Que no hable ni Dios

11 febrero, 2018

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 06/12/2016 a las 06:00Actualizada 06/12/2016 a las 11:08  

Bueno, Dios sí. De las subvenciones que recibe la Palabra Revelada nunca hablan los que tanto gritan.

La polémica creada por el rescate de unas palabras que pronunció Fernando Trueba con motivo del estreno de su película La Reina de España significan el triunfo moral de la extrema derecha de este país. Un triunfo que viene avalado con la toma de sus consignas, de sus proclamas, por parte de la llamada “centro derecha”, que asume sus postulados suavizando las formas, con lo que se permiten decir las barbaridades a las que nos tienen acostumbrados desde “el respeto y la tolerancia”, ocupando un espacio que correspondería por sus reivindicaciones y su esencia a fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo ha ocurrido en Francia con Fillon, el nuevo candidato a las elecciones presidenciales de 2017. Se ha celebrado mucho su victoria cuando sus planes en poco o nada difieren de los del Frente Nacional, salvo que estos los plantean con una retórica visceral cuya puesta en escena implica una militancia que sonroja a los republicanos franceses que ven en Fillon el justo término de lo que sería el signo de los tiempos.

Vengo de un mundo donde no existía, excepto para los fascistas, el “orgullo de ser español”. Era simple y llanamente una soberana estupidez. Algo totalmente ridículo, como la celebración cada 12 de octubre de “El Día de la Raza”. Nosotros, precisamente nosotros, los españoles, que llevamos cien sangres encima, si es que de pedigrí hablamos, incluidas las que más joden al español “de verdad”, la judía y la mora. Entonces, algunos, no adictos al régimen, ya proclamaban que sólo existía una raza: la raza humana. La raza española no vendía fuera del mercado de los patriotas que sostenían que los extranjeros del norte, esos decadentes demócratas, nos tenían envidia porque estaba demostrado que, sexualmente, éramos más potentes. Se reivindicaba como marca el latin lover.

Tampoco se paseaban los ciudadanos con la gloriosa enseña nacional por la calle con tanta alegría como ahora, salvo grupos de uniforme que pegaban a los que no les siguieran el juego o balbucearan al cantar los himnos que les reclamaran. Eso pasó hace tiempo, pero como todas las desgracias tuvo, curiosamente, un lado positivo: creó una ingente cantidad de ciudadanos, yo entre ellos, que repudiaban el nacionalismo español. Bueno, repudiaban y se acojonaban con él porque aquellos portadores de valores eternos que actuaban en manada pegaban palizas con total impunidad, al abrigo y protección de la Policía Nacional, que sólo aparecía si la cosa se ponía fea y el personal acorralaba a los matones para, paradójicamente, cascar a los agredidos y proteger a los fascistas. Esto no me lo han contado, lo ha visto mi menda varias veces. Durante una época todos los domingos en el Rastro de Madrid.

La consecuencia buena, como decía, fue que la usurpación de los símbolos “nacionales” por parte de la dictadura trajo consigo un antinacionalismo a celebrar. Yo, al menos, estoy muy orgulloso de ser un hijo de aquello.

Nunca me ha gustado cuando viajo a otros países ver a los jóvenes portando la bandera como un elemento ornamental fashion. Me parece un triste signo de alienación. Ocurría, especialmente, en los Países Nórdicos, sobre todo en Suecia, y en los EEUU. A mí, esta exhibición de la bandera, que cada vez se extiende más, siempre me ha parecido que lleva implícita el gen de la xenofobia. Tengo que reconocer que la única bandera que he lucido ha sido la Unión Jack por una cuestión estética: me gustan los mods.

Ahora que nos habían vendido que la bandera constitucionalista era de todos y que había que perder el pudor a pasearse con ella, esta polémica surgida en torno a aquellas palabras de Fernando Trueba, que no es tal sino una reivindicación del “espíritu nacional” digno de otros tiempos, demuestra por su sinrazón y sus formas que el “sentimiento nacional” y “el orgullo español” son chungos. Se le ha dicho de todo en los medios de comunicación afines al Gobierno, y en las redes sociales se le ha insultado de manera desproporcionada y deseado la muerte de diferentes maneras, la más curiosa ahogándose en el Mediterráneo, como los refugiados. Estos españoles “de verdad” le consideran una basura del calibre de los que vienen huyendo de la guerra con sus hijos y mueren por la indiferencia de los países ricos.

Si lo que pretenden es que Trueba recupere el sacrosanto orgullo de ser español, así no creo que lo consigan.

En fin, las opiniones menos viscerales se limitan a esgrimir los argumentos que ya sacó la derecha rancia española cuando el “No a la guerra” en torno a las subvenciones, así como llamando al boicot a la película y, para que luego digan que ese espíritu no lleva implícito el gen de la contradicción, por no decir de la estupidez: un ataque al cine español en su conjunto, con lo que demuestran poco amor por lo patrio.

Por supuesto, para rematar la faena, se despachan con consignas también características de los fachas de todo el mundo: se le invita a marcharse de España. Antes te mandaban a Moscú, ahora, como ya no hay telón de Acero, a las aguas del Mediterráneo.

Con tanto ruido se pierde la perspectiva de lo que ha ocurrido. Fernando Trueba es un artista y como tal tiene todo el derecho del mundo a pensar como le dé la gana, y a decir lo que quiera sin que pase nada. No es un cargo público que representa a todos los españoles, a los que le votan y a los que no, y está obligado a una normas, a mantener unas formas que, por cierto, estos señores del PP se saltan constantemente actuando desde sus cargos como hooligans de partido.

También los ciudadanos tienen derecho a expresar su rechazo ante sus declaraciones, pero creo que es desproporcionado que ante la manifestación de alguien que afirma no “sentirse español”, no tener “sentimiento nacional”, no tener “identidad cultural” y estar en contra de la creación de nuevas fronteras, que es lo que dice, entre otras cosas, en su discurso, tantos se hayan dado por aludidos y de una forma tan violenta y visceral que no hace sino ratificar que esto es sólo un síntoma de que algo grave está pasando. Es evidente que estos señores tan susceptibles no escuchan la radio por las mañanas, ni determinadas tertulias políticas donde en algunas emisoras y cadenas dicen a diario cosas gravísimas de personas con responsabilidades de gobierno, que van a afectar a sus vidas, a las de sus hijos, y que parecen no molestarles o, al menos, no se manifiestan con la vehemencia que lo hacen ante las declaraciones de un cineasta, hace un año, con motivo de la entrega de un premio.

Con respecto al dinero, tema que me atañe, porque a mí me llaman por la calle “millonario”, como si fuera un insulto, personas de apariencia pija, reclaman esos ofendidos patriotas que devuelva lo que ha ganado de los españoles que han pasado por taquilla. Creo que ignoran lo complicado que sería tal cuestión desde el punto de vista administrativo. ¿Debería devolver también lo que ha ganado con sus películas en Tailandia por no sentirse tailandés?

Indignado por esta jauría que no es más que un síntoma del retroceso en un derecho tan fundamental como es el de expresión, el domingo por la noche me fui a ver la película y no sólo entendí parte del origen de la campaña sino que no estoy de acuerdo con esa mayoría de críticas que la ponen a caldo. La película está muy bien. Me gustó mucho y reconozco que es difícil de compaginar lo que cuenta con el espíritu de sus detractores. Es una comedia que encierra un alegato a favor de la libertad, una condena de la dictadura y, sobre todo, una llamada contra la sumisión. ¿Hay una causa más noble?

