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Josep Fontana: maestro de maestros

20 octubre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Es difícil escribir estas líneas después de la muerte del que ha sido un referente personal e historiográfico no de una sino de muchas generaciones de historiadores y ciudadanos en Catalunya y España. Generaciones que aprendimos con él, según una feliz expresión de su maestro Pierre Vilar, a pensar históricamente nuestro presente, revistando incesantemente el pasado para ver en él no sólo los caminos que llevaban hasta nosotros y cómo se produce el cambio histórico, sino también, como le gustaba citar de T.S. Eliot, “por el corredor que no tomamos, hacia las puertas que no abrimos”: por el corredor que aún podemos tomar, hacia la puerta que todavía podemos abrir. Y es difícil escribir estas líneas porque en ellas no se puede sintetizar lo que significó la obra y la vida de Josep Fontana (una tarea ingente que abordaran sin duda los hijos de la Casta de Clío en los próximos años), como imposible es sustraerse del impacto emocional de su ausencia. Del impacto emocional de saber que el primer libro de historia que cayó en mis manos, encontrado en la biblioteca en mi primer año de instituto, no fue otro que el de “Historia. Análisis del pasado y proyecto social” o de haber podido asistir años después a sus clases de doctorado y encontrar en las conversaciones con él el estímulo del que ha sido sin duda un maestro de maestros.

Alumno de Vicens Vives, pero muy especialmente de Pierre Vilar, Josep Fontana estuvo marcado por su militancia temprana en el antifranquismo catalán y por su intento renovado de dar sabia en nuestras tierras al proyecto de Historia total, aunque con el tiempo fue mucho más allá de ella. Sus dos líneas principales de trabajo y preocupación constantes se interrelacionaron en este sentido de manera fecunda (a pesar de que su camino nos llevó también mucho más allá, hacia la historia del siglo XX o la construcción de una reflexión sobre el hecho nacional catalán). La primera de ellas intentaba analizar y explicar el tránsito del antiguo régimen al capitalismo, y del absolutismo al Estado liberal, no como una realidad “necesaria” “de un progreso definido de manera unívoca”, sino como un proceso complejo donde se impusieron unas opciones frente a la diversidad de líneas de desarrollo posible, como la construcción de un nuevo mundo que en sus contradicciones llega hasta nuestros días. En este campo sus obras son prolijas y van desde su primer libro “La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820)”, con un impacto enorme en la historiografía de los años setenta, hasta la culminación, que no conclusión, de este proyecto con ese diamante de sabiduría que fue “De en medio del tiempo” publicado en 2006.

Pero es imposible comprender estos trabajos sin su constante preocupación, en lo que fue su segunda gran línea de aportaciones a nuestro conocimiento, por la teoría social y la historiografía que lo situó siempre a la vanguardia de la ciencia histórica durante décadas. Trabajos que se cimentaron desde la publicación en los primeros ochenta de “Historia. Análisis del pasado y proyecto social” hasta el impresionante “La historia de los hombres” en 2006, pasando por ese grito contestatario de un viejo rockero inmensamente joven que fue “La historia después del fin de la historia” a principios de los noventa, cuando Fukuyama y todos los propagandistas del nuevo orden neoliberal pretendían convencernos de que la historia había terminado y sólo nos restaba vivir bajo su yugo. Con esos trabajos insustituibles, marcados por el compromiso constante con el cambio político, social y cultural, nos introdujo en la escuela de los historiadores marxistas británicos, la escuela de los E.P. Thompson, los Hobsbawm, los Hill o Rodney Hilton, fue sin duda uno de los mejores lectores de Gramsci, Lukács y Korsch entre nosotros, hizo de Walter Benjamin y Marc Bloch una fuente de inspiración para la renovación de nuestra historiografía y con ello, con todos ellos, remontándose desde Ibn Khaldun o Vico hasta Ranahit Guha, construyó uno de los legados más fecundos de nuestra historiografía.

Todo ello nos alejó de cualquier mecanicismo y nos enseñó que aquello que no trascendió al proceso histórico, que es tan rico en términos de experiencia histórica como lo que trascendió, no puede ser obviado sin más. Porque la obra y la vida de Josep Fontana estuvieron marcados por el compromiso. Por el compromiso con la enseñanza, y de ello da fe su trabajo constante con profesores de historia de secundaría para la renovación pedagógica, con el compromiso con la vida. Le escribía Pierre Vilar en una carta de 1957 a un joven Fontana “No es una ciencia fría la que queremos, pero es una ciencia”. Y fue a partir de allí que construyó una obra que nos iluminó de forma diferente el siglo XIX y XX en un proyecto de “Una historia que se realice en el interior de este mundo revolucionado y cambiante (…) que cumpla la exigencia que formulaba Bloch de convertirse (…) y que nos ayude a rencontrar la dimensión de la utopía: la esperanza, como decía Martí i Pol, del hecho que “todo está por hacer y todo es posible” (…) Porque hay algo que conviene que quede claro. De todo lo que sosteníamos en el pasado, hay algo que no nos avergüenza y de lo que no hemos renegado: el propósito de seguir luchando por un mundo donde haya la mejor igualdad posible dentro de la mayor libertad. En este combate no importa perder una batalla, porque sabemos que otros lo seguirán. E incluso si hubiéramos sabido de avanzada que era inútil, porque todas las batallas se perderían, habría valido la pena librarlas”. Porque, como afirmaba en un pasaje especialmente querido por él de Paul Éluard, “otros las ganarán. Todos los otros”.

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Jardiel Poncela, la risa inteligente que no supo entender ni Franco ni la República

19 octubre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Enrique Jardiel Poncela vivió solo 51 años, pero aprovechó cada minuto. Si no, no se explica cómo consiguió escribir cuatro novelas, más de 80 obras de teatro y cientos de artículos, cuentos y ensayos para revistas y otras publicaciones. Además, le dio tiempo a trabajar en el cine de Hollywood, a hacer ilustraciones, a diseñar decorados e incluso a idear un teatro en miniatura para niños basado en el funcionamiento de un tocadiscos. Y todo ello sin perder el humor, al menos en su trabajo. Tantas cosas hizo que todavía hoy, cuando ya se han cumplido más de 60 años desde su muerte, aún se publican nuevos libros con sus obras.

Este 2018 han sido dos editoriales sevillanas la encargadas de recuperar su figura. Barlett ha sacado al mercado el libro Jardieladas, con textos de Pepe Viyuela, Miqui Otero o Isabel Valdés acompañando a los de Jardiel (algunos inéditos). Por su parte, Renacimiento ha recuperado Las infamias de un vizconde y otros cuentos de buen humor. El nieto del escritor y gran estudioso de su trabajo, Enrique Gallud Jardiel, ha participado en ambas ediciones.

Portada 'Jardieladas'

Poncela nunca llegó a encajar en su época, aunque tocó la cima del éxito. No perteneció a la Generación del 98, pero tampoco llegó a la del 27. Su sitio fue una especie de limbo. Se dedicó plenamente al humor, género considerado como menor y se le incluyó en la conocida como “otra” Generación del 27, la que según Pedro Laín Entralgo era “de los ‘renovadores’-los creadores más bien- del humor contemporáneo”. Con él estaban Ramón Gómez de la Serna, Miguel Mihura, José López Rubio o Edgar Neville, entre otros.

El autor era hijo de intelectuales. Su padre, de quien heredó el nombre, era periodista en La Correspondencia de España y su madre, Marcelina, fue una de las primeras mujeres en estudiar Bellas Artes en Madrid. Ella se encargó de su educación y la de sus hermanas, en una línea progresista pero muy severa (algo que le marcó mucho). Empezó a firmar textos a principios de los años 20 en el periódico de su padre y en otras publicaciones como Los lunes de El Imparcial, Buen Humor o La Nueva Humanidad y a moverse por los cafés que acabaron siendo su lugar de trabajo.

A finales de la década publicó sus dos primeras novelas:  Amor se escribe sin hache y Espérame en Siberia, vida mía, así como diversas obras de teatro como La banda de SaboyaLa hogueraLa noche en el metro o No se culpe a nadie de mi muerte.

Mientra tanto, conoció y convivió con el primer gran amor de su vida, Josefina Peñalver, que desapareció tres meses después de tener a su hija Evangelina. Jardiel se quedó con ella y la crió con la ayuda de su hermana Angelina, según explica María José Conde Guerri, experta en literatura de Jardiel, en el documentalInverosímil, Jardiel Poncela, de Marisa Paniagua y Talía Martínez de Marañón para TVE.

Las luces

Su primer gran éxito fue la obra de teatro Una noche de primavera sin sueño en el 27. En ese momento se dio cuenta de que lo que daba de comer era la dramaturgia y no la narrativa, aunque después publicó dos novelas más: Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? y La tournée de Dios.

'Angelina y el honor de un brigadier'

Además, probó el mundo del cine en Hollywood, donde se dedicó principalmente a las versiones españolas que la Fox hacía de sus películas. Su verdadero trabajo importante allí fue una película basada en su propia obra de teatro Angelina o el honor de un brigadier, protagonizada por Rosita Díaz, estrella de la época. Fue el primer filme en verso de la historia.

Estuvo allí en el 32 y en el 35. Conoció a Charles Chaplin -y se dice que a Groucho Marx- y todas aquellas experiencias empaparon sus trabajos posteriores. En España también trabajó en el cine, haciendo lo que él llamó “celuloides rancios” (poner voz en off a fotogramas de películas) sin saber que décadas después esa práctica sería un boom en Internet.
La Guerra Civil le pilló en Madrid y después de una breve estancia en una checa, salió de España en 1937 a través de Barcelona rumbo a Argentina, en donde le esperaba Gómez de la Serna. Regresó al año siguiente y durante la primera mitad década de los 40 vivió el punto álgido de su carrera.
Obras como Eloísa está debajo de un almendro (1940), Las tres advertencias de Satanás, Los ladrones somos gente honrada, Madre, el drama padre (1941), Blanca por fuera y Rosa por dentro (1943)  o A las seis en la esquina del bulevar (1943) fueron triunfos totales. Eloísa incluso se adaptó al cine, dirigida por Rafael Gil en 1943. Pese a todo, la crítica ponía sus obras a caldo y, aunque se jactaba de leer los artículos meses después, esto le afectaba profundamente.

