15-M

Fuente: http://www.infolibre.es

blicada 17/05/2016 a las 06:00Actualizada 16/05/2016 a las 22:08  
Se ha celebrado el quinto aniversario del movimiento llamado 15-M, que supuso un auténtico revulsivo en nuestro país y que también tuvo resonancia internacional: Spanish Revolution, lo llamaron.

Da la casualidad de que yo también cumplo años ese mismo día.

La cuestión que planteaban los que tomaron la Puerta del Sol, gente de diferentes pelajes, edades e ideologías, era que la política, establecida como clase, con los partidos políticos como única vía de expresión de la voluntad popular, totalmente profesionalizados, se había acomodado en el bipartidismo. La falta de operatividad, de toma de decisiones en favor de los ciudadanos más desfavorecidos se había agudizado con la llegada de lo que llamaron y que siguen llamando crisis y que no es tal, en una clara dejación de funciones ante situaciones dramáticas de una injusticia palmaria que requerían soluciones urgentes, medidas de choque. Abandonaron a su pueblo, soberano en el período electoral, demonizado y reprimido con crueldad cuando protesta en el período entre urnas.

La crisis, como término, hace referencia a un episodio puntual, a una coyuntura susceptible de evolución provocada por factores externos y que revierte cuando estos desaparecen. Esto que nos está tocando vivir no tiene nada que ver con eso, es un cambio de modelo, un nuevo orden social. Los que lo pergeñaron, ya en los años setenta, así como los que lo han impuesto, no tienen la menor intención de revertirlo y, además, está fabricado desde dentro, lo llaman “Reformas Estructurales Profundas”, y es lo que son. Un cambio profundo en la estructura de un sistema político no tiene nada que ver con una crisis y su tratamiento paliativo, que requiere medidas puntuales, transitorias.

En este cambio profundo de las estructuras, puede haber periodos de crisis, pero cuando se resuelvan, los problemas que acucian a los ciudadanos –como la pérdida de poder adquisitivo, la temporalidad de los trabajos, la indefensión de los trabajadores frente al poder absoluto de las grandes corporaciones que deciden su vida, la falta de estabilidad para poder diseñar un plan de vida, la pérdida de derechos sociales y libertades– no se van a solucionar. Cuando los analistas den por concluida la crisis, como de hecho proclaman cada vez que se acercan las elecciones, ni siquiera cuando demuestran con cifras que la economía repunta, mejora la situación de los ciudadanos. Nos cuentan el cuento de la micro y la macroeconomía. Nos crían con cuentos, nos duermen con cuentos. Se llama redistribución y está diseñada para una desigualdad creciente.

A este drama hay que sumar la deriva tomada por los socialdemócratas. No siempre fueron así. Hasta mediados del siglo XX caminaban en dirección opuesta a los de ahora. Su función en nuestros días parece ser ocupar el espacio de la izquierda inhibiendo de forma competitiva movimientos sociales espontáneos en lugar de hacer lo que les correspondería: ponerse a la cabeza. Me hacen recordar un juego infantil de mis tiempos en que cantábamos: “A tapar la calle que no pase nadie”.

Estas maniobras, que culminaron el sueño de los llamados neoliberales, que pretenden la abolición del Estado eliminando cualquier tipo de control o intervención en la llamada economía, aunque las maniobras de los potentados tiendan a esclavizar a esa población que los dirigentes políticos deberían proteger, se llevaron a cabo sin ningún tipo de debate, simplemente con la conjunción de la clase empresarial y la política. Para ello también se urdieron una serie de maniobras necesarias como son la concentración de medios de comunicación en esas mismas manosasí como la demonización de los sindicatos que, dicho sea de paso, también se estaban acomodando a las pretensiones de la clase dominante.

Contra esta tesitura, llevada a cabo en una época en la que el paro amedrentaba a la clase trabajadora, donde se eliminaron prácticamente los contratos indefinidos como medida de coacción, y donde la juventud fue desplazada del mercado laboral, dejándola solamente como mano de obra complementaria, obligándola a aceptar contratos de aprendizaje que representan un nivel de explotación desconocido desde mediados del siglo XX, se revelaron los ciudadanos en lo que se conoció como “movimiento de los indignados”.

