Historia, tradición, memoria

Fuente: http://www.elpais.com

Tribuna: El recuerdo de José Antonio Maravall

Carmen Iglesias, 19 de diciembre de 2006.

“Viviremos con mayor negligencia, hurtados a la querida autoridad de su mirada”, decía Plinio el joven en la oración fúnebre dedicada a su tío, el gran naturalista y sabio Plinio, víctima de la gran erupción del Vesubio del 79. Es un sentimiento que algunos hemos sentido intensamente ante la desaparición de contados maestros muy queridos. José Antonio Maravall Casesnoves ha sido uno de ellos. Hoy se cumplen 20 años de su fallecimiento y el mejor homenaje que se le puede hacer es recordar una vez más su rico legado historiográfico, del que se siguen publicando nuevas ediciones de sus obras tanto en España como en otros países europeos y americanos.

De ese riquísimo legado que escapa brillantemente, como es sabido, a los límites del especialismo y que abarcó amplios períodos de la historia de España, en cuya investigación supo aunar el detalle singular histórico, y siempre documentado rigurosamente, con un contexto europeo, podríamos preguntarnos qué temas actuales le interesarían más desde el punto de vista historiográfico en estos 20 años transcurridos en su ausencia. Pienso que, entre muchos otros -pues su curiosidad científica y humana era inagotable-, hay tres asuntos que inciden en lo que fue siempre para él preocupación constante en su quehacer historiográfico y que aparecen una y otra vez tanto en sus escritos sobre la España medieval como en la renacentista, en la barroca o en la ilustrada y, desde luego, en la contemporánea. Uno fue la insistente inserción de la historia de España dentro de la historia de Europa y homologable a la de cualquier otro país europeo; con sus caracteres particulares, pero fuera de todo excepcionalismo o diferencialismo narcisista. Junto con Caro Baroja, fueron dos principales y autorizadas voces combativas contra todo esencialismo hispano y contra el mito de los caracteres nacionales. Una segunda obsesión historiográfica fue siempre la articulación entre el sentimiento de unidad y la diferenciación de los distintos territorios de España en la formación y consolidación del Estado nacional. Como tercera preocupación, la necesidad de conocer y estudiar la historia de cada época, con los instrumentos historiográficos más depurados y distanciados posibles, frente a los estereotipos de la tradición y frente a los tópicos maniqueos que dividen la historia en “buenos y malos” y, erigidos en “jueces historiográficos”, condenan y absuelven a su gusto, utilizando la historia como arma política, como “un ladrillo que arrojar a la cabeza del contrario”.

En la España actual, los avatares de la Unión Europea, las crecientes competencias autonómicas que en ciertos casos plantean serios problemas de funcionamiento y lindan con el nacionalismo separatista y, por último, la discusión sobre la llamada ley de “memoria histórica” con su guerra de esquelas y el resurgimiento de reivindicaciones fratricidas, creo que hubieran ocupado -y preocupado- toda la atención de nuestro gran historiador.

El europeísmo de Maravall se basaba en una doble vertiente, especialmente destacada en su momento por el padre Batllori, que aunaba el interés por específicos problemas europeos y su organización supranacional con la citada insistencia en considerar siempre la historia de España inserta en la historia y en la vida de Europa, su obsesión por salir de cualquier ensimismamiento historiográfico de la “España diferente” como tópico que seguía enlazado con el nacionalismo histórico del siglo XIX y también con una corriente regeneracionista que admiraba a Europa pero que creía en caracteres esencialistas hispanos. Sin Europa no es concebible una libertad efectiva: “La libertad”, escribía ya en 1965, “es un modo de vida del europeo de hoy, radicalmente diferenciado de cuanto antes ha sido, un modo nuevo como resultado difícil de la tensión política y económica supranacional de nuestros días. Y ni que decir tiene que el que no participe en ese plan se queda sin Europa y sin libertad”. El desafío actual de una Europa inserta en un mundo globalizado que tantea las posibilidades de funcionar con cierta unidad económica y política y que, sin embargo, sigue al tiempo desunida en cuestiones decisivas para el futuro, entraría de lleno en la compleja reflexión histórica de lo que ha sido la formación de la cultura y civilización europeas. Y desde luego -ahora y para nosotros, como historiadores y ciudadanos, y en la estela de una de las direcciones del pensamiento maravalliano-, debería estar alejado de todo casticismo nacionalista, deudor de una tradición romántica que, si fue un lastre a escala nacional, sigue siéndolo en los nacionalismos periféricos y en las diferenciaciones narcisistas e interesadas para la afirmación de grupos políticos que crean sus propias clientelas y divisiones partidarias. “La historia es precisamente lo contrario de la tradición”, repitió nuestro historiador en varias ocasiones, y creer que existe en determinados pueblos o grupos humanos una esencia inmóvil que permanece por encima y por debajo de los acontecimientos históricos y evoluciones complejas, no como sedimento de la historia y de la acción de los seres humanos concretos, sino como caracteres fijos, no es más que uno de esos estereotipos rentables que hay que desmontar dondequiera que se reproduzcan. Y se reproducen desde luego con facilidad: por la propia inercia y pereza natural, por la seguridad que da el calor del grupo o de la tribu que descarga de responsabilidad individual a sus miembros, por el beneficio que a corto plazo procura a sus promotores y seguidores.

