José María Maravall: “Me gusta demasiado estar en la oposición”

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Asegura que sigue agitado por dentro, aunque parece blindado. Argumenta que por “carecer de sentimiento de culpa”.
Amigo de Felipe González, fue ministro de Educación y Ciencia, pero él siempre ha preferido andar, buscar, conocer. Ahora le gustan sus nietos y Madrid, una ciudad que se le desdibujó desde el coche oficial.

JUAN CRUZ 13 JUL 2013 – 00:00 CET

Dice que su padre, el historiador José Antonio Maravall, era un hombre centrado y que él no lo es, que lleva una vida agitada, y que por ser así le puso los pelos de punta a su familia cuando era un estudiante. Aquel joven Maravall también ponía nerviosos a los guardias de Franco, que lo llevaron a prisión dos veces.

Pero esa, la de un hombre descentrado, no es la impresión que desprende José María Maravall, que fue ministro de Educación de Felipe González cuando se estrenó el socialismo en el poder, y que padeció una revuelta estudiantil que a él le puso los pelos de punta. Entonces (era la época del Cojo Manteca, recuérdese) la policía reprimió a los estudiantes que se levantaron contra su ley, y él asumió aquellos cristales rotos ofreciéndose a hablar con los que estaban al frente de la revuelta. En este país de ordeno y mando, los suyos entendieron que había claudicado.

Él no entendió que su actitud representara una claudicación: había ido a ver a los chicos, estuvo en el hospital con una alumna que había sido herida por la policía, recibió a los delegados de los estudiantes, estudió sus propuestas, les dijo qué podía conceder y qué era imposible dar… Se había comportado como es ahora también, un político de educación anglosajona que piensa que probablemente el otro tiene también algo que ofrecer. Algún tiempo después, en su coche de profesor de la Complutense, acogió como autoestopistas a aquellos que le fueron a ver al ministerio en medio de la revuelta. “¿Qué tal todo?”, le dijeron los chicos. “Nunca hubiera creído que un día íbamos a coincidir en el mismo coche”, les dijo.

Las fuerzas de seguridad que habían reprimido la revuelta no eran “mantequillas Arias”, le había dicho el ministro del Interior, que entonces era José Barrionuevo. Ahora él recuerda aquellos incidentes con la paciencia perturbada de un profesor que entonces estaba a la vez en los dos sitios de la mesa, en el de los estudiantes y en el del ministro. Porque en cierta manera este maestro ya veterano que goza discutiendo “con mis doctores”, los que preparan sus tesis con él, sigue siendo como un estudiante que escribe sus libros sobre sus rodillas en lugar de acogerse a las ventajas del cuarto en el que apila libros, apuntes y recuerdos. Es, dice, la costumbre de criar a los chicos mientras trabajaba en casa.

Es muy poco bullicioso, a pesar de esa idea que tiene de sí mismo como hombre que agitaba a los padres y que sigue agitado por dentro. Antes, dice, era muy inquieto, iba y volvía, aceptaba conferencias en Rusia, en Nueva York. “Ahora me cuesta más”. A veces la vida es como una hoja, va y se posa. “Sí, estoy más asentado en Madrid de lo que ha sido mi costumbre”.

Y disfruta Madrid. “Siempre he tenido una relación de amor-odio con la ciudad”. La parte de amor se ha incrementado; le encanta “patear Madrid”. Y le gusta trabajar de noche. Como un estudiante. Ahora el profesor tiene cuatro doctorandos a su cargo; “ellos me sacan a cenar, tenemos broncas monumentales sobre cosas que han escrito. Son muy francos y yo también lo soy, y alcanzamos la brutalidad en ocasiones”.

Una especie de mayéutica radical, quizá. En todo caso es una discusión “enriquecedora” que le ha devuelto a otros tiempos, cuando era profesor en Inglaterra y se relacionó con otros maestros y con sus alumnos y aprendió a aceptar que el otro quizá sabe más. Luego quiso llevarlo a la práctica, pero en España no había mucha costumbre.

Como a otros de su generación (Solchaga, Solana…), la política lo levantó de la enseñanza. En 1979 entró en la comisión ejecutiva del PSOE; luego estuvo seis años en el Gobierno. Ahí se acabaron los jóvenes estudiantes y también se acabó Madrid. Un político es alguien que va en un coche para asistir a un mitin, a un consejo; la ciudad es un paisaje al borde del camino que hacen otros. “Madrid se me desdibujó”. Salió de ese vientre, volvió a dar clases y se reencontró con la ciudad.

El ejercicio del poder era un paréntesis, dice, para disfrutar de lo mejor que para él tiene este compromiso público: las campañas electorales. Un compañero suyo le dijo un día: “Lo malo de mi relación con la política es que me gusta demasiado estar en la oposición”. Y mientras estás en el poder, las campañas electorales te devuelven en cierto modo al puesto del aspirante, que es el sitio de la oposición.

