¿Qué hacemos con las calles de los corruptos?

Fuente: http://www.cntxt.es

JULÍÁN CASANOVA 2 DE FEBRERO DE 2015
La mayoría de los nombres de las calles en España, como las ceremonias conmemorativas, los festejos o los monumentos, son un claro reflejo de nuestra historia zigzagueante en los siglos XIX y XX. Liberales y absolutistas, ya durante el primer tercio del siglo XIX, bautizaron plazas y calles con nombres constitucionales o antirrevolucionarios, según quién ocupaba el poder, pero fue en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, con el crecimiento y expansión de las ciudades, cuando más ocasiones se presentaron de dar nombres a las calles.

Los nuevos callejeros se dedicaron a honrar a los políticos del momento, liberales y conservadores, a nobles, terratenientes y a las buenas familias de la industria y de la banca. Junto a ellos, aparecieron también las glorias de España, los héroes de la Reconquista y mitos medievales, reyes y emperadores. Y como en España no hubo ruptura religiosa en tiempos de la Reforma protestante y el catolicismo se convirtió en la religión del statu quo, hubo una fusión del españolismo con el catolicismo, bien reflejada en los nuevos callejeros, repletos de personajes de raza, militares y santos. Una historia de hombres, con muy pocas mujeres, salvo las más santas y algunas reinas.

Durante la II República, los símbolos religiosos cedieron paso a otros ritos laicos, más o menos reprimidos hasta entonces, y se rebautizaron calles y plazas mayores de pueblos y ciudades. Hubo más nombres de significado republicano (plaza de la Constitución, plaza de la República, calle 14 de abril) que de orientación obrera o revolucionaria, aunque la presencia anarquista, comunista o socialista en la zona republicana durante la Guerra Civil dejó su huella en las calles de ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona, las tres capitales de la República en esos tres años, con nombres que honraban a personajes tan dispares y distantes como Durruti, Pablo Iglesias, Marx o Lenin.

Duró poco, sin embargo, esa huella, borrada a golpe de fusil del callejero y de la historia a partir del 1 de abril de 1939. Acabada la Guerra Civil, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante casi cuatro décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos. Se honraba a héroes inventados, criminales de guerra y asesinos en nombre de la Patria, pero también a ministros de Educación como José Ibáñez Martín, quien, con su equipo de ultracatólicos, echaron de sus puestos y sancionaron, durante la primera década de la dictadura, a miles de maestros y convirtieron las escuelas españolas en un botín de guerra repartido entre familias católicas, falangistas y excombatientes.

Cuando Franco murió, en noviembre de 1975, era difícil encontrar una localidad que no conservara símbolos de su victoria, de su dominio y de su matrimonio con la Iglesia católica, en calles y monumentos. Algunos de ellos desaparecieron en los primeros años de la transición a la democracia, sobre todo tras las elecciones municipales de 1979, que llevaron a los Ayuntamientos a numerosos alcaldes y concejales de izquierda. Pero los cambios siempre fueron objeto de disputa y a nadie se le ocurrió aprovechar el callejero para formar o educar a los ciudadanos en una nueva identidad democrática.

Muchos políticos de derechas, y sus fieles que les jaleaban, siguieron defendiendo, pese a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en diciembre de 2007, que no había que tocar los nombres de las calles, para no herir susceptibilidades o remover los fantasmas del pasado. Y sin embargo, ellos mismos se autohomenajeaban o dejaban a los demás que lo hicieran. Algunos de ellos están ahora en la cárcel o imputados por corrupción y el ciudadano pasa por delante de los monumentos o calles dedicados a su gloria: “Valiente mujer naciste, correcta tú te portaste, luchando por Alicante, entre todos destacaste”, puede leerse en el que rinde culto a la exalcaldesa de Alicante, Sonia Castedo, en un pueblo de esa provincia.

En otras palabras, la democracia actual ha reproducido también en ese tema las viejas costumbres del caciquismo y la grosería y la fanfarronería se han impuesto a los valores cívicos en el territorio de la política democrática. Pura historia de España.

Por eso no son cuestiones irrelevantes las polémicas suscitadas acerca de cómo ocupar los espacios públicos. El Estado se desentiende, a los ciudadanos les importa poco ese asunto capital en la forja de una nueva cultura política y al final hemos sustituido los homenajes a Franco y a golpe de fusil con otros grotescos dedicados a corruptos, fanáticos del pelotazo y de la prostitución.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

http://www.juliancasanova.es/

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