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El paro puede erradicarse si hay voluntad política, pero al poder le interesa que exista

31 marzo, 2017

Fuente: http://www.mundoobrero.es

Por muchos robots que se creen cualquier comunidad puede lograr que no haya desempleo. Bastaría con hacer algo tan sencillo como repartir el trabajo que hoy día se está realizando y que nunca va a ser sustituido por las máquinas.

EDUARDO GARZÓN 22/02/2017

Cuantos más parados haya, mayor va a ser el miedo de los trabajadores a perder su empleo y por lo tanto mayores concesiones estarán dispuestos a hacer.

Que haya desempleo o no –y cuánto en el caso de haberlo– es una decisión política. Cualquier comunidad puede organizarse política y económicamente de forma que no quede ninguna persona sin participar en las actividades económicas que tengan lugar en su seno. Así ocurría, por ejemplo, en las comunidades primitivas, en las que todos sus integrantes contribuían con las actividades básicas de recolección de alimentos, caza, cuidados y defensa; también ocurría lo mismo en las sociedades esclavistas porque siempre existía la posibilidad de ser propiedad de alguien y trabajar para él o ella a cambio de cobijo y comida; o en las sociedades feudales, donde todo el mundo tenía una labor determinada en función de su posición social; o en las comunidades socialistas, donde el Estado tiene como objetivo garantizar un puesto de trabajo a todo el mundo. Hay mil formas de lograr que no haya desempleo, y evidentemente no todas son igual de aceptables que otras desde un punto de vista de justicia social, pero lo importante es entender que si se quiere, se puede evitar el desempleo, al contrario de lo que nos intentan vender en nuestras sociedades capitalistas cuando insisten en que, aunque el paro es una lacra, es prácticamente inevitable.

Hace ya muchísimo tiempo que los economistas clásicos, con Marx a la cabeza, denunciaron que en sistemas capitalistas el desempleo favorece a los empleadores por razones bastante evidentes: cuantos más parados haya, mayor va a ser el miedo de los trabajadores a perder su empleo y por lo tanto mayores concesiones estarán dispuestos a hacerle a los capitalistas con tal de no ser sustituidos por cualquier integrante del ejército de parados. Cuanto menos cobren los trabajadores, más podrán cobrar los capitalistas. Ésta es la razón fundamental por la cual en nuestras sociedades se permite que exista desempleo. La élite económica y política se llena la boca diciendo cómo va a combatir el desempleo, pero luego sus políticas van precisamente en sentido contrario, porque necesitan que éste exista para conservar su poder y privilegios.

Hace más de medio siglo los economistas del poder teorizaron que existía una contradicción entre empleo y estabilidad de precios. Venían a decir que si se conseguía el pleno empleo los precios se dispararían y que eso sería fatal para la economía, así que alegaban que era necesario un determinado nivel de paro para que la economía funcionase correctamente. Era claramente una justificación ad hoc y acientífica para permitir el desempleo y lograr así que los capitalistas siguiesen aprovechándose de salarios deprimidos. Esto es algo que todavía impera, desgraciadamente, en el ámbito académico, allí donde se forman los economistas que luego pasarán a gobernar ciudades y regiones, a dar clase en las universidades, a hablar en las tertulias, a escribir libros y manuales, etc.

Pero es que a esta falsa creencia de que el paro es inevitable se le ha unido una nueva moda que ha cobrado mucha fuerza en España, y lamentablemente también desde sensibilidades de izquierda. Consiste en pensar que la robotización es en cierta medida culpable de que haya desempleo, y como se presupone que este proceso es inexorable, la conclusión es que jamás podremos conseguir el pleno empleo. Pero este planteamiento es profundamente erróneo. En primer lugar, los beneficios que producen los robots son exclusivamente para sus propietarios, de lo que se trata en todo caso es de socializar esos frutos del avance tecnológico y acabar con el hecho de que sólo una minoría saque tajada de ellos. En segundo lugar, la robotización suele destruir muchos empleos (los que engloban actividades rutinarias), pero también crea otros muchos (alguien tiene que diseñar los robots, programarlos, fabricarlos, repararlos, obtener los materiales y el suministro energético para su producción, etc). En tercer lugar, hay empleos que jamás van a poder ser sustituidos por robots: aquellos que son más artísticos, creativos, políticos, humanos, etc; por lo que independientemente del desarrollo tecnológico de los robots siempre quedarán actividades que tendrán que ser cubiertas por trabajo humano. En cuarto lugar, no hay recursos naturales ni energía suficiente en nuestro planeta para producir tantos robots como trabajadores hay en la actualidad, ergo la sustitución nunca podría darse de forma completa. En quinto lugar, la evidencia empírica muestra que los países con más robots por trabajadores (Corea del Sur, Taiwán, Japón y Alemania) tienen tasas de paro muy reducidas, por lo que parece que es compatible tener poco desempleo y muchos robots.

Por muchos robots que se creen cualquier comunidad puede lograr que no haya desempleo. Bastaría con hacer algo tan sencillo como repartir todo ese trabajo que hoy día se está realizando (y que nunca va a ser sustituido por las máquinas). Basten unos datos para ejemplificar este asunto. En España cada ocupado trabaja de media 1.691 horas al año, mientras que un empleado holandés trabaja 1.419 horas y un alemán 1.371. Si repartiésemos el trabajo que hoy día se realiza y lográsemos que cada empleado español trabajase el mismo número de horas que un trabajador holandés crearíamos 3,5 millones de empleos y la tasa de paro bajaría al 3,4%. Si hiciésemos lo mismo al nivel de horas alemanas, entonces no tendríamos tantos parados para ocupar los nuevos puestos de trabajo que crearíamos. Así de sencillo y así de potente.

Pero es que además en la actualidad hay muchas necesidades sociales y ecológicas no cubiertas: cuidado a niños y niñas, a adultos dependientes, a enfermos, a ancianos y ancianas, a la fauna y la flora, al medio ambiente, servicios culturales, de ocio y recreativos, etc. Si decidiésemos ponernos manos a la obra y ampliar este tipo de actividades y servicios no sólo lograríamos mayor bienestar en nuestras comunidades sino que habríamos creado cientos de miles de puestos de trabajo. Pero claro, para ello no podemos confiar en el sector privado, que sólo creará los empleos cuando le sea rentable hacerlo (y ya vemos lo bien que le va); sino que tenemos que activar todas las palancas del sector público que sean necesarias para crear directamente empleos públicos y garantizar así a todo el mundo el derecho a trabajar. Gracias a esta política de Trabajo Garantizado el desempleo no sólo desaparecería, sino que necesitaríamos muchas más manos de las que hoy día están disponibles.

En definitiva, que no nos mareen con cuentos interesados: el desempleo se puede erradicar siempre que haya voluntad política. El problema es que la existencia del mismo interesa al capital porque conserva e incrementa su poder sobre el trabajo; y por eso trata por todos los medios y a través de todo tipo de mentiras hacer creer que el pleno empleo es una quimera irrealizable. Pero es radicalmente falso: si nos lo proponemos podemos acabar de raíz con el paro en cuestión de meses.

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Rehenes del paro contra víctimas de la guerra

30 marzo, 2017

Fuente: http://www.ccaa.elpais.com

El alcalde de Cádiz ahonda en su opinión sobre los contratos navales con Arabia Saudí.

JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ SANTOS26 FEB 2017 – 23:12 CET

El alcalde de Cádiz, José María González.El alcalde de Cádiz, José María González. PACO PUENTES

Lean con atención. Esta es la historia del penúltimo contra el último. Pero déjenme que me remonte algunos años atrás. Era un 12 de julio de 1977. El buque Esmeralda arribaba a Cádiz para reparar averías. Cuando la nave chilena realizaba la maniobra de atraque, los trabajadores de Astilleros lo abucheaban. Aquel barco había sido utilizado como cámara de torturas flotante del régimen de Pinochet. En aquel momento, los trabajadores se negaron a repararlo. Yo tenía solo dos años pero recuerdo aquella lección de dignidad. La recuerdo porque mi padre era soldador y me la contó orgulloso. Por aquel tiempo, en Cádiz, las horas no las marcaban las agujas del reloj, sino el sonido de la sirena en los cambios de turno en el dique.

Fue entonces cuando a la provincia de Cádiz llegó otro barco. No era una nave cualquiera y llegó sin avisar. Era un barco pirata con un capitán sin palabra que vestía chaqueta de pana. Era el barco del paro. Aquí es donde empieza nuestra historia. El Gobierno de Felipe González fue quizás el principal responsable del desmantelamiento de los astilleros gaditanos a través de unos planes de ajuste denominados eufemísticamente “de reconversión industrial”, que supusieron una reducción de puestos de trabajo del 88% en la industria naval gaditana. El Partido Popular ha continuado en la misma dinámica de desmantelamiento y dejación de funciones en términos de desarrollo de un auténtico Plan Industrial, diversificación de la producción, desarrollo de la industria civil, etc. Más aún, el PP ha cerrado deliberadamente puertas de salida para nuestra industria con la penalización imbécil de las renovables.

Nada sustituyó al empleo industrial. Cádiz es la provincia con más paro de toda Europa. Esa realidad estadística no es neutra. La consecuencia más trágica de eso es algo que me toca reconocer en este punto: no somos un pueblo libre. Somos rehenes. Y a quién es rehén no se le puede pedir más que que responda con lo que le permita permanecer vivo. Somos rehenes de un secuestro que se sustenta en un chantaje permanente: o el paro o la emigración, donde están la mitad de mis vecinos, o el paro o la precariedad, donde está la otra mitad, o el empleo o la salud, y a mis vecinos les duelen los huesos como si fueran viejos aunque tengan 30 años, y ahora para este caso, una terrible y mezquina trinchera moral: o el empleo o los Derechos Humanos. Me han preguntado muchas veces cómo ha cambiado mi perspectiva en este viaje insólito del activismo al gobierno de una ciudad. Para mí el cambio fundamental después de un año y medio es que antes denunciaba los problemas en general, y esa denuncia era certera, y ahora esos problemas tienen nombre, apellidos, hijas y padres. Esos problemas tienen piel quemada y huesos doloridos con los que tengo la obligación de vestirme a diario. Si tengo ánimo para seguir adelante es porque sé que hay una estrategia de rescate para liberarnos de este secuestro pero me rebela la realidad cotidiana de que no tengo la capacidad suficiente para llevarla a cabo y que a quienes sí la tienen o les falta voluntad o les sobra cobardía.

