Humanismo de izquierdas

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

La crisis económica ha causado un enorme sufrimiento: paro masivo, pobreza infantil, desahucios, suicidios. La política de austeridad ha impuesto durísimos e inaceptables recortes en sanidad, educación y servicios sociales. No hacía falta mucha inteligencia para saber que estas medidas envenenarían la convivencia y pondrían en peligro la paz social. La indignación popular se transformó en algunos casos en odio, alimentando la violencia y el fanatismo. Saber que algunos políticos acumulaban trece cargos y ganaban al año más de 150.000 euros, mientras tres millones de personas vivían con menos de 300 euros al mes, produjo una ira legítima y comprensible, que se reflejó en el retorno de las ideologías partidarias de la violencia como palanca de cambio social. Afortunadamente, el radicalismo sólo prosperó en una minoría, muchas veces con una información insuficiente. La sociedad española repudia la violencia, pues entiende que las injusticias deben combatirse con planteamientos éticos, desobediencia pacífica y movilizaciones ciudadanas.

La indignación no debe convertirse en un radicalismo que flirtea con regímenes totalitarios y reivindica a figuras históricas tan deleznables como Stalin. Esto no significa abrazar la política exterior de Estados Unidos ni su modelo económico y social. La primera potencia mundial contiene inmensas bolsas de pobreza y no se ha caracterizado por el respeto a los derechos humanos. Cuando lo ha considerado necesario, ha desestabilizado países, propiciando golpes de estado. Entre sus víctimas más célebres, podemos citar a Patrice Lumumba y Salvador Allende. La Red Gladio y la Operación Cóndor constituyeron estrategias criminales para exterminar a comunistas y socialistas en el Sur de Europa y el Cono Sur de América Latina. No son las únicas tramas urdidas para frustrar el ascenso de la izquierda. Entre los países afectados por esta clase de estrategia, hay que incluir a Grecia, Tailandia, Filipinas, Mozambique, Haití, Guatemala, El Salvador o Angola. Estados Unidos no es la única democracia con las manos manchadas de sangre. Francia combatió a sangre y fuego a los islamistas argelinos, creando un método de interrogatorio y exterminio que exportó a la Escuela de las Américas, famoso centro de tortura ubicado en Panamá por Estados Unidos. El método de interrogatorio consistía en el uso despiadado de la picana eléctrica. Cuando se extraía la información que se buscaba, el detenido era asesinado y enterrado en secreto. Solo de ese modo perdieron la vida unas 30.000 personas. El general Paul Aussaresses relató en sus memorias su trabajo como torturador y ejecutor, sin mostrar el más leve signo de arrepentimiento. Conviene recordar que trabajó a las órdenes del François Mitterrand, Ministro del Interior, que el 5 de noviembre de 1954 declaró en la Asamblea Nacional: “…la rebelión argelina solo puede encontrar una forma terminal: la guerra”.

Alemania tampoco puede presumir de su historial democrático después de la Segunda Guerra Mundial. Desempeñó un papel decisivo en la guerra de la antigua Yugoslavia, proporcionado armas e instrucción militar a croatas y eslovenos. Apoyó a Franjo Tudman y sus milicias, que copiaron los métodos de los ustachas. Aliados de los nazis, los ustachas mataron en cuatro años a un millón de serbios, judíos y gitanos. Tudman rehabilitó a los ustachas y –con ayuda alemana- lanzó una ofensiva en la región de la Krajina, que incluyó una feroz limpieza étnica. Investigado por crímenes contra la humanidad, el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia no llegó a imputarle porque murió de cáncer en 1999. Alemania buscaba el control de la costa dálmata para conseguir una salida al Adriático, lo cual le permitiría extender su influencia desde el Mar Báltico hasta el Mediterráneo y Oriente Medio. Al final, consiguió su objetivo y no le importó avivar la llama del nacionalismo excluyente en la antigua Yugoslavia, alentando una guerra que también aprovechó Estados Unidos para establecer un protectorado en Kosovo y debilitar a Rusia, aliada tradicional de Serbia.

No quiero dejar de mencionar los crímenes del Imperio Británico en sus colonias. Los ingleses destruyeron miles de documentos que les incriminaban. Sin embargo, han sobrevivido textos que reflejan su barbarie. En Kenia, los rebeldes Mau Mau sufrieron horribles torturas. Se castró a los hombres y se violó a las mujeres, después de introducirles agua hirviendo en la vagina. 100.000 insurgentes acabaron en campos de concentración y al menos 1.000 fueron ejecutados sin proceso. El 13 de abril de 1919, el general Reginald Dyer ordenó ametrallar a una multitud desarmada de hombres, mujeres y niños sijes, hindúes y musulmanes que se habían reunido pacíficamente en Amtrisar. Se ignora el número exacto de víctimas, pero todo indica que murieron 1.000 personas, mujeres y niños incluidos, y 1.200 resultaron heridas. La arrogancia británica y el desprecio por los derechos de otros pueblos se reflejan en las palabras de Winston Churchill mientras ocupaba el cargo de Secretario de las Colonias: “No entiendo esos remilgos contra el uso del gas. Estoy completamente a favor de usar gases venenosos contra las tribus incivilizadas”. Corría el año 1919. En 1937 no había cambiado de talante, pues declaró ante la Comisión Real sobre Palestina: “No acepto… que se haya hecho un gran mal a los Pieles Rojas de América o a los negros de Australia… por el hecho de que una raza más fuerte, una raza de más alta graduación… haya llegado y ocupado su lugar”. Churchill también aconsejó esterilizar forzosamente a los discapacitados y mostró el mismo desdén por árabes y judíos.

