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“Los jóvenes no piensan mucho en la Guerra Civil porque no se la han explicado”

13 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

¿Qué fue de los tuyos en la Guerra Civil? Para muchos, esta pregunta resulta muy familiar. Mi abuelo estuvo en la cárcel, a mi madre le raparon la cabeza o le enterraron en una cuneta pueden ser algunas de las respuestas. Así de crudo y de feroz es el recuerdo de millones de personas, aunque ahora dé la sensación de que con cada generación aumente un poco más el olvido.

“Yo creo que los jóvenes no piensan mucho en la Guerra Civil porque no se la han explicado. Es una pena que la gente joven no sepa, pero también hay que querer saber”, lamenta la escritora y documentalista donostiarra Susana Koska, que acaba de publicar Mujeres en pie de guerra, un libro en el que hablan mujeres poco conocidas sobre sus vivencias durante el conflicto armado en España.

“Solamente hay que ver los libros de texto, en los libros de texto la Guerra Civil se pasa en un tema. A los jóvenes se les tendría que explicar mucho más, no solo con datos cronológicos, sino con datos sociales sobre lo que supuso”, dice la autora. Por mostrar un ejemplo numérico (y quizá un poco injusto), en Instagram hay un total de 9.000 publicaciones con la etiqueta #guerracivilespañola y más de 29.000 con la de #operacióntriunfo.

No es un ensayo. No es una novela. No es un diálogo de más de doscientas páginas. Se trata de un puzzle compuesto por testimonios, transcripciones de periódicos y revistas, manifiestos y algunos párrafos de libros. “Es un rompecabezas coral. Se puede leer por cualquier sitio. Tiene un lenguaje rico, hablan mujeres, periódicos, novelas… Creo que es una buena manera de aprender historia”, explica. También mantiene el tono en todas las voces narrativas, el lenguaje y los registros.

Quizá lo más complicado sea seguir el hilo de cada uno de sus personajes porque la lectura va de un sitio a otro casi en cada página. El libro se divide en nueve capítulos, desde el estallido de la revolución a la llegada de las bombas y de la resistencia.

Pero, ¿por qué hablar de la Guerra Civil? ¿No está muy trillado? ¿No se ha contado ya todo? No, faltan las anónimas. “Empezó siendo una historia familiar, porque como tantísimas otras familias en este país, la mía estaba marcada profundamente por la guerra”, dice sin titubeos. “Mi abuelo estuvo en prisión, mis primos fueron evacuados a Francia. Primero fue esa necesidad, la de hacer el propio relato familiar y no fue fácil”, recuerda. Dice que a veces lo que le contaban no coincidía necesariamente con lo que había leído en los libros de historia.

Mucho más que madres y esposas

“Empecé a indagar y a buscar bibliografía y me encontré con los libros de Antonina Rodrigo, que fue la primera mujer que empezó a escribir monografías sobre las anónimas, no sobre las grandes mujeres represaliadas, sino sobre mujeres que no tienen un nombre en una orla y no lo van a tener nunca”. Sus protagonistas son: Sara Berenguer, Rosa Laviña, Neus Catalá, Rosa Díaz, Montserrant Fernández Garrido, Carmen Alcalde, Antonina Rodrigo, Cecilia G. de Guilarte, Ana Mary Ruiz, Luz Miranda y Maixux Rekalde. “Las mujeres no solamente fueron madres y esposas de presos, sino que fueron agentes importantes en la lucha social de su momento” y aquí está la prueba (podríamos añadir).

“Cuando me encontré con estas mujeres me quedé fascinada y me puse en contacto con Antonina, que es una mujer no generosa. Me dice que me ponga en contacto con ellas y que me lo cuenten a viva voz, porque siguen vivas y para eso están, para que las escuchemos”, dice emocionada.

“Yo creo que en España, todos o casi todos los periodistas padecen del hígado. O de cualquier otra cosa. Y es natural. Ser en España periodista tiene la misma importancia que vender garbanzos. Yo confieso que he sentido deseos de llorar, allá en mi juventud, al ver reflejadas en la pantalla las emocionantes aventuras de los periodistas americanos”, se puede leer casi al principio del libro. Este párrafo lo firma Cecilia G. de Guilarte, que como recuerda Koska en la entrevista fue una de las periodistas españolas más importantes de la época.

Con todos estos testimonios ya apareció un documental en 2004, que se completa con este libro. Pero estas voces no se apagan. Koska tiene material guardado que “pronto pedirá ver la luz”.

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El club de los poetas de la muerte

10 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 27 de marzo de 2014

Document(2)-page-001Bécquer lee en el campo, en un dibujo de Valeriano Bécquer (1864). / Biblioteca Digital Hispánica

Por Rafael Núñez Florencio

Cuando se habla del romanticismo, la asociación entre amor y muerte es tan espontánea –o tan tópica- que el propio Museo Romántico de Madrid organizó hace unos años una magna exposición aunando de modo natural esos dos conceptos. Para el romántico el amor –la pasión- nos aproxima a la tumba. Según Larra, penas y pasiones (de amor, claro) han llenado más cementerios que médicos y necios, pues el amor mata, como matan la ambición y la envidia. El amor es un desasosiego, ansiado y temido al mismo tiempo. El amor puede ser el ideal que paradójicamente nos conduce al sin-vivir. En esas condiciones, el ser amado genera sensaciones contradictorias: el enamorado no sabe si prefiere su presencia o su desaparición, pues en ambos casos le falta la plenitud a la que aspira. Las coordenadas son por tanto erotismo y necrofilia. Cuando no se llega a tanto se recala en la perversión: dolor y placer se confunden o son difícilmente disociables.

En una obra clásica, El Romanticismo español, dice Vicente Lloréns que los románticos no inventan nada sino que recrean una concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte que tuvo su momento de esplendor en el pasado. Esa especie de mal de amores tiene su claro precedente en el mundo medieval, con los trovadores. No son casuales tantas concomitancias entre el universo romántico y determinados elementos del Medievo: castillos, fortalezas, aldeas, guerreros, monjes, monasterios, templos góticos, tumbas recónditas, ruinas y otros elementos de una Edad Media que, sobre todo en el teatro decimonónico, conforman un escenario medieval estereotipado, de cartón piedra. La necrofilia romántica, escribe Lloréns, revela significativos rasgos del pasado, al tiempo que delata concomitancias con otros autores: “Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Como en Leopardi”.

Muerte dulce: el plácido sueño del sepulcro

Lejos de ser una broma macabra o una excesiva licencia poética, el epígrafe que antecede expresa una de las vertientes fundamentales de la necrofilia romántica. La acuñación está tomada casi literalmente de un verso de una famosa Rima de Bécquer: “¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! / ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!”. La muerte es calma, silencio, relajación, mientras que la vida es lucha constante. “Cansado del combate / en que luchando vivo, / alguna vez me acuerdo con envidia / de aquel rincón oscuro y escondido”, dice el poeta sevillano.  Document4-page-001

La idea romántica de que la vida atribulada del hombre es el mal y la muerte el bien, la quietud ansiada, la expresa también con rotundidad el Duque de Rivas [en la imagen, en un retrato realizado por Federico de Madrazo y Kuntz, que se conserva en la Biblioteca Nacional] en una de las obras arquetípicas del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino. El protagonista protesta, casi increpa a la Divinidad en su desesperación: “¡Dios eterno! /  Con salvarme de la muerte, / qué grande mal me habéis hecho”. Luego rebaja el tono y dirige la agresividad hacia sí mismo, sin variar un ápice el planteamiento central: “¡Muerte es mi destino, muerte / porque la muerte merezco, / porque es para mí la vida / aborrecible tormento”.

Muerte piadosa frente a vida implacable. Así hace hablar Espronceda a la muerte: “Yo calmaré tu quebranto / y tus dolientes gemidos, / apagando los latidos / de tu herido corazón”. En el famoso Canto a Teresa de El diablo mundo repite la idea de la muerte dichosa frente a la desazón de la vida: “Y tú, feliz, que hallaste en la muerte / sombra a que descansar en tu camino”. Es curioso observar que en el fondo de estas composiciones late el sentido católico de la existencia, el sentimiento barroco y contrarreformista que se expresa en la vanitas del Eclesiastés: el mundo, la vida toda, vanidad de vanidades y solo vanidad. Esa concepción trascendente de la vida humana termina por aflorar explícitamente hasta en el atrevido Espronceda. Así, en El estudiante de Salamanca encontramos la lamentación postrera: “¡Ay! del que descubre por fin la mentira, / ¡Ay! del que la triste realidad palpó, / del que el esqueleto de este mundo mira, / y sus falsas galas loco le arrancó…”.