Recomiendo que vayan a verla, queridos amigos. Entenderán el mundo del que venimos y también aquel al que nos quieren llevar. Y sobre todo la gran injusticia que se ha cometido con la película y su director.

Recuerdo que un profesor de la Universidad del País Vasco comentaba que lo peor de estar amenazado por ETA era que te quedabas solo. Debe ser el instinto de supervivencia el que llevaba a los otros a apartarse de él, o tal vez que no los relacionaran con el amenazado para no correr la misma suerte.

Desde luego es muy difícil que alguien que pretenda sacar adelante un proyecto pueda dar la cara en estas circunstancias por un compañero y eso, precisamente, es lo que se pretende: ¡Qué nadie hable!

Como digo, este estúpido circo que se ha montado en torno a Fernando Trueba no es otra cosa que la victoria moral de la extrema derecha en estos tiempos que corren.

Lo que ha pasado da más sentido todavía a esa película y demuestra que el daño que hicieron aquellos tiempos esta lejos de subsanarse.

Yo estoy con los de la película. Mi único orgullo es que nunca estuve en esa España de los vociferantes abanderados. Ni entonces ni ahora me echaron el lazo.

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El club de los poetas de la muerte

10 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 27 de marzo de 2014

Document(2)-page-001Bécquer lee en el campo, en un dibujo de Valeriano Bécquer (1864). / Biblioteca Digital Hispánica

Por Rafael Núñez Florencio

Cuando se habla del romanticismo, la asociación entre amor y muerte es tan espontánea –o tan tópica- que el propio Museo Romántico de Madrid organizó hace unos años una magna exposición aunando de modo natural esos dos conceptos. Para el romántico el amor –la pasión- nos aproxima a la tumba. Según Larra, penas y pasiones (de amor, claro) han llenado más cementerios que médicos y necios, pues el amor mata, como matan la ambición y la envidia. El amor es un desasosiego, ansiado y temido al mismo tiempo. El amor puede ser el ideal que paradójicamente nos conduce al sin-vivir. En esas condiciones, el ser amado genera sensaciones contradictorias: el enamorado no sabe si prefiere su presencia o su desaparición, pues en ambos casos le falta la plenitud a la que aspira. Las coordenadas son por tanto erotismo y necrofilia. Cuando no se llega a tanto se recala en la perversión: dolor y placer se confunden o son difícilmente disociables.

En una obra clásica, El Romanticismo español, dice Vicente Lloréns que los románticos no inventan nada sino que recrean una concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte que tuvo su momento de esplendor en el pasado. Esa especie de mal de amores tiene su claro precedente en el mundo medieval, con los trovadores. No son casuales tantas concomitancias entre el universo romántico y determinados elementos del Medievo: castillos, fortalezas, aldeas, guerreros, monjes, monasterios, templos góticos, tumbas recónditas, ruinas y otros elementos de una Edad Media que, sobre todo en el teatro decimonónico, conforman un escenario medieval estereotipado, de cartón piedra. La necrofilia romántica, escribe Lloréns, revela significativos rasgos del pasado, al tiempo que delata concomitancias con otros autores: “Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Como en Leopardi”.

Muerte dulce: el plácido sueño del sepulcro

Lejos de ser una broma macabra o una excesiva licencia poética, el epígrafe que antecede expresa una de las vertientes fundamentales de la necrofilia romántica. La acuñación está tomada casi literalmente de un verso de una famosa Rima de Bécquer: “¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! / ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!”. La muerte es calma, silencio, relajación, mientras que la vida es lucha constante. “Cansado del combate / en que luchando vivo, / alguna vez me acuerdo con envidia / de aquel rincón oscuro y escondido”, dice el poeta sevillano.  Document4-page-001

La idea romántica de que la vida atribulada del hombre es el mal y la muerte el bien, la quietud ansiada, la expresa también con rotundidad el Duque de Rivas [en la imagen, en un retrato realizado por Federico de Madrazo y Kuntz, que se conserva en la Biblioteca Nacional] en una de las obras arquetípicas del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino. El protagonista protesta, casi increpa a la Divinidad en su desesperación: “¡Dios eterno! /  Con salvarme de la muerte, / qué grande mal me habéis hecho”. Luego rebaja el tono y dirige la agresividad hacia sí mismo, sin variar un ápice el planteamiento central: “¡Muerte es mi destino, muerte / porque la muerte merezco, / porque es para mí la vida / aborrecible tormento”.

Muerte piadosa frente a vida implacable. Así hace hablar Espronceda a la muerte: “Yo calmaré tu quebranto / y tus dolientes gemidos, / apagando los latidos / de tu herido corazón”. En el famoso Canto a Teresa de El diablo mundo repite la idea de la muerte dichosa frente a la desazón de la vida: “Y tú, feliz, que hallaste en la muerte / sombra a que descansar en tu camino”. Es curioso observar que en el fondo de estas composiciones late el sentido católico de la existencia, el sentimiento barroco y contrarreformista que se expresa en la vanitas del Eclesiastés: el mundo, la vida toda, vanidad de vanidades y solo vanidad. Esa concepción trascendente de la vida humana termina por aflorar explícitamente hasta en el atrevido Espronceda. Así, en El estudiante de Salamanca encontramos la lamentación postrera: “¡Ay! del que descubre por fin la mentira, / ¡Ay! del que la triste realidad palpó, / del que el esqueleto de este mundo mira, / y sus falsas galas loco le arrancó…”.

¿Qué ofrece en definitiva la muerte? Amor verdadero y para siempre. ¿Qué más puede pedir el romántico desengañado por los vaivenes de la fortuna y la impureza de la vida? Frente a los caprichos de los hados, las veleidades de la existencia o las dudas del ser amado, la muerte ofrece garantías incuestionables. Esto sí que es amor eterno. Es verdad que la muerte tiene mala prensa y muchos la temen… de modo infundado. En la Canción de la muerte Espronceda trata de desvanecer esos temores. En esa composición el poeta deja hablar a la muerte para que se presente como lo que es, la amante perfecta, comprensiva y compasiva: “Soy la virgen misteriosa / de los últimos amores, / y ofrezco un lecho de flores, / sin espina ni dolor, / y amante doy mi cariño / sin vanidad ni falsía; / no doy placer ni alegría, / mas es eterno mi amor”.

¿Puede extrañar por tanto que el romántico se detenga extasiado en contemplar tumbas y mausoleos o confiese su amor a los cementerios? En una de las Cartas desde la celda, Bécquer se demora en la descripción de una visita a un camposanto. No la necrópolis masificada y hasta caótica de las grandes ciudades, sino el recinto recoleto propio de las pequeñas poblaciones, que parece estar sumido en un sueño de siglos. Un paseo solitario por esos lugares en los que la muerte no causa perturbación a la vida y la vida se mantiene como de puntillas para no profanar el silencio de la muerte es como toda una lección de filosofía. Es verdad que el estado de ánimo del visitante no puede ser de exaltación pero… mejor así, dejarse llevar por una dulce melancolía, una plácida languidez que, en cierto modo, simboliza el tránsito entre vida y muerte.

