso no han sido desvirtuadas a través de argumentos jurídicos, sino que se ha procedido a la descalificación personalizada de una magistrada”, afirma el colectivo

 Actualizada 06/02/2014 a las 20:33  RELACIONADOS

La asociación judicial Jueces para la Democracia ha publicado este jueves un comunicado en el que denuncia las “numerosas descalificaciones” que está “lanzando” el PP contra la jueza Isabel Valldecabres, una de los tres magistrados de la Audiencia Provincial de Madrid que ha elaborado la sentencia que considera que el escrache acaecido en abril de 2013 contra la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, no fue constitutivo de delito.

Desde que se conoció la sentencia, el pasado martes, diferentes dirigentes conservadores han mostrado su disconformidad con la decisión. Igualmente, el partido ha difundido en su cuenta de Twitter un mensaje acompañado de un vídeo, en el cual se recogen declaraciones de Valldecabres –quien fue asesora de la ministra de Igualdad socialista Bibiana Aído– en las cuales relata la campaña de presión de grupos provida contra Aído a raíz de la aprobación de la Ley del Aborto en 2010. Esperanza Aguirre, por su parte, ha publicado un tuit en el que expresa su deseo de que el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, “deje bien claro que este tipo de autos y sentencias no se pueden producir”.

“Resulta una falta de respeto a la independencia judicial que se ataque a una magistrada de forma personalizada. Las resoluciones judiciales pueden ser criticadas, pero en este caso no han sido desvirtuadas a través de argumentos jurídicos, sino que se ha procedido a la descalificación personalizada de una magistrada“, denuncia Jueces para la Democracia, que considera “inadmisible que el partido del Gobierno no sea capaz de respetar las instituciones básicas de nuestro país, ni tampoco el sistema de separación de poderes propio de un Estado de Derecho”.

Pero la asociación judicial ha ido más allá al aseverar que “con estas posturas los dirigentes del PP se sitúan al margen de la Constitución”. “Tampoco resulta aceptable que determinados dirigentes políticos solo admitan las resoluciones judiciales si les benefician, pero no cuando se sienten perjudicados”, declara Jueces para la Democracia en su nota, en referencia a declaraciones como la realizada por el portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Carlos Floriano, que aseguró no entender “que se ejerza esa violencia verbal que algunos dicen que no es”.

Por ello, el colectivo ha pedido “respeto a las resoluciones judiciales y a las instituciones básicas de nuestro Estado de Derecho”, y ha recordado que diferentes resoluciones judiciales han sentenciado que “los escraches pacíficos no constituyen delito alguno y que forman parte de la libertad de expresión y del derecho de manifestación”. “No pueden constituir infracción penal”, remacha el comunicado, “si ni existe violencia ni amenazas ni injurias, por lo que se trata de una forma de protesta enmarcada en el legítimo derecho de crítica, como ha ocurrido en este caso”.

“Me culpan de ser negra, mujer y extranjera”

30 marzo, 2014
Fuente: diario EL PAÍS
 
CÉCILE KYENGE. MINISTRA ITALIANA DE INTEGRACIÓN
 

“Me culpan de ser negra, mujer y extranjera”

La ministra italiana, víctima de constantes ataques racistas, confiesa que nunca pensó que viviría momentos tan duros en su lucha por evitar la “invisibilidad” de los inmigrantes

Cécile Kyenge, en su despacho del Ministerio de Integración y Cooperación Internacional en Roma, en octubre de 2013. / TONY GENTILE (REUTERS)

Italia tiene un problema. Un problema feo. Tal vez el más feo de los problemas. Su ministra de Integración, Cécile Kyenge, una mujer de 49 años, madre de dos hijas, oftalmóloga de profesión, es acosada e insultada desde hace ocho meses con una violencia feroz, en la calle, en el Parlamento, en la prensa y en la televisión. Pero no por sus ideas políticas de centroizquierda. Ni siquiera por intentar que los hijos de los inmigrantes nacidos en Italia tengan derecho a la nacionalidad —el ius soli— o por exigir la abolición de una ley —la Bossi-Fini, aprobada por Silvio Berlusconi con sus socios xenófobos de la Liga Norte— que convierte automáticamente en delincuentes a los inmigrantes irregulares. No. Los responsables de la Liga Norte, bajo la mirada pasiva de buena parte de la política y de la sociedad italiana, comparan a la ministra Kyenge con un orangután, le lanzan plátanos o diseñan un plan de acoso sistemático simplemente porque es negra.

Pregunta. ¿Qué siente cuando escucha tantos y tan graves ataques racistas contra usted?

Respuesta. Está claro que hieren, pero la grandeza de cada uno de nosotros está en saber mirar por encima, de ver el futuro. Estoy convencida de que todos estos ataques no pretenden solo destruir a la persona, sino que quieren comprometer, poner en riesgo, el futuro de Italia, la sociedad del futuro. Si tengo claro que mi objetivo es el de la diversidad, entonces es posible superar todos estos momentos tan duros. Porque está claro que han sido siete u ocho meses muy difíciles, que han llegado a influir también sobre mi vida privada, pero jamás los ataques me han afectado tanto como para pensar en abandonar mis objetivos…

P. ¿Nunca? ¿No lo ha llegado a pensar? ¿Ni ante la reacción tibia de quienes tendrían que defenderla?

R. No, no vale la pena abandonar. Yo desde pequeña no me he distraído nunca del objetivo. Quería convertirme en médico e hice todo lo que tenía que hacer, incluyendo marcharme del país donde nací [la República Democrática del Congo], hasta que lo logré. En todas las decisiones que he tomado en la vida, por difíciles que fueran, tenía presente un objetivo, poniendo en el centro el respeto a los demás. Por eso, todo lo que ha pasado desde el momento de mi nombramiento —insultos, provocaciones— lo tomo como un intento de desviar la atención. Quieren distraerme del objetivo principal, que es hacer entender a la sociedad italiana que la diversidad es una riqueza, que no debemos tener miedo del otro. Los intolerantes quieren hacernos creer otra cosa, quieren confundirnos, pero debemos tener la fuerza de no permitir que nos confundan.

P. Usted decidió salir de Congo para buscar un futuro mejor y pensó que en Italia podía encontrarlo. ¿Se parece esta Italia que insulta a una ministra por ser negra, esta Europa donde crecen los populismos, a aquella de sus sueños?

R. Está claro que estoy viviendo momentos tan duros como jamás habría podido soñar. Pero no por eso puedo decir que Italia es racista, porque ninguno nace racista. Por eso es tan importante que atajemos todos esos factores externos de intolerancia que hacen apartarse a las personas de la vía de la convivencia y las hacen tomar la de la xenofobia. Tenemos que conseguir una Italia y una Europa mejor, y ese es precisamente el objetivo que estamos llevando adelante con la Declaración de Roma, la que hemos suscrito con otros 17 países para llegar a un pacto 2014-2020 contra la xenofobia, contra el racismo, por la multiculturalidad, para poner la diversidad al centro de todo.

P. Cuando trabajaba como médico, ¿también sufrió los comportamientos racistas?

R. Sí, al principio sí. Pero el rechazo se fue desvaneciendo a medida que la gente iba conociendo mi forma de relacionarme con ellos, mi profesionalidad. Mi ausencia de miedo. Esto es importante. No hay que tener ni prejuicios ni miedo.

P. ¿Tampoco ante las descalificaciones de la Liga Norte? La culpan de traer todos los males a Italia…

R. ¡Me culpan de tantas cosas! Pero, lejos de hacerme sentir débil, refuerzan mi identidad. Yo he elegido Italia para vivir, pero mi identidad es múltiple y me siento cómoda así. Me echan la culpa de ser negra, de ser mujer y de ser extranjera. Incluso de una cuarta cosa: de haber estudiado. ¡Y esta [exclama sonriendo] sí que es una culpa terrible! Porque según el estereotipo, debería estar en casa fregando y haciendo hijos. Que no lo haga les parece imperdonable.

P. Su prioridad es el derecho a la ciudadanía italiana de los hijos de los inmigrantes y la suspensión del delito de clandestinidad, pero una parte del Gobierno de coalición se opone. ¿Ha logrado algún paso adelante? ¿Cree que lo conseguirá?