¿Qué ofrece en definitiva la muerte? Amor verdadero y para siempre. ¿Qué más puede pedir el romántico desengañado por los vaivenes de la fortuna y la impureza de la vida? Frente a los caprichos de los hados, las veleidades de la existencia o las dudas del ser amado, la muerte ofrece garantías incuestionables. Esto sí que es amor eterno. Es verdad que la muerte tiene mala prensa y muchos la temen… de modo infundado. En la Canción de la muerte Espronceda trata de desvanecer esos temores. En esa composición el poeta deja hablar a la muerte para que se presente como lo que es, la amante perfecta, comprensiva y compasiva: “Soy la virgen misteriosa / de los últimos amores, / y ofrezco un lecho de flores, / sin espina ni dolor, / y amante doy mi cariño / sin vanidad ni falsía; / no doy placer ni alegría, / mas es eterno mi amor”.

¿Puede extrañar por tanto que el romántico se detenga extasiado en contemplar tumbas y mausoleos o confiese su amor a los cementerios? En una de las Cartas desde la celda, Bécquer se demora en la descripción de una visita a un camposanto. No la necrópolis masificada y hasta caótica de las grandes ciudades, sino el recinto recoleto propio de las pequeñas poblaciones, que parece estar sumido en un sueño de siglos. Un paseo solitario por esos lugares en los que la muerte no causa perturbación a la vida y la vida se mantiene como de puntillas para no profanar el silencio de la muerte es como toda una lección de filosofía. Es verdad que el estado de ánimo del visitante no puede ser de exaltación pero… mejor así, dejarse llevar por una dulce melancolía, una plácida languidez que, en cierto modo, simboliza el tránsito entre vida y muerte.

Este solazarse en la tristeza constituye la quintaesencia romántica. Con un cierto deje de autocompasión, como expresa el propio Bécquer en unos conocidísimos versos: “Cuando la muerte vidrie / de mis ojos el cristal, / mis párpados aún abiertos, / ¿quién los cerrará? (…) Cuando mis pálidos restos / opriman la tierra ya, / sobre la olvidada fosa, / ¿quién vendrá a llorar?”. Llegados a este punto no caben engaños. Como dice con brutal sinceridad el refrán castellano, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. O en términos becquerianos: “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!”.

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La muerte amada puede tener un epílogo a primera vista sorprendente, pero de innegable coherencia desde una perspectiva distanciada. Tanto énfasis en la vida como sin-vivir puede llevar a una desesperación o, al menos, una impaciencia que recuerda el teresiano “muero porque no muero”. No estamos hablando solo de ideas o literatura. La tentación de acortar los plazos y aliviar el tránsito no era solo una ensoñación. Larra [en la imagen, en un retrato de Pedro Hortigosa que se conserva en la Biblioteca Nacional] resolvió el dilema de modo expeditivo y se descerrajó un tiro en la cabeza. Hasta alguien tan conservadora como Rosalía de Castro coqueteaba con la idea del suicidio. El más famoso suicidio literario de la época lo realiza don Álvaro en la pieza teatral del Duque de Rivas con un toque nihilista: “¡Infierno, abre tu boca y trágame! Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!” El pintor Leonardo Alenza trazó una Sátira del suicidio romántico que, reproducida en infinidad de ocasiones en libros y portadas, ha quedado como la expresión más certera de esta propensión romántica por los remedios expeditivos.

Sed de infinito, muerte heroica

La necrofilia romántica se inserta en planteamientos religiosos o filosóficos profundamente inscritos en nuestra cultura, esa concepción o sentido de la existencia que establece la vida como tránsito y la muerte como auténtica verdad. La vida no es otra cosa que un constante e imparable avance hacia la muerte, dice Espronceda en El estudiante de Salamanca: “Cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte”. En el fondo, vida y muerte se funden y confunden. Esa confusión termina despertando una atracción morbosa en el romántico que ansía encontrar en la vida los signos de la muerte y se deleita en ellos: de ahí los amores morbosos, la complacencia en la enfermedad, la fascinación hacia los símbolos que pueden revelar el mal agazapado (palidez, delgadez, ojeras, rostro demacrado).

El romántico pide siempre más a todo, empezando por la propia vida: más sentimiento, pasión, arrebato, placer…, pero con ello también más incertidumbre, angustia, agonía… El romántico expresa su anhelo nunca colmado de más, su sed de infinito. Rompe así el límite convencional entre la vida y la muerte. El romántico quiere penetrar en el más allá, saber lo que hay, conocer lo que le espera… Y si pretende que la vida se adentre todo lo posible en la muerte, de manera complementaria también quiere que la muerte invada la vida. Por ello sus fantasías están llenas de elementos sobrenaturales, visiones, apariciones, fantasmas, espectros, signos premonitorios. El esqueleto toma vida, de la misma manera que las tumbas se abren. Las delimitaciones convencionales entre vivos y muertos saltan por los aires.

Por ello el romántico prefiere la noche al día, las tinieblas a la claridad y el sueño a la realidad. Un sueño que se trueca en pesadilla, del mismo modo que la vida se vive caminando siempre sobre el filo de la navaja. La vida del romántico, lejos de ser convencional, pretende estar siempre al límite. De ahí también que le atraigan todos los elementos marginales, bandoleros, héroes, mendigos, prisioneros… Los elementos más excitantes de la vida son los que limitan peligrosamente con la muerte: el naufragio, la pérdida, el duelo, la batalla, el ajusticiamiento, la enfermedad, el suicidio. La escenografía romántica está en consonancia con todo ello.  Document(3-page-001
Tanto énfasis en la muerte hace que el romántico tienda a verla en más alta posición que la vida: la vida es vulgar en comparación con la muerte, sobre todo determinados tipos de muerte. La muerte heroica, por ejemplo. El héroe no es tal si no tiene una muerte grandiosa. La mitificación de la muerte es parte consustancial del sentimiento romántico. El universo romántico no está completo sin la muerte generosa, valiente y digna del militar, del político idealista, del aventurero, del genio. La muerte adquiere prestigio sobre todo cuando sucede en la flor de la edad, como sacrificio supremo, como acto de generosidad. El ejemplo más representativo de esta glorificación de la muerte y el héroe generoso que entrega su vida por un ideal es la famosísima composición de Espronceda [en la imagen, en un retrato de 1846 depositado en la BNE] a la muerte de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga -evento también popularizado por la pintura de género de la época-: “Hélos allí: junto a la mar bravía / cadáveres están ¡ay! los que fueron / honra del libre, y con su muerte dieron / almas al cielo, a España nombradía”.

No solo el militar. La muerte del genio, del escritor, del literato famoso también tiene su hueco en el panteón romántico. El suicidio de Larra tuvo por ello su aureola mítica y su entierro quedaría ligado para la posteridad al poema que le dedicó otro vate romántico que, desde el mismo momento de declamar aquellos versos ampulosos, tan del gusto del momento, gozaría del reconocimiento general. Nos referimos a José Zorrilla y aquella famosa oda que principia así: “Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana, / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana”.

Muerte gloriosa, muerte ejemplar o, en su defecto, muerte digna como culminación de una vida loable. Modos y modelos de morir que el romanticismo político por un lado y el rampante nacionalismo por otro no podían dejar de utilizar para sus propios fines, en esta ocasión coincidentes en lo esencial: establecer un tipo de prohombre que con su sacrificio buscado o su entereza en el momento supremo mostrara al pueblo que la muerte podía ser algo muy superior a la vida.

Rafael Núñez Florencio es doctor en Historia y profesor de Filosofía. Autor, junto con Elena Núñez González, de ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014). Este artículo aborda de forma resumida algunos temas tratados en dicha obra.

Una nueva literatura, al rescate de la España rural

1 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Contra todo pronóstico y por sorpresa irrumpió hace poco más de un año en las librerías La España vacía (Turner), un ensayo cultural narrado a caballo entre la crónica histórica y el reportaje periodístico, escrito por Sergio del Molino (Madrid, 1979). Las buenas críticas en los medios de comunicación, los premios recibidos y, sobre todo, el boca a boca entre los lectores han convertido el libro en una indiscutible referencia y han marcado un antes y un después en la aproximación de las jóvenes generaciones a un mundo que se muere, a una civilización rural que desaparece.

Tras la estela de La España vacía han aparecido o se han reeditado títulos con el denominador común de estar escritos por autores jóvenes que se han aventurado por los caminos de esa enorme región de nuestro país azotada por el abandono, la emigración y el envejecimiento de sus poblaciones. En una lista que podría ser mucho más larga podemos destacar Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdá; Palabras mayores, de Emilio Gancedo; Vidas a la intemperie, de Marc Badal (estos tres en la editorial Pepitas de calabaza, una editorial radicada en La Rioja); o El viento derruido (editorial Almuzara), de Alejandro López Andrada.