Las sombras

Su adhesión al régimen -o más bien, su no oposición- le pesó durante su vida y el estigma continúa hasta hoy. Lo hizo, según sus propias palabras, por “aristocratismo”, pero llegó a reconocerle a su hija Evangelina que en política se había equivocado. Irónicamente sus novelas estuvieron prohibidas en la República y censuradas por la dictadura de Franco. Las dobles lecturas no se le daban bien a los que manejaban las tijeras.

Su ideología contribuyó a su declive profesional. En 1944 volvió a Argentina para empezar una guía por América Latina con su compañía, pero fue un fracaso total. Los exiliados republicanos le rechazaron, especialmente en Montevideo, donde tuvieron que suspender la función porque el público empezó a arrancar las butacas para tirarlas al escenario. Regresó a España sin dinero, sin ánimos y ya enfermo del cáncer de laringe que le llevó a la tumba. Ese mismo año murió su padre, lo que le hundió aún más.

Todos los amores de Jardiel Poncela, en todas sus mujeres
Jardiel Poncela (izquierda), novelista y dramaturgo EFE

La otra gran crítica a Jardiel es su misoginia. Las mujeres que salen en sus escritos suelen ser exageradas, vanidosas, un tanto manipuladoras y mentirosas porque se supone que él no quería representar la realidad, sino un mundo imaginado, histriónico.

Era mujeriego, de eso no hay duda, por un complejo de Edipo mal disimulado. Se enamoró de mujeres como la mencionada Josefina o Carmen Sánchez García de los Ríos, una actriz de su propia compañía que le dejó en Argentina y le destrozó el corazón. Su otro gran amor fue Carmen Labajos, con quien tuvo a su hija Mari Luz y que le acompañó durante toda la vida (un gran ejercicio de paciencia, hay que decir). Como su madre, todas eran fuertes, independientes, cultas y con un carácter que les permitió contrarrestar el de Jardiel.

En su defensa siempre acude la frase: “Lo peor que existe en el mundo son las mujeres, exceptuando a los hombres”. El desprecio de Poncela iba dirigido más bien a la humanidad y casi podría decirse que quiso más a su perro Bobby que a muchos de sus allegados. Lo evidenció al decir que: “Insultar a un hombre llamándole perro, es insultar al perro”. El autor murió el 12 de febrero de 1952 y Bobby 15 días después. En solo medio siglo Jardiel Poncela escribió algunas de las mejores obras de la literatura española, incluyendo su famoso y clarividente epitafio: “Si buscáis los máximos elogios, moríos”.

Josep Fontana, la huella de un historiador

2 octubre, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Josep Fontana fue un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.

Josep Fontana en una entrevista en 2017.
Josep Fontana en una entrevista en 2017. ALBERT GARCIA EL PAÍS

 

La victoria franquista en abril de 1939 y las posteriores décadas de dictadura se manifestaron, por lo que a la historiografía se refiere, en la imposición de una perspectiva reaccionaria y antiliberal que ignoró en todo momento la esfera socioeconómica y que levantó un poderoso dique de contención frente a las nuevas corrientes en las ciencias sociales occidentales y los análisis de fuerzas anónimas y colectivas.

Cuando en los últimos años de la dictadura pudo salirse poco a poco de esa miseria, no había, sobre la edad contemporánea, tradición historiográfica que reivindicar y se tuvo que aportar en unos pocos años todo un nuevo repertorio de hipótesis, problemas y estudios empíricos. Josep Fontana fue uno de los primeros en hacerlo y sus investigaciones sobre la crisis del Antiguo Régimen y las transformaciones del siglo XIX español le convirtieron, ya desde comienzos de los setenta, en un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.

En una profesión muy dada a la especialización y a las preocupaciones microscópicas, Fontana demostró dominar un amplio campo de acción. Cuando la historiografía y la teoría de la historia apenas formaban parte del aprendizaje del historiador, publicó Historia. Análisis del pasado y proyecto social (1982), tratado pionero en España. Casi 50 años separan La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), publicada en 1971, de su última obra, El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 (2017). Cinco décadas, en suma, de investigaciones, hipótesis, teorías y preguntas sobre el quehacer del historiador.

Pero la huella de Fontana va mucho más allá de su obra y de su trayectoria como profesor universitario. Desde la editorial Crítica, de la mano durante muchos años de Gonzalo Pontón, acercó al público español a algunos de los historiadores más distinguidos del mundo, desde Eric Hobsbawm a E. P. Thompson, pasando por Mary Beard, Pierre Vilar o David S. Landes. Su currículo está lleno de libros, artículos en revistas científicas, decenas de conferencias en América Latina y, sobre todo, charlas en los centros de educación secundaria.

En los últimos años fue discutido por otros historiadores por su defensa del marxismo, por su compromiso político y por sus ideas acerca de España y Cataluña, expuestas en escritos y entrevistas en medios de comunicación. Disputas y desprecios al margen, muchos le recordarán por sus fecundos escritos sobre la España contemporánea y por su rechazo de la historia como una serie de grandes acontecimientos orquestados por los grandes hombres. Ahora parece fácil asumirlo, pero en las universidades españolas de los años setenta eso sonaba a música subversiva.

Julián Casanova es catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza.

1914: más hechos que la guerra

2 septiembre, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Tereixa Constenla 24 de julio de 2014

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El 31 de julio de 1914 fue asesinado en París Jean Léon Jaurès, líder socialista francés, mientras cenaba en el Café du Croissant junto a otros compañeros del partido y del diario L’Humanité. El asesino, Raoul Villain, se libró de un linchamiento popular por la rápida intervención de la policía. “Estaba claro que la actitud antibelicista de Jaurès había sido la causante directa del crimen”, sostiene el historiador Antonio López Vega, en su libro 1914. El año que cambió la historia.

Pero la obra, publicada recientemente por Taurus, no aborda los aspectos políticos o militares que llevaron al desencadenamiento del conflicto (o no sólo). López Vega se detiene en otros episodios históricos ocurridos durante 1914, que resultaron cruciales para el futuro como el sufragismo, la eclosión de la vanguardia artística o el estreno de nuevas vías de comunicación como la apertura del canal de Panamá.

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El vapor Ancón, en su viaje inaugural en el canal de Panamá el 15 de agosto de 1914.

Estructurado en 12 capítulos, correspondientes a los meses del año, el libro arranca con una mirada al optimismo que desprendía Europa el 1 de enero de 1914: “Stefan Zweig se refería de manera categórica en sus memorias a la sensación que cundía en el inicio de aquel año: ‘Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa (…) En 1900-1910 hubo más libertad, despreocupación y desenfado que en los cien años anteriores’. A ojos del celebradísimo escritor austriaco, por todos lados cundía la confianza, el optimismo ciego en las posibilidades de Europa, en su fortaleza, en su futuro”.

En los siguientes meses ocurren cosas como el ataque a la Venus del espejo de Velázquez en National Gallery por parte de Mary Richardson en una de las acciones violentas de las sufragistas contra su Gobierno (que ignoraba sus reivindicaciones para conceder el derecho al voto de las mujeres y desplegaba una política de mano dura contra sus activistas), la toma de Veracruz por parte de marines estadounidenses (la primera de las dos intervenciones ordenada por el presidente Woodrow Wilson en México) o los asesinatos de Jaurés y el archiduque Francisco Fernando y su esposa en Sarajevo.

En diciembre, el ambiente en Europa es sombrío. Ya se sabe que la guerra no será corta, como se presumió inicialmente. “Se afrontaba una nueva situación de catastróficas consecuencias, que iba a actuar como catalizador definitivo de las diferentes fuerzas –sociales, económicas, políticas- que venían operando desde tiempo atrás y que, a partir de la experiencia de 1914, alterarían la fisonomía del mundo”, escribe el autor.

Aquí puedes leer el primer capítulo de 1914. El año que cambió la historia.

 

Mafalda contra el ‘aguilucho’: así se utilizó a un personaje “antifascista” para hacer apología de lo contrario

16 agosto, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

La influencia de Mafalda va más allá de sus viñetas. La ilustración de Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, también se ha convertido en adalid de movimientos incluso contrarios al propio autor. ¿El último caso? Poner con un montaje al personaje  a favor de los grupos “provida” en medio del debate sobre legalización de la interrupción voluntaria del embarazo en Argentina.

El dibujante de 86 años desmintió el bulo con un comunicado en el que aclaró que no había autorizado la imagen y que esta no reflejaba su posición. Sin embargo, no es la primera vez que los personajes de Quino acaban siendo apartados de su significado inicial para defender ideas políticas totalmente opuestas.

En España, el caso más llamativo fue cuando usaron los personajes del ilustrador argentino para convertirlos en iconografía franquista. Así lo recoge la historia narrada por el periodista Carlos García Santa Cecilia que fue portada de El País el 10 de abril de 1985.

En esas fechas, comenzaron a venderse pegatinas de personajes como Mafalda o Snoopy como si pertenecieran a la Falange. “En la época de los 80 estos símbolos eran utilizados por cierta derecha en torno al barrio de Salamanca (Madrid). Ponían estas figuras con banderas españolas, pero con el escudo de Franco”, recuerda el periodista en conversación con eldiario.es.