R. Para mí la primera satisfacción es que no se ha tratado solo de una discusión política. Nunca como en estos ocho meses se ha hablado de esto en todos los sitios. Tanto en los bares como en el Parlamento se ha discutido sobre ciudadanía. Esa toma de conciencia por parte de todos nos llevará a entender que no es un tema que preocupa a la ministra, sino a toda la sociedad. Tenemos un millón de niños en Italia que todavía tienen problemas de integración, que se sienten discriminados desde la escuela. Y si nosotros queremos hacer un regalo a nuestros hijos, el mejor de todos es ayudarlos a crecer haciéndoles entender que todos somos iguales, que el único futuro posible es el de la igualdad de oportunidades. No es un regalo solo para los hijos de los inmigrantes.

P. ¿Cómo vivió la tragedia de Lampedusa, en la que perdieron la vida cientos de inmigrantes africanos?

R. Lo primero que pensé fue que sobre aquella barca podía haber estado yo. Podíamos haber estado cualquiera de nosotros. De hecho, una persona crece si logra ponerse de verdad en las dificultades, en la tragedia del otro. Si logramos vivirlo así, cambiará el modo en que construimos las leyes. Por eso le decía que hay que mirar a la política de la inmigración no como un favor, sino como una necesidad. Si me pongo en el lugar del otro y luego hago una ley contra los inmigrantes, es como si hiciese una ley contra mí mismo. Esta idea mía, puesta del revés, me acompaña también en los momentos difíciles, cuando me insultan y me atacan. Si esto me lo hacen a mí, se lo pueden hacer a cualquiera. Por eso, si queremos combatir el racismo o cualquier otro tipo de marginación, no hay más remedio que ponerse en el lugar de la persona que sufre. En la piel del otro.

P. Se habla mucho de la inmigración que llega de África, pero muy cerca de aquí, en Prato, junto a Florencia, hay cientos de chinos que viven prácticamente en la esclavitud, trabajando y viviendo en naves industriales por sueldos de miseria…

R. No solo sucede en Prato y no solo con los chinos. Lo fundamental del asunto es que tenemos que ser capaces de dar la oportunidad a esas personas de denunciar sus condiciones de esclavitud. Tenemos que informarles de cuáles son sus derechos. Darle la posibilidad de conocer la lengua, de hablarla, de poder denunciar. Por eso hay que invertir en la mediación cultural. Esto solo se puede conseguir si las personas tienen un estado jurídico bien definido. Una persona que vive en la invisibilidad es una persona que cae en las manos de la criminalidad organizada. Por eso le digo que no se trata solo de Prato. Son muchos otros los lugares bajo un común denominador: son invisibles… Por eso, si una persona no tiene permiso de residencia, la estamos arrojando al pozo de la invisibilidad. Hay que darles posibilidades incluso de volver a su país de origen —una opción que muchos están pidiendo— o de ofrecerle una ruta de integración distinta, pero jamás arrojarlos a la ilegalidad. Hacer salir a la gente de la invisibilidad es además un instrumento potentísimo contra la criminalidad organizada. Hay que salvar a las personas débiles de las manos de quienes las están explotando.

Gitanos, el presagio de otras tragedias

7 marzo, 2014

Fuente: http://www.elpais.com

Artistas e intelectuales franceses alertan de la amnesia y los nuevos síntomas racistas

La persecución a los romaníes antecedió a las dos guerras mundiales

 Montreuil-Bellay 2 NOV 2013 – 21:05 

Prisioneros en el campo de Montreuil-Bellay en 1944. La imagen pertenece a la colección de Jacques Sigot, publicada en la web de Kkris Mirror.

Montreuil-Bellay es un pequeño pueblo cercano a Saumur, una de las capitales de la provincia de Maine y Loira. Aquí habita desde hace siglos la vieja Francia, la Francia profunda del terruño, la blanca Francia de la flor de lis que bebe vino embotellado hace medio siglo y come mantequilla y champiñones. Es la Francia que vota a Marine Le Pen, la Francia avara de ‘Eugenia Grandet’, la novela de Balzac; la belicosa Francia de la Escuela de Caballería y el Museo de los Tanques de Saumur. La Francia que lleva a sus hijos a escuelas integristas y que obedece las consignas del châtelain, el señor del castillo, que manda más que los alcaldes.

En este feudo medieval del rey René y de los Anjou, plagado de almenas resplandecientes que parecen sacadas del juego Exín Castillos, sucedió hace 75 años una historia ejemplar o espantosa, según se mire. La historia avergonzó tanto a la gente del Loira que nadie habló de ella durante cuatro largas décadas.

El 6 de enero de 1940, el capitán del Ejército republicano español Manuel G. Sesma, nacido en Fitero (Navarra), llegó a Montreuil-Bellay desde el campo de Gurs al mando de la Octava Sección de la 184ª Compañía de Trabajadores Españoles, formada por 250 personas. Sesma había salido de España en febrero de 1939, con los 450.000 refugiados del primer éxodo republicano.

En 1983, el capitán le contó a Jacques Sigot, maestro de escuela e historiador local, que los españoles levantaron en menos de seis meses 19 kilómetros de vía férrea “moviendo con las manos unas vías que pesaban 0,7 toneladas”. Aquel terreno iba a albergar al personal de un arsenal de pólvora, pero el avance alemán hizo cambiar de idea a los franceses, que en junio de 1940 ordenaron a los republicanos construir un campo de concentración para “individuos sin domicilio fijo, nómadas y extranjeros que tengan el tipo romaní”.

Los españoles solo tuvieron tiempo de levantar la cárcel subterránea, “que tenía celdas de 1,30 metros x 1”, y algunos barracones, según cuenta Sesma en el libro de Sigot Montreuil-Bellay, un camp de concentration pendant la Seconde Guerre Mondiale.

Los alemanes entraron en Montreuil-Bellay el 21 de junio de 1940, y tras alambrar el solar, lo usaron para retener a soldados franceses y a civiles extranjeros. Entre el 8 de noviembre de 1941 y el 16 de enero de 1943, el lugar se convirtió en el mayor campo de concentración de gitanos de Francia. “El campo estaba custodiado por la Gendarmería”, escribe Sigot, “y en junio y julio de 1944 fue bombardeado, antes de ser liberado en septiembre de 1944. Los gitanos volvieron un mes después y estuvieron hasta el 16 de enero de 1945, cuando fueron trasladados a Jargeau y a Angulema”.

Muchos gitanos nacieron aquí, y murieron más de 100. Pero su historia permaneció silenciada hasta que Sigot descubrió las ruinas en los años ochenta y un puñado de militantes progitanos decidió combatir la amnesia histórica colocando placas conmemorativas para recordar que en Francia hubo al menos 30 campos de concentración de gitanos parecidos a este.

Las ruinas del campo de Montreuil-Bellay fueron declaradas patrimonio nacional en 2012. Pero no son nada fáciles de encontrar. Además de la cárcel subterránea, solo quedan los cimientos y el suelo de uno de los barracones, y tres tramos de escaleras de piedra. La cárcel tiene forma de cueva –troglodita, las llaman aquí- y en las rocas hay algunos nombres grabados: Duval, Reinhard… “Quizá fueran primos de primos del gran guitarrista Django Reinhardt”, explica Kkrist Mirror, un dibujante de cómic y activista progitano nacido en Saumur, que en 2008 publicó el libro Tsiganes, que narra en blanco y negro la historia de Montreuil-Bellay.

Viñeta del cómic ‘Tsiganes’, de Kkris Mirror.

Mirror, que ha venido desde su casa de Brézé en su Harley-Davidson, cuenta que el campo “llegó a albergar a 1.018 gitanos en agosto de 1942. Había casi 100 barracones, iglesia y escuela”. El dibujante y guionista tenía sus razones para interesarse por el asunto. “Desde pequeño viví el trauma de mi padre, que estuvo internado en un ampo alemán durante la guerra. Se escapó vivo de milagro, y yo empecé a dibujar su historia a los diez años. Luego supe que al lado de nuestra casa hubo un campo de concentración, organizado no por alemanes sino por franceses. Y más tarde me enteré de que mis vecinos –el charcutero, el carpintero…- habían trabajado en él como guardianes para evitar ser enviados al ST0 –el Servicio de Trabajo Obligatorio- en Alemania. Entonces decidí hacer el libro”.

Mirror es uno de los artistas e intelectuales que en 2010, como réplica a los ataques de Nicolas Sarkozy contra los romaníes, montaron una plataforma para rescatar la memoria de la persecución. El padrino de la iniciativa fue el cineasta romaní Toni Gatlif (que ha contado la historia en películas como Liberté y Latcho Drom), y también colaboraron el autor de cómics Emmanuel Guibert y el fotógrafo Alain Keler, autores de ‘Un viaje entre gitanos’, que resume los diez años que Keler pasó con los romaníes europeos.