Pero La España vacía ha ido más allá del éxito editorial al poner nombre literario a un territorio, al definir tanto una idea como un sentimiento. Sergio del Molino explica de esta manera a eldiario.es las claves del fenómeno: “Creo que la sensibilidad actual de la sociedad española estaba esperando un libro así. Podríamos decir que este ensayo ha conectado con un ambiente, un estado de ánimo, que estaba aguardando ese debate pendiente sobre la España rural”.

Muy lejos tanto de las idealizaciones de los paraísos perdidos como de los desprecios hacia la cultura campesina, Del Molino y los otros autores citados han abordado el tema desde la perspectiva de unos jóvenes nacidos en una España urbana y pretendidamente moderna, pero que ansían conocer el mundo que vivieron sus padres y sus abuelos.

Aquellas fueron unas generaciones que, en muchas ocasiones, no pudieron o no supieron contar los cambios inmensos que experimentó este país en la segunda mitad del siglo XX y cuyos efectos llegan hasta hoy mismo. Decía el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja, una autoridad incuestionable, que durante 3.000 años la civilización apenas se transformó en sus aspectos esenciales hasta que llegó el paso de un mundo rural a otro urbano. Del Molino subraya que intentó, sobre todo, emprender un viaje cultural con La España vacía, “una aproximación de explorador” a un mundo que no había vivido pero que representa sus raíces y sus señas de identidad. Ahora bien, estos autores nacidos en los años setenta u ochenta reconocen que han bebido en la tradición reciente que arranca en un maestro como Antonio Machado, sigue con la brillantez de un Miguel Delibes y llega hasta Julio Llamazares que en 1988 publica La lluvia amarilla, una impresionante novela sobre el último superviviente en una aldea del Pirineo aragonés.

Imagen que ilustra la portada del libro 'La España vacía'
Imagen que ilustra la portada del libro ‘La España vacía’

Si bien Llamazares (Vegamián, León, 1955) cultiva diversos géneros y temáticas, que van de la novela al periodismo pasando por la poesía, los nuevos exploradores literarios de la España rural señalan al escritor leonés como su referencia más cercana. “Cuando publiqué La lluvia amarilla o Luna de lobos a finales de los ochenta”, comenta, “me consideraron un tipo raro, un friki, que se interesaba por historias extrañas. Pero siempre he pensado y sigo pensando que la España real, en la que incluyo por supuesto a ese mundo rural alejado de la costa y de las grandes ciudades, guarda poca relación con el país que aparece en los solemnes debates políticos o en las informaciones de muchos medios de comunicación. Así pues, existe una España callada que se preocupa por temas con fibra emocional como la memoria histórica o la despoblación del campo, unas historias muy importantes alejadas del eterno conflicto en Cataluña o de la corrupción interminable que ocupan toda la atención de la política o del periodismo”.

En una línea similar se manifiesta el editor Javier Santillán, responsable de Gadir, uno de los sellos que más ha publicado en los últimos años a clásicos contemporáneos que han narrado esa España marginada (Antonio Ferres, Abel Hernández, Dionisio Ridruejo…). A juicio de Santillán, varios factores están contribuyendo a que este género se abra un hueco entre los lectores. “Han coincidido”, afirma, “una cierta añoranza por la vida en el campo, una saturación urbana plagada de posmodernidad y de artificio, un libro que ha actuado de detonante como La España vacía y el apoyo de escritores y críticos de primera fila. Tampoco cabe olvidar que la literatura de viajes en este estilo es capaz de suscitar, por un motivo u otro, la empatía de un sector de lectores”.

Sin lanzar las campanas al vuelo y pese a sus temores de que este fenómeno se diluya como una moda más, el editor de Gadir reivindica las miradas inteligentes y sensibles sobre la España rural. Dentro de su catálogo cita El canto del cuco, un agridulce diario del escritor y periodista Abel Hernández nacido en 1937 en Sarnago, un pueblo de Soria deshabitado desde hace años y que un grupo de vecinos ha comenzado a reconstruir y habitar a temporadas en una respuesta popular que enlaza con movimientos como el de Teruel Existe.

La visibilización del abandono

Pero más allá del éxito literario, la pregunta que planea sobre este fenómeno apunta al revulsivo que pueda significar para los poderes públicos, asentados en las poltronas de lejanas urbes, y también para los propios habitantes de esa España vacía. ¿La carga reivindicativa de estos títulos puede colocar el problema en la agenda política? ¿Está provocando reacciones para impedir esta demotanasia (una muerte pacífica de la población), un término acuñado por la investigadora María Pilar Burillo? “Estamos observando ya algunos efectos, aunque sean escasos y con frecuencia oportunistas”, opina Del Molino, “y antes o después aumentará la exigencia a los políticos para que atiendan las necesidades de una parte abandonada de nuestro país donde viven gentes que son consideradas como ciudadanos de segunda”.

El autor de La España vacía no olvida que muchos habitantes de urbes como Madrid o Barcelona creen sentirse más cercanos a la vida en Hong Kong que a sus compatriotas de Cuenca o de Huesca, a apenas un par de horas de coche.

Tras décadas de lucha por visibilizar los problemas de esos territorios abandonados, Llamazares se declara escéptico, pero con un punto de esperanza. “La España rural”, concluye, “no es rentable políticamente porque representa pocos votos. Ahora bien, estamos viendo que los desequilibrios territoriales en nuestro país significan un lastre insoportable del que surgen otros desequilibrios políticos, económicos o sociales. ¿Acaso los incendios forestales no son más devastadores porque ya casi nadie cuida los bosques? ¿Acaso las nevadas no generan más dificultades porque ya no queda gente en los pueblos para retirar la nieve?”.

Una y otra vez sobrevuela sobre la España rural una lúcida y magnífica novela de Miguel Delibes, escrita en los años setenta, en plena euforia de recuperación de la democracia. Todavía hoy El disputado voto del señor Cayo se alza como una insuperable metáfora de la mirada paternalista y despectiva del poder hacia una España rural de la que procedemos todos. Aunque a veces lo ignoremos.

23/01/2018 – 

Lecciones de un siglo letal

27 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica.

Lecciones de un siglo letal

“El pasado es un país extranjero”, escribió L. P. Hartley para abrir su novela The Go-Between (1953, traducida al español como El mensajero). Y desde entonces esa frase ha sido citada por algunos historiadores para indicar que no se pueden elaborar aproximaciones precisas al pasado sin comprender el contexto histórico.

Cuando un historiador se atreve a escribir una historia del mundo durante un siglo, tiene que hacerlo desde diferentes perspectivas, combinando hechos e interpretaciones, miradas cercanas con otras más distantes. Y eso es lo que intenta Álvaro Lozano con esta crónica de un periodo tempestuoso, ampliando el foco que ya había utilizado en sus anteriores trabajos sobre Mussolini, Stalin o la Alemania nazi.

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica, tecnológica y cultural. Fue un siglo de contrastes, como ya anticiparon las grandes narraciones de historiadores como Eric J. Hobsbawm, Mark Mazower o Niall Ferguson, con dos guerras catastróficas a las que siguieron cambios profundos en los Estados, en los sistemas políticos y en los medios de integración cultural.

Nada original hay, por tanto, en este libro, ni el autor lo pretende, porque de lo que se trata es de trazar un panorama general, centrado en los episodios más relevantes, y ofrecerlo al lector con claridad. Su ambición es revelar de forma simple la complejidad de lo que algunos historiadores académicos han investigado, sirviéndose de sus argumentos —sin citarlos— e ilustrándolos con referencias a grandes novelistas del siglo, desde Proust hasta Borges, pasando por Eliot, Mann o Kafka.

Provenga de historiadores o novelistas, Lozano usa esa materia prima para escribir el tipo de historia que se supone que mucha gente quiere leer, dejando de lado debates y actualizaciones historiográficas. No hay grandes explicaciones sobre los conflictos étnicos, las raíces de la extrema violencia, la descomposición de los imperios multinacionales europeos o el desafío planteado por el surgimiento de otros nuevos. Su libro, por el contrario, es una especie de GPS que proporciona información sobre las principales rutas que los grandes personajes siguieron o hicieron seguir a la humanidad, con la democracia, el fascismo y el comunismo como principales protagonistas. Una crónica de hechos bien ordenada y narrada.

Su propuesta parte del supuesto de que la historia proporciona un cierto sentido de perspectiva para comprender el presente y para anticipar las reacciones de los hombres y mujeres ante los acontecimientos del futuro.

XX. Un siglo tempestuoso. Álvaro Lozano. La esfera de los Libros, Madrid, 2016. 623 páginas. 25,90 euros.

Conservar la memoria

24 enero, 2018

Fuente: http://www.infolibre.es

  • El Gran Wyoming construye en memorias en tensión entre un aspecto público y común del recuerdo y otro íntimo e individual.
  • El presentador, humorista y músico considera que esta labor es una operación de “rescate”.