La doctrina del shock implantada a un pueblo amenazado con la pérdida del trabajo, y criminalizado por quienes les causaban el quebranto, acusándoles de vivir por encima de sus posibilidades, no encontró alivio en la acción política, no encontró respaldo en sus representantes, que sumidos en debates de otra índole, consentían los despidos masivos, los ERE, los desahucios y las estafas de los bancos. Manos Limpias representaba la única acción en los tribunales ante tanto desmán delictivo: manda huevos. Los partidos no eran partidarios de judicializar la política. La impunidad se había establecido.

Bueno, no todo fue inactividad. Ante el latrocinio perpetrado por los consejeros de bancos y cajas de ahorros, ahí sí, tomaron la iniciativa con medidas de choque que vendidas como un crédito para evitar el “rescate” se convirtieron por arte de magia en otra carga para las arcas del Estado, anunciándonos que esos millones pagados a los bancos eran un regalo que tendríamos que restituir entre todos: ¡ahí sí interviene el Estado! Nacionalizaron parte de la banca para, una vez reflotada, devolvérsela a los que ellos entienden que son sus legítimos propietarios.

No tomaron medidas de choque para frenar la desgracia que afectaba a la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se pusieron de su lado. De ahí surgió un eslogan muy acertado: No nos representan.

Como ya hiciera Sarkozy en Francia ante la estafa de Lehman Brothers y aquellas hipotecas subprime que se usaron de coartada para la implantación de este cambio de modelo, cuando salió en defensa de los ciudadanos atacando al “capitalismo salvaje” –¡¡Sarkozy!! anunciando que había que refundarlo–, en España también los líderes políticos desplegaron los capotes para recibir a portagayola, con alegría, a este movimiento de indignados y darle más tarde un par de pases cambiados con la muleta, tras manifestar su alegría con el despertar del pueblo y asegurar de forma unánime: “¡Los indignados tiene razón! ¡Estamos de vuestro lado!”.

No les gustó la respuesta que encontraron cuando desde el movimiento de indignados les anunciaron que ellos no estaban del suyo, señalando a la clase política como parte del problema y no de la solución. Perdieron la gracia de esa clase política que demostraba su anquilosis ante la falta de reacción frente al drama social que se vivía, así como a la hora de atajar una corrupción que rebasaba las alcantarillas de la política para rezumar por los sumideros e invadir las calles de pestilencia y, entonces sí, tras constatar que era imposible la alianza con el enemigo, les calificaron de antisistema, les demonizaron, al tiempo que les invitaban a participar en las generosas instituciones que nos gobiernan desde el fin de la dictadura. A jugar con las mismas herramientas que ellos y no limitarse a criticar a los toros desde la barrera: les invitaron a saltar al ruedo de la política.

Así lo hicieron y entonces esa anquilosis, esa artrosis del Sistema se activó, pero no para solucionar los problemas de los ciudadanos sino para evitar que el cambio del modelo social que habían llevado a cabo con alevosía y sin contar con el beneplácito del pueblo, pudiera revertirse.

Este movimiento de indignados, convertido en fuerza política alternativa entró en el Congreso de los diputados, y desde el primer momento quedó manifiesto que aquello de que nadie les representaba era cierto. La mayoría de fuerzas políticas del hemiciclo, y con especial virulencia los dos partidos mayoritarios, aunque con diferente estilo, claro está, les mostraron un desprecio que superó las normas de la educación elemental y, sobre todo, pisotearon eso que tanto habían reclamado, el respeto a los representantes del pueblo que exigían cada vez que se les cuestionaba su condición de casta que vivía de espaldas a la realidad social. A Podemos, esa fuerza que se estrenaba, también la habían votado ciudadanos españoles para los que no se aplicó el principio de respeto que siempre han exigido los representantes del Congreso para sus votantes. Fueron tratados como chusma. Y sus votantes también, por extensión: solo chusma pudo llevar hasta allí a esa chusma. Mal olor, peligro de parasitosis pedicular, marginarlos con triquiñuelas de las Mesas del Congreso y Senado y sentarlos en la andanada fue su democrática, educada y peculiar forma de darles la bienvenida.