Defendemos el empleo y defendemos los Derechos Humanos, entre otras cosas porque el derecho a una vida digna también es un derecho humano. Nunca debieron ser incompatibles. Quienes los han hecho incompatibles son precisamente aquellos que están detrás de las verdaderas razones que explican la guerra y sus podridos intereses comerciales.

Decía el filósofo Daniel Bensaïd que el sistema capitalista funciona como un ventrílocuo. Mientras agujerea el casco del barco en la oscuridad, coloca el foco de la culpabilidad sobre quienes nadan para no ahogarse. Fabricar barcos militares y estar en contra de la guerra es una contradicción. Pues claro que lo es, maldita sea. Una contradicción impuesta por un sistema injusto, en el que las decisiones sobre qué se produce en una empresa pública y a quién se le vende no están ni mucho menos al alcance de este alcalde ni de ningún ciudadano de a pie. Pero una contradicción al fin y al cabo. La asumo con toda la honestidad moral de la que soy capaz de armarme. Como alcalde de Cádiz, pero también como militante revolucionario y antimilitarista. Asumo esta contradicción, pero para poder superarla. Para otros no es una contradicción. Al Partido Popular de la guerra de Irak, no le duele la conciencia, porque no la tiene. Tampoco al parecer a la gestora del PSOE, supongo que porque se la dejaría atascada en alguna puerta giratoria. A nosotros sí. A mí me duele el metal de la Bahía porque mi casa olía al hierro con el que mi padre se dejaba los pulmones para alimentarme, de la misma manera que me duelen los refugiados que generan sus sucias guerras. Ojalá pudiéramos elegir como eligieron aquellos trabajadores hace cuarenta años frente al buque Esmeralda. Convencido de que las cosas no las cambian minorías intelectuales, por más razón que tengan en sus planteamientos, sino la mayoría social de las clases populares, por más contradicciones con las que tengan que bregar; mi lugar está junto a los trabajadores, nunca frente a ellos, para que en un futuro lo menos lejano posible podamos dejar de depender de estos contratos, tan insultantes para nuestros principios humanos como ahora vitales para la supervivencia de nuestra gente. Quien no tenga esta contradicción o es un inconsciente o forma parte de una élite biempensante sin voluntad o potencialidad real de cambio.

José María González Santos es alcalde de Cádiz

El franquismo que se resistía a morir

29 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Julián Casanova, 24 de enero de 2017.

Han pasado cuarenta años de aquellos trágicos días entre el 23 y 28 de enero de 1977. España viajaba hacia un lugar desconocido, aunque muchos insistan ahora en que todo a partir de la muerte de Franco tenía un guión escrito.

La salida de la dictadura, como sabemos, resultó espinosa. Más de una generación de españoles había crecido y vivido sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Al Ejército de Franco, unido en torno a él y que no había sufrido una derrota militar, como ocurrió en otras dictaduras, le costó asimilar los cambios. Los gobernantes, primero con Arias Navarro y después con Suárez, conservaban casi intacto el aparato político y represivo del Estado. Las amenazas de golpe por arriba y de terrorismo por abajo llenaron de dificultades aquellos primeros años tras la muerte del dictador. El armazón del régimen franquista que controlaba el poder no contenía el embrión de la democracia y tampoco el nuevo jefe del Estado ofrecía las mejores garantías.

Prescindamos de las dos lecturas básicas que se hacen desde el presente –transición feliz desde una dictadura a una democracia plena; o democracia impura legitimada por el régimen de 1978– y saquemos a la luz algunas de las tensiones de aquella época.

En 1976 había todavía en España más de un millar de presos políticos, los miembros de la Brigada de Investigación Político-Social actuaban de forma impune, el Tribunal de Orden Público (TOP), la jurisdicción especial creada en diciembre de 1963, abrió en ese año casi cinco mil causas con penas de cárcel, sanciones administrativas y elevadas multas, y la censura se recrudeció a través de las suspensiones gubernativas, las incautaciones de periódicos y los expedientes de la Dirección General de Prensa.

En realidad, desde los últimos años de la dictadura, el orden público fue una preocupación constante de sus dirigentes frente al comunismo y la masonería. Eran, como se había repetido machaconamente desde la victoria en la Guerra Civil, los grandes enemigos de España, infiltrados en los años setenta, tras el desarrollo y la modernización, en la Iglesia y en las universidades, en las clases trabajadoras y en los medios de información.

La conflictividad laboral se disparó a partir diciembre de 1975 no sólo por el número de huelgas y de obreros implicados sino también por la extensión de las protestas hacia todos los sectores productivos a lo largo y ancho del territorio nacional. Una movilización social desconocida desde hacia cuarenta años, vertebrada fundamentalmente en torno a Comisiones Obreras, la organización de combate más influyente, con bases sólidas dentro del sindicalismo vertical del régimen y una amplia red de enlaces y jurados en las grandes empresas.

A las autoridades políticas, los gobernadores civiles y los mandos policiales les preocupaba especialmente que, junto a las demandas laborales y las protestas por la carestía de la vida, aparecieran otras reivindicaciones de carácter claramente político como la reclamación de libertad sindical, los derechos de reunión y asociación, las peticiones de readmisión de despedidos o de libertad para los encarcelados, las huelgas de solidaridad, los paros simbólicos como protesta por acontecimientos de carácter nacional, las huelgas de hambre y los encierros en iglesias y polideportivos y la difusión de los métodos asamblearios, un caldo de cultivo para el surgimiento de líderes sindicales y para el ensayo de la cultura política democrática.

Desde julio de 1976, desde el nombramiento de Adolfo Suárez como jefe de Gobierno, las elites políticas procedentes del franquismo estaban llevando adelante una reforma legal de las instituciones de la dictadura, empujadas desde abajo por las fuerzas de la oposición democrática y por una amplia movilización social de muy diverso signo. El día 18 de noviembre 435 de los 531 procuradores votaron a favor de la Ley para la Reforma, aprobada después en referéndum el 15 de diciembre. Pero las cosas se complicaron, y mucho, en el mes que siguió a esa consulta popular y especialmente en los días que transcurrieron entre el 23 y el 28 de enero de 1977.

Los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), el brazo armado de una escisión comunista, que ya habían secuestrado al presidente del Consejo de Estado, Antonio de Oriol,  el 11 de diciembre, secuestraron también, el 24 de enero, al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, el teniente general Emilio Villaescusa, y asesinaron a tres policías. En las calles de Madrid se vivió la muerte de un estudiante a manos de un grupo de ultras, el fallecimiento posterior de una joven golpeada por un bote de humo en una manifestación de protesta y la irrupción de unos pistoleros de ultraderecha en un despacho de abogados laboralistas ligados a CCOO con el resultado de cinco muertos y cuatro heridos graves.

Aunque esos secuestros y los asesinatos en el despacho laboralista, perseguían una reacción violenta de las fuerzas armadas, no hubo movimientos en los cuarteles pidiendo el estado de excepción. El Gobierno mantuvo la calma y el Partido Comunista de España, todavía ilegal, recibió innumerables muestras de solidaridad por el orden y la disciplina que sus dirigentes y militantes exhibieron en la impresionante manifestación de duelo por los cinco asesinados, celebrada dos días después, el 26 de enero, en la que cientos de miles de asistentes recorrieron en silencio las calles de Madrid con claveles rojos y puños cerrados en alto.

El proceso de reforma legal continuó adelante y desembocó en la celebración de elecciones generales en junio de ese año, algo que contribuyó a la legitimación de la élite política y del monarca procedentes de la dictadura. En esos meses fue disuelto el TOP, y se desmantelaron las instituciones básicas de la dictadura. Entre abril y junio los 20.000 funcionarios de la Organización Sindical y los 7.000 adscritos a los organismos del Movimiento fueron absorbidos por la Administración conservando todos sus derechos, sin que se mencionara, en ningún momento, la posibilidad de purgas o de depuraciones.

Suele señalarse como una peculiaridad de la política actual en España, comparada con la de otros países europeos, la inexistencia de un partido/movimiento de ultraderecha potente, influyente en la sociedad. La forma en que se produjo la transición en aquellos años explica muchas cosas. Todo ese proyecto de reforma política, de transición de la dictadura a la democracia, tuvo que premiar con prebendas y cargos públicos a un sector de la elite franquista. Muchos procuradores franquistas que votaron la reforma en las Cortes volvieron después a la política activa, ya legitimados democráticamente, elegidos por sus provincias de origen en junio de 1977, beneficiados por el apoyo gubernamental o como senadores de designación real. Habían pasado más de cuatro décadas desde las últimas elecciones generales, las de febrero de 1936.

El cuarenta aniversario de los asesinatos en el despacho del número 55 de la calle Atocha de Madrid es un buen momento para  recordar, al margen de lecturas políticas actuales, cómo y bajo qué circunstancias el largo pasado autoritario iba quedando atrás, borrando sus huellas  más incómodas, pese a que el bunker y la ultraderecha seguían resistiendo.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, autor, junto a Carlos Gil Andrés, de ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel)

Querida Audrey Hepburn

28 marzo, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Publicado el por Holmes

Audrey Hepburn (Bruselas, Bélgica; 4 de mayo de 1929-Tolochenaz, Suiza; 20 de enero de 1993

¿Es posible enamorarse de un muerto? En Jennie (William Dieterle, 1948), Eben Adams, un pintor que lucha infructuosamente con la inspiración, incapaz de hallar su estilo y plasmar una obra a la altura de su ambición, se enamora de Jennie, una misteriosa mujer (Jennifer Jones) que se le aparece en Central Park, primero como una niña y, más tarde, como una bellísima mujer. Ignora que murió hace años, pero cuando lo descubre, lejos de resignarse, se enfrenta con el tiempo, intentando arrebatarle a la mujer que ama. La dolorosa e insalvable separación constituirá el tributo exigido por el arte para dispensar su gracia. En Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), John «Scottie» Ferguson (James Stewart), un policía con acrofobia, experimenta una pasión incontrolable por Madeleine (Kim Novak), una melancólica y seductora mujer que aparentemente se suicida, arrojándose desde lo alto de un campanario. Su trágica muerte no apaga su amor, que se rebela contra la realidad, orquestando un simulacro de resurrección. De nuevo, triunfa la fatalidad. El policía superará su acrofobia −probablemente, una metáfora de una innombrable impotencia sexual−, pero a costa de sacrificar al ser amado. Ambos personajes reflejan un fenómeno relativamente común, pues, ¿quién no se ha enamorado de una actriz o un actor, sabiendo que su pasión insensata jamás se consumará?

