Juan XXIII: “Mucho hace el que mucho ama”

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Somos muchos los que seguimos con entusiasmo la labor pastoral del Papa Francisco. No me refiero solo a los católicos, sino también a los laicos, los escépticos y los agnósticos. Al escuchar sus palabras y notar su cercanía con los pobres, enfermos y excluidos, muchos recordamos a Juan XXIII, que renovó la Iglesia Católica, con un espíritu conciliador y ecuménico. No solo promovió la unidad entre los cristianos, sino que buscó el entendimiento con otras religiones, afirmando que la fraternidad no contempla límites ni discriminaciones. “Nada de lo que ocurra a los hombres nos debe resultar ajeno”, dictaminó, emulando el proverbio latino. Darle la espalda al que busca nuestra amistad o una sincera reconciliación es profundamente anticristiano: “Nunca vaciles en tender la mano; nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende”. El poder político pierde su legitimidad, si basa exclusivamente su autoridad en la capacidad de intimidar y silenciar: “Una sociedad que se apoye solo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana”. Alegre, humilde y sencillo, Juan XXIII nunca presumió de sabiduría: “Un hombre pacífico –apuntó- hace más que uno con mucho conocimiento”. La posteridad le ha honrado llamándole “el Papa bueno”, una expresión que suscriben creyentes y no creyentes. Poco antes de morir, pidió perdón por el comportamiento de la Iglesia Católica con el pueblo judío: “Perdónanos la maldición que injustamente hicimos caer sobre el nombre de los judíos; perdónanos porque al maldecirlos a ellos te hemos crucificado por segunda vez, porque no sabíamos lo que hacíamos”. Atendiendo a sus palabras, Pablo VI reelaboró la oración del Viernes Santo, suprimiendo la alusión a los “pérfidos judíos” establecida por el misal de Trento en 1570. En 1969, la nueva versión manifestaba: “Oremos por el pueblo judío, el primero a quien Dios habló desde antiguo por los profetas. Para que el Señor acreciente en ellos el amor de su nombre y la fidelidad a la alianza”.

Siempre he admirado el artículo que en 1966 escribió Hannah Arendt sobre Juan XXIII, titulado “Un cristiano en la silla de San Pedro, 1958-1963”. Desde joven, Angelo Giuseppe Roncalli se guió por la Imitación de Cristo (1418-1427), la célebre obra de Tomás de Kempis, cuyas máximas interiorizó como guía espiritual: “Mucho hace el que mucho ama”. Su exaltación de la humildad es una enseñanza adquirida en sus páginas: “Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros. El hombre pacífico más aprovecha que el letrado” (cap. 3, libro II). Con sólo dieciocho años, Roncalli manifestó: “Mi modelo es Jesucristo”. No ignoraba que “parecerse al buen Jesús” implicaba “ser tratado como un loco”. Nazarín (1895), la conmovedora novela de Pérez Galdós, recrea la peripecia de un sacerdote que intenta vivir conforme a los preceptos del Evangelio, pero el mundo responde con aspereza e intolerancia, incapaz de comprender su bondad de raíz franciscana. Juan XXIII señaló a menudo que la invitación “Sígueme” acarreaba “sufrir y ser despreciado a causa de Cristo y con Cristo”. Aceptar ese desafío con estricta humildad no significa “ser débil y acomodaticio”. De hecho, Roncalli convocó un inesperado y ambicioso Concilio Ecuménico, pues –como apunta Hannah Arendt- “había decidido tomarse al pie de la letra, y no ya simbólicamente, cada uno de los artículos de fe que le habían enseñado”. Durante sus años como Delegado Apostólico para Turquía, no descansó hasta lograr que el gobierno de Ankara no devolviera a la Alemania nazi un barco con centenares de niños judíos, salvándoles de la deportación y la muerte. Hitler invadió la Unión Soviética el 22 de junio de 1941 y el embajador Franz von Papen le pidió en Estambul que hablara en Roma a favor de la causa alemana. Roncalli contestó airado: “¿Y qué diré de los millones de judíos que sus compatriotas están asesinando en Polonia y Alemania?”. En su primera entrevista con una delegación judía, les recibió con el saludo: “Soy vuestro hermano José”. Cuando visitó la cárcel Regina Coeli, se dirigió a los reclusos, llamándoles “hijos y hermanos” para subrayar su dignidad como hombres. Al llegar al pabellón donde se encontraban los presos más conflictivos, pidió a los funcionarios que le franquearan el paso: “Abran las cancelas. No haya barreras entre ellos y yo. Son todos criaturas de nuestro Señor”. Su tendencia a hablar espontáneamente con cualquiera, prescindiendo de normas y protocolos, le reveló que los trabajadores del Vaticano se hallaban descontentos con sus sueldos y sus escasos derechos laborales. “¿Cómo van las cosas?”, preguntó a un operario. “Malamente, malamente, su Eminencia”. Roncalli replicó: “Olvídate de los títulos, yo aquí soy el jefe y puedo cambiar las cosas”. Los responsables de las cuentas del Vaticano informaron al Papa que subir los sueldos implicaría recortar los fondos para obras de caridad. “Pues entonces tendremos que recortarlas –contestó-, porque la justicia está por encima de la caridad”. Ese mismo afán de justicia inspiró que el nombramiento de treinta y siete nuevos cardenales incluyera por primera vez a un tanzano, un filipino, un japonés, un venezolano, un mexicano y un uruguayo. Se ha dicho que Juan XXIII excomulgó a Fidel Castro, pero sólo es un rumor infundado. Es cierto que contemplaba con preocupación y pesadumbre la expropiación de escuelas religiosas, la prohibición de los ritos católicos y la expulsión de la isla de centenares de sacerdotes y religiosos, pero -lejos de contribuir a alimentar las tensiones- hizo un apasionado llamamiento a la paz en octubre de 1962, suplicando a John Fitzgerald Kennedy y Nikita Jrushchov que resolvieran pacíficamente la “crisis de los misiles”.