Pegatina de de Guille (el hermano de Mafalda) portando la bandera de la dictadura franquista a la venta en la página todocoleccion.net
Pegatina de de Guille (el hermano de Mafalda) portando la bandera de la dictadura franquista a la venta en la página todocoleccion.net TODOCOLECCION.NET

Las pegatinas que despertaron el enfado de Quino mostraban a Guille, el hermano pequeño de Mafalda, portando la bandera con el escudo correspondiente a la etapa de la dictadura. Como aparece en el texto de Carlos García, Quino manifestó entonces estar “profundamente molesto” por esto, ya que sus personajes “están a favor de la democracia y son, desde luego, antifascistas”.

Siendo de padres malagueños y familia republicana, al dibujante le costaba dar crédito de aquello. “No entiendo cómo han cogido a mis personajes, tan distintos de su ideología”, criticaba. Una ideología, la franquista que, como recoge la BBC, obligó a los editores a colocar una franja en la portada de Mafalda etiquetándola como obra “para adultos” cuando sus historietas llegaron a nuestro país.

El experto en cultura recuerda perfectamente el momento de la entrevista: “Quino estaba en una tertulia con amigos tomándose un wiski y allí había un periodista joven dándole la vara todo el rato. Ese periodista era yo”.

Fue entonces cuando el autor argentino le comentó que había visto estas pegatinas a la venta incluso en el propio ministerio de Cultura, una afirmación que posteriormente el profesional corroboró colándose en la institución. “Subí a la cuarta planta, donde había un ventanal en el que vendían tabaco y cuatro cosas más para los funcionarios. Entonces me acerqué y allí estaban las pegatinas. Es más, las compré”, rememora entre risas.

Dibujo de Quino que apareció en la portada de El País el 10 de abril de 1985
Dibujo de Quino que apareció en la portada de El País el 10 de abril de 1985 EL PAÍS | QUINO

Aun así, al relato de Carlos García Santa aún estaba incompleto. Ángel Fernández-Santos, que por entonces era subdirector de Cultura, pidió al periodista que consiguiera unas ilustraciones de Quino para mostrar a sus personajes protestando contra los franquistas, algo complicado cuando el artista hacía más de diez años que no dibujaba a aquellos personajes.

La negociación fue complicada y a contrarreloj, ya que restaban pocas horas para el cierre de esa edición, pero lo consiguió. “No sé cómo lo hice. Le insistí tanto que después de llevar tanto tiempo sin pintar a Mafalda al final lo hizo y luego fui corriendo al periódico”, menciona sobre unas ilustraciones que conserva enmarcadas en la pared de su casa.

El fenómeno de la apropiación

Isabella Cosse, profesora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) de Argentina, investigadora de  CONICET y autora del libro Mafalda: historia social y política (2014) explica a este periódico que es complicado saber por qué los defensores de Francisco Franco acabaron utilizando a Mafalda, ya que “siempre está el papel activo de quienes leen e interpretan una creación artística y cultural”. Por este motivo, sostiene que las apropiaciones “están vinculadas con la complejidad de la historieta, que pone en juego personajes con diferentes inscripciones ideológicas”.

A pesar de que su creador ha intentado desmentir algunas de estas”apropiaciones”, en ocasiones, dada la imparable tendencia, resulta casi imposible hacer frente a todas. “Son innumerables y constantes. La tira es sentida por muchos lectores y lectoras como propia y, con ella, sus personajes”, apunta Cosse, quien añade que Quino “ha rechazado los plagios y alteraciones. En especial, cuando eran parte de campañas políticas con efectos en el escenario de la opinión pública”.

“Mafalda estuvo en el centro del escenario político desde su origen”, afirma la docente. Así lo demuestran algunos de los usos sin permiso de Quino que recopila el diario argentino La Nación. Por ejemplo, cuando el Partido Justicialista del político Pablo Bruera utilizó la imagen de Mafalda para la campaña de 2005 en La Plata (Argentina). No fue ni la única vez ni la última. Otra viñeta falseada es aquella en la que Mafalda denuncia “el palito de abollar ideologías”, en referencia a las porras de los policías. No obstante, su significado cambió por completo. “La tergiversación, en cambio, mostraba a Manolito diciendo: “¡Ves Mafalda! Gracias a este palito, hoy podés ir a la escuela”, aclara la especialista en política.

Esta tendencia, según Cosse, pone de relieve “los esfuerzos por apropiarse de un símbolo con espíritu antiautoritario y reflejo la confrontación contra la represión política”, una intención que además entraba en consonancia con la intención de “la ultraderecha y las Fuerzas Armadas para ganar apoyo social y legitimar entre la población el golpe de Estado en Argentina de 1976”.

Con la llegada de las fake news y las redes sociales, los bulos en torno a Mafalda no han hecho más que incrementar. Ya sea a través de imágenes propagadas por WhatsApp o a través de páginas de Facebook, el personaje de Quino puede convertirse en portavoz de un contenido que jamás fue auténtico.

Pero Mafalda no es siempre empleada por aquellos a los que no representa. Como mantiene Cosse, “no es casual que su imagen haya estado en las últimas décadas dibujada en pancartas de estudiantes en la calle y de feministas en diferentes países”. La experta cree que esta ha servido para visualizar a “una joven rebelde, a las aspiraciones de las mujeres de entonces, en oposición al prototipo antiguo de la mujer burguesa”. Una lucha de roles y de significados que, a juzgar por el debate en torno al aborto, continúa presente.

Dibujos de Quino que ilustraron la portada de El País el 10 de abril de 1985
Dibujos de Quino que ilustraron la portada de El País el 10 de abril de 1985 EL PAÍS | QUINO

El día en que 27 republicanos asaltaron un barco y huyeron de la España franquista disfrazados de guardias civiles

9 agosto, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“Nos juntamos en el castillo de Ares. Los de aquí salimos como si fuésemos de la Guardia Civil. Rebón vestido de teniente, tres de guardias, yo de falangista y a los demás los hicimos pasar por presos. El único miedo era encontrarnos a la verdadera Guardia Civil”. Así relataba Juan Leal uno de los momentos álgidos de la huida que protagonizó en julio de 1939 de la España franquista, con otros 26 compañeros con los que compartía los valores democráticos y republicanos. Su testimonio se recoge en A fuxida do bou Ramón, un libro en el que se plasma la investigación desarrollada durante años por los investigadores Enrique Barrera y Eliseo Fernández.

La obra, ilustrada con dibujos de Fernando Ocampo, ha sido presentada este viernes en Ares, la localidad gallega en que se desarrollaron los hechos, coincidiendo con el 79 aniversario de la fuga.

Esta épica historia comienza, en realidad, tres años antes. El 18 de julio de 1936 se produce la sublevación franquista que triunfa en apenas diez días en toda Galicia. Lo ocurrido en este rincón de España es la mejor prueba de que la brutal represión ejercida por los militares rebeldes no fue una reacción ni una respuesta, sino una estrategia para imponer el terror que había sido diseñada mucho antes de producirse el golpe de Estado. En Galicia ni hubo guerra ni hubo víctimas de derechas. Sin embargo, en los tres años siguientes serían asesinados al menos 4.700 gallegos de ideología republicana.

Entre ellos se encontraban varios generales, almirantes, oficiales y soldados que no secundaron el golpe, los gobernadores civiles de las cuatro provincias, así como los alcaldes de Santiago, A Coruña, Ourense, Vigo y de otra treintena de localidades.

En ese contexto fueron muchos los hombres y mujeres que trataron de huir a territorio republicano a bordo de precarias embarcaciones de pesca. Quienes no pudieron hacerlo se escondieron durante años en bosques, montañas o zulos construidos para tal fin en el interior de la vivienda de algún familiar. Tras finalizar la guerra, el triunfo franquista empujó a 27 de estos “topos” a salir de sus madrigueras y planear una temeraria fuga. Uno de los conjurados era Antonio Santamaría, el último alcalde republicano de Ferrol. Santamaría fue detenido y condenado a muerte por los sublevados en julio de 1936, pero el día antes de su ejecución logró escaparse con otro compañero del cuartel de artillería en el que aguardaba la muerte.

Fueron muchos los vecinos anónimos que se jugaron la vida para mantenerle escondido durante tres largos años. Gracias al testimonio que dejó en su día alguno de los protagonistas y al de sus familiares, el libro reconstruye aquellos momentos.

El primer reto fue formar el grupo y consensuar el plan. Sus familiares más cercanos hicieron de correo entre los diferentes escondites. Entre todos, poco a poco, se fue organizando la fuga. El riesgo era enorme, pero todos sabían que las alternativas eran aún peores: la cárcel o el paredón.

Disfraces de guardias civiles para asaltar un barco

La decisión final fue la de asaltar un barco, el bou Ramón, en el que contaban con la complicidad de uno de sus diez tripulantes, y poner rumbo hacia el sur de Inglaterra. El vapor de 15 metros de eslora se encontraba fondeado en el puerto de Ares, en la ría de Betanzos, muy cerca de Ferrol. El problema radicaba en que 27 hombres buscados por las autoridades llegaran hasta él sin ser antes detenidos. El plan, un tanto suicida, fue hacerse pasar por un grupo de prisioneros custodiados por agentes de la Guardia Civil. Sus mujeres y sus madres se pusieron manos a la obra para tener a punto los disfraces para la fecha señalada.

La noche del 20 al 21 de julio de 1939 el grupo se reunió y puso en marcha la farsa. En aquellos tiempos a nadie sorprendió ver a un oficial del Ejército, tres guardias civiles y un falangista escoltando a un nutrido grupo de prisioneros. Así lograron llegar sin problemas hasta el puerto de Ares. Aún quedaba lo más difícil. Los republicanos que iban disfrazados subieron a un bote y abordaron el bou Ramón.

Metidos en su papel de guardias civiles, encañonaron con sus fusiles de madera a los miembros de la tripulación y los encerraron en la bodega. La excusa que les dieron para el asalto tuvo su punto de ironía: alegaron tener que inspeccionar el barco “porque en su interior podía haber rojos escondidos que trataban de escapar a Francia”.