De joven, yo amé temerariamente a Marilyn Monroe, exponiéndome a la ira de los tétricos sacerdotes que se ocupaban de mi educación. Su desmesurado e irracional sentido del pecado les impidió apreciar la belleza de la Monroe, posando desnuda sobre un paño rojo de aspecto cardenalicio. Yo cometí la imprudencia de pegar la famosa fotografía en el centro del collage que iluminaba mi triste clasificador de apuntes. Cuando un cura vasco y rabiosamente nacionalista descubrió la imagen, montó en cólera y me prohibió volver al colegio con la carpeta, pero la adolescencia suele mostrarse intolerante con la intolerancia. Por eso, al día siguiente aparecí con Marilyn bajo el brazo, sonriente y desafiante, lo cual me costó tres días de expulsión, que yo aproveché para releer una biografía de la actriz, donde narraba su infelicidad y su sentimiento crónico de vacío, fruto de una infancia con una madre ausente y un padre desconocido. A pesar de que escogí una fotografía de encendido erotismo, no percibía a Marilyn como un mito sexual, sino como una mujer triste, vulnerable e inadaptada. Elegí esa foto porque contrastaba con la infame educación sexual que nos impartía un sacerdote embarcado en una ardiente cruzada contra el onanismo. Para las paredes de mi cuarto, prefería otras imágenes de Marilyn, donde se apreciaba su melancolía y su carácter soñador. En esas fechas, no era capaz de apreciar el dulce encanto de Audrey Hepburn, otra mujer con tendencia a la tristeza y a la ensoñación.

Hija de un banquero inglés y una baronesa holandesa, con dos hijos de un matrimonio anterior, Audrey Kathleen Ruston nació en Ixelles, un municipio de Bruselas, en 1929. Pasó su niñez entre Bélgica, Reino Unido y Holanda, acudiendo a los mejores colegios. Cuando sus padres se divorciaron, Audrey y su madre se instalaron en Arnhem, pensando que los nazis no invadirían los Países Bajos. Sus expectativas no se cumplieron y Audrey sufrió los estragos de la guerra. Un tío y un primo de su madre fueron fusilados por combatir con la Resistencia. Uno de sus hermanastros acabó en un campo de concentración y, después del desembarco de Normandía, los alemanes confiscaron en la región alimentos y gasolina, sometiendo a la población civil a unas durísimas condiciones de vida. El bombardeo aliado sobre Arnhem durante la desastrosa operación Market Garden dejó la ciudad en ruinas. Muchas personas murieron de hambre y frío. Audrey sufrió anemia y problemas respiratorios. La desnutrición dejó una huella perdurable en su constitución, que más tarde se agravó con una anorexia nerviosa. Años después, evocó una de sus experiencias más sobrecogedoras: «Recuerdo estar en la estación de tren contemplando cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular a un niño con sus padres, muy pálido, muy rubio, enfundado en un abrigo que le quedaba muy grande, desapareciendo en un vagón. Yo era una niña observando a un niño». Es comprensible que Audrey se negara a interpretar el papel de Anna Frank, pues la peripecia de la niña judía deportada a Auschwitz le resultaba demasiado cercana e intolerablemente dolorosa. Anna tenía exactamente su edad. Las dos habían cumplido diez años al empezar la guerra y quince cuando finalizó. En 1947, Audrey leyó el Diario de Anna y le afectó terriblemente, pues le hizo revivir el brutal comportamiento de los invasores, que fusilaban en público a rehenes y opositores, dejando sus cadáveres expuestos en la calle. A pesar de todo, Audrey dedicó esos años a estudiar ballet clásico y piano, recaudando fondos de forma clandestina para la Resistencia. No ha podido comprobarse este dato, pero sí sabe que sus padres simpatizaban con los nazis. Durante el áspero invierno de 1944, Audrey combatía la ansiedad dibujando, pero nada podía aplacar una tristeza que ya no se separaría de ella. La guerra y la indiferencia de su padre, que nunca mostró demasiado interés por su hija, se conjuntaron para forjar un carácter depresivo: «Me convertí en una criatura melancólica, reservada y callada. Me gustaba mucho estar sola». Sus amigos solían describirla como una mujer hermosa, triste y romántica. El agente Henry Rogers, con el que mantuvo una larga amistad, declaró: «Raras veces la vi feliz». Audrey celebró la liberación de Arnhem devorando una lata de leche condensada, sin sospechar que el exceso de azúcar le costaría un cuadro de hiperglucemia.

Durante la posguerra, Audrey se trasladó a Ámsterdam y, algo más tarde, a Londres. Comenzó con pequeños papeles, donde destacó por su elegancia y espontaneidad. En 1953, William Wyler le hizo una prueba para el papel de princesa en Vacaciones en Roma y quedó deslumbrado: «Es absolutamente encantadora. Tiene talento, ingenio, belleza, inocencia. Es perfecta». Audrey sedujo al público en Vacaciones en Roma, mostrando que no era una actriz más, sino un mito destinado a simbolizar el poder de seducción del cine clásico. Es imposible –creo− no enamorarse de Audrey, disfrutando de su interpretación. Su escrupuloso sentido de la etiqueta se convierte en vulnerabilidad cuando aparece en camisón, lamentando no poder bailar en una barcaza que flota a orillas del Tíber. Ya habíamos intuido que su papel como heredera del trono de un pequeño e incierto país centroeuropeo –el guion omite el nombre−, le sobrepasaba, pues en una interminable recepción se liberaba de un zapato para poder frotarse un pie y aliviar el cansancio, provocando una situación embarazosa que se resolvía en el último momento. Sometida a la supervisión permanente de una repelente condesa y un anciano general, una crisis nerviosa le brinda la oportunidad de escapar de palacio y deambular por Roma. El azar quiere que el periodista norteamericano Joe Bradley (Gregory Peck) ejerza de guía durante su breve escapada, que acabará transformándose en un emotivo y divertido tránsito de la adolescencia a la madurez. Audrey seduce y conmueve cuando se monta por primera vez en un taxi, sustituye el camisón por un pijama, contempla Roma desde la terraza de una buhardilla de la pintoresca Via Margutta, pasea por un mercado, se corta el pelo cerca de la Fontana de Trevi y se come un helado en las escaleras de la Plaza de España. La escena en que Joe finge que la Boca de la Verdad –la célebre máscara de mármol pavonazzetto situada en la pared del pronaos de Santa Maria in Cosmedin−  ha engullido su mano y Ana grita horrorizada, se rodó con una sola toma. La ocurrencia fue de Gregory Peck y William Wyler consideró que no advertir a Audrey constituía una buena oportunidad de filmar una reacción auténtica. Audrey chilló espontáneamente hasta que descubrió el ardid y se echó a reír, con una deliciosa naturalidad.

Sin duda el momento más divertido de la película se produce cuando la princesa Ana se pone al mando de una Vespa, con Joe a sus espaldas, y causa mil tropelías por el centro de Roma. Cuando los damnificados acuden a prestar declaración en comisaría, ninguno le guarda rencor. ¿Cómo enfadarse con una muchacha que desprende frescura, alegría e inocencia? Audrey resulta muy convincente en todas las escenas. En el Café Rocca de la Via della Rotonda (hoy convertido en tienda de moda), se fuma su primer cigarrillo. Parece que es cierto, que es su primer contacto con el tabaco, pero en realidad Audrey era una fumadora empedernida habituada a tres paquetes diarios. También cuando besa a Joe –ambos empapados tras un inesperado chapuzón en el Tíber− parece que se trata de su primer beso y que está enamorada como una jovencita sin experiencia sentimental. Audrey es encantadora hasta cuando rompe una guitarra en la cabeza de un agente secreto de su país, que intenta devolverla discretamente a palacio. Aunque Vacaciones en Roma es una película luminosa, vital y optimista, la princesa Ana es un personaje solitario que vive atrapado entre el protocolo y las obligaciones de Estado. Cuando se despide de Joe, sus ojos desprenden esa tristeza que siempre acompañaba a Audrey.

En Sabrina (Billy Wilder, 1954), Audrey Hepburn brillaba otra vez en un nuevo cuento de hadas, encarnando a la hija de un chófer, locamente enamorada de David (William Holden), el hijo tarambana de una rica e influyente familia. Con ropa diseñada por Hubert de Givenchy, Sabrina transitaba de la sencillez de una muchacha humilde a la sofisticación de una jovencita con un irresistible poder de seducción. La presencia de Humphrey Bogart mostraba que no era una boba fatalmente atraída por un apuesto galán, sino una mujer que sabía apreciar la inteligencia y la creatividad. En el papel de Linus, el hermano mayor de la elitista familia Larrabee, Bogart inspiraba la ternura de un perro abandonado, con los ojos inundados de pena y desamparo. Audrey es una soñadora que fantasea con atrapar la luna, pero tras su paso por París, donde se transforma interior y externamente, descubre que es al revés, que la luna intenta atraparla a ella, pero al final preferirá quedarse a ras de tierra, doblando el ala del sombrero de Linus para que no parezca un enterrador y abrazándolo tiernamente en la cubierta de un barco, sin preocuparle la diferencia de edad que se interpone entre ellos.

Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) nunca se ha encontrado entre mis películas favoritas. No sé quién escogió a George Peppard, un actor tedioso e inexpresivo que resulta inverosímil como escritor frustrado, y el guion no puede ser más desafortunado, pues no refleja ni de lejos la atmósfera del extraordinario relato de Truman Capote. Eso sí, Audrey volvió a deslumbrar con su vestido de Givenchy y sus gafas de sol Goldsmith. En Charada (Stanley Donen, 1963), un guión chispeante, la seducción perenne de Cary Grant, levemente diluida por la sombra de una horrible sospecha, una impecable colección de modelos de Givenchy y un director que rendía homenaje al genio de Hitchcock, imitando ese toque personal gracias al cual el suspense adquiere inflexiones particularmente excitantes, acompañaban a una Audrey frágil, pero con un gran instinto de supervivencia, que sufría engaños sucesivos, generalizando su desconfianza hacia todo. Angustiada por el temor de que la mentira contamine todos los aspectos de la existencia, Regina Lampert, su personaje, parecía un guiñol manipulado por un perverso titiritero.

