Un perro sin nombre

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Durante muchos años, bajaba por una cuesta situada cerca de mi casa, casi siempre a primera hora de la tarde, buscando la luz de los campos de Castilla, con su claridad mística y silenciosa, semejante a la de un claustro bajo un cielo teresiano, con un azul profundo, ensimismado, casi humano. Por entonces, era un camino sin asfaltar, polvoriento y pedregoso, que reflejaba la dureza de un paisaje lleno de vacíos, con llanuras inacabables y colinas ondulantes como un oleaje de alta mar, tan lejos de la orilla que jamás llegará a convertirse en estrépito y espuma. El camino serpenteaba entre casas humildes, con la fachada encalada, tejas rojas, ventanas con macetas de flores y rejas que protegían la penumbra del interior, con su frescor de cueva excavada para huir del calor sofocante de los estíos, particularmente en una tierra mezquina en ríos y sombras. Muchas veces fantaseaba con esa semioscuridad, donde quizás se escondían ancianas que desconocían la prisa y amaban el recogimiento. De niño, aprendí a rezar el rosario, pero ya no recordaba las oraciones. Sabía que la sarta de cuentas unida por sus dos extremos a una cruz incluía glorias y misterios, avemarías y padrenuestros, jaculatorias y la salve. Mi memoria sólo conservaba fragmentos: “Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. El tiempo y el sufrimiento habían destruido mi fe, pero aún soñaba con la alegría del evangelio, anunciando que nuestra presencia en la tierra no es un efímero soplo, sino el preámbulo de la eternidad.
Las casas de mis vecinos no eran una prolongación del pueblo, con su iglesia herreriana, su modesto ayuntamiento y sus calles estrechas, que reproducían el trazado de la antigua aljama, donde moros, judíos y cristianos convivían sin molestarse, pero también sin amarse, preocupados tan sólo por la agricultura, la ganadería y el comercio. La fe no une a los hombres, pero los negocios crean lazos que pueden durar siglos, ahuyentando la intolerancia y el odio hacia el que reza a otro Dios. Las casas que me acompañaban al comienzo de mi paseo no eran un reflejo de ese pasado, sino la expresión de otro drama. En los años cincuenta, muchas familias andaluzas y extremeñas habían emigrado a Madrid, huyendo de la pobreza. Se habían establecido en barrios de la periferia y, después de pagar las letras de un pequeño piso, habían ahorrado para comprarse una parcela en las afueras, casi siempre hacia el sur o hacia el este, donde los terrenos son más baratos y el paisaje más hosco, con planicies de trigo y cebada, o cerros con jaras, tomillo, zarzas y retamas. Mis vecinos no habían plantado césped, sino árboles frutales y una pequeña huerta. Algunos habían soltado gallinas, criaban conejos o incluso habían construido un pequeño palomar. Sentían nostalgia del campo, con sus ritos y costumbres: sembrar, cosechar, recoger, sacrificar animales, cocinar, comer al aire libre, contemplar cómo la tierra amarillea, oscurece y verdea, hasta comenzar un nuevo ciclo con las mismas etapas. Yo les saludaba, pero evitaba charlar con ellos. No les menospreciaba, pero observaba cómo trataban a sus animales y no comprendía su rudeza, que muchas veces era simple crueldad. Casi todos tenían un perro, que pasaba su vida atado y sin otra protección que un tejado de uralita. Les alimentaban con sobras, nunca recibían una caricia y, de vez en cuando, soportaban un puntapié o un palo, sin hacer otra cosa que gemir lastimosamente. Se consideraba que su función era avisar que se acercaba alguien, ladrando sin parar. Casi todos parecían enloquecidos o aturdidos por la pena. Su agresividad era proporcional a la violencia de sus dueños. Cada cierto tiempo, desaparecía alguno. Si enfermaban o eran demasiado tímidos, se deshacían de ellos con la misma indiferencia con la que se queman rastrojos o se corta la mala hierba. Los gatos eran más afortunados, pues vagabundeaban a su antojo. Se les toleraba, pensando que ahuyentaban los ratones, pero su aspecto era lamentable: escuchimizados, con los ojos afiebrados o legañosos, el pelo deslucido y las costillas protuberantes y fantasmales. Mucho más ágiles, esquivaban los palos, con pequeñas carreras o trepando a un árbol.
No he olvidado a un perro atigrado, de color canela, con el tamaño de un mastín, pero sin su estampa de coloso pacífico, pues tenía el pelo sucio, un colmillo roto y una notable cojera, tal vez por un golpe o por culpa de la artrosis. Quizás por ambas causas. Era tímido y ladraba sin convicción. Si te acercabas, movía la cola, suplicando un gesto de afecto. No se atrevía a mantener la mirada. Agachaba los ojos, con la inseguridad del que ha sufrido incontables humillaciones. Su dueño era un hombre con pelo blanco, de unos cincuenta años, con una descomunal barriga y unas manos grandes y ásperas, que delataban largas horas de trabajo en faenas pesadas. Solía sentarse en el porche con una gorra de visera, un chándal y un botellín de cerveza acompañado por un plato de nueces o aceitunas. En verano, utilizaba sombrero de paja, camiseta de tirantes, pantalones cortos, chancletas y unos calcetines negros. Su mujer barría descalza, con un traje de flores. Solía cantar “Los campanilleros”, el famoso villancico que había popularizado la Niña de la Puebla: “En los pueblos de mi Andalucía / los campanilleros por la madruga, / me despiertan con sus campanillas / y con sus guitarras me hacen llorar”. Aunque yo apresuraba el paso, a veces nos cruzábamos en el camino y me invitaban a una cerveza. La mujer era agradable y comunicativa. Decía que yo estaba muy delgado y que debería engordar, si no quería caer enfermo:
