El traductor de la China de Mao

Fuente: http://www.elpais.com

Hace 40 años la dictadura franquista abría su primera embajada en el gigante comunista.

El embajador, Sanz Briz, llegó junto a un catedrático con “curiosidad por la revolución” por N. GALARRAGA.

Iñaki Preciado, en 1976.

Cuando Iñaki Preciado Idoeta supo que España iba a abrir una Embajada en Pekín, inmediatamente se ofreció a Exteriores como traductor. Tenía 32 años. Por fin llegaba la oportunidad de conocer “aquella revolución por la que sentía gran curiosidad” y sacar provecho al chino que estudiaba en Madrid desde hacía una década. Al otro lado del mundo esperaba el también llamado “peligro amarillo”. La España de Franco acababa de reconocer a la China de Mao. Era el 9 de marzo de 1973, hizo 42 años y medio. La visita de Richard Nixon un año antes había desencadenado una frenética carrera en Occidente por acercarse al gigante asiático.

A pie tuvieron que hacer el último trecho para entrar en la República Popular China el embajador, Ángel Sanz Briz —honrado tras su muerte por salvar a miles de judíos del Holocausto durante su etapa en la Embajada de Budapest—; su secretaria, Aurora Aranaz, y el catedrático de Filosofía convertido en traductor. Llegaban en tren desde el Hong Kong británico. “Era el 2 o 3 de agosto, hacía un calor insoportable”, recuerda Preciado. Sanz Briz, de 63 años, sudaba a mares. Aurora sufría con sus tacones. Caminaron por la vía hasta Shenzen, entonces una aldea, hoy una megalópolis industrial. Tomaron otro tren a Cantón y un vuelo a Pekín.

Les recibió Jaime de Ojeda Eiseley, el ministro consejero, que abrió la Embajada, inicialmente en la segunda planta del Hotel Pekín, cerca de la plaza de Tiananmen. “Al llegar podía leer y escribir sin problemas, pero entendía a medias. Es que en Madrid casi no había chinos con los que practicar”, cuenta Preciado en un café madrileño cuatro décadas después, y tras varios años en un monasterio del Tíbet. Su principal quehacer era traducirle al embajador el Diario del Pueblo y otra prensa oficial. Dos interpretes impuestos por las autoridades —“llamados Chen y Qiu”— se encargaban de los contados actos oficiales. “Pero el embajador quería que yo también estuviera presente”. Para controlar a la pareja oficial, se supone.

Tener información incluso de los acontecimientos más importantes era arduo. “Nos enteramos del X congreso del Partido Comunista Chino cuando ya lo habían clausurado”, confiesa. Escaseaba la información sobre los cambios que vivía el que ya era país más poblado del mundo —900 millones de habitantes, 400 millones menos que ahora— y tenía la bomba atómica. “Las fuentes eran otros diplomáticos o algún periodista. Del lado chino, solo estaba el Diario del Pueblo”. A ojos de este español, los despachos eran un páramo informativo: “Había poco que contar, Pekín era aburridísimo”.

Los diplomáticos tenían vetado todo contacto con el pueblo. De Ojeda,número dos de la legación, rememora el aislamiento social. “Las autoridades solo nos recibían para asuntos oficiales. Y apenas entablábamos conversación en la calle con alguien, aparecían unos milicianos y les apartaban diciéndoles: ‘¡Por favor, no molesten al waibin [huésped extranjero]!”, relata al teléfono este embajador retirado de 79 años desde su hogar, en EE UU. De entonces data su amistad con George Bush padre —primer enviado diplomático a la China comunista— y su esposa, Barbara.

Sanz Briz y De Ojeda flanquean al presidente interino de la República Popular China, Tung Pi Wu (en el centro), en 1973. / EFE

Tampoco la comunicación con España era sencilla. “No se podía hablar por teléfono. Yo leía los ABC de siete en siete, cuando llegaban en la valija semanal”, asegura el traductor. El asesinato de Carrero Blanco fue una excepción: les informaron por télex. “Enseguida vino el ministro de Exteriores chino a darnos el pésame”.

