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Marta Flich: “La gente se debería rasgar las vestiduras cada vez que un político promete bajar los impuestos”

7 julio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

La economista, actriz, humorista y presentadora de televisión valenciana Marta Flich ha publicado su primer libro. En Necroeconomía: El manual para entender la economía perversa (Grijalbo, 2019) comparte de manera más extensa y detallada las reflexiones sobre impuestos, mercado de trabajo o pensiones que habitualmente divulga en formato audiovisual, a menudo con un tono humorístico. Acompaña cada capítulo con ilustraciones del dibujante Darío Adanti.

En este manual “de economía sin números”, con el que pretende traducir a un “lenguaje inteligible” conceptos que se suelen trasladar voluntariamente “encriptados”, Flich habla también de política, corrupción, energías renovables o redes sociales, como explica en una entrevista con eldiario.es.

En su libro crea un nuevo término que llama necroeconomía y que define como todo aquello que se rentabiliza a partir del dolor, la muerte, la injusticia, la desgracia o todo a la vez. ¿Cuál sería el opuesto la necroeconomía?

El opuesto a la necroeconomía sería una economía progresista. Y sí que creo que haya una economía alternativa a ésta. La necroeconomía para mí, aparte de todo esto que has mencionado, es también esta nueva forma de política económica o de economía política en la que soy feminista pero cuando estoy en el poder no dedico recursos económicos a las partidas que garantizan la igualdad o la lucha contra la violencia machista. O garantizo que no va a haber una lista de espera en dependencia pero no doto las partidas presupuestarias de la ley de la dependencia. O sé que las mujeres, de forma cultural, equivocadamente, tienen que encargarse de los dependientes, y que por eso tienen que entrar y salir de un mercado de trabajo más precario y con contratos peores, pero no pongo remedio a todo esto.

Esto es necroeconomía y se está practicando desde todos los ámbitos pero también desde el Gobierno, las personas que trabajan para nosotros. Esto no deberíamos olvidarlo nunca. Los que gestionan nuestros presupuestos, nuestro dinero o los impuestos que se cobran de nuestros salarios. Esta gestión debe ir acompañada de los principios de igualdad y de progreso.

En el tema de los impuestos en estas elecciones se han hecho dos bandos: una derecha que promete bajarlos y una izquierda que dice, pero con la boca pequeña, que hay que mantenerlos y subir algunos. ¿Cree que es un tabú para los políticos explicar de verdad por qué hace falta pagar impuestos si se quiere tener un Estado de bienestar?

Yo creo que no tiene que ser tabú. Hasta ahora ha sido un tabú porque la derecha cree en la inverosímil “curva de Laffer”, que dice que cobrando menos impuestos se puede tener un Estado de bienestar alto. Para tener un Estado de bienestar entendido como educación pública, sanidad, cultura y pensiones, obviamente se tiene que subvencionar a través de los impuestos.

La derecha quiere dejar en un 38% del PIB los ingresos (impuestos) y los gastos. Cantidades muy similares a las de Bulgaria o Rumanía. Esto no es un Estado de bienestar desarrollado. La media de ese porcentaje en la Unión Europea es un 42% del PIB. Eso significa que para mantener el Estado de bienestar, cosa que a la derecha no le interesa porque que son muy fans de las privatizaciones y de desviar lo público a manos privadas, esta carga impositiva tiene que aumentar, pero no a las rentas pequeñas o a las partes más bajas del IRPF y a las clases medias. Hay que cargar a las grandes fortunas, a las grandes empresas, no a las pymes, que son un altísimo porcentaje del tejido industrial español. Las grandes empresas no tienen que tener exenciones, deducciones, ese tipo de cosas que facilitan que luego las tasas efectivas que se pagan sean muy pequeñas.

Si esto se explica bien, en un sistema en que la Constitución insiste que tiene que ser progresivo, la gente se rasgaría las vestiduras cada vez que alguien dijera que hay que bajar los impuestos porque en realidad en lo que se traduce es en que nunca la bajada de impuestos repercute a las rentas bajas y siempre facilita la evasión a las grandes fortunas.

En el libro habla de pensiones dignas y renta básica universal. ¿Ve este escenario posible en el futuro? La irrupción de la extrema derecha es una vuelta de tuerca a las ideas ultraliberales más salvajes, y ya hemos visto como acaban contaminando el resto del discurso.

El artículo 10 de la Constitución dice que se tiene que garantizar la paz social. Y si votamos a la ultraderecha, la paz social se va a terminar en el momento en el que le digas a una persona que ha cotizado toda la vida “no tienes una pensión”, y cada vez somos más los que vamos cumpliendo años. La conclusión sería “cuidado con lo que votamos, que luego puede traer consecuencias, sobre todo si nos mienten”. Pero volviendo a si veo en el futuro el mantenimiento de las pensiones o la renta básica universal, la respuesta es sí. Hemos visto que la jubilación, entre comillas, del rey emérito, va a cargo de los Presupuestos Generales del Estado. Bueno pues igual las pensiones tienen que ir también a cargo de los Presupuestos cuando no coticemos lo suficiente.

Tendría que haber un cambio del modelo productivo que garantice que tengamos mejores productividades, más valor añadido y por lo tanto que este valor añadido se traslade también a los salarios y que de esa forma coticemos más, de manera que no pongamos las pensiones en jaque y se pueda volver a llenar esa hucha de las pensiones. Ahora estamos además en un momento muy bonito en el que después de todas las cortapisas que se ha puesto a la energía renovable en este país por una cosa que llama oligopolio eléctrico, Europa nos está llamando la atención. Ahí hay una ocasión fantástica para cambiar el modelo productivo, las energías renovables tienen un alto valor añadido y podrían generar muchísimos empleos.

Estos temas que menciona están en el programa electoral de partidos de izquierda como el PSOE y Unidas Podemos. ¿Cómo contempla el cierto mercadeo y el pulso que ha empezado después de las elecciones entre estas dos fuerzas?

Partiendo de la base de que la política es el arte del diálogo, de poder llegar a acuerdos que faciliten la vida digna y la mejora de las condiciones de vida de las personas, veo necesario que se hable de cosas en común entre partidos progresistas para poder afianzar y sacar adelante determinadas políticas sociales que de otra forma no se podría hacer.

Lo que pasa es que, bajo mi punto de vista, hay algunos políticos que pecan un poco de adanistas, que creen que están haciendo las cosas por primera vez, que están inventando algo. Esto viene también mezclado con cierta falta de madurez que hace que pongan por encima sus egos, sus preferencias, sus personalismos, sus estrategias, en lugar de trabajar para la sociedad en España. Ante estas cortapisas, egos y faltas de madurez, infantiles y absurdas, creo que cuando determinados políticos no son capaces de ponerse de acuerdo para facilitar políticas deberían irse, y dejar que entren otros que sí hagan su trabajo.

Además de economía, en su libro habla de internet y redes sociales ¿Cree que el discurso público se empobrece más o se enriquece con esta manera de comunicar?

Tiene dos vertientes: una que me parece preciosa y es poner al alcance al político o al personaje público de las personas. Una señora de un pueblo de Valladolid puede ponerle un tuit al presidente del Gobierno. También es bueno porque puedes acceder a determinada información de otra forma sería más complicado. Yo empecé a trasladar mi trabajo de redifusión a través de las redes sociales.

Pero también es verdad que en redes sociales se forman microclimas de información sesgada: yo sigo una serie de personas que piensan como yo y entonces creo que el universo es lo que estoy viendo allí. Y la inmediatez de las redes sociales, la falta de profundidad, la potencia del titular, facilita que se te tergiverse o que intencionadamente se creen fake news. Aquí tenemos que acostumbrarnos a hacer pedagogía: “cuidado, dónde lo estás leyendo, quién lo ha publicado, quien más se ha hecho eco”. Y hay otra parte negativa que son los haters, el maltrato, el insulto, a través de redes sociales, que a veces roza lo penal.

¿Usted qué hace en esos casos de insulto personal?

Antes los bloqueaba y ahora tengo un filtro con el que solo puedo leer a la gente a la que sigo y a las cuentas autorizadas, así que me ahorro un montón. No hay que hacer el más mínimo caso y además a las mujeres siempre hay cierta tendencia primero a desacreditarnos y luego a meterse con nuestro físico, con nuestra edad. Y la versatilidad el machismo no la entiende. A mí a veces me critican por ser presentadora. Le habría estallado la cabeza a esta gente con el renacentismo.

Siendo mujer y humorista, con una imagen distinta a la habitual en los economistas ¿ha tenido que luchar especialmente por mantener la credibilidad profesional dentro de la economía?