Mientras, la otra fuerza emergente, fue recibida de una forma mucho más civilizada, tal vez como consecuencia del poco peligro que representan para las estructuras del poderestablecido que, dicho sea de paso, no cuestionan los impolutos, aseados y bellos miembros de Ciudadanos.

Tras la última jugarreta, tras una votación pactada entre PP, PSOE y Ciudadanos para dejarles fuera de la Diputación Permanente del Congreso, comentaban con sorna la falta de picardía y estrategia parlamentaria de los advenedizos pardillos: “No saben dónde están”. Sí lo saben, por eso han ido. En fin, la esperanza de sus votantes es que no olviden “para qué están”.

Especial sorpresa causó en los días posteriores al 20-D la actitud de Pedro Sánchez, que tras prometer diálogo con todos, izquierda y derecha, mientras escribo este artículo el 14 de mayo, le escucho en la radio volver a decir lo mismo, a pesar de lo que hemos vivido en los últimos tiempos, convirtiéndose en aliado indisoluble y exclusivo de Albert Rivera, al que nombró único interlocutor válido para acceder a su persona. Los suyos, al parecer, lo entienden. Sus votantes, lo dudo.

Los ciudadanos que no se veían representados, por primera vez en muchos años, han tomado la iniciativa y se han plantado en el hemiciclo para decir allí lo que nadie escuchaba cuando lo hacían en la calle los profesores; los profesionales de la sanidad; las mujeres que vinieron desde todos los puntos de Europa a traer el manifiesto que elaboraron las Comadres de Gijón para protestar por la reforma de la ley del aborto; para exigir la dación en pago, esa de la que ya disfrutan los promotores inmobiliarios, para todos los ciudadanos; para pedir la reforma de la ley electoral que anula cientos de miles de votos que no encuentran representante y van a parar, por la cara, al candidato rival; para que se revise la situación del modelo de país; para exigir el derecho a decidir; para que nuestros jóvenes no tengan que emigrar al extranjero dejando a sus familias y sus estudios atráscomo en la España negra de la dictadura; para que no se suprima el derecho al voto de los que viven fuera; para que las grandes corporaciones paguen impuestos, escaqueo que representa la inmensa mayoría del fraude fiscal; para que dejen de existir los paraísos fiscales; para que se consulte a los ciudadanos cuando se vayan a hacer cambios políticos que empeoren sus condiciones de vida; para que no nos impongan el TTIP gestionado con desprecio a la democracia, en secreto e impidiendo que nuestros representantes, tratados como delincuentes cuando quieren verlo, lo estudien y nos informen; para que la deuda y el déficit puedan ser estudiados por agentes independientes que nos certifiquen su legitimidad; para que se puedan debatir en Bruselas unas condiciones dignas de la salida de esta situación económica; para acabar con esta política de recortes exclusivamente en lo social; para acabar con la impunidad de la clase que opera al servicio del Gran Capital; para prohibir las puertas giratorias; para abolir los sobornos a los diputados que promulgan leyes en lo que ahora llaman lobbismo; para evitar por ese mismo método la privatización del Estado… Para crear desde la voluntad popular una democracia real con gobernantes al servicio de los ciudadanos y no de aquellos que los esclavizan.

Así es: bienvenidos los ciudadanos al mundo de la política entendida como el arte de mejorar las condiciones para una mejor convivencia.

Esperanza Aguirre ha sido, como siempre, clara y dice que ha vuelto para evitar que gane Podemos. Y lo ha dicho donde se dicen las cosas importantes en este país: el programa de Bertín.

Están jodidos… y lo saben. Ya era hora.

Ha merecido la pena. Gracias a todos los que hicieron lo que había que hacer.

Por aquellos que no arrojan la toalla
, que piensan en términos de “nosotros”, no de “yo”, que no renuncian a la esperanza en un mundo mejor, grito una y mil veces: ¡viva el 15 M!

Manque pierda.

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