Los excluidos

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

yonqui 18

Los excluidos, los que han malogrado su vida por diferentes razones, prefieren el anonimato, casi siempre porque perciben su situación como un fracaso personal y no como un fracaso de todos. Cerca de mi casa vive Rodrigo, un amigo de mi mujer. Es un compañero de juegos de la infancia, que se enganchó a la heroína en la adolescencia y ha logrado sobrevivir al SIDA, la hepatitis C y varias neumonías. Ahora es un hombre que ha superado los cincuenta años, pero conserva cierto aire juvenil, gracias a su delgadez y a una melena rubia, con escasas y casi inapreciables canas. Tiene los ojos azules y la piel tostada por el sol. Ya sea verano o invierno, pasa muchas horas a la intemperie, cuidando un huerto y alimentando a tres o cuatro ovejas, media docena de gallinas y un número indeterminado de conejos. Superó su adicción, pero la heroína le ha arrebatado casi todo. Eran cinco hermanos, pero se han dispersado o enemistado. De algunos no sabe nada. Otros, viven lejos y han roto sus lazos con el mundo. Ninguno se libró de una temporada en el infierno. Todos eran inestables y autodestructivos. Durante unos años, Rodrigo compartió su vida con una mujer, que también fumaba y se inyectaba heroína. Engendraron una hija. Se esforzaron en cambiar. Se apuntaron a un programa de metadona, lograron un trabajo, crearon una rutina apropiada para la niña, evitando el desorden y los excesos. Las cosas marchaban aparentemente bien, pero un día desaparecieron madre e hija. Nadie sabe por qué. Pasó el tiempo. Rodrigo nunca ha proporcionado muchas explicaciones. Aventuro que la madre volvió a la heroína. La niña creció y, con dieciséis o diecisiete años, se suicidó por motivos que ignoro. Las escasas veces que recuerda lo sucedido su voz se quiebra y su mirada se ensombrece. Solo le queda un diente y la pena acentúa sus rasgos angulosos. En esos instantes, sus ojos se agrandan y sus pómulos se vuelven puntiagudos, casi como la cornisa de una montaña azotada por un viento helado.

Durante un tiempo, Rodrigo vivió en la calle, durmiendo en cajeros y portales. Se desenganchó sin ayuda médica en un poblado de chabolas. En un precario refugio construido a base de plásticos y cartones, soportó dolores, vómitos y diarreas. Sintió que enloquecía, devorado por la ansiedad y las alucinaciones, pero aguantó hasta el final. Cuando se recuperó, pensó en regresar a casa de sus padres, pero le avergonzaba su pasado. En el pueblo, todo el mundo sabía que había sido yonqui, una palabra que implica un doloroso estigma. En Madrid, solo era un mendigo más, con las manos negras, el pelo sucio, la piel llena de escamas y las mejillas descarnadas. Cuando sus padres murieron, la casa quedó deshabitada. Era una pequeña vivienda de piedra con una sola planta. Yo la observaba con tristeza, pues la huerta y los árboles frutales  se secaron por falta de riego.  Solo un almendro continuaba floreciendo cada primavera.

Una mañana de enero descubrimos que salía un humo blanco por la chimenea. Mi mujer se acercó inmediatamente a la casa y llamó con timidez a la puerta, pulsando un timbre que no funcionaba. No sabíamos que la compañía eléctrica había cortado el suministro, pues desde hacía meses nadie se ocupaba de pagar las facturas. El agua y el gas habían corrido la misma suerte. Al igual que los árboles frutales, la casa se había apagado lentamente, pero ahora el humo blanco anunciaba el regreso de la vida, con la misma alegría que las flores de almendro. Al no obtener respuesta, mi mujer alzó la voz y llamó a su amigo por su nombre. Un perro empezó a ladrar en el jardín. Eran ladridos amistosos, sin ningún propósito intimidador. El perro había aparecido de pronto. Tal vez estaba tumbado, aprovechando el sol invernal y no salió de su letargo hasta escuchar ruido.

-¡Cállate, Domingo! –exclamó una voz, desde el interior de la casa-. No asustes a la gente. Adelante. Empujen sin miedo. La cerradura está rota y el perro es inofensivo.

Mi mujer empujó sin ningún temor, pues siempre hemos compartido nuestras vidas con perros y Domingo movía la cola, sin ocultar su júbilo. Se notaba que era viejo, pues tenía la cara llena de canas y las patas traseras apenas aguantaban su peso, cuando intentaba alzar las manos. Algo más pequeño que un labrador, con el pelo áspero y negro, las orejas caídas y una saliva copiosa, parecía esa clase de perro que languidece en una protectora, esperando una adopción que nunca llega, pues su aspecto no inspira ternura. Sin embargo, Domingo era afectuoso y alegre, con la desinhibición de un cachorro y la dulzura de un anciano que mata las horas, contemplando el paisaje desde una ventana.