En las primeras horas de aquel viernes el resto del grupo embarcó en el Ramón que inmediatamente partió hacia aguas internacionales. Los 27, según relataron años después, se fundieron en un gran abrazo. Atrás quedaba el infierno, aunque por delante les esperaba una complicada travesía. El barco llevaba carbón para navegar unas pocas millas, por lo que los republicanos tuvieron que quemar en las calderas toda la madera que encontraron a bordo. 24 horas después, cuando ya estaban casi a la deriva, se toparon con un barco francés que supuso su tabla de salvación.

Una amarga libertad con terribles consecuencias

La alegría que supuso para los fugados el éxito de su plan les duró muy poco tiempo. Tras ser desembarcados en el puerto francés de La Rochelle, las autoridades francesas les encerraron en el campo de concentración de Barcarès, donde ya se encontraban miles de exiliados republicanos. Mientras tanto, en Galicia sus esposas, hermanas y demás familiares sufrieron las represalias. El libro recoge, entre otros, el testimonio de una de ellas, Dolores Mayobre: “Nos llevaron al cuartel de la Guardia Civil, nos colgaron de los pulgares y nos daban latigazos en las piernas, mientras nos insultaban y nos preguntaban por nuestros hombres una y otra vez. Nos tuvieron encerradas tres días en un retrete apestoso y luego nos soltaron”. Otras detenidas pasaron varios meses en la cárcel.

Los fugados tampoco disfrutaron de un destino mucho mejor. Barrera y Fernández han investigado lo que fue de sus vidas tras pasar por el campo de Barcarès. Al menos siete combatieron contra Hitler en el Ejército francés o en las filas de la Resistencia; dos de ellos, Manuel Fernández y Jesús Morgade serían capturados por los nazis y deportados al campo de concentración de Mauthausen, de donde solo Morgade consiguió salir con vida. Otros tres miembros del grupo del bou Ramón serían detenidos por la Gestapo y entregados a las autoridades franquistas. Quienes lograron sobrevivir a todos estos avatares, salvo contadas excepciones, terminaron sus vidas en el más duro de los exilios.

Enrique Barrera, uno de los autores, confiesa a eldiario.es que con este libro se salda una parte de la deuda pendiente que tiene España con estos luchadores: “Si un grupo de noruegos, daneses, belgas, holandeses o franceses, hubieran secuestrado un barco delante de las narices de sus enemigos, para alcanzar Gran Bretaña, ya se habría hecho una película. Sin embargo, aquí el relato continúa siendo desconocido para la mayoría de la opinión pública”.

Documento que forma parte de la causa judicial abierta por las autoridades franquistas tras la fuga
Documento que forma parte de la causa judicial abierta por las autoridades franquistas tras la fuga

8 libros para entender el horror del 18 de julio

30 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“El pasado día 15, a las cuatro de la mañana, Elena dio a luz un hermoso niño”. No era un niño y mucho menos hermoso. Todo lo contrario. Acababa de nacer un monstruo en forma de sublevación militar contra la II República que originaría la Guerra Civil con un balance de cientos de miles de muertos, exiliados y encarcelados.

El entrecomillado anterior corresponde al telegrama que el general Emilio Mola envió a sus compañeros de armas a modo de pistoletazo de salida, en vísperas de lo que ellos llamaron glorioso alzamiento nacional, un calurosísimo sábado 18 de julio de 1936. La resistencia armada de millones de republicanos y de sus organizaciones políticas y sindicales logró frenar el golpe militar en buena parte de España, y convirtió el país en un terrible campo de batalla durante casi tres años.

Junto con la Segunda Guerra Mundial, la contienda española figura como uno de los episodios históricos que más novelas, ensayos o relatos han inspirado en todo el planeta. Desde gestas individuales hasta epopeyas colectivas. Desde infinidad de desgarradoras anécdotas particulares hasta profundos análisis de geopolítica. Desde lo más sublime de lo que es capaz un ser humano hasta lo más abominable. La Guerra Civil española representa una fuente constante, inagotable y apasionante de inspiración para los escritores.

Por ello una inmensa bibliografía, que resulta inabarcable para un lector no especializado, ha narrado aquel conflicto. En cualquier caso, algunos libros (unos ya clásicos, otros más recientes) han intentado analizar aquella tragedia y han aportado claves para comprender sus causas y su desarrollo.

Muchos de estos excelentes y divulgativos ejemplares fueron escritos por hispanistas anglosajones, quienes más y mejor han estudiado la Guerra Civil, salvo algunas honrosas excepciones de historiadores españoles, entre los que destacan nombres como Santos Juliá, Enrique Moradiellos o Julián Casanova. Aquí ofrecemos una selección citando algunas de las primeras ediciones, ya que de la mayoría de estos títulos se publican reediciones con frecuencia.

La velada en Benicarló. Manuel Azaña (Castalia, 1974)

Libro Manuel Hazaña

El que fuera jefe de Gobierno y, más tarde, presidente de la República, un intelectual que entró en política, reflejó en esta obra, entre la novela dialogada y la obra teatral, todo el drama del país a través de 11 personajes que coinciden casualmente una noche, en mitad del conflicto, en aquella localidad costera castellonense.

Los variados personajes que muestra Azaña en su obra, algunos alter egos del político republicano; la lucidez y profundidad de sus diálogos; la reflexión sobre la esencia de España y los españoles; o la encendida defensa de la democracia como única forma de convivencia; convierten a La velada en Benicarló, escrita en abril de 1937, en una pieza magistral que debería ser de obligada lectura en todos los colegios e institutos.

La Guerra Civil española. Hugh Thomas. (Grijalbo, 1976)

Libro La guerra civil española

Fascinado con nuestro país, este historiador británico ya fallecido de corte liberal-conservador, logró con este título escribir una obra amena, didáctica y muy ecuánime que pasa por ser un libro de referencia y un magnífico manual para cualquiera que intente un primer acercamiento al estudio del conflicto sin ser un especialista en la materia.

Años de investigación y de documentación, de trabajo con las fuentes, dieron como resultado un texto imprescindible, publicado por primera vez en español en la editorial parisina Ruedo Ibérico en 1962, que no ha envejecido con el paso del tiempo.

La República española y la Guerra Civil. Gabriel Jackson (Crítica, 1999)

Libro 3 Guerra Civil Española

Desde una perspectiva más comprometida con la izquierda, este historiador norteamericano, también fallecido, escribió otro de los libros clave para comprender el periodo que nace con la proclamación de la República en 1931 y acaba ahogado en sangre con el bando victorioso del general Francisco Franco el 1 de abril de 1939.

Con el ya habitual estilo periodístico de los historiadores anglosajones, Jackson se ocupó muy especialmente de los avatares, divisiones y debates de las fuerzas republicanas y de la izquierda. Otro título imprescindible.

La Guerra Civil española. Antony Beevor (Crítica, 2005)

Libro 4 Guerra Civil Española

Nuevo ejemplo de la apabullante bibliografía básica que los anglosajones han dejado del conflicto en este libro del historiador militar Beevor, uno de los ensayistas que mejor ha descrito y narrado la Segunda Guerra Mundial.

De nuevo, se unen el rigor documental, un estilo brillante y un acercamiento no sesgado ni sectario a una contienda tan ideologizada como la guerra española.

Leer al británico Beevor supone adentrarse en una serie de reportajes donde se entremezclan con maestría las microhistorias de mucha gente anónima con la macrohistoria de las batallas decisivas o la geopolítica de los dirigentes.

Franco, caudillo de España. Paul Preston. (Grijalbo, 1994)

Libro Aquí no Franco

Imposible entender la Guerra Civil sin la personalidad y la biografía del militar que encabezó la sublevación y, tras la victoria, gobernó el país como dictador durante casi cuatro décadas.

Paul Preston, un historiador que ha dedicado su vida entera al estudio de la España del siglo XX con multitud de obras ( Palomas de guerra, Idealistas bajo las balas) traza un retrato personal, político y militar de Franco en una biografía de incuestionable calidad. Se trata de una obra cumbre de la amplia bibliografía de Preston que, pese a su extensión, deja traslucir la brillante y ágil pluma de este historiador británico.

La República española en guerra (1936-1939). Helen Graham (Debate, 2006)

Libro La república española

Este ensayo de la historiadora británica, otra contribución anglosajona, representa una de las mejores y más certeras aproximaciones a la evolución de las fuerzas republicanas durante el conflicto.

El papel jugado por republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas y otros sectores aparece diseccionado en un tono muy riguroso, pero nada academicista, y desde una metodología marxista que se detiene con profundidad en el análisis de las distintas estrategias.

El estupendo libro nos hace recordar que de los ocho años de vida del régimen republicano, tres de ellos estuvieron marcados por la imperiosa necesidad de defender la democracia con las armas en la mano. Debates todavía hoy vigentes como la disyuntiva entre guerra y revolución son abordados con inteligencia y sutileza por Helen Graham.

Guerra y vicisitudes de los españoles. Julián Zugazagoitia (Tusquets, 2001)

Libro guerra civil 6

Periodista, escritor y político socialista, atrapado por la Gestapo en su exilio francés y fusilado por los franquistas en la posguerra, Zugazagoitia es un personaje destacadísimo de la República injustamente olvidado por la mayoría de sus compatriotas.

Fue ministro de la Gobernación en uno de los Ejecutivos de Juan Negrín y secretario de Defensa al final de la guerra pero sobre todo, un intelectual que batalló por la democracia y arrinconó una prometedora carrera como novelista por servir a sus ideales. El libro citado, entre el testimonio personal, la crónica política y el periodismo narrativo, se incluye entre los textos fundamentales escritos por españoles sobre la contienda.