No todo es glamour en la carrera cinematográfica de Audrey Hepburn. En La calumnia (William Wyler, 1961), Audrey se atreve con el tabú de la homosexualidad, con un guión de John Michael Hayes (La ventana indiscreta, Atrapa a un ladrón, El hombre que sabía demasiado). La película pasó inadvertida en una época lastrada por el puritanismo. En Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), Audrey recreó los sinsabores de un matrimonio plagado de encuentros y desencuentros. La película rebosa pesimismo y tristeza, sin hacer concesiones al sentimentalismo. En Robin y Marian (Richard Lester, 1976), Audrey ama hasta la desesperación. Un viejo Robin Hood (Sean Connery) agoniza a su lado, intentando comprender su trágica decisión de ingerir veneno y suministrarle una dosis sin su conocimiento. «¿Por qué?», pregunta, con el rostro fatigado. «Porque te amo –contesta Marian, apoyando la cabeza en la pared−. Te amo más que a todo. Más que a los niños. Más que a los campos que planté con mis manos. Más que a la plegaria de la mañana o a la paz. Más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor o a la alegría o a la vida entera. Te amo más que a Dios».

Audrey se despidió del cine interpretando a un ángel en Always (Steven Spielberg, 1989). Su vida se extinguió en 1993 por culpa del cáncer. No era joven, pero su muerte fue indudablemente injusta y prematura. Aunque en los últimos veinte años sólo había realizado cuatro películas, su desaparición produjo una honda sensación de vacío. Por esas fechas, yo aún suspiraba por Marilyn Monroe, pero ahora me siento más cerca de Audrey Hepburn, quizá porque el sufrimiento de Norma Jeane me resulta aterrador. Audrey nunca cortejó al suicidio. Su dolor fluyó suavemente, sin desencadenar cataclismos. Enamorarse de una persona ausente −¿puede decirse que Audrey ha muerto realmente?− proporciona una libertad ilimitada. Sé que no he citado películas memorables −como Guerra y paz (King Vidor, 1956), Una cara con ángel (Stanley Donen, 1957), Historia de una monja (Fred Zinnemann, 1959), Los que no perdonan (John Huston, 1960), My Fair Lady (George Cukor, 1964), Cómo robar un millón y… (William Wyler, 1966) o Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967)−, pero los afectos no pretenden ser exhaustivos, ni objetivos. Jennie y Madeleine se desvanecen sin remedio, pero Audrey goza de una ubicuidad a veces agotadora. Quizás eso fue lo que me hizo no prestarle demasiada atención en el pasado. Es cierto que Marilyn disfruta del mismo privilegio, pero su trágica muerte preserva su autenticidad. Para los más jóvenes, Audrey tal vez sólo es un rostro en un bolso, pero los que crecimos con el cine clásico estadounidense –odiosamente maltratado por la censura franquista, que hizo eliminar hasta una escena de Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965)− sabemos que es mucho más que eso. Audrey es la princesa que soñó con una vida diferente, la hija de un chófer que no se resignó a ser una criada, la joven maestra que despierta una pasión prohibida en su mejor amiga, la mujer que aún nos hace fantasear con unos años dorados, donde la delicadeza y la belleza incendiaban la pantalla, creando una realidad alternativa y con la perfección de una esfera. La eternidad –me temo− no es el paraíso que profetizan distintas religiones, sino Audrey Hepburn saludando al Sena con los brazos extendidos.

El CIS y la defensa (I): valores a defender

27 marzo, 2017

Fuente: http://www.utopiacontagiosa.org

Imagen: Gabriela Sakamoto

Fuente:  CIS.

Como se puede ver en la ficha que presenta la encuesta, la fecha de presentación es el 12 de septiembre de 2015. Sin embargo, su presentación se hace, por parte de Defensa, en diciembre de 2016.

Quince meses de opacidad.  El tiempo suficiente para que se pueda alegar que los datos ya han quedado desfasados y que el valor de la encuesta ya es mínimo.

Parece que Defensa tiene miedo a la opinión de los encuestados, a pesar de que las preguntas están dirigidas y de que sólo se puede hablar de la defensa desde ciertos enfoques y otros, alternativos, claro, quedan excluidos.

La encuesta se llama “La defensa nacional y las fuerzas armadas (XI)“.  Consta de 30 páginas.

Pregunta 1

Para empezar, querría saber qué valoración le merecen una serie de profesiones u oficios. Utilizando una escala de 0 a 10, dígame, por favor, cómo valora Ud. cada una de ellas, sabiendo que el 0 significa que la valora ‘muy mal’ y el 10 que la valora ‘muy bien’.

Si nos atenemos a la media, las profesiones de profesor, maestro, abogado, comerciante, empresario, médico, policía, periodista y bombero son mejor consideradas que las de militar de carrera y que la de soldado profesional.  Dicho en otras palabras, todas las profesiones sobre las que se ha consultado son mejor consideradas que las profesiones militares.

En muchas ocasiones, se intenta identificar a las Fuerzas Armadas con la españolidad, y de ellas depende el lucimiento patrio fuera y dentro de nuestras fronteras.  Pues bien, hay que reconocer que la gente se siente orgullosa de ser española (aunque hay una importante minoría, casi 1 de cada 5, que siente poco o ningún orgullo de ser español)

Pregunta 3

Ahora me gustaría que me dijera, ¿hasta qué punto se siente Ud. orgulloso/a de ser español/a: muy orgulloso/a, bastante orgulloso/a, poco orgulloso/a o nada orgulloso/a?

Sin embargo, este orgullo de ser español no se transmite a los símbolos, como la bandera, con tanta fuerza:

Pregunta 4 ¿Cuál de las siguientes frases describe mejor lo que siente Ud. cuando ve la bandera española en un acto o ceremonia?

Se aprecia que el tirón de este símbolo patrio no es tanto:  más de uno de cada tres no siente nada o siente muy poca emoción ante el paño bicolor.  ¿Quizá sintiesen más emoción si hubiese un color más?

Pregunta 5 ¿Y cuando escucha el himno nacional…?

El himno nacional tampoco mueve tanto a los españoles, algo más de un tercio no siente nada o muy poca emoción.  Parece que el orgullo hispano no lo es por los símbolos visuales o sonoros.

Pregunta 6 En concreto, cuando ve un acto o ceremonia de carácter militar como, por ejemplo, un desfile, una jura de bandera o cualquier otro acto castrense, ¿diría Ud. que siente una emoción muy fuerte, que siente algo de emoción, que siente muy poca emoción o que no siente nada especial?

Pero, si ladinamente aprovechamos para preguntar al rebufo del orgullo hispano, de la bandera y del himno si sienten algo por las ceremonias de carácter militar, el desinfle es mayúsculo:  el 45 % no sienten nada o muy poco, y sólo el 22’3 % siente una emoción muy fuerte.  Parece que la sociedad española no cae en la trampa y no asimila a los militares con el orgullo patrio.

Pregunta 7 Dejando aparte a su familia, ¿hay algo por lo que Ud. considere que merece la pena sacrificarse, arriesgando incluso su vida?

Las siguiente pregunta sólo se hizo a ese 48’3 que arriesgaría su vida:

Pregunta 7a Quisiera que Ud. me dijera si se sacrificaría o arriesgaría su vida por…

Los españoles lo tienen bastante claro, un 44’8 % no quisieran sacrificarse, arriesgando incluso su vida por nada.  Este dato es difícil de interpretar.  Nos puede hablar de miedo, de egoísmo, de insolidaridad.  Nada en la encuesta del CIS intenta averiguar cuál es su trasfondo.

Del 48’3 % que sí que ven el sacrificio, arriesgando incluso su vida, algo más de la mitad no lo harían por lo que suelen decir que defienden las Fuerzas Armadas:  patria, nación, país.  Conceptos etéreos, nacionalistas y simbólicos que parece que sólo significan algo importante para una cuarta parte de los encuestados.

Cosas más concretas como salvar la vida a otra personas están contemplados como una posibilidad por el 90 % de la población que sí que se arriesgaría.  Predomina, por tanto, el aspecto humano y no ideas etéreas.

Desde hace muchos años y en la actualidad las ideas políticas y las ideas religiosas han sido las que han llevado a muchas naciones a las guerras.  Pero parece que sólo un 10’1 y un 16’7 % de las personas que arriesgarían sus vidas lo harían por las ideas políticas y por las ideas religiosas, respectivamente.  Otro apartado más que nos hace apreciar una clara separación entre las ideas de las élites gobernantes y las de la sociedad de a pie.

Un 55’4 % de la mitad de la población se arriesgaría por la justicia, un 74’0 % por la libertad y un 76’2 % por la paz.

¿Cómo se interpreta esto?  Por un lado hay que destacar que estos son los valores más altos obtenidos por ideas generales.  Y lo son, muy por encima de la patria, la religión o las ideas políticas.

Destaca que gana la paz.  Parece que la idea general más cotizada por la sociedad española sería la de la paz.  No arriesgarían la vida por nada en mayor medida que lo harían por la paz.

Y, sin embargo, somos un país altamente intervencionista, séptimo vendedor de armas del mundo.

Las espinas y las golondrinas

26 marzo, 2017

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

En los momentos límites sólo hay dos partidos: el de la humanidad y el de inhumanidad

MANUEL RIVAS27 MAR 2016 – 00:00 CET

¿Cómo se trataría hoy la muerte de Cristo en las redes sociales? ¿Cuánto tiempo sería trending topic? Es posible que mucha gente, de vacaciones de Semana Santa, ni se enterase. Supongo que habría un montón de curiosos haciéndose selfies con el fondo del crucificado. Pidiéndole una última sonrisa: “¡No te lo tomes a la tremenda, Inri!”. Imagino al que dirigió el flagelo y la coronación con varas trenzadas de espinas explicando a cámara que no se trataba propiamente de una tortura, sino de mantener una tradición.

Recuerdo unas declaraciones de un exjefe de la Pide, la policía política de la dictadura portuguesa, en las que negaba que se torturase a los prisioneros: “Se trataba sencillamente de causarles cierta incomodidad”.

–¡Pero este eccehomo está chorreando sangre por la cabeza!

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de los refugiados de Europa.

–Nada, hombre. Un poco de incomodidad.

