Archive for the ‘ecologismo’ Category

El reciclaje que aporta fondos humanitarios en Alemania

15 septiembre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Lukas Günther, un joven estudiante de la ciudad de Gelsenkirchen, en el oeste alemán, no salía de su asombro cuando leyó hace unas semanas que los productores de cerveza se estaban quedando sin cascos. Al parecer, el inusualmente caluroso verano que se está viviendo en Centroeuropa, ha disparado el consumo de la tradicional bebida de Alemania. Sin embargo, estaba ocurriendo en paralelo que los consumidores habían dejado de forma considerable de devolver los cascos de las botellas.

Así, la cervecería Fiege, que lleva el nombre de su propietario Moritz Fiege, en Bochum (oeste germano), llegó a pedir colaboración ciudadana en sus redes sociales. “Aunque compramos botellas regularmente, el proceso de embotellado se nos está quedado corto”, manifestaba la compañía, que invitaba a devolver las botellas utilizadas. “Erst Pfand, dann (P)ferien” o “Primero el dinero de los envases, luego las vacaciones”, se leía en un mensaje de la compañía cervecera publicado en sus redes.

En los supermercados alemanes, en el interior o a la entrada, suele haber unas máquinas en las que devolver cascos de botellas de vidrio, plástico y latas. Por ello se obtiene, en general, entre 0,8 céntimos y 0,25 céntimos. Este sistema de recuperación de envases con incentivo para el consumidor, en su forma actual, se instauró en 2003. No obstante, se calcula que, al año, en Alemania hay hasta 720 millones de botellas que no acaban entrando en este ciclo de reciclaje. Representan 180 millones de euros anuales, según una investigación de la Norddeutschen Rundfunk, la radio-televisión pública del norte alemán.

Para Günther y sus amigos de Spunk, un centro para niños, adolescentes y cultura de Gelsenkirchen, la noticia de que las cervecerías se estaban quedando sin cascos fue toda una llamada a la acción. De ahí que lanzaran la iniciativa Die PfandretterInnen o, dicho de otro modo,”los rescatadores del dinero de los cascos”. Se trata de una campaña que circula desde hace pocos día en Internet.

En ella se invita a que la gente dedique el dinero que consigue de la recuperación de envases a una buena causa. “Leímos que las cerveceras de Alemania se estaban quedando sin cajas ni cascos de cerveza porque la gente no los devolvía y quisimos hacer algo al respecto”, explica a eldiario.es Günther.

Su iniciativa consiste en hacer ver a través de las redes que las empresas necesitan los cascos pero, además, en llevar a cabo algo positivo con el dinero de la devolución de los envases. Muchos de los implicados hasta ahora lo han dedicado a fines sociales y humanitarios, especialmente ahora que vuelve a ganar peso el tema de la inmigración en el debate público alemán. Cada persona que participe ha de nombrar a otros tres participantes para que actúen a continuación. Son los “nominados”, según los términos de Günther. “Así se crea un efecto de bola de nieve”, comenta el joven de 26 años que ideó Die PfandretterInnen.

“El dinero de los cascos es un dinero con el que se puede hacer algo positivo. Sobre todo si acumulas entre 10 ó 15 euros. Si mucha gente decide dedicar ese dinero a una buena causa, entonces podemos estar alcanzando una cantidad importante”, según Günther.

En pocos días, la idea de este comprometido estudiante de Ciencias Política en la Universidad de Duisburgo sumó el apoyo y participación de importantes figuras de la política alemana, dando especial visibilidad al proyecto. Por ejemplo, Kevin Kühnert, líder de Jusos, la organización de los jóvenes socialdemócratas alemanes. Por su oposición a que el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) repitiera en esta legislatura una gran coalición con la Unión Cristiano Demócrata (CDU) de Angela Merkel, este joven se ha convertido en una influyente figura en la izquierda alemana.

“Es muy positivo que gente como Kevin Kühnert haya decidido hacer esto, como también lo es que lo haya hecho Manuela Schwesig, la primera ministra del Land de Mecklemburgo-Pomerania Occidental”, comenta Günther, aludiendo a otra destacada responsable política del SPD. “No queremos que nos siga gente importante en la sociedad alemana –aunque eso también es relevante– sino que haya más botellas devueltas y que participe, cuanta más gente, mejor”, abunda el iniciador de los rescatadores del dinero de los cascos.

Ayuda a los refugiados

A la iniciativa se han sumado también organizaciones humanitarias de ayuda a los refugiados como Pro-Asyl, una de las más importantes del país, Women Refugee Route, dedicada especialmente a las mujeres inmigrantes, o Sea Watch, concentrada en rescatar en alta mar embarcaciones de migrantes.

“Todo lo que sea ayuda a los inmigrantes, a la integración y a Europa, lo vemos como buenas causas a las que dedicar el dinero de los cascos. Si se dedica a eso, estaremos orgullosos. Pero, en realidad, lo importante es que ese dinero se transforme en ayuda, ya sea para una causa importante o algo menos relevante. También puede ser bueno dedicarlo al refugio para animales de la esquina de tu barrio”, plantea Günther.

No es raro que este joven esté al frente de una iniciativa así. Como miembro del equipo de Spunk, Günther se dedica, entre otras cosas, a plantear ofertas y actividades culturales y lingüísticas para que refugiados y alemanes tengan la posibilidad de entrar en contacto. Alemania, sólo entre 2015 y 2016, recibió a no menos de 1,5 millones de demandantes de asilo.

