La contabilidad de la vida

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Ahora se puede determinar con precisión, usando dispositivos domésticos, la velocidad de nuestro envejecimiento físico

Una media de dos horas de lectura diarias permitirían acabar 2.000 libros. / LISE METZGER (GETTY)

Desde hace muchos años, con la llegada de la madurez, me produce angustia la contabilidad de la vida, pero en los últimos tiempos esa angustia se ha visto agravada por la capacidad de medición que ofrecen el mundo digital y la tecnología. Ahora se puede determinar con precisión, usando cualquiera de los dispositivos domésticos que manejamos, la velocidad de nuestro envejecimiento físico o el volumen de cosas que tendremos tiempo de hacer en el resto de nuestra existencia.

En la actividad cultural las posibilidades de medición son si cabe más desoladoras.

Un podómetro de última generación puede calcular el ritmo de marcha y la resistencia cardiaca de una persona, proyectando incluso su evolución futura, de modo que es posible saber aproximadamente a qué edad uno ya no tendrá capacidad motora o energía suficiente para subir al Machu Picchu o a la Torre de Pisa.

En la actividad cultural, que es la que vivo más intensamente, las posibilidades de medición son si cabe más desoladoras. Mi iTunes me dice que con la música que tengo archivada en mi ordenador puedo estar cuatro meses completos –de lunes a domingo, con sus días y sus noches– escuchando canciones sin repetir ninguna. Tengo 53 años. Contando con llegar hasta los 80, que es la esperanza de vida media que se les concede a los varones españoles en 2015, me quedarían alrededor de 9.670 días de vida. Es decir, que si me pusiera ahora a escuchar todas las piezas musicales que he ido coleccionando desde mi adolescencia y no hiciera ninguna otra cosa nunca más, insomne, obsesivo, hasta mi muerte, sólo me daría tiempo a escuchar 80 veces cada canción.

Con los libros la cuenta fue siempre amenazadora, pues las estanterías de títulos pendientes se van llenando año tras año sin que mis esfuerzos lectores me permitan darles un alivio, lo que me hace ser consciente de que las páginas de muchos volúmenes se quedarán sin despegar. Ahora he mordido por fin el anzuelo digital y he comprado un e-reader, que entre sus supuestas ventajas incluye la de anunciar el tiempo que falta para concluir un capítulo o el resto del libro. Tomando en cuenta la longitud del texto y la velocidad de lectura del usuario, calcula las horas y los minutos que este le dedicará a la obra. No creo que incluya aún un coeficiente multiplicador para ajustar el tiempo en función de la densidad conceptual de la escritura (porque no es lo mismo leer El ser y la nada, de Sartre, que Cincuenta sombras de Grey), pero tarde o temprano se acabará llegando también a eso.

La tecnología nos ayuda empecinadamente a comprender que la vida es un suspiro o un terrible desperdicio.

Con la concesión del Premio Princesa de Asturias a Leonardo Padura me he animado a leer El hombre que amaba a los perros (Tusquets), una de sus novelas más alabadas. Nada más comprarla, mi dispositivo me avisó de que invertiré aproximadamente 22 horas en la lectura. Para las dos partes del Quijote, en edición anotada de Francisco Rico, me da una estimación de 45 horas. Las novelas de César Aira, en cambio, no suelen pasar de los 200 minutos.

Yo le dedico a la lectura unas dos horas diarias de media. Eso quiere decir que, haciendo una ponderación intermedia de tamaños, aún podré leer antes de morirme 2.000 libros. En las estanterías de mi casa –los tengo inventariados– hay en este momento 770 obras pendientes de lectura. Cada año ingreso de promedio, según mi registro, alrededor de 130 títulos nuevos, lo que supone que de aquí a mi fallecimiento el catálogo se habrá engordado hasta los 4.300. La cuenta, por lo tanto, es fácil: 4.300 menos 2.000. Es decir, habrá 2.300 libros (no sé en qué proporción encuadernados o digitales) que quedarán sin abrir. Palabras mudas.

La tecnología, como resulta indudable, nos ayuda empecinadamente a comprender que la vida es un suspiro o un terrible desperdicio.

elpaissemanal@elpais.es

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