Usted no es un dios (un breviario sentencioso contra Paulo Coelho)

Fuente: http://www.jotdown.es

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En 1968 Arthur C. Clarke calculó que por cada persona que existe han existido otras treinta, «pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos».

Al menos lo era entonces, cuando publicó 2001: Una Odisea del espacio. Aquel año la población humana ascendía a tres mil quinientos millones de individuos frente a los cien mil millones que habían pasado por la Tierra en total, según C. Clarke, «desde el alba de los tiempos».

Casi cincuenta años más tarde los números han acumulado enteros y se han revisado al alza, pero siguen pareciéndose a los que concluyó el escritor inglés. En octubre de 2011, el Population Reference Bureau de Washington calculó que desde aquella alba de los tiempos —el año 50 000 antes de Cristo, cuando el Homo sapiens entró en la llamada modernidad conductual— hasta ese momento habían pasado por nuestro planeta 107 602 707 791 seres humanos.

Solo unos meses después, en algún momento entre finales de 2011 y principios de 2012, el censo planetario superó por primera vez la cifra de siete mil millones de individuos. Por monstruoso que resulte el número, siete mil millones son poco más del seis por ciento de todos los seres humanos que han existido jamás.

Y ahora, dígame. ¿De verdad piensa usted que es, en modo alguno, una persona especial?

El universo conspiranoico

Porque con frecuencia se le dirá que sí. Que entre tantísimas personas como existen, usted, de alguna manera, es diferente de todas. Tiene algo, un qué sé yo. Un it esquivo, un factor equis. Y usted lo intuye. Lo sabe con lo de atrás de la cabeza.

No es un talento ni una virtud. No le desplaza a usted de su posición en ese punto superpoblado donde confluyen las medias aritméticas. Es otra cosa. Un asterisco invisible que pende sobre su cabeza, como el protagonista de un videojuego. Y le distingue como a un Wally que encontrar inmerso en muchedumbres. Por eso, se le dirá, debe usted resultar encontrado. Por eso, se le dirá, usted va a ser encontrado. Porque habrá una cantidad inconcebible de personas pero usted tiene algo que ellas no: el poder de conjurar lo improbable. Tiene más papeletas, muchas más. Y concurre armado con ellas a las rifas del mundo, que así se inclinan todas a su favor.

Y por esa razón, se le dirá también, es un atropello que aún no le haya tocado nada. Y que ocupe usted la posición vitalicia que le ha sido asignada en el reparto de las cosas, que es la de un mindundi de mierda.

«No importa lo que haga, cada persona en la tierra juega un papel central en la Historia del Mundo. Y normalmente no lo sabe».

Palabras de Paulo Coelho, no nuestras. Nosotros no le conocemos de nada y no damos un duro por usted, disculpe la sinceridad. Pero Paulo Coelho sí. Paulo Coelho asegura que usted juega nada menos que «un papel central en la historia del mundo».

Como Newton o como Sócrates, para hacernos una idea, pero sin haber contribuido grandemente a la ciencia o la filosofía. En general, sin haber contribuido a nada porque usted, corríjame si me equivoco, ni ha conducido pueblos a la utopía ni ha descubierto la fórmula de la fusión fría. Por no hacer ni siquiera abona cinco euritos mensuales para honrar ese papel protagónico del que goza en la relojería elemental del mundo y acometer cambios, como erradicar el trabajo infantil o salvar de la extinción a las ballenas. Podría, pero no. Total, pst.

Para qué. El mismo Coelho lo dice, «no importa lo que haga». Y tampoco importa lo que razone, se lo puede ahorrar. Si llega usted a su conclusión estará en lo cierto, pero si resuelve lo contrario le dará igual, porque el caso es que «no lo sabe».

No hay escapatoria, ya lo ve. Se ponga como se ponga, es usted la hostia.

Un profeta en la Tierra

Coelho escribió El alquimista en dos semanas, dice. Se conoce que con gran determinación, como un profeta ensimismado. Lo hizo tras completar el camino de Santiago, una experiencia que acometió en solitario en 1986 y de la que regresó a Brasil como los europeos vuelven tras pasar más de dos semanas en la India, diciendo que el wifi da sarpullidos y que hay que hacer caca en las macetas. Dejó su trabajo, se puso a escribir y en menos de dos años había publicado su primera novela, El peregrino o Diario de un mago, y El alquimista, con la que pegó el petardazo. Sesenta y cinco millones de copias en cincuenta y seis idiomas, el libro de un autor vivo más traducido del mundo. Si le sorprende que la parábola existencialista más leída en nuestro tiempo se concibiera atravesando a pie el norte de Burgos, entonces es que no conoce el norte de Burgos.

