Buenas intenciones, tibio resultado

Fuente: http://www.elpais.com

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona.

CARLOS BOYERO5 MAY 2016 – 23:16 CEST

Fotograma de ‘El Olivo’.

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona. Al igual que nos ocurrió con la niña Ana Torrent en El espíritu de la colmena, casi todos los espectadores nos quedamos colgados con la adolescente Icíar Bollaín en El Sur, interpretando a esa cría que amorosamente era cómplice de su atormentado padre, pero que no puede evitar que este sea trágicamente derrotado por sus fantasmas, sus recuerdos, la sensación de lo que pudo haber sido y no fue.

Y estaba claro que además de interpretar los personajes creados por otros, esta persona inquieta acabaría contando en imágenes, detrás de la cámara, las historias que le interesaran. ¿Y qué le preocupa a Icíar Bollaín? Pues el mundo que le rodea y particularmente las injusticias, los abusos, los entuertos, utilizando la realidad nacional o lo que ocurre en países lejanos. Digamos que su máxima preocupación son los seres humanos en situación de acorralamiento, explotados, sufrientes. Bueno, es una opción humanista e inconformista. Lo que sería deseable es que los resultados fueran artísticos, estéticos, veraces, apasionantes.

EL OLIVO

Dirección: Icíar Bollaín.

Intérpretes: Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Manuel Cucala.

Género: drama. España, 2016.

Duración: 98 minutos.

La actitud del cine de Ken Loach imagino que siempre ha sido un modelo para Icíar Bollaín. Por mi parte, es un director que a veces me interesa mucho, sobre todo cuando centra sus lacerantes y subversivas historias en universos que conoce y los hace verosímiles, y en otras ocasiones me resulta tan previsible como aburrido. No solo de buenas intenciones vive el cine.

Y con el cine de Bollaín me ocurre algo parecido, cine que cada vez se emparenta más con el de Loach, al estar firmados los guiones de las tres últimas películas de ficción de esta directora por Paul Laverty, colaborador habitual de Loach en el proceso de escritura desde hace veinte años.

Siempre acudo con expectativas e ilusión a las películas de esta mujer. No compartí el generalizado entusiasmo ante su ópera prima, Hola, ¿estás sola? ( solo me perturbó aquella actriz tan extraña y sensual llamada Silke, de la cual, por cierto, hace demasiado tiempo de la que no sabemos nada, parece haber desaparecido del mapa del cine), pero me conmovió la historia de aquellas inmigrantes sudamericanas intentando sobrevivir en un pueblo de la España profunda que desarrollaba Flores de otro mundo. Había algo estremecedor en la tortuosa relación entre un maltratador al que se le va la mano, los celos, la psicopatía, el sadismo con su inocente y acojonada esposa, a la que después chantajea sentimentalmente con inútiles declaraciones de amor en Te doy mis ojos, y también estaba bien descrita la guerra del agua en Bolivia y en medio del rodaje de una película presuntamente concienciada También la lluvia. De la fracasada Mataharis me gustaba el problema de conciliar la profesión de detective con la de ama de casa.

La inmigración, el maltrato, el feminismo, la explotación de los débiles en cualquier parte, la vocación de hacer cine social forma una temática que merece ser desarrollada, pero también corre el peligro de que amenace el panfleto, o de quedarse en la exposición bienintencionada de los males del mundo. Para mi gusto, los eludía. Con talento. Algo fundamental. No basta con la honestidad.

No había huellas de ese talento en Katmandú. Un espejo en el cielo. Hablaba de lo jodido que puede ser nacer niña en Nepal. De acuerdo. He pasado por allí y por otros lugares azotados por la miseria y con tradiciones tan machistas como feroces. Pero al describirlo, Bollaín no lograba transmitirme nada perdurable. Sí irritación en algún momento con pretensiones líricas.

Y lamentablemente vuelve a ocurrirme lo mismo con El olivo. Narra la lucha de una cría muy gritona, llena de incertidumbres pero con sentido moral como para lograr que el olivo milenario que ha vendido su agobiada familia para que decore el vestíbulo de una multinacional retorne a su sitio natural, a sus raíces. El simbolismo es tan evidente como cansino. Y vale. Todo lo que de verdad importa está en venta. Pero quedan rebeldes. Pues vale.

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