Tengo credibilidad no solo por a lo que me dedico sino porque también formo parte, por ejemplo, de Economistas Frente a la Crisis y otros espacios de economistas progresistas. Estoy con pesos pesados de la economía de este país. Utilizo la vía del humor para hablar de Economía pero también estoy en foros muy rigurosos y mis fuentes son absolutamente fiables. Es verdad que existen digitales de derechas que se han creado para intentar dinamitar a los progresistas. Y también suele estar bastante ligado con el machismo. Desde ahí se me suele atacar bastante, pero si ladran me parece estupendo. Cada vez que alguien trata de desacreditarme por mi aspecto, creo que se hace un selfie y queda retratado en su psicología y su capacidad.

Isaac Rosa: “Nos quejamos de los jóvenes, pero los adultos somos los primeros que leemos menos que antes”

20 junio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Como muchos padres, Isaac Rosa (Sevilla, 1973) veía como su hija mayor, Olivia, de 13 años, que había sido siempre una ávida lectora, se alejaba de los libros al llegar a la adolescencia. Entonces decidió hacerle una propuesta insólita: escribir un libro juntos. El resultado de ese desafío –que al final lo fue para ambos– es W, una novela juvenil escrita a cuatro manos que acaba de ver la luz en Edebé.

“No sé si llamarla juvenil”, corrige el escritor, “o novela para todos los públicos, o novela también para los jóvenes. Lo seguro es que yo tenía ganas de hacerlo, llevo muchos años visitando institutos y los chavales leen cosas mías, sobre todo cuentos y los dos cómics que he publicado, pero me apetecía brindarles otra cosa: no una obra juvenil por ser más accesible, sino que tuviera que ver más con sus vidas”.

Esto, sumado, a la motivación personal de evitar que Olivia “entrara en barrena, y tratar de mantener ese hilo con la lectura”, hizo que Isaac Rosa se pusiera de inmediato manos a la obra. Su hija demoró un poco más. “La verdad es que tardó unas semanas en implicarse; al principio lo vio con muchas reticencias. A esa edad, una propuesta de tu padre es casi siempre lo peor”, bromea el autor de títulos como El vano ayer, El país del miedo, La mano invisible, La habitación oscura o el más reciente Feliz final.

Crear para comunicarse

Como es lógico, la experiencia del novelista profesional pesó en el proceso de elaboración de W. “Yo iba escribiendo capítulos, luego los poníamos en común y pensábamos cómo podía continuar la historia. El desarrollo fue todo lo democrático e igualitario que puede ser la relación padre-hija y escritor-lector”, apunta. Y no duda en recomendar la fórmula a los padres que quieran vencer la clásica resistencia comunicativa de los jóvenes. “Evidentemente, cualquier proyecto creativo es una forma de comunicación. Tal vez sea indirecta, lateral, pero acaba siendo un intercambio muy rico. Nos dimos cuenta de que, cuando hablábamos del libro, en realidad lo estábamos haciendo de nosotros mismos. Y si no quieren o pueden escribir con ellos, también vale leer juntos. Me gusta saber que los lectores de mis novelas que han cogido el libro han acabado leyéndolo con sus hijos”.

¿Y de qué va W? Pues de una chica que un buen día descubre que tiene una doble idéntica, y de su reacción ante ese descubrimiento. Un tema que, bien mirado, se inserta en una tradición que va de la Grecia clásica hasta Borges, pero que el tándem Isaac-Olivia quería llevarse a su terreno. “Lo que suele hacer la figura del doble es activar muchas preguntas que tienen que ver con la identidad: ¿Quién soy? ¿Tengo la posibilidad de vivir otras vidas? ¿Qué pasaría si otro ocupara mi lugar? Es un asunto que está lleno de preguntas, dudas, deseos y miedos que siempre rodean a estas historias, y que tienen mucho que ver con esa edad en la que, precisamente, se está formando nuestra identidad”.

Por otro lado, cabía preguntarse si también en esta obra a cuatro manos asoma el aliento social que suele acompañar las obras del sevillano. “Algo aparece, pero tampoco quería resultar demasiado previsible”, admite. “Puesto que se habla de la entrada en la adolescencia, queríamos que empezara en un registro infantil y que fuera evolucionando hacia algo más maduro. Se trata de asomarse a ese mundo adulto desconocido, y empezar a ver lo que no veías cuando eras pequeño”.

El “bache” de la lectura

Como padre, él también ha padecido ese momento en que los jóvenes dejan de leer y se refugian en los videojuegos, o simplemente en actividades colectivas. “Intento desdramatizar, es solo una etapa. Cuando entras en el instituto las relaciones son más de grupo, no hay espacio ni gente con la que compartir lo leído. Lo de pasar de leer mucho a no tocar un libro en toda la semana al principio me preocupaba, pero tampoco me puse a perseguir a Olivia. Le dejaba algún libro a su alcance que pudiera gustarle, y ya está. Cuando se ha sido muy lectora de niña, tengo la confianza de que se pase el bache y luego vuelvan”.

En todo caso, Isaac Rosa no cree “que sea un problema solo de niñas o adolescentes, los adultos somos los primeros que leemos menos que antes. Y a la hora de repartir responsabilidades, los propios escritores, que repetimos cosas como que la mejor literatura de hoy está en la tele, y que si Shakespeare viviera escribiría para la HBO. Primamos otras formas de consumo cultural, y satisfacemos la necesidad de que nos cuenten historias con la tele. Eso deja poco espacio a los libros. Y sin embargo, crecen los clubes de lectura, gente que lee y busca una comunidad con la que compartirlo”, agrega.

El escritor, que se declara seguidor de autores supuestamente juveniles como Gianni Rodari, Christine Nostlinger o Roald Dahl, cree que tampoco los youtubers que ahora provocan largas colas en las ferias del libro son ninguna amenaza. “Es un fenómeno similar al que antes representaban los famosos de la tele. Esos ‘intrusos’ siempre han estado ahí, y hemos convivido bien con ellos”.

A propósito de intrusismo, cabe preguntarle a Isaac Rosa si se ha sentido como tal en esta incursión en las letras juveniles. Y si ha sido tan difícil el cambio. “Desde luego me he sentido entrando en un terreno que no era el mío, pero he escrito con la misma exigencia con que lo hago para cualquiera. Y he sentido también una presión mayor, quería ver si era capaz de interesar, de emocionar a lectores a los que no conozco, porque no sé nada de los adolescentes de ahora. Y cuanto más jóvenes, será peor. Creo que lo más difícil debe de ser hacer álbumes ilustrados de los que apenas tienen texto, y conectar con niños de cinco o seis años. Eso no está al alcance de cualquiera”, apostilla.

El último libro de Josep Fontana: análisis del pasado y proyecto social

12 junio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

El gran comunista libertario inglés William Morris escribía en los compases finales de lo que había sido una vida marcada por la fecundidad creativa de saberes artesanos y revolucionarios que “la mejor forma de prolongar el resto de nuestros días, viejo amigo, es terminar nuestras viejas cosas”. Y algo hay de eso en la última obra póstuma de Josep Fontana Capitalismo y democracia 1756-1848, escrita en los días que la enfermedad le acortaba su vida. En ella hay una vuelta a sus orígenes, a los primeros pasos que dio como historiador con la publicación en 1971 de La quiebra de la monarquía absoluta (1814 -1820), donde pretendía explicar el paso del antiguo régimen al nacimiento del capitalismo en España. Pero no es un retorno sin más. El hijo de la casta de Clío, como le gustaba llamar a los historiadores a Marc Bloch, vuelve al inicio de su camino después de un larguísimo viaje de conocimiento y reflexión.

En una obra suya publicada en 2006 y que extrañamente para mí pasó relativamente desapercibida, De en medio del tiempo, se refería precisamente a su trabajo primigenio como un trabajo inconcluso y a la necesidad de volver a él ya que “con el tiempo fui aprendiendo que no existía un único e inevitable camino del pasado al presente, sino una multiplicidad de posibilidades (…) y entendí, por consiguiente, que lo que había estado estudiando no era la crisis y hundimiento de un régimen, sino el proceso por el cual unos protagonistas sociales crearon un determinado régimen nuevo, imponiendo una entre las diversas formas en que era posible construir el futuro y evitando que alguien pasara por los corredores que conducían a otras historias”. Y ello es precisamente lo que cierra y abre su último libro “por el corredor que no tomamos, hacia la puerta que no abrimos”.