Günther percibe cierta fatiga en las instituciones y en el debate público germano. “La sociedad alemana no está ahora tan abierta como hace cuatro años”, dice. Es más, “en el debate público, los refugiados hacen de chivo expiatorio”, añade. En 2014 Günther estuvo en las playas de la isla griega de Lesbos y luego en el pueblo heleno de Idomeni asistiendo como voluntario a los recién llegados al viejo continente en busca de asilo.

Ahora ha lanzado la idea de “los rescatadores del dinero de los cascos”, con la que puede seguir contribuyendo a la integración de los solicitantes de asilo llegados a Alemania, aunque de forma indirecta. Él confía en el “efecto bola de nieve” de su iniciativa. “Lo importante es que haya dinero para acciones positivas. No es, en cualquier caso, algo que tenga por objetivo mover una determinada cantidad de dinero. Sino que haya dinero para ayudar”, concluye.

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Cuida la naturaleza como si fuera tuya

3 septiembre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Siempre que observo un acto de incivismo en la naturaleza, como el muy ibérico gesto de tirar un residuo al suelo en mitad del monte y seguir caminando como si nada, me pregunto si esa persona hará lo mismo en casa.

Si descansará en el sofá del salón, dormirá en su cama o caminará por los pasillos de su vivienda rodeado de escombros, como los pobres enfermos que padecen el Síndrome de Diógenes. Seguramente no.

Entonces -me pregunto- si en verdad somos incapaces de arrojar un residuo al suelo ya sea en nuestra propia casa o la de otro, si a nadie se le pasaría por la cabeza quitarle el envoltorio al helado y dejarlo tirado en el suelo del comedor o acabar de servir el vino y arrojar la botella vacía a los sofás, ¿por qué no mantenemos ese mismo hábito cuando salimos al campo?

La única respuesta posible es el enorme desapego hacia la naturaleza que se ha instalado en nuestra sociedad. Solo desde ese desprecio hacia ella se puede explicar el lamentable espectáculo que ofrecen estos días nuestros espacios naturales, coincidiendo con la afluencia de veraneantes.

Para demasiados, la naturaleza es algo así como un parque de atracciones. Un lugar de ocio al aire libre en el que todo está permitido y al que la mayoría acude sin sentir el más mínimo sentimiento de responsabilidad ni ejercer ningún tipo de compromiso hacia su cuidado.

Los residuos que durante estos días se acumulan en nuestros espacios naturales, toda esa basuraleza arrojada a los caminos y las cunetas, son una muestra del desdén que sienten muchos ciudadanos por nuestro patrimonio natural.

Este otoño seguiremos siendo otros tantos los que salgamos a recoger toda esa basuraleza convocados por SEO/Birdlife y Ecoembes dentro del Programa Libera. Pero esa no es la solución.

No podemos seguir jugando al gato y al ratón con los residuos que siembran nuestro entorno. No se trata de que unos los tiren sin el menor cargo de conciencia y otros vayamos detrás recogiéndolos cargados de ella. Esto no puede seguir así.

Es necesario poner en marcha un plan nacional de educación ambiental que vaya más allá de las escuelas. Porque la realidad es que los que están ensuciando el monte no son los chavales.

Hay que promover el sentimiento de pertenencia a la naturaleza, y no solo convocar a la gente a que acuda a ella. Durante los últimos años, unos largos y oscuros años de ecofobia gubernamental y menosprecio institucional, la naturaleza ha acabado siendo arrinconada de la sociedad. Y debemos recuperar ese vínculo urgentemente.

Los espacios dedicados a la naturaleza y el medio ambiente deben tener una mayor presencia en los medios de comunicación. Y no para aleccionar, no para reñir, ni tan solo para ilustrar, sino para atraer la atención de la gente hacia nuestra fascinante naturaleza y seducir al personal para que disfrute de ella, la ame y la proteja.

Hay que cortar en seco el distanciamiento ciudadano de la naturaleza, porque en él residen buena parte de los problemas de conservación que la aquejan. Hay que promover el amor a la naturaleza en las escuelas, por supuesto: pero no solo. Porque si fiamos su suerte a las generaciones venideras, corremos el riesgo de dejarles un erial sembrado de basuraleza.

La arena de la playa no es tu cenicero

29 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

El tipo está sentado sobre la toalla frente a la orilla del mar. Lleva un rato apurando el cigarrillo con esa mueca tan característica: los dedos en pinza, achinando los ojos. Lo miro porque me temo que lo va a hacer. Y finalmente lo hace: una última caladita y sin apenas desviar la mirada clava la colilla en la arena y la deja allí. Con toda la pachorra, como si fuera lo más natural del mundo, quedándose tan ancho.

Dan ganas de ir a llamarle la atención, a decirle lo del “oye, perdona: se te ha caído”, pero lo cierto es que no es el único que lo hace. De hecho estoy rodeado de ellas: la arena está salpicada de colillas.

¿Qué podemos hacer para evitarlo? ¿Cómo podemos convencer a los fumadores de que la arena de la playa no es su cenicero? En Tailandia lo tienen muy claro. Desde el año pasado si te pillan tirando una colilla a la arena te cae una multa de 2.500 euros y una pena de un año de cárcel. Poca broma con los tailandeses. Y es que están hasta las narices de las colillas.

