En la primavera de 1936

Fuente: franciscocronistacriptana.blogspot.com

sábado, 9 de abril de 2016

Los cinco meses de 1936 que transcurren en España entre el triunfo de la coalición del Frente Popular (febrero) y la sublevación militar (julio) han sido presentados por cierta historiografía como una mezcla de desorden y violencia que habrían conducido inexorablemente a la guerra civil y habrían justificado dicha sublevación.

Frente a esa tendencia hay autores que califican de “leyenda negra” esa visión de lo ocurrido por entonces en nuestro país (ver Ledesma, J.L., “La primavera trágica” de 1936 y la pendiente hacia la guerra civil” en Los mitos del 18 de julio, Ed. Crítica, 2013). En esta línea señala Josep Fontana que “lo que hubo, desde el primer momento, fue el choque entre un gobierno legítimamente elegido que se esforzaba en llevar adelante una política, harto moderada, de transformación de la sociedad española y unas fuerzas decididas a liquidar violentamente ese intento, y a acabar de paso con la democracia”, postura esta última en la que confluían actitudes políticas “que pretendían legitimarse con los imaginarios temores de una amenaza revolucionaria comunista que no existió jamás” (En el combate por la historia. La República, la guerra civil, el franquismo, Ed. Pasado y Presente, 2012)

En el marco de una vida política compleja y de una sociedad problemática que tenía ancladas en el pasado las raíces de una innegable conflictividad, Campo de Criptana marcaba el paso de su particular historia en una andadura propia de una ciudad en pequeño que tras contemplar décadas de desarrollo sufría los efectos de la crisis económica general de los años treinta, de la que el paro obrero en aumento y la pobreza de un amplio sector de su población eran dos de sus secuelas más visibles.

Al calor del desarrollo económico ya presente en las últimas décadas del siglo XIX, la población criptanense había ido creciendo numéricamente, hasta el punto de alcanzar 14.902 habitantes a 31 de diciembre de 1935; un año después ya eran 15.014 [compare el lector con la actualidad: a 7 de abril de 2016 el Padrón de nuestro pueblo arroja la cifra de 13.892 habitantes, de los que españoles somos 12.560].

La actividad vitivinícola había sido y era uno de los motores del desarrollo de Campo de Criptana. He aquí, de un total de 201, los productores de vino más destacados en la campaña de 1935 (producción expresada en litros):

Juan Baíllo Manso .  .  .  .  .  .  .     766.000

José Mª Minguijón .  .  .  .  .  .  .     546.000

Sindicato Vinícola  .  .  .  .  .  .  .    528.000

José Simó Besó  .  .  .  .  .  .  .  .    480.000

Jesús Leal       .  .  .  .  .  .  .  .  .    363.300

Julián Sepúlveda    .  .  .  .  .  .  .    348.500

José Acha  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   345.600

Viuda de Emile Benecet (Arenales) 312.608

Bodegas Bilbaínas (Estación).  .  .  296.160

Francisco Treviño    .  .  .  .  .  .  .   285.000

Hijo de Faustino López   .  .  .  .  .   244.500

Mariano Ruiz Gómez   .  .  .  .  .  .   200.000

Viuda de Francisco Rubio   .  .  .  .   187.000

Casimiro Penalva     .  .  .  .  .  .  .   160.000

Gregorio Perucho     .  .  .  .  .  .  .   150.000

José Ocaña    .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   145.000
Los rematantes aseguraban que si eso seguía así, llegaría el día en que nadie se quedaría con esos arbitrios y decían que el ayuntamiento podría impedir la venta en los cuartos (establecimientos) hasta pasada la hora del mercado; así el público se beneficiaría porque compraría más barato, como ocurría los domingos. Más adelante, la guerra no hizo sino aumentar los problemas al respecto; Manuel Vaquero, en agosto llegaba a asegurar  que la recaudación de julio por los arbitrios citados y la que iba de agosto había sido casi nula, pues no acudían forasteros al mercado ni se hacían ventas: “todo esta paralizado debido á las actuales circunstancias”.Por lo demás, la crisis económica tenía muchas caras, una de ellas el comercio. Uno de los ingresos del ayuntamiento era el cobro de tasas a los que se ganaban la vida vendiendo en el mercado público, que tenía por escenario la Plaza. Se trataba de un ingreso indirecto para las arcas municipales pues los llamados arbitrios de puestos públicos, pesas y medidas eran subastados entre particulares. Los rematantes de esos arbitrios para 1936 – Manuel Vaquero Angulo y José Vicente Manjavacas Manjavacas – venían notando que, salvo los domingos, acudían pocos vendedores a la plaza del mercado pese a los bajos precios de las tarifas. Según ellos, los industriales o comerciantes de mayor importancia se habían unido para no salir a la Plaza – de la Constitución se llamaba entonces -, salvo cuando venía alguna camioneta forastera, ocasión en que salían, ponían precios bajos y el forastero tenía que irse; otras veces compraban al forastero la mercancía para luego aprovecharse en sus cuartos (establecimientos) vendiendo a más precio, y diciendo a los rematantes que las traían a porte para que no se les cobrasen derechos.