Decimos bien, parábola. Eso es lo que son El alquimista y otros tantos libros suyos. Relatos de ficción cuyo objetivo no es ni lírico ni lúdico, solo pedagógico, que mueven la reflexión y de los que se coligen finalmente principios morales o filosóficos. Es donde Coelho expone la teoría anteriormente expuesta, la de que usted lo peta muy fuerte. Además de otra tesis en la misma dirección, convertidas con el tiempo en líneas maestras de su pensamiento. Una de ellas, que «la mayor mentira del mundo» es que «en un determinado momento de nuestra existencia perdemos el control de nuestras vidas, que pasan a ser gobernadas por el destino». Y otra que «la gente es capaz, en cualquier momento de su vida, de hacer aquello con lo que sueña». Y la más célebre, por supuesto: «Cuando realmente quieres que algo suceda, el universo entero conspira para que tu deseo se vuelva realidad». Todo un clásico.

Y a los críticos, lo sabrá, les llevan los demonios. Hasta el punto mismo de que muchos le niegan siquiera el saludo, como hacen los de cine con las películas de Vin Diesel. Alexander Nazaryan, de Newsweek y New York Daily News, no reseñó de él más que su «astounding stupidity», y eso solo cuando Coelho anunció públicamente que el Ulises de Joyce es una mierda. Y en El malpensante, Héctor Abad Faciolince llegó a firmar un Por qué es tan malo Paulo Coelho donde califica a sus lectores de víctimas. La mayoría de reseñistas, sin embargo, se suele conformar con confinarlo en el noveno círculo del infierno literario. Gregory Cowles, del New York Times, dijo que lo de Coelho es «más autoayuda que literatura». Autoayuda. Y después dijo más cosas, como si alguna ya tuviera importancia.

No es que él les preste oídos, claro. En alguna ocasión Coelho ha comparado a los escritores con postes de la luz y a los críticos con perros, invitando seguidamente a preguntarse, y cito, «qué piensan los postes de los perros». Y si lo hiciera —que no lo hace— tampoco podría negar. Sus libros abarrotan los estantes de autoayuda en grandes almacenes de medio mundo, donde cada Navidad se edifican con ellos los preceptivos zigurats y montañitas promocionales. No niega, no. Pero matiza, que es gratis. Y lo hace en su lengua vernácula, el esperanto de vaguedades que han hablado los iluminados de cualquier era. Él, dice, no es un escritor de autoayuda sino uno, atención, «de autoproblema». Sabe Dios. O sabe Coelho, que para eso adquirió Su mismo temple retirándose cuarenta días en el desierto de Mojave. Cuarenta días, sí. Con sus cuarenta noches. En su infinita humildad.

Una de tantas. Parábolas, retiros en el desierto, indulgencia con las prostitutas y hasta entrevistas con el Diablo, que de todo ha habido un poco. Incluso latigazos a los mercaderes del Templo, el Foro Económico Mundial de Davos, al que Coelho asiste con regularidad y de negro riguroso porque le coge a tiro de piedra de Ginebra, donde vive y obra sentado a la diestra de sí mismo. Una obviedad: cuando las biografías cumplen con las funciones del cuento de Propp, mal empezamos. Y a Coelho le falta solo haber nacido en un pesebre, e incluso en eso el universo conspiró para que no ocurriera vulgarmente. Nació muerto, o eso dice. Una distinción profética que habitualmente se reserva a los semidioses, los elegidos y los protagonistas de epopeyas fundacionales. Y revivió, hosanna en el cielo, en la versión literal de aquel otro aforismo que emitió una niña: antes muerta que sencilla, ay que sencilla.

Lo diremos con mano izquierda, a ver si así. Lo que sabemos sobre Coelho se adscribe al mayor género de ficción creado por el género humano: la biografía autorizada. La suya la escribió Fernando Morais, que con el cargo de evangelista también ganó un baúl preñado con los testimonios de su vida, ciento setenta cuadernos manuscritos y más de noventa casetes de Paulo Coelho raca raca, dándole a la casqueta. Si mintió en ellos fue audaz, porque agüita. Los salmos incluyen hasta una Pasión confesa, cuando Coelho fue torturado por la dictadura militar brasileña durante dos días seguidos en mayo de 1974. Y será verdad, no tiene por qué no serlo. El mismo Morais, rebuscando, rebuscando, consiguió dar con el nombre del centurión que a Coelho clavó su lanza y dio de beber vinagre. En eso precisamente consistió la prueba que el escritor le impuso para dejarle ingresar en la franquicia, pero que no le pueda el entusiasmo: fact checking ni medio, fue una gymkana ritual. El mismo Coelho, se dice, no escribe un libro si antes no encuentra una pluma blanca.