Un pueblo español. Elliot Paul (Gadir, 2018)

último libro Guerra Civil

Por último, las memorias de un músico y escritor norteamericano que se afincó en la entonces idílica y plácida Ibiza en los años treinta y se vio sorprendido por la guerra que convirtió la isla en un infierno de represión y de crueldad.

El contraste entre la paz y la conflagración, el odio entre vecinos en el pueblo ibicenco de Santa Eulalia, la eliminación del adversario y el retrato de una España pobre y atrasada que la República trató de rescatar, elevan este libro poco conocido, comparable a El laberinto español de Gerald Brenan, a la categoría de un testimonio de primera fila. Un relato muy revelador de la vida cotidiana antes y después de una guerra que lo cambió todo.

Por qué la izquierda se cree moralmente superior

11 julio, 2018

Fuente: http://www.vice.com

Entrevistamos a Ignacio Sánchez- Cuenca, autor de “La superioridad moral de la izquierda”.

Ana Iris Simón

Iñigo Errejón, Alberto Garzón y Pablo Iglesias en el Congreso. Andrea Comas/Reuters

Andaba el filósofo y sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca leyendo el ABC cuando se topó con la oración: “la superioridad moral de la izquierda”. No era la primera vez, ni seguramente ha sido la última, que encontraba que esta asociación de términos (superioridad y moral) aparentemente positiva era usada como arma arrojadiza, como burla hacia la izquierda. Como instrumento para poner de relevancia su carencia de otros atributos, como la superioridad intelectual o la eficacia admnistrativa de las que hacen alarde las ideologías de derechas.

El caso es que decidió darle la vuelta desarrollando una teoría que llevaba tiempo rondándole la cabeza: las ideas de izquierdas son, en efecto, moralmente superiores a las de derechas. Pero eso no es algo de lo que avergonzarse.

El resultado de sus reflexiones es La superioridad moral de la izquierda, un ensayo publicado en la Colección Contextos de Lengua de Trapo y prologado por Íñigo Errejón. En él, el sociólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III analiza por qué si la izquierda contempla las ideas más bellas sobre la justicia social y la igualdad acumula tantas derrotas.

Sostiene, además, que precisamente de esa superioridad moral emanaría una de las grandes lacras de las ideologías izquierdistas, su interminable división. A través de estas ideas analiza la crisis de la socialdemocracia y el papel de los partidos de izquierdas en ella y yo aproveché para preguntarle por algunos de sus planteamientos.

superioridad moral de la izquierda ignacio sanchez-cuenca
Portada de ‘La superioridad moral de la izquierda’

VICE: Aunque en tu ensayo aclaras que una cosa es la superioridad moral de las ideas y otra bien distinta las personas que las adoptan, ¿cómo nos posiciona esto ante el mundo? ¿Si uno es de derechas tiene más posibilidades de ser un cretino?
Ignacio Sánchez- Cuenca: No. Los cretinos están distribuidos de forma bastante igualitaria en todas las ideologías políticas. Sí creo, con todo, que, al menos en la teoría, las personas de izquierdas tienden a ser más abiertas intelectualmente y, sobre todo, más empáticas con los desfavorecidos.

Pero una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas se pueden valorar y ordenar en función de los principios morales que encarnan. El juicio sobre las personas es mucho más complejo, depende de muchos factores. Por ejemplo, desde un punto de vista moral, ¿qué comportamiento es más admirable, el de un obrero que defiende sus intereses votando a la izquierda y participando en el sindicato o el de un burgués que, en contra de sus intereses materiales, opta por un ideal de justicia social? Yo no me meto en este tipo de análisis en el libro.

¿Por qué si las ideas de izquierdas son moralmente superiores y no todo el mundo es de izquierdas, no todo el mundo las abraza como algo natural? 
Bueno, yo espero que lo acaben haciendo tras leer el libro… Bromas aparte, hay muchas formas de moralidad, a veces incluso se pueden considerar inconmensurables. Aun siendo consciente de mi perspectiva parcial, he intentado mostrar que el ideal de una sociedad igualitaria en el que todo el mundo tenga la posibilidad de autorrealizarse es imbatible desde un punto de vista filosófico. Otra cosa es que mucha gente en la derecha piense que ese ideal es inalcanzable, que no vale la pena luchar por él porque puede traer más desgracias que otra cosa.

“La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente”

El faro de la izquierda es la justicia social, la construcción de una sociedad igualitaria, un concepto imbatible, como dices, desde el punto de vista filosófico. Pero, ¿cuál es la razón de ser última de las ideas de derechas? 
La derecha es una ideología compleja y rica. En su versión más conservadora, el valor rector es el orden, la jerarquía y los valores tradicionales (familiares, sociales, etc.). En su versión más liberal, el valor supremo es la libertad entendida como reducto inalienable del individuo.

Sin embargo, en el ensayo sostienes que la libertad es igualmente valorada y tiene el mismo peso en la derecha que en la izquierda, aunque la derecha liberal la haya convertido en su patrimonio. ¿Viene la libertad a llenar ese vacío de sentido de la ideología de derechas, es más cómodo decir que uno está por la libertad que por el orden social establecido? 
El concepto liberal de la libertad es simple y convincente: una persona es libre si nadie le impide llevar a cabo sus planes. Cuando el Estado interfiere, mediante impuestos y regulaciones varias, la libertad se ve menoscabada. La libertad así entendida es, como dices, muy cómoda, pues nos exime de entrar en consideraciones sesudas sobre la justicia social en la medida en que la realización de dicha justicia pueda suponer una traba a dicha libertad.

La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorrealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente. En tiempos recientes, ha tenido fortuna en la izquierda la concepción republicana de libertad, según la cual alguien es libre cuando está libre de cualquier forma de dominación (económica, ideológica, social…).

 

Hablas de la empatía como uno de los factores diferenciales entre la ideología de izquierdas y la de derechas. De ella emanaría la solidaridad. ¿Es la caridad la solidaridad de la derecha, sobre todo de la derecha católica, que es la tradicional en nuestro país? ¿Por qué crees que ocurre esto?
Esta pregunta es muy interesante. La derecha católica (lo que siempre se ha conocido como democracia cristiana) tiene una actitud compasiva hacia aquellos que sufren injusticia y privaciones. Por eso la democracia cristiana siempre ha estado a favor de la protección de las familias y de los esquemas de seguridad (seguro de desempleo, pensiones…). Sin embargo, la derecha católica, aun reconociendo injusticias, no se plantea eliminarlas radicalmente, sino que más bien piensa en paliar sus efectos, pues atribuye una gran importancia al orden y la estabilidad y eso la paraliza a la hora de pensar en reformas más profundas.

Siguiendo con la Iglesia católica, afirmas que “los valores de la izquierda son moralmente insuperables”. ¿Qué crees que diría alguien católico sobre ello? ¿Los católicos de verdad militan o deberían militar en la izquierda?
En el catolicismo, por supuesto, ha habido ramas o corrientes que han sentido una afinidad con ideas de izquierda y con la utopía de un comunismo primitivo, que no deja de ser una sociedad igualitaria. Piénsese, por ejemplo, en la teología de la liberación en Latinoamérica, o, en menor escala, a los católicos que militaban en el PCE en los años de la transición o en CC. OO. en los tiempos de Franco. Ahora bien, también hay un catolicismo que consagra el statu quo y no quiere oír hablar de justicia social más allá de actos de caridad y sacrificio personal. En este caso, aunque pueda haber motivaciones morales similares, lo que caracteriza al catolicismo es que no saca las consecuencias políticas de ello.

“El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales”

Afirmas que la ideología que uno tiene tiene más que ver con su moral que con sus circunstancias materiales o con su genética. ¿Eso explicaría lo del obrero de derechas? 
Sí, explicaría tanto la figura del obrero de derechas como el profesional de izquierdas. El obrero de derechas considera que el intento de realizar la justicia social es ineficiente o incluso contraproducente (hace que los demás no se esfuercen tanto como él lo ha hecho durante su vida). El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales.

¿La superioridad moral de la izquierda le resta eficacia? Es decir, ¿el idealismo de sus presupuestos hace que se centre en imaginar futuros en lugar de en tratar de mejorar el presente? 
La izquierda cree en una política de la trascendencia, de la superación del orden social existente, que considera injusto. Aspira a cambiar la sociedad, ya sea mediante la revolución, ya sea mediante una acumulación de reformas. Eso le confiere una fuerte carga idealista. Si, además, hay una conciencia de superioridad moral del proyecto defendido, las cosas se complican, pues es típico del izquierdista impaciente e impetuoso considerar que todos los obstáculos que se interponen en la realización de su esquema de justicia deben ser superados sin reparar en los medios para ello. Por tanto, yo no diría que le resta eficacia, sino que da pie a la adopción de posiciones sectarias o fanáticas.

Le dedicas el último capítulo del ensayo a la socialdemocracia. ¿Saldrá de esta o está en las últimas? 
La socialdemocracia está en el momento más bajo de la historia. A partir del cambio de siglo la bajada se acelera y desde la crisis económica puede decirse que está en caída libre. En momentos de zozobra y miedo para grandes capas de la población, la socialdemocracia ha de abandonar su discurso tecnocrático (justificando las políticas igualitarias porque mejoran la productividad, por ejemplo) y llenarlo con palabras que apelen de forma directa a valores y principios, denunciando las injusticias del presente. Con todo, es demasiado pronto para saber si la socialdemocracia se recuperará o entrará en una decadencia irreversible. Desde luego, es el eslabón más débil en la cadena de cambios que se están produciendo en los sistemas de partidos de los países desarrollados.

“Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria”

18 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Joaquín Estefanía (Madrid, 1951) acaba de publicar Revoluciones -Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)- en Galaxia Gutenberg, un libro que trata sobre la vigencia de la memoria, de las ilusiones y las derrotas de una generación que creyó poder cambiar el mundo. Fue director de El País entre 1988 y 1993. Lleva ejerciendo el periodismo desde 1974. Durante más de 20 años ejerció de director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma/ El País. La entrevista se desarrolla en la sede de la editorial en Madrid.