Publicada 25/11/2016 a las 06:00. Actualizada 24/11/2016 a las 22:15  

PortaPortada de 'De rodillas, Monzón'.da de 'De rodillas, Monzón'.

Portada de ‘De rodillas, Monzón’.

La infancia es un paraíso incómodo. Casi todos la añoran –más cuanto más lejos se está de ella- y casi todos la asocian también a un dolor muy particular, una melancolía aguda, una pérdida. La infancia es el terreno desconocido en el que, sospechamos, empezó todo. No es extraño que El Gran Wyoming, que un día fue conocido como José Miguel Monzón, se quedara atrapado en ella.

Porque ¡De rodillas, Monzón! (Planeta) no iba a ser el primer tomo de sus memorias, sino el único. Pero el humorista, presentador y músico cometió el error de empezar por el principio, por los días luminosos pateándose el barrio madrileño de la Prospe, por la extrañeza del pueblo, por la marcialidad de juguete de la OJE, por el misterioso comportamiento de los padres. El niño que fue y que había recuperado en su cabeza se rebeló: no quería crecer. Así que el autor se encogió de hombros y le regaló un libro.

“Tal vez ese empeño en revivir el pasado tenga que ver con mi conciencia de que estos recuerdos se perderán cuando las sucesivas ingestas etílicas vayan borrando mi memoria”, escribe Wyoming en el prólogo. Bromea, pero no. Considera que esta labor, la de poner por escrito la memoria, es una operación de “rescate”. Lo que equivale, en la práctica, a tener presente un inevitable agujero negro mental, un tiempo peor en el que la voz de la madre y los juegos estarán todavía más lejanos, o apenas perceptibles. La relación con el recuerdo es siempre conflictiva, y Wyoming, pese a su imagen pública de guasón y despreocupado, no iba a ser menos.

Quizás sea esto lo que más pueda sorprender al seguidor familiarizado con sus cara más cómica. ¡De rodillas, Monzón! no arranca carcajadas, no es un libro de batallitas. “No creo que la ironía y el humor sean cualidades innatas a mi persona, en realidad soy más bien serio, tiendo a trascender y a obsesionarme”, confiesa el autor en uno de los capítulos más oscuros. Quizás el espacio interior que le ha brindado la escritura del libro —hasta entonces sus títulos han sido marcadamente políticos, mirando hacia el afuera y no hacia el adentro— haya permitido que aflore este aspecto menos conocido del presentador. No es que el libro sea fúnebre. Es que es difícil que un hombre que se enfrenta al paraíso perdido —a por qué es quién es, a qué podría haber sido distinto— sea hilarante.

Hay en estas memorias, como en cualquiera, una interesante tensión entre un aspecto público y común del recuerdo y otro íntimo e individual. El autor insiste en el prólogo que sus recuerdos no son “sucesos reales”, sino el resultado de un proceso de selección y modificación que su cabeza ha llevado a cabo de manera automática durante décadas. Por tanto, concluye, “son únicos”. Esto quiere decir que el mundo que recrea es personal e intransferible, y que quizás no sea compartido ni por aquellos que lo vivieron junto a él. El viaje en bus desde Madrid al pueblo tiene un aire alucinado que hacen de la experiencia algo extraterrestre. La vivencia de la depresión materna, ingresada cada tanto en una institución, no es en absoluto común a los criados en una época en la que la enfermedad mental se consideraba, de tan oculta, inexistente. Pocos serían los niños que echaran una mano en la farmacia familiar, y pocos también los que no recuerden hambre en unos años en los que la miseria, aunque lejana a aquella de la posguerra, era mayoritaria.

Pero Wyoming se sabe también buen”testigo” —se lo dijo un espectador tras un concierto con el Reverendo—. “La vida me ha permitido observar la realidad con frialdad”, dice, capacidad que achaca a haberse ahorrado ser un trabajador asalariado que dedica ocho horas al día —a veces, muchas más— a algo que, en la mayoría de los casos, ni le va ni le viene. Eso, defiende, le ha mantenido “enajenado más tiempo que a la media nacional”. Y, como buen testigo, ¡De rodillas, Monzón! sirve también para señalar imprecisiones. Hay gente de su quinta, denuncia, “que tergiversa lo vivido según un prisma, diferente al mío, interesado, y llegan a llamar tiempos de extraordinaria placidez a momentos en los que la miseria de los que mandaban impregnaba la vida de todos, y que solo se pueden entender como de paz y armonía en las mentes de los que disfrutaban de privilegios que a los demás se les hurtaban”.

El autor, dotado de la autocrítica necesaria como para no convertir unas memorias en una loa a uno mismo y al metro cuadrado que ocupa en el mundo, no cae en la nostalgia. Si el libro no es un elogio del pasado, sino un testimonio para el futuro, es porque Wyoming ha creado cierta distancia con ese hombre de 60 años que echa la vista atrás. “Lo hubiera escrito aunque no me lo hubieran editado. Lo que uno dice, por los niños”, comentaba en la presentación a prensa¡De rodillas, Monzón! es un intento de conservar la memoria. Y de pasarla al siguiente.

*Clara Morales es periodista de infoLibre.

Los poderes de la historia (y de los historiadores)

19 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Frente a la tiranía del presente y el corto plazo, Jo Guldi y David Armitage defienden la historiografía en la era digital como visión panorámica y ciencia social crítica.

'The Canons of Lu', fresco de Pier Francesco Guala (1698-1757).
‘The Canons of Lu’, fresco de Pier Francesco Guala (1698-1757). GETTY

“Un fantasma recorre nuestra época: el fantasma del corto plazo”. Así comienza el manifiesto por la historia de Jo Guldi y David Armitage. En este momento de crisis acelerada, cuando nos enfrentamos a grandes problemas, hay, según estos historiadores, una escasez de “pensamiento a largo plazo”, los políticos no miran más allá de las siguientes elecciones y la misma cortedad de miras afecta a los consejos directivos de las grandes empresas o a los líderes de las instituciones internacionales.

Hubo un tiempo en que los historiadores ofrecían relatos a gran escala, volvían la vista atrás para mirar hacia delante, influían en la política y proporcionaban orientaciones para situar la historia como hoja de ruta. Así lo hicieron, desde comienzos del siglo XX hasta sus décadas centrales, gente como R. H. Tawney, el matrimonio Beatrice y Sidney Webb, Eric J. Hobsbawm, E. P. Thompson o Fernand Braudel, el historiador que en 1958 inventó la longue durée.

Desde hace varias décadas, sin embargo, la mayoría de los historiadores comenzaron a abandonar ese largo plazo como horizonte temporal para la investigación y la escritura. El deseo de dominar los archivos y la obligación de reconstruir y analizar detalles cada vez más precisos llevó a los historiadores profesionales al “cortoplacismo”, a contraer el tiempo y el espacio en sus estudios, y cedieron la tarea de sintetizar el conocimiento, de siglos y milenios, a “autores no cualificados para ello”, especialmente a los economistas que idealizaban el libre mercado. Desapareció así la antigua finalidad de la historia de servir de guía de la vida pública. Y la longue durée, que tanto había florecido, se marchitó, salvo entre los sociólogos históricos y los investigadores de los sistemas mundiales.

Los poderes de la historia (y de los historiadores)

Además, esa concentración en escalas temporales de corto alcance dominó la formación universitaria en las Facultades de historia. A los estudiantes se les enseñaba a estrechar el campo de estudio, y cuando los doctores se multiplicaron, atender al detalle y rastrear nuevos archivos se convirtieron en la carta de presentación para conseguir un trabajo en la profesión. El resultado fue la producción de monografías históricas de extraordinaria complejidad, que nadie leía fuera del círculo profesional, y un supremo interés por la especialización, “por saber cada vez más sobre cada vez menos”. Y mientras la historia y las humanidades permanecieron retiradas del “dominio público”, fue más fácil que la gente asumiera mitos y relatos falsos sobre el triunfo del capitalismo, soluciones simplistas a grandes problemas, ante los que pocos podían hablar con autoridad.

Pero no todo está perdido y Guldi y Armitage vislumbran, no obstante, signos de que el largo plazo y el “gran alcance” están renaciendo, un retorno de la longue durée y de la “historia profunda”, un conocimiento del modo en que se desarrolla el pasado a lo largo de los siglos y de las orientaciones que puede proporcionarnos para nuestra supervivencia y desarrollo en el futuro. Para hacer frente a los desafíos que plantean los grandes temas de la actualidad, como el cambio climático, los sistemas de gobierno y la desi­gualdad, nuestro mundo necesita volver a la información sobre la relación entre el pasado y el futuro. Y ahí es donde la historia puede ser precisamente el árbitro.

La solución reside en superar esa pérdida de visión panorámica, devolver a la historia su misión de “ciencia social crítica”, escribir y hablar del pasado y del futuro en público, imaginar nuevas formas de relato y escritura que puedan ser leídas, comprendidas y asumidas por los profanos y fusionar lo “micro” y lo “macro”, lo mejor del trabajo de archivo con el ojo crítico para abordar el estudio a largo plazo.