Con la entrada en vigor de la nueva ley anti-tabaco, las autoridades de este país asiático quieren acabar con el que, según su Ministro de Recursos Marinos, se ha convertido en uno de los mayores daños a la imagen turística de sus famosas playas. Un problema que está afectando gravemente a la pesca y provocando daños en la red de alcantarillado, lo que agrava los efectos de las inundaciones.

Y es que el inocente y en apariencia inocuo filtro de los cigarrillos es en realidad una bomba química altamente contaminante. El acetato de celulosa del que está compuesto retiene en su interior un cóctel de sustancias en el que, además de nicotina y alquitrán, podemos encontrar arsénico, cadmio, cobre, níquel y otros metales pesados.

Todo eso es lo que contiene una colilla, una pequeña dosis que, multiplicada por los billones de unidades esparcidas cada año por la arena de las playas, se convierte en uno de los mayores problemas medioambientales al que nos enfrentamos.

Sin conocer a fondo el problema, porque es imposible hacerse una idea aproximada de la cantidad de colillas que estamos echando al mar, la acumulación de colillas está resultando altamente tóxica para la vida marina. Pero no solo eso.

Los científicos llevan mucho tiempo alertándonos del alto riesgo que supone para nuestra propia salud que el veneno de las colillas acabe integrándose en la cadena trófica, contaminando el pescado del que nos alimentamos.

En España, y según cálculos del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT), estaríamos hablando de más de treinta y dos millones de filtros de cigarrillo al año. Y la mayor parte de ellos acaban siendo desechados de la manera más irresponsable en el entorno. Un entorno que en realidad es un gigantesco embudo que los acaba llevando al mar.

Cada día son más las playas sin humo, lugares de la costa en los que se prohíbe fumar, no ya por los efectos tóxicos del humo, sino para evitar que las colillas y su cóctel tóxico acaben en la arena.

Aunque todo es más fácil. Basta con que, si vas a fumar en la playa, no claves la colilla en la arena y uses cualquiera de las numerosas alternativas que tienes a tu disposición: desde los famosos ceniceros tipo cono que regalan en los chiringuitos, hasta una lata vacía. Esa es la mejor medida para que este problema, en apariencia menor, no acabe envenenando el mar y a nosotros mismos.

Dar un paso adelante en defensa de los animales

4 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Hace algo más de un par de años publiqué en este mismo Caballo un artículo titulado El día que dejé de comer animales en el que anunciaba mi decisión de hacerme vegetariano y explicaba mis razones. Aunque era una decisión sedimentada desde hacía tiempo, el punto de partida fue la lectura de un libro, Comer animales, de Jonathan Safran Foer.

Ahora soy vegano y, si echo la vista atrás, creo que una de las decisiones más importantes que he tomado a lo largo de mi vida y de la que más orgulloso me siento es precisamente la de haber dejado de comer animales. Hoy lo veo como un paso inevitable para alguien que siempre ha sido sensible a las injusticias y el único ‘pero’ que me surge es por qué diablos no lo hice antes. Si uno puede vivir sin hacer daño a los demás, ¿por qué hacérselo?

Mi experiencia la he contado en un libro, El día que dejé de comer animales, pensado para la gente que aún no se ha atrevido a dar el paso y en el que traté de indagar en el tema y de armarme de argumentos a partir de entrevistas con filósofos, médicos, expertos en medioambiente o activistas, entre otras Ruth Toledano, fundadora de este Caballo, cuyo trote nos ha enseñado a mirar de otra manera a los animales y a quien siempre le estaré agradecido.

Cada vez somos más quienes pensamos que la cuestión de los animales, de su sufrimiento, es un asunto ético que nos interpela como especie, que nos cuestiona y nos condena por la manera en que los tratamos. La ética, pues, está detrás de la decisión de mantener el statu quo, de mirar o no hacia otro lado, de enfrentarnos a un “holocausto” que se lleva por delante cada año billones de vidas en todo el mundo. La búsqueda de argumentos éticos me llevó a hablar con Óscar Horta cuando estaba escribiendo mi libro. Profesor de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Santiago, activista, publica ahora un libro imprescindible para saber de qué hablamos cuando hablamos del sufrimiento que los humanos causamos a otros animales. Y de cómo evitarlo. Se titula Un paso adelante en defensa de los animales y lo ha edita Plaza y Valdés, un pequeño sello mexicano que desde su desembarco en España hace algunos años se ha convertido en un referente del ensayo alternativo.

El punto de partida de Un paso adelante en defensa de los animales es el antiespecismo, una corriente de la que Horta es quizás su máximo referente intelectual en España y que desmonta la idea de que los humanos tengamos más derechos que el resto de animales por el mero hecho de ser humanos. El antiespecismo deja al descubierto un sistema de explotación hacia nuestros semejantes que ha alcanzado su expresión más perturbadora con la ganadería industrial, pero que abarca todos los ámbitos, no solo el alimentario: la medicina, la cosmética, la moda o el ocio, entre otros.

En un tono didáctico y divulgativo, Óscar Horta se sitúa en la posición de un lector que se hace preguntas en torno al especismo y el maltrato animal, pero que aún no ha encontrado respuestas. ¿Por qué dejar de comer animales? ¿Por qué los circos son una condena inaceptable para los animales? ¿Las abejas son también animales? ¿Es saludable alimentarse solo con productos vegetales? ¿Qué es el veganismo? Creo que cualquier pregunta o duda que pueda plantearse el lector respecto al sufrimiento animal y sus variables la ha recogido minuciosamente Horta y, lo mejor de todo, la ha respondido con argumentos sólidos, siempre desde esa perspectiva antiespecista de la que hablaba.