No olvido el genocidio de Guatemala. Ronald Reagan empleó la doctrina de la seguridad nacional para ofrecer ayuda militar y política a los generales Fernando Romero Lucas García, Efraín Ríos Montt y Óscar Humberto Mejías, que acabaron con la vida de 200.000 mayas y 50.000 opositores políticos, obligando a desplazarse a 1.500.000 personas. Se han documentado 667 masacres y 443 aldeas completamente destruidas. Pido disculpas por no abordar otros genocidios, como el armenio o el congoleño, pero creo que mi postura es clara. Siempre hay que estar al lado de las víctimas. Por eso, cualquier intento de reivindicar a Stalin constituye una grave afrenta a sus millones de víctimas. Al margen de la Gran Purga, que acabó con la vida de escritores como Isaak Bábel y Ósip Mandelstham, las fosas de Katyn y la hambruna causada en Ucrania por la colectivización forzosa, mencionaré la campaña de limpiezas étnicas organizadas por Beria y Stalin en Polonia y el Cáucaso. Entre 1943 y 1944, se deportó masivamente a karachai, calmucos, chechenos, ingusetios, balkar, tártaros y turcos meskheti. Beria acudió personalmente a Grozni el 20 de febrero para supervisar y agilizar las deportaciones. En una semana, deportó a 478.479 personas en camiones norteamericanos Studebaker. En algunos casos, se quemaron pueblos enteros hasta los cimientos y se incendiaron establos atestados de gente, imitando el proceder de los nazis. Aunque en un principio la Unión Soviética apoyó la creación del Estado de Israel y envió armas desde Checoslovaquia, Stalin acabó consideran a los judíos un peligro por su “cosmopolitismo desarraigado” o, en su defecto, por su “sionismo pro-norteamericano”. El Comité Antifascista Judío fue disuelto formalmente en noviembre de 1948 y se arrestó a más de cien escritores y activistas judíos. En mayo de 1952, se realizó el primer proceso contra catorce judíos soviéticos. Trece fueron condenados a muerte y ejecutados, pese a que la mayoría de los inculpados mantuvo su inocencia hasta el final. Polina Zhemchuzhina, esposa de Molotov, el famoso Ministro de Asuntos Exteriores que firmó el pacto de no agresión con el criminal de guerra Joachim von Ribbentrop, fue arrestada en enero de 1949. Judía y acusada de traición, fue sentenciada a trabajos forzados en Kazajistán. Sobrevivió gracias a la ayuda de los kulaks que su marido había ayudado a deportar en los años 30. Mólotov se divorció de ella y declaró: “Reconozco mi profundo arrepentimiento por no haber impedido que Zhemchuzhina, una persona muy querida, cometiera errores y estableciera vínculos con nacionalistas judíos antisoviéticos”. Su gesto –cobarde y servil- me recuerda a los alemanes que se separaron de sus esposas judías durante la dictadura nazi, sin ignorar que su decisión acarrearía la deportación y la muerte a la madre de sus hijos. Podría continuar, pero creo que es suficiente y no quiero extenderme más. Le pese a quien le pese, Stalin fue un asesino y los crímenes de Estados Unidos, Bélgica, Francia, el Estado de Israel o el Imperio Británico no añaden ni restan nada a este juicio. Creo que el verdadero fascismo es negar esos crímenes. Pretender que “Uncle Joe” era un libertador y un amigo de la humanidad solo constituye una obscena deformación de la verdad.

Cito estos ejemplos históricos para subrayar que el hombre siempre debe permanecer alerta. No hay país que pueda mirar hacia atrás, sin experimentar desolación. La motivación última de la violencia nunca es el idealismo, sino el interés material. Se lucha por los recursos, las rutas comerciales y los mercados, no por un mundo menos injusto. El ser humano está muy lejos de una conciencia ética que bloquee o inhiba nuestros peores impulsos. El odio solo necesita una chispa para avivarse. Recuerdo con vergüenza la avalancha de comentarios antisemitas volcados en las redes sociales hace pocos años por la derrota del Real Madrid ante el Maccabi de Tel Aviv. Según la Liga Antidifamación, “España es el tercer país más antisemita de Europa”. No se puede ser de izquierdas y antisemita. No se puede ser utópico y agitar la bandera del estalinismo. No se pude ser solidario y olvidar la represión que se ha ejercido en Cuba en nombre del socialismo. No se puede ser tolerante y promover el ultraje de los sentimientos religiosos o culturales de los que piensan de otra manera. Me considero un humanista de izquierdas. Utilizaré una frase de Sartre para explicar mi postura: “El humanista llamado de izquierda considera su principal cuidado velar por los valores humanos; no pertenece a ningún partido, porque no quiere traicionar lo humano, pero sus simpatías se inclinan hacia los humildes y a los humildes consagra su bella cultura clásica”. España no necesita una revolución, sino un cambio de modelo cultural, pues si éste no se produce, cualquier mejora material nos devolverá a la rueda del consumo, olvidando a los que viven y mueren en la pobreza y la exclusión. La pobreza sólo inquieta cuando salpica a muchos, pero mientras afecta a una minoría sólo produce indiferencia. Sin embargo, la preocupación por el otro es lo que nos dignifica y humaniza. Parece utópico acabar con la pobreza, pero sin metas utópicas el hombre se convierte en una boya a la deriva.

RAFAEL NARBONA

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