¿Dónde está la izquierda? ¿Sabe de algún teléfono al que se pueda llamar?

En España existen dos izquierdas: una relativamente joven que ha envejecido mucho en los últimos cinco años y otra que está en crisis total, que busca una nueva identidad. En estos momentos no hay, desgraciadamente, ninguna forma de que esas dos izquierdas se conviertan en una sola, que es la única posibilidad de hacer frente al otro segmento ideológico de este país. Si te refieres al mundo en general se puede decir que hay una crisis de la socialdemocracia. En vez de permanecer en su sitio se ha ido en algunas ocasiones muy a la izquierda y ha tenido que competir con la otra izquierda, o en la mayor parte de las veces se ha ido a la derecha. Por eso carece de identidad.

¿Ve algún movimiento, como el de las mujeres -sobre todo en España el 8M- o el de los estudiantes contra las armas en EEUU que nos permita pensar que algo está pasando ahí fuera?

En EEUU permanece el espíritu del movimiento Occupy Wall Street que en las elecciones presidenciales encarnó Bernie Sanders. Es un segmento difuso que vuelve en determinados momentos y contagia el programa de los demócratas. Le doy muchísima importancia al movimiento de las mujeres. Lo que ha sucedido el día 8 no es más que la representación de algo que estaba ocurriendo desde hacía tiempo, que las mujeres han entrado en una cuarta ola feminista. Del mismo modo que en el pasado tuvieron que luchar por sus derechos políticos, ahora están luchando por sus derechos sociales.

¿Y los pensionistas?

Es más difuso, es de momento un fenómeno interno. Podría ocurrir, como pasó con el movimiento de los indignados, que prenda en otros países. Lo más significativo es que por primera desde hace mucho tiempo no se sabe quién es el sujeto protagonista del cambio, lo que antes llamábamos el sujeto redentor o el sujeto revolucionario. Eso se modifica en 1968. Hasta el 68 solo existía el monopolio de las luchas obreras que se manifestaba en las revoluciones. A partir del 68 emerge otro sujeto que son los jóvenes, mucho más transversal y ambiguo en el que caben casi todas las ideologías. Y ahora tenemos estos dos nuevos movimientos: el de las mujeres, que es específico, y el de los pensionistas, que todavía no sabemos lo que va a dar de sí. No sé si te has acercado a alguna de sus manifestaciones. Estuve hace unas semanas en la de la Puerta del Sol y me resultó sugerente comprobar que muchos de los que había allí eran los que se manifestaban en el 68. La gran diferencia es que les acompañaban las mujeres pensionistas. En el 68 no hubo una sola mujer protagonista de ningún movimiento.

Noam Chomsky hablaba del anarquismo en una entrevista en El País; decía que todo poder tiene que justificarse y ganarse el respeto de la sociedad.

Esto es muy interesante porque estamos difuminando fronteras que fueron terriblemente cerradas entre anarquismo, socialismo y comunismo. No se puede decir que el marxismo sea la ideología común en estos movimientos porque en ellos hay de todo, elementos que fueron incompatibles durante años, que se separaban y ahora están trabajando juntos en muchos sitios.

Pero los dirigentes siguen separados, cada uno en su casillero.

Claro, estos movimientos se dan en la sociedad civil. En casi ningún país se han producido movimientos institucionales políticos. En España, con los indignados; en EEUU, con Occupy Wall Street, y en Chile, con los estudiantes que entraron en los gobiernos de Bachelet, y ahora han salido. Aún no han contagiado el corazón del sistema, a los partidos políticos de izquierdas, que siguen viviendo en otro momento.

Una de las grandes virtudes de Podemos es su olfato, saber por dónde respira la sociedad, que parece conservar como se ha demostrado en la huelga feminista. Pero su acción política desde las elecciones de diciembre de 2015 no ha sido buena.

El año pasado el Centro Conde Duque mostró una exposición maravillosa de Basilio Martín Patino, que acababa de morir. Pasó desapercibida. Su última actividad cinematográfica fue salir a la calle el 15M. Rodó un documental, Libre te quiero con música de Amancio Prada. El 15M fue maravilloso. Se nos ha olvidado lo maravilloso que fue, la alegría que había, las demandas, los eslóganes tan extraordinarios. Todo eso se ha perdido. ¿Por qué? Tiene un factor positivo y uno negativo. El positivo es que la gente de los indignados, en este caso la parte de Podemos dentro de los indignados, decidió que no se puede estar en la calle permanentemente; creyeron -y creo que creyeron bien- que tendrían que entrar en las instituciones. Entrar en las instituciones es aburrido, tienes que profesionalizarte con gran rapidez, y eso es lo que no han hecho bien. Mucha gente va a seguir votando a Podemos casi por no votar a los demás, pero tienen la duda de si vale de algo votarles, si mejorará las condiciones de la vida de la gente.

¿Ha perdido Podemos su transversalidad y se ha convertido en un partido de la izquierda clásica?

Esa es la gran división que hay entre los que mandan en Podemos y la parte de Íñigo Errejón. Él acaba de escribir dos prólogos sobre este asunto, uno a un libro de Gramsci y otro a un texto de Ignacio Sánchez Cuenca. Sigue defendiendo una posición transversal para Podemos, si quiere gobernar, que es para lo que nació, y no para hacer oposición. La gente está un poco defraudada con las posiciones de Podemos. La incógnita es si se va a quedar en una especie de Izquierda Unida de Julio Anguita, es decir, en un partido minoritario. Podemos no nació para ser un partido minoritario de izquierdas.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
El periodista y escritor Joaquín Estefanía en una entrevista con eldiario.es en una imagen de archivo.MARTA JARA

Habla en el libro de 1968, año con dos grandes acontecimientos: mayo en París y el aplastamiento de la primavera de Praga. ¿Qué queda de todo aquello?

Hubo un tercero: México.

Sí, la matanza de los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas.

Eso es. Son tres acontecimientos diferentes: en París había capitalismo y los jóvenes y los obreros -que salieron muchos- querían acabar con el capitalismo; en Praga había comunismo y los que hicieron la Primavera de Praga querían acabar con el comunismo, y en México había una “dictadura perfecta” y los estudiantes, porque allí fueron solo estudiantes, querían tener la democracia que tenían los de París. Es curioso. En los tres casos había elementos que en aquel momento pensábamos que eran culturales y ahora son políticos, que hemos incorporado a nuestras vidas, como el ecologismo, el feminismo, una educación sin discriminaciones por razones de sexo, el comunitarismo o la lucha por los derechos civiles. Son ideales que nacieron en 1968. Esos son factores positivos, de éxito. Pero también hay factores de fracaso. Ni en París se acabó con el capitalismo ni en Praga se acabó con el comunismo ni en México se acabó con la dictadura perfecta. En las revoluciones duras, en las que se toma el poder a través de la violencia, no ha funcionado en ningún sitio. Casi todos los factores que denominamos culturales, y que eran políticos, se han incorporado a nuestra vida. La gran paradoja es que se ha conseguido mucho más a través de las reformas que a través de las revoluciones.

Las revoluciones duran poco, a veces solo meses antes de que los nuevos líderes acaben calzándose los zapatos de lo que han desplazado.

En casi todos los casos es así.

Quizá en Cuba duró años, pero desde la invasión de Bahía Cochinos todo cambió.

Sí, duró más años de lo habitual, pero también murió. Fíjate hasta qué punto eso es así que cuando se produce la matanza de Tlatelolco, el movimiento de los estudiantes mexicanos solo tenía una utopía, Cuba. En aquellos años había regímenes, había ideologías y países a los que los que salían a la calle querían parecerse. En estos momentos los indignados no tienen un país en el que reconocerse, tampoco una ideología en la que reconocerse. Son momentos diferentes.

Es quizá un momento más rico.

Mucho más rico. Tendríamos que vernos en un año para ver qué ha quedado de los movimientos de los que hablábamos al principio. Cuál es el sujeto que va a dirigir lo que va a ocurrir, porque lo que está ocurriendo es terriblemente negativo. Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria. Lo que está pasando en EEUU, las imágenes de Trump haciendo un casting de muros son terribles. Lo que está pasando en Inglaterra. Lo que está pasando en Europa del Este, donde hay un movimiento involutivo autoritario que en muchos casos semeja al fascismo. O lo que está pasando en Alemania, donde la principal fuerza de oposición después del gobierno de coalición es Alternativa por Alemania. Esto contribuye a que sea un momento espantoso para los derechos, no para los derechos económicos, como ha pasado en la crisis, sino también para los derechos políticos y los derechos civiles.

Después del mayo del 68 llegan Margaret Thatcher y Ronald Reagan y se produce la contrarrevolución conservadora que acaba con Keynes. Ese el momento de la Escuela de Chicago, del liberalismo puro. Desaparecen los controles, el capitalismo se descontrola, llega la barra libre.

No lo consiguen del todo. Si uno repasa lo que sucedió, sobre todo en Gran Bretaña, que es donde tenían un estado de bienestar más potente, porque en EEUU era menor, a pesar de que lo debilitaron, y sobre todo lo debilitaron emocionalmente en el sentido de que lo que era un orgullo para la sociedad británica a partir de ese momento empieza a convertirse en una rémora, no acaban con ello. Más bien habría que pensar qué ocurre después de Thatcher, qué ocurre con John Major, qué ocurre con Blair hasta hoy mismo, donde se sigue yendo hacia atrás. Hay un retroceso, pero no logran acabar con todo. Tampoco logran acabar con todo en el otro aspecto, en el aspecto cultural. La revolución conservadora tiene dos partes, quieren volver al capitalismo del laissez faire y quieren acabar con las conquistas del 68 y eso no lo han conseguido, eso no lo han conseguido de ninguna manera.

