Más allá de los partidos

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Poco antes de empezar una crisis económica que ya bordea los diez años de penurias y desesperanza, la mayoría de los europeos contemplaban la política con indiferencia. La cosa pública había perdido interés para una mayoría relativamente satisfecha. En 2007, la derecha y la izquierda españolas incluían el pleno empleo en sus programas como algo posible y cercano. Actualmente, esa perspectiva parece irreal, casi una ficción. En 2008, cuando la tormenta financiera ya insinuaba su magnitud con el hundimiento de Lehman Brothers por culpa de los créditos subprime, la deuda pública española representaba el 35’5% del PIB. En 2016, ya ha superado el 100%. Algunos economistas estiman que se trata de una cifra impagable. Conviene recordar que la baja tasa de paro anterior a la crisis se había obtenido gracias a empleos escasamente cualificados y a bajos salarios. Por entonces, se hablaba de mileuristas, que a duras penas llegaban a fin de mes. Ahora, ese sueldo se considera un privilegio. Ya no hay proletariado, sino precariado.

POBREZA EN ESPAÑA

Las reformas de estos últimos cuatro años no han producido riqueza ni empleo. Se han recuperado un millón de empleos, pero de nuevo se trata de empleos de exigua calidad, con salarios cada vez más raquíticos. El número de españoles pobres y en riesgo de exclusión social se sitúa en el 29’2%, es decir, casi catorce millones de personas. Dentro de ese grupo, hay escalas, pues algo más de tres millones viven en la extrema pobreza, con ingresos inferiores a 332 euros mensuales. La pobreza se ceba con los menores de dieciséis años. En la UE, solo Rumanía nos supera en pobreza infantil. En un estudio de Unicef sobre el impacto de la crisis en 41 países de la OCDE, España aparece como el tercer país desarrollado donde más ha crecido la pobreza infantil desde 2008, solo detrás de México y Estados Unidos. No es casual que los tres países hayan aplicado las políticas neoliberales recomendadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las agencias de calificación (Standar & Poor’s, Moody’s, etc.), el Consejo de Europa y el Banco Central Europeo. ¿Significa eso que el poder político y económico se ha equivocado con sus recetas o, sencillamente, se intenta cambiar el modelo social, regresando a la Europa de Dickens?

Tener empleo ya no significa librarse de la pobreza, pues ésta afecta al 16% de los ocupados. Es uno de los efectos de la evolución creciente de la jornada a tiempo parcial y de uno de los salarios mínimos más bajos de la Unión Europea. La sociedad española se caracteriza por un alto nivel de desigualdad. El 20% con ingresos más altos tiene rentas casi siete veces mayores que las del 20% más pobre. El 10% más rico disfruta de ingresos superiores a los de la mitad de la población española. Mientras tanto, el 11’1% pasa frío en invierno, pues no puede pagar la calefacción. Son datos del indicador europeo AROPE (At-Risk-Of Poverty and Exclusión), o tasa de riesgo de pobreza y exclusión social.

¿QUIÉN MANDA EN EL MUNDO?

Como ha señalado muchas veces el profesor Vicenç Navarro, los amos del mundo no son los gobiernos, sino los banqueros. Un estudio realizado en 2011 por tres investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich reveló que 737 corporaciones transnacionales controlan el 80% de la economía mundial mediante una red de inversiones  que abarca el sector farmacéutico, la biotecnología, la farmacéutica veterinaria, el mercado global de pesticidas y el comercio mundial de alimentos. Dentro de esas 737 corporaciones, hay un “súper-núcleo” de 147 transnacionales que controlan el 40% de la actividad económica del planeta. Tres compañías monopolizan el 53’4% del mercado de la alimentación: Monsanto (26%), Dupont (18’2) y Sygenta (9’2), lo cual les permite especular con los precios de los alimentos. En los últimos años, se ha incrementado el precio del maíz (73%), los lácteos (83%), los aceites vegetales (60%) y el azúcar (20%). Cargill, Continental, Louis Dreyfus, Bunge & Born y Archer Daniels Midlands/Töpfer ejercen un control absoluto sobre los cereales y la producción de granos del mundo. También controlan casi todo el mercado de la carne, la leche, los aceites de mesa y grasas, frutas, azúcar y las especias, así como los medios de transporte que posibilitan su distribución. Las maniobras especulativas de estas empresas han empujado a la pobreza extrema a 44 millones de personas, sumando nuevas víctimas a esos 1.000 millones de seres humanos que padecen (y mueren) de hambre.

Detrás de estas transnacionales, se hallan las grandes entidades financieras, que diversifican sus inversiones para aumentar sus beneficios. Eso explica que las tres empresas financieras más grandes del mundo (JP Morgan, ICBC, HSBC) posean unos activos de 6’85 billones de dólares, rozando el PIB de China (7’9 billones). En España, el PIB del Banco de Santander (1’6 billones) supera el PIB nacional (1’3 billones). Todos estos datos pueden resultar tediosos, pero muestran la verdadera faz del poder. El mundo del capital ha sometido al mundo del trabajo, especialmente desde que se permitió la desmaterialización del dinero mediante la ruptura del patrón oro y se propició el endeudamiento de las naciones y los ciudadanos en sucesivas burbujas especulativas. En 2008, el volumen total de las transacciones financieras fue 60 veces superior al PIB mundial. ¿Cómo es posible? Simplemente, los bancos privados crean dinero ex nihilo(mediante una simple anotación contable) y los bancos centrales protegen sus intereses, socializando sus pérdidas con rescates millonarios procedentes del dinero público.