Es una propuesta abierta para hacer, investigar y escribir historia en la era digital, para sacar de su complacencia “a los ciudadanos, a los responsables políticos y a los poderosos”. Una guía para quienes se preguntan para qué sirven la historia y los historiadores, para navegar por el siglo XXI.

Hay muchas posibles rutas. La que proponen Guldi y Armitage es plantear cuestiones a largo plazo, pensar en el pasado con el objeto de ver el futuro. Explicar las raíces de las instituciones, ideas, valores y problemas actuales. Y hacerlo de tal forma que los demás lo entiendan.

Manifiesto por la historia. Jo Guldi y David Armitage. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Alianza. Barcelona, 2016. 292 páginas. 11,20 euros

“Parece que a muchos españoles les repugna leer libros que fomenten el pensamiento”

11 enero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los argumentos de Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944) resultan demoledores a la hora de definir la escasa afición de los españoles por los libros de ensayo. “A comienzos del siglo XIX”, comenta, “la tirada media de una obra de historia, política o filosofía se situaba en torno a los 1.500 ejemplares”. Como señala el autor, esa es una cifra que dos siglos después no ha crecido, convirtiéndose en un problema cultural de primer orden.

“A veces da la impresión de a que a muchos españoles les repugna pensar o leer libros que fomenten el pensamiento”, indica Pontón. A pesar de este deprimente panorama, este editor y maestro de editores, que ha recibido el Premio Nacional de Ensayo 2017 por su erudita obra La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII, no ha tirado la toalla para lograr que el género ensayístico encuentre un espacio cada vez mayor en la cultura de nuestro país. Un empeño difícil, pero al que este intelectual ha dedicado más de medio siglo de su vida.

Pontón subraya que el 90% de la gente que lee literatura en España (solamente a la mitad de la población), se decanta por la novela. El ensayo, por tanto, ocupa una parte minúscula. Sobre él, y desde un respeto absoluto por la narrativa, este editor y autor novel a sus 73 años confiesa que requiere una mayor capacidad de concentración, un intento de comprender el mundo y la sociedad en la que vivimos,  así como una pasión por el conocimiento.

“Si lees un libro como el que he publicado”, explica, “no sales indemne de su lectura porque te deja pensativo y te obliga a reflexionar sobre muchas cosas”. Además, dice discrepar de aquellos que califican al género de no ficción como “algo aburrido y denso”, aunque pueda “resultar cierto en el caso de autores españoles con una tendencia nefasta al academicismo”. No obstante, Pontón cree que basta comprobar “la brillantez y el interés” de los ensayos anglosajones o franceses para darse cuenta de la altura que puede alcanzar una biografía histórica o un texto sobre ciencia.

En cualquier caso, el autor se muestra muy ácido con la Universidad española, a la que califica de “academia de juguete” y, como ilustración, cita la anécdota de un catedrático amigo que nunca habría escrito un libro como el suyo porque no le hubiera servido de nada en su carrera académica. O, abundando en la herida señala, que los intelectuales españoles se han interesado bien poco por otros países y por otras culturas. “Hay multitud de hispanistas extranjeros, pero ¿tú conoces algún ensayista español que sea un reputado germanista o anglicista?”

Pontón sabe bien de lo que habla, ya que a lo largo de las últimas décadas ha publicado en editoriales como Crítica y Ariel a escritores de la talla de Pierre Vilar, Manuel Azaña, Stephen Hawking, Gabriel Jackson, Josep Fontana o Noam Chomsky, por citar ejemplos muy distintos. Vinculado a las citadas editoriales del grupo Planeta hasta su jubilación, el ensayista siguió después al pie del cañón al fundar Pasado&Presente bajo el estandarte de que desea finalizar su carrera trabajando como editor.

Un editor transformado en escritor

No obstante , La lucha por la desigualdad, el libro premiado con el Nacional de Ensayo, significa pues una excepción en la promesa que se hizo a sí mismo en su juventud: que un editor no debía convertirse en escritor. Siete años de investigación y de redacción, fruto de su saber enciclopédico y de su dominio de varios idiomas, le han servido para obtener este galardón. A pesar de ello, y salvo que decida escribir sus memorias (iniciativa a la que le animan sus hijos), el editor barcelonés asegura que la experiencia de autor no se repetirá.

Mientras resuelve si escribe o no esas memorias, Pontón recalca su pasión por los temas históricos (al fin y al cabo es licenciado en Historia de formación) y lamenta el muy escaso bagaje de los españoles en el conocimiento de su pasado. “Conviene recordar”, afirma, “que la enseñanza de la historia ha estado, y todavía está de alguna manera, en manos de una Iglesia católica y tridentina que fue protegida por cuatro décadas de dictadura”. Una institución que, según el editor, nunca se interesó por que las nuevas generaciones conociesen el pasado reciente de su país. Precisamente por ello, considera que “el siglo XX sigue sin enseñarse y debatirse a fondo en los institutos y en las universidades”.

Al hilo de estas reflexiones, Gonzalo Pontón se queja del tradicional ninguneo de las disciplinas humanísticas en este país: “las carreras de letras eran para chicas y para maricas, según decían en el franquismo”. Ese paisaje de la cultura no ha cambiado mucho, desgraciadamente, en la etapa democrática. “Está claro”, opina, “que el desprecio de las humanidades impide que haya más lectores de ensayo y dificulta que las nuevas generaciones se animen a acercarse a la no ficción”.

Portada y contraportada de 'La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII'
Portada y contraportada de ‘La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII’

El editor rompe su habitual calma y se indigna cuando rebate ese tópico de que las humanidades no sirven para nada y mucho menos para entrar en el mercado laboral. “Suelo poner el ejemplo de un vendedor de coches que, cuanto más sepa de disciplinas diversas y cuantos más temas domine, más posibilidades tendrá de captar nuevos clientes”, explica. Continúa diciendo que la supuesta inutilidad de las humanidades es una falacia “ basada en un puro criterio utilitarista del capitalismo”.

Por otro lado, Gonzalo Pontón sostiene que la crisis económica y política vivida en España tampoco ha servido para provocar un acercamiento al ensayo literario. Ni siquiera de las nuevas generaciones, que ahora basculan entre la precariedad laboral y la indignación.  “Es cierto que la sociedad se ha vuelto a politizar, como ocurrió durante la Transición, pero esa efervescencia se ha reflejado en los votos a nuevos partidos o en una mayor movilización social de cabreo”, apunta. Aun así, considera que “desafortunadamente no se traduce en algo propositivo”.

A pesar de ser uno de los grandes expertos en los periodos revolucionarios de los últimos siglos, Pontón se muestra hoy escéptico sobre la perspectiva de transformaciones radicales. “Una revolución como la rusa o como el estallido de mayo del 68 resultan imposibles en la actualidad y, por otro lado, el reformismo suele ser de baja calidad”. Para él, la llamada “sociedad civil” debe movilizarse constantemente y no limitarse a “introducir una papeleta en una urna”. Por tanto, el único instrumento eficaz para cambiar las cosas y desafiar al poder serían “protestas masivas y constantes”.

Gonzalo Pontón no quiere despedir la conversación sin resaltar, una vez más, la importancia de la lucha contra las desigualdades, un tema que en su libro está planteado desde una visión materialista de la historia. Especialmente recalca una: la discriminación a las mujeres. “¿Por qué tienen que ganar un 30% de salario menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo?”, se pregunta airado. Y, a modo de consejo, deja una sentencia del filósofo neerlandés Baruch Spinoza: “La igualdad es el único principio básico de un Gobierno legítimo”.

La guerra española en el reñidero de Europa

3 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Varios libros analizan sin tópicos y con rigor historiográfico el conflicto que estalló el 18 de julio de 1936, hace ahora 80 años.

Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936.
Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936. EFE/ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO

En julio de 1936 una parte importante del ejército español se alzó en armas contra el régimen republicano. El golpe militar no pudo lograr de entrada la conquista del poder. Si lo hubiera conseguido, no habría tenido lugar una guerra civil, sino una dictadura del tipo que estaba comenzando a dominar en Europa en ese momento y que se estableció en España a partir de abril de 1939.

La sublevación, al ocasionar una división profunda en el Ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y abrió un escenario de lucha armada, de rebelión militar y de revolución popular allí donde los militares no pudieron conseguir sus objetivos. España quedó partida en dos. Y así continuó durante una guerra de mil días.

