Gladys del Estal: las víctimas que casi nadie quiere recordar

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

GLADYS 8

El 3 de junio de 1979 se había convocado un Día Internacional de Acción contra la Energía Nuclear. Se intentaba frenar la construcción de nuevas centrales nucleares y se protestaba contra el Polígono de tiro de las Bardenas, situado cerca de Tudela y aún en funcionamiento. Las movilizaciones tenían un carácter antimilitarista y pacifista, pero eso no impidió que la policía actuara con brutalidad desde el primer momento. Gladys era hija de Enrique del Estal, que había luchado en Euzko Gudarostea (Ejército Vasco) durante la guerra civil española. Estudiaba Químicas y trabajaba como programadora informática en una pequeña empresa. Pertenecía a un grupo ecologista de Egia, un barrio de Donostia. La versión oficial del Gobierno Civil sostenía que el disparo se produjo durante un forcejeo y el Tribunal Supremo rechazó en 1984 el recurso de la familia, según el cual el agente José Martínez Salas había actuado con dolo y alevosía. Sin embargo, los testimonios del concejal Antonio Bueno y otros representantes municipales corroboran la denuncia de la familia. Aunque la Policía Armada afirmó que evitaría la violencia, las primeras cargas se produjeron hacia las 16:15, interrumpiendo un mitin antinuclear. Antonio Bueno habló con el teniente al mando, pero éste le contestó que habían recibido órdenes de sus superiores e hizo sonar un silbato. Al parecer, era la señal convenida para comenzar a arrojar pelotas de goma y botes de humo. Se produjeron escenas de pánico e impotencia. Algunos manifestantes respondieron con piedras, pero se trataba de una batalla desigual entre una multitud desarmada y unas fuerzas antidisturbios instruidas para emplearse a fondo y actuar sin contemplaciones. Al otro lado del puente del Ebro, esperaba la Guardia Civil, pues lo que aconteciera fuera del casco urbano era de su competencia. Los manifestantes improvisaron una sentada, sin adoptar un comportamiento violento o desafiante. Por eso, cuando sonó el disparo se formó un silencio lleno de estupor e incredulidad. El silencio no tardó en transformarse en gritos y lamentos. Gladys del Estal fue trasladada al centro de salud. “Me es imposible explicar la escena que vimos –recuerda Milagros Rubio, por entonces teniente de alcalde-. La chica estaba completamente desnuda, ensangrentada. Estaban intentando reanimarla, porque todavía tenía pulso. Decían que estaba prácticamente muerta, pero intentaban reanimarla, sin conseguirlo”. Un médico comentó que le habían pegado un tiro de gracia, después de reventarle un riñón. Durante el resto del día, continuaron las cargas y los enfrentamientos. La muerte de Gladys provocó una oleada de indignación que se reprimió con ferocidad. Ante la creciente violencia policial, el Ayuntamiento abrió sus puertas para ofrecer refugio a los manifestantes y celebró un pleno espontáneo, realizando un llamamiento a la huelga general hasta que se esclareciera el crimen y dimitiera el gobernador civil.

lemoniz

Un año más después cuatro mil personas se manifestaron en Tudela en memoria de Gladys. Encabezaba la marcha una pancarta: “Gladys, gogoan zaitugu (Gladys, no te olvidamos)”. Se depositaron flores y una ikurriña con un crespón negro en un monolito levantado en el lugar del asesinato, con la inscripción: “Gladys del Estal, asesinada en Tudela por defender el sol, el agua y la libertad. Nosotros no olvidamos. Gogoan zaitugu”. Se cantó el Eusko Gudariak y la Internacional, exigiendo justicia. Hacia las once y media de la noche, la Guardia Civil se acercó al monolito y lo retiró de malas maneras. ¿Existían órdenes políticas de reprimir violentamente la manifestación antinuclear? ¿Se puede aventurar que las Fuerzas de Seguridad del Estado actuaron con la inercia del franquismo, hostil a cualquier forma de protesta y sin ningún respeto por los derechos humanos? ¿No se puede establecer cierta analogía con el asesinato de Yolanda González, asesinada en Madrid el 1 de febrero de 1980 por dos ultraderechistas, con la complicidad de un policía nacional? Emilio Hellín Moro, uno de los autores materiales, fue condenado a 43 años de prisión, pero a los seis se fugó a Paraguay, aprovechando un controvertido permiso penitenciario. Detenido por la Interpol en 1989, volvió a la cárcel y en 1996 quedó en libertad. Sólo cumplió doce años por pegarle dos balazos a Yolanda González, una joven de 19 años, cuyo único delito era ser vasca y militar en el Partido Socialista de los Trabajadores, que reivindicaba el internacionalismo y condenaba la violencia de ETA.

Hellín disimuló su identidad, adoptando el nombre profesional de “Luis Enrique Helling” y empezó a colaborar con el Servicio de Criminalística de la Guardia Civil, impartiendo cursos de rastreo informático y técnicas forenses de espionaje. También trabajó para el Cuerpo Nacional de Policía. El diario El País denunció el caso en 2013 y el Ministerio del Interior reconoció que se le había contratado, ignorando su identidad, lo cual parece altamente improbable. ¿Se puede afirmar que la derecha española y un sector de las Fuerzas de Seguridad del Estado aún contemplan el franquismo con nostalgia? No está de más recordar que Francia, Alemania y Estados Unidos utilizaron los servicios de criminales nazis en tareas policiales y de espionaje. Casi todas las democracias esconden “zonas grises” que constituyen una amenaza contra las libertades y los derechos de los ciudadanos.

Las instituciones raramente actúan de una forma ética y ejemplar. Ese papel suelen desempeñarlo los pueblos, que honran a sus víctimas con gestos de afecto y reconocimiento. En el caso de Gladys del Estal, el Ayuntamiento de Tudela le dedicó con una calle, quizás porque asumió que la política no es simple gestión, sino un compromiso con el sentir popular. En Donostia, llaman “Gladys Enea” al Parque Cristina Enea, situado en el barrio de Egia. Creo que Gladys habría agradecido esos homenajes, con esa sonrisa que aún nos emociona al contemplar su retrato.

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