Los cubanos y la normalidad

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Si de repente Cuba se convirtiera en un país normal, se tambalearía la economía de la nostalgia.
KARELIA VÁZQUEZ 3 FEB 2015 –
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Marco Rubio, congresista de Florida (EE UU). / MICHELE EVE SANDBERG (CORBIS)

En Miami la noticia de la “normalización” de las relaciones entre Cuba y EE UU fue recibida con perplejidad por unos, alegría por otros y finalmente con un preventivo silencio por todos dada la cercanía de las comidas navideñas y el elevado riesgo de bronca familiar. La capital del exilio cubano es cada vez menos homogénea. Una encuesta de la Universidad de Florida asegura que un 68% de los residentes de Miami-Dade, donde viven más cubano-americanos, está de acuerdo con la decisión del presidente Obama. Entre los menores de 30 años la cifra sube al 88%. Acostumbrados a manejarse en lenguaje críptico, los cubanos han empezado a referirse al asunto como “el suceso que tuvo lugar el día de San Lázaro”. De este modo se intenta neutralizar una pelea generacional que saca lo peor de cada uno.

Lo quieran o no, buena parte de los exiliados de Miami vive por y para Cuba. Algunos incluso siguen viviendo allí. Cincuenta años de no normalidad han servido para crear una auténtica industria de la nostalgia y una amalgama de servicios diseñados para complacer las necesidades y expectativas de los que quedaron atrás. Sistemas de pago para recargar sus móviles, tiendas que venden piezas de repuesto para coches soviéticos marca Lada o casas de empeño que prestan joyas a los que viajan a la isla, preocupados por mantener intacta su imagen del emigrante de éxito.

Un vistazo al género que vende la tienda Valsan (nombre que combina los apellidos de sus creadores, Valdés y Sánchez) basta para entender que solo alguien que viaje a Cuba llenaría sus maletas en ese sitio. Mosquiteras decoradas con cintas rosas para cunas de bebés, figuritas de yeso y otros materiales poco nobles para decorar el salón, básculas portátiles para que no le timen los vendedores callejeros, adornos para el pelo confeccionados en plástico de brillantes colores y pañuelos estampados para cubrir los rulos. También hay fundas para proteger del polvo el televisor, o cualquier electrodoméstico que supere los 40 años de existencia, y pantalones de mujer de materiales sintéticos que no transpiran, no aptos para el clima de la isla, pero que allí por razones inexplicables triunfan. Los de dentro conocen bien la oferta de Valsan, y piden con pleno conocimiento de causa.

Si de repente Cuba se convirtiera en un país normal, dejaría de generar nostalgia y peticiones de objetos absurdos o en desuso en el resto del mundo. Los familiares de Miami dejarían de sentir pena (y algo de culpa) por los que se quedaron del otro lado, y de desvivirse por complacer sus necesidades y caprichos. Se tambalearía la economía de la nostalgia. Cerrarían cientos de negocios y se perderían otros tantos puestos de trabajo. Es difícil imaginar Miami sin cubanos, y viceversa. En Hialeah, la ciudad más cubana del condado, las calles tienen dos numeraciones y no hay GPS que se aclare. La primera la puso el Estado de La Florida, y la segunda, los cubanos, y están orgullosos de ello. Poco importa lo poco funcional que sea. La gente sigue comiendo arroz con frijoles y apenas habla inglés.

Son cuestiones prácticas, y no filosóficas, las que preocupan al exilio de Miami y a buena parte de los que aún viven en Cuba. Entre ellas, el incierto destino que tiene ahora la Ley de Ajuste Cubano, bautizada como “ley asesina” por el Gobierno de La Habana. Es un instrumento legal que supone un trato de favor para los cubanos cuando pisan territorio estadounidense y les garantiza la residencia permanente. Se apoya en la ausencia de relaciones diplomáticas entre ambos países y en la falta de libertades en Cuba. Si la situación cambia, la ley ya no tendrá sentido. Existieron excepciones migratorias similares para ciudadanos de la Unión Soviética, los países de Europa del Este y la Nicaragua sandinista. Todas fueron revocadas cuando esos países dejaron de ser enemigos. Lo que más asusta de ser normales es perder ese privilegio. La normalidad tiene un precio.

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