Y seguramente Poncio Pilatos, después de hacerse rogar, comparecería al fin en pantalla de plasma para lavarse las manos ante la audiencia: “Aquí que cada vela aguante su palo y a ver qué futuro le dejamos a nuestros antepasados”.

No faltaría la avalancha de haters (odiadores) con su particular shitstorm (tormenta de mierda), humillando a la víctima y jaleando a los opresores: “Houdini ya se hubiera fugado”, “El Rey de Reyes era un perroflauta”, “Baja de la cruz, Mesías, que ya te han pasado los quince minutos de posteridad”, “¡El muchacho de Nazaret consiguió ser Dios en prime time!”.

Debe ser por el oficio de escritor, esa disposición al enigma, que siempre tuve dificultades para saber de qué lado estaba en la frontera de la ficción y la realidad. Por eso evitaba de niño las procesiones de Semana Santa. Tiraba o me soltaba de la mano de la madre y escapaba cuando aparecían las formaciones de encapuchados morados, el redoble intimidante de los tambores, los guardias armados escoltando al Cristo. Borges se horrorizó con razón ante un estúpido soneto antisemita de Góngora en el que este se burlaba de un auto de fe, en Granada, que se limitaba a un solo quemado vivo: “Cinco en estatua / sólo uno en persona…”. ¡Pobre cartel, pobre espectáculo!

Para mí, en la infancia y más tarde, aquel ritual de Semana Santa, aquella forma de exhibir el crucificado, representaba, sin más retóricas, el triunfo del miedo. En tiempos, asistí a los oficios, a los pasos del Calvario, y lo que me quedó de todo ese relato fue aquella interpelación tremenda del chico arameo: “Eloi, eloi, lamá sabactani” (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

Podría decir que soy ateo. Eso respondí muy seguro a unos amigos en Belfast, hasta que me hicieron tambalear con la respuesta: “Sí, pero ¿eres ateo católico o ateo protestante?”.

Sea lo que sea, Cristo situó la igualdad en el núcleo de la conciencia y la creación, y ya no hay quien la arranque de ahí ni con bomba de hidrógeno. Y su revolución transformó también para siempre el relato literario. En la antigüedad estaban muy diferenciados el estilo sublime (sermo sublimis) y el popular (sermo humilis). El relato de la pasión de Cristo revienta esa convención. Escribe Erich Auerbach en su genial Mímesis: “Que el Rey de Reyes hubiera sido escarnecido, escupido, azotado y clavado en la cruz como un criminal vulgar, esta narración aniquiló por completo, al penetrar a fondo en la conciencia de los hombres, la estética de la separación de estilos”.

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de refugiados por las fronteras de espinas envueltas en bruma de Europa. Desde que falleció ahogado Aylan Kurdi, han muerto más de quinientos niños en este éxodo. Se calcula que más de diez mil niñas y niños han desaparecido. Lo más probable, secuestrados y sometidos a tratos que harían saltar las entrañas de un smartphone de última generación. Son nuestros eccehomos y eccedonnas. Y lo mismo ha ocurrido, y está ocurriendo, con un gran número de mujeres. No sé si Dios es, pero si es, es pequeño y es mujer. Y desde luego lleva una corona de espinas. Flagelados y con espinas salieron cientos de miles de personas exiliadas de España en 1939. Y una gran parte fue salvada en una operación de acogida mucho más complicada que la actual: había que cruzar el Atlántico para llegar a Chile o a México. Este país, México, hizo infinitamente más en un año por los españoles que lo que España ha hecho por todos los refugiados durante años en el Mediterráneo.

En los momentos límites, decía Albert Camus, sólo hay dos partidos: el de la humanidad y el de inhumanidad. Europa se jodió históricamente cuando triunfó el partido de la inhumanidad. Y parece que quiere volver a asomar.

Dicen que se conservan setecientas espinas de la corona primitiva de Jesús y que en España hay unas cuarenta. La mayoría están en Notre Dame, junto con un clavo de la cruz. Dicen también que parte de esas espinas reverdecen. Eso sí que me lo creo. Y también creo en las golondrinas, esa incorporación popular al relato de Cristo. Fueron ellas las que lo aliviaron de las espinas.

Espero que este año la primavera de Europa se llene de nubes de golondrinas.

elpaissemanal@elpais.es

El mentiroso Soria pierde la demanda que presentó contra eldiario.es

25 marzo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

La sentencia da por probado que el exministro fue invitado a una suite de lujo en Punta Cana por un empresario hotelero. Soria es condenado a pagar las costas.

Ignacio Escolar, 19 de febrero de 2017.

A José Manuel Soria le regalaron varias noches en la suite presidencial de un hotel de cinco estrellas en Punta Cana, donde pasó parte de sus vacaciones en el verano de 2015. El entonces ministro de Industria, Energía y Turismo fue invitado por un empresario hotelero amigo suyo,  el mismo que mantiene otro hotel ilegal en Lanzarote. La suite presidencial costaba al menos 1.300 euros por noche. Según el resguardo de la tarjeta que presentó Soria como prueba de que había pagado, la noche en la suite le había salido por solo 70 euros. Hoy sabemos que fue incluso más barato. Soria no pagó nada por la suite de Punta Cana: tan solo abonó los gastos del spa.

 El viernes nos comunicaron  la sentencia del juicio al que nos llevó José Manuel Soria por publicar esta información. El juez no solo nos absuelve sino que condena a Soria a pagar las costas del juicio. Además, la sentencia confirma nuestra información, corrobora la “exhaustiva labor” con la que contrastamos “la veracidad de la noticia” y da como hecho probado que Soria fue invitado en ese hotel.

El juez no puede ser más claro. “Consta probado en autos que el señor Soria no pagó la estancia en el hotel, y ello resulta evidente pues el único justificante que aportó se refiere al abono de coste extra”, dice literalmente la sentencia. “La cantidad abonada es impensable que pueda pretender justificar el pago de la estancia en una suite de un hotel de lujo, por lo que hay una total evidencia de que el señor Soria efectivamente fue invitado por la propiedad del hotel”.

El juez también valida la relevancia pública de nuestra información. “Es evidente que a los ciudadanos no les puede resultar indiferente la noticia de que un miembro del Gobierno disfrute de unos días de vacaciones invitado por el propietario de un grupo hotelero”, dice la sentencia.Un fragmento de la sentencia.“Nunca he estado invitado, jamás. Lo niego, jamás. Jamás he sido invitado”, decía sobre sus vacaciones en Punta Cana el ministro, con la misma rotundidad con la que tantas otras veces le hemos visto mentir. Mintió hasta en el Congreso de los Diputados. En este vídeo pueden ver su intervención.

http://widget.adprotv.com/webservice/embed/9359/2067437/643/362/0/0/0

Cuando publicamos la primera información sobre las vacaciones de Soria en Punta Cana en agosto de 2015, su abogado me telefoneó para ofrecerme un acuerdo. Si publicábamos que nuestra noticia había sido errónea y nos retractábamos, el ministro lo dejaría correr. Si no lo hacíamos, nos llevaría a los tribunales.

Me negué a ceder a esa componenda. A pesar de lo que supone un juicio contra un ministro, no estaba dispuesto a desmentir una noticia que sabía veraz. Le respondí que, salvo que nos enseñara la factura que demostrase que había pagado, no nos retractaríamos. Así que José Manuel Soria puso una demanda contra eldiario.es, contra Carlos Sosa –director de Canarias Ahora y autor de la noticia– y contra mí como director.Un año y medio después, la justicia nos ha dado la razón.

Sacan al fascismo del armario

24 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 30/03/2016 a las 06:00

Estamos viviendo una época febril donde los cambios reales están sucediendo en otro lugar.

Votamos cada cuatro años a un ente dependiente de unas fuerzas inevitables, incuestionables, a las que nuestros representantes rinden pleitesía porque de su sumisión depende su continuidad, mostrando sin recato su estrategia de supervivencia.

Los medios de comunicación con los politólogos al frente hablan de lo que más o menos convienen a los partidos: qué pacto supondría su hundimiento, qué estrategia deberían seguir para conseguir un repunte en las intenciones de voto, y qué alianzas serían mejor recogidas por los votantes. Hablan poco o nada de lo que conviene a los ciudadanos desde sus diferentes líneas editoriales.

La supervivencia de los partidos es un tema que debería interesar exclusivamente a sus militantes que, dicho sea de paso, suelen estar de acuerdo con su dirección, o al menos nunca manifiestan otra cosa. En el caso del PSOE aprueban el pacto con Ciudadanos como creo que aprobarían el pacto con Podemos que viene a ser, dentro del margen que tenemos, lo contrario. Todo esto insistiendo en el respeto a los votantes a los que no creo que les dé lo mismo una cosa que otra. Claro que la pregunta que se le hizo a la militancia tenía tela, parece que contrataron a un vendedor de crecepelo de feria para redactarla: “El PSOE ha alcanzado y propuesto acuerdos con distintas fuerzas políticas para apoyar la investidura de Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno. ¿Respaldas estos acuerdos para conformar un gobierno progresista y reformista?”. Falta decir: “Sea con quien sea”. No son tontos, no. Son otra cosa.

Para no preguntar: ¿Apruebas un pacto con Ciudadanos?, que es lo que hubiera preguntado yo, que de la política como profesión y proyecto de futuro en lo personal no tengo ni idea, y también porque mi padre es de la provincia de Teruel y allí hablan claro, acaban haciendo una consulta abstracta con final feliz, incluyendo primero esa abstracción de “alcanzado y propuesto”, para poder incluir a todos los partidos en lugar de a uno, con el que han llegado al acuerdo y que es la antítesis de su doctrina socialista, y cuya razón de ser es, precisamente, acabar con ella. Y el final feliz, “para formar un gobierno progresista y reformista”. Bueno, pues si es para eso, pues nada, votamos que sí y ya está. Quién no quiere un gobierno progresista y reformista, ¡oye!. ¿Aceptas pulpo como animal de compañía teniendo en cuenta que te va proporcionar la felicidad tanto en el terreno afectivo como en el erótico festivo? Qué distinta es la pregunta si se queda en la mitad.

Ha faltado rematar la faena: ¿A ti qué más te da si luego haremos lo que nos digan?