De educación anglosajona, piensa que probablemente el otro tiene también algo que ofrecer
Se recorrió España; armaba con Joaquín Almunia y una comisión de cinco personas el armazón de las campañas y salía a vender socialismo: la que hubo después del 23-F, la de la defensa de la Constitución, la del referéndum andaluz, las campañas electorales, por la reconversión industrial… El profesor trasplantado a la calle. “Como chiquillos”. De excursión por una España que entonces aún aspiraba a no ser conocida ni por la madre que la parió.

“Era prolongar la época estudiantil”. Un desbordamiento de energía al que él respondía con una incapacidad que le acompaña, no sabe decir que no. “Tomaba el tren en Granada, y venía a discutir con Paco Bustelo y con Pablo Castellano a un hangar a Madrid. Me encantaba ese debate constante, esa exploración de España, esas relaciones personales crecientemente profundas”. Fue también embajador informal, en misiones para estudiar qué se hacía por esos mundos con los misiles de crucero y con los Pershing. Eso le puso a Felipe González una idea en la cabeza: podía ser el profesor Maravall ministro de Exteriores. José María dijo no.

Esa parte de la moneda le gustaba, andar, buscar, conocer. “La parte oficial no; había una cámara de televisión que me grababa desde que salía por la puerta”. Eso es insoportable, y no solo por eso, pero también por eso, dejó el cargo y no quiso prolongarse en otro puesto.

Para él Felipe era Isidoro, un joven sevillano que iba a La Granja a discutir con él, con Ignacio Quintana, con otros, textos de Marcuse. Cuando cayó Rodolfo Llopis, Isidoro se hizo carne y adoptó el nombre de Felipe González. Desde entonces, sin altibajos aparentes, quien fue su presidente sigue siendo un amigo, y un referente.

Como ministro, el único enfrentamiento no fue el que tuvo con los estudiantes. “El más terrible fue el que hubo con la Iglesia. No imaginaba que iban a llegar a extremos personales tan inapropiados para esa institución… Y el de los estudiantes, claro, fue muy tremendo. Teníamos a toda la progresía del mundo mundial en el ministerio, y nos montan aquello. Nos causó gran estupor ver aquella columna de cuatro mil o cinco mil estudiantes avanzando por la calle de Alcalá. Unos días antes, Miguel, mi hijo mayor, me había dicho: ‘Oye, ¿no se te ocurrirá quitar la selectividad de septiembre?’. Si él lo decía es que algo estaba pasando. Y pasó”.

En medio del jaleo murió el padre. Él había sido un profesor republicano que, luego, como otros, aceptó el franquismo. Cuando José María tuvo uso de razón política, el padre aceptó el activismo antifranquista del hijo. “Era un hombre tímido que escondía una infinita calidez”, que le enseñó a su hijo a amar a Albert Camus y a mirar las películas de Claudia Cardinale. José María era el mayor de cuatro; a los 7 años ya recitaba de memoria La chanson de Roland. Y en la adolescencia el padre lo llevaba a la librería de Sánchez Cuesta, en Madrid, a que se familiarizara con las primeras lecturas serias de su vida ­(Graham Greene, Tagore, Hemingway), “hasta los primeros textos de Marx que tengo ahí”. A los 14 años estaba en el Colegio Estudio cuando la Falange entró a arrasarlo; ya él sabía que el país era oscuro, “pero desconocía que además esa oscuridad podía tomarla con el sitio donde estudiábamos”. Luego vinieron los partidos de la izquierda clandestina, el progresivo crecimiento de un progresista. La madre, María Teresa, era vasca, “fuerte, delgada, indestructible”, una de las primeras mujeres universitarias.

Contra mí o contra otros, me alegra que la gente defienda aquello en lo que cree”
¿Y este país ahora? “Vivimos una época de sufrimiento y oscuridad. Siniestro. En política se están perdiendo pilares esenciales de lo que es ya este país. La democracia consiste en arreglar los problemas, y me alegra que la gente se manifieste para reclamarlo. Contra mí o contra otros, que se manifieste, que la gente defienda aquello en lo que cree. Frente a la situación, compromiso, y yo soy optimista porque creo en el compromiso”.

La educación está en la calle, es el tema más caliente. Otra vez. ¿Qué piensa de esta ley que llaman “Wert”?, ¿qué no le gusta?

–Lo peor, la discriminación que arbitra. Que el Estado pague con dinero público la discriminación de género, con pruebas desde los 11 años que son reválidas, significa volver al pasado creyendo que con eso superaremos el fracaso escolar. Hablan del informe PISA y lo manipulan de mala manera. España tiene un sistema educativo universal desde hace 35 años, Francia lo tiene desde hace más de un siglo. Lo que llaman fracaso escolar se produce sobre todo por aquellos hijos de padres que no tuvieron ningún tipo de educación. Si España tuviera los niveles de escolarización de Francia no habría ninguna diferencia, pero es que además estamos en el mismo nivel que Luxemburgo o que Austria.

Tímido como un maestro anglosajón, tiene la mirada escrutadora de quien se ha pasado la vida examinando o convenciendo. Parece inexpugnable, por eso le pregunto qué le blinda, y él dice: “Carecer de sentimiento de culpa”.

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