“En Francia las persecuciones de gitanos comenzaron mucho antes de la ocupación alemana”, escribió en 2010 la historiadora Marie Christine Hubert. “Ya en septiembre y octubre de 1939, la circulación de nómadas fue prohibida en varias provincias. Y en Indra-Loira los gitanos fueron expulsados. La ocupación nazi agravó aun más las cosas. Los gitanos de Alsacia y Lorena fueron expulsados en julio de 1940 hacia la zona ‘libre’”.

Esos gitanos compartieron campos con los republicanos españoles en Argelès-sur-Mer, Barcarès o Rivesaltes antes de ser llevados en noviembre de 1942 al campo de Saliers (Bouches-du-Rhône), “especialmente creado por el Gobierno de Vichy para los gitanos. En cada provincia, los gitanos fueron censados, reagrupados y vigilados”, recuerda Hubert.

La infamia no fue exclusiva del Loira, ni de Francia. El fantasma de la gitanofobia ha recorrido Europa en paralelo al antisemitismo y a la islamofobia desde que llegaron los primeros gitanos de la India hace diez siglos. El miedo al que viaja en carromatos, duerme al raso y le canta a la luna es parte de las raíces –cristianas- de Europa. Y hoy, igual que en la Edad Media, los gitanos son noticia –o rumor- en Grecia, Francia, Irlanda, Suecia, Rumanía o España por los mismos bulos y leyendas de hace 500 años: si tienen una hija rubia es porque roban niños —aunque apenas haya antecedentes judiciales que lo sostengan—. Si no, como dijo el ministro del Interior, Manuel Valls, es que “son culturalmente distintos y no se quieren integrar”.

“¡Y pensar que yo voté en 2012 por los socialistas!”, exclama Kriss Mirror. “Da mucha pena ver que el racismo antigitano sigue saliendo gratis y es rentable políticamente. Es lamentable porque los gitanos suelen ser la primera señal de alarma de que algo terrible va a pasar. Cuando los republicanos llegaron a Montreuil-Bellay, Francia no estaba en guerra y todavía no existía Vichy. Las leyes raciales las aprobó la III República. El decreto es del 6 de abril de 1940. Pero la primera ley racial del siglo XX se aprobó en 1912, dos años antes de la I Guerra Mundial. Y todavía sigue vigente”.

¿El racismo antigitano es rentable? La frase tiene una parte de verdad: a menudo concede enormes réditos de popularidad a quienes lo practican, y rara vez se oyen noticias de denuncias o detenciones por agresiones verbales o físicas a gitanos. La impunidad es uno de los sellos de esta fobia barata, que tan cara puede salir —en imagen y votos— cuando los señalados pertenecen a minorías más cohesionadas y mejor integradas.

Pero la idea de que el racismo anti-gitano renta es un doble filo para la democracia y el Estado de Derecho. El 16 de julio de 1912, Francia colocó a la comunidad gitana, a la que llamó “nómada”, en un estado de excepción que dura todavía: les negó el carné de identidad normal, y les obligó a portar un permiso de circulación antropométrico. Un siglo después, el año pasado, el Consejo Constitucional estableció que ese carnet es discriminatorio e inconstitucional. Pero la mayoría de gitanos franceses sigue usando esos papeles.

Campo de Montreuil-Bellay, en 1944.

Según la historiadora Marie Christine Hubert, “el nomadismo de los gitanos siempre fue combatido por las autoridades francesas, que pensaban que los gitanos realizaban tareas de espionaje”. La ley de 1912 respondió a esa paranoia regulando el ejercicio de las profesiones ambulantes y prohibiendo la circulación de nómadas. Eso permitió identificar y controlar a los gitanos no sedentarios: fue el paso previo a su exterminio masivo.

Francia y Alemania, enemigos íntimos en tantas guerras, vivieron la misma obsesión al mismo tiempo. Ian Hancock, profesor de la Universidad de Texas, ha escrito que la cacería de gitanos en Alemania fue el primer anuncio de lo que vendría: “Durante la República de Weimar, que instauró la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la policía de Bavaria y, después, la de Prusia, abrieron oficinas especiales para controlar a los gitanos. Los fotografiaban y tomaban sus huellas como si fueran delincuentes comunes. En 1920, se les prohibió entrar en los parques y los baños públicos. En 1925, fueron enviados a campos de trabajo. En 1935, los nazis rescataron leyes antigitanas de origen medieval para oprimirlos más”.

El III Reich exigió a los gitanos cumplir un requisito que duplicaba el exigido a los judíos para clasificarlos como no arios: si solo dos de sus bisabuelos eran parcialmente gitanos, no podrían salvarse. A día de hoy, las cifras del Holocausto gitano -Porrajmos, la devoración, en caló- siguen siendo aproximativas, aunque según escribió Simon Wiesenthal a Elie Wiesel en 1984, “los gitanos fueron asesinados (en una proporción) similar a la de los judíos; en torno al 80% (murieron) en el área de países ocupados por los nazis”.

Según algunos revisionistas, las detenciones masivas evitaron que los gitanos franceses murieran como en Austria y Alemania —donde el 90% fueron desaparecidos—, o, en menor medida, en Polonia, Hungría, Italia, Yugoslavia y Albania. Vichy impidió que fueran enviados a las cámaras de gas como ocho millones de judíos y (cerca de) un millón de romaníes europeos. Para Hubert, se trata de una verdad a medias: “Si bien los gitanos de Francia escaparon a la Auschwitz Erlass del 16 de diciembre de 1942, que ordenó la deportación y el exterminio de todos los gitanos del Gran Reich, en 1943 hubo hombres deportados desde el campo de Poitiers –cerca de Saumur- y muchas familias de las provincias del Norte y Paso de Calais fueron detenidas y exterminadas por los alemanes”.

Los datos de Hubert indican que “al menos 6.500 personas vivieron entre 1940 y 1946 en 30 campos de concentración franceses en razón de su pertenencia real o supuesta al pueblo gitano. Sus bienes fueron expropiados y sufrieron la mayor precariedad material y moral”. En Montreuil, los vecinos pagaban entradas para poder verlos, según cuenta Mirror en su libro. Hubert: “Los niños recibían una educación católica en los campos. Y en casos extremos, eran separados de sus padres y entregados al Servicio Social o a instituciones religiosas para extraerlos definitivamente de un medio que se juzgaba pernicioso”.

La duda es: ¿quién ha robado niños a quién a lo largo de la historia?

Como ha pasado hoy con la llegada de los socialistas al poder, la Resistencia, la Liberación y la paz no fueron de gran ayuda para lostsiganes. Los últimos estuvieron encerrados en el campo de Alliers, cerca de Angulema hasta mayo de 1946, nueve meses después de la Liberación.

Montreuil-Bellay había cerrado mucho antes, recuerda Kkrist Morris: “Cuando trasladaron a los gitanos, el director del campo, un petainista convertido en resistente, decidió encerrar a las prostitutas de la zona y se puso a regentar el burdel. La epidemia de sífilis fue tan brutal que las mujeres de los pueblos exigieron que se cerrara el campo”.

La reparación oficial a los presos del bronce nunca llegó. “Nadie ha sido indemnizado por haber sido encerrado en los campos franceses, y tampoco hubo compensación moral porque esa realidad no dejó el menor rastro en la memoria colectiva”, ha escrito Hubert.

Quizá por eso, la persecución dura todavía. Entre la indiferencia general, los prejuicios atávicos alentados por los medios, la comprensible renuencia de un pueblo masacrado a exigir justicia –ya sea de forma individual o colectiva-, y el consenso infernal que suscitan entre los políticos de las democracias neoliberales, los gitanos siguen siendo el perfecto chivo expiatorio, la primera señal de alarma de que algo muy profundo no va bien.

Delinca aquí

24 febrero, 2014

Fuente: ristomejide.com

POR  el 27/10/2013 

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Artículo publicado el domingo, 27 de Octubre de 2013 en ElPeriódico.com.

“¿Se considera usted un buen delincuente? ¿O necesita mejorar? ¿Un chorizo de los de toda la vida? ¿O se acaba de incorporar al hampa y necesita acumular antecedentes? ¿Quisiera dejar de ser considerado un quinqui común y necesita entrar por la puerta grande en el Hall of Fame del guante blanco? ¿O simplemente siente que podría delinquir más, pero no le dejan? ¿Cansado de que la ley, la policía o menudencias similares le impidan cometer sus fechorías? No se preocupe, tenemos la solución. Y es bien sencilla.