Se trata de un libro que trata de abrir los ojos al lector, un ensayo consciente de que el especismo está tan arraigado en nuestra cultura que difícilmente podremos desprendernos de él de la noche a la mañana. Por eso recomienda al lector que se tome su tiempo, que se vaya fijando objetivos asumibles para él. Aunque la idea es reducir al máximo el daño que les causamos a los animales, cualquier paso en ese sentido será positivo.

Horta dedica también un apartado al conflicto entre el ecologismo y el antiespecismo. Por sintetizar, explica Horta, el ecologismo no defiende a los animales en concreto, como individuos que sufren, sino como parte de un colectivo, como habitantes de un ecosistema. Una visión que choca irremediablemente con el antiespecismo. Un ejemplo de este conflicto sería, por ejemplo, la distinta postura entre los ecologistas y los antiespecistas a la hora de solucionar la presencia masiva en determinados ecosistemas de especies “invasoras”.

Ahora bien ( y este es para mí el único punto discutible del libro), creo que el empeño de Horta de marcar las diferencias entre el antiespecismo y el ecologismo, que comparto en gran parte, no debería ser obstáculo para buscar puntos de encuentro, una convergencia. Es cierto que la mayor parte del ecologismo se ha quedado atrás. Que yo sepa (puede que me equivoque), de las principales ONG ambientales (Greenpeace, Ecologistas en Acción, SEO-Birdlife, WWF y Amigos de la Tierra) de España ninguna tiene entre sus líneas de trabajo el antiespecismo.  Más bien todo lo contrario. Y en eso lleva toda la razón Horta. El ecologismo, o buena parte de este movimiento al menos, debería hacer una reflexión muy seria en este sentido y replantearse una visión anclada en la preponderancia de los ecosistemas sobre los individuos. Pero al mismo tiempo,  no siempre quienes se declaran antiespecistas son congruentes con el bienestar de los animales a escala global, pues no tienen en cuenta los daños que los humanos estamos causando en el medioambiente y que, en todo caso, nos rebotarán como un bumerán. Desalojar los productos animales de nuestra alimentación es sin duda un paso importante para luchar por los derechos de los animales, para evitar su sufrimiento, y de paso beneficiará también al medioambiente. Pero si comemos frutas y verduras envasadas o traídas de países lejanos, por ejemplo, si abusamos del coche o del avión en nuestra vida cotidiana,  estaremos haciendo un flaco favor a los animales. La quema de combustibles fósiles para el transporte o para producir plástico está detrás de los gases de efecto invernadero que han modificado ya el clima en la Tierra y que está matando a millones de animales. Por supuesto, no digo que Horta no tenga en cuenta estos factores, pero desde mi punto de vista además de marcar las diferencias con el ecologismo necesitamos tender puentes, necesitamos de una respuesta global que garantice una vida digna y sostenible para todos los habitantes del planeta, humanos y no humanos, sin supremacías de ningún tipo. Para lograrla, será necesaria la confluencia de todos los movimientos de liberación, entre otros el feminismo o el ecologismo. El debate, en todo caso, está abierto y Un paso adelante en defensa de los animales nos proporciona argumentos sólidos y contundentes a quienes pensamos que otro mundo es posible, también respecto a los animales, incluidos los humanos.

Hacerse vegano en la madurez

11 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los prejuicios que acompañan al veganismo son muchos y muy variados. Desde que solo comemos lechuga hasta que vamos a morir por déficit de proteínas, pasando por que es una moda pasajera, propia de millenials alejados del mundo real.

Sin embargo, abrir los ojos no tiene edad, y hay decisiones que se toman mucho mejor cuando una ya se conoce de memoria, por dentro y por fuera. Cuando la lista de prioridades empieza a estar muy clara.

Hay resoluciones que, cuando se toman rondando la sesentena, ya no tienen marcha atrás. Hoy os contamos los testimonios de algunas personas que han decidido, en plena madurez, dejar a los animales fuera del menú.

¿Qué les llevó a ello? ¿Cómo ha cambiado sus vidas? ¿Qué ha sido lo más difícil? ¿Y lo más satisfactorio? Sofía, Rosa y Sebastián nos cuentan, en primera persona, cómo viven esta nueva etapa.

Sofía Meler, escritora, 63 años. Lleva 5 siendo vegana

“No puedes decir que te encantan los animales y luego someterlos a esa esclavitud perversa que es la industria”.

Sofía Meler
Sofía Meler

Por una serie de circunstancias yo empecé a usar las redes sociales, cosa que antes nunca me había planteado, y allí, a través de las cosas que mi hija compartía, conocí la realidad de la industria alimentaria.

Aquello me horrorizó, hasta el punto de no poder quitármelo de la cabeza, me acostaba por las noches y no conseguía olvidar las imágenes que había visto. Empecé a darle vueltas y decidí que no quería formar parte de esa cadena.

La decisión ha afectado a mi vida muy positivamente. No sólo siento que vivo con arreglo a mis principios, además es cierto que me siento mejor en general. Y será por mi alimentación, o por otros motivos, pero la realidad es que mi salud es muy buena.

Socialmente, quizá por mi edad, me miran un poco como si se me hubiese ido la pinza. A veces, cuando explico por qué he tomado esta decisión, me dicen que si te pones a pensar todas esas cosas no puedes vivir. Yo suelo responder que el problema es que yo no podría vivir si no pensase todas esas cosas.