La carga de Capitalismo y democracia es de profundidad. Sitúa el nacimiento del capitalismo no ya como el producto natural del desarrollo de nuevas fuerzas productivas y relaciones de producción en la crisis del feudalismo, ni siquiera como resultado de la acción de una burguesía que, como nueva clase social ascendente, habría derribado el viejo régimen, sino como una reacción. Una reacción protagonizada por esta misma burguesía y los terratenientes al crecimiento económico producido básicamente por los campesinos y los trabajadores de oficio. Esta tomó la forma concreta de un gran expolio que se perpetró contra los bienes comunes, hacedores no de un retraso que impedía el crecimiento, sino protagonistas de ese mismo crecimiento.

En la base de esta tesis, en el substrato de su reflexión, parece haber en este sentido un diálogo continuado con Marx, especialmente con el joven Marx, y el extraordinario historiador británico E.P. Thompson, que son los autores más directamente citados en este libro. En sus páginas reaparece así el Marx que reflexiona desde la Gaceta Renana en 1842 sobre los “robos” de leña, convertidos en tales por unas nuevas leyes de la propiedad que mutaban lo que antes era un bien común en propiedad capitalista. Este es un momento fundamental no sólo del nacimiento del capitalismo, sino del paso del viejo topo, como solía llamarse al propio Marx, del idealismo al materialismo.

Resuena también en toda esta descripción de la génesis capitalista Los orígenes de la Ley Negra del historiador británico, una obra aún hoy fundamental para entender cómo se expropió en los orígenes del capitalismo los derechos de las clases populares para convertirlos en crímenes. Pero en este diálogo va mucho más allá de lo que fueron ellos en la descripción de los propios orígenes del capitalismo y de los sujetos sociales que primero resistieron a su implantación para poner las bases de la alternativa al mismo después. Aquellos sujetos que, según Thompson, había que rescatar de “la enorme prepotencia de la posteridad”. Estos no son para Fontana ninguna suerte de proletariado industrial “maduro” (si es que nunca existió una clase obrera “madura” en lo que nunca ha sido una realidad estabilizada ni una identidad cosificada, por mucho que se insista en ello) sino los artesanos, campesinos, pequeños tenderos o trabajadores de oficio que Fontana va haciendo reaparecer en cada nuevo intento revolucionario desde los inicios del capitalismo hasta 1848. Es en ellos que apunta a la posibilidad una historia alternativa, una historia de lo que pudo ser a lo que aún podría ser, antes de la imposición del capitalismo. Una alternativa basada en el crecimiento económico equitativo bajo la hegemonía de los Consejos Campesinos y las sociedades de oficio. Posibilidad que no muere con la implantación del capitalismo, sino que constituye durante el siglo XIX su principal alternativa en los albores del nacimiento del comunismo, las tradiciones libertarias o el socialismo.

En este marco, es interesante la reflexión que introduce sobre los efectos perduradores de la Revolución Francesa. De hecho, para Fontana el principal legado de esa revolución –a la que Michelet se dirigía afirmando “Llama ¿cómo debiste ser, cuando tus cenizas queman todavía?”– no fue ser una revolución burguesa inexistente, sino la supresión de los derechos señoriales a la vez que se preservaban los comunales y se procedía a un reparto de la propiedad entre los campesinos que poco tenía que ver con las desamortizaciones posteriores europeas. Lo cual explicaría como uno de los países más poblados del continente, Francia, tuvo una relación inversa de crecimiento de la esperanza de vida y de la talla de sus habitantes en relación al resto de Europa, donde decrecieron con la extensión del capitalismo, y no vivió fenómenos migratorios masivos en las crisis de subsistencia que sí afectaron a Gran Bretaña, Irlanda, Alemania o a Italia.

Pero con todo esto en realidad no decimos nada de este libro. Esta es una historia del capitalismo y es una historia de las alternativas al mismo. Una historia de las posibilidades de los luditas de instaurar una república democrática en Gran Bretaña en 1812 o de las luchas por la democracia y el socialismo, luchas que no eran sino una y la misma, en las barricadas de la primavera de los pueblos de 1848. La historia de todo ello y de la construcción de un modelo. Un modelo de sociedad y un modelo de Estado, el de la sociedad capitalista y el del Estado liberal, en un recorrido que puede ir de una minuciosa explicación de lo que se cocía en el Congreso de Viena de 1815 entre las grandes potencias europeas, hasta la mirada global con la que nos hace viajar por Asia y África o los vastos territorios de América. Así, son extraordinarias las páginas dedicadas a la importancia de la suerte de la moneda africana, los cauris formados por conchas, y su expropiación para entender la ruina de las economías africanas ante el gran engaño capitalista. Como lo son también aquellas que nos hablan de la relación entre capitalismo y esclavismo, que no era una “rémora” del pasado que el capitalismo abolió, sino precisamente producto de su pretendida “modernidad” terminado a partir de las luchas que se libró contra ella.

Esta es la historia, en definitiva, de una relación que se ha querido secuencial y que en realidad era y es profundamente contradictoria. La historia del capitalismo, el Estado liberal y la democracia que no son varias caras de la misma moneda como demasiadas veces han contado los apologetas del orden establecido. Pero es también una historia de cómo desde las cenizas de los sucesivos impulsos revolucionarios, la burguesía triunfó al implementar un modelo de control de los trabajadores europeos a partir de la formación de un tipo de Estado específico pactando con el viejo orden. El reverso del esclavismo y de la explotación de las poblaciones no europeas sería este sentido para Fontana el estado de control y sumisión al que se quiso condenar a los trabajadores del viejo continente. Desde la construcción de un nuevo tipo de Estado se redefinieron así las leyes de la propiedad, para proclamar justo después que éste nunca más debía intervenir en el mercado “libre” que él mismo había creado.

Para Fontana, la máxima expresión de la hegemonía de esta burguesía se produjo cuando consiguió convencer a sus propios adversarios de que ella misma constituye una fuerza revolucionaria de progreso. Y es por ello que, en su legado final, Josep Fontana nos invita a desvelar “cómo empezó este engaño”, que es como subtitula Capitalismo y democracia. En sus últimos días dedicó las horas que le quedaban a enseñarnos el pasado de nuevo, en lo que no es una historia con voluntad académica, como aclara él mismo en las primeras páginas de su libro, sino la historia como “análisis del pasado y proyecto social”, siguiendo los pasos que nos dibujó en su libro de 1981 Historia. Análisis del pasado y proyecto social. En su final volvió a los orígenes y así nos invitó de nuevo a cruzar el corredor que no tomamos, la puerta que no abrimos.

Cuando Lorca llegó a Madrid y comenzó su triángulo de amor bizarro con Dalí y Buñuel

8 junio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Hay figuras fascinantes que generan efemérides con cada paso que dieron en vida. Ese es el caso de Federico García Lorca, cuya corta e intensísima existencia le ha convertido en un símbolo universal y reivindicado en cada rincón del mapa que cartografiaron sus movimientos.

De todos estos lugares, Madrid fue uno de los más importantes, donde se deshizo de las cadenas homófobas y conservadoras de Granada y fraguó amistad con los que serían sus dos mosqueteros incondicionales -o no tanto- hasta que la muerte le encontró con 38 años en un paredón de fusilamiento fascista.

Cuando Lorca se instaló de forma definitiva en la capital corría la primavera de 1919. La arboleda de la Residencia de Estudiantes estaba en su máximo esplendor, no muy alejada de cómo luce cien años después en un lateral del masificado Paseo de la Castellana. El edificio de ladrillo es el mismo, pero la atmósfera no tiene nada que ver con la que respiraban Federico, Salvador Dalí y Luis Buñuel en los locos años 20.

Ante el centenario de la llegada del poeta, Madrid ha querido recuperar aquella esencia homenajeándole con lecturas, proyecciones y rutas por los lugares favoritos de los tres enfants terribles. Algunos todavía existen, otros se han convertido en Starbucks y en muchos hace falta imaginación para visualizar las tertulias intelectuales y las juergas sin freno de aquel entonces. Es mucho más fácil hacerlo en compañía de alguien que lo ha estudiado tanto que parece que estuvo allí, incluso habiendo nacido en otro país.

El hispanista irlandés y entregado biógrafo de Lorca, Ian Gibson (Dublín, 1939), se sabe tantas anécdotas que cualquiera diría que fue el cuarto voyeur de la cuadrilla. Todo ese conocimiento bebe de la obra del poeta, el cineasta y el pintor, de los libros de Historia y de la correspondencia indiscreta, en ocasiones algo picante, que intercambiaban entre ellos y con otros visionarios del s.XX.

Buñuel y Lorca
Buñuel y Lorca

“Madrid para un chico de provincias era La Meca, el centro de la cultura española. Acababa de terminar la Primera Guerra Mundial y había artistas de toda Europa refugiándose de la represión. Era un ambiente fantástico: a mí me habría encantado vivirlo y a ti también”, dice Gibson con la mirada brillante.