“En España -explicaba Maravall- es absolutamente imprescindible afirmar el pluralismo y la entidad propia de los grupos que por razones de múltiple naturaleza lo han constituido, pero no menos es necesario afirmar lo contrario, porque no serían lo que han sido ni se hubieran desarrollado como se han desarrollado si no hubiera sido por la combinación de los dos aspectos”. Maravall investigó rigurosamente “tanto en fuentes del lado castellano-leonés como en fuentes del lado catalán-aragonés” para desmontar uno de los estereotipos, “común en 1950”, que partía de que España no había sido durante siglos más que “una mera referencia geográfica”. “Y eso carece de sentido (…). Hay textos inequívocos que hablan de los de fuera, en el sentido de los de más allá del grupo de dentro, de modo que la historia de España está establecida en tres planos: los de fuera, los del grupo de los de España y el grupo particular al que se pertenece. Y eliminar cualquiera de esas tres dimensiones es falsear la historia de España”. Expresiones tan fuertes -proseguía- como la de Ramón Muntaner afirmando que “todos estos reyes -medievales- son una carne y una sangre, si se juntaran podrían contra todo otro Poder del mundo” no se hacen sobre un simple risco geográfico. Y buena parte de su inmenso trabajo sobre la formación del Estado nacional a través de los siglos, del carácter “protonacional” que aparece tempranamente y sobre el complejo desarrollo de lo que fue la monarquía hispánica y las múltiples corrientes reformistas que recorren el barroco y la ilustración, inciden en mostrar y explicar lo que fue una historia común, no exenta de tensiones y enfrentamientos, pero que abarca conjuntamente los distintos territorios de la historia española.

La constante preocupación de Maravall por una historia plural y rigurosa, por la historia comparada, por las evoluciones metodológicas en historiografía que permitieran una aproximación veraz al pasado, estarían desde luego, a mi parecer, muy lejos de las tristes polémicas sobre una ley de memoria histórica o sobre la “guerra de esquelas”. La historia es cosa muy distinta de la memoria, igual que lo era de la tradición. Como escribió en una de sus últimas monografías -precisamente sobre la concepción de la historia en Altamira-, toda la moderna historiografía ha luchado para “desalojar al juez historiográfico, esos jueces suplentes del Valle de Josapaht”, como los llamara Lucien Febvre, quien afirmaba que el historiador como tal “no era ni siquiera un juez de instrucción”. El historiador como tal no está en contra de tal o cual cosa, de tal o cual período histórico; como ciudadano claro que elige y se compromete, pero como científico social expone. Maravall comentaba gustoso una expresiva conversación con el duque de Maura, por el año 1945, cuyo libro sobre Carlos II estimaba como lo mejor en historia política que se había hecho: “Yo había publicado mi libro sobre el pensamiento político en el XVII español y Maura me comentó: ‘La diferencia entre nosotros y ustedes está en que nosotros, cuando hacíamos un libro de Historia, lo entendíamos como un ladrillo para arrojar a la cabeza del contrario y ustedes hacen libros para dar a entender el tema y dejan a los lectores que se peleen si quieren”. Frases -comentaba Maravall- llenas de humor y generosidad, que hoy en día, añadiría yo, con la nefasta intervención de los políticos y de la política en el juicio de la historia y en la distribución de bondades y maldades de forma maniquea, están lejos de ser realidad. La historia como piedra para arrojar al contrario no es la de los verdaderos historiadores.

Carmen Iglesias es catedrática de Historia de las Ideas y académica de la Española y de la Historia.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de diciembre de 2006

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