Este solazarse en la tristeza constituye la quintaesencia romántica. Con un cierto deje de autocompasión, como expresa el propio Bécquer en unos conocidísimos versos: “Cuando la muerte vidrie / de mis ojos el cristal, / mis párpados aún abiertos, / ¿quién los cerrará? (…) Cuando mis pálidos restos / opriman la tierra ya, / sobre la olvidada fosa, / ¿quién vendrá a llorar?”. Llegados a este punto no caben engaños. Como dice con brutal sinceridad el refrán castellano, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. O en términos becquerianos: “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!”.

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La muerte amada puede tener un epílogo a primera vista sorprendente, pero de innegable coherencia desde una perspectiva distanciada. Tanto énfasis en la vida como sin-vivir puede llevar a una desesperación o, al menos, una impaciencia que recuerda el teresiano “muero porque no muero”. No estamos hablando solo de ideas o literatura. La tentación de acortar los plazos y aliviar el tránsito no era solo una ensoñación. Larra [en la imagen, en un retrato de Pedro Hortigosa que se conserva en la Biblioteca Nacional] resolvió el dilema de modo expeditivo y se descerrajó un tiro en la cabeza. Hasta alguien tan conservadora como Rosalía de Castro coqueteaba con la idea del suicidio. El más famoso suicidio literario de la época lo realiza don Álvaro en la pieza teatral del Duque de Rivas con un toque nihilista: “¡Infierno, abre tu boca y trágame! Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!” El pintor Leonardo Alenza trazó una Sátira del suicidio romántico que, reproducida en infinidad de ocasiones en libros y portadas, ha quedado como la expresión más certera de esta propensión romántica por los remedios expeditivos.

Sed de infinito, muerte heroica

La necrofilia romántica se inserta en planteamientos religiosos o filosóficos profundamente inscritos en nuestra cultura, esa concepción o sentido de la existencia que establece la vida como tránsito y la muerte como auténtica verdad. La vida no es otra cosa que un constante e imparable avance hacia la muerte, dice Espronceda en El estudiante de Salamanca: “Cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte”. En el fondo, vida y muerte se funden y confunden. Esa confusión termina despertando una atracción morbosa en el romántico que ansía encontrar en la vida los signos de la muerte y se deleita en ellos: de ahí los amores morbosos, la complacencia en la enfermedad, la fascinación hacia los símbolos que pueden revelar el mal agazapado (palidez, delgadez, ojeras, rostro demacrado).

El romántico pide siempre más a todo, empezando por la propia vida: más sentimiento, pasión, arrebato, placer…, pero con ello también más incertidumbre, angustia, agonía… El romántico expresa su anhelo nunca colmado de más, su sed de infinito. Rompe así el límite convencional entre la vida y la muerte. El romántico quiere penetrar en el más allá, saber lo que hay, conocer lo que le espera… Y si pretende que la vida se adentre todo lo posible en la muerte, de manera complementaria también quiere que la muerte invada la vida. Por ello sus fantasías están llenas de elementos sobrenaturales, visiones, apariciones, fantasmas, espectros, signos premonitorios. El esqueleto toma vida, de la misma manera que las tumbas se abren. Las delimitaciones convencionales entre vivos y muertos saltan por los aires.

Por ello el romántico prefiere la noche al día, las tinieblas a la claridad y el sueño a la realidad. Un sueño que se trueca en pesadilla, del mismo modo que la vida se vive caminando siempre sobre el filo de la navaja. La vida del romántico, lejos de ser convencional, pretende estar siempre al límite. De ahí también que le atraigan todos los elementos marginales, bandoleros, héroes, mendigos, prisioneros… Los elementos más excitantes de la vida son los que limitan peligrosamente con la muerte: el naufragio, la pérdida, el duelo, la batalla, el ajusticiamiento, la enfermedad, el suicidio. La escenografía romántica está en consonancia con todo ello.  Document(3-page-001
Tanto énfasis en la muerte hace que el romántico tienda a verla en más alta posición que la vida: la vida es vulgar en comparación con la muerte, sobre todo determinados tipos de muerte. La muerte heroica, por ejemplo. El héroe no es tal si no tiene una muerte grandiosa. La mitificación de la muerte es parte consustancial del sentimiento romántico. El universo romántico no está completo sin la muerte generosa, valiente y digna del militar, del político idealista, del aventurero, del genio. La muerte adquiere prestigio sobre todo cuando sucede en la flor de la edad, como sacrificio supremo, como acto de generosidad. El ejemplo más representativo de esta glorificación de la muerte y el héroe generoso que entrega su vida por un ideal es la famosísima composición de Espronceda [en la imagen, en un retrato de 1846 depositado en la BNE] a la muerte de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga -evento también popularizado por la pintura de género de la época-: “Hélos allí: junto a la mar bravía / cadáveres están ¡ay! los que fueron / honra del libre, y con su muerte dieron / almas al cielo, a España nombradía”.

No solo el militar. La muerte del genio, del escritor, del literato famoso también tiene su hueco en el panteón romántico. El suicidio de Larra tuvo por ello su aureola mítica y su entierro quedaría ligado para la posteridad al poema que le dedicó otro vate romántico que, desde el mismo momento de declamar aquellos versos ampulosos, tan del gusto del momento, gozaría del reconocimiento general. Nos referimos a José Zorrilla y aquella famosa oda que principia así: “Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana, / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana”.

Muerte gloriosa, muerte ejemplar o, en su defecto, muerte digna como culminación de una vida loable. Modos y modelos de morir que el romanticismo político por un lado y el rampante nacionalismo por otro no podían dejar de utilizar para sus propios fines, en esta ocasión coincidentes en lo esencial: establecer un tipo de prohombre que con su sacrificio buscado o su entereza en el momento supremo mostrara al pueblo que la muerte podía ser algo muy superior a la vida.

Rafael Núñez Florencio es doctor en Historia y profesor de Filosofía. Autor, junto con Elena Núñez González, de ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014). Este artículo aborda de forma resumida algunos temas tratados en dicha obra.

Jordi Évole: “Si hiciéramos hoy las gamberradas del principio de Salvados, acabaríamos ante el juez”

9 febrero, 2018

Fuente: vertele.eldiario.es

Jordi Évole, en una imagen de archivo
Jordi Évole, en una imagen de archivo ATRESMEDIA

Hablamos con el presentador de laSexta por el décimo aniversario de su programa, que regresa sin avanzar la temática: “Que arriesguemos en las maneras de promoción no deja de ser esas ganas de experimentar con todo”. El comunicador catalán nos revela los reportajes que considera más importantes para entender el programa y echa la vista atrás: “Si llevásemos a cabo hoy gamberradas que hicimos, algún fiscal ocioso intentaría que fuésemos ante el juez”.

 

Salvados regresa a laSexta con motivos para celebrar: 10 años en antena en los que el formato (originalmente producido por El Terrat, y desde 2015 obra de Producciones del Barrio) ha experimentado una drástica evolución. Desde que era un programa más satírico y distendido hasta convertirse en referente informativo.

Jordi Évole dejó hace tiempo atrás su imagen y apodo de “Follonero” para tomar un papel mucho más concienciado y serio. “Me lo he pasado muy bien en todos los roles a los que he jugado“, nos reconoce en esta extensa entrevista donde hace balance de este decenio en antena.

El comunicador catalán valora las mutaciones en el formato, los reportajes que, a su juicio, han marcado el cambio de tendencia y de imagen del programa y, además, sus referentes en este proceso. “Tengo la sensación de que cuando empezamos a hacer Salvados, ni nosotros mismos sabíamos que tanta gente quería ver un programa como este“, nos comenta.