Delinca aquí. A qué está esperando. Tenemos todo un país esperándole con las carteras abiertas, las manos atadas, los ojos tapados y los pantalones a la altura de los tobillos. Como para no venirse, ¿verdad? Entre sin miedo, al fondo a la derecha, hasta el infinito y más allá.

Delinca aquí. El partido que gobierna está demasiado ocupado compareciendo en los juzgados y jodiendo al ciudadano medio, como para preocuparse por la competencia desleal. Algunos de sus ilustres militantes son ya autoridades mundiales en la materia del choriceo, han obtenido el Cum Laude en todo tipo de delitos y faltas e imparten clases de postgrado en telepresencia desde centros penitenciarios de prestigio como el de Soto del Real.

Deje de incordiar a la justicia de otros países y delinca aquí. Durante demasiado tiempo, el único condenado por la trama Gürtel ha sido el juez que decidió investigarla. Tampoco se deje amedrentar por la policía. El jefe de la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales y el comisario general de la Policía Judicial, máximo responsable policial contra la corrupción y quien dirigió las investigaciones de los casos Bárcenas y Gürtel, acaban de ser destituidos por el Ministerio del Interior. Y si hay alguien más que moleste, díganoslo enseguida, seremos implacables.

Olvídese del buen tiempo y de la playa. Si delinque aquí, no tendrá tiempo para paellas, porque no dará abasto. Y si viene a trincar, aprenda de los mejores: el principal partido de la oposición, que estrena sede social en el juzgado número 6 de Sevilla, está siendo investigado por diez años de presuntas prejubilaciones fraudulentas, un desfalco que supera ya con creces los 1.000 millones de euros. Y es que si uno trinca, qué coño, que sea a lo grande. Eso sí, si durante la instrucción del caso descubrimos que dos de los imputados son hermanos de la ministra de Empleo, ya verá cómo misteriosamente se dilata el proceso el tiempo justo para que prescriban sus delitos y aquí paz y después gloria.

 Delinca aquí. Aceptamos delitos de toda clase y condición. Los dos sindicatos mayoritarios están hasta el cuello de lo que ellos llaman “irregularidades”, que es la forma que tenemos aquí de llamarle a la mierda común. Y si se ponen muy feas las cosas, perderemos las facturas, usted no se preocupe que aquí también dejamos que delincan las clases trabajadoras.

Delinca aquí. Si vive en Catalunya, además podrá quedar con Félix Millet para tomar un café y que se lo cuente todo de viva voz. Sí, aún sigue en libertad provisional, a que es genial. Que le explique también por qué el Palau de la Música, en contra del juez y del fiscal, excluyó a CDC de su escrito de acusación y creyó que “no había indicios” de que se embolsara 6’6 millones en comisiones ilegales a cambio de adjudicarle contratos a Ferrovial, algo que por suerte ya está puesto en duda. Pero qué son 6’6 millones al lado de un presunto expolio de 24. Unos cuantos 3%.

Delinca aquí. Un 20% de economía sumergida no puede estar equivocada. Y aprovéchese ahora de nuestra irresistible oferta de la Semana Grande de Estrasburgo, con descuentos especiales para asesinos, terroristas y violadores, que nadie pueda decir  que no somos una potencia mundial en lo que a chapuzas jurídicas se refiere. Ah, por si aún no lo ha notado, ya es primavera en paraísos fiscales como Gibraltar.

Delinca aquí. Haremos lo posible para que todos sus delitos queden impunes. Y mientras tanto, lo pasaremos pirata viendo la cara de votante que se les queda a los demás.”

Sociedad sumisa

13 febrero, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

El objetivo de los grupos de poder es siempre paralizar a sus rivales

Quienes hayan leído la prensa o escuchado la radio en los últimos días se han podido enterar de noticias como las siguientes que escojo al azar: el Gobierno aprueba otra ayuda a los bancos españoles, ahora de 30.000 millones de euros; entidades bancarias cobran penalizaciones a jubilados cuando sus cónyuges fallecen y dejan de domiciliar la pensión; el alcalde del PP de Manzanares paga a una empleada municipal el sueldo íntegro durante dos años por no ir a trabajar, el de Vila Cruces repone placas de exaltación a Franco, el de Sevilla y la subdelegada del Gobierno en Andalucía lamentan que se condene a un delincuente que se apropió de dinero público y un dirigente del mismo partido en Pinto roba gasoil de una empresa municipal; el Gobierno privatiza el mantenimiento de embalses a pesar de que cuesta el doble que hacerlo con empleados públicos; la ley de seguridad ciudadana sancionará con hasta 1.000 euros por jugar al fútbol en la calle y permitirá que los vigilantes privados puedan identificar y detener como si fuesen policías; el Gobierno legaliza la esclavitud sexual, salvo en circunstancias extremas, en su reforma del Código Penal; el PP investiga a los niños que gritaron contra Alberto Fabra y expedienta al colegio; la Fundación de la ONCE se queda con una concesión para el lavado de ropa en la Comunidad de Madrid e impone una reducción de sueldo medio de entre el 43% y el 46% para dejarlo en 620 euros mensuales, ampliando la jornada y eliminando pluses por festividad; casi el 27% de los niños españoles no cubre sus necesidades básicas; la Guardia Civil sanciona a tres militantes de IU con multas de casi dos millones de euros por reunirse en la calle contra la subida del IBI en Espartinas.

También en esta semana pasada diversos medios han seguido informando de escándalos anteriores y así se ha podido confirmar que la red Gürtel que financiaba ilegalmente al PP pagó gran parte de los gastos de la boda de la hija del expresidente Aznar o que este último ha tenido relaciones con empresas dedicadas al tráfico de armas; que Rato privilegió a los grandes fondos frente a las familias recomprando preferentes de Bankia y que los dirigentes de esta entidad, empezando por su presidente, eran plenamente conscientes del daño que suponía colocar ese producto financiero a sus clientes. Se han publicado nuevas evidencias de la gestión corrupta de fondos públicos realizada por la UGT andaluza, el ministro de Hacienda reconoce que realiza purgas ideológicas en la Agencia Tributaria y, por si todo esto fuese poco, se ha comprobado una vez más que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, miente cuando le viene en gana, como al afirmar, en una entrevista concedida a este y a otros cinco grandes diarios europeos, que todos los afectados del PP por la Gürtel han dimitido o que no hay indicadores que muestren el tremendo incremento de la desigualdad en España.

Se tiene información de todo ello pero ni siquiera así pasa nada. Casi nadie reacciona y se da por buena cualquier política que se imponga. Apenas si hay respuesta y cuando la hay es impotente y no consigue evitar este tipo de hechos.

Albert Camus basaba su esperanza en que, según decía, “todo hombre es testigo del crimen de todos” pero ni aún así, pudiéndose contemplar con claridad lo que hacen algunos contra la mayoría de la sociedad, se hace esta fuerte cuando se le quita hasta el aliento.

Sabemos por la biología que el conocimiento y la consciencia, e incluso podríamos decir que también la esperanza, son el resultado de la acción y de la experiencia y por eso el objetivo principal de los grupos de poder es siempre paralizar a sus rivales, normalmente mediante el miedo. Hoy día disponen de dos instrumentos de gran efectividad para lograrlo, el desempleo y la deuda. Mientras no se acabe con ellos, o hasta que casi todos no pierdan todo, la sociedad apenas va a reaccionar, por muy evidentes que sean los crímenes que se cometan delante de sus propios ojos.

@juantorreslopez

Prisioneros por la gracia de dios

17 enero, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

Un centenar de curas ‘rojos’ pasaron en el franquismo por la cárcel para religiosos de Zamora

La juez argentina que investiga los crímenes de la dictadura escuchará su caso en Buenos Aires

 Madrid 22 NOV 2013 – 20:22 

Cuatro de las personas que estuvieron presas en la cárcel de Zamora. / TXETXU BERRUEZO

Ya ni se acuerdan de la última vez que pisaron una iglesia, aunque una vez pertenecieron a ella. Alberto Gabikagogeaskoa (76 años), Juan Mari Zulaika (71), Julen Kalzada (78) y Josu Naberan (72) fueron curas en la dictadura franquista, cuatro del centenar que entre 1968 y 1977 habitaron la única prisión española para sacerdotes: la cárcel concordataria de Zamora, creada “para aislar [del resto de religiosos y de los presos políticos] a los curas que se habían salido del redil, los que no apoyaban que la Iglesia fuera del brazo de Franco, los que habían tomado contacto con las barriadas obreras y se habían situado del lado del pobre, del oprimido”, explica el catedrático de historia Julián Casanova (La Iglesia de Franco, 2001).

