El valor de la vida humana

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Cada vez que se produce un atentado terrorista, las reacciones de condena suelen convivir con las de perplejidad. “¿Cómo es posible?”, se preguntan muchos. “¿Por qué tanto odio?” Es necesario ahogar sentimientos muy elementales para ametrallar a un grupo de personas que asiste pacíficamente a un concierto, detonar un explosivo en un aeropuerto o bombardear un hospital. Siempre he creído que la violencia no es un impulso innato, sino una conducta aprendida, que aparece en contextos de manipulación ideológica. No es posible atentar contra la vida del otro, sin deshumanizarlo. Los nazis comparaban a los judíos con ratas. Stalin proclamaba que sus adversarios eran “enemigos del pueblo”. DAESH pretende exterminar a los “infieles”, que se oponen a la expansión de su califato. En todos los casos, el otro pierde su condición de ser humano. No se le reconoce ningún derecho. Ni siquiera se le acepta como interlocutor. Sólo se concibe su aniquilación por cualquier medio.

Los atentados de París y Bruselas expresan la misma inhumanidad que las fosas de Katyn o los hornos crematorios de Birkenau. Aunque se utiliza la expresión “políticas de exterminio”, el asesinato del adversario real o imaginario no es un acto político, sino el fracaso de la política. No hay “violencia política”. La violencia siempre es la negación de la política. Hannah Arendt afirmaba que “la misión y fin de la política es asegurar la vida en el sentido más amplio. Es ella quien hace posible al individuo perseguir en paz y tranquilidad sus fines, sin importunarle”. La política es el espacio “del cuidado”, pues “el ser humano depende en su existencia de los otros”. Según Aristóteles, la política únicamente puede acontecer en la polis, ya que es el único marco de convivencia que posibilita la libertad. Es cierto que en la democracia griega nunca se cuestionó la esclavitud, pero el sentido de las analogías históricas no es simplemente señalar las diferencias, sino transformar el conocimiento de pasado en una herramienta para mejorar el presente. En la actualidad, sólo  las democracias parlamentarias garantizan una convivencia plural y diversa. En ese marco, no hay enemigos, sino adversarios, interlocutores. Matar al otro constituye un gravísimo atentado contra la política, cuya razón de ser es el bien común y los derechos individuales.

Desgraciadamente, el terrorismo no se limita a segar vidas inocentes. Sus estragos también afectan a los pilares de la convivencia, liberando los demonios que pululan por el subsuelo de cualquier sociedad libre e imperfecta. Las atrocidades de DAESH han despertado una oleada de islamofobia. Las redes sociales están saturadas de comentarios racistas. Poco después de los atentados de Bruselas, varios líderes políticos recordaron con sensatez que la mayoría de las víctimas de DAESH eran musulmanas y que el problema no era el Islam. No vivimos una guerra de religiones, sino un conflicto global entre una minoría satisfecha y una multitud desesperanzada, extremadamente vulnerable al discurso del odio. Es absurdo atribuir al Islam un terrorismo que hunde sus raíces en gravísimos desequilibrios políticos y sociales. El racismo ignora deliberadamente que los terroristas tienen nombre y apellidos. Sólo ellos -y los que les instigan, financian o justifican- pueden considerarse responsables de los brutales atentados de París, Bruselas, Lahore, Ankara y otras localidades. Barack Obama ha reiterado una y otra vez que los yihadistas “sólo constituyen una pequeña fracción de los más de mil millones de musulmanes que hay en el mundo”. DAESH representa al mundo árabe en la misma medida que ETA representa al País Vasco. Sería absurdo aborrecer a los alemanes por los crímenes de Hitler o a los rusos por la sangrienta dictadura de Stalin.

Occidente no está en guerra con los musulmanes. El Islam tampoco ha declarado la guerra a Occidente. Es cierto que ambas civilizaciones acumulan querellas históricas, pero los conflictos no son de carácter religioso. La “Primavera árabe” ha desembocado en un caos que nadie podía predecir. Al igual que los Balcanes, Oriente Medio produce más historia de la que puede digerir. Para mí, la verdadera faz del Islam se encarna en figuras como el  egipcio Naguib Mahfuz, premio Nobel del Literatura de 1988. Apuñalado en 1994 por dos integristas en una calle de El Cairo, Mahfuz –que nunca se recuperó de las heridas- pidió desde su cama del hospital que el gobierno acabara con el terrorismo: “He rezado para que este país se libre del integrismo por el bien del pueblo y en beneficio de la libertad y el Islam”. Sus palabras ponen de manifiesto que hay argumentos para la concordia y el encuentro. La esencia del Islam no está en las fatuas de ayatolás fanáticos, sino en Al-Farabi, Avicena y Averroes. Es indiscutible que la tradición islámica se revitalizaría con una etapa semejante a la Ilustración, donde el dogma religioso necesitó superar el juicio de la razón.  Naguib Mahfuz adopta esa perspectiva, cuando sostiene que “la sabiduría de un hombre se mide por sus preguntas, no por sus respuestas”. La actualización crítica no socava los fundamentos de la fe. Simplemente, recuerda la necesidad de mantener una actitud de apertura y diálogo.

Hans Küng afirma que “no habrá paz entre los pueblos de este mundo, si no hay paz entre las religiones del mundo”. No lo discuto, pero añadiría que las ideologías se han mostrado infinitamente más destructivas que las religiones. El Islam moderado identifica la yihad con la defensa de la fe, no con la guerra. Judíos y cristianos suscriben por igual el “No matarás”. El primer precepto de la ética budista prohíbe cualquier forma de violencia. Auschwtiz e Hiroshima no son fenómenos religiosos, sino la expresión más dramática de la “guerra total”. El viejo sueño de la paz perpetua no se realizará hasta que ningún dogma se atreva a cuestionar el valor de la vida humana, justificando su inmolación por razones políticas, espirituales o materiales. Ser escéptico o perder la esperanza no ayuda a que cambien las cosas. Para avanzar, sostenía Martin Luther King,  a veces sólo es necesario subir el primer peldaño.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Imparcial (17-04-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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