Salvados cumple 10 años en antena y lo hacéis con misterio, con unas enigmáticas promos que no dicen mucho sobre el tema que abordaréis en vuestro regreso. ¿Qué escondéis tras esta efeméride?

Es la primera vez que no avanzamos el tema del que vamos a hablar. Siempre decimos a quién vamos a entrevistar o la materia de la que hablaremos. Pero esta vez, por el tema que es, hemos preferido no hacerlo y lanzar ese eslogan del “1 de cada 5”. Es un tema que muchas veces se oculta y hemos querido jugar a lo mismo. Hemos decidido pagar con la misma moneda con la que pagamos socialmente, silenciándolo, intentando ocultarlo. También pensábamos que después de 10 años era un reto de cara al espectador que, tras tantos años conociéndonos, le pidiéramos que confiase en nosotros sin decirle de qué vamos a hablar, para que lo hagan sin prejuicios.

Sabemos que solo anunciando el tema, generaría muchos prejuicios. Preferimos que cuando el espectador empiece a ver el programa no sepa ni de qué estamos hablando. Es un reto, es extraño, pero pensamos que el tema es tan trascendente que es bueno que nadie llegue a verlo haciéndose una idea preconcebida o un prejuicio, que lo vean desde la limpieza absoluta. Es un tema que le ha tocado de cerca a casi todo el mundo, y del que sin embargo hablamos poquísimo de ello.

La evolución del formato ha sido continuada desde 2008. ¿Forma parte esta nueva estrategia de un cambio de concepto del programa?

A nosotros siempre nos gusta arriesgar. Hemos apostado por temas alternativos para lo que era un prime time televisivo en una cadena comercial, temas que a priori no iba a ver mucha gente, y hemos descubierto que podían suscitar un enorme interés. Tengo la sensación de que cuando empezamos a hacer Salvados, ni nosotros mismos sabíamos que tanta gente quería ver un programa como este.

Que ahora arriesguemos en las maneras de promocionarlo no deja de ser esas ganas de experimentar con todo: lo hemos hecho con los temas, los tratamientos, los invitados, la forma, con las introducciones… Salvados empieza y ni avisamos de que empieza, no hay ninguna cabecera ni sintonía del programa. Son cosas raras que hacemos. Promocionarnos sin decir de qué hablaremos forma parte de esas ganas de experimentar.

Tu imagen ha cambiado mucho a lo largo de estos 10 años. De ser reconocido como “El Follonero” con una faceta más humorística, a adquirir el prestigio como periodista. ¿Has sido consciente de esa transformación? ¿Echas de menos algo del humor que enarbolabas antes?

Me lo he pasado muy bien en todos los roles a los que he jugado haciendo Salvados. Empezamos con uno más humorístico y más gamberro, y ha ido derivando en un programa más reposado, con más vertiente periodística… Forma parte de un crecimiento que ha sufrido el propio equipo de Salvados, porque hemos crecido y con ello han venido otras inquietudes, pero creo que también forma parte del crecimiento que ha tenido el propio país. La España del 2008, una España donde ni se podía hablar de crisis porque te miraban mal y donde todos podíamos ser ricos, no tiene que ver con esta actual.

Si hubiésemos seguido con el mismo tono que entonces, hoy la gente nos miraría como diciendo: “Estos tíos son gilipollas”. Hemos evolucionado con el país y con la edad. Seguramente ya no vemos que las cosas sean blancas o negras, como nos pudo parecer en su momento, sino que la gama de grises es importante.

¿El Salvados de 2008, tal y como era, sería aceptado en 2018, en un momento como el actual?

El programa necesitaba una evolución. Pero también te digo, echando la vista atrás, que si llevásemos a cabo hoy gamberradas que hicimos en el arranque de Salvados, recibiríamos una querella o algún fiscal ocioso intentaría que fuésemos ante el juez, aunque fuera solo para asustarnos. Recuerdo alguna de las cosas que hicimos, como lo de los dos falangistas gays bailando un chachachá -que bautizamos como un fachachá– en el Valle de los Caídos. Esas puestas en escena en 2008 podían enfadar sin que te llevaran a un tribunal. Hoy, la justicia es más susceptible de hacer un papel en cuestiones en las que no tendría que intervenir para nada.

A nivel mediático, el reportaje sobre el accidente del Metrovalencia fue uno de los que consiguió mayor impacto: hubo movilizaciones, motivó la reapertura del caso… ¿Fue aquel programa el que os hizo conscientes de la relevancia y responsabilidad que teníais para la opinión pública?

Creo que hay varios programas clave en la transformación de Salvados. Uno fue el del Metrovalencia, desde luego. Haciendo el trabajo que hacemos, es difícil que uno piense que esto sirva para algo, pero aquello tuvo unas consecuencias inmediatas. La movilización de la ciudadanía valenciana el viernes siguiente a la emisión, que se pasaran de concentraciones de protesta de 100 o 200 personas a otras de 10.000, que se reabriera el caso, la comisión de investigación… Fue todo muy gratificante.

Pero creo que el otro momento que marcó el cambio fue cuando Salvados hizo dos programas sobre el País Vasco. Se emitió un domingo Borrando a ETA y el jueves siguiente ETA decretó el cese definitivo de la violencia. Al domingo siguiente, hicimos otro programa exprés, que se tituló Reiniciando Esukadi. Esos dos programas significaron un cambio en cómo nos veía mucha gente. Pasamos de ser esos que llamaban al timbre y salían corriendo para hacer la gamberrada, a ser los que picaban al timbre pero se quedaban para que les contestaban.

Salvados también ha tenido gran importancia en dar a conocer el drama de los refugiados sirios, con Astral. ¿Cómo os sentisteis con tamaña responsabilidad?

Fue una experiencia durísima, pero aunque suene contradictorio fue muy gratificante. Cuando vimos la cantidad de cines que se sumaban a ese estreno solidario de llevar un documental que se iba a ver en la televisión al cabo de cuatro días, de prestarnos sus salas para que la gente pagase un dinero que fuera a las arcas de Proactiva; cuando vimos que en prácticamente en todas las provincias de España había algún cine donde se proyectara el documental uno o varios días; y cuando Open Arms consiguió recaudar no sé si medio millón de euros… Fue muy emocionante. Recibíamos fotos de salas de cine llenas para ver un documental en Elche, en Valencia, en Madrid, en Bilbao, en Santiago… Es de esas cosas que cuando echas la vista atrás, piensas: “Hostia, qué bien haber hecho esto”.

Astral
Astral

Astral supuso también una evolución de la marca Salvados, al pasaros al documental y al formato cinematográfico. ¿El futuro de Salvados pasa también por ahí, por el documental de cine?

No es algo que hayamos descartado. Pero para hacer un documental ahora mismo deberíamos dejar de lado lo que es la vorágine del día a día de Salvados. Ahora de forma inmediata no lo vamos a hacer, pero sí que lo tenemos en mente.

Entre los hitos del programa está también Operación Palace, vuestro falso documental sobre el 23-F. ¿Os habéis planteado desde entonces emprender algo similar a aquello? ¿O quizás Salvados ha cambiado demasiado para emprender una idea similar?

Sí. El falso documental del 23-F fue tan potente que intentar repetirlo de forma inmediata hubiese sido un error. Pero ahora que han pasado cinco años, si nos planteásemos algún otro tema del que reírnos y hacer una historia alternativa, nos volvería a divertir muchísimo.

