Niños heridos o cómo empezar de nuevo

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Jorge, al que todos llamaban “Plátano” por su nariz larga y levemente ganchuda, era un joven delgado y fibroso que sufría explosiones de ira, cuando se sentía ofendido o menospreciado. Sus dieciséis años de vida acumulaban pocas alegrías y muchos sinsabores. Su padre era un delincuente habitual, que maltrataba a su mujer entre condena y condena. La madre pasaba la mayor parte del día en la cama, aturdida por el alcohol y los antidepresivos. Jorge repetía 4º de la ESO y arrastraba un montón de asignaturas pendientes de cursos anteriores. A pesar de su mal genio, sonreía cuando te cruzabas con él y le gustaba gastar bromas inofensivas, como esconder la botella de agua del profesor o dibujar caricaturas en la pizarra. Además de encanto, poseía una mente despierta e inquieta. Yo le daba clases de ética. Entre otros temas, hablábamos de derechos humanos, protección del medio ambiente o respeto a la diversidad. Un grupo de neonazis intentaba captar a Jorge, pero su mejor  amigo era un joven negro llamado Heriberto, oriundo de la República Dominicana. En clase, Jorge se indignaba con el sufrimiento de la población del Tercer Mundo y con las discriminaciones que sufrían las personas por el color de su piel. Solía exponer sus opiniones, intercalando tacos, pero enseguida se disculpaba, esbozando un guiño de complicidad. “Debería decir las cosas de otra manera”, reconocía, “pero lo importante es que tengo razón”. La sensibilidad de Jorge procedía de su abuela, una mujer buena y sensata que sostenía a su hija y a su nieto con una pequeña pensión. Era el único adulto de referencia que contenía las tendencias más destructivas de Jorge. Cuando hablaba de su abuela, se emocionaba, agradeciéndole todos sus desvelos. Desgraciadamente, ese afecto no era suficiente para neutralizar la violencia que le había inculcado su padre.

Mi instituto era “un centro de especial dificultad”, donde se desataban peleas con frecuencia. En el patio, los alumnos se agrupaban por bandas. Los neonazis formaban un grupo pequeño, pero muy agresivo. Sus “enemigos” eran los inmigrantes, particularmente magrebíes, subsaharianos y sudamericanos con rasgos indígenas. En una ocasión, acorralaron a Heriberto y empezaron a propinarle golpes. Jorge se involucró en la reyerta para defender a su amigo. Aplicó las enseñanzas de su padre, que le había explicado cómo dar patadas y puñetazos sin hacerse daño. Hizo retroceder a los neonazis, pero uno de ellos sacó un destornillador y se encaró con él. Lejos de intimidarse, Jorge le propinó una patada en el pecho, arrojándole al suelo. Su metro y noventa centímetros le ayudó con un rival algo más pequeño, pero más corpulento. Yo nunca había presenciado nada parecido. La pelea se reanudó de inmediato, sin que los profesores pudiéramos impedirlo. Finalmente, apareció la policía, con varios coches patrulla. Detuvieron a varios chicos, incautando navajas y puños americanos. Entre los detenidos, se encontraba Jorge, que no parecía muy afectado, aunque tenía el rostro magullado y un corte en la mejilla.

Para mí, había sido una experiencia muy dura, pues era mi primer destino en un centro de esas características. En la sala de profesores, la directora apreció mi nerviosismo. Aunque le quedaban dos años para los setenta, había decidido prolongar su vida laboral hasta el límite. Se llamaba María Teresa y llevaba dos décadas en el cargo. Nadie envidiaba su posición. Los títulos universitarios valían de poco en ese entorno. La confrontación directa no funcionaba con unos chavales familiarizados con la precariedad y la violencia. En una ocasión, un alumno le robó el bolso pegándole un tirón desde una motocicleta. Era principio de curso y, de espaldas, no la reconoció. Al día siguiente, le devolvió el bolso, inventando que se lo había encontrado en una papelera. Sólo faltaba el dinero. María Teresa no se tragó el cuento, pero decidió no denunciarlo. “A estos chicos hay que quererlos”, me dijo. “Ya sé que es difícil, pero hay que luchar para que cambien y adquieran una formación. Hay que apostar por ellos, por su futuro, aunque cueste trabajo”. Le pregunté por el incidente del bolso, pues a veces había pensando que sólo era una leyenda. “¿Sucedió realmente?”. “Claro que sí”, contestó sonriendo. “¿Qué pasó con el chico?”, inquirí. “Dejó los estudios, cometió varios atracos y ahora está entre rejas. Saldrá pronto a la calle”. Meneé la cabeza con tristeza. “No te lo tomes así. Para trabajar con estos chicos, hay que ser optimista, pensar que siempre es posible comenzar de nuevo. Mientras cumplía condena, le visité un par de veces y reconoció que me había robado el bolso por error”. “¿Estaba arrepentido?”, pregunté. “Bueno, me dijo que lo de pegar un tirón era una barbaridad, que era más fino ser carterista, como su abuelo, pero que él carecía de su talento”. “No es una historia muy alentadora”, comenté. “Pues yo creo que sí. Hablamos, bromeamos, nos reímos. Yo no le guardo ningún rencor y sé que él me aprecia. Lo malo es cuando perdemos la perspectiva y olvidamos que esos chavales son como nosotros: seres humanos necesitados cariño y paciencia”.