Federico toma la decisión de mudarse animado por su amigo Antonio Machado y por su catedrático de Arte en Granada, Martín Domínguez Berrueta. Un talento así no estaba hecho para permanecer detrás de Sierra Nevada.

La capital estaba en pleno proceso de prosperidad urbanística con la inauguración de la Gran Vía, los planos de Arturo Soria o las obras de canalización del Manzanares. Pero sobre todo era un momento de ebullición intelectual. Querían a la generación mejor preparada del país prestando sus mentes al servicio de la propaganda nacional y su particular laboratorio de genios era la Residencia de Estudiantes, situada a unos minutos de Nuevos Ministerios.

Entrar allí no era nada fácil, pero Federico García Lorca tenía el visado desde la cuna. De familia burguesa y adinerada, madre maestra y padre comprometido con la política, el joven Federico creció entre algodones culturales. No es de extrañar que perteneciese al selecto círculo de los hijos de la élite progresista española que entraban a un centro diseñado para su florecimiento personal.

“La Residencia es el lugar más culto y libre de España, la continuación de la Institución de Libre Enseñanza. Preconizan una España en Europa, hablando idiomas, escuchando a los otros y organizando conferencias con las mentes más preclaras de Europa, entre los que se encuentran Einstein, Curie o Stravinsky”, explica Gibson. “Decían que era el Oxford o el Cambridge de España, con grandes jardines y acequias, la gente paseando y dialogando, y donde estaba prohibido el ruido. Ni siquiera al perro del jardinero se le permitía ladrar”, continúa.

Dalí, Lorca y Buñuel: vidas cruzadas en la capital
La Residencia de Estudiantes

Lorca completaba sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras, “ese terrible moscardón del aburrimiento”, con lo que aprendía en la Residencia. Allí todo era distinto. No había separación entre ciencias y humanidades, e impulsaban todo tipo de nervio artístico -por eso él pintaba, leía, tocaba el piano e incluso actuaba en performances improvisadas con su querido Dalí-. La musicalidad de sus poemas se debe a esta etapa, que mejoró el bagaje poético que traía de Andalucía y le introdujo en la estética simbolista moderna.

“Había laboratorios y talleres donde les ayudaban a perfeccionar sus virtudes. Era increíble, un fenómeno único en este país. Y si no hubiera sido por la guerra maldita, la dictadura maldita y la diáspora maldita, España habría sido una nación floreciente porque estaba todo listo para que así fuera”, se lamenta su biógrafo.

Aunque conoció a Luis Buñuel nada más aterrizar en Madrid con 21 años, no sería hasta cuatro años más tarde, en 1923, cuando atravesó por la puerta un catalán extravagante que le rompería los esquemas. La relación que se estableció entre ellos tres fue arrolladora pero no carente de sombras, como quedó patente en sus misivas. Al final, al tiempo que pasaban en la Residencia había que sumarle una incesante vida social y nocturna que daba lugar a una sublimación de las pasiones.

Homosexualidad juzgada y celos ocultos

Sus lugares de alterne favoritos eran los bajos del Hotel Palace, donde se encontraba el Rector’s Club, y más tarde la coctelería Museo Chicote, definida por Buñuel como “la Capilla Sixtina de los martinis”. “Esto no para con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, en 1923, porque no era como el que va a venir después [Francisco Franco]. Primo de Rivera era mujeriego y noctámbulo, y así era Madrid también”, explica Gibson.

“El Palace es un local mítico, al lado del Congreso, para los líos amorosos y sexuales de los diputados, pero además cada noche un grupo de negros de Harlem montaba sesiones de jazz. Todos gastaban alegremente el dinero de sus padres en zarzuelas, teatros y en el Rectors Club”, rememora el biógrafo, quien asegura que entablaron una relación especial con los músicos neoyorquinos, a los que querían llevar a tocar a la Residencia.

Las noches menos hedonistas, acudían a las cafeterías del Paseo del Prado, atestadas de tertulias para todos los gustos: reuniones de médicos, de periodistas o de adictos a la filatelia. “La gente de Madrid hablaba mucho. Había veinte periódicos diarios porque el que sabía leer -había mucho analfabetismo todavía-, leía cuatro o cinco todos los días”, señala. Buñuel y Lorca estaban en sintonía ideológica, pero el único diferente era Dalí, “que tenía un buen cacao”. Eso no evitó que Federico, como señala el historiador, se enamorara perdidamente de él.

Dalí y Lorca
Dalí y Lorca

Dalí se resistía ferozmente a esa conquista por miedo a ser señalado como gay. Ya le estaba ocurriendo a Lorca en la propia Residencia, donde muchos de sus compañeros murmuraban sobre ese “defecto” que les hacía distanciarse. Incluso su gran amigo Buñuel le vilipendiaba por su sexualidad.

“En una carta a Pepín Bello, en 1926, se puede leer que Luis le escribe que ‘Federico es un asqueroso: primero, porque nació en Asquerosa (pueblo granadino) y segundo porque él es asqueroso'”, cuenta Gibson.

Por eso mismo, dice, es imprescindible la labor del biógrafo: para leer entre los silencios voluntarios de sus propias autobiografías. Buñuel nunca habló así a posteriori de Lorca, tampoco reconoció su dura crítica al Romancero Gitano ni la envidia que sentía por su relación con Dalí. Este último tampoco le reconoció en vida como su amor verdadero, pero se vislumbra en el “juego de seducción” que ambos mantuvieron por carta y que desesperó a Gala, que supuestamente rompió la mayoría de la correspondencia en un ataque de celos.

“Cuando entrevisté a Dalí, lloró recordando a Lorca”, dice Gibson, señalando que obviar la homosexualidad de Lorca es no entender su obra ni la razón de su muerte. El pintor murió en 1989 sintiéndose culpable por el asesinato de su mejor amigo, por haber sentido envidia de su genio, por no haber insistido más en que se mudase con él a Italia en 1936 y por juzgar su homosexualidad a su manera.

La memoria y la dictadura franquista dinamitaron el recuerdo de este triángulo curioso y fascinante de amistad. Pero nada puede borrar el legado que nació en la Residencia de Estudiantes, donde los tres consolidaron la “época dorada” de una institución llamada a revolucionar el Madrid de los años 20. Ya es tarde para eso; que sirva al menos para revolucionar su memoria.

Directores de periódicos que informan cuando les despiden

6 junio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Nos enteramos más de la realidad cuando los directores son despedidos que cuando tienen como misión contarnos lo que sucede desde la dirección de su periódico.

Se nos aparecen, libro mediante, como justicieros, reveladores de la verdad y azote de poderosos.

Como era de prever, ha generado una fuerte polémica el libro El Director (Libros del KO), donde David Jiménez cuenta los entresijos del año que estuvo al frente del diario El Mundo: presiones explícitas del gobierno, acuerdos más o menos secretos entre prensa y grandes empresas, toda la obra es una confesión de la corrupción generalizada de un periodismo comprado por el dinero y al servicio del poder.

La historia de un libro escrito por un exdirector una vez que lo han despedido me recordó al libro de Antonio Zarzalejos, que también hizo lo mismo tras su salida de ABC (La destitución. Historia de un periodismo imposible. Península, 2010). En él, Zarzalejos reconoce que su nombramiento fue consultado con el gobierno de Aznar y que el objetivo del periódico era hacer la “cobertura precisa” para ese gobierno, llegando a hablar de la “entrega editorial que el periódico prestó a sus dos Gobiernos (del PP) entre 1996 y 2004”.

Lo curioso de estos casos es que nos enteramos más de la realidad cuando los directores son despedidos que cuando tienen como misión contarnos lo que sucede desde la dirección de su periódico. Las tramas, conspiraciones, compra de periodistas por parte del poder económico, servilismo con el poder político se descubren cuando a los directores los cesan de la empresa y ya no tienen nada que perder. Entonces se nos aparecen, libro mediante, como justicieros, reveladores de la verdad y azote de poderosos. Uno se pregunta por qué ocultaban todo eso cuando disponían de un periódico para contarlo. Bueno, en realidad no nos lo preguntamos mucho, es bastante evidente, paradójicamente formaba parte de su misión como directores no contar las cosas.

Es muy saludable analizar cuándo las personas empiezan a hacer públicas las verdades. Esos políticos que dicen que su partido es corrupto cuando no son designados como candidatos, esos directivos que hablan mal de su empresa cuando les despiden, esos funcionarios que denuncian a sus superiores cuando encuentran otro trabajo en la empresa privada. Pero el caso más espectacular es el de esos directores que nos cuentan cómo funciona el país cuando los despiden de su periódico. Porque precisamente contarnos los entramados del funcionamiento del país es lo que se suponía que debían hacer antes de despedirlos, y no después.