Con tantos reportajes realizados, habrá temas sobre los que te gustaría volver, reportajes que no te dejaran satisfecho… ¿Alguno en particular que se haya quedado enquistado?

Habría muchísimos temas que volveríamos a tratar y lo haríamos de otra manera y trataríamos de hacerlos mejor. Un programa como el que hacemos, en el que cada semana se arriesga con un tema diferente, a veces sale mejor y otras sale peor. Claro que nos gustaría repetirlos y tener todos los datos que se tienen que tener y que a veces no tienes cuando encaras un tema. No habría uno solo, sino varios.

¿Hay algún tema que os haya costado en sacar a la luz o no lo hayáis podido culminar aún?

Sí… Ya que no te puedo contar el primer programa de este año, te voy a contar de este segundo. Llevamos trabajando en él desde hace medio año, sin exagerar, y tiene que ver con la salud alimenticia. Es sobre la industria cárnica. Creo que es la primera vez que nos colamos en un sitio sin permiso, saltando una valla, por decirlo de alguna manera. Entramos en una granja que pertenece a un gran grupo de alimentación y hemos visto el estado de los animales. Te puedo garantizar que nos va a dar a todos mucha grima lo que vamos a ver. Más aún sabiendo que, según nos dijeron los propietarios, esos animales eran para el consumo. Lo hemos titulado “Secreto ibérico”.

Pero por ponerte un ejemplo de la variedad de Salvados, que va más allá de la denuncia, esta temporada nos hemos propuesto juntar a dos periodistas españoles que durante un tiempo estuvieron enfrentadísimos. Con el paso de los años todo se relaja y creo que por primera vez vamos a ver juntos a José María García y José Ramón de la Morena.

Salvados ha creado una escuela televisiva, en cuanto a narrativa, enfoque… Han salido formatos en este tiempo que aspiraban a imitaros. También habéis dado pie a programas propios en la línea como Malas compañías. ¿A quién le debes tú esa escuela como periodista?

Hay muchos, pero te voy a decir dos fundamentales. Uno, con el que trabajé y que lamentablemente nos dejó hace un par de años, es el periodista de investigación Xavier Vinader. Y el otro es alguien a quien todos conocemos, pero me parece que nos va muy bien que podamos seguir escuchándole a través de su videoblog o de sus intervenciones en la radio, Iñaki Gabilondo.

Hola, soy la educación ambiental. ¿Se puede?

8 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Estas cosas deberían enseñarse en los colegios. He recogido esa frase en multitud de ocasiones de oyentes, lectores y público en general. Las cosas a las que se refieren son aquellas de las que hablo habitualmente: cambio climático, conservación de la naturaleza, reciclaje, eficiencia energética y energías renovables, ahorro de agua, consumo responsable, respeto y amor a los animales…

Y coincido plenamente con esa opinión: la educación ambiental, que es la que engloba todas esas cosas, debería formar parte de las materias y competencias de nuestro sistema educativo, es más: convendría que fuera una asignatura troncal.

Educar a los jóvenes en el respeto y el cuidado del medio ambiente debería ser uno de los principales objetivos pedagógicos de nuestro sistema educativo. Pero no es así. Este pasado viernes, 26 de enero celebrábamos el Día Mundial de la Educación Ambiental, pero lamentablemente seguimos teniendo que dedicar más tiempo a reivindicar su implantación que a debatir sus contenidos, que son tantos como las urgencias a las que nos enfrentamos.

Hay que enseñar a nuestros jóvenes a hacer un uso más eficiente de la energía en casa, en el cole y allí donde estén y hagan uso de ella. Explicarles por qué debemos avanzar hacia el autoconsumo de energía y el uso de las fuentes renovables. Ayudarles a comprender el inmenso privilegio de abrir el grifo y que salga agua, así como mostrarles las diferentes oportunidades de ahorro para que nunca nos falte.

Explicarles que el mejor residuo es el que no se genera y que si practicamos la recogida selectiva en nuestro domicilio y en la escuela favorecemos su reciclaje, recuperaremos sus materiales para nuevos usos y estaremos contribuyendo a que los residuos dejen de ser basura.

Sería bueno que aprendieran a consumir, a practicar un consumo más responsable y que eviten caer en el derroche. Es necesario enseñarles a comprar con sentido común antes que con el sentido de la oportunidad.

Hay que formar a los chavales en el respeto y el amor a la naturaleza y a los animales. Sí, el amor: no existe otra palabra que defina mejor el sentimiento que muchos sentimos hacia ella y hacia ellos. Un sentimiento que debemos contagiar a los niños para que crezca en su interior y se manifieste en su comportamiento, hasta hacerse inquebrantable.

Es fundamental explicar a los más jóvenes las frágiles condiciones que hacen posible nuestra vida en este maravilloso planeta, lograr que las pongan en valor y que se comprometan a hacer lo posible por mantenerlas.

Hay que avisarles que el cambio climático es la mayor amenaza a esas condiciones, detallarles en qué consiste, cuales son las causas, como está evolucionando y, acaso lo más importante de todo, indicarles qué pueden hacer ellos para contribuir a evitar los peores pronósticos.

Para acabar, señalar que la labor de educar a la sociedad en el respeto al medio ambiente no debe ser una responsabilidad exclusiva del sistema de enseñanza. Muy al contrario, este importante aspecto de la educación ciudadana debería llevarse a cabo desde todos los ámbitos de la sociedad, incluido el de los medios de comunicación.

Tal y como  recoge el libro blanco de la educación ambiental en España entre sus objetivos también figura el de capacitar a las personas para que puedan analizar de forma crítica la información ambiental, debatir alternativas y participar en la toma de decisiones para resolver los conflictos ambientales. Algo a lo que seguiremos intentando contribuir desde este diario.

¿Quién teme a la clase obrera?

7 febrero, 2018

Fuente: http://www.publico.es

27 Ene 2018

Ricardo Romero “Nega”
Cantante de Los Chikos del Maíz y Riot Propaganda (@Nega_Maiz)
Arantxa Tirado
Politóloga (@aran_tirado)
Ambos son autores de La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada (Ediciones Akal, 2016)

En las últimas semanas hemos asistido a enconados debates y enfrentamientos que giran alrededor de lo que parece haberse convertido en uno de los problemas fundamentales que sacuden los cimientos de la izquierda transformadora: la cuestión de la clase obrera. El enésimo retorno al centro de la discusión política (al menos en Twitter y otras redes sociales) de la clase destinada a asaltar los cielos y socavar para siempre el orden capitalista se produce por varios motivos, pero el fundamental es para justificar el ascenso de los ahora denominados “populismos de derechas” (la ultraderecha de toda la vida): Trump en EEUU, Lepen en Francia y, a escala local, el auge de Ciudadanos en el antaño cinturón rojo industrial de Barcelona. No deja de ser interesante ya que, los mismos que durante años nos dijeron que la clase obrera ya no existía y nombrarla era un anacronismo, ahora la resucitan para justificar las sucesivas derrotas de la izquierda convirtiéndola en su particular chivo expiatorio. Gran parte de la izquierda académica la enterró alegando que ahora todos éramos precariado (y gays, lesbianas, migrantes o ecologistas, pero no trabajadores y trabajadoras); la socialdemocracia y la derecha dictaron su defunción sobre la base de que todos éramos clase media. ¿Cómo iba a existir la clase obrera si un trabajador compartía con su jefe el mismo programa de televisión, visitaba los mismos lugares de recreo, leía el mismo periódico, usaba la misma pasta de dientes y el negro tenía un Cadillac? (Marcuse dixit). Pero igual que Galileo (ojo, no confundir con Copérnico, Álvaro Ojeda) dijo aquello de “Eppur si muove”, unos pocos se empeñaron en mantener que, sin embargo, la clase obrera seguía existiendo.