“Fuera de la Iglesia no hay salvación”, proclamó la bula del Papa Bonifacio VIII en 1302, pero Juan XXIII expresó la convicción de que “todos, bautizados o no, pertenecen por derecho a Jesús”. El Concilio Vaticano II fue una verdadera Epifanía, que introdujo cambios radicales. El “Papa bueno” falleció el 3 de junio de 1963, sin que el Concilio hubiera promulgado ningún documento, pero nos dejó ocho encíclicas. La última se tituló Pacem in terris (Paz en la Tierra) y despertó la admiración de casi todos los líderes mundiales, incluido el Presidente ruso Nikita Jrushchov, que apreciaron en el texto una elaborada y valiente posición a favor de la paz, los derechos humanos, la libertad y el desarme nuclear. La encíclica anunciaba sus intenciones en su hermoso subtítulo: “Sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad”. Juan XXIII entiende que la paz sólo será posible partiendo de una verdad fundamental, que postula la justicia como regla, el amor como impulso primordial y la libertad como marco de convivencia. “En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden ser enajenados por ningún concepto” (9). No se puede hablar de derechos humanos, sin reconocer la importancia de la mujer en la construcción de una sociedad más justa y solidaria: “La mujer ha adquirido una conciencia cada día más clara de su propia dignidad humana. Por ello no tolera que se la trate como una cosa inanimada o un mero instrumento” (41). La política exterior ya no puede basarse en la presunción de la superioridad de unas naciones sobre otras: “No hay comunidad nacional alguna que quiera estar sometida al dominio de otra” (43), pues “todos los hombres son, por dignidad natural, iguales entre sí” (44). Los “increíbles dolores” de los exiliados y las minorías exigen a todas las naciones un compromiso con la paz, que evite las políticas orientadas “al aniquilamiento de una raza” (95) o a la represión de su “lengua, cultura y tradiciones” (96). La carrera de armamentos de las grandes potencias ha provocado que “los pueblos vivan bajo un perpetuo temor” (111). Por eso, debe cesar “ya la carrera de armamentos”; las naciones deben avanzar hacia la “prohibición de las armas atómicas” y hacia “un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías” (112). “Como lo advertía nuestro predecesor Pío XII con palabras de aviso que todavía resuenan vibrantes en nuestros oídos: Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra” (116).

En su semblanza de Juan XXIII, Hannah Arendt destaca su “agudeza casi volteriana”, que se expresaba en su humor, su desprendimiento y su indiferencia hacia los prejuicios y las convenciones. Su objetivo era “pasar desapercibido y ser poco estimado”, de acuerdo con las enseñanzas del Kempis, pero dejó una huella profunda y su ejemplo resultó edificante. No solo para los católicos, sino para todos los que luchan por la dignidad del ser humano, particularmente en las situaciones de penuria y adversidad. El Papa Francisco despierta reacciones similares, con su estilo sencillo, directo y hondamente humano. Su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), rebosante de amor y sabiduría, expresa la esencia del mensaje cristiano: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (9). Paz en la tierra se publicó el 11 de abril de 1963. La alegría del Evangelio salió a la luz el 24 de noviembre de 2013. Al margen de su carácter religioso, ambos documentos mantienen vivo el hilo de la ilusión de la paz en un mundo que aún soporta guerras, injusticias y hambrunas. “¡No nos dejemos robar la esperanza!” (86), exhorta el Papa Francisco. El pesimismo es una poderosa tentación, pero no brota de la lucidez, sino la pérdida de la confianza en el ser humano. Yo sigo confiando en el hombre y en la posibilidad de un mundo en paz. “Ser hombre es ser libre –escribió Karl Jaspers-. Y el sentido de la historia es que nos convirtamos realmente en hombres”.

RAFAEL NARBONA

Publicado El Imparcial (21-12-2014). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

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