 

España era un país marginal en el escenario europeo hasta el golpe de Estado. En pocas semanas se situó en el centro

Enrique Moradiellos subraya en su nuevo libro el carácter de “guerra total” en la que los dos contendientes tuvieron que reconstruir un ejército con mandos jerarquizados; centralizar el aparato administrativo para hacer uso de los recursos materiales y humanos; y sostener una retaguardia comprometida con el esfuerzo bélico. Visto el desenlace final, parece evidente que el bando franquista superó al republicano en el manejo de esas tres tareas básicas, pero eso no dependió sólo de factores internos sino, “de manera crucial”, del contexto internacional que sirvió de marco a la guerra civil.

Porque en el escenario europeo desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta julio de 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir del golpe de Estado de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo. Moradiellos, Paul Preston, Javier Rodrigo y Carlos Gil conceden mucha importancia al violento laboratorio de políticas de masas en que se convirtió el territorio español.

La guerra española en el reñidero de Europa

Cuando el golpe militar derivó en guerra, la destrucción del adversario pasó a ser prioridad absoluta. Y en ese tránsito de la política a la guerra, los adversarios, políticos e ideológicos, perdían su condición de compatriotas, españoles, para convertirse en enemigos contra quienes era completamente legítimo el uso de la violencia. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Y al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la posguerra, entre 1939 y 1946.

La guerra civil española fue además la primera de las guerras del siglo XX en que la aviación se utilizó de forma premeditada en operaciones de bombardeo en la retaguardia. La intervención extranjera mandó por el cielo español a los S-81 y S-79 italianos, a los He-111 alemanes y a los “Katiuskas rusos”, convirtiendo a España en un campo de pruebas para la gran guerra mundial que se preparaba. Madrid, Durango, Guernica, Alcañiz, Lérida, Barcelona, Valencia, Alicante o Cartagena, entre otras muchas ciudades, vieron cómo sus poblaciones indefensas se convertían en objetivo militar.

Se ha superado ya esa visión esencialista de que la guerra fue el resultado de una identidad inclinada a la violencia “entre hermanos”

 

“En lo esencial era una guerra de clases”, declaró un observador tan lúcido como George Orwell. Y no le faltaba razón, aunque más correcto sería decir que las clases, sus luchas y sus intereses, fueron actores importantes, pero no los únicos, de aquel conflicto. Hubo, en realidad, varias guerras dentro de eso que llamamos guerra civil. Por eso su análisis ha resultado siempre tan complejo y fascinante. Y por eso el fuego purificador que abrasaba hasta el más mínimo oponente se extendió con tanta rapidez y virulencia por todos los pueblos y ciudades de España.

Algunos historiadores han superado ya esa visión esencialista, tan difundida todavía hoy, de que la guerra civil fue el resultado de odios ancestrales en un país con una identidad y un destino histórico inclinados a la violencia “entre hermanos”.

La guerra española en el reñidero de Europa

La historia de España del primer tercio del siglo XX no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que culminar en una explosión de violencia colectiva. Lo que prueban estas nuevas miradas a esa historia es que no existe un modelo “normal” de modernización frente al cual España puede ser comparada como una excepción anómala. Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta —la línea divisoria del siglo— por la vía pacífica.

Combatir la ignorancia, las manipulaciones, los usos políticos de esa historia desde el presente no es una tarea fácil. Tampoco lo es captar nuevos lectores, atraer la atención de jóvenes estudiantes para los que la historia no es más que una pesada colección de fechas y nombres. Por eso es tan importante tener una fotografía casi completa de los hechos más significativos y de sus principales actores. Es lo que ofrecen estos libros, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional. Ochenta años después.

Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Turner/El Colegio de Mexico;

Javier Rodrigo, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939, Alianza Editorial;

Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios, Ariel;

Paul Preston, La guerra civil española (guión e ilustraciones de José Pablo García), Debate.

     

    La cultura heroica y la biografía

    23 diciembre, 2017

    Fuente: blogs.elpais.com

    Por: Isabel Burdiel 27 de febrero de 2014

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    ‘Bonaparte en el Gran San Bernardo’, obra de Jacques-Louis David en el Museo Mailmaison.

    “Nuestra suerte no resistirá nuestra voluntad”.

    Con esa frase resume Patrice Gueniffey la creencia del hombre moderno en su capacidad de autocreación, de resistencia y superación antes las condiciones heredadas, ambientales, sociales y familiares. Esa es, a su juicio, una de las razones por las que Napoleón (el hombre y también el mito) apela todavía a nuestra imaginación y merece la pena volver sobre él. Lo que sigue es una reflexión sobre el interés de una empresa como la que propone Gueniffey en el contexto de la reflexión actual sobre cómo puede la biografía histórica desembarazarse de los supuestos más convencionales y simplistas del llamado “modelo heroico” y al mismo tiempo abordar el papel de los individuos sobresalientes en la historia.

    El indiscutible prestigio de la historia social y su capacidad de disrupción de las convenciones historiográficas clásicas ha generalizado la suposición de que la verdadera historia es la historia de la llamada “gente común”, la historia “desde abajo”, frente a la historia aparente, superficial y personalista de los grandes personajes y los grandes sucesos. “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?/En los libros aparecen los nombre de los reyes/¿Arrastraron los reyes los bloques de Piedra?(…)/El joven Alejandro conquistó la India/¿El sólo?/César derrotó a los galos/¿No llevaba siquiera cocinero?/Felipe de España lloró cuando su flota /Fue hundida ¿No lloró nadie más?…”. El famoso poema de Bertolt Brecht recoge muy bien ese esfuerzo por recuperar las historias, los puntos de vista, los sufrimientos, y en su caso las alegrías, de las personas anónimas que están detrás de las grandes gestas, que las hacen posibles, o que se ven arrastradas por ellas.

    Precisamente por su importancia moral, intelectual y política, la cuestión no es tan simple. En el momento en que ella y su amigo Lytton Strachey señalaban el camino para la revolución de la biografía, y en parte también de la historia, que comenzó a operarse en las primeras décadas del siglo XX, Virginia Woolf [abajo, en la fotografía, en una fecha sin determinar] ya planteó la pregunta verdaderamente interesante. “And what is greatness? And what smallness?”. No se trata sólo de extender el interés biográfico o histórico a la gente corriente (y en su caso, fundamentalmente, a las mujeres) sino de reflexionar sobre los mecanismos que propician las inclusiones y las exclusiones, aquellos procedimientos sociales, culturales y políticos que definen qué es ser grande y qué es  ser pequeño.

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    En estos momentos, casi un siglo después, sigue siendo importante analizar bien las características del llamado “modelo heroico” de biografía y la noción de vida significativa, de “vida importante” en que ese modelo se basaba y que tanto contribuyó a  asentar una visión elitista y personalista de la historia. Sin embargo, la crítica a ese modelo no conduce necesariamente al abandono ingenuo del análisis de las condiciones de aparición, y del impacto histórico, de los llamados “grandes hombres” (o en su caso de “las grandes mujeres”) sino a un tratamiento nuevo que sea capaz de cuestionarse, precisamente, el problema de la excepcionalidad y el impacto de los individuos excepcionales en la historia.

    A mi juicio, lo crucial en la evolución reciente de la historia biográfica no es sólo su mayor respetabilidad académica o el favor indiscutible de los lectores cultos que la siguen considerando una de las formas más inteligibles de acercarse a los procesos históricos. Lo crucial es que –en sus mejores versiones- viene demostrando que el estudio de una trayectoria individual es una manera particular, y particularmente útil, para abordar y formular problemas históricos que importan, para hacerse preguntas relevantes, para iluminar y rescatar la pluralidad del pasado, para recordar y analizar las diversas formas posibles de ser, de estar en el mundo, en un determinada época. Nos permite además algo que a mi juicio es fundamental en este momento: entender el alcance y los límites de la responsabilidad individual;  las formas en que lo colectivo y lo individual se requieren mutuamente como lo hacen también los personajes llamados extraordinarios y ordinarios, las conductas habituales y las diferentes, transgresoras o marginales.

    Por todo ello, lo que cambia –lo que debe seguir cambiando- no es sólo el quién sino el cómo. Es decir, no se trata de sustituir a los reyes por los campesinos, a los generales por los soldados, a los hombres por las mujeres, etc. Se trata de argumentar el principio de individualidad significativa para todos ellos y las complejas redes de relaciones que los constituyen, los enfrentan y también les unen.  Suponer que todo está solucionado (y alterado) cambiando de personajes y abandonando a los llamados “grandes” me parece demasiado simple. Me parece también que con ello se corre el riesgo de dejar el análisis de ese tipo de personajes a la historia más convencional que puede, por lo tanto, seguir perpetuando visiones conservadoras y antidemocráticas de la historia.