Gabikagogeaskoa, Zulaika, Kalzada y Naberan se han sumado con otros 12 compañeros a la querella argentina contra los crímenes del franquismo. De los 16, solo dos siguieron siendo curas al salir en libertad. Franco, aquel caudillo por la gracia de Dios, y la cárcel aniquilaron su vocación religiosa. Por eso a estos cuatro hombres que un día vistieron sotana les cuesta recordar la última vez que pisaron una iglesia.

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“Yo iba a un colegio de frailes. A los 10 años nos pasaron un papel preguntándonos si queríamos ir al seminario. Yo puse que sí. Es la decisión que ha marcado mi vida”, explica Zulaika. “Después empecé a tener dudas, a leer teología de la liberación…, la cárcel precipitó mi salida de la Iglesia. Los obispos nos vendieron vilmente”.

El concordato firmado en 1953 entre España y el Vaticano establecía que los curas no podían ir a una cárcel convencional. “Las penas de privación de libertad serán cumplidas en una casa eclesiástica o religiosa (…) o, al menos, en locales distintos de los que se destinan a los seglares”. Varios de los sacerdotes que terminaron en la prisión de Zamora habían sido recluidos antes en conventos, pero la solución no convenció ni al Régimen ni a la Iglesia porque no era fácil encontrar conventos dispuestos, y los que sí aceptaban a los díscolos no imponían la suficiente disciplina. Gabikagogeaskoa recuerda, por ejemplo, recibir peregrinaciones de visitas en el que fue recluido, en Dueñas. Él fue el preso que inauguró, en julio de 1968, la cárcel concordataria de Zamora. Zulaika y Felipe Izaguirre, que la primera semana de diciembre representará en Buenos Aires a todos los curas de este penal ante la juez argentina que investiga los crímenes del franquismo, fueron el segundo y tercer ingreso después de una noche muy larga. “Nos detuvieron en Eibar, en una manifestación. Nos llevaron al cuartel y nos pegaron sin parar con la pistola, por todas partes. Después, nos trasladaron a la cárcel de Martutene y allí nos desnudaron y nos hicieron inclinar, para humillarnos. Y de ahí nos mandaron a Zamora. Aquello me pareció un garaje con barrotes”, recuerda Zulaika. “¡Cuando les vi se me abrió el cielo!”, confiesa Gabikagogeaskoa, que había tenido la cárcel para él solo un día entero.

La cárcel concordataria era un pabellón aparte en la prisión provincial y los sacerdotes estaban separados de los presos políticos y comunes. En el pabellón solo había curas, pero no todos estaban allí por delitos políticos. “Había un cura que decían que había acuchillado a alguien, otro que había ayudado a practicar un aborto, y otro por homosexual”, recuerda Gabikagogeaskoa. “A mí me habían caído seis meses y un día por una homilía subversiva en la que hablaba de la tortura en las cárceles vascas”. Cuando salió, en noviembre de 1968, participó en un encierro de curas en el seminario de Derio para pedir al Vaticano “una Iglesia pobre, dinámica e indígena”, y en mayo de 1969, en pleno estado de excepción, en una huelga de hambre en la sede del obispado de Bilbao. “Me cayeron 12 años por dejar de comer cuatro días”. Gabikagogeaskoa pasó siete años preso en Zamora.

La mayoría de estos curas llegó a la cárcel por el impago de las cuantiosas multas —10.000, 25.000 pesetas…— impuestas por participar en protestas obreras, celebrar el Aberri Eguna o insistir en pronunciar sus homilías en euskera —la mayoría de los sacerdotes presos en Zamora eran vascos—, pero también fueron sometidos a 6 juicios sumarísimos y 15 del Tribunal de Orden Público (TOP). Dos del centenar de religiosos encarcelados fueron condenados por colaborar con ETA en el proceso de Burgos (1970). La antigua prisión es hoy un edificio abandonado que Daniel Monzón utilizó en 2008 para rodar la película Celda 211.

Los inviernos eran duros — “las tuberías se congelaban”, recuerda Gabikagogeaskoa— y los veranos casi peores — “el calor era insoportable”—. Los funcionarios les despertaban a las ocho de la mañana —“¿por qué tan pronto? ¿Para tener más tiempo para no hacer nada?”—. Zulaika, Gabikagogeaskoa, Naberan y Kalzada no recuerdan ya sus nombres, solo los motes —“a uno le llamábamos Koipe porque era muy aceitoso, sobón; a otro Hammurabi, porque caminaba como si fuera un emperador egipcio…”—. La comida era poca y mala así que hacían despensa común con lo que traían las visitas —“con las que hablábamos a gritos, a través de una doble malla y vigilados por un guardia que escuchaba todo”—. Para pasar el rato inventaron un deporte —“el balonbrazo, que consistía en tirar una pelota contra una pared”—. Hacían eucaristías con pan de la cárcel y algunos empezaron carreras universitarias, aunque solo les dejaron hacer el primer curso.

No había mucho para leer. “Solo llegaban El Diario de Zamora y Marca, en tiras, llenos de ventanas, porque recortaban todas las noticias políticas”, recuerda Naberan. “Un día, los funcionarios llegaron con un brazalete negro y no nos quisieron decir quién había muerto, pero nos enteramos por el Marca. Se habían olvidado de recortar la reseña del Celta-Barcelona que decía que se había guardado un minuto de silencio por la muerte de Carrero Blanco”.

Pero la mejor forma de pasar el rato fue siempre pensar en escapar. “Esa es la obligación del preso”, ríe Naberan. “No pensábamos en otra cosa. Recogíamos todo lo que creíamos que nos podía servir… hasta que se nos ocurrió lo del túnel”. Decidieron hacerlo en el lavadero porque era un cuarto cerrado con llave y lleno de serrín. “Hicimos una copia de la llave con cera y un peine. Construimos un túnel de 15 metros utilizando solo cucharas. Nos llevó cerca de seis meses y participamos diez curas”, recuerda Naberan.

El trabajo estaba dividido. “Había picadores dentro del túnel. Otros cogíamos la tierra en cajas de leche y nos deshacíamos de ella tirándola poco a poco por las duchas para no atascar nada, con mucho riesgo porque ni las duchas ni los váteres tenían puerta. Y el tercer grupo entretenía a los vigilantes utilizando la psicología del funcionario. Por ejemplo, con uno que era muy orgulloso, organizamos un campeonato de pimpón y le dejaban ganar siempre para que siempre quisiera jugar. Con otro daban charlas de control de natalidad… El día que vigilaba Balzegas no trabajábamos en el túnel. Era muy listo”, recuerda Gabikagogeaskoa.

Casi les sale bien. “Un día vino corriendo al lavadero un funcionario. El que estaba cavando el túnel se quedó dentro. Solo nos dio tiempo a taparlo, pero cuando llegó el vigilante todo estaba lleno de polvo. El funcionario estaba mosca y fue a por refuerzos. En ese momento sacamos al que estaba dentro del túnel. Volvieron los funcionarios. Pensaban que teníamos una radio escondida. No daban crédito cuando vieron el túnel. Ya se veía el otro lado. De hecho, habíamos programado la fuga para tres días después”, recuerda Naberan. Él, Gabikagogeaskoa, y Kalzada se autoinculparon para que no castigaran a nadie más.

Poco después, hicieron un motín para forzar que les trasladaran con los presos políticos. “Empezamos quemando los colchones. García Salve [Francisco, jesuita y militante del PCE] rompió todos los cristales de la cárcel. Tiramos la tele por la ventana y todo”, recuerda Naberan. Les enviaron 75 días a celdas de castigo. “De dos pasos y medio”, precisa Gabikagogeaskoa. Y entonces iniciaron una huelga de hambre. “De vez en cuando venía un médico a asustarnos diciendo que íbamos a morir. Al final nos llevaron a Madrid. Pensábamos que habíamos ganado, que nos trasladaban con otros presos políticos, pero adonde nos llevaron fue al hospital y, luego, de vuelta a la cárcel de Zamora”.

El último en salir de la prisión fue Kalzada, en marzo de 1976. Una vez fuera, uno tras otro, se fueron secularizando. “Yo me había hecho cura porque pensaba que era la forma de ser idealista. Pero cuando quedé libre ya no veía futuro a la Iglesia. Se había abrazado a la dictadura. No había nada que hacer”, explica Gabikagogeaskoa. “La Iglesia nos había decepcionado y cuando salí de la cárcel sentí la libertad como nunca. Quería disfrutarla al máximo”, añade Naberan.