¿Es posible acabar con esto? ¿Pueden los ciudadanos y las ciudadanas subvertir una trama que se está apoderando de la sanidad, la educación, las pensiones, el agua y las diferentes fuentes de energía (gas, electricidad y petróleo), mientras destruye los derechos humanos y laborales de un mundo cada vez más desigual e injusto? ¿Pueden las elecciones democráticas imprimir otro rumbo a la historia? La victoria de SYRIZA en Grecia no ha significado el fin de los recortes dictados por la Troika ni ha afectado a la política migratoria de la Unión Europea. De hecho, el gobierno de Tsipras está colaborando activamente en la expulsión de los inmigrantes a Turquía, donde el gobierno autoritario de Erdogan cierra periódicos, persigue a los opositores y pisotea los derechos humanos de los kurdos. Cedo la palabra a una voz con una indudable autoridad moral: «Hoy tenemos que decir “no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Esa economía mata. […] Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. […] Hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión». No son las reflexiones de un antisistema, sino del Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium del 24 de noviembre de 2013.

¿HAY ALTERNATIVAS?

La situación política mundial no exige teorías complejas. La verdad es sencilla. “Los hombres ricos de las sociedades ricas –escribe Noam Chomsky- son  quienes gobiernan el mundo y compiten entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y poder, eliminando sin clemencia a quienes se interponen en su camino, ayudados por los ricos de las naciones pobres que obedecen a sus órdenes. Los demás… sirven y sufren”. La violencia revolucionaria no es una alternativa. Una revolución es una guerra de clases, con un gravísimo coste en vidas humanas y un incierto desenlace. En Europa y Estados Unidos, nadie se plantea seriamente algo semejante. Sólo es una fantasía infantil que produce un efímero desahogo. La historia nos ha enseñado que las revoluciones no desembocan en un mundo menos injusto, sino en tiranías que utilizan el terror para conservar el poder. El terror jacobino, las purgas de Stalin o el genocidio cometido por los jemeres rojos de Pol-Pot son el día siguiente de una revolución triunfante. Como apuntó Martin Luther King: “Lo que se obtiene con violencia,  solamente se puede mantener con violencia”. Si la revolución fracasa, como suele ser lo habitual, el poder político y económico recurre al estado de excepción, que suspende las libertades democráticas y vulnera los derechos humanos. La España de Franco, la Argentina de Videla o el Chile de Pinochet son la cara más espeluznante de un sistema controlado por insaciables oligarquías económicas.

Pienso que Carlos Taibo plantea una alternativa más inteligente al reivindicar “la apertura de espacios autónomos, autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados”. Según Taibo, no hay que esperar nada de “partidos, instituciones y gobernantes”. La solución está en manos de los ciudadanos o, más exactamente, de las clases populares, que son los grandes perdedores de la globalización: “Estoy pensando en lo que suponen los grupos de consumo, muchas de las ecoaldeas, las cooperativas integrales, las iniciativas de tantos centros sociales o, en suma, el incipiente movimiento de trabajadores que, de manera autogestionaria-cooperativa, se han hecho con el control de empresas que estaban al borde de la quiebra. Una de las tareas pendientes –bien lo saben tantos activistas- es la que pasa por federar esas iniciativas y por acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado”. La confrontación con el capital y el Estado no puede ser violenta, sino asamblearia, ciudadana, pacífica, social, creativa, innovadora. Taibo reivindica el espíritu del 15-M en el actual escenario de desmovilización social y laboral: “Me cuento entre quienes siguen pensando que el movimiento del 15 de mayo como tal arrastra una más que saludable imagen y un currículo más que respetable, no veo por qué habríamos de buscarle otro nombre”. Taibo entiende que el movimiento asambleario debe asumir la obligación de “pagar tres onerosas deudas: las que tenemos con las mujeres –víctimas de una secular marginación en todos los órdenes-, con muchos de los habitantes de los países del Sur –sometidos de siempre a la explotación y la exclusión- y con unas generaciones venideras a las que llevamos camino de entregar un planeta inhabitable. Al respecto, y a mi modestísimo entender, se imponen tareas urgentes como las que nos hablan de decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar, desmilitarizar y descomplejizar nuestras sociedades” (“Muchas primaveras para el 15-M”, 09-05-2016).

No me gusta la expresión “hombre nuevo”, pues muchas veces se ha invocado para justificar un orden social opresivo, pero no quiero terminar el artículo sin señalar que ninguna transformación será posible, si previamente no se produce un cambio de mentalidad. Es urgente promover una posición crítica frente a una sociedad de consumo que mercantiliza las relaciones sociales y despersonaliza a los individuos. Decrecer no significa empobrecerse, sino compartir, renunciar a la acumulación y a lo superfluo, asumir que el otro nos concierne, que la pobreza es el signo inequívoco del fracaso de nuestra civilización, que la libertad consiste en reducir nuestras necesidades, que el planeta no es inagotable, que nuestra dignidad crece con la solidaridad y se oscurece con el egoísmo, que el dolor ajeno nunca debería producirnos indiferencia. ¿Qué puede quedar, si algún día logramos vivir conforme a esa perspectiva? Jon Sobrino, teólogo de la liberación y superviviente de la matanza de la UCA, responde con sencillez evangélica: “Queda lo humano, lo bello, lo justo y lo fraterno. Queda el amarnos unos a otros. Queda la mesa compartida”.

RAFAEL NARBONA

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