Las tensiones políticas no dejan de estar presentes en la documentación de la época. El 1 de marzo de 1936 el alcalde, Juan Manuel Sánchez Calcerrada, comunicaba al farmacéutico Joaquín González Gómez que, habiendo ordenado la superioridad la clausura de todos los locales de Falange Española así como la exhibición de los emblemas de esta asociación, le requería para que en el plazo de 48 horas hiciera desaparecer de la fachada de su casa el rótulo y el emblema de Falange.Otra de las caras de la crisis, como va dicho, era el paro, que el ayuntamiento trataba de combatir dedicando recursos económicos a la realización de obras públicas – arreglo de calles, etc. -. Y surgían problemas, pues tantos eran los desempleados que no todos tenían la oportunidad de trabajar y había sospechas de favoritismo.  Un ejemplo del conflicto es el que sigue. En abril de 1936 el socialista Matías Olivares Rubio – llegó a ser alcalde un tiempo durante la guerra, en cuyo transcurso murió -, auxiliar del ayuntamiento encargado de la Oficina de Colocación Obrera, ante las críticas que se le hacían, decía que si alguien trabajaba sin tocarle el turno no era por él sino por la intervención de algunos concejales, los encargados de obras, el alcalde, etc., “ya que se pueden presentar notas escritas, con la insericción (sic)“Admítase a trabajar a fulano de tal” y a veces hasta sin notas, sino por una Orden verbal”. La protesta contra él provenía de Izquierda Republicana y de otros sectores políticos.

Por otra parte, el día 11 de marzo, el alcalde accidental, José Mª Bustamante, notificaba a  Ramón [Sánchez] Quintanar que sabía que en su guarnicionería, sita en la Plaza de la Constitución, “se celebran reuniones de carácter político”; esas reuniones estaban prohibidas por el Gobernador pues estaba vigente el estado de alarma y le rogaba que sólo permitiera la estancia en su establecimiento de quienes fueran  a comprar o a hacer reparaciones.

Las consecuencias de los cambios políticos en el plano estatal se dejaban ver en los testimonios de las gentes de entonces, que a veces reclamaban la toma de medidas oportunas, como vemos a continuación.

El presidente y el secretario, Julián Vela e Ignacio Olmedo respectivamente, de la Juventud Socialista de la Casa del Pueblo exponían el 6 de marzo de 1936 sus recuerdos del trato de que fueron objeto en el periodo del gobierno de derechas (1933-1935). Decían que a algunos que en esta fecha eran concejales y tenientes de alcalde “se les apaleó en plena calle o carretera” por profesar “ideas sociales” y por sospechar que pudieran llevar algún arma. Todos decían saber por quiénes eran sugeridas esas actuaciones.

Añadían que se había encarcelado caprichosamente a personas que estuvieron trece días retenidos, y mientras “escarneciendo a sus familiares”. Seguían afirmando que cuatro ciudadanos fueron juzgados ante un Tribunal de Urgencia por cantar la Internacional en la calle, y “se nos vejaba, insultaba y perseguía en tpdos sitios”; lo hicieron, según ellos, gentes de derecha y gestores municipales.

No querían imitar esos actos pero sí que se abriera información y que se exigieran responsabilidades. Y si no lo hacían las autoridades, “nos veremos obligados a buscar los medios de justicia y libertad en nuestro propio ambiente”. Hablaban  de “las probocaciones (sic) que en medio de la más absoluta impunidad siguen haciendo nuestros enemigos políticos”. Achacaban a la alcaldía limitarse “cada vez que surge una queja o denuncia a llamar a los inculpados reprenderlos y ponerlos tranquilamente en libertad”. Pedían, en fin, a la alcaldía que tomase las medidas necesarias “no para hacer lo que ellos hicieron con nosotros, sino para obrar con toda justicia y sin bacilaciones (sic)”.

No obstante las dificultades de aquellos tiempos, no dejaban de celebrarse los festejos especialmente señalados en el calendario político y social, tales como el aniversario de la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril – en el que no faltaba el reparto de alimentos a los pobres – o la festividad del 1º de mayo, para la que en 1936 la Comisión de Fomento – integrada por Leovigildo Romeral, José Mª Bustamante, Juan Lucas y Manuel Martín Casero – propuso los siguientes actos: velada musical en la Plaza, cine al aire libre y espectáculo pirotécnico.

FRANCISCO ESCRIBANO SÁNCHEZ-ALARCOS

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