El sistema es inviable, estamos destruyendo este mundo, y no solamente por la carga que supone una alimentación tal como está planteada actualmente. O se toman decisiones drásticas, o esto no tiene marcha atrás. Personalmente soy poco optimista al respecto, pero cualquier medida que se tome pasa por volver a un consumo más racional de los recursos y para ello es determinante un cambio en la alimentación del ser humano.

Lo más satisfactorio es, para mí, poder mirar a los animales con total honestidad. No puedes decir que te encantan y luego someterlos a esa esclavitud perversa que es la industria. Es una cuestión de honestidad y, cuando uno es honesto consigo mismo, es más fácil vivir.

El ser humano ha alcanzado un estadio de bienestar que le permite empatizar con el dolor ajeno. Cuando debíamos invertir todas nuestras fuerzas en mantenernos vivos esa empatía no era viable, éramos nosotros o ellos. Ahora estamos muy lejos de esa situación y aunque el ser humano es capaz de lo peor, también tiene la facultad de ponerse en el lugar del otro y ya no caben coartadas de ningún tipo.

Por primera vez podemos elegir y es evidente que mucha gente ya lo ha hecho. A aquellos de mi generación que estén pensando en probarlo les diría que no lo duden, que lo hagan de una vez. Aunque solamente sea porque su cuerpo se lo agradecerá.

Rosa de Francisco, ejecutiva pre-jubilada, 63 años. Lleva 8 siendo vegana

“Lo mejor es poder reunirme con toda mi familia cercana, marido, hijos y nietos, que cada uno a su tiempo han llegado al veganismo”.

Rosa de Francisco
Rosa de Francisco

A los cincuenta y dos años, en Corea, me invitaron a comer perro. Cuando vi sus costillas, las vi tan parecidas a las de un lechal que en ese momento decidí no volver a comer carne, y me hice ovolactovegetariana.

Mi hija me ayudó luego a dar el paso al veganismo. Racionalmente, me convenció un conocido vídeo de Gary Yourofsky. No pude terminar de consumir los productos de origen animal que tenía en casa.

La prioridad para tomar la decisión fue, en primer lugar, la empatía hacia los animales. Luego, a partes iguales, salud y medio ambiente.

En ese instante empecé a identificarme con cada momento de la vida de cada uno de los animales, a sentir su miedo, su sufrimiento. El dolor de los que están condenados por el mero hecho de haber nacido de otra especie.

Lo más complicado de ser vegana es, por un lado, tener que convivir y moverse en un mundo no vegano. Pero tampoco es tan difícil cuando se aprende cómo. Por el otro, la impotencia de ser testigo del enorme sufrimiento de tantos animales sin poder evitarlo o aliviarlo.

Respecto a mi entorno, mi familia cercana – marido, hijos y nietos – reaccionó muy bien. De hecho todos son veganos. En cuanto a la menos cercana, algunos han aprendido a respetar nuestra opción de vida. Los que no lo han sabido, o no lo han querido hacer, se han ido alejando.

A pesar de lo que pueda parecer, el veganismo no es una moda, es una opción de vida que por una razón u otra, afortunadamente, se está volviendo tendencia.

A todos aquellos de mi generación que se lo estén planteando, les diría que se decidan a dar el paso. Que es más fácil y satisfactorio de lo que puede parecer a primera vista.

Sebastián López, biólogo, 61 años. Lleva 3 siendo vegano

“Si tuviera que poner un pero a haberme hecho vegano con más de 50 años, es la pena por no haberlo hecho antes”.

Sebastián López
Sebastián López

En 2010 empecé a colaborar como voluntario en un refugio de perros abandonados. El trabajo directo con los animales me llevó a ampliar mi formación y me documenté desde todos los ámbitos, incluido el ético, por lo que me convertí en un devorador de libros, relacionados al principio con la etología, biología y evolución, y poco a poco con textos sobre defensa animal.

En esta avidez me topé con la película Earthlings (Terrícolas) que me dejó en estado de shock y fue el clic que necesitaba para dejar de participar en tanta explotación, empezando por la alimentación.

Más tarde, el libro de Jonathan Safran Foer Comer Animales acabó afianzando la decisión.

El cambio vital no es tanto en cuanto al ritmo de vida diaria o de los productos que consumes, sino de la perspectiva que adquieres sobre la relación con los animales. Es un cambio brutal que debes aprender a gestionar, pues millones de situaciones que antes te pasaban desapercibidas ahora se muestran de forma evidente.

Una consecuencia es que decidí adoptar una actitud proactiva y me he convertido en activista, lo cual sí que ha marcado fuertemente mi vida, ya que todo el tiempo libre lo dedico a trabajar por el cambio en la relación con los demás animales desde una organización de protección animal.

Lo más complicado de hacerse vegano es, sin duda, la aceptación social. En un entorno en el que el 99% de la población es omnívora, todavía te siguen mirando como una rareza.

Es verdad que ya no es tanto motivo de chanza, cosa que antes era una constante en el cine, la televisión o la publicidad. Normalizar el veganismo es una de las tareas pendientes de los que luchamos por un futuro sin explotación animal.

Lo más satisfactorio, por otro lado, es intentar que nuestras acciones causen el menor daño a los animales. Sabemos que conseguir esto en un mundo tan globalizado y mecanizado es imposible al 100% (la utilización indirecta u oculta de productos de origen animal es casi infinita y además, con nuestros impuestos, pagamos subvenciones a muchas actividades económicas como la ganadería que no podemos controlar), pero en tanto avanzamos a ese objetivo estamos contentos de producir el menor mal posible.

