Marxismo, socialismo y capitalismo en el siglo XXI (116)

Fuente: http://rafaelsilva.over-blog.es

14 marzo 2016

El gran problema estratégico radica en que muchos pensadores consideran que la izquierda debe centrarse en la construcción de un modelo de capitalismo posliberal. Esta idea obstruye los procesos de radicalización. Supone que ser de izquierda es ser posliberal, que ser de izquierda es bregar por un capitalismo organizado, humano, productivo. Esta idea socava a la izquierda desde hace varios años, porque ser de izquierdas es luchar contra el capitalismo. Me parece que es el abecé. Ser socialista es bregar por un mundo comunista

Claudio Katz

Hemos desarrollado ya, hasta la entrega actual, no solamente los aspectos esenciales de lo que puede ser el Socialismo del siglo XXI, aspectos todos ellos que han sido tratados a fondo en artículos anteriores (nacionalización de sectores estratégicos, nuevo modelo productivo, reparto del trabajo, renta básica, trabajo garantizado, repudio de la deuda, etc.), sino también los ejes fundamentales de lo que entendemos debería ser el programa socialista, basándonos en diversas fuentes y autores. Pero lo que hemos repetido hasta la saciedad, de mil formas distintas, e intentándolo razonar desde todos los puntos de vista, es la urgente, absoluta y perentoria necesidad de abandonar el capitalismo. Y es que sin la vocación de intervenir la diabólica lógica capitalista, no habrá jamás auténticas políticas progresistas para la clase trabajadora y la inmensa mayoría social. No es por tanto posible salir de esta crisis desde dentro del capitalismo, mediante “reformas estructurales” de diversos aspectos del sistema, como proponen sus voceros, sino que las transformaciones que nuestra sociedad necesita se deben ligar a la lucha por el socialismo.

No habrá realmente modificaciones sustanciales sobre los asuntos importantes (redistribución de la riqueza, justicia e igualdad social, erradicación del patriarcado, etc.) sin un auténtico régimen socialista de economía planificada, que ponga fin a la anarquía salvaje del capitalismo, y que libere de su dogal a las clases populares. El capitalismo no da más de sí, sólo puede provocar involuciones, fascismos, revueltas populares, crisis económicas, guerras  imperialistas, represión de los derechos y libertades fundamentales, empobrecimiento de las clases populares y trabajadoras, y destrucción del tejido social y productivo. La única alternativa es el socialismo. Frente a los que nos acusan de ser la izquierda obsoleta, anticuada, trasnochada o fracasada, hay que decir que los que en verdad han fracasado han sido todas las oleadas de economistas neoliberales que pretendieron perpetuar el capitalismo, tanto en su versión reguladora como en su versión financiarizada. Nuestra lucha debe ir por otros derroteros, si pretendemos alcanzar otro mundo posible, que funcione bajo otros parámetros económicos, pero también políticos y sociales. Nuestra lucha debe ser por conseguir una sociedad donde los medios de producción sean de propiedad social (ya hemos explicado este concepto en artículos anteriores, así como en nuestra serie de artículos “Objetivo: Democracia“), donde la economía funcione de manera planificada y controlada por el conjunto de la sociedad, teniendo como objetivo la satisfacción plena de todas las necesidades sociales básicas para todo el mundo, y no el aumento de los beneficios de la gran clase capitalista. 

No existen, por tanto, atajos, ni reformas suaves del sistema, para hacer al capitalismo más humano, más sensible o más ecológico. Y aunque el estallido de esta última crisis ha sido provocado directamente por diferentes burbujas inmobiliarias y financieras, que han estallado sucesivamente a escala mundial, lo cierto es que ya estábamos sufriendo una crisis de sobreproducción clásica, propia del capitalismo, como consecuencia de la existencia de demasiados medios de producción, no desde el punto de vista de las necesidades sociales, sino desde el punto de vista de la rentabilidad de los capitalistas. Y así, la crisis se presenta como la solución “natural” del capitalismo, consistente en la destrucción de buena parte de esas fuerzas productivas, para su eliminación y reorganización de las restantes, y la imposición de peores condiciones laborales, para restituir la tasa de ganancia de las empresas, para todo lo cual es decisivo la ampliación del ejército de reserva (los parados) y el recorte de los derechos sociales, laborales, económicos, políticos y medioambientales. La mal llamada “economía de libre mercado”, el gran tótem capitalista, ha demostrado con creces que no es capaz de acabar con el desempleo, sino que más bien al contrario, lo genera y lo incrementa porque lo necesita para mantener bajos los salarios y la protección social. Hay que sustituir este demencial sistema por un sistema más justo, más racional, más sostenible y más humano.

Esta “economía de libre mercado” debe ser sustituida por una planificación democrática de la economía como mecanismo fundamental para decidir las inversiones y la asignación de recursos, así como la redistribución justa y equitativa de la riqueza que se crea. Y esto es lo que de verdad permitiría la restauración de las condiciones dignas de trabajo, tales como la reducción de la jornada laboral, el reparto del trabajo, la garantía del mismo, la renta básica, el adelanto de la edad de jubilación, la dignificación de rentas, salarios y pensiones, la política fiscal progresiva, el incremento de los servicios públicos hasta el nivel de las demandas sociales reales, el desarrollo de un nuevo sector productivo público y ecológicamente sostenible, la creación de un parque de vivienda protegida para alquiler social a precios asequibles, y un largo etcétera de objetivos que ya hemos enumerado en multitud de ocasiones. Y de un modo colateral, esta planificación democrática de la economía también permitiría (al recuperar el consumo y el poder adquisitivo de la clase trabajadora) una recuperación de la pequeña y mediana empresa y del tejido de los trabajadores autónomos, propiciando sobre todo el florecimiento de las pequeñas y medianas empresas cooperativas que se complementarían con un amplio sector público en los sectores productivos estratégicos y fundamentales. Y además, todo ello contribuiría a que los derechos fundamentales de la población quedaran protegidos, pues al desterrar la lógica del beneficio empresarial, las grandes empresas de propiedad social enfocarían su labor hacia la satisfacción de las necesidades sociales. 

El círculo se cerraría. Todo ello a su vez contribuiría a una nueva redistribución de la riqueza bajo otro prisma, bajo la óptica de la igualdad y de la justicia social, en beneficio de la inmensa mayoría social, reduciendo drásticamente las desigualdades, y por ende todas las maléficas consecuencias que ellas provocan. Pero como decimos, la auténtica llave para conseguir todo ello es provocar un cambio en las relaciones de propiedad, porque en caso contrario, si seguimos mareando la perdiz, y tratando a los grandes empresarios como los dioses del sistema, todas las demás transformaciones serán ineficaces y baldías, además de absurdas y fallidas, porque no podrán llevarse hasta sus últimas consecuencias, pues los grandes capitalistas las rechazarían precisamente porque suponen una reducción drástica de sus beneficios, y entonces tratarán de impedirlas o revertirlas por todos los medios. De hecho (y sin llegar aún a esa fase), ya estamos asistiendo a campañas de hostigamiento político, social y mediático hacia las formaciones políticas de la izquierda que pretenden simplemente llevar a cabo una recuperación de los derechos sociales y laborales. Véanse las continuas campañas de desestabilización hacia Venezuela, Ecuador o Bolivia en el plano internacional, o las campañas de desprestigio en España hacia PODEMOS (que, como decimos, aún no ha planteado un auténtico programa socialista). Continuaremos en siguientes entregas.

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