Efectivamente, hay que leer los libros de estos directores, lo que quizás no había que leer eran sus periódicos. O dicho de otro modo, hay periodistas y directores que solo serán decentes y contarán la verdad cuando dejen de cobrar la nómina de sus empresas. Nos quieren hacer creer que les pagan por informarnos, pero es cuando dejan de pagarles cuando mejor informan.

La niñera que se convirtió en madre de un niño judío

5 junio, 2019

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 01 de octubre de 2014

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Gertruda y Michael, en Berlín en 1947. / P. EDITORIAL

 

En la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto también emergieron comportamientos edificantes de personas humildes y valientes. La polaca Gertruda Babilinska (1902-1995) fue un gran ejemplo. Ella era una católica en la Varsovia invadida por los nazis en 1939 que se jugó el pellejo para ayudar a la familia judía Stolowitzky, que le había dado empleo como niñera en su lujosa casa y, después, fue la heroica madre adoptiva del pequeño Michael cuando Lydia, la mamá del niño, murió y el padre, Jacob, quedó atrapado por la guerra en París y no pudo regresar a Polonia. Esta es la historia que cuenta La promesa de Gertruda (Plataforma Editorial), libro escrito por el abogado y periodista Ram Oren a partir de las entrevistas con los supervivientes de aquellos hechos y sus parientes, así como con los documentos obtenidos de su investigación. El texto fue publicado en 2007 en hebreo, se ha traducido a ocho idiomas, con 250.000 ejemplares vendidos; de estos, unos 3.500 en castellano desde que se editó en España el pasado mayo.

Hoy ligado al negocio del turismo y residente en Nueva York, Michael Stolowitzky dice, por teléfono, que Gertruda era “un ángel”. “No solo fue buena para mí; lo era por cualquiera que lo necesitase”. En la conversación, Stolowitzky la llama en todo momento “mi madre”. “Es que yo tenía entonces dos años y no recuerdo nada de mi madre biológica, así que Gertruda lo fue desde que tengo uso de razón. Bueno, fue más que una madre porque lo que ella hizo, debe hacerlo una madre por su hijo; pero en realidad no tenía ninguna obligación. Me podía haber delatado, había carteles por la ciudad en los que se amenazaba con la muerte a los que ayudasen a los judíos”.

Oren, autor de best-sellers, ha reconstruido esta “historia real” en una novela de 400 páginas en la que, además de la adinerada familia Stolowitzky, muestra a otros personajes atrapados por sus asfixiantes circunstancias personales, como el oficial de las SS Karl Rink, que se afilió al nazismo para tener un puesto de trabajo y vio cómo sus correligionarios asesinaban a Mira, su esposa judía, lo que le hizo tomar partido, de forma disimulada y arriesgando su vida, por aquellos a los que le habían ordenado exterminar. Así ocurre cuando se cruza con Gertruda y Michael para salvarlos de una muerte segura. Michael aún lo recuerda: “Íbamos andando por una calle de Vilna [adonde habían huido desde Varsovia] cuando cuatro soldados alemanes nos detuvieron, nos apuntaron con sus rifles y me gritaron repetidamente: ‘¡Bájate los pantalones!”. Si aquellos nazis descubrían a un niño circuncidado era su final y el de Gertruda. “Nos quedaba un segundo de vida cuando una voz dijo: ‘¡Soltadle!, no es judío”. Los soldados siguieron las órdenes del oficial Rink y se fueron.

Rink

El oficial de las SS Karl Rink en febrero de 1938. / P. EDITORIAL

En un mundo en el que llegar vivo al final del día era un triunfo, Gertruda Babilinska promete a Lydia Stolowitzky en su lecho de muerte que cuidará de Michael como si fuera su hijo y que lo llevará a la Tierra prometida, a Palestina. A partir de ese momento, la pareja protagonista se enfrenta con extraordinaria valentía a las penurias económicas, al frío, al temor de que alguien descubra que Michael es judío y lo envíen a un campo de concentración, a las bombas…

Cuando el conflicto bélico acaba, Gertruda y Michael viven una nueva odisea: embarcan junto a otras 4.500 personas en el célebre barco Exodus, en julio de 1947, en dirección al lugar donde nacerá el Estado de Israel. Michael cuenta que cuando Ram Oren se puso en contacto con él, quería escribir un libro sobre el Exodus e incluir unas líneas de su odisea junto a Gertruda. “Sin embargo, cuando quedamos, hablamos durante horas y al acabar me dijo: ‘Michael, nunca había oído una historia tan fascinante”. El motivo de su libro había cambiado.

Aquel niño llamado Michael creció y el horror de la guerra quedó atrás. A finales de los años cincuenta intentó recuperar parte de la enorme fortuna que su padre guardó en bancos suizos. Los vericuetos de otra lucha que detalla Oren.

Sin que se trate de una gran novela, el texto narra con logrado realismo acontecimientos históricos como la Noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, o la lucha por la supervivencia en el gueto de Vilna tras la invasión nazi. Quizás lo más desgarrador del libro son las despedidas de seres queridos que esperan volver a verse pero son conscientes de que será muy difícil, que probablemente es la última vez que se abrazan. Y lo más fascinante de esta historia es cómo una y otra vez la abnegada Gertruda tuvo tantas agallas para superar las terribles dificultades y cumplir su promesa.

La historia del médico republicano que llamó Lenin a su gato y acabó en una cárcel de Franco

2 junio, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Es el problema de poner nombres a los gatos. De llamarles Lenin y Trotski, en concreto. Y de hacerlo cuando el fascismo está gestando una conspiración golpista. Porque esta es la anécdota que rompe la vida de Antonio Bravo. Una historia sobre la guerra civil española y la represión franquista que ha novelado en Exiliado piel adentro su sobrina nieta, Ángeles de la Torre Bravo.

“Al tío Antonio le metieron en la cárcel porque le puso a los gatos Lenin y Trotski, fíjate qué tonto fue”, contaban en casa. “Resumiendo una especie de mito de lo que había pasado”, relata la autora. Antonio acabó preso por sus ideas. Ángeles ha derrotado al “silencio interminable”.

Y España, y Andalucía, necesitan “que se cuenten estas historias ocultas, que han estado menospreciadas. Es necesario”, subraya. “En este libro confluyen muchas formas por las que un grupo social es capaz de soportar la barbarie, pero la que destaca sobre todas es la del silencio”, explica De la Torre.

Exiliado piel adentro: Historia de un médico republicano (Aconcagua Libros, 2019) parte de la Alpujarra de Granada. En pueblos como Mecina Bombarón, por donde hizo vida el médico José Antonio Bravo Martínez. La obra está editada con la colaboración de los Ayuntamientos de Alpujarra de la Sierra y de Bérchules.

“La resistencia del hereje”

En las páginas toma cuerpo “la resistencia del hereje, del que tiene que seguir viviendo aún a costa de que nunca llegue el momento de respirar, de poder contar la verdad”, en palabras de Ángeles de la Torre Bravo, doctora en Bellas Artes y profesora de Educación Secundaria Obligatoria.

Por eso el título: Exiliado piel adentro. Una suerte de ostracismo heredado en cada casa. “Ocultar la verdad, no hablar de lo ocurrido”, expone la escritora, sirve como “excusa” para todo un país que impone “una carga que los de nuestra generación llevamos interiorizada”.

Manuel Martín Correa, antropólogo, y Ángeles De la Torre.
Manuel Martín Correa, antropólogo, y Ángeles De la Torre.

Y esta misma rémora, dice, “nos impulsa a comprender, a desmenuzar los acontecimientos para poder saber quiénes somos y hacia dónde vamos”. Como ella ha hecho. Desbrozar esas conversaciones en voz baja, en la intimidad de la lumbre. Esas historias de mesa camilla que dibujaban al “tío Antonio” como aquel tipo que alzó la bandera bautizando felinos. “Qué tonto fue”, oía Ángeles, siendo niña.

“Yo necesitaba entender”, resume Ángeles. “Había hecho una entrevista a dos personas mayores del pueblo, que ya han muerto, y me contaron lo que ocurrió, cómo la República estuvo hasta el final”, narra. O cómo esta adhesión popular al Gobierno legítimo marcó la represión posterior del franquismo. Y contarlo, después, en forma de novela “para que llegue a más gente”, para cubrir los huecos que sugieren la documentación histórica, los archivos y los testimonios orales.