Sentirse no partícipe ya es suficiente, pero comprobar que existen muchas otras alternativas exentas de crueldad, más saludables y sostenibles, te da mucha satisfacción.

En cuanto a nuestro entorno social y familiar, al principio reaccionaron con desconcierto, después con aceptación y poco a poco con comprensión. Intentan ayudar, aunque a veces nos sentimos un poco marginados en ciertas celebraciones donde los animales son los protagonistas de la mesa.

En algunos casos ha supuesto un distanciamiento, pero lo vamos solventando poco a poco. La mayoría de nosotros no hemos nacido veganos y hay que ser respetuosos con las personas que empiezan a preguntarse por lo que estamos haciendo con los animales, aunque aún no abracen el veganismo.

A aquellos de mi generación que se lo estén planteando les diría que la edad para empezar a ser vegano es indiferente. Las dudas en cuanto a salud ya están resueltas sobradamente por los expertos en medicina y nutrición.

Si tuviera que poner un pero a haberme hecho vegano con más de 50 años, es la pena por no haberlo hecho antes. Por no haberme dado cuenta con muchos más años por delante para salvar a muchos más animales.

Un mar de plástico: la historia tras la impactante portada de National Geographic

6 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“Ocho millones de toneladas de plástico acaban en el océano cada año. Y esto es solo la punta del iceberg…”, es el subtítulo de la portada de National Geographic centrada en denunciar los peligros de un material que, según afirman en su página, empieza a biodegradarse a partir de 450 años. Ropa, botellas, anillas para latas… Son muchos los productos que atentan directamente contra la preservación de un planeta que lucha por no convertirse en un vertedero. Y, como reflejo de ello, la imagen con la que la revista abre su edición de junio: una enorme masa flotante que no es de hielo, sino de plástico.

El diseñador mexicano Jorge Gamboa es el responsable de una portada viralizada a través de redes sociales, donde algunos usuarios la catalogan de “memorable” e “impresionante”. También Vaughn Wallace, editor de la revista, considera que es una de esas imágenes que hacen historia. Sin embargo, no es la primera vez que se reconoce el potente mensaje de esta ilustración.

“La idea surgió por una asociación directa de elementos con los que he convivido a diario desde que estoy en la ciudad de Puebla (México)”, explica a este periódico el autor del cartel. Posteriormente, transformó aquellos objetos cotidianos en una imagen cargada de significado con una metáfora sencilla pero directa: “la punta del iceberg”. En este caso, de la contaminación.

El resultado final supuso unas seis horas de trabajo dedicadas a hacer fotografías, editarlas y lograr que aquel trozo de plástico pareciera un gran bloque de hielo. “Era necesario que el resultado final de la bolsa tuviera una punta para así asociar las formas de manera más directa y comprensible”, sostiene Gamboa, quien añade que para conseguirlo solo necesitó dos cosas: “Una cámara fotográfica y edición digital”. Pero también una tercera, quizá la más importante: la idea.

Con esa misma idea, el diseñador decidió participar en la Bienal del Cartel de Bolivia (BICeBé) de 2017, edición en la que recibieron más de 6.300 obras de 71 países del mundo. “Las evaluaciones analizan cada pieza por la claridad del mensaje, un buen cartel debe comunicar inequívocamente su propósito”, explica la coordinadora general del evento, Susana Machicao, a eldiario.es. Todo ello, unido al uso de la fuerza visual y semántica del lenguaje, convirtieron a la obra de Gamboa en ganadora de su categoría, la de mejor cartel político o social.

Una vez publicada la obra, al buzón electrónico del BICeBé llegaron cientos de mensajes pidiendo permiso para utilizarla en eventos o para hacer camisetas. “En 10 años de bienal ningún póster obtuvo la misma reacción”, aclaran desde la organización. Ya imaginaban que podía tener cierta repercusión, pero la respuesta superó toda expectativa. Según detalla Machicao, “al ser Jorge una persona muy reservada y alejada de las redes sociales”, fueron ellos quienes gestionaron toda aquella avalancha de peticiones “hasta establecer una confianza”.

Portada National Geographic

Desde entonces, como el BiCeBé  publica en Facebook, una decena de espacios comerciales y privados compraron o requirieron el cartel. Por ejemplo, la ONU Medio Ambiente en Brasil o Greenpeace España, entre otros. “De ninguna manera este tema se ha manejado de manera comercial, y los espacios que han pedido el uso han sido en su mayoría publicaciones medioambientales”, apunta Machicao. Continúa diciendo que, en algunos casos, “Jorge ha cedido los derechos sin coste alguno”, y que las dos únicas participaciones comerciales destacables son de Hugo Boss Alemania “que usará la imagen para su colección de camisetas de verano” y National Geographic, que “además hicieron un breve contrato”.

A pesar de ello, Gamboa matiza que en alguna ocasión ha rechazado posibles compradores o colaboradores “por cuestiones que desviaban la causa y el propósito de la imagen”. Lo que el diseñador busca, según detalla, es que “la imagen pueda llegar a diversos espectadores” para que así “genere un poco de conciencia sobre lo que está pasando con la industria del plástico”. Porque, al final, como el experto añade, “su problemática y solución también depende de cada uno de nosotros”.