Tenían casi 40 años cuando quedaron libres. Sus primeras y únicas novias se convirtieron en sus esposas. Uno de ellos vivió en pecado con su pareja un año antes de casarse. Todos lo hicieron por lo civil. Trabajaron de contables, de informáticos, de traductores de euskera, de maestros… Cuentan que en sus pesadillas más recurrentes no sueñan que les queda una asignatura pendiente, sino que siguen siendo curas.

A sus setenta y tantos han decidido sumarse a una querella que se tramita a 10.000 kilómetros de distancia, en Buenos Aires. “Quiero que se haga memoria, que le den un tirón de orejas al Estado. Es ofensivo que haya una beatificación masiva de mártires y se olviden del otro bando. En Euskadi hubo 17 curas fusilados”, afirma Zulaika. Ahora buscan a sus familiares para sumarlos a la querella. “Nos unimos a este proceso para que haya un juicio que evite la impunidad y ayude a una reconciliación, a que la gente tenga conciencia de lo que pasó y sepa cómo la Iglesia colaboró con Franco en la represión”, afirma Izaguirre, que fue torturado en una comisaría de San Sebastián. Antes de salir de la cárcel ya había escrito a Roma para borrarse de la Iglesia.

Menos democracia

8 enero, 2014

Fuente: diario EL PAÍS (editorial) 

El cambio electoral en Castilla-La Mancha daña la representatividad y la pluralidad política

 21 NOV 2013 – 00:00 

María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular y presidenta de Castilla-La Mancha, ha logrado que el Congreso de los Diputados apruebe la tramitación de una reforma electoral con aires de oportunismo político. Su propuesta de reducir el número de escaños de las Cortes castellano-manchegas se presenta como ejemplo de austeridad y reducción del gasto público, cuando puede convertirse en una carga de profundidad contra los cimientos democráticos de una comunidad autónoma.

Rebajar el número de diputados y, en general, simplificar las instituciones en favor de una mayor eficiencia son medios razonables para aliviar las cargas presupuestarias. Otras comunidades autónomas, incluidas Madrid y Valencia, lo han planteado. Resulta innegable que España necesita una reflexión profunda acerca del número de cargos políticos existentes —2.000 parlamentarios, 68.000 ediles— en la que es inexcusable mantener el principio de representatividad que legitima a todos ellos. Será imprescindible, por tanto, que cualquier modificación cuente con el más amplio consenso y el más escrupuloso análisis. Ahorrar en el corazón del sistema democrático puede llevar a graves errores.

Esta reflexión no aparece en la reforma que propone Cospedal, que criticó enérgicamente a su predecesor, José María Barreda, por aumentar en dos escaños el Parlamento autónomo —decisión que avaló después el Tribunal Constitucional— y que propuso nada más llegar a la presidencia del Gobierno castellano-manchego un aumento de escaños que beneficiaba a su partido. Ahora, en una contradictoria iniciativa, propone su drástica reducción. Pasar de 53 asientos a entre 25 y 35, como parece pretender, convertirá a las Cortes de Toledo en las más reducidas de España; y, sobre todo, distorsionará en exceso el resultado del voto ciudadano primando en demasía al grupo mayoritario —ahora, el PP— y reduciendo la pluralidad al cerrar el paso a partidos más pequeños con expectativas de escaños —IU y UPyD—.

Según cifras oficiales, la retirada del sueldo a los diputados autonómicos ha supuesto un millón de euros menos al año y la nueva reforma electoral supondrá otro recorte de 500.000 euros al año. Ese ahorro, para una Administración de 8.000 millones de presupuesto, no puede justificar una reforma que menoscaba la capacidad de control de la oposición sobre el Gobierno autónomo; un cambio de reglas que solo cuenta con el apoyo del PP tanto en Castilla-La Mancha como en el Parlamento español.

Cospedal acusó a Barreda de modificar el número de escaños en beneficio del PSOE. Aquello no frenó, sin embargo, la derrota socialista en 2011. Deberían saber, por tanto, esta dirigente y su partido, que el nuevo reparto electoral tampoco garantiza mantenerse el poder; quizá solo prolongaría su estancia. A costa, eso sí, de menos democracia.

De tartazos, petroleros y princesas

7 enero, 2014

http://www.elperiodico.com

 

DOMINGO, 17 DE NOVIEMBRE DEL 2013

Érase una vez un país donde alquitranar con chapapote 2.000 kilómetros de costa sale gratis, pero lanzar una tarta a un político en el cargo puede costar nueve años de cárcel. Érase una vez una Fiscalía General del Estado capaz de adivinar el futuro -y ver en la bola de cristal que la infanta Cristina no cometió delito alguno en el caso Nóos incluso antes de que testifique o lleguen los informes periciales-, pero que también pide duras condenas de cárcel por un tartazo. Érase una vez un ordenamiento jurídico demencial y anquilosado, donde un desastre medioambiental tan grave como el del Prestige se dirime en un pequeño juzgado de un pueblecito de A Coruña, en Corcubión, mientras que embadurnar de merengue a un político es materia de la Audiencia Nacional, el tribunal más excepcional y con más medios de España.

Hace unos lunes comenzaba un juicio que, como país, debería avergonzarnos. Se sentaban en el banquillo cuatro de los miembros del peligroso comando tartalari, cuatro acusados a los que la presidenta de Navarra pide en total 27 años de cárcel por los tartazos que recibió en Toulouse en el 2011. Yolanda Barcina exige la máxima pena posible por el delito de atentado contra la autoridad; se acoge al artículo 552 del Código Penal que agrava las condenas cuando la agresión a «la autoridad» (casposo concepto jurídico) es con «armas u otro medio peligroso». ¿Es una tarta un arma peligrosa? Parece que sí. En su declaración, Barcina argumentó que le dolió mucho «por la especial dureza del merengue francés».

Duro o blando, el merengue es muy usado para estas cosas en Francia. Allí, como en otros países, lanzar una tarta como protesta es algo relativamente habitual. Nicolas Sarkozy, Bill Gates, Jacques Delors Rupert Murdoch, entre otros, lo han sufrido. Es discutible este método. Pasa igual con otros actos de desobediencia civil, donde quien protesta asume que incumple la ley y que recibirá un castigo. Lo que no es tan discutible es la pena. En Francia, o en Reino Unido, los tartazos acaban en multas o en pocas semanas de arresto. No con años de condena.

En su momento, la justicia francesa investigó el merengazo a Barcina y decidió que no había delito alguno. La justicia española abrió después el caso porque había una española afectada. Que los tartazos en Francia lleguen a la Audiencia Nacional es casi un homenaje surrealista a lo que fue esta broma clásica del cine mudo: un elemento de sadismo cómico; de humillación y de risa (por no llorar). La misma España que pone trabas a la jurisdicción universal de crímenes contra la humanidad se ampara en ella para juzgar este asunto menor como si fuese terrorismo. Es la guinda del pastel, el colmo de este cuento: de un sistema judicial desproporcionado, anticuado, elitista e injusto.

Política, democracia y la marca España

14 noviembre, 2013

Fuente: diario El País

Si los proyectos se imponen en el Parlamento, no hay lugar para el debate

 7 AGO 2013 – 00:01 CET

Desde que apareció en Inglaterra John Locke (1632-1704), y ya hace años de eso, en algunos países de Europa comenzó a gestarse la idea de que el soberano —o gobernante— ya no era portador del poder absoluto. Frente al derecho natural del Antiguo Régimen, de base teológica, se contrapuso la voluntad política del pueblo. Convertir eso en un principio casi universal, conquistado de forma gradual, pese a que algunas revoluciones intentaron acelerar el proceso, costó muchos conflictos y varias guerras. El camino se despejó bastante a partir de 1945, tras la derrota de los fascismos, cuando, para proteger al individuo frente a cualquier clase de arbitrariedad, quedaron muy claros los límites y las funciones del poder público. En España, todavía no nos hemos enterado. Y tenemos un problema, que puede precisarse en tres puntos.

1. El Parlamento no es un foro de discusión políticamente decisivo, sino el lugar donde los diputados de los diferentes partidos manifiestan sus posiciones que ya han sido tomadas con anterioridad en sus comités ejecutivos (y con disciplina inquebrantable, además). El Gobierno, y la burocracia dirigida por él, impone sus proyectos y el Parlamento pierde todo su significado original de democracia representativa, de marco institucional de transmisión de la opinión pública. Podrá argumentarse que ése es un problema general de la política en todo el mundo, pero el argumento no es nada tranquilizador porque la opinión pública crítica queda degradada y el poder político tiende a adoptar formas antidemocráticas legitimadas por la idea de que los electores son los que le han otorgado ese poder. Lo que ocurre en realidad es que se abre un abismo entre los comités dirigentes de los partidos y el resto de la población. La política democrática sufre un profundo desprestigio y la mayoría de los electores quedan relegados a un mero papel de consumidores apolíticos. ¿Problema universal? Sí, pero su dimensión en España es gigante.