La crisis del 2008 se debe a la falta de controles. Los vigilantes del sistema son parte del mismo juego.

Pero sobre todo porque los vigilantes del sistema eran falsos vigilantes del sistema. O no creían en lo que hacían o no tenían medios para ser vigilantes. Eran unos organismos, unas instituciones que seguían existiendo porque aparentaban mucho que podía haber un control, pero que no pudieron hacerlo. Me refiero sobre todo a los organismos reguladores y supervisores, que existían, pero que no hicieron en ningún caso su labor. La Reserva Federal no se enteró de lo que llegaba. En muchos países, quizás entre ellos España, existían organismos reguladores pero no tenían medios.

Cuando estalló la crisis del 2008, Nicolas Sarkozy dijo en una cumbre del G20, “vamos a refundar el capitalismo”, pero acabaron refinanciando al mismo capitalismo.

Eso fue en un momento en el que todo parecía posible. Había caído Lehman Brothers, había contagio en la banca norteamericana. Eran meses en los que parece que todo podía ocurrir, que se podría ir el sistema al garete. Entonces Sarkozy dijo eso, como en otro momento dijo “hay que acabar con el 68, porque es lo que nos está matando”. Lo dice Sarkozy y le siguen todos. Sucede en la primera cumbre del G20 en la que se toman aquellas medidas contra los paraísos fiscales, en favor de la transparencia, que duran hasta la siguiente reunión del G20. En ese año se han recompuesto las cosas. Aunque todavía está todo mal ya se sabe que no va a caer el sistema financiero y van olvidando el manifiesto inicial. Fueron quitándole hojas. Primero los paraísos fiscales, luego los estímulos keynesianos para salir de la crisis, luego el rescate de los bancos no con dinero público sino con el dinero de los propios accionistas… Lo van deshojando hasta que llegamos a 2011 cuando no queda nada de aquello.

Ahí es cuando se produce la segunda revolución o contrarrevolución conservadora.

Hay una diferencia sustancial con la primera. Ronald Reagan era un vaquero; la gente que le acompaña era intuitiva pero poco formada, excepto algún caso como David Stockman. En cambio, a Margaret Thatcher la acompañan unos think tank conservadores muy potentes desde el punto de vista ideológico, que son los que dan la batalla. Luego llegan los “neocons” con Bush, algunos han trabajado con Reagan y están más formados, llegan con esa formación que había tenido Thatcher en el Reino Unido. Disponen de unos think tank con los que empiezan a construir una teoría sobre todo esto y que acaba el 11S. En ese momento se olvidan de todo, cambian de enemigo y de estrategia, invaden Afganistán e Irak. Ahora llega la tercera oleada, que es la de Donald Trump, que es una oleada mucho más contradictoria; tiene elementos neoconservadores y tiene otros disparatados, pero forma parte de lo mismo.

La izquierda no tuvo respuesta en la primera y en la segunda revolución conservadora. Ahora parece que tampoco la tiene.

Porque los valores de la revolución conservadora se hacen tan potentes que forman parte de eso que se llamó pensamiento único. El que no los tenía era expulsado de las cátedras, de los servicios de estudio, de los medios de comunicación. Esos valores conservadores impregnan a la socialdemocracia. Así nace “la tercera vía”. Cuando llega una crisis como la de 2008 no tienen nada que decir, solo pueden aportar una especie de thatcherismo de rostro humano. No sé si recuerdas aquella frase de Thatcher, cuando le  preguntaron, ¿qué es lo mejor que ha hecho usted en su vida?, y ella respondió: “Traer a Tony Blair”. Ese es el principal problema de la crisis de representación política. Ha sido tan profundo el contagio de los valores conservadores a la socialdemocracia que si hay que elegir entre el original y la copia la gente escoge el original, o busca elementos populistas de extrema derecha o extrema izquierda. La socialdemocracia está desapareciendo del mapa en un momento en el que las medidas de la socialdemocracia clásicas serían las más oportunas para arreglar los problemas.

Se aplicaron después de la Segunda Guerra Mundial y se salió de las crisis económica y política.

Esos valores, depurados por el tiempo, valdrían para obtener respuestas diferentes de las que hay ahora. ¿Qué va a pasar cuando empiece a aplicar la política económica de Europa el nuevo ministro de Finanzas, el socialdemócrata Olaf Scholz que ha sustituido a Wolfrang Schäuble en el gobierno alemán? ¿Vamos a notar una diferencia sustantiva, aparte de algún ambiente compasivo? Pues eso es lo que hay que ver, si han aprendido o no han aprendido.

¿Sería la utopía más pragmática de la izquierda regresar a los valores socialdemócratas o exigir que el capitalismo vuelva a estar regulado?

Estoy de acuerdo, pero lo diría de otra manera. El principal valor de la socialdemocracia es conservador, conservar lo que tuvimos, no perderlo. La principal labor de la izquierda es asegurar la igualdad de oportunidades, que es un valor probablemente liberal, que se cumple menos que hace una década. Nunca hubo una igualdad de oportunidades perfecta, pero el camino era progresivo, se iba consiguiendo, y en eso se ha producido una marcha atrás enorme.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
Joaquín Estefanía, en una imagen de archivo. MARTA JARA

Da la sensación de que la izquierda, pienso en la española, se ha quedado atrapada en los eslóganes y ha ido perdiendo contenido. El feminismo podría ser una manera de reconectarse con la calle.

Exacto. Volvamos al programa mínimo, defendámoslo. Tuvimos un programa mínimo que era la democracia y un programa máximo que era el comunismo, el socialismo, la revolución. Volvamos al programa mínimo. ¿Qué puede defender la izquierda para diferenciarse de la derecha? Tres asuntos: la igualdad de oportunidades, que tiene que ver con los derechos sociales y económicos, los derechos humanos que incluyen la libertad de expresión y el cambio climático, el problema más importante que tiene la humanidad en estos momentos.

¿Son tan importantes los líderes o es importante que exista ese magma en la sociedad?

Me parece que fue Bernardo Bertolucci, aunque no estoy seguro, el que dijo “bienaventurado el país que no necesita líderes”. Siempre he creído que los líderes no son el principal elemento cuando se habla de la capacidad de liderazgo de un país. Es importante pero no es lo más importante para los cambios. En estos momentos tenemos unos líderes tan chatos en casi todos los casos, o tan nefastos como en el caso de Trump, que echamos de menos a alguno; hemos idealizado unos líderes que tampoco eran tan buenos pero que en comparación nos parecen maravillosos.

¿Es Merkel la líder más social de Europa aparte de lo que ha hecho a Grecia? Al menos es coherente.

Seguramente la más líder de todo. Con Macron estamos construyendo un mito. Decimos que tiene un discurso europeísta, pero Macron lleva casi un año y ese discurso no se ha concretado en una sola medida, y dentro de su país está aplicando las políticas de austeridad como las que aplicaba la derecha o el mismo Hollande y que le costaron la presidencia. Estamos haciendo un mito de Macron porque tiene esa capacidad de liderazgo de la que todo el mundo habla, y que debe ser cierta. La revista Letras libres publicó un perfil de Macron firmado por Emmanuel Carrère; en él, decía: “Si le miras a los ojos y él te da la mano, estás perdido”. Cuando lo leí, recordé que algo de eso tenía el Felipe González en 1982.

¿Estamos los periodistas aplicando la visión de la vieja política para analizar los nuevos movimientos?

Sin duda. Me alarma ver cómo ha desaparecido Europa del Este de los medios de comunicación con las cosas que están pasando, están matando periodistas, están restringiendo las libertades, incluidas las europeas. Pero no atendemos a este tipo de cosas, estamos en la política pequeña.

¿Ha sido un desastre para la UE la incorporación de los 10 países de Europa del Este, algunos de ellos parecen un caballo de Troya?

Ha sido un desastre monumental, pero hay que analizarlo. Cualquier cosa que se haga en Europa tiene que partir de esa idea, que dentro hay un caballo de Troya. Fíjate lo que está ocurriendo, que tampoco estamos tratándolo suficientemente: mientras todos hablamos del europeísmo de Macron, de lo bueno que va a ser que Macron y Merkel relancen la Unión Europea, los países del norte de Europa están vetando cualquier tipo de cambio de orientación. No quieren un presupuesto europeo potente, no quieren la mutualización de la deuda, no quieren una revisión de la forma de trabajar con el euro, están restringiendo de manera brutal los movimientos de personas. Todo eso está pasando al mismo tiempo que hablamos de la oportunidad que tiene Europa para cambiar en estos momentos.

A la vez está creciendo la xenofobia, la extrema derecha, el maltrato a los emigrantes.

La misma impregnación que había antes de la revolución conservadora hacia los socialdemócratas ocurre ahora entre los partidos de extrema derecha y los partidos de derecha que gobiernan. Ya sabemos que Marine Le Pen no ha ganado y que tampoco ganaron los holandeses, pero las ideas de Le Pen y de los holandeses impregnan en estos momentos los programas electorales.

Partidos de derechas de toda la vida con las ideas de extrema derecha.

Y tampoco lo estamos contando. Respiramos como si fuese una cosa extraordinaria que no hubiera ganado Le Pen, pero mira lo que está pasando en Francia, en Holanda o en Italia.

La Liga Norte pasó de ser un movimiento autonomista y oportunista a un movimiento de neofascista.

Tenemos que utilizar este tipo de calificativos para hablar de estas cosas. Es tremendo. ¿Qué pasó con Italia, con su izquierda y hasta te diría con su derecha, tan ilustradas, que avanzaron tanto, que fueron los padres del eurocomunismo y los padres de la austeridad? ¿Dónde están esos políticos? ¿Se han jubilado todos? Hace años en un mitin de D’Alema, que dirigía entonces la última fase del partido comunista italiano, alguien del público le gritó: “D’ Alema di algo de izquierdas, hombre”.