Sin lugar para las 330 millones de toneladas

Justin Hofman | National Geographic
Justin Hofman | National Geographic

La portada se ha convertido en símbolo de conciencia medioambiental y, entre otras cosas, ha animado al National Geographic a eliminar el plástico de las publicaciones que llegan a sus suscriptores. Es solo un pequeño cambio que, como señalan en su web, “ahorrará al medio ambiente miles de bolsas no reutilizables”. No es suficiente, pero como apunta la directora editorial de Estados Unidos, Susan Goldberg, “es un ejemplo de esas simples medidas que empresas, Gobiernos y los ciudadanos podemos adoptar para garantizar un mundo menos contaminado”.

Como decía John Vidal, exjefe de la sección de Medio Ambiente de The Guardian,  “el plástico está en lo que comemos, bebemos y en el aire que respiramos y representa una amenaza cada vez más importante para la salud humana”. Y, como dato, el especialista medioambiental apunta que “en los años 50 el mundo producía dos millones de toneladas de plástico al año. Ahora son 330 millones de toneladas”.

A través de diferentes reportajes, la revista aborda los problemas derivados de los 5.700 millones de toneladas de residuos plásticos que no pasan por una planta de reciclaje. Y aunque la portada de Gamboa refleja todo esto en forma de metáfora, las imágenes más crudas se encuentran en el interior. Un caballito de mar agarrado a un bastocillo, una tortuga atrapada por unas redes, un león marino que ha ingerido un señuelo de pesca… Parece fauna y flora de un mundo posapocalíptico, pero es el presente.

Después de la enorme repercusión, ¿ha cambiado esta imagen la vida de Gamboa? El autor cree que es una pregunta bastante complicada de responder, al menos por ahora. Aun así, reconoce haber tenido varias “propuestas para realizar proyectos” y peticiones de personas interesadas “en cómo se realizó la toma fotográfica”. Asimismo, como estancarse en un solo diseño podría ser un error, el artista visual considera que necesita ponerse “nuevos retos”.

Por su parte, la coordinadora general del BICeBé señala que “la maravillosa reacción de la gente” se alinea con el objetivo principal de la organización, que no es otro que poner a los artistas latinoamericanos en la mira del mundo. “Este mes de junio, un diseñador mexicano invadirá el mundo con una portada que desde hace un poco más un año ha dado que hablar en redes sociales. Alegría hay de sobra”, agrega. Pero, a pesar de todo ¿es posible soñar un planeta sin plástico? “Sí, creo que, con el apoyo de la industria, la información y la voluntad puede ser posible”, responde Gamboa.

Jordi Chias | National Geographic
Jordi Chias | National Geographic

¡Basta ya de usar y tirar!

29 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Una tortuga con un bastoncillo de oídos clavado en la nariz. Un pez atrapado en una goma elástica. Una gaviota estrangulada por un aro de las latas. Un cachalote con más de treinta kilos de plástico en el estómago.

Las imágenes de lo que le estamos haciendo al mar y quienes lo habitan inundan las redes: a cual más tremenda, a cual más lamentable. Estamos acabando con la vida marina porque estamos convirtiendo los océanos en gigantescos vertederos.

Allí va a parar buena parte de lo que tiramos después de usar. Objetos que a menudo utilizamos apenas unos segundos para permanecer como basuraleza (la basura que abandonamos en la naturaleza) durante años.

Esa cañita de plástico, esa toallita que nos han dicho que podemos echar al váter porque es biodegradable pero que sabemos que no, y aún así la tiramos. El vaso de usar y tirar, la cucharilla de usar y tirar, el plato de usar y tirar, la servilleta de usar y tirar. Usar y tirar: ése es el concepto que está matando al mar. Y a la tierra.

Le hemos perdido el respeto a la basura hasta tal punto que ni siquiera pensamos en ella cuando la generamos. Por eso usamos y tiramos tantas cosas sin ningún remordimiento.

No pensamos en el alto coste de nuestros actos de consumo, de lo contrario no cometeríamos algunos gestos tan chorras como envolver un plátano en papel de aluminio para que el chaval se lo lleve a la excursión. Démosle un par de vueltas a ese gesto porque es uno de los mejores patrones del absurdo.

Envolver un plátano en papel de aluminio es absolutamente innecesario ya que no aportamos nada a su eficiente envoltorio natural. Pero es que además es muy probable que el chaval le quite el envoltorio sin mirar, lo haga bola y lo eche entre las zarzas. Y allí permanecerá como basuraleza durante muchos, muchísimos años: afectando al ecosistema y generando un grave problema de contaminación.

Un problema tan serio que hasta la Unión Europea se ha decidido por fin a actuar. El recientemente aprobado paquete de medidas para el impulso de la economía circular es una respuesta audaz a la contaminación por plásticos. Incluye un ambicioso capítulo de objetivos para reducir los productos de un solo uso, evitar los envases superfluos y promover la reutilización y la recuperación de sus materiales mediante el aumento de la recogida selectiva.

Bruselas quiere que en 2035 todos los estados miembro alcancen una cifra de reciclado del 65%. Además, para entonces solo podremos destinar a vertedero un 10% de nuestras basuras. El objetivo parece ambicioso, pero a estas alturas del problema resulta insuficiente.

Si queremos atajar en serio el grave problema de la basuraleza debemos actuar de raíz, es decir en las estanterías del supermercado.

Lo primero que deberían hacer las autoridades comunitarias es arrancar de un zarpazo normativo todos los productos de usar y tirar que hay en los lineales de las grandes superficies y los supermercados. Prohibido comercializar productos de un solo uso que tengan una alternativa perdurable.

