Izquierda Unida y la caída de los mencheviques

Fuente: blogs.publico.es

Juan José Téllez, 31 ago 2014.

Los comunistas se chuparon buena parte de la clandestinidad antifranquista, entre caídas, cárceles, ejecuciones y ley de fugas, para sucumbir en las primeras urnas de la democracia ante el palmito invencible de Felipe González. No volvieron a levantar cabeza. El centralismo democrático les sirvió para constituirse en el principal partido opositor a la dictadura pero, por muchas reflexiones y redefiniciones ideológicas o estratégicas, no lograron que el electorado le comprase su producto: austero, coherente y tenaz, como pocos. Pero la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, como se decía durante la transición, no terminaron de encajar con las del marketing.

Del eurocomunismo al rechazo del estalinismo, desde los críticos vascos de Roberto Lertxundi a la disolución de la Nueva Izquierda de Nicolás Sartorius, ni el Partido Comunista de España ni Izquierda Unida lograban levantar cabeza electoral por muy diferentes motivos. En primer lugar, por una ley que aún hoy sigue primando al bipartidismo y a las formaciones de la periferia nacionalista. En segundo lugar, por la inercia de parte del electorado de la izquierda española que suele decantarse hacia el posibilismo y el voto útil, a menudo representado por el PSOE. Y, en tercero, por una suerte de maldición que le lleva a perder sufragios cada vez que se ve obligada a tomar decisiones de grueso calibre: en los noventa, por ejemplo, pagaron el pato en Andalucía por la estrategia de la pinza que, junto con el PP, logró asfixiar en el Parlamento a los socialistas en minoría; y, ahora, no parece que, justo lo contrario, su cogestión del gobierno andaluz con el PSOE –la aldea de Astérix frente a las legiones romanas– vaya a depararles un chupinazo en las urnas. A pesar de que, como bien sostenía Luis García Montero en estas mismas páginas virtuales, su presencia en la coalición haya demostrado que es posible plantarle cara a las políticas cangrejeras del Gobierno central.

Hay un sinfín de causas que tal vez expliquen como una formación que aspiraba a ser vanguardia aparezca cada vez más convertida en retaguardia. Sin embargo, no todas son ajenas a su propia organización. Y es también pesa en todo ello la incapacidad crónica de atraer a otros izquierdistas alternativos que desconfiaban sobre manera de las históricas herramientas del PCE, por más que las siglas de IU intentaran brindar otra imagen y otro discurso.

Cuando la profunda crisis política, económica y social del neoliberalismo, junto con el descrédito de la socialdemocracia, habría de depararle con toda justicia una resurrección electoral, llegó Podemos y mandó a parar. Algunas de las encuestas que hoy se publican, al borde de un otoño caliente, así lo anuncian, con una sorpresiva equiparación de las expectativas electorales de los dos partidos fundados por distintos Pablos Iglesias con siglo y medio de diferencia. E Izquierda Unida, inexplicablemente, cae por debajo de UPyD, un partido con una exigua militancia y presencia de sus afiliados en la vida real de nuestros pueblos y ciudades.

Convendría que, con su buena relación con Cuba, la formación que lidera Cayo Lara reclamase una brigada de santeros para que le eche los caracoles antes de que todo se vaya definitivamente al cuerdo. IU que aspiraba a ser mayoritariamente bolchevique, va camino de convertirse en menchevique, en una minoría, aunque no necesariamente, esta vez, su discurso sea moderado, como ocurriese con dicha fracción durante la revolución soviética. Ni siquiera parece que –más allá del proyecto Ganemos en algunas ciudades– vaya a prosperar ahora esa confluencia con Podemos que auspiciara IU después de las europeas y que podría reforzar ambas marcas electorales de la izquierda real, sin una innecesaria sangría de votos que sólo beneficiaría a la derecha. Mientras la economía de Alemania y de Francia se estanca, Italia entra de nuevo en recesión, España roza la deflación y la Unión Europea mira al este porque al oeste el Reino Unido se le desmarca, los progresistas españoles se hacen la competencia mutua en lugar de montar una cooperativa en común. Esto es, en lugar de buscar posturas de consenso frente a los tijeretazos a la medida del Bundesbank, esa izquierda se dedica a maltratarse a sí misma, como cabe inferir de las declaraciones contrapuestas que hemos vivido durante los últimos días de la mano de Willy Toledo, Joaquín Sabina o Juan Carlos Monedero, en un debate manifiestamente mejorable en el que han faltado argumentos y han sobrado certidumbres: lo de que el cantante se dedicase a hacer lo que sabe, según el filósofo, recordaba demasiado al “¿por qué no te callas?” del rey Juan Carlos al presidente Hugo Chávez.

Compartirán trinchera auguran los nuevos pezzonovante. Ojalá sea posible. Sumadas las fuerzas de toda la izquierda plural, de los ecologistas y del altermundismo, al PP le resultaría complicado renovar su absolutismo actual. El PSOE de Pedro Sánchez –que sabe que tiene que desmarcarse de las recetas europeas de la derecha– no estará sin embargo en un nuevo proyecto de Frente Popular. Izquierda Unida, de nuevo, tendría que sacrificar buena parte de su identidad política para embarcarse en esa nueva aventura. Si lo hiciera, su vieja estirpe roja, de derrota en derrota hasta la masacre final, tendría que convertirse casi en una suerte de ayuda de cámara o de mozo de espadas para ese nuevo fantasma que recorre España. ¿Cómo casar la tradición marxista de uno, el asamblearismo libertario de otros o el dogmatismo razonable de Izquierda Anticapitalista? ¿Persiguen los mismos horizontes? Probablemente, no. Pero la realidad que rechazan es la misma.

Hace un mes, lo enunciaba Alberto Garzón, con ecos remotos del marcapasos de Julio Anguita: “Lo importante son los programas y los proyectos, no las siglas. Quiero hacer la revolución y me da igual las siglas con las que se haga”. No sería justo, sin embargo, que ciertas marcas se diluyeran: como la de ese veterano PCE, a veces obcecado pero siempre dispuesto. O una Izquierda Unida que fue diseñada hace treinta años para convertirse precisamente en esa denominación de origen común para todos aquellos que quisieran transformar el vano ayer para que el mañana no sea efímero.

En cualquier caso, urge llegar a un acuerdo o a un desacuerdo en este ala de la democracia española. Para que estén claras las cartas que hay sobre la mesa y no se hagan trampas los componentes de un mismo equipo de brisca.

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