En este acalorado debate tenemos, en un extremo, a fundamentalistas de corte machista-leninista para los que todas las luchas quedan subyugadas a la lucha principal que es la emancipación de la clase trabajadora. El feminismo, la ecología, el animalismo, la defensa de las minorías racializadas… son luchas menores de corte pequeñoburgués que nos desvían del sagrado objetivo que no es otro que la extirpación completa del orden burgués. Se trata, generalmente, de adolescentes blancos heterosexuales, demasiado jóvenes para conocer los tenebrosos pasillos de una empresa privada y demasiado cafres para convivir en armonía con distintas identidades sexuales. Otra forma de identificarles reside en sus nicks y avatares, la foto de perfil siempre es Lenin y el nombre en Twitter Sidorenko (en honor al famoso francotirador soviético).

En el extremo opuesto tenemos a los obrerofóbicos. Provienen de profesiones liberales, muchos de ellos pertenecen al mundo académico precarizado, aunque sus familias de origen no sean nada precarias. Quizás por eso les suena tan exótico oír hablar del “orgullo obrero” o cuestionan que pueda existir una clase obrera en el siglo XXI que no pase por sus novedosas categorías analíticas. Eran los que, desde su todoterreno en el centro de Madrid, tildaron la lucha minera de “porno para comunistas” porque, ya se sabe, el carbón contamina muchísimo. Defienden el poliamor, el Primavera Sound y el carril bici. Se les suele ver por Lavapiés y Malasaña en Madrid (o en los barrios hipsters equivalentes en cada ciudad del Estado), a veces hablan raro y la pareja de humoristas Pantomima Full los ha descrito a la perfección como ningún sociólogo o politólogo ha conseguido. Son los que se empeñan en mantener el retrato folclórico y acartonado de la clase obrera; el famoso obrero de mono azul que fuma Ducados. En realidad, el pobre hombre se tiene que haber muerto ya de tanto fumar trujas.

Las caricaturas, aunque resulten incómodas, a nosotras nos gustan y en ocasiones sirven para describir realidades sociológicas representativas. Pero tanta distorsión, exageración y tergiversación intencionada desvirtúa el debate de fondo: ¿por qué molesta tanto que la clase obrera tome la palabra y denuncie que otros están hablando por ella? Entonces, saltan las alarmas y cierta izquierda que no proviene de nuestra clase, se incomoda con el debate y tilda de “obrerista” (como si esto fuera un insulto) a quien pone el incómodo tema de la clase en el centro.

Entre todo el ruido, la clase obrera sigue ahí, a lo suyo, a lo que le es propio, haciendo malabarismos para llegar a fin de mes y sufriendo los vaivenes de un mercado laboral que ya no es flexible sino que se rompió en mil pedazos. Gritándonos en la cara que se puede ser obrera y lesbiana, gritándonos que se puede ser obrero y ecologista, que se puede ser cajero de supermercado y practicar el poliamor, que se puede ser transexual y trabajar en una oficina, que se pueden levantar tabiques en una obra y ser vegano. La clase obrera grita pero nadie escucha, seguramente porque no lo hace desde Twitter ni desde tribunas como ésta. De hecho, con el estómago vacío, es decir sin un trabajo, resulta complicado lanzarse a defender otras luchas; parece evidente que la lucha obrera y por los derechos laborales tiene algo de nuclear. La discriminación positiva, estandarte de muchas luchas e instrumento de normalización, se da siempre en el ámbito laboral.

Y mientras la clase obrera grita y nadie escucha (y volviendo al escenario electoral) resulta evidente que existe una desconexión entre las clases populares y obreras y los partidos de izquierda transformadora situados a la izquierda de los tradicionales partidos socialdemócratas. En realidad, no es tanto que la clase trabajadora vote mayoritariamente a Trump (es un mantra que con los datos en la mano no se sostiene, como bien explicó en su momento Sarah Smarsh, una periodista que proviene de la clase obrera estadounidense) ni que el cinturón rojo barcelonés se haya vuelto por completo de Ciudadanos (a C’s lo votan en mucho mayor porcentaje en Pedralbes que en Nou Barris y en las municipales Nou Barris opta por Colau, que nadie lo olvide). El problema no es que voten a quien no nos gusta, el problema nuclear sigue siendo que las clases populares sencillamente no votan en el mismo porcentaje que otras clases sociales. La desconexión no es sólo electoral sino intrínsecamente política: la izquierda –salvo honrosas excepciones- está dirigida por personas que dicen defender a la clase obrera pero que sólo han pisado un barrio obrero en campaña electoral. Efectivamente, la clase obrera milita menos y, cuando lo hace, no tiene la misma “habilidad” para trepar en los partidos que otros que gozan de mayor capital cultural, son “hijos de” o, sencillamente, le echan tanta jeta a la vida que son capaces de fraguarse carreras políticas fulgurantes a sus tiernas edades.

Las excusas para explicar este divorcio entre la clase obrera y la izquierda son de distinta índole, algunos afirman que el feminismo y la lucha LGTBI nos alejan de las clases populares, al margen de elitista es falso: el PSOE (y gran parte de la socialdemocracia europea) ha asumido esas luchas como propias y el ansiado sorpasso no tiene visos de producirse. Otros culpan a la ofensiva mediática, no podemos ganar porque los medios están en contra nuestra. Pero Donald Trump ganó en medio de innumerables escándalos aireados por la prensa, teniendo en contra al The New York Times, la revista Time, parte del establishment estadounidense y a prácticamente toda la opinión pública mundial progresista. Lo mismo podríamos decir de Lepen, caso que duele más todavía pues no se trata de un multimillonario excéntrico de infinitos recursos económicos sino de un partido proveniente de las clases medias de corte eminentemente pequeñoburgués que en los años 90 era prácticamente testimonial. El comodín de la prensa se perfila cada vez como más endeble, aunque no negamos que también juegue su papel.

Ante un panorama tan desolador, todo el mundo parece tener soluciones y propuestas, algunas afortunadas, otras directamente erróneas o hilarantes. En esta línea nos gustaría mencionar el caso de El Sobresalto (CTXT), un autodenominado grupo de millenials “que viene a liarla” y que piensa que la mejor forma de conectar con los jóvenes provenientes de la clase trabajadora es ponerse un disfraz de quinqui, glorificar Mujeres y Hombres y Viceversa (MYHYV) y fomentar el consumo de perico (cocaína). En otras palabras, perpetuar todos y cada uno de los estereotipos más nocivos que vinculan a la gente de abajo con la delincuencia, el consumo de drogas y la televisión basura. En la misma línea parecen moverse revistas como Vice o Jenesaispop, fomentando, día y noche, artistas de trap, no ya machistas, sino que en muchas ocasiones fomentan de forma abierta la violencia física contra la mujer. ¿Existiría la misma tolerancia si en lugar de violencia contra la mujer fuera violencia contra los negros o los árabes? Ante esta disyuntiva gravita lo que el tuitero Jonathan Martínez calificó como una digestión muy indigesta del libro de Owen Jones Chavs, la demonización de la clase obrera. Pero el bueno de Jones no tiene la culpa de que algunos no hayan entendido el clasismo que quiso denunciar y confundan su libro con una invitación a embrutecer a la clase obrera. De alguna manera todo está permitido, todo es relativo y desde luego no somos nadie para ir con nuestra “superioridad moral” (concepto clave y fetiche) a decirle a nadie qué es lo correcto y lo que no. Así, si un artista trap insulta a las mujeres se le tolera porque “es que viene de la calle”, si una concursante de MYHYV insulta a trabajadores y se ríe de su físico no importa, viene de abajo y además un día escribió un tuit feminista (locurón). Por lo visto tampoco se puede poner el grito en el cielo y denunciar a Espejo PúblicoEl Programa de Ana Rosa o el Sálvame Deluxe porque son programas que ve el pueblo.