El médico rural, y rojo

El protagonista del libro es Antonio Bravo. Nació en 1900. Era psiquiatra, en los años 30 trabajaba en el Hospital de Miraflores de Sevilla. Hasta que estalló el golpe de Estado del 36. El tío Antonio trabajó hasta los 78 años de edad. “Con un sueldo estipulado como represaliado y porque no tenía otro medio de vida, no podía jubilarse, ni tener pensión o hacer otra cosa”, asegura su sobrina nieta.

Antonio cayó preso. “Me metí en los archivos militares y un día, investigando, me encontré a José María García Márquez que me contó una anécdota”. Un espía suizo se hizo pasar por quien canjearía presos entre la zona republicana y la rebelde. “Pero fue una trampa”. No llegaron a Portugal.

Presentación en Sevilla del libro 'Exiliado piel adentro: Historia de un médico republicano'.
Presentación en Sevilla del libro ‘Exiliado piel adentro: Historia de un médico republicano’.

“Vi todos los papeles, cómo contaban el proceso”, dice De la Torre. “Ni mi familia sabía esto”, cuenta. El tío Antonio estuvo cuatro años entre rejas. Otros cobraron peor suerte: “a muchos los asesinan”.

“Ya en el 40 se acogió a la ley franquista de redención de penas por el trabajo y cogió una plaza, trabajó en Mecina Bombarón, cobrando lo mínimo”. Antonio se convirtió en el médico rural de la zona. “Iba en burro”, por pueblos de nombres como Yátor, Golco o Válor.

“Se ganó a todo el mundo, lo querían”, resume Ángeles de la Torre. “Cuando presenté el libro en Mecina Bombarón, una mujer me dijo que le había salvado dos veces la vida”. Otra historia que quedó: “Si don Antonio Bravo dice que dios no existe, es que dios no existe, porque es el que más sabe del pueblo y si él lo dice es que es verdad”.

Siempre vigilado por las “fuerzas vivas”. Y a cada paso manteniendo firmes sus ideales. “Para muchos era la figura en el pueblo que le abría la visión de otro mundo”, según la autora. El “tío Antonio” mantiene “la esperanza en derrotar al fascismo”. “Siempre”, dice Ángeles.

Los lazos vitales del “tío Antonio”

Las vivencias de los personajes que aparecen en Exiliado piel adentro están “imbricadas con acontecimientos históricos que van desde la guerra de las Alpujarras, la expulsión de los moriscos y la repoblación, hasta la guerra de Cuba, la restauración monárquica, la proclamación de la Segunda República, el levantamiento militar franquista y sus 40 años de dictadura”.

Y los trayectos vitales familiares, con el acicate de la guerra y la dictadura, trazan lazos que cruzan océanos y desembarcan en Mendoza (Argentina) y La Paz (Bolivia). Por esos lares también transcurre la historia del “tío Antonio”, de aquel médico con ideas de izquierdas que acabó señalado, como contaba la leyenda íntima, por bautizar a un gato como Lenin y a otro felino como Trotski.

Vida y muerte de las cajas de ahorro

28 mayo, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Las cajas de ahorro en España iniciaron su actividad en la tercera década del siglo XIX. La nueva clase, la burguesía, necesitaba herramientas de control social que sustituyeran las instituciones de asistencia que monopolizaba la Iglesia en el Antiguo Régimen. El largo proceso de desamortización dejaba desamparados a amplios sectores populares creando un potencial foco de rechazo a su ascenso y hegemonía.

Las cajas crecieron ligadas en principio a los montes de piedad y a la lucha contra la usura para acabar consolidándose, en un largo proceso de más de un siglo, como la hucha de las clases populares ante las contingencias de la vida.  A finales del siglo XX eran ya parte esencial del sistema financiero y llegaron a manejar las dos terceras partes del ahorro español. A partir de la última década iniciaron un proceso de concentración, mediante fusiones o absorciones.

Al iniciarse la actual centuria Galicia contaba con dos grandes cajas que controlaban la práctica totalidad del ahorro de los gallegos: la Caja de Ahorros de Galicia, formada a lo largo de varias décadas mediante la fusión de las pequeñas entidades del norte de la comunidad autónoma alrededor de la Caja de Ahorros de A Coruña, y en el sur de la comunidad, Caixanova, creada en 1999 como resultado de la imposición de la Xunta de Manuel Fraga, que agrupó las entidades de Pontevedra y Ourense alrededor de la Caja Municipal de Vigo.

La crisis económica iniciada en 2008 supuso la práctica desaparición de las cajas como consecuencia de varios factores. Unos, internos: gestión orientada preferentemente al sector inmobiliario, expansión desordenada, comercialización de hipotecas, créditos y nuevos productos financieros de alto riesgo e inversión en sectores industriales en declive. Y otros, externos: la desregularización impuesta desde los centros del pensamiento neoliberal.

La crisis económica supuso para Galicia la pérdida de todas las entidades financieras que obedecían a intereses asentados en la comunidad autónoma. Tras 242 años de existencia, el Banco Pastor acabó integrado en el Banco Santander, y el pequeño Banco Etcheverría, comprado por el venezolano Banesco Banco Universal.

Fue un proceso largo y complejo para las cajas. Primero, el Gobierno de la Xunta de Galicia de Alberto Núñez Feijóo impuso la fusión de las dos entidades asegurando disponer de una auditoría de la consultora neerlandesa KPMG que la recomendaba. La auditoría costó un millón de euros y, hoy por hoy, la Xunta se niega a entregarla a la oposición del Parlamento de Galicia. La entidad resultante Novacaixagalicia acabó siendo intervenida por el Fondo de Restructuración Ordenada Bancaria (FROB), que desembolsó 10.118 millones de euros para mantenerla a flote y convertirla en banco. Fue un paso previo para venderla en 2013 a Juan Carlos Escotet, propietario de Banesco Banco Universal, por 1.003 millones de euros, y se cambió la marca comercial para Abanca. La venta supuso para el FROB la pérdida de 8.551 millones de euros, dinero de todos los contribuyentes, mientras que al tercer año Abanca ya había recuperado en beneficios la inversión de su adquisición.

Al mismo tiempo, el proceso de venta destapó todo tipo de irregularidades en la gestión de las inversiones y depósitos. Los principales gestores, Julio Fernández Gayoso, José Luis Pego, Gregorio Gorriarán, Domingo González Mera, Óscar Rodríguez Estrada y Ricardo Pradas fueron condenados por administración desleal, apropiación indebida, cobro de prejubilaciones y retiros fraudulentos a diversas penas de prisión y devolución de lo robado, y se enfrentan a nuevos juicios en la Audiencia Nacional.

Jefe de Falange

Pero la condena de los gestores de cajas de ahorro popular en Galicia tenía un precedente. En la década de 1970 los altos ejecutivos de Caixa Ourense, una de las entidades que acabó formando en 1999 Caixanova, también fueron encausados y el Tribunal Supremo impuso a su director, Ricardo Martín Esperanza, 15 años de cárcel. Fue indultado por el rey Juan Carlos I en 1982.

Ricardo Martín Esperanza lo había sido todo en la entidad desde que entró en 1947. Además, fue uno de los fundadores y jefe de la Falange provincial, alcalde de Ourense, procurador en las Cortes franquistas y uno de los hombres más poderosos a nivel político de Galicia, pues tenía acceso directo al dictador. En el plano económico había llevado a una pequeña entidad de ahorro montada en 1933 por los republicanos y socialistas que regían la Diputación Provincial a ocupar a finales de la década de 1960 el octavo lugar, de un total de 82 cajas, en la clasificación de depósitos. O el segundo en imposiciones en divisas, solo por detrás de la Caixa de Estalvis i Pensions de Catalunya, la actual Caixabank. Y todo a cuenta de la diáspora hacia Europa que en la década de 1960 propició la emigración de alrededor del 60% de la mano de obra provincial en edad de trabajar.

Por eso, para los orensanos la historia de la Caja de Ahorros Provincial de Ourense era un pasado para olvidar, un tabú de la tribu que era necesario dar de lado. De ella solo se hablaba en pequeños círculos de amigos que presumían de haber estado en el ajo y que interpretaban su evolución en función de las relaciones familiares o personales con la entidad. Porque si hubo una institución de ahorro popular en Galicia opaca, esa fue Caixa Ourense.

Caixa Ourense desapareció, como el resto de las entidades gallegas, tras un largo proceso de concentración, de luchas de poder, de juicios y de condenas, debido a la falta de control de un Estado que estaba por la desregularización del sector. De hecho, tras las múltiples reformas financieras, la verdad es que los gestores operaban a su aire y utilizaron en gran medida las entidades para el enriquecimiento personal o familiar. Las consecuencias políticas, sociales y económicas de este fracaso todavía están pendientes de un clarificador debate, un debate que vaya más allá de cuatro razones demagógicas tan de moda en esta sociedad sometida a los intereses de las fuerzas que se beneficiaron de su privatización. Es un triste final para unas entidades financieras que operaban, en principio, bajo criterios de rentabilidad social.