    Algunos de los trabajos biográficos que más me han interesado en los últimos años –como, por ejemplo, el magnífico Garibaldi. Invention of a Hero de Lucy Riall o la biografía ya clásica de W.B. Yeats de Roy Foster- se plantean precisamente ese problema de la construcción histórica del personaje excepcional o carismático; del héroe moderno y su profunda implicación en la conformación de la mística de las nuevas naciones, Italia en un caso e Irlanda en el otro. Esta cuestión la aborda también, desde una óptica distinta y con un personaje mucho menos conocido, Alain Garrigou en su análisis de la leyenda del diputado Alphonse Baudin que formó parte de la resistencia de los republicanos al golpe de estado de Luis Napoleón en 1851 y murió en el intento. Su famosa frase “¡Ahora veréis cómo se muere por veinticinco francos!” -en respuesta a la desengañada alusión de los obreros a su sueldo de diputado- contiene en sí misma toda una definición del heroísmo cívico y su importancia en la concepción de sí, en la narración de sí misma, de la política democrática de la Francia y la Europa decimonónicas. De la misma forma que la incapacidad de diputados como Baudin para movilizar a los trabajadores desengañados, su muerte solitaria e inútil, nos habla de las tensiones y las fisuras sociales de la política demo-republica, de los desencuentros entre representantes y representados, entre los líderes burgueses y las clases populares, entre el proyecto democrático y el mundo obrero.

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    Grabado sobre la entrada de Garibaldi en Palermo el 27 de mayo de 1860.

    En otro lugar (la revista Ayer 93/2014) he escrito y me gustaría recuperarlo aquí que, si la llamada “conducta heroica”, como el carisma, no es un problema individual o singular sino una conducta social, es necesario analizarla en todas sus dimensiones. Al hacerlo, la cuestión trasciende la memoria, la trasmisión (o la impostura) y obliga al análisis de cómo las culturas heroicas o carismáticas no sólo se alimentan de relatos sino de “conductas heroicas”; de “héroes” modelados y hechos posibles en un proceso de doble dirección que requiere un análisis complejo de las disposiciones que lo engendran y de las acciones que lo perpetúan o modifican. Así, el heroísmo de Baudin o de Garibaldi se conforma y conforma a su vez narrativas de larga duración sobre el valor y la hombría (lo que para la historia atenta a las relaciones de género es fundamental) en la definición de la política democrática y de la nueva patria. La historia de la muerte del primero y “la vida tempestuosa del segundo” son de ese tipo de relatos que han contribuido a forjar la figura del héroe cívico decimonónico y, más en extenso, la propia “Era de los Héroes”, con sus convicciones sobre la naturaleza de la historia y el papel de los “grandes hombres” en ella.

    En este ámbito de preocupaciones y de posibilidades de análisis es en el que adquiere interés la excelente biografía de Napoleón de Patrice Gueniffey, (París, Gallimard, 2013)) que se ha convertido rápida y merecidamente en un éxito editorial y ha recibido el Grand Prix de la Biographie Politique de 2013. Gueniffey, alumno de François Furet, pertenece al “momento anglosajón y liberal”, no sólo de la historiografía sino de la tradición política intelectual francesa. Sus obras sobre la Revolución Francesa, sobre el Terror, sobre el 18 de Brumario y el fin de la revolución, son buena muestra de ello: desde el tono narrativo (siempre excelente y alejado de las tentaciones de la jerga teórica al uso en ciertos sectores de la academia francesa) hasta la sustancial crítica al llamado “modelo jacobino” de interpretación de la revolución y de la historia francesa.

    Gueniffey ofrece ahora una primera parte de su proyecto biográfico sobre Napoleón hasta 1802, el momento de su conversión en cónsul vitalicio (lo que rompe la cronología habitual), que contiene –además de novedades interpretativas sustanciales- una reflexión sobre “la fabricación del gran hombre” que, no por discutible, deja de ser muy interesante. El héroe, dice Gueniffey, se juega en la imaginación y por eso su poder es tan profundo y al tiempo tan precario.

    Se juega también en el ámbito de las posibilidades de despliegue e imposición de las propias cualidades sobre entornos y contextos cada vez más amplios que son, a su vez, los que hacen posible la fabricación y proyección social y política del “gran hombre”. El análisis de las condiciones creadas por la revolución para alguien como el joven y ambicioso militar corso que acabaría siendo Emperador y alterando sustancialmente la historia europea,  constituye la trama rica e inteligente, alejada de tópicos, de interpretaciones fácilmente sociologistas y de mitificaciones individualistas, que se despliega en este libro.

    Napoleón, que en este libro es todavía Bonaparte (con su apellido italiano ya afrancesado), es un personaje complejo, con identidades múltiples y no necesariamente sucesivas: el nacionalista corso que aprende las reglas de la política en el asfixiante nudo de relaciones de patronazgo de su tierra natal; el joven resentido con Francia que acaba abrazando la nación revolucionaria y recorre todas sus posibilidades, incluida la robespierrista; el burgués y el militar del pueblo que siente fascinación por la aristocracia y contribuye a crear una nueva y postrevolucionaria. Es especialmente lúcido, en este sentido, el análisis de cómo Bonaparte –y con él los generales y los oficiales de la revolución- convierten los campos de batalla en un lugar de aprendizaje y mezcla de viejos y nuevos valores aristocráticos al tiempo que se van constituyendo, cada vez más, en los árbitros de la política francesa. Cómo en esos campos de batalla, y en su proyección sobre la política civil, se va jugando la definición –las posibilidades y los límites- de un “hombre nuevo”, un héroe moderno que cree y actúa como si nada pudiera resistir a su voluntad y que contribuye a minar la leyenda y la ilusión democrática de la revolución. A través de una trayectoria individual como ésta, enraizada en condiciones colectivas que la permiten pero no la agotan, llegamos más cerca y de forma más compleja a las formas en que los ideales burgueses y aristocráticos se fueron mezclando en aquellos años, a cómo el tiempo viejo y el tiempo nuevo se entrecruzan y crean un nuevo tiempo mestizo, incierto, en el que Bonaparte es posible y que a su vez él mismo hace posible.

    No puedo detallar aquí mucho más. A mí me ha interesado especialmente la implicación del joven Bonaparte en la política nacionalista corsa así como el Bonaparte robespierrista; la espléndidamente narrada campaña de Egipto con la poderosa imagen de los soldados marchando agotados bajo sus uniformes de lana y los “sabios” académicos que fueron con ellos –en uno de los proyectos pioneros del orientalismo occidental- enfrascados en sus guerras internas; el capítulo sobre “el último día de la revolución” y el proceso que condujo a la entrega de la “corona republicana” al general que llegó a demostrar, a un tiempo, su enorme capacidad de adaptación al medio (a los medios cambiantes) y su voluntad de cambiarlos en propio interés.  Me ha interesado, sobre todo, el encuentro entre el nacionalista corso y Francia, entre un hombre, una ambición, un mito cultural y una revolución.

    Al acabar la lectura de un libro que me parece excepcional lo que queda es el deseo de que la segunda parte llegue pronto y también, curiosamente, la duda -en contra de alguna declaración más o menos provocadora de su autor- de que este Bonaparte sea un vivo desmentido de la concepción “democrática” de la historia. Me ha resultado tan interesante porque me parece más que eso y más complejo: un lugar de análisis sobre las posibilidades, las tensiones y los mitos, la fuerza y las debilidades de esa concepción de la historia.  Una contribución importante, en suma, a lo que constituye uno de los objetivos de reflexión general de toda biografía que merezca la pena leer y escribir: la tensión constante e irresoluble entre lo individual y lo colectivo, lo particular y general, el todo y las partes.

    “Hoy, aunque es Navidad, no ha sido fiesta, por la guerra y por no existir ya los santos”

    11 diciembre, 2017

    Fuente: http://www.eldiario.es

    El libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’ recupera el diario de Pilar Duaygües, una adolescente de 15 años que plasma en sus libretas sus experiencias durante la Guerra Civil española.

    Pilar Duaygües junto a sus hermanas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Pilar Duaygües junto a sus hermanas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    Pilar Duaygües Nebot tenía 15 años el 19 de julio de 1936. Desde hace pocos meses escribía casi cada día en su diario personal. Anotaba sus andanzas, comentaba las películas que había visto, lamentaba su aburrimiento y daba forma de prosa a sus sueños más románticos…. Pero aquel 19 de julio de 1936 todo cambió radicalmente. Sería, según sus palabras, “un día horrible” que quedaría “grabado en la historia”.

    “Las ametralladoras iban, bombas por aquí, tiros por allá, etc. Se oía muy bien cómo se derrumbaban las casas en donde las tiraban (…) Los curas con ametralladoras, escopetas y revólveres hacían fuego contra el cuartel que está al lado (…) No sólo ardían esta iglesia y convento, sino todas las de Barcelona. Se veían muy bien las llamas (…) Finalmente, nos acostamos, mamá conmigo en mi cama, me dormí por el cansancio”.

