Las nuevas vidas del erotismo

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

XAVIER GUIX 22 SEP 2013 – 00:01

La aparición de un libro como 50 sombras de Grey ha puesto relato y acción a lo que solemos llamar fantasías ocultas, aunque de paso ha evidenciado que existe una sensibilidad muy despierta a la vida erotizada, a la “mente porno”, a la entronización del sexo como mero divertimento o como un ansiolítico eficaz ante tanta tristeza. La sociedad se está recalentando a base de convertir la carnalidad y sus posibilidades en objeto de deseo, de placer, de fin en sí misma.

Aunque seguimos realizando conductas atávicas disfrazadas de modernidad, la manera de hacerlo más abierta, despreocupada de prejuicios, más desvergonzada y transgresora, no está exenta de sus luces y sus sombras. Lo que importa ahora no es el juicio moral sobre una conducta erótica, sino retratarla, relatarla e incluso convertirla en debate televisivo. Algo está cambiando: lo privado parece hacerse público, y lo público, privado.

“El erotismo empieza allí donde acaba el animal” (Georges Bataille)

Tener una adscripción religiosa o política se mantiene hoy en lo oculto, en lo que se dice con la boca pequeña, mientras que conductas sexuales se exhiben públicamente, como vimos, por ejemplo, en los últimos sanfermines. Menudo revuelo aquella muestra de testosterona empapada en calimocho. Desbocar ante los demás nuestras hormonas empieza a convertirse en un rito más de nuestra cultura. Antes se hablaba de “vicios privados y públicas virtudes”. Hoy, esa misma incongruencia ha cambiado las tornas: los vicios se practican en público (añadamos también la corrupción) y las virtudes se suponen de puertas adentro. Quizá merezca la pena una observación sobre los límites y confusiones de nuestros estados pulsionales.

LIBROS
– ‘El deseo esencial’, de Xavier Melloni. Sal Terrae.
– ‘Abiertos al deseo’, de Mark
Epstein. Neo-Person.
– ‘Ni el sexo ni la muerte’, de André Comte-Sponville. Paidós.
PELÍCULA
– ‘No mires para abajo’, de Eliseo Subiela (Argentina, 2008).

Aunque pueda parecer que hablamos de lo mismo, lo cierto es que entre el sexo y el erotismo se esconde el deseo más que el placer. La sexualidad atribuye su mayor función a la reproducción, mientras que lo erótico se destina al incremento y la sostenibilidad del deseo. ¿Para qué tanta escenografía si todo se limitara a un orgasmo? Nos gusta disfrutar del deseo, del que sentimos y del que provocamos. Es un juego, al menos entre dos, del que importa más el proceso que el resultado final. El erotismo, pues, es cultural.

¿A qué jugamos hoy? A los gerundios ingleses: dogging, encuentros acordados entre desconocidos en un bosque o un parque; el pegging, penetración por parte de la mujer a su pareja; el bluetoothing, activar el bluetooth del móvil y establecer contacto con otros para tener un encuentro sexual; el petting o estimulación a través de besos, abrazos y roces sin llegar a la penetración, o el sexting, mandar mensajes de texto y fotografías eróticas a través del móvil. Lo privado se hace cada vez más público y en público.

Las prácticas más atrevidas, el erotismo más elaborado y las perversiones más ocultas parecían terreno de los profesionales de la pornografía, que tenían como única función la excitación inmediata del voyeur. Sin embargo, hoy los protagonistas pueden ser nuestros vecinos. Hoy se prefiere más experimentar que ver en los otros. Y puestos a hacerlo, los límites de una mente porno son insaciables. Aquello que antes era vicio y sordidez, se ha convertido ahora en divertimento, en moda y en el suculento negocio del deseo.

Ocurre algo paradójico con el deseo. Sartre lo expresó sabiamente: “El placer es la muerte y el fracaso del deseo.” Todo deseo alimentado por la fascinación erótica está condenado a morir en el mismo instante en que logra su fin. Se entiende así que toda la industria dedicada al erotismo, toda inversión en imaginar escenarios placenteros, con sus costes añadidos, acabará en el vacío de la saciedad. Y a veces dura apenas un instante, un suspiro.

“No deseamos las cosas porque son buenas, sino que son buenas porque las deseamos” (Spinoza)

Cabe preguntarse: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a invertir tiempo, energía y creatividad en el placer?, ¿qué espacio ocupa en nuestra existencia?, ¿qué lo motiva, cuál su propósito?, ¿qué calidad tiene?, ¿qué falta está llenando ese placer?, ¿se ha convertido en un fin en sí mismo? Lo erótico puede ser motivo de encuentro y también causa de adicción. ¿Cómo apreciar la diferencia?

En el sexo ocurre algo inquietante: el otro, ese sujeto al que amamos, lo convertimos en objeto de nuestro placer. Por mucho que veamos su alma, necesitamos de su cuerpo para satisfacernos. Cuando no hay confusión, ese tránsito entre el sujeto y la objetivización del cuerpo cumple un propósito mayor, que es el goce compartido.

Sin embargo, algunas personas quedan atrapadas en la eterna disposición del cuerpo del otro. No se relacionan con un ser humano, sino con un órgano que les produce placer, con un instrumento corpóreo, con un erotismo que se convierte en un todo, para luego desechar al sujeto porque se ha convertido en una nada. Menuda deshumanización y menuda visión del placer: apropiarse del otro como una cosa.

La solución, empero, no es condenar el sexo. Tampoco acercarse a él angelical o demoniacamente. A menudo es difícil evaluar cuánto hay de naturaleza y cuánto de cultura en nuestras prácticas sexuales. No obstante, hay condiciones a tener en cuenta además del consentimiento mutuo. Lo privado, por ejemplo, se apareja muchas veces con lo íntimo. Mal andará una sociedad cuando necesita airear lo íntimo para satisfacerse.

“Cuando la mente empieza a anhelar, aparece inevitablemente el sufrimiento” (Buda)

Podemos disfrutar del desear sin convertir al otro en mero objeto. Y en eso, uno debe aprender a respetarse, a hacerse digno a la hora de disponer de su corporalidad. Hay que evitar esa sensación de mercadeo de carnes. Un cuerpo no deja de ser el templo que nos sostiene.

Hay algo en el placer que debemos saber: su carácter efímero e insustancial. Quizá por ello pretendemos que perdure, que sea extático. Y por ello repetimos una y mil veces. El deseo es un maestro: cuando nos entregamos a él sin culpabilidad, vergüenza o apego, puede mostrarnos algo especial acerca de nuestra propia mente que nos permitirá abrazar la vida por completo. Es ascender por la belleza de las formas hacia la belleza sin formas que se identifica con la verdad y el bien. Por eso los caminos tántricos están tan de moda. Buscamos trascender a través del cuerpo. El resto es mero polvo.

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