-Tiene que alimentarse mejor. No hay nada más importante que la salud. Seguro que come cualquier cosa.
El hombre hablaba poco, pero cuando había bebido, rompía su reserva y empezaba a fanfarronear, presumiendo de sus hazañas como peón y jornalero:
-Nadie cavaba los hoyos de las olivas tan deprisa como yo.
-¡Qué exagerado eres!–se burlaba su mujer.
-Sabes que digo la verdad. Es tan cierto como la paliza que me llevé por soltar cuatro verdades al señorito.
-¿A qué se refiere? –pregunté.
-El señorito era un joven de quince o dieciséis años. Se paseaba por el cortijo a caballo, con un abrigo blanco y el pelo planchado. Una vez se puso a mi lado. Teníamos la misma edad, pero él me miraba desde arriba, sonriendo, mientras yo segaba y sudaba. No pude morderme la lengua y le dije: “¡Cuánto trabajan algunos para que otros vivan como marqueses!”. El primero que me pegó fue mi tío. Lo hizo por miedo a la Guardia Civil. Si el señorito les llama, no salgo vivo del cuartelillo.
-¿En qué año sucedió eso?
-En el 49 –intervino la mujer-. Yo me eché a llorar cuando vi cómo le golpeaban. Pensé que iban a matarle.
-No fue pa tanto –objetó el hombre-. Aunque es cierto que me llevaron al pueblo a hostias. Mi tío, un manigero y el señorito se despacharon a gusto. Yo ardía de rabia, pero me contuve. Después, me dejaron encerrado en la cámara dos o tres días, sin darme agua ni comida.
-¿Y sus padres? –pregunté, horrorizado.
-Mi madre murió en el parto. Mi padre se quedó viudo con cinco hijos. Yo era el más pequeño y crecí con mis tíos. De todas formas, da igual. Mi padre habría hecho lo mismo. Tuve suerte. Me molieron a palos, pero no me rompieron ningún hueso.
-¡Has hecho cada locura! –exclamó la mujer, no sin cierto orgullo.
-La Guardia Civil me la tenía jurada, pues cazaba con lazos y cepos. A veces tiraban contra mí, pero yo corría más que una liebre y me arrojaba al suelo cuando oía el silbido de las balas.
Miré al perro atado, con las orejas repletas de garrapatas y una lata con el agua totalmente verde. No entendía que las penalidades no hubieran ablandado el corazón de ese matrimonio, con la edad de ser mis padres.
-¿Cómo se llama el perro? –pregunté con falsa despreocupación.
-No tiene nombre –contestó el hombre con sorna.
-Pero se dirigirá a él de alguna manera.
-Bicho, chucho. Y ¡ay!, si no hace caso. ¡Palo!
-Está atado. No puede moverse ni acudir a su llamada.
-Ya, pero seguro que está pensando alguna maldad. Así le quito las ganas de enredar.
Miré al perro con tristeza. Jadeaba levemente bajo la chapa de zinc. Apenas disponía de espacio para moverse. Había notado que hablamos sobre él y se mantenía expectante, con miedo en los ojos.
-No vale pa ná –protestó la mujer.
-No te preocupes –replicó su marido-. Cualquier día me lo llevo al campo y lo ahorco. Ya verás qué sombra da.
Improvisé una excusa y me marché, con un profundo malestar. Un sol primaveral derramaba su luz sobre el campo, horneando la tierra. Sin saber por qué, abandoné el camino. Los surcos convertían cada paso en un esfuerzo penoso y grotesco. Al salir de casa, pensaba que llevaba la mañana en mi alma, pero ahora sentía que se había hecho de noche y el paisaje me resultaba desolador. El vacío ya no parecía una forma de plenitud, sino la nada que acecha a la conciencia humana, recordándole su insignificancia.
Dos o tres semanas más tarde, el perro desapareció. El hombre y la mujer me saludaron, invitándome una vez más a compartir unas aceitunas, pero ni siquiera les contesté. ¿Cómo explicarles que todos los animales son alguien, que tienen una existencia propia, una historia, que no son cosas y que deberíamos respetar su vida y su libertad? Desde entonces, han transcurrido veinticinco años. Mi vecino ha cumplido ochenta años. Yo algo más de cincuenta. Su mujer murió y desapareció la huerta. La casa parece abandonada. No hemos vuelto a hablar. En España, las cosas no han cambiado demasiado. Los cazadores siguen ahorcando a sus perros cuando envejecen o acaba la temporada. En las zonas rurales, la mayoría de los gatos sobreviven, husmeando en basura y esquivando piedras o perdigonazos, y los perros siguen atados a la intemperie, incluso en pleno invierno y en las horas más ardientes del verano. En los pueblos, casi nadie repara en el sufrimiento de los animales. De hecho, sus fiestas siguen incluyendo espectáculos aberrantes, con toros, vaquillas, cabras o patos martirizados hasta la muerte. El camino que yo recorría cada tarde ya no es un pedregal, sino una carretera asfaltada y las humildes casas sobreviven como restos arqueológicos entre modernos chalés, con piscinas y praderas de césped con arriates de flores. Yo aún recuerdo al pobre perro que desapareció un día y me pregunto si sus huesos reposan en un lugar cercano, soñando con esa resurrección que nos enseñaron de niños y que en la vejez vuelve a rondar por nuestra imaginación. Ya sé que es un anhelo irracional, pero la razón es poca cosa cuando el mundo se revela como un mal sueño.

RAFAEL NARBONA

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