Lo que invita a preguntarse, por supuesto, por el arcano parentesco que une a la velocidad con el tocino. ¿Qué tiene que ver todo esto con la autoayuda? Respuesta: nada. Y ese es el problema. A la iglesia de Coelho le ocurre lo que a la otra, que se edificó sobre una piedra que hoy sepultan el mármol, las columnas y las bóvedas. Hablamos de la autoayuda, sí. De la autoayuda que hace él, de ese género que consiste en aconsejar cómo cumplir los objetivos de la vida y llegar a ser feliz. ¿Le parece algo inherentemente pernicioso, algo inevitablemente falto de calidad? ¿Algo deshonesto? ¿Le parece mala, en sí, la autoayuda? Porque seguramente sí, no mienta. Y sentimos tener que decirlo pero, también en esto, Coelho lo ha vuelto a hacer. Le ha engañado una vez más.

El problema y la ecuación

Perros y postes de la luz. El destino, como dijo otro profeta, no está exento de cierta ironía.

Todo lo que siempre quiso saber pero no se atrevió a preguntar sobre la felicidad lo dijo Samuel Johnson, al que frecuentemente se considera el mejor crítico literario de la historia inglesa, en una fecha tan pronta como 1791: «Decide no ser pobre. Tengas lo que tengas, gasta menos. La pobreza es la gran enemiga de la felicidad».

Pum, pum, pum. Tres losas de granito se desploman en los salones de la obviedad. La felicidad no es una incógnita, o si lo era quedó despejada entonces, a finales del XVIII. Es una ecuación. Dinero = felicidad. Y punto. La mayoría de las adversidades pueden combatirse con dinero y si no es así, es que no tienen remedio. Y ya está. No hay pero posible, no hay matiz que lo enmiende. Es tan evidente que hasta tenemos un refrán para negarlo.

La autoayuda nació precisamente para divulgar esta noción, plantada por Johnson y divulgada después por la escuela de Manchester, liberal y capitalista, a la que preocuparon singularmente los retos devenidos de la rápida industrialización en la Inglaterra del XIX y la emergencia de las nuevas clases trabajadoras. En 1859, Samuel Smiles, un liberal escocés, escribió y costeó con su propio bolsillo la edición de un breve manual sobre valores y conducta titulado precisamente así, Self Help, epónimo y texto fundacional del género. Fue el primer libro de autoayuda del mundo.

Inciso: muchos libros anteriores presentan las características de la autoayuda, ojo. Empezando simplemente por las Meditaciones de Marco Aurelio o las Enseñanzas de Ptahhotep, un volumen egipcio con más de cuatro mil años. Pero Self Help fue la primera autoayuda moderna, la que conocemos usted y yo. La primera en articularse con la forma de un manual facilón específicamente dirigido a un lector iletrado —la versión inicial del texto, de 1854, fue una conferencia académica titulada La educación de las clases trabajadoras— y la primera en convertirse en un fenómeno de masas. Al año había vendido veinte mil ejemplares, una monstruosidad. Y para cuando Smiles murió, en 1904, llevaba más de un millón.

Pregunta: ¿cómo se vende un millón de copias de Self Help, o las sesenta y cinco de El alquimista? Piense, tic, tac, tic, tac. Respuesta: vendiéndoselo a los pobres, porque no hay tal número de ricos. Pum, otra losa menos y en su hueco, otra verdad como un templo. La autoayuda es una lectura de pobres. Es su característica verdaderamente distintiva, precisamente porque aquello que quiere atajar, la infelicidad, es un rasgo exclusivo de las clases trabajadoras. El rico no lee autoayuda, no la necesita; el rico no es infeliz, porque cuando tiene un problema compra su solución. El pobre no puede y por eso es infeliz, así que lee autoayuda buscando eso precisamente, ayuda. Y la única posible, nos dirá Smiles, es que el autor del volumen le cuente la verdad, que solo es una: que es infeliz porque es pobre, y que eso es lo que debe solucionar.

Pero ah, amiga. ¿Será tan honesto este autor hipotético? ¿Se atendrá a la verdad cuando le tienten las recompensas que apareja esta nueva literatura instrumental, tan inmensas como el número de lectores al que se dirige por vez primera? ¿O extenderá sus mismas promesas a las nuevas legiones lectoras, cuya hambre de felicidad le garantizan el boom y el superventas, sin cumplir al final con las soluciones? Es más, ¿querrá simplemente solucionar, querrá verdaderamente ayudar, o preferirá no hacerlo, íntimamente conforme con el régimen de infelicidad que le reporta tales beneficios?