Félix García Yánez es autor del libro Caixa Ourense (1933-1999). Siete décadas de ahorro popular provincial, publicado por Alternativas Económicas.

[Este artículo ha sido publicado en el número 68 de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

Alternativas Económicas

Demolición de Marco Aurelio

3 mayo, 2019

http://www.blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 25 de septiembre de 2014

Marco ecuestre

Estatua ecuestre de Marco Aurelio en el Campidoglio, Roma / Leemage, Getty

A juicio de sus contemporáneos, Marco Aurelio fue el emperador perfecto, aquel cuyo reinado fue la época más feliz del mundo antiguo, último de la serie de los llamados ‘emperadores buenos’ del siglo II d. C. Las fuentes históricas de aquel tiempo nos han legado la figura de un emperador que siempre obró con rectitud, sabiduría y humanidad, guiado por su pasión por la filosofía estoica. Y si prefiriésemos evocar a nuestro personaje con herramientas actuales, los cinéfilos podrían revisar las memorables interpretaciones que de él hicieron Alec Guiness en La caída del Imperio Romano Richard Harris en Gladiator, que nos dejaron una positiva y bienintencionada imagen de Marco. Pero si analizamos la documentación de la época, y de Marco Aurelio queda muchísima, con las gafas de la crítica, el resultado puede ser demoledor. Esa es la tarea que se propuso el profesor Augusto Fraschetti, profesor de Historia romana en la Università di Roma La Sapienza y la Universidad de La Sorbona, con Marco Aurelio, la miseria de la filosofía (2007), que ha sido publicado este año en español por Marcial Pons gracias a la traducción de Javier Arce.

Es necesario aclarar que se trata de una obra póstuma que Fraschetti estaba terminando cuando falleció en 2007, pero que se decidió publicar como homenaje al autor. Por ello se echa en falta una última corrección que eliminase repeticiones, reducción de textos citados in extenso, etc,. No obstante, la profusión de notas, citas y textos de fuentes diversas juegan a favor de la obra. En cuanto al enfoque, el autor opina que quizás se le puede reprochar “el haber intentado reconstruir en todos sus aspectos las diferentes fases de un reinado de forma quizás no demasiado benévola en relación con su protagonista”. Si por benevolencia entendemos simpatía y buena voluntad hacia las personas, en este ensayo el lector tendrá complicado encontrar algo de ella hacia Marco Aurelio.

Desde el reinado de Nerva se inicia lo que se denominó el “imperio adoptivo”, que se basaba teóricamente en la elección del “mejor” por parte del Augusto para sucederle en el trono de Roma. Los investigadores -alemanes sobre todo- que creyeron que este fue el método sucesorio del siglo II, recurrían a unos ‘principios de adopción’ descritos por TácitoPlinio. Marco Aurelio designó a su hijo Cómodo sucesor del Imperio con lo que ese ideal político, que se suponía que era el óptimo, tocaba a su fin según Fraschetti, pero hay que añadir que ninguno de los emperadores adoptivos anteriores tuvieron descendencia masculina directa y no sabemos qué habría pasado si Adriano hubiese tenido un hijo natural. El profesor italiano sabía que la elección del “mejor” no pasaba el examen de la realidad y analiza el papel que jugaban las mujeres de la domus Augusta, en quienes el mismo Marco Aurelio veía la “dote imperial” ya que transmitían el vínculo que radicaba en la gens Aelia. Se acerca en ese análisis al que ya llevó a cabo Alicia M. Canto, profesora de la UAM y miembro de la Real Academia de la Historia, sobre la dinastía Ulpio-Aelia, que incluye desde los italicenses Trajano y Adriano hasta Cómodo (98-192 d.C.), una verdadera dinastía hispana enraizada en la Bética con fuertes lazos de consanguinidad y comunes objetivos políticos, como lo demuestra el origen de los padres de Marco Annio Vero, nuestro Marco Aurelio, que nacieron en la colonia cesariana de Ucubi, la actual Espejo cordobesa.

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Al ser proclamado emperador, Marco pide al Senado que sean aplicadas las disposiciones sucesorias de Adriano y que su hermano adoptivo Lucio Vero le acompañe en el coprincipado con lo que Roma dispondría de dos Augustos con poderes idénticos a todos los efectos, la misma auctoritas y la misma potestas. Lo que según la historiografía tradicional fue una armoniosa relación fraternal, según Fraschetti no fue tal y la política de guerra lo demostraría. El Imperio Parto desafió a Marco desde Oriente al poco de ser proclamado emperador, tratando de controlar el estado tapón armenio. Lucio Vero tomó las riendas de la expedición romana que respondería a Vologeses III de Partia, ya que Marco carecía de  conocimientos militares. Al contrario de lo que afirma la Historia Augusta -una compilación de biografías imperiales de la época-que describe a Lucio como un depravado e inmoral, Fraschetti opina que este cumplió impecablemente con los objetivos y no cuestiona la expedición, pero una vez controlada Armenia, ¿era necesario desde el punto de vista del gasto militar llegar hasta Ctesifonte, la misma capital parta, y destruir Seleucia, ciudad que se rindió sin batallar?

Cuando las legiones vuelven a Roma con Lucio en 165 d. C. no vienen solas. Vuelven victoriosas pero traen la peste. La enfermedad se extendió por todo Occidente y en su peor fase se cobró en Roma 50.000 muertes diarias con unas consecuencias que persistieron durante largo tiempo. Con este panorama, el limes septentrional del Imperio se derrumba por la presión que ejercen marcomanos y cuados, y Marco Aurelio ya no sabrá lo que es una paz definitiva en el Danubio y el Rin hasta su muerte. 300 años después, el territorio itálico vuelve a ser invadido y Aquileia –situada en el Véneto- es sometida a asedio. Marco se vio obligado a gestionar reclutamientos militares masivos para contener a los bárbaros, con el gasto económico añadido que impuso a una sociedad asolada por la peste, pero en opinión de Fraschetti, el problema principal era la estrategia a seguir con los enemigos del norte. Lucio Vero quería mantener la política de contención y diplomacia que caracterizó los reinados de Adriano y Antonino Pío, con bastante éxito, mientras que Marco estaba a favor de “una política imperialista” que llevase las fronteras de Roma hasta el Elba, creando las nuevas provincias romanas de Marcomania y Sarmacia, lo cual era de todo punto insostenible. Según Fraschetti, el empecinamiento de Marco en estas guerras, constante juego del gato y el ratón sin visos de victoria, pasará una factura que le costará demasiado cara a Roma.

Marco aureo

Áureo con la imagen de Marco Aurelio / Dagli Orti, Getty

Esa factura económica se componía de varios elementos: la falta de mano de obra en el campo y las ciudades, el aumento de la presión fiscal a causa de las guerras nórdicas, la decisión de devaluar el denario debida a las exangües reservas de plata y la espiral inflacionista generalizada. La situación era tan difícil que Marco decidió incluso subastar las propiedades imperiales para financiar las levas militares. Todo esto lleva a Fraschetti a afirmar que “el comienzo de la decadencia  del Imperio romano se debe hacer recaer sobre el emperador-filósofo Marco Aurelio. Él (…) no deja de aparecer como un completo ignorante de las leyes que regulan una economía de mercado y la marcha de los precios”. Pero el “buen” Marco, como irónicamente suele enfatizar el autor, fue capaz de dar alguna de cal, como ocurrió en el caso de los esclavos. Legisló favoreciendo la manumisión de éstos y protegiendo la nueva situación de los libertos. Su visión estoica de la esclavitud era paradójicamente cercana a la de los cristianos, que protagonizaron el episodio más controvertido del reinado de Marco Aurelio. El historiador italiano es taxativo en este asunto cuando afirma que Marco Aurelio los consideraba “adversarios a combatir sin piedad y sin tregua” y actuó como “un perseguidor feroz”.

En contraste con la gran tolerancia de la que habían dado prueba tanto Adriano como Antonino Pío, entraron en vigor los ‘nuevos decretos’ cuya principal novedad era la puesta en marcha de la búsqueda de oficio de esos cristianos por parte de las autoridades provinciales. La historiografía moderna ha intentado pasar de puntillas por este asunto y buscar explicaciones que al final no resultan convincentes. Las legiones de reciente creación fueron completadas con todos los recursos posibles: esclavos, bandidos o gladiadores. La escasez de estos últimos en los espectáculos públicos por el elevado precio que por ellos exigían los lanistae, unida al ambiente de persecución, provocó sucesos como el de los mártires de Lyon, cuya matanza sustituyó la celebración de unos costosos juegos de gladiadores. A este respecto, Anthony Birley en Marco Aurelio, la biografía definitiva (Ed. Gredos), descarga toda la responsabilidad en las autoridades provinciales del consejo de las Galias, pero no parece creíble que éstas actuasen en sentido contrario a las órdenes del Augusto.