Este tipo de clasismo, el paternalista, es el más peligroso que existe, pues niega la posibilidad de emancipación. ¿En los barrios obreros no existen jóvenes con conciencia feminista? ¿Para venir de la calle hay que insultar a las mujeres y llamarlas putas veinticinco veces en una canción? ¿Una hija de un fontanero y una limpiadora no puede ver HBO y odiar con toda su alma MYHYV? ¿Si una joven trabaja en una peluquería debemos suponer que lee el Hola y no a Ángela Davis? Quizá ha llegado el momento de sacudirnos tanto complejo y paternalismo, quizá ha llegado el momento de asumir que sí, nuestra moral es superior porque somos feministas, anti-racistas y antifascistas y creemos firmemente en la redistribución de la riqueza. Y no pasa nada por decirlo. Y tenemos una noticia que quizá sorprende a algunos: en muchas barriadas obreras existe un montón de gente así. Muchos lo sabrían si su relación con los de abajo se diera de forma material viniendo al barrio y no mediatizada a través de una canción de trap o el twitter de una concursante de MYHYV. En nuestros barrios hay gente que lee a Benedetti, Galeano, incluso a Marx, pero también gente que ve los documentales de La2 en lugar del Sálvame, que escucha a Silvio, a Leonard Cohen y que tiene una gran cultura –no necesariamente adquirida a través de estudios formales, pues la clase obrera todavía está lejos de haber conquistado la Universidad- conseguida de manera autodidacta. Por supuesto que en nuestros barrios también existen los fans de MYHYV, del Sálvame, Ana Rosa, lectores del Hola, etc., y no tenemos problema en criticar los programas que ven (que no a ellos y ellas). La diferencia es que la crítica suena muy distinta cuando se hace desde afuera de nuestra clase, a cuando la hacemos desde adentro, conscientes de que se trata de rescatar esos tiempos gloriosos en los que la mayoría de la clase obrera hacía un esfuerzo por formarse tras su jornada laboral, cuando había organizaciones políticas dirigidas por la clase obrera para la clase obrera, ateneos republicanos, casas del pueblo, círculos de estudio, etc. Aquí es donde los sindicatos (los que se dicen de clase y tradicionales) al parecer convidados de piedra a este debate, deberían jugar su papel, el que cumplían antaño, es decir, no sólo como agentes defensores de los derechos laborales sino como espacios físicos de socialización. Pero por lo visto ni están ni se les espera. No deja de ser curioso (e irritante) que este debate lo mantengan principalmente periodistas, miembros de partidos y activistas y todavía no hayamos escuchado a ningún sindicalista.

No existen fórmulas mágicas y queda mucho camino por hacer y recorrer, pero un buen inicio sería no tratar a los miembros de la clase obrera como si fueran seres inferiores o niños consentidos y malcriados. Pensamos que entre el núcleo irradiador y las diatribas cibernéticas de los postmodernos patrios y el ponerse un disfraz de quinqui en plan “mira soy como tú”, existe un espacio político (un centro si se nos permite el chiste) que debe ser explorado y trabajado. La izquierda ha asumido, al menos en la teoría, que cuando se habla de recortes en sanidad hay que escuchar a los sanitarios y profesionales médicos; que cuando se habla de violencia machista hay que escuchar a las mujeres; que cuando se hable de racismo hay que escuchar a personas negras o árabes; que cuando se habla de medio rural hay que escuchar a la gente que vive en el medio rural. Y es completamente lógico, razonable y justo que así sea. Pero en cambio es lo más normal del mundo que un señor politólogo que en su vida ha trabajado para una empresa privada, nunca vivió en un barrio obrero y además proviene de una familia acomodada, nos diga lo que es la clase obrera. Ante este argumento hay quien, sin pudor, saca a relucir los ejemplos de Marx, Engels o Lenin, todos ellos provenientes de la clase acomodada. Compararse con los padres del socialismo científico es tener un ego del tamaño de la Vía Láctea, pero no teman, estamos dispuestas a escuchar a quien renuncie a sus privilegios y se dedique a expropiar a su padre, como Fidel Castro, o a armar a los trabajadores con fusiles para asaltar palacios.

Recientemente se ha desatado en Alemania la huelga del metal más salvaje que se recuerda. El principal motivo de la lucha es la obtención de las 28 horas semanales (ya tienen las 37) para poder combinar su vida profesional con el cuidado de los hijos y las tareas del hogar, en otras palabras, una huelga feminista en toda regla. Convocada en un sector mayoritariamente masculino. “Queremos que los empleadores reconozcan que los roles tradicionales de género en las familias modernas están cambiando, y queremos que los trabajadores tengan la oportunidad de hacer un trabajo importante para la sociedad” ha declarado un líder sindical. El obrero del mono azul siempre vuelve, pero ahora ya no fuma Ducados, es feminista.

Lo que parece urgente a todas vistas es la necesidad de que la clase obrera tenga sus propios portavoces y referentes en el seno de la izquierda. Las Kellys, las trabajadoras organizadas de Bershka (que bien podrían participar en seminarios feministas), las estibadoras, los trabajadores del metal alemanes… Tenemos ejemplos de sobra. La clase obrera necesita ser escuchada y sentirse representada por gente que se le parezca dentro de su diversidad. Si esto no ocurre pronto, serán los Jim Goads de turno quienes lo hagan. Y eso tendrá muy poco de gracioso.

Ferran Mascarell: “La desconfianza de la sociedad catalana hacia el Estado es absoluta”

6 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Ferran Mascarell (Sant Just Desvern, 1951) ha sido de todo en la vida política catalana. Pasó del PSC de José Montilla al Gobierno de Artur Mas. Ha sido delegado de la Generalitat en Madrid, sus ojos y oídos para intentar entender al Gobierno de Mariano Rajoy. Va el número 26 en la lista de Junts per Catalunya. Es una presencia testimonial. La entrevista se desarrolla en el restaurante Il Giardinetto, uno de los emblemas de la Gauche Divine catalana.

¿Nos falta un relato como país?

Hay dos relatos; por desgracia solo dos: uno español dominado por la lógica del PP, porque el socialismo no ha sido capaz de proponer uno alternativo; existe algún punteo alternativo de Podemos, pero de momento muy poca cosa, y el de Ciudadanos, casi mimético del PP con aires de renovación generacional. Hay un segundo relato que emana desde Catalunya a partir de 2010, que es realmente distinto.