El pacto que conviene a los ciudadanos es el que frene a los dirigentes sumisos ante la estrategia de los poderosos que se están forrando a costa de sumir a los ciudadanos en la pobreza. Hasta hace dos días los contratos de trabajo se revisaban con el IPC, no para incrementar los salarios, sino para evitar su reducción progresiva. Ya estamos en el segundo caso. Como cuenta el profesor Vicenç Navarro, a partir de los años ochenta la economía subía mientras los salarios empezaron a bajar sin otra razón que la voracidad insaciable de la élite que ha generado una diferencia injustificable entre los que más tienen y los que menos.

Nuestro futuro se decide en despachos donde con total secretismo se elaboran planes que bajo nombres como “tratado de comercio”, que parecen ajenos a la política, labran nuestro futuro. Un futuro que ya viene marcado desde finales de los años ochenta por los que dieron en llamarse liberales, adjetivo que ellos mismos repudiaban y utilizaban como insulto y al que añadieron la coletilla “en economía”, para distinguirse de aquellos liberales a los que odiaban, que sí estaban orgullosos de serlo, y que querían ampliar el margen de libertad de los pueblos.

Siempre la trampa del lenguaje, todo empieza por cambiar el significado de las cosas.

Ahora han inventado el término “fuerzas del cambio” para definir a las que no lo son. Escucho a Sánchez en la Cadena Ser repetir ese término decenas de veces en una entrevista, llegando a resultar incómodo al oído por reiterativo, para referirse a sí mismo y a su alianza con Ciudadanos, en un intento obvio de inculcar en el inconsciente colectivo que un cambio en las siglas significa un cambio en lo demás.

Los laboristas británicos ya se sumaron al proyecto liberal reformista en eso que llamaron “tercera vía” y que supuso el exterminio del socialismo para entregar sus fuerzas a los poderosos de los que deberían defendernos. La culminación de tal felonía con descaro y recochineo fue la famosa foto de las Azores en la que un pletórico Blair posaba en la cima del poder junto a los otros dos genocidas de la extrema derecha moderna, el bufoncillo Aznar y el todopoderoso Bush, acompañados por el paje que acarreaba las capas de los señores, Barroso, que ni siquiera tenía categoría para ser contado como uno más, y a la foto se la llamó “del trío” a pesar de que eran cuatro.

Este paso al enemigo con todos los elementos fue aceptado de buen grado por parte de sus rivales. Blair ha sido el líder que más dinero ha ganado después de abandonar la política, en toda la historia de la democracia, a pesar de que hundió a su partido y el laborismo británico todavía no ha logrado levantar cabeza. Podría hablarse de su gestión como nefasta, para su partido y para su pueblo, pero se le recuerda como un reformista benefactor.

Aquellos señores que en las Azores se juntaron para dar una patada al avispero y acabar con el orden político internacional que se vivía hasta entonces y sumirnos en este estado de terror, hundiendo aquellos pueblos en la barbarie y la muerte, gracias a la calculada guerra de Irak, con la excusa de acabar con el terrorismo, ya tenían en marcha su Nuevo Orden Mundial.

No he escuchado ni una voz en estos días de machaque mediático exhaustivo, a raíz de los atentados de Bruselas, pidiendo explicaciones a los que generaron este estado de terror internacional. Lejos de ello les presentarán como profetas aunque eran muchos los enemigos de aquella guerra que vaticinaban cuál sería la reacción a su acción bélica. Ahora nos venden el terrorismo como inevitable en individuos y colectivos donde anida el mal porque son perversos en sí. Estaba cantado lo que iba a ocurrir y en su día se cantó hasta la saciedad.

Con estas acciones, de paso, se reivindica de nuevo la unidad de los demócratas frente al enemigo común y se atenúan las desastrosas consecuencias que acarrean sus reformas estructurales profundas que nos venden como, hay que insistir en ello, coyunturales, producto de una crisis, cuando son el resultado de un plan estratégico que ha venido para quedarse.

Estamos sumidos en el Nuevo Orden Mundial donde las “fuerzas del cambio” son esas que salen a la calle formadas por médicos, profesores, ciudadanos, que no comulgan con este estado de explotación progresivo y saqueo de lo público.

Este Nuevo Orden Mundial donde se prohíben concentraciones pacíficas para rendir homenaje a los muertos mientras las fuerzas de seguridad escoltan a los neonazis hasta el punto de la convocatoria. Ya partieron de un pueblo llamado Vilvoorde escoltados por la autoridad competente y durante todo el trayecto se dedicaron a provocar a la ciudadanía con sus gritos, consignas y amenazas.

Hablamos de una acción fascista auspiciada desde el poder democráticamente elegido para amedrentar a los ciudadanos. Hitler no contó con tanto apoyo en sus inicios.

Parece un batiburrillo de cosas, pero no lo es. Es lo mismo, son los mismos, los que pisotean a los refugiados a los que llaman inmigrantes en lugar de “víctimas del terrorismo”. Los que nos imponen los recortes. Los que nos sumen en la ruina. Los que se forran con toda esta barbarie. Los que sacan al fascismo del armario.

Estoy harto de escuchar el precio que ha pagado Merkel por su política con los refugiados dando a entender que sólo pisoteándolos o vendiéndolos a otros países un político tiene opciones de ser reelegido.

Son las “fuerzas del cambio” las que tienen que acabar con este estado de cosas. Con esta basura en la que han convertido el Sistema.

Pónganse a ello y dejen de luchar por salvar los muebles de la sede del partido.

La lucha hoy pasa por detener el fascismo que viene.

Ese es el pacto, Sánchez. Denúncielos. Dé la cara y luego grite: “¡Viva el Socialismo y la Libertad”.

Ya lo creo que se puede.

Un día en la Transición según Pablo Martín Sánchez

23 marzo, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Publicado el por Holmes

A veces compro un libro por la portada. Es una vieja costumbre que procede de mi adolescencia, cuando me gastaba mi escasa paga semanal en adquirir un vinilo o un libro. Esa forma de actuar me costó más de un disgusto, pues en ocasiones descubría que había dilapidado mis recursos, adquiriendo un tostón monumental. Cuando hace unas semanas descubrí la portada de Tuyo es el mañana sobre el expositor de una librería, experimenté un flechazo. La imagen en blanco y negro de un galgo corriendo sobre la pista de un canódromo me hizo sonreír con melancolía, pues conviví durante diez años con un galgo presuntamente abandonado al acabar la temporada de caza. Siempre pensé que lo habían maltratado, pues temblaba de miedo ante los desconocidos, pero cuando paseábamos por el campo parecía feliz, especialmente si surgía una liebre y podía perseguirla durante un trecho. Al igual que el galgo de la portada, levantaba la arena de los caminos, estirando el morro para vencer la resistencia del aire. Alguna vez, atrapaba a su presa y la desnucaba con violentos meneos de cabeza. Después, se acercaba a mí y la depositaba a mis pies. No me agradaba que lo hiciera, pero evitaba exteriorizar mi malestar. Me parecía absurdo enfadarme con un galgo por actuar como un galgo. El instinto no repara en distinciones morales.

No conocía a Pablo Martín Sánchez. Sabía que debía leer El anarquista que se llamaba como yo, pues la crítica le había dedicado elogios unánimes, pero casi siempre postergaba la ocasión, pues la pereza −y tal vez la edad− me empujaba hacia la relectura de mis obras favoritas. Desde que cumplí los cincuenta, releer se ha convertido en una experiencia mucho más tentadora que arriesgarme con una novedad. Sin embargo, la imagen del galgo constituía una tentación ineludible. Descubrir que el editor era Acantilado constituía un estímulo, pues sus ediciones son exquisitas, tanto en la forma como en el contenido. Eso sí, esperaba que la obra de Martín Sánchez no resultara tan dura como Desgracia, la memorable novela de Coetzee, con un final desolador y también con un perro en la portada. Al principio, no reparé en que el título procedía de la famosa canción del grupo musical Vino Tinto, empleada –si la memoria no me falla− para invitar a la sociedad española a participar en el referéndum de 1976, que planteaba la reforma del régimen desde dentro. Saber que el autor había venido al mundo en 1977 cerca de Reus me hizo pensar que el título quizá pretendía reflejar el talante de la primera generación nacida después de la dictadura. Yo nací en 1963 y aún conservo secuelas de lo que significó vivir esos años. En un colegio de curas del centro de Madrid, asimilé enseguida la esencia del régimen: miedo, inseguridad, impotencia, indefensión. La violencia de los curas reproducía la violencia de los militares en el poder. Y los niños copiaban la conducta de los adultos, utilizando la fuerza y la intimidación con los más débiles. Los seis personajes de Tuyo es el mañana se mueven en ese ambiente de coacción y abuso. Clara Molina Santos sufre el acoso de Pena, uno de sus compañeros de colegio. Hija de una portera, vive en el mismo edificio que José María Raich y Ros de Olano, un empresario inmobiliario que aprovecha su poder e influencia para obtener todo lo que desea: sexo, acuerdos comerciales, un nieto… Solitario VI es un galgo del canódromo, que soporta las palizas de Atilano cuando se atreve a ladrar o a remolonear en la pista. Gerardo Fernández Zoilo es un profesor de la Escuela de Periodismo que pasó un mes en Tejas Verdes, un campo de concentración de la dictadura chilena, sufriendo toda clase de torturas y vejaciones. Carlota Felip Bigorra, una joven estudiante de periodismo, convive con las manifestaciones violentamente reprimidas por las autoridades, que se resisten a conceder una amnistía total. María Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre de José María, lamenta los aires de cambio que se han levantado, cuestionando la obra del Generalísimo, paladín de la España católica, unida e imperial.

Ambientada en Cataluña y, en menor medida, en Roma, Tuyo es el mañana recorre un arco temporal de veinticuatro horas, concretamente el 18 de marzo de 1977, el año más convulso de la Transición, un proceso mitificado hasta hace poco y cada vez más cuestionado. El 18 de marzo es un día más, un trozo de vida cotidiana, como indica la cita de Séneca que precede a la novela, pero en ese breve período se agitan infinidad de pasiones y un fantasma, que habla desde un hipotético más allá. Clara urde un plan para no participar en una excursión organizada por su escuela. No quiere ser humillada una vez más por su compañero Pena. En su hogar, no se respira felicidad, sino insatisfacción. Solitario VI sueña con una niña que lo adopte, librándole del incierto destino de los galgos que pierden una carrera tras otra. José María da rienda suelta a sus perversiones, que incluyen una pedofilia parcialmente frustrada por la impotencia. María Dolores observa la marcha del mundo, deplorando que el libertinaje se propague como una epidemia. Gerardo aún cree que la violencia es la partera de la historia, y Carlota, su alumna y amante, sospecha que las apariencias siempre ocultan la verdad, favoreciendo los atropellos y las mentiras.