2. Durante mucho tiempo la política en España estuvo hecha de corrupción y sobornos, familias y amigos. Abundó en la Restauración, en las décadas finales del siglo XIX y comienzos del XX, en ese complejo entramado que Joaquín Costa definió con el binomio “oligarquía y caciquismo”, y se generalizó como práctica política durante la dictadura de Franco, cuando los vencedores en la Guerra Civil y los adictos al Generalísimo hicieron de España su particular cortijo.

Y aunque la historia nos enseña alguna que otra lección, lo que ocurre en la actualidad convierte en minucia a las corruptelas del pasado.

O dicho de otra forma: el hecho de que la democracia actual, lejos de liquidar esa práctica, la haya agrandado, está teniendo efectos devastadores, aunque aparezcan paliados por la respuesta de una parte de la sociedad civil, de esos ciudadanos que siguen y seguirán votando a los corruptos, y por la caradura de una buena parte de los dirigentes políticos, que nada dicen si los corruptos son de su partido, pero se apresuran a denunciar los chanchullos de los oponentes.

3. Todo el escándalo en torno a Luis Bárcenas ha demostrado que los políticos, en este caso los del Partido Popular, no utilizan el poder para cuidar los intereses de la sociedad, sumida en una profunda crisis económica, sino para imponer sus intereses particulares. La ética se aleja definitivamente de la política, que se convierte en una pura forma de poder de determinados grupos sociales y ya no en un eje de cambio de la sociedad, como ocurrió en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. La marca España, fuera de nuestras fronteras, pese a lo que diga el Gobierno, produce risa y desconcierto, como puede comprobar cualquiera que lea o vea medios de comunicación internacionales, y el sentido de orgullo nacional, a no ser que alguien lo quiera aplicar a determinados deportes, está por los suelos.

Con todos esos comportamientos políticos, queda de manifiesto la fragilidad de la democracia y la inexistencia de responsabilidades políticas ante los ciudadanos. Lo ha dejado claro Mariano Rajoy en su comparecencia en el Congreso: no va a dimitir porque no se siente culpable. Se une de esa forma la responsabilidad política a la culpabilidad judicial, algo insólito en las modernas democracias. Muchos ciudadanos perciben, en consecuencia, que el poder político está orientado al beneficio de quienes lo ejercen como profesión y al servicio de los sectores económicos más poderosos y privilegiados.

Nos estamos alejando de forma acelerada de la democratización de la sociedad y se ha abierto, por el contrario, un proceso de consolidación de estructuras antidemocráticas del poder. Aquí hay una crisis económica profunda, de largo alcance, pero lo que también está en juego es la conservación y desarrollo de la democracia. Si no hay una alternativa política ante todo ese deterioro, vendrán tiempos peores, y la democracia y España caminarán en direcciones opuestas. Aunque en ese camino nos encontremos con Hungría, Portugal, Grecia, Italia… Nada que ver con lo que habíamos soñado.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

Rumanía: un país en construcción

12 noviembre, 2013

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Desde su ingreso en 2007, Bruselas vigila estrechamente su sistema judicial y la corrupción de los políticos. Es la china en el zapato de la UE.

Viaje por el paisaje humano de un Estado que lucha por modernizarse al calor de Europa.

 13 AGO 2013 – 00:00 

Es muy difícil aburrirse al recorrer una carretera nacional rumana. Dos sentidos, un arcén intermitente. Aquí lo excepcional son las predecibles gasolineras y áreas de servicio de los poco más de 500 kilómetros de autopista que hay en el país, y es extenso. El resto es territorio donde cruzarse con un carro de madera tirado por un caballo en el que viajan niños sentados junto a montones de paja, señoras con pañuelo anudado a la cabeza que venden sandías, vecinos sentados en la puerta de casa charlando de sus cosas. Con una familia que ha decidido desplegar una mesita en una cuneta cualquiera y comerse un bocadillo antes de seguir. Con una especie de iglús de heno plantados aquí y allá en los campos. También se ven autoestopistas, perros dando una vuelta, tiendas de gigantescos gnomos de jardín y carteles de un supermercado con fotos de las dos ofertas estelares, la una junto a la otra: compre chuletas, compre jabón de manos.

A Rumanía le queda mucha autovía por construir, mucho recorrido en la UE por hacer. Desde la terraza de un restaurante de madera con camareros vestidos con trajes regionales se ve el castillo de Bran, clavado sobre una roca entre montañas. Una leve bruma difumina las torres del que al mundo le gusta pensar que es el castillo de Drácula. Anamaria Nicoara canta al piano Someone like you, de Adele, y cuando termina y se sienta a tomar un café, sonríe al hablar del conde: “Es un invento de alguien de otro país, pero trae turistas”.

Transilvania es una de esas regiones disputadas en el pasado y con identidades diferenciadas que han ido tejiendo la historia de Europa. Como dice Nicoara, de 29 años y estudiante de música, “es muy diferente del resto del país. Es más civilizado, más tranquilo”. Ella es de Brasov, con sus casas bajas de tejados rojos a dos aguas al pie de los Cárpatos, el hábitat natural de unos 6.000 osos, la mitad de los que quedan en Europa. Un desconcertante letrero, B-R-A-S-O-V, en plan Hollywood, recuerda desde la montaña el nombre de la ciudad, que tiene otros dos: Brassó, en húngaro, y Kronstadt, en alemán. Alguna panadería alemana permanece en sus calles adoquinadas, aunque la mayoría de la población de origen sajón abandonó el país en los noventa, tras la caída del Muro, a cambio de otro futuro en Alemania. “Mi madre es rumana húngara, y hablo con ella en húngaro”, cuenta Nicoara. “En algunos pueblos transilvanos hay gente que apenas es capaz de hablar en rumano, pero no hay tensiones importantes, excepto quizá entre los muy nacionalistas”. No siempre ha sido así. En 1990 hubo una serie de violentos enfrentamientos étnicos en la región, y en Hungría todavía se recuerda, aunque solo sea en la retórica nacionalista y en el apoyo a la importante minoría húngara que vive allí, la pérdida de Transilvania tras la Primera Guerra Mundial.

Un poco más al noroeste, Sighisoara también vende su porción de Drácula. Abundan las tazas con la cara sangrienta del vampiro en la ciudadela medieval de casas de fachadas verdes, turquesas, rosas y amarillas. En el siglo XV nació aquí Vlad Dracula (hijo de Dracul, que significa dragón o diablo) o Vlad el Empalador, el hombre con el apodo más perfecto posible para inspirar un personaje como el de Bram Stoker. Un cronista bizantino de la época, Laonikos Chalcocondiles, da una idea de la inclinación por el sadismo de este príncipe que luchó contra los turcos: “Llamó uno a uno a los boyardos [nobles] que creía capaces de traicionarle, y los mutiló y empaló junto con sus familias y siervos. Parece que, para consolidar su poder, mató a unos 20.000 hombres, mujeres y niños en poco tiempo y dio todo el dinero [de las víctimas] a sus soldados fieles”. El propio autor parece tomar distancia de los hechos que relata, o quizá de las cifras. Pero empalar, Vlad empalaba.

En la preciosa y bien conservada Sibiu también se ven tejados rojos, pero aquí muchos tienen aberturas –a veces hasta cinco– que parecen ojos que observan, no aptos para paranoicos. Los palacios barrocos, la iglesia evangélica con tejas de colores y los edificios con corralas conviven en la misma ciudad con los bloques comunistas de la parte baja, apiñados en un desorden específico que se repite en otras poblaciones.