Rodrigo salió al jardín y reconoció a mi mujer. Los dos se emocionaron y se fundieron en un abrazo. Enseguida, empezaron a hablar de la infancia, cuando pasaban tardes enteras corriendo por el campo en bicicleta, riéndose cada vez que lograban espantar a los conejos y a las perdices. No sospechaban que la niñez se acabaría tan rápido y el mundo se revelaría con todas sus aristas. Mi mujer disimuló la tristeza que le producía su deterioro físico, pues de joven había sido un muchacho fuerte y corpulento. No le preguntó nada, pero Rodrigo le contó su historia y le dijo que sobrevivía con la ayuda de Cáritas y los servicios sociales.
-Quiero ser autosuficiente –comentó, confiado-. Voy a sembrar un huerto, plantaré árboles frutales, compraré ovejas, conejos, gallinas. Mi filosofía es vivir con lo mínimo, no ser esclavo de lo material. Necesito muy poco para salir adelante.

Rodrigo no fantaseaba. Sembró un huerto, plantó árboles frutales y compró ovejas, conejos y gallinas. El huerto y los árboles producían más de lo que podía consumir y era incapaz de sacrificar a los animales, pues se había encariñado con ellos y le repugnaba la idea de comérselos. Las ovejas pastaban a su antojo, las gallinas ponían huevos y los conejos se multiplicaban, pero afortunadamente la mayoría se escapaban, aprovechando un agujero en una valla. Ahora Rodrigo vende los huevos, se los come o los regala. Hace lo mismo con la fruta y las hortalizas. Los vecinos le quieren y el cura, un muchacho joven y con una melena parecida a la de Camilo Sesto, le invita a comer a menudo, incitándole a beber vino de forma moderada, pues –al igual que Manuel Bueno, el sacerdote de la novela de Unamuno- considera que una leve embriaguez ayuda a encarar la vida con más alegría. Domingo convive con las gallinas y los conejos en una inverosímil armonía, sin manifestar el instinto depredador de su especie. A veces, les lame, casi como si fuera sus crías, con verdadera ternura maternal.

Miguel es el policía local más antiguo del pueblo. No es un joven que se muscula en un gimnasio, sino un padre de familia afectuoso y tranquilo. Al igual que mi mujer, le conoce desde la infancia e incluso cometió algunas fechorías con él. En una ocasión, los dos se lanzaron a la piscina de un vecino en bicicleta, provocando un notable revuelo, pues iban vestidos y querían impresionar a unas chicas, que se rieron mucho con el incidente. Les costó una buena bronca, pero ahora lo recuerdan con humor, preguntándose por qué la vida se complica con la edad. Miguel superó un cáncer linfático, pero bordeó la muerte y no puede descartar futuras recaídas. Solo le quedan cinco años para la jubilación.

-Tú serás un policía a punto de retirarte y yo un yonqui rehabilitado, pero los dos bailamos en la cuerda floja –bromea Rodrigo.

-Sería más correcto decir que tenemos la soga al cuello –contesta Miguel, fingiendo que se asfixia con las dos manos.

-No te pongas dramático, coño. Has visto muchas películas del oeste. Lo de la soga ya no se lleva.

-Creo que lo de la cuerda floja tampoco es muy moderno. Los jóvenes hablan de otra manera. Nos hemos hecho viejos.

Yo hablo con Rodrigo cada vez que nos cruzamos o se acerca a casa. Nos regala fruta, huevos, hortalizas y rechaza el dinero, si intentamos pagarle. Así que le regalamos cosas. Hace poco, le dimos un pequeño televisor de plasma, pues nos arreglamos con uno de tubo algo más grande y solo lo encendemos de tarde en tarde para ver una comedia, un western o un musical. Hace años que no vemos un programa de televisión y nuestra filmoteca, que incluye decenas de cintas en VHS, apenas contiene películas posteriores a la década de los setenta. La incipiente vejez quizás se manifiesta en nuestra resistencia hacia lo nuevo y actual. Rodrigo se mostró muy agradecido con el regalo, pero creo que acumula polvo en un rincón. No le gusta la tele. Prefiere pasear o chalar con cualquier vecino.

-Sois muy amables –nos repite a menudo, sin apreciar lo que aporta a nuestras vidas.

Desde los veinte años, lucho contra la tristeza. La prematura muerte de mi padre, el suicidio de mi hermano mayor, una depresión que vuelve una y otra vez, han convertido mi existencia en una interminable travesía por la melancolía y la angustia. Pensar en Dios me consuela, pero cada vez que me acerco a él, se escabulle por una esquina. Sin embargo, cuando abrazo a Rodrigo siento la presencia de Dios. Nunca se lo he dicho y no sé si lo entendería, pero creo que los excluidos son el rostro de Dios en la tierra. El humo blanco de su chimenea tal vez es la señal de un tiempo de esperanza que ha comenzado suavemente, anunciando que hay una mesa preparada para todos los que viven con sed de ternura.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Negra Tinta (21-01-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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