Pablo Martín Sánchez aborda muchos temas desde una perspectiva deliberadamente oblicua: la ambigüedad de los afectos, las zonas más oscuras del deseo, el tránsito de la infancia a la madurez, el conflicto entre revolución y reforma, la represión política, la memoria como forma de resistencia, la penumbra de las utopías, la opacidad del espíritu humano, el significado cambiante del arte, el sufrimiento callado de los animales abocados a vivir conforme al deseo de los hombres. Todos estos temas componen un laberinto que exige una lectura atenta, pues los distintos aspectos de la trama convergen en una salida que no implica una apoteosis hermenéutica, sino una invitación a seguir fabulando.

Estamos ante un escritor meticuloso y un extraordinario narrador. Su escritura teje firmemente el hilo de Ariadna, pero reserva el último cabo al lector. Hay un grupo terrorista, pero no sabemos a qué organización pertenece. José María Raich y Ros de Olano parece un jerarca del franquismo. Sabemos que luchó en el frente del Ebro, pero ignoramos si ha ocupado cargos en el régimen. Intuimos que Clara ha sido desdichada con sus padres, pero no conocemos su historia al completo. La pintura desempeña un importante papel en la trama, pero su significado es impreciso. ¿La ninfa de pechos incipientes del cuadro reversible representa a la sociedad española, condenada a perder su inocencia tras las ilusiones suscitadas por el cambio de modelo político? ¿O es simplemente una prueba de la hipocresía de la burguesía católica, que condena el aborto y la homosexualidad, pero comete toda clase de aberraciones de forma clandestina?

Pablo Martín Sánchez es un narrador en estado puro. Su prosa es ágil, fluida, elegante, pero no se hincha, ni se retuerce. No pretende escribir una novela lírica, sino contar una historia. Su propósito se materializa plenamente, enganchando al lector desde el principio. Sus personajes tienen una voz nítida, inconfundible, plenamente creíble, que se despliega sobre un escenario cuidadosamente documentado. El año 1977 no es una vaga referencia, sino una burbuja espaciotemporal que incluye sus señas de identidad más características: la matanza de los abogados de Atocha, la calabaza Ruperta del Un, dos, tres, la música de Lluís Llach, el supercomisario Roberto Conesa y el sádico Billy el Niño, el recuerdo de Salvador Allende, Curro Jiménez, el bronco y casi ininteligible Manuel Fraga Iribarne, el empalagoso Tigretón, Interviú, Cambio 16, la ETA, Fuerza Nueva, los secuestros de Oriol y Villaescusa, las violentas cargas de los antidisturbios, las piernas de Ornella Muti, el psicodrama, los chascarrillos sobre la «ley de Murphy», los cruentos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, las cabinas telefónicas que funcionan con fichas, el Simca y el 1430, el Cacaolat, los walkie-talkies, las pintadas tronchantes: «Heidi reaccionaria», «Pipi al poder», «Húnete a Fuerza Nueva», «Ructura no, revolución» . A diferencia del Cuéntame, donde todo es de cartón piedra, aquí todo es real y encaja en la historia de forma natural, casi inadvertida.

Es evidente que cada lector desarrolla sus preferencias, conforme avanza la trama. Yo sentí debilidad desde un principio por Clara y Solitario VI, que más tarde se convertirá en Raqui (por raquítico, claro). La combinación de una niña hambrienta de afecto y un perro apaleado que también suspira por algo de cariño puede ser insoportablemente ñoña o verdaderamente emotiva. Pablo Martín Sánchez no se despeña por el sentimentalismo gratuito, sino por una inteligente comprensión de los afectos. Solitario VI no es Berganza relatando a Cipión sus infortunios con distintos amos, sino un galeote que sueña con la libertad. Quienes hemos convivido con un galgo conocemos sobradamente su hipersensibilidad. Por eso no nos extraña que exclame: «no duelen tanto las palizas que te dan como los abrazos que te niegan». Los malos tratos que soportan los galgos evocan las torturas que aguantó Gerardo, el profesor de origen chileno que combatió en las filas del MIR. El canódromo se parece a Tejas Verdes. Ambos espacios son campos de concentración, sin otra expectativa que la explotación, la vejación o el exterminio. «Me gustan los niños porque son como nosotros», comenta Solitario VI, que no puede contenerse la primera vez que descubre a Clara, caminando con una mochila a la espalda: «Quiero irme con ella, ¡quiero irme con ella!» El galgo explica que le gustan los niños porque «ven la vida a ras de suelo». Es decir, porque tienen la misma perspectiva que un perro. Valle-Inclán afirmaba que sólo escribe de rodillas quien pretende atribuir a sus personajes la condición de héroe, pero Solitario VI, con un punto de vista semejante, aprecia más bien el aspecto más ridículo del ser humano. Saber que durante la Guerra Civil los anarquistas convirtieron en prisión las jaulas del canódromo de Guinardó le produce un enorme regocijo: «¡Me parto, me parto! ¡Que se jodan, que se jodan!» Su alegría por este hecho no afecta a la delicadeza de sus sentimientos hacia Clara: «Hace un rato ni siquiera la conocía y ahora tengo la sensación de que mi existencia está unida a la suya por un lazo más fuerte que la más fuerte de las cadenas».

Casi todos los personajes de Tuyo es el mañana exhiben cicatrices. Aunque procedan del azar o la fatalidad, no son meras marcas, sino huellas de una historia. Como apunta Carlota, «las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real». A veces, las cicatrices no son visibles a primera vista, pues se han grabado en el interior. Es lo que le sucede al mendigo que habla con Clara en el metro. Con una pluma azul en el pelo, una cuchara en el ojal y un gatito de días escondido en el abrigo, le confiesa que lo perdió todo por culpa del juego, pero que rozó la fortuna con un billete de lotería. Quizá la cicatriz más profunda sea la del niño robado que nacerá ese 18 de marzo y será separado de su madre para crecer en el seno de un matrimonio de la burguesía, incapaz de engendrar su propia descendencia. La Transición ocultó las miserias del franquismo, incluido el vergonzoso tráfico de bebés que necesitaría varias décadas para salir a la luz.

He de admitir que esta vez la portada no me ha jugado una mala pasada. La imagen del galgo me ha deparado una novela intensa, que recrea un día de nuestra historia reciente, combinando con destreza la introspección, el humor, la intriga y el análisis político. Otro galgo abandonado sustituyó al galgo que me acompañó diez años. En realidad, es una mezcla de galgo, podenco y quizás algo más. Al igual que Solitario VI, se ha comido alguna paloma en mi jardín. Lo sé por el rastro de plumas que han dejado sus dentelladas. No he llorado, como Clara cuando descubre el instinto depredador de su nuevo amigo, pero sí he lamentado que el mundo funcione de un modo tan truculento. Pablo Martín Sánchez, con enorme sabiduría, se abstiene de realizar valoraciones. Eso sí, no se advierte en su literatura desgarro existencial, sino la serenidad del que no exige a la vida más de lo que puede depararnos.

Por cierto, no abandonaré mi manía de comprar libros por la portada. A veces funciona y nos permite reencontrarnos con fragmentos de nuestro pasado, como un lejano día de 1977, que yo debí de pasar entre la escuela y mi casa, ignorando que en Vitoria se había convocado una manifestación para exigir amnistía total y en la universidad de Barcelona los PNN (profesores no numerarios) se habían aliado con los estudiantes para enfrentarse a los catedráticos más reaccionarios.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (20-01-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

Los 10 mitos que aprovecha Mercadona para crecer

22 marzo, 2017

Fuente: http://www.elsalmoncontracorriente.es

Luis Azorín. 17 de enero de 2017. Ecologistas en Acción.

Cuando hablamos de grandes distribuidoras, nos referimos con ello a las grandes empresas que se dedican a la comercialización, pudiendo estar especializadas en determinados productos como la alimentación, como es el caso de Mercadona, o pudiendo abarcan gran variedad, como ocurre con El Corte Inglés. Las grandes distribuidoras de alimentación suelen combinar distintos formatos en sus establecimientos, desde hipermercados hasta pequeñas tiendas o supermercados de barrio. Actualmente, siete grandes empresas controlan en España el 75% de la distribución alimentaria: Mercadona, Carrefour, Alcampo, El Corte Inglés, Eroski y dos centrales de compra, Euromagi e Iffa, que agrupan supermercados más pequeños.

Para tratar de analizar el modelo de distribución que representan estas empresas, a continuación, se analizan y discuten distintas afirmaciones, de creencia generalizada, sobre las virtudes de este tipo de comercios:

10 mitos sobre grandes superficies como Mercadona

1. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS SON BARATAS

Por lógica, estas empresas al realizar pedidos mayores a los productores, deben obtener precios más baratos que deben ser repercutidos al consumidor. Sin embargo, en los estudios comparativos de precios realizadas por las organizaciones de consumidores, queda reflejado que la relación no es tan directa, cuando distintas cadenas ofrecen precios considerablemente desiguales para los mismos productos. Y es que mientras utilizan productos gancho con precios muy bajos (a veces incluso menores que el precio de producción), o estrategias de sobrecompra (2×1 o 3×2) para atraer a los compradores, ofrecen precios muy altos en otros productos en los que el consumidor se fija menos. Pese a que aun así de forma general, continúan ofreciendo precios más bajos que el pequeño comercio, con esta variabilidad tan grande, pueden existir casos de productos concretos en los que no sea así.

A parte, si en vez de centrarnos en el precio concreto de los productos, lo hacemos en el importe total que dedicaremos a nuestra compra, hay que tener en cuenta que en los hipermercados o supermercados se aplican los últimos avances en psicología del consumidor de cara a incentivar el consumo. Todo está estudiado, las luces, la música de fondo, la ausencia de relojes, la distribución de los productos en los estantes o en el mismo local… Con todo ello se contribuye a que el consumidor adquiera más productos que los que tenía previstos, según el psicólogo especialista en consumo Javier Garcés, un 20% más.