Sólo alguien con un profundo sentido ético podía hablar de ese modo. Me impresionó mucho. María Teresa era una mujer muy especial. Se podría decir que era la versión femenina del “cura obrero” de los años setenta. Aunque era monja escolapia, pensaba que no debía vivir de sus hábitos, sino de su trabajo. Por eso había estudiado Filosofía y Letras, obteniendo una plaza como profesora de la enseñanza pública. Se habría librado de unas penosas oposiciones, trabajando en un colegio de su orden, pero escogió el camino más difícil. No llevaba nada que identificara su condición de religiosa. Ni siquiera una sencilla cruz, pues opinaba que podía marcar distancias y crear desconfianza. Animado por sus palabras, me acerqué a la comisaría del barrio, con la intención de saber algo de Jorge y ayudarle si era posible. Me sentía mal, pues yo había sido tan conflictivo como él, pero menos violento. A los quince años, yo experimentaba mucha ira por mis problemas familiares. Mi padre había muerto de un infarto, mi madre se había hundido en la depresión, llegábamos a duras penas a fin de mes. Cometí pequeños hurtos y varios actos de vandalismo hasta que descubrí la literatura y me apacigüé. ¿Me pregunté qué podría salvar a Jorge, cuál podría ser la motivación que le ayudara a superar la rabia y la desesperanza?

En comisaría, me contaron que le habían dejado libre, pero que tendría que responder ante el fiscal de menores. Le había roto dos costillas al chico del destornillador y había ofrecido resistencia durante el arresto. No esperaba que acudiera a clase al día siguiente, pero al parecer su abuela le obligó. María Teresa le amonestó verbalmente y le obligó a pasar una semana en la biblioteca durante la media hora de recreo, escribiendo sobre estrategias no violentas en situaciones de conflicto. Con la mirada sombría, Jorge parecía un animal apaleado. Intenté hablar con él. Fue inútil. Me miró con frialdad y contestó con monosílabos. Si yo no hubiera actuado de forma similar a sus años, probablemente no habría insistido, pero no me desanimé y, poco a poco, logré que aceptara mi compañía. No le sermoneaba. Simplemente, le acompañaba cuando me lo permitía. El fiscal se mostró indulgente y no ingresó en un centro de menores. Se consideró que había actuado en defensa propia, pues el chico lesionado le había amenazado con un destornillador. Su abuela asumió la responsabilidad de que asistiera a una terapia de seis meses para aprender a controlar sus reacciones violentas.

La resiliencia es un concepto procedente de la ingeniería. Designa la capacidad de un material para recuperar su forma original, tras sufrir una deformación por efecto de una fuerza. En el campo de la psicología, expresa la capacidad del individuo para superar el dolor emocional provocado por una experiencia traumática. Estudié tres años de psicología en la universidad, pero entonces no se empleaba ese concepto, quizás porque la psicología obviaba lo positivo, prefiriendo destacar los aspectos negativos. Lo cierto es que Jorge demostró un alto grado de resiliencia. Sería absurdo que yo me atribuyera su transformación (o recuperación), pero me ilusiona pensar que fui uno de sus estímulos positivos. Durante el resto del curso, le presté mucha atención. Teníamos cosas en común que facilitaban la comunicación: pasión por las motos, los coches, los animales, el baloncesto, el cine, el cómic. Muchos profesores le contemplaban con cierto miedo, pero yo seguí el ejemplo de María Teresa, que se acercaba a los chavales con aplomo e intentaba llegar hasta su corazón. Estaba claro que Jorge necesitaba más adultos de referencia, pues el afecto de su abuela no podía cubrir todas sus necesidades. Me confesó que le interesaba la historia, especialmente la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Le recomendé leer El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, que era un extraordinario ejemplo de resiliencia, pues narraba cómo el amor puede cerrar una herida tan profunda como la experiencia de sobrevivir a Auschwitz. Jorge y yo hablábamos en el patio, a la salida del centro, a veces en el banco de un parque. Yo le conté alguna de las “hazañas” de mi adolescencia y, con ello, me gané definitivamente su simpatía. María Teresa advirtió nuestra cercanía y me dio un consejo: “No hables tú. Deja que hable él. Lo que necesitan la mayoría de estos chicos es que les escuchen. Sólo así sale a flote su autoestima”. Yo no tengo hijos y Jorge se sentía abandonado por sus padres. En realidad, creo que nos ayudamos mutuamente. “No fomentes una relación de dependencia”, insistió María Teresa. “Si lo haces, se sentirá abandonado cuando acabe el curso. Y quizás tú también lo pases mal. Lo ideal sería que os hicierais amigos. El tiempo se encargará de recortar las diferencias”.

Finalizó el curso y Jorge me hizo un insólito regalo de despedida. Una navaja con una hoja descomunal. Me dijo que era una forma de decir adiós a muchas cosas y un detalle para que no me olvidara de él. Contra todo pronóstico, Jorge terminó el bachillerato, hizo Derecho y trabaja como becario en un bufete. Dedica los domingos por la mañana a colaborar con una ONG especializada en chicos con riesgo de exclusión social. No he perdido el contacto con él, pero he combatido la tentación de usurpar una paternidad que no me correspondía. Nos hemos visto, pero como amigos, que hablan de igual a igual. En una ocasión le pregunté por qué me hizo caso, por qué no siguió con sus trifulcas. “Noté enseguida que teníamos algo en común. Entonces no habría sido capaz de expresarlo, pero ahora sé que los dos fuimos niños heridos”. “¿Fuimos?”, pregunté, con escepticismo. “Bueno, eso no se cura del todo, pero se aprende a convivir con ello. Quizás el secreto es no pensar demasiado en uno mismo”. Jorge ya no es “Plátano”, sino un joven que se reinventó a sí mismo, demostrando la plasticidad de la mente humana para reelaborar las vivencias dolorosas y transformarlas en un motivo de esperanza. Cada vez que me encuentro en un atolladero, pienso en él y siempre acabo descubriendo una salida.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Mente Sana, nº 123, marzo de 2016.

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