La Comuna de París

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Parecía imposible abolir la servidumbre del Antiguo Régimen, pero el 14 de julio de 1789 una multitud asaltó la Bastilla y acabó con uno de los símbolos de la tortura y la represión. Alarmado, Luis XVI preguntó: “Pero, ¿es una rebelión?” El duque de Rochefoucauld-Liancourt respondió: “No, señor, no es una rebelión; es una revolución”. La insurrección se extendió por toda Francia. Ardieron castillos, se ocuparon fincas, se tomó el Palacio de las Tullerías, se creó un ejército nacional para defender a la Revolución de los ataques de Austria y Prusia, se aprobó la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano (1793). El derecho divino de los reyes fue reemplazado por la soberanía popular, los súbditos se transformaron en ciudadanos, se reconoció la libertad de expresión, la igualdad jurídica y el derecho de rebelión. Se ha vilipendiado a los jacobinos, pero gracias a ellos y al espíritu combativo de los saint-culottes se estableció el sufragio universal y se logró contener a los absolutistas que pretendían restaurar la dominación borbónica. Su caída  representó el fin de la Revolución. El Directorio abolió el sufragio universal y el golpe de estado del 18 de Brumario (9 de noviembre de 1799) marcó el inicio de la dictadura bonapartista.

 

El 18 de marzo el gobierno envía a sus tropas para desarmar a la Guardia Nacional, pero una multitud acude a proteger los 400 cañones almacenados en los altos de Montmartre. Los soldados se niegan a disparar contra el pueblo y confraternizan con los milicianos. Cuando el general Claude Martin Lecomte les ordena abrir fuego contra una muchedumbre desarmada, lo obligan a desmontar de su caballo y, algo más tarde, lo fusilan con el general Clément Thomas, que había participado en la represión de la rebelión de 1848. Estos hechos marcan el inicio de la Comuna, que consigue el apoyo de muchas unidades militares y guarniciones, identificadas con su espíritu revolucionario. El gobierno huye de París y el Comité Central de la Guardia Nacional se convierte en la única autoridad efectiva, pero no tarda en convocar elecciones y el 28 de marzo se constituye la Comuna, con 92 representantes procedentes de la clase trabajadora y los grupos políticos de izquierda (republicanos, socialistas, anarquistas, proudhonianos, blanquistas, jacobinos). Se elige como Presidente al socialista Louis Auguste Blanqui, que no puede ocupar el cargo por hallarse en prisión desde el 17 de marzo.

 

La Comuna gobernará durante 60 días, promulgando decretos revolucionarios: abolición de los intereses de las deudas, devolución gratuita de las herramientas empeñadas en casas estatales, autogestión de las empresas abandonadas por sus dueños, protección de los hijos de la clase trabajadora, condonación de los alquileres impagados, constitución de un poder asambleario, separación entre Iglesia y Estado, educación obligatoria, laica y universal, prohibición del trabajo nocturno. Se sustituyó la bandera tricolor por una bandera roja. Pese a todas las dificultades, la Comuna logró mantener el abastecimiento y los servicios básicos. Algunos consejos locales proporcionaron  ropa y comida a los niños de las familias más humildes. Aún se discute si la Comuna es un ejemplo de autogestión o de socialismo revolucionario.

 

El 21 de mayo la Comuna fue asaltada por las tropas del gobierno. Se luchó barrio por barrio, calle por calle, pero la heroica resistencia de los comuneros no pudo hacer nada frente a unas tropas bien pertrechadas y con una potente artillería. El 28 de mayo cayó el último foco de resistencia y al día siguiente comenzaron las represalias. Miles de comuneros fueron fusilados en una tapia del Cementerio de Père-Lachaise, que hoy se conoce como “Muro de los comuneros” y que gobiernos posteriores han honrado con una placa conmemorativa. Las ejecuciones sumarias no perdonaron ni a las mujeres ni a los niños. Los campos baldíos de Versalles se convirtieron en los primeros campos de concentración de la historia contemporánea, donde se internó a los acusados de participar en la revuelta. Cerca de 40.000 detenidos fueron trasladados a colonias de ultramar, donde realizaron trabajos forzados y muchos perdieron la vida por culpa de los malos tratos y las enfermedades. No hay un consenso histórico sobre el número de víctimas, pero se estima que al menos fueron ejecutadas 30.000 personas. La ley marcial se mantuvo en París durante cinco años. Adolphe Thiers exclamó satisfecho: “El socialismo no volverá a molestarnos en mucho tiempo”.

 

La Comuna fracasó por miedo a adoptar “medidas jacobinas” que despertaran las antipatías de la burguesía. Es absurdo que pidieran prestado dinero al Banco Central de Francia en vez de confiscarlo. El Banco concedió el préstamo, pero entregó clandestinamente fondos mucho más cuantiosos al gobierno de Versalles, que los utilizó para financiar la constitución de un ejército, con los recursos necesarios para exterminar a los comuneros. Fue un grave error estratégico permitir la huida del gobierno. Si se hubiera detenido a Adolphe Thiers y a sus generales, no habrían disfrutado de la oportunidad de planificar la contrarrevolución desde Versalles, negociando con los alemanes la liberación de 170.000 soldados franceses para participar en el asalto de la capital. La Comuna es el ejemplo de una sublevación popular que hizo posible la utopía durante 60 días. En ese tiempo, el revolucionario y poeta Eugène Pottier compuso sus Cantos revolucionarios, donde se encontraba un poema con la letra de “La Internacional”, que más tarde se convertiría en el himno de todos los proletarios. En 1888, Pierre Degeyter se encargaría de acompañar el texto con música.

 

La Comuna de París representó un estallido de esperanza, uno de esos momentos que revelan la posibilidad de revertir el curso de la historia. En un mundo dominado por la violencia y la desigualdad, no es posible ignorar una gesta que alumbró dos versos inolvidables: “Atruena la razón en marcha: / es el fin de la opresión”. No se ha acabado la opresión, pero el mundo es un lugar menos áspero después de los 60 días de la Comuna de París, que sembraron la ilusión de un porvenir gobernado por el pueblo y para el pueblo. Si tuviera que escoger una iniciativa de los comuneros para simbolizar su espíritu, elegiría sin dudar el derribo de la Columna Vendôme, que celebraba la victoria de Napoleón I en la batalla de Austerlitz. Los comuneros consideraron que constituía una exaltación del militarismo y la barbarie, una flagrante violación del derecho internacional. Los verdugos de la Comuna repararon el monumento, pero la memoria colectiva aún conserva un gesto que manifestó la voluntad de los pueblos de vivir en paz, sin aventuras imperialistas ni césares ebrios de poder.

RAFAEL NARBONA

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