En cualquier caso, es importante destacar tres motivos importantes por los que las grandes distribuidoras pueden ofrecer precios más bajos. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la importante cuota de mercado que tienen las grandes cadenas (como antes se ha dicho, un 75% entre cinco empresas y dos centrales de compra) deja pocas opciones a los productores de vender sus productos, si no es a ellas. De esta manera, las grandes distribuidoras quedan en una posición muy ventajosa a la hora de negociar con los productores, en su mayoría pequeños, más teniendo en cuenta el poder que les otorga el haber llegado a acaparar gran parte del consumo de alimentación a través de sus marcas blancas. Sus demandas referentes al tipo, cantidad y características de los productos, las exigencias de precios, contratos o pagos y cláusulas de exclusividad, hacen que los productores deban renunciar a una parte importante de sus ganancias en favor de las distribuidoras, con lo cual, los precios en destino se disparan frente a los de origen, existiendo una diferencia media del 460% según COAG. Otra práctica importante en la gran distribución es la venta por debajo de coste en productos reclamo (leche, aceite), lo que aparte de ser ilegal, genera una importante presión a la baja de precios en origen en sectores completos.

De media, el consumidor adquiere un 20% más de lo que tenía previsto

En segundo lugar, muchos de los productos ofrecidos en estos establecimientos han sido producidos en países de Sur donde las legislaciones laborales y ambientales son más laxas, con lo cual obtienen precios considerablemente inferiores que con los productos locales. Este fenómeno, sin embargo, no es exclusivo de las grandes distribuidoras y también se está presente en el pequeño comercio.

Por último, otro motivo que facilita la reducción de precios en la gran distribución, es la reducción en necesidades de puestos de trabajo de este modelo. La relación entre el número de trabajadores y el volumen de ventas de las grandes distribuidoras es considerablemente menor que en la comercio tradicional. Además, las políticas puestas en marcha por estas empresas, como la potenciación de la venta por internet o el establecimiento de sistemas de autopago en las líneas de caja, tienden a hacerla aún menor. El hecho de que muchos productos frescos vayan empaquetados o sean elegidos y pesados por el cliente también supone una disminución en las necesidades de trabajadores. La mayor parte del empleo de estos establecimientos (cajeras, reponedores, etc.) es muy precario, los sueldos son bajos y los contratos temporales.

2. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS CREAN PUESTOS DE TRABAJO

Si bien es cierto que la apertura de cada vez más establecimientos de gran distribución supone la creación de puestos de trabajo, también hay que tener en cuenta que la generalización de este modelo conlleva el cierre de múltiples establecimientos de pequeño comercio. Por ejemplo, entre 1998 y 2004, existen estimaciones de que las tiendas de proximidad existentes pasaron de 95.000 a 25.000. De acuerdo a lo expuesto anteriormente, en cuanto a la relación considerablemente inferior en la gran distribución entre el número de trabajadores por volumen de ventas, por muchas personas que contraten, el balance neto será la pérdida de empleos. De hecho, hay estudios que estiman que por cada puesto de trabajo que crea una gran distribuidora se destruye un puesto de trabajo y medio del pequeño comercio. Además, supone la concentración de los beneficios de las ventas en muy pocas manos. Frente a un mercado tradicional, donde cada negocio da para vivir a una familia, la gran distribución concentra los beneficios.

Por tanto, el paulatino cierre del pequeño comercio, por no poder competir en precio y por falta de políticas proteccionistas, y su sustitución por grandes cadenas, supone una importante pérdida de empleos, además de una gran acumulación de riqueza en las manos de las pocas empresas que controlan el sector.

Además, también hay que tener en cuenta la repercusión que tiene en el medio rural la ya explicada política de compras de las grandes distribuidoras, que afectan sobre todo a las pequeñas explotaciones, que son las que más puestos de trabajo requieren.

3. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS SON MUY CÓMODAS POR SUS AMPLIOS HORARIOS

Si de siempre las familias han podido realizar sus compras con establecimientos que abrían entre semana y los sábados por la mañana, ¿es necesario ampliar los horarios? ¿Se atiende a una necesidad o se adaptan los hábitos a los nuevos horarios?

A parte, con esta medida los que son perjudicados son los pequeños comercios cuyas plantillas no pueden abarcar mayores horarios, de hecho, la limitación de horarios a las grandes superficies era una medida de protección de los pequeños establecimientos, que las comunidades autónomas que han desarrollado políticas más neoliberales han ido eliminando con la falsa excusa de crear empleo en tiempos de crisis. Como se ha explicado anteriormente, favoreciendo a las grandes distribuidoras no se crea empleo, sino que se destruye.

4. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS HACEN DESCUENTOS A SUS CLIENTES

Por lo general, las grandes distribuidoras suelen ofrecer tarjetas de fidelización a sus clientes, a través de las cuales van ofreciendo regalos o descuentos, según aumentan su gasto en consumo. Hay que tener en cuenta que estos descuentos muchas veces se hacen los días de menos asistencia de público, como los domingos, o con productos perecederos que se les pueden caducar. Pero en cualquier caso, se trata de una estrategia que les sale a cuenta, teniendo en cuenta que el análisis de los datos que van obteniendo del uso de las tarjetas de fidelización les sirve para realizar constantes estudios de mercado. Por ello, cuando se solicita una tarjeta de este tipo, se deben aportar datos personales como fecha de nacimiento, dirección, profesión, estudios…

6. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS SON RÁPIDAS

Se suponen que comprar en estos establecimientos es más rápido porque tú coges los productos sin esperar colas. Sin embargo hay que considerar ciertos tiempos, como el de acceso en coche al hipermercado, las grandes distancias que hay recorrer para coger todos los productos, más teniendo en cuenta que la tienda está diseñada para aumentar tu consumo y por ejemplo, es frecuente que dos productos básicos como la leche y el pan se encuentren en puntos opuestos del establecimiento. Luego es frecuente que te encuentres una buena cola para pagar, pues para optimizar beneficios el número de trabajadores es el mínimo indispensable.

6. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS TIENEN MUCHA VARIEDAD

De la variedad que puede existir en este tipo de establecimientos, hay que tener en cuenta que la mayor parte de esos productos pueden ser de marcas de 3 o 4 grandes multinacionales del sector. Es el caso, por ejemplo, de la multinacional Unilever. Esta empresa, desconocida para muchos, es dueña de productos como la crema Nocilla, los helados Frigo y Solero, las sopas Knorr, la harina y levadura Maizena, las galletas Flora, la mantequilla Tulipán, el té Lipton, las mayonesas Calvé y Hellmann’s y muchos otros dirigidos tanto al consumidor doméstico como a la gran industria.

En cuanto a productos frescos, ¿cuántas variedades de tomate o lechuga encuentras en el supermercado?, tres, cuatro, así que si un productor quiere vender a estas empresas, pocas opciones tiene en las variedades que puede cultivar y por supuesto se puede olvidar de las variedades locales.

A parte, hay que tener en cuenta el fenómeno Mercadona, que ha fomentado su marca blanca a base de reducir otras marcas y que en mayor o menor medida ha influido en otras cadenas.

7. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS VENDEN PRODUCTOS LOCALES

Algunas grandes distribuidoras reservan una sección entre sus estanterías para los productos locales. Es la forma que tiene un modelo de negocio deslocalizado para que el cliente lo perciba vinculado al territorio en el que se encuentra la tienda en cuestión. Sin embargo, no es más que una forma de marketing que no modifica las características del modelo de negocio.

8. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS FOMENTAN PRÁCTICAS SOSTENIBLES

Algunas cadenas desarrollan actividades de concienciación ambiental, como reducir el uso de bolsas, recoger pilas, fluorescentes, etc. Se trata igualmente de una estrategia de marketing para dar una imagen más verde a los clientes, dado que este modelo es negocio es todo menos ecológico, ya que:

  • No se atiende a criterios locales en cuanto a la procedencia de los productos (salvo en unos pocos “productos de la tierra” señuelo para los clientes), con lo que se venden verduras, carnes o pescados procedentes de incluso otros continentes.
  • Los productos llevan una gran cantidad de envasado.
  • Los hipermercados fomentan un tipo de comercio en el que el uso del coche es imprescindible.
  • En las tiendas de estas grandes distribuidoras existe un despilfarrador gasto en energía para la climatización y las cámaras frigoríficas, que en muchos casos permanecen incluso abiertas.
  • Este modelo de distribución genera grandes volúmenes de productos descartados que acaban en la basura.

9. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS SON SOLIDARIAS PORQUE COLABORAN CON LOS BANCOS DE ALIMENTOS

Los productos locales o los de comercio justo son estrategias para fidelizar y mejorar la imagen del supermercado

La colaboración con bancos de alimentos es una forma de mejorar la imagen corporativa, pues claro está, nunca lo hacen de forma anónima, pero también es una manera de eliminar productos a punto de caducar a cambio de desgravaciones fiscales por las donaciones. Además, cuando las grandes distribuidoras permiten recogidas de alimentos en sus accesos, aumentan sus ventas al público.

Por el contrario, se descarta mucha cantidad de alimentos, que sólo en algunos casos aprovechan personas sin recursos directamente de los contenedores (se han denunciado casos en los que algunos hipermercados destruían los alimentos destinados a la basura, cerraban con candado los contenedores, etc.).

10. LAS GRANDES DISTRIBUIDORAS VENDEN PRODUCTOS ECOLÓGICOS Y DE COMERCIO JUSTO

Las grandes distribuidoras suelen vender productos con etiquetado correspondiente a producción ecológica para ampliar el espectro de consumidores a los que llegar, igual que venden productos para celiacos o leche sin lactosa. Pero ese etiquetado sólo afecta al sistema de producción, por ello, ¿se puede considerar ecológico un bien producido como tal, pero comercializado por empresas cuyo modelo de distribución no tiene ningún respeto al medio ambiente?

En cuanto a los productos de comercio justo debemos hacernos la misma pregunta, ¿son de comercio justo productos elaborados en estas condiciones pero distribuidos por estos establecimientos? Las grandes distribuidoras poco tienen que ver con comercio justo. En sí, suponen la acumulación de gran riqueza en pocas manos, pero aparte, las condiciones laborales de sus trabajadores son precarias. Además, existen ejemplos de cómo los márgenes con los que se queda la gran distribución son los mismos en términos absolutos que para el producto no justo o convencional. Es decir, se quedarían con 30 céntimos tanto de una tableta de chocolate convencional como de comercio justo, con lo cual no aportan ninguna solidaridad.