Estamos hablando de imponer un arancel al gran consumo que penalice la economía lineal (producir-usar-tirar) y aliente la economía circular (producir-usar-recuperar-producir). Y los recursos generados con esa recaudación, para innovación: para investigación, para ecodiseño, para nuevos materiales, para prevención y reducción, para fomento del consumo responsable.

La basuraleza nos asedia. Estamos a punto de superar la capacidad de carga de nuestro entorno. Islas, continentes, hemisferios: La Tierra en su conjunto podría convertirse en un planeta basura si no abandonamos la cultura del usar y tirar.

Agua del grifo, por favor

1 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Menú del día. Con bebida -vino de la casa, agua embotellada o cerveza- incluida en el precio. También el postre. Pedimos un primero y un segundo. Para beber, agua. Del grifo, por favor.

El mundo se paraliza. Las miradas, que nos escrutan como bichos raros, exigen explicación. El agua mineral entra en el precio, nos dicen. Sí, sí, perfecto, pero queremos una jarra de agua del grifo.

Si lo que degustamos no es el menú diario, las miradas, las caras y las respuestas de quienes atienden son distintas: desde el “no hay problema”, al “solo puedo poner un vaso no una jarra”, pasando por el “solo servimos embotellada”. Entonces, pedimos una cerveza, porque no nos dejan pagar por nuestra jarra de agua.

Por estos lares informativos, evito enormemente hablar de mí, de mis problemáticas e inquietudes, aunque tengo claro que lo personal es político. No comparto, aunque respeto, la tendencia periodística de incluir a la persona narradora en los textos, aunque defiendo el periodismo situado. Evito también decir lo que pienso en espacios amplios o con gente desconocida. Pero, como mañana, 22 de marzo, es el Día Mundial del Agua, hago una excepción. Porque desde hace años, todo lo relacionado con la temática del llamado manidamente ‘oro azul’ me apasiona y mueve. Es decir, que escribo desde el yo situado, pero también desde la experiencia adquirida por muchos textos escritos, entrevistas realizadas, documentación leída y presencia en diferentes foros de debate.

En tiempos en los que todo tiene un precio, incluida la luz del sol, defender el agua, sin la que sería imposible vivir, como un bien común y un derecho humano me parece una pequeña revolución. Y, también, mi insignificante aporte para lograr un mundo más sano, justo y equitativo. Quien me conoce sabe que éste es mi empeño personal: siempre bebo agua del grifo. Y lo explico.

Desde el año 2010, el acceso al agua y al saneamiento son derechos humanos reconocidos por las Naciones Unidas; por lo que todas podemos y debemos exigir agua de calidad y retretes. Además, como bien común, no debería ser privatizable, aunque sabemos que se hace, obviamente.  Porque si no, ¿cómo es posible que nos cobren por un agua que es de todas? Pregunto: ¿de quién son los manantiales, los ríos, los acuíferos o el agua de la lluvia? Entiendo que debe haber derechos de uso y defiendo que se pague por el servicio de canalización, saneamiento, depuración, etc., pero no por beber agua. No. Tampoco pago (aún) por respirar. Sí, ya sé que aquí el debate es amplio y podríamos hablar de comida o vivienda, pero de esas sé menos.

Vender agua en una botellita (si es bonita mola más, es más guay, las hay hasta de diseño) es uno de los negocios más lucrativos que existen en esta sociedad en la que casi todo se mide en términos de ganancias: mueve más dinero que el petróleo y empresas como Coca-Cola ganan tanto o más por el agua que venden que por comercializar su proyecto estrella. Es fácil de entender: no hay apenas costes, son todo beneficios. Beber agua de botella cuesta un mil veces más que del grifo.

Por otro lado, ¿de verdad pensamos que es de mejor calidad la embotellada? Pues no siempre, o no debe de serlo. Son habituales noticias sobre agua mineral que es apenas tomada del grifo con algún mínimo añadido -un ejemplo: un estudio (datado en Florida) dice que el 25 por ciento del agua en botella es agua corriente-. Si la que sale de nuestro grifo no es del todo buena, debemos exigir que lo sea. Pero, no olvidemos, que es potable (con excepciones puntuales) en un 99,5 por ciento de los casos en el Estado español, según el Ministerio de Sanidad.

Derechos, costes, calidad… ¿y medio ambiente? En tiempos de la economía circular y verde, de la reutilización, o del reciclaje, no se puede obviar lo que implica una botellita de plástico. Bajo mi punto de vista, mejor que reciclar es no consumir. Pensemos en la cantidad de plástico que usamos para beber 50 centilitros de agua: un trago y a la basura… ¿y luego qué? Beber agua da vida, pero también puede matar.

Podría escribir mucho más  – sobre acaparamiento, sobre guerras,  sobre ríos, sobre depuración, sobre contaminación…-; podría citar a  Pedro Arrojo y su teoría de costes (no se puede pagar lo mismo por llenar una piscina privada que por una ducha); podría dar una vuelta al tema del lucro desmedido y los casos de corrupción ligados a la gestión del agua; podría enrollarme con las privatizaciones que empeoran el servicio y enriquecen al político de turno; me encantaría hablar de presas y desplazamientos; pero eso da para muchos reportajes y en ello andamos.

Por eso hoy me quedo con la simplicidad y la fuerza de beber agua del grifo. Bueno, si es verano y estoy en mi tierra, Extremadura, bebo del botijo.

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