La muerte de la literatura

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Las dictaduras siempre han soñado con un mundo sin literatura. Las famosas hogueras de la Alemania nazi no constituyen el primer acto de barbarie contra el saber. El 7 de febrero de 1497 los seguidores del Girolamo Savonarola encendieron la famosa “hoguera de las vanidades”, que devoró miles de libros y obras de arte por su supuesta inmoralidad. En nuestros días, el Estado Islámico obra con el mismo desprecio por la libertad y el conocimiento, destruyendo bibliotecas y tesoros artísticos. El fanatismo siempre es aparatoso y exhibicionista, pero la estupidez produce estragos similares sin apenas provocar ruido. Vivo en las afueras de Madrid, pero ayer me acerqué al centro y husmeé en las estanterías de un VIPS, mientras esperaba a un amigo. En los años noventa, aún se encontraban novelas, ensayos, textos filosóficos, poemarios y algún clásico. Los superventas ocupaban un lugar destacado, pero su presencia no impedía una oferta complementaria para un lector más exigente. En la actualidad, el panorama es completamente distinto. Después de recorrer los pasillos con los ojos bien abiertos, sólo descubrí una docena de títulos dignos de un hueco en el catálogo de una buena biblioteca. El resto eran novelas románticas, policiacas o históricas, con una prosa deleznable y unos personajes caricaturescos. Las portadas era un fiel reflejo del contenido: dibujos mediocres, colores chillones y, en muchos casos, letras con relieve.

Los libros de arte de gran formato aliviaron mi desolación, pero todo sugería que su función no era adentrarse en el mundo de la pintura, la escultura, la arquitectura o la fotografía, sino convertirse en objetos decorativos destinados a mejorar el aspecto de una elegante mesa de diseño. Las revistas de decoración suelen explotar este recurso, lo cual corrobora que el Duque de La Rochefoucauld no se equivocaba al afirmar que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. El tiempo le ha dado la razón a Andy Warhol y el arte ya sólo es un objeto de consumo, con la misma trascendencia que un bote de sopa Campbell. No puedo objetar nada contra los manuales de jardinería, bricolaje o cosmética, pero me deprime que sean más visibles que los libros de saldo, confinados en un rincón, cerca de los congelados y los cartones de leche o zumo. En ese triste furgón de cola descubrí Los Baroja, el libro de memorias de Julio Caro Baroja que recrea la peripecia de una familia saturada de creatividad y humor corrosivo. A su lado, yacía la monumental biografía de Peter Longerich sobre Goebbels, un personaje tan repulsivo como necesario para comprender el siglo XX. Mentiría si dijera que me enfrentaba a algo completamente nuevo. Hace unos años, encontré en otro VIPS la Crítica de la Razón Pura, de Immanuel Kant, aplastada por una biografía de Madonna, la ambición rubia. Imagino que el imperativo categórico no puede competir con “Material Girl”, un tema que ha marcado el rumbo de varias generaciones.

Tal vez el VIPS no es el mejor escaparate del nivel cultural de un país, pero si acudimos a las aulas la perspectiva no es más alentadora. La literatura se ha reducido al mínimo en las programaciones oficiales. La lingüística, una obra maestra de la pedantería, ha defenestrado a los clásicos. ¿Por qué perder el tiempo leyendo el Quijote o Luces de bohemia, cuando se pueden enseñar con énfasis académico las virtudes del objeto directo? ¿No es mejor aprender a identificar una oración de relativo que leer un poema de Juan Ramón Jiménez? Hace dos o tres cursos, escuché en una junta de evaluación a un profesor de literatura confesar con resignación: “Ya le he dicho a mis alumnos que se trata de memorizar nombres, títulos y fechas”. Sé que su concepto de la asignatura es mucho más inteligente, pero había claudicado ante los designios de las autoridades académicas. ¿Qué otra cosa puedes hacer cuando sólo dispones de un curso para enseñar lengua y la literatura española del XVIII, del XIX, del XX y lo que va del XXI? Si Valle-Inclán levantara la cabeza, indudablemente se liaría a bastonazos con los “cráneos privilegiados” que han elaborado un temario de estas características. Me pregunto cuántas líneas se reservan en los libros de texto a un autor como Gabriel Miró, quizás el mejor prosista de su generación. Pero claro, ¿a quién le importa el profundo escritor levantino? ¿No es mejor leer una incalificable memez como El niño con el pijama de rayas y familiarizarse con las subordinadas adverbiales comparativas y consecutivas?

Pío Baroja nunca mostró el más mínimo interés por la gramática, pero escribió piezas tan memorables como el “Elogio sentimental del acordeón”. El sentido común sugiere que la gramática se aprende leyendo y escribiendo, no con peregrinos y grotescos análisis gramaticales. La sintaxis no consiste en identificar sujeto, predicado y complementos, sino en saber leer un texto, con el ritmo, el énfasis y las pausas concebidos por el autor. En cualquier caso, la batalla está perdida. Las programaciones oficiales son tan fatales e ineludibles como los icebergs. Continúan avanzando, después de hundir un transatlántico, sin reparar en el daño causado. Si, además, los VIPS saldan los clásicos cerca de la vitrina de los yogures, sólo nos queda celebrar las exequias de la literatura, tal vez uno de los inventos más subversivos del ingenio humano. Leer un buen libro se ha convertido en una rareza, pero también en un acto de resistencia contra una época que parece empeñada en materializar las sombrías profecías de Ray Bradbury en Fahrenheit 451. Si alguien no ha leído la novela, le recomiendo que se haga con un ejemplar. No entretiene: duele y hace pensar, como todo lo que merece la pena en esta vida.

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