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Marco Aurelio celebra un sacrificio en el templo de Júpiter en el Capitolio / Dagli Orti, Getty

Resulta paradójico que fuesen un antiguo esclavo y el soberano del Imperio las dos últimas grandes figuras del estoicismo. El frigio Epicteto ejerció sobre el emperador una enorme influencia en su pensamiento, la cual impregnará las Meditaciones, el cuaderno de anotaciones personales de Marco en el que Carlo Carena, oportunamente traído por Fraschetti, encuentra su interés no como “ejemplo de un ensayo divinamente sereno, sino al contrario, [como] el afán de una búsqueda nunca concluida, la prueba decepcionante de un esfuerzo teórico alejado de la complejidad de la realidad”. Marco Aurelio gustaba de repetir la afirmación de Platón: “Felices los pueblos en los que los filósofos son reyes o en los que los reyes practican la filosofía”. En qué medida pudo o quiso Marco Aurelio que el estoicismo fuese el timón de su política es la pregunta más significativa que podemos hacernos sobre su imperio. G. R. Stanton subraya “con énfasis la que podría definirse [como] una ‘escisión’ profunda entre el Marco Aurelio emperador y el Marco Aurelio filósofo”. Fraschetti sostiene que esto sólo tiene una causa: la conducta hipócrita de Marco, la hipocresía que se impuso a la filosofía del emperador.

“Los anarquistas fueron los más ignorados de los republicanos, los derrotados entre los derrotados”

29 abril, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Después de una larga e intensa carrera periodística, la mayoría de ella en el diario El País, y de haber publicado unos cuantos ensayos y libros de reportajes, Javier Valenzuela (Granada, 1954) se lanzó hace unos pocos años a cumplir su sueño juvenil de escribir novelas policíacas. Así surgieron Tangerina y Limones negros para llegar ahora a Pólvora, tabaco y cuero (Huso, 2019), una original novela entre la crónica negra y la historia política que transcurre en un Madrid cercado por las tropas franquistas.

Pero la peculiaridad de este relato no se limita a un tiempo y un lugar muy especiales, sino que su protagonista es un comisario de policía anarquista encargado tanto de investigar delitos comunes como de descubrir a quintacolumnistas infiltrados. A través de esta novela negra desfilan personajes históricos como el general José Miaja, el líder anarquista Cipriano Mera o la pedagoga María Sánchez Arbós junto a gentes anónimas y de ficción en el escenario de un Madrid convertido en símbolo.

¿Por qué ambientó una novela policíaca en el Madrid de la guerra y en los círculos anarquistas?

En primer lugar quería rendir un homenaje a Madrid, una ciudad que siempre fue muy generosa con la gente que vinimos de fuera. Por otra parte, a la hora de elegir el momento más negro de su historia estaba claro que fue el asedio de las tropas franquistas durante la guerra, en especial en el otoño-invierno de 1936-1937, cuando los madrileños no solo sufrieron los bombardeos, sino también el hambre, el frío y las penalidades.

Además, convertir a un libertario, exguardia de asalto, en comisario policial me permitía reflejar la situación de los más ignorados entre los republicanos, los derrotados entre los derrotados, que fueron los anarquistas. La novela transcurre en buena parte en Tetuán, un barrio semirural en aquella época y donde vivían muchos albañiles anarquistas.

El relato mezcla personajes históricos con otros imaginarios. ¿Cuál fue su intención?

Esta combinación da mucha credibilidad a la novela, al tiempo que supone un desafío literario porque conocemos la proyección pública del general Miaja o del líder anarquista Mera o del escritor Arturo Barea, por ejemplo, pero no sus facetas personales, su condición de gente de carne y hueso. Me he documentado a fondo sobre ellos y al final del libro incluyo unas breves biografías de los personajes históricos que aparecen,

A propósito de documentación, ¿le ha resultado difícil reunir material sobre aquel momento histórico de Madrid?

La historiografía española se ha ocupado mucho de los grandes personajes y de los acontecimientos importantes, pero muy poco de la vida cotidiana de la gente. En ese punto tenemos mucho que aprender de la literatura anglosajona. Así, la vida cotidiana en el Madrid de la guerra está muy poco contada en la literatura. De hecho, existe poca documentación sobre cómo vivió la población madrileña aquella batalla y aquel asedio.

En cualquier caso, Madrid mantuvo su vitalismo durante la contienda y, dentro por supuesto de las limitaciones de la guerra, la capital siguió con una vida bastante normal. Es decir, que los transportes públicos más o menos funcionaban, los colegios seguían con sus clases como podían y los espectáculos como el cine o el teatro abrían sus puertas. En uno de los pasajes de la novela repaso la cartelera de cine de Madrid en aquellos meses.

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El periodista y escritor Javier Valenzuela ante la tumba de Machado en Collioure

No debió ser habitual que un anarquista se convirtiera en comisario de policía, en delegado de seguridad de un barrio, como su personaje principal, Ramón Toral.   

Bueno, el protagonista de Pólvora, tabaco y cuero procede de una familia humilde, ha combatido como soldado en la guerra de África y más tarde se ha integrado en la Guardia de Asalto, los antidisturbios de la República. Su conciencia de clase le impide reprimir una manifestación y es expulsado del cuerpo. Al final acaba siendo, durante la guerra, delegado de Seguridad del barrio de Tetuán elegido por los vecinos.

Es un tipo que se ocupa tanto de un delito común, como investigar el asesinato de una mujer a manos de su pareja, como de descubrir una trama política de robo de salvoconductos por parte de quintacolumnistas al servicio de Franco.

El arco de evolución del protagonista, Ramón Toral, daba mucho juego en la narración. De otro lado, no conviene olvidar que todos los grandes detectives de novela negra, desde los creados por Dashiell Hammett o Raymond Chandler al Carvalho de Vázquez Montalbán, tienen un talante libertario.

A partir de la investigación del crimen de una mujer aparecen en la novela las contradicciones de muchos hombres progresistas de aquella época y los inicios de la lucha feminista. ¿Qué papel desempeñaron organizaciones como Mujeres Libres?

El relato muestra, por un lado, que en tiempos de guerra también hay que ocuparse de los delitos llamados comunes y de ahí la tarea que cumplían los delegados de seguridad, en este caso el protagonista de la novela. Pero conviene recordar, sobre todo, que muchos hombres republicanos y de izquierdas no compartían que fuera delito que un varón engañado por su mujer se tomara la justicia por su mano y la matara a ella.

En esa tarea de toma de conciencia resultó fundamental la labor de Mujeres Libres, una organización anarquista que luchaba por una sociedad igualitaria que reconociera los mismos derechos para hombres y mujeres. Esa lucha por la igualdad llegó hasta  las milicianas que lucharon con las armas en sus manos en los primeros meses de la guerra. Más tarde, como sabemos, fueron obligadas por los propios militares republicanos a volver a la retaguardia.

Aquellas milicianas despertaron el pasmo admirativo en todo el mundo y algunas películas, como Tierra y libertad, de Ken Loach, han reflejado muy bien aquella situación.

La novela pasea a sus personajes por todo Madrid, desde zonas obreras como Lavapiés y Tetuán hasta distritos burgueses como el barrio de Salamanca. ¿Tuvo un interés especial en narrar esa vida cotidiana?

Por supuesto. El Madrid cotidiano de la guerra está poco contado, aunque algunos autores como Jorge Martínez Reverte o Fernando Cohnen han sido excepciones. Tan grande es el desconocimiento que la mayoría de madrileños ignora que el acomodado barrio de Salamanca, poblado por gente de derechas, nunca fue bombardeado por los franquistas. Todo un símbolo de lo que representaba cada bando en aquella guerra.

Es cierto que he tenido especial cuidado en recrear el ambiente e incluso el lenguaje de la época para evitar anacronismos. Así pues, en los años treinta no se hablaba de crímenes machistas, una terminología reciente. A diferencia de hoy, por ejemplo, la gente empleaba muchas expresiones taurinas o utilizaba con frecuencia palabras como caramba o cáspita, que en la actualidad se hallan en desuso.

De todas maneras, creo que en este sentido hemos de aprender mucho de los historiadores anglosajones, como Paul Preston o Antony Beevor, que escriben sus libros de historia como si fueran novelas. De este modo consiguen un público amplio.