¿De verdad necesita una respuesta?

Smiles tampoco. En Ahorro, otro libro suyo de 1875, el autor ya anticipó la transformación inevitable de la autoayuda en una hidra cabalgada por vendemierdas. «El esnobismo no se limita a adular a los ricos», escribió, «sino que frecuentemente se transforma en adulación hacia los pobres. Ahora que las masas ejercen poder político, hay una tendencia creciente a complacerlas, a halagarlas, a no decirles más que palabras dulces. Se les acreditan virtudes a sabiendas de que no las poseen. Para ganar su simpatía frecuentemente se finge tener sus puntos de vista, aun a sabiendas de que eso conduce a la desesperanza. El agitador popular debe complacer a aquellos a quienes se dirige (…). Resulta muy raro que a estos oradores se les ocurra sugerir a quienes les escuchan que ellos mismos son los culpables de lo que les pasa o que carecen de unos medios hacia la felicidad que no están a su alcance».

Pan, circo y Paulo Coelho

Y ahora debe preguntárselo, claro. Si Paulo Coelho, si los paulos coelhos, le han dicho en alguna ocasión eso mismo, que usted carece de unos medios hacia la felicidad que no están a su alcance.

No, claro que no. Le han dicho exactamente lo contrario.

Y así debe solucionar usted sus problemas, le han dicho. Sin medios, sin proyecto, sin ideología. Sin participar en lo colectivo, que no en vano usted trasciende con esa singularidad que se le atribuye, de propiedades esotéricas. Así debe solucionar sus problemas, con la sola fuerza de sus deseos y ese poder conjurador que tienen sobre el mundo material.

Debe, sí. Porque debe, porque tiene que. No habrá una lección intelectual contra el instrumento, habrá un descrédito ético y una llamada, por tanto, a la obligación moral. ¿Comprar? Eso es consumismo. ¿Dinero? Eso es capitalismo. ¿Bienes y servicios? Eso es superficial. Ay, infeliz; si cree en eso, usted está alienado. Y lo estará, en efecto. Vaya si lo estará. Es Matrix dentro de Matrix, es mucho peor de lo que imagina. Convenciéndolo de que está alienado es como ellos lo alienarán. Y con tanto éxito que morirá de una enfermedad curable, como muchos otros miles durante el mismo minuto sobre la Tierra, pero convencido de que sus deseos se harán realidad solo queriéndolos con fuerza.

Examinemos los escombros de las losas que derribaron Johnson, Smiles y un socialista, Robert Blatchford. Los primeros de la estirpe, los únicos buenos. Esas ruinas olvidadas rezan que al problema lo definen sus soluciones, que habitualmente son comer, huir o la quimioterapia. Y con frecuencia su no solución, el atributo universal del problema. Pero la solución sencilla no es un rasgo del problema, es un rasgo de la pamplina. Así que el universo no conspira, no diga tonterías; conspira Coelho, conspiran los paulos coelhos, para que usted comulgue con semejante majadería. Y es una conspiración verdadera, porque nace de una mentira en la que ellos mismos no creen: que el régimen espiritual tiene un poder verdadero sobre el palpable.

Y al efecto improvisan uno del que, sorpresa, ellos mismos son mesías. Con sus retiros en el desierto, su haber nacido muertos y sus tienditas de souvenirs poniendo sitio al Vaticano. Solo sus libros mueven océanos de dinero, pero lo de menos son los libros. Líneas enteras de merchandising en Amazon, camiones de calendarios y agendas en Navidad y colgantitos «Guerrero de la Luz» a la venta exclusiva en su web por ochenta, doscientos y quinientos euros —¡quinientos!—. Hasta modernas estampitas viralizando en Facebook, con la efigie del santo y su lección impresa, la de un gurú multimillonario que decreta frugalidad al impartir el Urbi et orbi desde lo alto de la lista Forbes. Adivine qué papel juega usted en esta cosmogonía, dueño de su destino y con la Creación misma plegada al imperio de su voluntad. Trascendente, central, omnipotente, revestido con las características del dios, todas ellas. Usted no es un dios, es Dios. Y cuando le tiente pensar lo contrario abortaremos su razonar haciéndole pajas. A cambio, le pedimos solo una cosa: compre. Compre, compre, compre.

Artículo extraído de Jot Down #10, especial Filias, fobias y parafilias, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.

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