A Carrero, presidente del Gobierno, “le tuvieron al margen de las negociaciones para entablar relaciones. Fue un movimiento orquestado por el ala pragmática de Exteriores, con Gregorio López-Bravo de ministro, y la aquiescencia de Franco, por supuesto”, explica Mario Esteban, profesor del Centro de Estudios de Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Madrid. El reconocimiento mutuo se negoció en París porque, como las Embajadas eran vecinas, era lo más discreto, revela el experto. Se firmó en Francia el 9 de marzo de 1973, ayer hace cuatro décadas. Para China, obsesionada por “el reconocimiento del máximo de países” tras su entrada en la ONU en 1971, España era uno más en la lista, según Esteban. Hasta el apretón de manos de Nixon y Mao, solo Francia y Reino Unido, además de los países del Este, tenían embajadores ante los chinos.

Para la dictadura franquista era parte del acercamiento —con el ojo puesto en los negocios— al bloque rojo. La Unión Soviética era el límite; por ahí Franco no pasaba. El paso diplomático también obedecía a cierto interés político. “China tenía poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y pensaban que podía ser útil con el Sáhara”. No lo fue. Aquella primera fase de la relación “fue un gesto diplomático, sin contenido”, sostiene este especialista.

De Ojeda marchó encantado a aquella China que los extranjeros intentaban desentrañar. Precisa que Sanz Briz era de los más veteranos del escalafón. Se presentó voluntario para aquella plaza por motivos personales, dice. Intérprete y diplomático coinciden en que era alguien “reservado”, y según su número dos “un buen profesional, pero no tenía un verdadero interés en China”.

No se podía hablar por teléfono con España, y en la calle los milicianos impedían el contacto con la población.

Lo que al traductor Preciado le interesaba era empaparse del país. Logró que Ricardo, su hijo de 6 años, estudiara en una escuela estatal con niños chinos. “Era el único”, dice con el mismo orgullo con el que recuerda que “el director era un obrero, con cultura, sí, pero un obrero”. Izaskun, de 3 años, y su entonces esposa, María Luz, completaban la familia. Llevaba a sus hijos en autobús o bicicleta. Allí no tuvo coche (aunque con el medio millón de pesetas —3.000 euros— ganados se compró un Jeep Comando a tocateja al volver). Vestía al estilo Mao y comía en cantinas. Y su esposa iba a misa dominical —autorizada— en la iglesia de Xidan. Un sacerdote chino la decía a la antigua, de espaldas.

La Embajada de España recibió a una delegación de 6 o 7 osados empresarios españoles, pero poco más. El traductor sostiene que en la legación nadie llegó a ver a Mao. La reunión de más alto nivel fue una cena informal que dio el ministro de Exteriores. Cualquier gestión, léase viajar o contratar una señora de la limpieza, requería acudir al Ministerio de Exteriores.

Hace 40 años “el interés de ambos países era conocerse, romper el aislamiento. Hoy nuestras realidades han dejado de ser exóticas”, constata por teléfono Ernesto Zulueta, director general para América del Norte, Asia y Pacífico del Ministerio de Exteriores. El mundo ha mutado desde 1973. Zulueta destaca la presencia en China de empresas españolas punteras “en infraestructuras, renovables, moda o gastronomía” y la huella china en España “por el turismo, intercambios estudiantiles y la inmigración”.

La China que Preciado conoció cumplió sus expectativas. Incluso en la despiadada Revolución Cultural (1966-1976) encuentra rasgos positivos. “No había corrupción, había solidaridad y una moral revolucionaria. El lema era Wei renmin fuwu [para servir al pueblo] y, como dice el chiste, ahora le han añadido dos letras y es Wei renminBI fuwu [para servir al dinero]”. No le gusta nada la deriva de una “China que exportaba revolución hasta principios de los setenta y ahora exporta mercancía barata”.

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