Élites más vivas que nunca

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

A base de dinero y acentos, los ‘public school boys’ en Inglaterra siguen acaparando los puestos de poder, perpetuando el mismo sistema que tanto les favorece.

16 DIC 2014 – 00:00 CET

Muchachos en un colegio privado inglés. / MARTIN PARR (MAGNUM)

Todavía hay clases, y sobre todo en Inglaterra. En cuestión de elitismo y acceso limitado a los puestos de más prestigio, dinero y poder, Reino Unido se ha colocado siempre a la cabeza. Lo que sorprende, sin embargo, no es que la situación no haya cambiado, sino que, de hecho, ha empeorado. Tras la década del blairismo y un Gobierno de coalición que incluye a los liberales-demócratas de Nick Clegg, los datos siguen revelando el siguiente panorama: según un estudio reciente, aunque tan solo un 7% de la población británica acuda o haya acudido a colegios privados, este grupo representa un 71% del rango superior de jueces, un 62% de los oficiales del Ejército, un 55% del cuerpo superior de funcionarios, un 36% del Gobierno y un 43% de los columnistas de prensa escrita. El estudio de la Comisión para la Movilidad Social y Pobreza Infantil también revela que acudieron a colegios de pago un 45% de los presidentes de entidades públicas, un 44% de las personas con más dinero (según la lista que el Sunday Times publica todos los años) y un 26% de ejecutivos de la BBC.

Los resultados han creado el revuelo de costumbre –titulares, programas, entrevistas, debates–, pero siempre entre personas que también en su mayoría han estudiado en escuelas privadas, y escuchados o leídos por minorías con una experiencia similar. No es ningún secreto que las élites británicas se educan en colegios como Eton o Harrow, para los chicos, o Marlborough, para las mujeres, donde se aprende a debatir, a saber estar y a tener un finish impecable: apariencia física limpia y la capacidad de saber qué decir en cada momento, por más difícil que se presente la situación.

Estas cualidades y el sello de un buen colegio dan a los alumnos una red social envidiable –por lo cerrada que es y por su difícil acceso–, otorgándoles un caché codiciado por empresas o simplemente ciudadanos de a pie. Todo el mundo quiere tener a un ­ex-Eton como amigo, por prestigio social.

La marca de la casa también incluye un acento muy cuidado, que casi parece otra lengua al compararla con el inglés que se puede escuchar en los barrios más humildes. El acento es una de las mayores señas de identidad de las élites británicas. Ejerce la función de barrera de entrada. A base de dinero y acentos, los public school boys (sobre todo, chicos) siguen acaparando los puestos de poder, perpetuando el mismo sistema que tanto les favorece. Tan solo de vez en cuando tienen que enfrentarse a un debate nacional, aunque, ya se sabe, la mejor manera de no cambiar nada es fingir cambiarlo todo.

Las consecuencias de esta situación son mayúsculas. Afecta al proceso democrático y también hace que los organismos más importantes no solo sean poco representativos, sino que tampoco estén en sintonía con los intereses o preocupaciones de las personas diferentes a ellos. Y un menor conocimiento, por lo general, suele traducirse en menos atención, o incluso ayuda.

Pero al menos en Inglaterra existe un debate, legitimado por estudios que revelan lo retrógrado de la situación. Ningún país es perfecto, pero el camino hacia la mejora empieza por reconocer los propios problemas. Algo que, en cuestión de señalar a las élites, incluso Inglaterra –uno de los países más elitistas del mundo– gana la partida.

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