    Carné de socia del club de hípica de la joven.- Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Carné de socia del club de hípica de la joven.- Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    Era el primer día. A partir de ese 19 de julio y durante casi tres años Pilar desahogó en su diario emociones y miedos. La vida cotidiana dentro de la excepcionalidad de una guerra. Las colas para el pan. Las noticias del frente. La hermana que se va con Bayo a defender Mallorca. El amigo que no regresa. Pero también la competencia con su amiga. La relación con su madre. Lo ordinario dentro de lo rocambolesco.

    El diario de Pilar ha permanecido guardado en un cajón durante 80 años. Hoy sale a la luz en el libro Querido diario: hoy ha empezado la guerra, que ha sido editado por los investigadores Tània Balló y Gonzalo Berger y publicado por Espasa. La comparación con otro diario, el de Ana Frank, cuyo relato sobre el horror nazi emocionó al mundo, es más que evidente.

    “Se da la coincidencia de que son dos adolescentes que describen lo que viven desde sus propias emociones en una edad crucial. Ambas tienen un relato expuesto a la emoción y al detalle. Las une el hecho de explicar o de testimoniar un momento de conflicto, pero Pilar nunca manipula ese diario. Y nosotros tampoco. Sabemos que Ana Frank arregló parte de su diario porque quería presentarlo a un concurso y siempre están las sospechas o la sombra de que podría haber sido manipulado por su padre. El diario de Pilar tiene esa inmediatez, esa falta de perfeccionamiento que la vez lo hace un texto mucho más fresco“, explica a Público Tània Balló.

    “Hoy, aunque es Navidad, no se ha hecho fiesta, por haber guerra y por no existir ya los santos”

    La mirada de Pilar muestra, desde la óptica del antifascismo de una adolescente, la cotidianiedad de una vida en guerra. Como las colas para conseguir huevos o pan a partir del mes de noviembre de 1936 en Barcelona. La llegada de niños madrileños a Catalunya ese mismo mes ante la inminencia de la caída de Madrid. La muerte de Buenaventura Durruti o la internacionalización de la Guerra. “Me he levantado a las cinco y media para ir a hacer cola para el pan. Es algo horrible, tanta gente, y tanta que se quedó ayer sin él. Bueno, en palabras no se puede explicar; así he estado toda la santa mañana viendo peleas y demás, hasta la una y media, ocho horas haciendo cola“, escribe Pilar en la entrada del 24 de diciembre de 1936.

    Un día después llegaría el día de Navidad. En la Barcelona de 1936. “Hoy, aunque es Navidad, no se ha hecho fiesta, por haber guerra y por no existir ya los santos. Por la mañana, al colegio, como de costumbre (…). A las 6 mis compañeras han ido a hacer cola para el pan, cosa que es terrible de lo larga [que es]. No sé cuándo se arreglará eso del pan, pues ha habido muchas muertes por esa causa”, escribe.

    Poco después, en febrero de 1937, llegarían los primeros bombardeos a Barcelona. Era el sábado 13 de febrero y desde la costa un crucero lanzaba bombazos contra los civiles. Al momento sentimos, pom, pom, porrompom… Horrible el instante este. ‘Ya están aquí los fascistas!‘, me dije. Y, en efecto, así era. Al principio, creímos que eran aviones, pero luego nos dimos cuenta de que eran los barcos”. Pilar no lo sabía. Pero las bombas procedían del crucero italiano Eugenio de Savoia. 

    Verano de 1932. Pilar junto a sus amigas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Verano de 1932. Pilar junto a sus amigas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    De niña a mujer

    La Guerra Civil se alargaba y Pilar dejaba de ser la niña que era y su diario así lo reflejaba. A través de las páginas se vislumbra la figura de una mujer que comienza a tomar las riendas de su destino, que ya no se limita a describir lo que ve y toma partido en el conflicto que se desarrollo ante sus ojos y que ve en primera persona, en su círculo social, que la Guerra no es ningún juego. Que hay amigos y familiares que no regresan. Y que nunca regresarán.

    “Es un cambio que se produce ante nuestros ojos y que se aprecia hasta en su escritura. Empieza más escueta, su vida es más estanca y más determinada por su madre. Pasan los meses y los años y adquiere personalidad propia. Ya no es esa niña que va en volandas de su madre”, explica a este periódico Gonzalo Berger.

    El 27 de febrero de 1939, de hecho, Pilar cumplía sus 18 años. “¿Será posible que sea ya tan mayor? Parece que sea el otro que cumplí los 15. Me sabe muy mal tener ya esta edad, no quisiera hacerme mayor, aunque dicen que los 18 abriles es la mejor edad de la juventud”, escribe en su diario.

    “Lloré mucho al ver que esos criminales fascistas se han llevado la victoria. Mas no les aguantaremos mucho tiempo porque volverá a haber un levantamiento”

    Aún no había cumplido Pilar los 18 años cuando vio entrar en la ciudad de Barcelona a los fascistas. Lo describió en la entrada del 27 de enero de 1939, justo un mes ante de su 18 aniversario: “Barcelona es fascista. Hoy han empezado a desfilar por las calles las tropas al servicio de Franco. Todo son banderas monárquicas y vítores a Franco. (…) Han aparecido los periódicos hablando mal de los rojos, de Negrín y Companys y aludiendo a Franco. Yo les tengo un odio terrible, lo mismo que mi familia”.

    La crudeza del final de la guerra

    Pilar se había mostrado muy optimista respecto a la victoria de la República frente al fascismo, pero a principios de 1939 ya se había dado cuenta de que la victoria era imposible: “Lo que más desearía es que ganáramos la guerra y volver al Instituto Obrero juntamente con todos los alumnos que él tenía y volver al estudio intenso que a mí me gusta tanto. Pero estas esperanzas no me las hago, pues los fascistas lo tienen ganado ya, aunque Madrid, Valencia y Gerona, sean de los rojos. Ellos poseen una gran cantidad de material y muchos aviones, además de haber muchos alemanes, italianos, moros. Y nosotros no poseemos más que la razón, y como contra la fuerza no hay resistencia, es inútil poder ganar la guerra”.

    Pero no todos son tristezas. El 12 de febrero, el papá de Pilar regresó del frente. Durante 15 nadie supo si estaba vivo o muerto. Regresó. “Está más delgado y ha envejecido una barbaridad”, diría Pilar. También estaba el cine. El entretenimiento preferido de Pilar, que a lo largo de los tres años de diario cita más de 100 películas. Y su hermana Rubi, que el 20 de febrero de 1939, dio señales de vida con una misiva desde un “hospital de la provincia de Gerona”.

    En los últimos días del diario, también se aprecia el cambio de cotidianidad. Del día a día de la guerra, al del fascismo. “Me da rabia ir al cine porque obligan a saludar con el brazo tendido, o sea, el saludo fascista. En la pantalla aparece el rostro del “idiota” de Franco mientras que tocan el himno de ellos y todo el mundo ha de ponerse en pie y saludar. Si no se hace, los soldados que vigilan pegan a aquellos que no obedecen (…) A mí, el primer día, me cogió una pasión de reír al ver a tantas personas con el brazo horizontal que parecía que mirasen si llovía”.

    La ilusión no muere

    Boda de Pilar con Emili. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

     

    Boda de Pilar con Emili. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    A pesar de la derrota de la República frente al Ejército franquista, Pilar no perdió la ilusión en una posterior victoria. Aquel fascismo no podía durar mucho. O eso pensaba. “Pasaremos todavía hambre y sufrimiento hasta que vuelva a venir otra revolución e implantar la República”, escribía en febrero. Apenas un mes después, a finales de marzo de 1939, se enteraría de la caída de Madrid. Esta era su reflexión:

    “Lloré mucho al ver que esos criminales fascistas se han llevado la victoria. Mas no les aguantaremos mucho tiempo porque volverá a haber un levantamiento, esta vez por parte nuestra y quedará entonces enterrado para siempre el odioso fascismo, aunque a lo mejor tardaremos algunos años en lograrlo. Este pensamiento, que todos los rojos tenemos y del cual no nos engañamos, me da un poco de alegría”, sentencia Pilar.

    Esa misma tarde, Pilar se fue al cine. Había acabado la guerra. La joven conoció a Emili Prats, con el que iniciará un largo noviazgo que dejará como prueba documental las más de 500 cartas que intercambiaron durante 1941 mientras él se encuentra realizando el servicio militar. Ese año Pilar abandonará su diario. En 1945 los dos se casarían y en 1948 la mujer daría a luz a su primera hija, María Pilar.

    “A Pilar le pasa lo mismo que a la mayoría de las mujeres de su generación. Nunca ejerce en la carrera de Magisterio, que es la que estudió, y pasó a dedicarse plenamente a su hogar. Pilar se convierte en nuestra madre, nuestra abuela o nuestra tía. No tiene una vida distinta. Sufre la doble represión franquista: por roja y por mujer”, sentencia Tània Balló.