Ciudadanos llegó como un partido que iba a regenerar la derecha, pero de alguna forma también se ha visto atropellado por los acontecimientos.

En cuanto ha entrado en las instituciones. Volvemos al principio de la conversación, quién es el sujeto que va a protagonizar lo que está pasando. ¿Es el movimiento de los jubilados un 15M renacido con otras formas o se va a diluir en cuanto Rajoy introduzca varias medidas en el presupuesto que engañen un poco a una parte del movimiento? Esto no es discutible en el caso de la mujer. Tenemos que saber cómo se avanza después del 8 de marzo; escojamos dos o tres propuestas., cómo se avanza en la brecha digital, en la presencia de las mujeres en las instituciones, en las cuotas. O avanza o se diluirá.

Uno de los defectos que tenemos como país es la incapacidad para pensar fuera del marco. Decía el general David Petraeus, hablando de Irak, que todos los mandos militares que ascienden piensan de una manera parecida. Pasa en las empresas.

Y en los partidos políticos.

Y cuando surge un problema grave, como la crisis en Catalunya, nadie es capaz de pensar diferente. La política está para solucionar los problemas; aquí la utilizamos para crearlos.

Eso se debe a la adolescencia de nuestra democracia. Como tenemos una democracia más joven que la de los demás, es más endeble, somos rígidos con los procedimientos y con las normas de las que nos hemos dotado.

Algunos sectores del independentismo exprés dicen que España es un Estado autoritario.

Eso es una tontería, es no recordar cómo éramos hace 40 años cuando salimos del franquismo. Tenemos defectos y debilidades, y algunas nuevas que están emergiendo, pero no tienen nada que ver con un Estado autoritario. Este es un país normalizado desde el punto de vista democrático.

Como tampoco se puede hablar de golpe de Estado. Se podría hablar de crisis constitucional.

Y tampoco podemos hablar de amigos y enemigos. Entre la gente de mi generación y entre tus amigos y entre los míos hay muchos independentistas con los que todavía podemos seguir discutiendo. Probablemente no podremos discutir hoy con algunos, como tú has dicho antes, con los independentistas exprés, pero hay una buena parte con la que podemos discutir de muchísimas cosas.

¿Es optimista, en general, no solo con nuestro país?

No, no lo soy. En estos momentos no puedo ser optimista porque el contexto al que pertenece nuestro país es en estos momentos muy desfavorable. Hay una regresión, sin duda. Ha habido una regresión en los derechos sociales y económicos en los últimos diez años, y ahora, que parece que estamos saliendo, hay una regresión en los derechos políticos y en los derechos civiles. Es un mal momento para los derechos en el mundo y en ese sentido no puedo ser optimista.

El tribunal de Estrasburgo dictamina que es legal quemar un retrato del rey y unos días después, el Parlamento vota con el apoyo del PSOE mantener la tipificación de insultos al rey.

Eso es un ejemplo más del contagio. En cambio, me ha parecido valiente la decisión del Partido Socialista de no prorrogar la cadena perpetua revisable, de votar en contra aun sabiendo que es algo impopular en estos momentos. Bueno, eso es lo que tienen que hacer este tipo de partidos. Para eso los queremos y para eso los hemos votado.

¿Cree que el posfranquismo ha desaparecido completamente de España o sigue ahí?

Creo que ha desaparecido muchísimo, pero no del todo. Todos los días vemos, incluso en el Parlamento, algunas intervenciones que recuerdan a otros tiempos, pero creo que son minoritarios. En ese sentido, la aparición de Ciudadanos no va a modernizar tanto como creíamos a la derecha española, pero algo la va a modernizar.

Sánchez Cuenca me dijo en una entrevista con tal de que se vaya PP, que gobierne Ciudadanos.

Esa es la posición de Sánchez Cuenca que en buena parte corroboro. Creo en estos momentos el PP, aparte de todos los problemas que tiene relacionados con la corrupción, es un partido inútil para gobernar; están abrasados, no dan más de sí.

“El orgullo patrio es una absurdez”

12 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los muros físicos se construyen con ladrillos, pero es mucho menos trabajoso erigir los ideológicos: basta con un trapo y un palo. La guerra de banderas que se ha desatado a raíz de la crisis en Catalunya es la semilla que inspiró la nueva recopilación de viñetas de Andrés Rábago (Madrid, 1947). El Roto: Contra muros y banderas (Reservoir Books) es su peculiar interpretación del uso partidista que se ha hecho en los últimos meses de la rojigualda y la estelada.

“Las banderas deberían estar solo en los espacios institucionales. Más allá de eso, el abuso que haga un partido de ella es espurio porque la bandera es de todos”, asegura el veterano viñetista mientras bebe a sorbos muy pequeños su vaso de agua. Sobre la mesa, un par de ejemplares de su libro lucen en la portada una reinterpretación de la célebre Riña de gatos de Goya. En lugar del ladrillo desgastado del original, un felino se posa sobre la bandera española y el otro sobre la senyera.

Aunque todo indique lo contrario, El Roto asegura que “no es un libro específico sobre Catalunya, sino contra la fragmentación”. No distingue entre la repartición del rojo y el amarillo sobre la tela porque, en su opinión, ambas “han dejado de ser símbolos para transformarse en instrumentos de poder, de diferenciación y de separación”.

'Contra muros y banderas'

Dice Rábago que la bandera española no debe tener más función que la de identificar a un país, “como a un navío en alta mar”, pero no ha sido ese su uso desde el pasado octubre. Ahora, buena parte de los ciudadanos españoles identifican la rojigualda con una postura en el debate soberanista con la que quizá no se sientan cómodos. Para El Roto, “es una utilización espuria por parte del Gobierno de un elemento común”, pero también porque “la izquierda ha mantenido esa vieja visión de la bandera como parte del imaginario franquista”.

Lo que es innegable es que el auge de los nacionalismos ha traído consigo una imagen aterradora de banderas ondeantes. En Hungría, Grecia o Austria, la ultraderecha se ha lanzado a las calles enfundada en la bandera del país a la vez que lanzaba consignas xenófobas y supremacistas. En España, el discurso por la unidad también brindó un hueco privilegiado a estos grupos para redoblar y visibilizar su mensaje ultra. “Son las sociedades más débiles las que se reorganizan alrededor de estos símbolos y adquieren identidades impostadas”, explica El Roto.

'Contra muros y banderas'

“El orgullo patrio es una absurdez. Sentirse orgulloso de ser de un sitio en concreto, una estupidez”, asevera. “El orgullo debería surgir por algo más que por un sentimiento de pertenencia. Porque tu nación sea más justa con sus ciudadanos o más culta. Pero ni siquiera eso es atribuible a uno mismo, sino a terceras personas”, piensa el Roto. Contra el “patriotismo de pulserita”, Rábago apela a la voluntad de trabajar por un país a través de nuestro propio comportamiento, no enarbolando una bandera. “¡Robaba, sí, pero pensando en la patria!”, como reza una de sus viñetas.

Las viñetas de la “concordia”

Aunque su opinión sobre el uso partidista de la rojigualda es inclemente, El Roto no es más sutil cuando le toca dibujar sobre el independentismo. Un aguijón de avispa, unas setas alucinógenas o un arcoíris bicolor que se alza en un horizonte de la tierra prometida son algunas de las hipérboles que ha usado en Contra muros y banderas.

“La sátira tiene unos mecanismos caricaturescos que le son propios, como la exageración”, reconoce el viñetista. “Pero no deja de haber algo de alucinógeno en todo esto, sobre todo de manipulación del consciente colectivo. Una hipnosis muy pegadiza”, resume.

'Contra muros y banderas'

Él, nacido y criado en Madrid, asegura que “los temas identitarios no me interesan”, pero que aún así le habría gustado realizar las viñetas desde Catalunya. “Es un asunto que nos afecta a todos, pero allí se vive con mucha más intensidad”, reconoce. En muchas de sus tiras hace referencia al socavón, casi precipicio, que ha generado la incapacidad de comunicarse de los políticos. “¿Y este abismo? Lo cavamos entre tú y yo, ¿no te acuerdas?”, dicen dos figuras negras marcadas con distintas banderas en una de las imágenes.

“Ha habido una dejación por parte del Estado de lo que debería haber sido su trabajo. Al poder central le interesaba ceder este territorio porque esos gobiernos locales le permitían ganar elecciones. No ha tenido en cuenta el interés ciudadano frente al interés partidista de cada momento”, atribuye el dibujante.

'Contra muros y banderas'

Respecto a las posibles salidas, El Roto no se muestra demasiado optimista. “Es un problema de largo alcance. Vamos a tener que convivir con él durante bastante tiempo. Este libro fija una posición y servirá de souvenir de una época que espero que, en algún momento, se convierta en un recuerdo de lo que pasó”, confía. “Es el momento de que la sociedad catalana se sienta acompañada, y todos debemos ayudar a reconducir la situación”.

En su opinión, el “librito”  Contra muros y banderas es su modesto intento de aportar al entendimiento. Haciendo referencia a viñetistas clásicos como Forges, Chummy Chúmez o Máximo, El Roto entiende la sátira como una herramienta “para criticar a los que abusan del poder y acompañar al que está sufriendo”. “Hay momentos en los que tienes que echar una madera al agua donde alguien se pueda agarrar o sentirse en compañía”, dice en referencia al “servicio público” del gremio de la viñeta.

Tampoco pierde la esperanza de alcanzar a los que hoy ondean banderas con tanto convencimiento. “Cuando estás en medio de una corriente de opinión poderosa, debes de ser muy, muy fuerte para mantenerte al margen”, admite. Con sus breves aforismos y el lenguaje visual de sus gruesas pinceladas, El Roto aspira a “elevar el pensamiento común” y a evitar que los poderosos “nos conviertan en sus banderas”.