Las espinas y las golondrinas

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

En los momentos límites sólo hay dos partidos: el de la humanidad y el de inhumanidad

MANUEL RIVAS27 MAR 2016 – 00:00 CET

¿Cómo se trataría hoy la muerte de Cristo en las redes sociales? ¿Cuánto tiempo sería trending topic? Es posible que mucha gente, de vacaciones de Semana Santa, ni se enterase. Supongo que habría un montón de curiosos haciéndose selfies con el fondo del crucificado. Pidiéndole una última sonrisa: “¡No te lo tomes a la tremenda, Inri!”. Imagino al que dirigió el flagelo y la coronación con varas trenzadas de espinas explicando a cámara que no se trataba propiamente de una tortura, sino de mantener una tradición.

Recuerdo unas declaraciones de un exjefe de la Pide, la policía política de la dictadura portuguesa, en las que negaba que se torturase a los prisioneros: “Se trataba sencillamente de causarles cierta incomodidad”.

–¡Pero este eccehomo está chorreando sangre por la cabeza!

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de los refugiados de Europa.

–Nada, hombre. Un poco de incomodidad.

Y seguramente Poncio Pilatos, después de hacerse rogar, comparecería al fin en pantalla de plasma para lavarse las manos ante la audiencia: “Aquí que cada vela aguante su palo y a ver qué futuro le dejamos a nuestros antepasados”.

No faltaría la avalancha de haters (odiadores) con su particular shitstorm (tormenta de mierda), humillando a la víctima y jaleando a los opresores: “Houdini ya se hubiera fugado”, “El Rey de Reyes era un perroflauta”, “Baja de la cruz, Mesías, que ya te han pasado los quince minutos de posteridad”, “¡El muchacho de Nazaret consiguió ser Dios en prime time!”.

Debe ser por el oficio de escritor, esa disposición al enigma, que siempre tuve dificultades para saber de qué lado estaba en la frontera de la ficción y la realidad. Por eso evitaba de niño las procesiones de Semana Santa. Tiraba o me soltaba de la mano de la madre y escapaba cuando aparecían las formaciones de encapuchados morados, el redoble intimidante de los tambores, los guardias armados escoltando al Cristo. Borges se horrorizó con razón ante un estúpido soneto antisemita de Góngora en el que este se burlaba de un auto de fe, en Granada, que se limitaba a un solo quemado vivo: “Cinco en estatua / sólo uno en persona…”. ¡Pobre cartel, pobre espectáculo!

Para mí, en la infancia y más tarde, aquel ritual de Semana Santa, aquella forma de exhibir el crucificado, representaba, sin más retóricas, el triunfo del miedo. En tiempos, asistí a los oficios, a los pasos del Calvario, y lo que me quedó de todo ese relato fue aquella interpelación tremenda del chico arameo: “Eloi, eloi, lamá sabactani” (Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).

Podría decir que soy ateo. Eso respondí muy seguro a unos amigos en Belfast, hasta que me hicieron tambalear con la respuesta: “Sí, pero ¿eres ateo católico o ateo protestante?”.

Sea lo que sea, Cristo situó la igualdad en el núcleo de la conciencia y la creación, y ya no hay quien la arranque de ahí ni con bomba de hidrógeno. Y su revolución transformó también para siempre el relato literario. En la antigüedad estaban muy diferenciados el estilo sublime (sermo sublimis) y el popular (sermo humilis). El relato de la pasión de Cristo revienta esa convención. Escribe Erich Auerbach en su genial Mímesis: “Que el Rey de Reyes hubiera sido escarnecido, escupido, azotado y clavado en la cruz como un criminal vulgar, esta narración aniquiló por completo, al penetrar a fondo en la conciencia de los hombres, la estética de la separación de estilos”.

Las más auténticas procesiones de Semana Santa de este año son las de refugiados por las fronteras de espinas envueltas en bruma de Europa. Desde que falleció ahogado Aylan Kurdi, han muerto más de quinientos niños en este éxodo. Se calcula que más de diez mil niñas y niños han desaparecido. Lo más probable, secuestrados y sometidos a tratos que harían saltar las entrañas de un smartphone de última generación. Son nuestros eccehomos y eccedonnas. Y lo mismo ha ocurrido, y está ocurriendo, con un gran número de mujeres. No sé si Dios es, pero si es, es pequeño y es mujer. Y desde luego lleva una corona de espinas. Flagelados y con espinas salieron cientos de miles de personas exiliadas de España en 1939. Y una gran parte fue salvada en una operación de acogida mucho más complicada que la actual: había que cruzar el Atlántico para llegar a Chile o a México. Este país, México, hizo infinitamente más en un año por los españoles que lo que España ha hecho por todos los refugiados durante años en el Mediterráneo.

En los momentos límites, decía Albert Camus, sólo hay dos partidos: el de la humanidad y el de inhumanidad. Europa se jodió históricamente cuando triunfó el partido de la inhumanidad. Y parece que quiere volver a asomar.

Dicen que se conservan setecientas espinas de la corona primitiva de Jesús y que en España hay unas cuarenta. La mayoría están en Notre Dame, junto con un clavo de la cruz. Dicen también que parte de esas espinas reverdecen. Eso sí que me lo creo. Y también creo en las golondrinas, esa incorporación popular al relato de Cristo. Fueron ellas las que lo aliviaron de las espinas.

Espero que este año la primavera de Europa se llene de nubes de golondrinas.

elpaissemanal@elpais.es

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