Nicoara aún se acuerda, dice, de cuando era muy pequeña, no más de tres o cuatro años, y acompañaba a su madre a “las cinco o las seis de la mañana a hacer cola para conseguir algo de leche o comida”. Eran los últimos años del régimen de Nicolae Ceausescu, con la población literalmente pasando hambre. “Y también sé que había cortes de luz y que nadie podía viajar al extranjero”. Ahora, 25 años después, va a ir Málaga en un par de meses con una beca Erasmus, uno de los programas que más han hecho por la integración europea. Antes estudió Sociología y vive de cantar en bares y trata de promocionar sus propias canciones. “Lo normal es cobrar entre 200 y 300 euros [el salario medio son 350 euros], mientras que los precios son bastante europeos”, ironiza. El alquiler del pequeño apartamento que comparte con su novio le cuesta 200 euros al mes, sin contar gastos. “Aquí ganamos el dinero justo para vivir”. Planea volver a su país cuando acabe el curso en España y no se plantea emigrar, a diferencia de lo que ya han hecho unos tres millones de rumanos de una población de 21,5 millones. Pero sí quiere enfatizar algo: “Tenemos mala fama fuera porque algunos rumanos hicieron las cosas mal, pero saben muy poco de nosotros o de nuestro país. De los muchos que se han ido, algunos son buenos trabajadores, otros tienen una alta formación –por ejemplo, exportamos muchos médicos– y por desgracia algunos son delincuentes. ¿Es que no pasa esto con otros países?”, se pregunta Nicoara.

Rumanía se incorporó a la Unión Europea en 2007 junto a Bulgaria. Son los dos países más pobres de los Veintiocho y su adhesión fue problemática. Los recelos de entonces sobre si estaban preparados continúan hoy. El socialdemócrata Victor Ponta, el primer ministro, dedicó a la UE una de sus primeras frases nada más ganar las elecciones en diciembre: “El futuro de Rumanía está al lado de la familia europea”. Fue un guiño a Bruselas, que aún vigila el respeto al Estado de derecho, el sistema judicial rumano y la lucha contra la corrupción de los políticos, de quienes los ciudadanos se sienten muy desconectados. El último de una larga lista de escándalos lo protagonizó el ministro de Transporte, que tuvo que dimitir a mediados de julio al ser condenado a cinco años de cárcel por comprar transformadores viejos y venderlos como nuevos a una empresa estatal hace una década. Hay además otro tipo de corrupción que forma parte de la vida cotidiana y toma cuerpo enpequeños sobornos en la Administración –para pedir un título, por ejemplo– o en los hospitales –con médicos que tras 20 años de experiencia cobran 800 euros–, donde muchos enfermos admiten que dan algo de dinero al personal convencidos de que así los atenderán mejor.

A unos 500 kilómetros de Brasov y del mundo transilvano se extiende otro micro­­cosmos al borde del mar Negro: el delta del Danubio. Por esta reserva de la biosfera, donde se pueden ver pelícanos y esbeltas garzas blancas, donde 284 especies de aves migratorias descansan de camino a África, hay cientos de lagos, zonas a las que solo se accede en barquitas y dos grandes canales para los cruceros. Bogdan Bascoveanu, de 24 años, es camarero en uno de ellos. Cuenta que en esta zona, y en la capital de la provincia, Tulcea –una ciudad portuaria un tanto gris, punto de partida para ir al delta–, “no hay muchas oportunidades. Aparte del turismo, lo único que se puede hacer es dedicarse a la pesca, y a muchos no les da más que para sobrevivir”. Él gana unos 250 euros al mes más propinas. Estudió Publicidad en la Universidad y dice que no se plantea irse: “Algunos de mis amigos emigraron y pensaron que todo iba a ser perfecto, pero no ha sido así. Algunos han vuelto. Además, tenemos mala imagen fuera. Estamos en Europa, pero no nos tratan igual”, dice mientras pone un café.

El Danubio tiene un color marrón en este día algo nublado. En esta área solo viven unas 12.600 personas, pero es pura mezcla, con comunidades turcas, ucranias, griegas, y así hasta 14 grupos étnicos. En las verdes orillas se ve de vez en cuando alguna población destartalada con casas de cemento gris, papeleras atadas a los árboles. Esta zona intenta desarrollar un turismo sostenible, basado en pequeños alojamientos familiares, en excursiones de un puñado de personas guiadas por un pescador tradicional –de los que ya quedan muy pocos– o en la observación de las aves. Al bajar del barco, en un estrecho camino de tierra, un grupo de hombres ha decidido encender una hoguera para cocinar un guiso de pescado. Celebran algo. Está bueno.

Hoy es un día especial. La ministra encargada de pymes, entorno empresarial y turismo está de visita en la zona. Con ella viaja un séquito de asesores, otras autoridades y una legión de periodistas. En total, tres autobuses. Rumanía quiere ser turística. Tienen un logo con el eslogan“Rumanía. Explora el jardín de los Cárpatos”. Tienen miles de folletos. Y tienen 75 millones de fondos europeos que invertir en promoción de aquí a final de año. En 2012 visitaron el país 1,6 millones de extranjeros. Está en ese punto en el que el turismo se despereza, se está construyendo. Ahora representa el 1,7% del PIB. La naturaleza y las formas de vida tradicionales son el gancho en Transilvania y en el delta. Las palabras verde, sostenible y ecológico pueblan los discursos. Para mostrar la belleza del delta se han alquilado dos barcos. La ministra saluda desde la barandilla del suyo, que adelanta al de los periodistas, donde varias personas intentan hacer que funcione un powerpoint. Un grupo folclórico ha acudido a la comida con la ministra para cantar y bailar con sus coloridos trajes. Fuera del recinto, a unos 30 metros por un camino polvoriento, hay una caseta donde dormita Cornel Tertiscu. Su abuelo era pescador, su padre era pescador y él pesca de septiembre a abril. “Es una lotería”, dice sonriente, “unos días saco cinco euros; otros, 20”. También organiza tours con su barca. Todo esto lo dice medio en rumano, medio en inglés, medio en español: “Estuve dos meses trabajando en Punta Umbría, en un chiringuito”.

Al entrar en el coche iluminado con una luz azul como de neón, un taxista de Bucarest pregunta: “¿Española?”. A continuación toquetea una pantalla colocada sobre el cambio de marchas y selecciona en Youtube el tema Dos corazones, dos historias, de Alejandro Fernández a dúo con Julio Iglesias. La conexión española se percibe en muchas ciudades: hay 922.286 rumanos que viven en la Península, casi un tercio de todos los emigrados. La crisis ha hecho que algunos tengan que ir y venir en función del empleo que encuentran, aunque la mayoría se queda. Otros, como Bogdan Gheorghe, de 24 años, han regresado.

Los bares de la pequeña parte antigua de la capital están llenos, se puede fumar y muchos tienen wifi gratis. Bogdan regresó de Castellón hace un año, después de cinco allí. Cuando era adolescente, su familia se transformó en un goteo de ausencias: primero se fue a España su madre; al año, su padre; después, su hermano. Él se quedó en casa de su tía en Rumanía para acabar el bachillerato. A los 18 se reunió con ellos en España. “Era recepcionista en un centro de negocios. Me compré un ordenador, un móvil… Salía más, tenía muchos amigos”. Con la crisis se esfumó su empleo y el de su padre. “Mi familia me dijo: hay que hacer algo. Si alguno de los dos hubiéramos tenido trabajo, seguiría en España”. Gheorghe ya se ha vuelto a acostumbrar a su país de nuevo y quiere retomar la Universidad. En Castellón cobraba cuatro veces más, pero está contento. “Ahora trabajo en un centro de llamadas de una aerolínea y cobro 250 euros. Pago 110 por la mitad de un piso compartido”. ¿Y el resto de la familia? “Mi padre y mi hermano acaban de regresar definitivamente, y mi madre, el año que viene”.

Bucarest es de todo menos una ciudad previsible. Los bloques de viviendas-enjambre del comunismo plantados en enormes bulevares se suceden con barrios de casas bajas cada una a su manera, con patio o sin patio, con fachada de cemento o en forma de mansión perfectamente restaurada, con coches aparcados en la acera, si hay acera, y, como uniendo todos los puntos, los negros cables de la luz colgando.

Carola Frey, de 24 años, está sentada junto a una ventana de la planta baja de la descomunal mole que es el edificio del Parlamento, tan desmesurado como el poder que acaparó Ceausescu. Está montando con sus compañeros de Bellas Artes una exposición de fin de curso. Ella nació cuando cayó el Muro. “Los rumanos somos parte de Europa, lo único distinto es el pasado comunista”, afirma en su impecable inglés. Dice que habla alemán, francés, italiano y japonés y que ha terminado Políticas. Su padre vive en Reino Unido, donde se pretende dificultar el acceso a ayudas sociales a futuros inmigrantes comunitarios, como rumanos y búlgaros. Ella se plantea ir allí dentro de unos años, porque “un profesor de universidad cobra 3.500 libras, y aquí, 500 euros”. Pero insiste en aclarar que “esa sería la única razón” por la que dejaría su país una temporada. Tal y como ella lo ve, “la única diferencia entre vivir en Bucarest o en otras ciudades europeas es el dinero”.


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