Cuatro niños muertos en una playa

Fuente: http://www.elmundo.es

ENRIC GONZÁLEZ Actualizado: 20/07/2014 01:27 horas

Homenaje del artista israelí Amir Schiby a los cuatro niños muertos por el ejército israelí.

Lo que ven aquí es una imagen poética, un homenaje a cuatro niños muertos en una playa. Lo que no ven es la mierda. Ese mar dorado, para empezar, es una cloaca, porque en Gaza no hay depuradoras y los residuos de millón y medio de personas (la densidad de población más alta del mundo) van directamente al agua. Los niños, ya saben, eran palestinos. Según ciertas opiniones, a los niños palestinos no los matan los bombardeos israelíes, sino el partido islamista Hamas, que los utiliza como escudos humanos. Esos cuatro niños debían ejercer como escudos humanos en una playa que contenía un chamizo y unos botes, objetivos militares estratégicos. Sobre el valor de esos pequeños cadáveres se ha discutido estos días. Para algunos valen mucho, porque los destrozó una bomba israelí. Si la bomba hubiera sido siria y hubieran nacido en Alepo, se habrían devaluado al instante. Por supuesto, esos niños no valían ni de lejos lo que un niño israelí. Los muertos no son iguales, su valor depende de la nacionalidad, la religión y la mano que los mata. Eso también es mierda y tampoco se ve en la imagen.

Que paren la guerra, dirán las buenas almas. Bueno. Pero en Gaza no hay guerra. Lo que hay es la enésima operación de castigo contra una población desesperada, encerrada (parece que a perpetuidad) en un campo de concentración y gobernada por unos fanáticos ineptos cuyos dos argumentos políticos consisten en el odio a Israel (quien vive en una cárcel tiende a votar contra sus carceleros) y en un apetito por la corrupción mucho menor que el de Fatah, el partido palestino que gobierna en Cisjordania. No puede llamarse guerra a un conflicto en el que por cada muerto de un lado se cuentan 100 muertos del otro. Hablamos de guerra, sin embargo. Igual que Israel, cuyo ejército puede ventilarse a cualquier otro ejército de Oriente Próximo en dos bocados, habla de amenazas a su existencia. Hablamos aún de «territorios palestinos», cuando solo quedan ya Gaza y algunos enclaves, pequeños bantustanes, en el área ocupada y devorada por Israel. Las palabras, en este caso, sirven para disimular la mierda.

Es inútil cualquier cosa que se diga de los cuatro niños, del balón y de la muerte. Nada va a cambiar. Israel seguirá lanzando bombas, a veces más, a veces menos. Habrá nuevos cadáveres. Se mantendrá esa política presuntamente compasiva por la que Israel avisa con antelación a los gazatíes: evacúen su casa, vamos a destruirla y con ella todas sus pertenencias, vamos a destruir su vida, pero a ustedes les dejaremos vivos para que su futuro consista en humillación y resentimiento. En algo ha de notarse que Israel es la única democracia de Oriente Próximo, ¿no? Y Hamás seguirá comprando misiles para matar lo que pueda. Lo interesante del caso consiste en que cada episodio del conflicto, que no guerra, refuerza lo peor de ambos bandos. Ni todos los israelíes se sientan a merendar en la colina para aplaudir las explosiones en Gaza, ni todos los palestinos sueñan con baños de sangre. Por desgracia, cada vez hay más de los unos y de los otros.

Lejos de Gaza, lejos de Hebrón, lejos de esos pudrideros humanos, habrá que escuchar una y otra vez a quienes exigen una negociación de paz «sin condiciones» entre quienes lo tienen ya todo y quienes se han quedado sin nada. Una gran mierda, y disculpen la insistencia.

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