El relato español viene a decir “todo está bien como está”, “no toquemos nada”. El plan es construir España en torno a la gran capital. Madrid es la ciudad más rica de España, con una renta media superior a la media catalana, pero a la vez es la ciudad más desigual de España. La ciudad está generando una capitalismo madrileño en el que participan las empresas del IBEX y algunas que se están apuntando, incluso las que han salido de Catalunya con ganas de mejorar su conexión con el poder político. Madrid es el epicentro aunque esto sea a costa de vaciar España. Los réditos, las fiscalidades que salen de Catalunya son imprescindibles para mantener ese discurso de España. Catalunya que siga mandando fiscalidad, pero que no sea insolente, que no se atreva a plantear una disyuntiva distinta. Existe una tendencia recentralizadora, volver a un modelo preautonómico. Un modelo autonómico, sí, pero reducido a la carcasa autonómica.

Llevamos 500 años discutiendo lo mismo y seguimos juntos.

En Catalunya se ha producido una mutación política. La hemos producido los que veníamos del socialismo, los que veníamos del federalismo. A los catalanes no se nos puede poner sobre la mesa el federalismo como una gran novedad porque hace muchos años que lo intentamos. La frustración de nuestro proyecto federal, que pasaba por el Estatuto de Autonomía del 2006, hizo crecer el independentismo. Esa es la mutación, porque el independentismo no había pasado en Catalunya del 20% a lo largo de la historia.

Todo cambia con el Estatut.

Todo cambia con la frustración del Estatut.

Y con la crisis económica.

También.

La globalización unida a la crisis ha recortado el poder de los Estados frente a los mercados. Esto ha generado un incremento en la extrema derecha en Europa; en España, el 15M y el nacimiento de Podemos. ¿Puede ser la identidad la respuesta en Catalunya?

No, diré algo que quizá sorprenda: si se quiere entender lo que sucede en Catalunya, hay que sacarle la connotación nacionalista e identitaria porque no tiene nada que ver con la identidad y muy poco que ver con el nacionalismo. Tiene que ver con algo mucho más estructural. Desde la sentencia del Estatut, en Catalunya se han visto las lecturas de la crisis económica que ha hecho el Estado español y cómo repercutió en las familias, las clases medias y trabajadoras. La desconfianza de la sociedad catalana hacia el Estado es absoluta. El Estado español no es interpretado por los catalanes como su Estado.

El mayor ejecutor de recortes en Catalunya fue la Generalitat.

En aquel momento era consejero de Cultura. Tuve que hacer recortes culturales pero nadie me los achacó. Sabían que tenían que ver con un entorno económico en el que no teníamos capacidad de legislar ni capacidad de dar respuesta con políticas propias, con recursos propios. No encontrarás ni una manifestación en la plaza de Sant Jaume. En una situación como la que se produjo, lo normal hubiera sido una acampada permanente, pero no la hubo.

La hubo en torno al Parlament.

Bueno, sí, pero esto fue otra cosa.

En junio de 2011, cuando Artur Mas entró en el Parlament en helicóptero.

Bueno, eso fue un episodio muy de izquierdas, radical. No tuvo continuidad porque las clases medias, populares y trabajadoras no participaron en ese juego. Lo he hablado con la gente de Pablo Iglesias muchas veces: lo que ellos hicieron en 2012, se produjo en Catalunya en 2010. ¿Qué hizo Catalunya en 2010? Dejar de confiar. La gran manifestación del 10 de julio del 2010 es una ruptura con el Estado.

Además del Estatut, está la crisis: las clases medias catalanas perdieron más del 30% de su poder adquisitivo. Y además, nos dan la lata con la lengua y todas esas cosas. Aparte de las políticas erróneas desde el Gobierno catalán, la gente no identificaba el problema con el Gobierno catalán, porque el Gobierno catalán lo explicó muy bien, dejando de lado a la CUP, que para ellos el Gobierno catalán era el malo.

¿Dónde estaba el problema para la sociedad? En un Estado que no funcionaba, que no resolvía el tema de la financiación. El Estatut se basaba en cuatro ideas que la gente había asumido: reconocimiento como nación; un sistema de competencias fijo; un sistema de financiación que funcionara, y ya terminar con el problema de la lengua. ¿Qué hizo Podemos? Una revuelta contra un Estado neoliberal. ¿Qué hicieron las manifestaciones a partir de 2010? Manifestarse contra un Estado que, además de neoliberal, era profundamente antisolidario con Catalunya. Ahí está el quid de la cuestión.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

Una de las contradicciones es que CiU es la derecha liberal catalana que ha pactado muchas veces con el PP.

Pero ya no. Fui una persona crítica con Jordi Pujol, pero CiU después se transforma. A Mas no le perdonan que, consciente o inconscientemente, diría que con una dosis notable de inconsciencia, convirtiera CiU, un partido de derechas, en uno de centro liberal. Si miras la base social de lo que ha quedado de Convergencia, no queda ni un empresario de los amigos de Pujol, por decirlo de algún modo. No soy militante de Convergencia. Desde que dejé el PSC, me mantuve al margen y me sigo manteniendo al margen. El PDeCAT no tiene nada que ver con aquella CiU, y Junts per Catalunya, todavía menos.

¿Cree que el independentismo y el Estado han aprendido alguna lección después del 1 de octubre y de la declaración unilateral de independencia?

El Estado no lo sé. El Estado español siempre me sorprende negativamente: vehiculan todo su poder en términos autoritarios, y los que razonamos en términos democráticos estamos convencidos de que nada de lo que está sucediendo estaría sucediendo si hace cinco o seis años hubiera existido alguna propuesta basada en principios democráticos. Buena parte de los catalanes quieren la independencia, pero no una ruptura con la sociedad española. Quieren dejar atrás el Estado español, pero no la sociedad española.

¿Se ha aprendido que la independencia no es posible con el 43% del censo, según los datos del 1-O, o del 48% en 2015 y sin apoyo exterior?

En este proceso, el independentismo ha tomado nota de varias cosas. Una tiene que ver con el imperativo que se ha ido autoimponiendo con los plazos y el calendario. Se los ha impuesto con cierta ingenuidad pensando que el Estado era democrático, pensando que si tú propones y un determinando porcentaje de gente te sigue, el Estado actuará en consecuencia.

Ese calendario parte de las elecciones de 2015, declaradas plebiscitarias. En realidad no se ganaron: los partidos independentistas no superaron en votos a los no independentistas.

No, eso no es así. No, había un 47,9% a favor de la independencia, un 41% en contra y había un resto indefinido, que era aproximadamente el 10%.

Pero no se pueden apuntar los votos de Catalunya Sí que es Pot.

No, no, claro que no, pero tú tienes un 49% y el otro un 41%.

Los dos partidos que proponen un calendario de independencia exprés, JxSí y CUP no suman más del 50%. Quizá el error parte de hacer una lectura de mandato cuando no lo hay.

El punto de partida era que, tarde o temprano, se podría hacer un referéndum para que la gente expresara su opinión. Ya decía que el independentismo ha sido un poco ingenuo en estas cosas. No hay que apretar, no hay que poner calendarios que no dependen de ti. Otra enseñanza: hay que hacer un gran esfuerzo para ampliar la mayoría. ¿Cómo? Explicando lo que es la república. Cuando a mis amigos de Madrid les cuento en qué país pretendo vivir, algunos me dicen “si hacéis esto me iré a vivir a Catalunya”.

Muchos españoles se querrían independizar de esa España antipática.

Nadie tiene por qué vivir en un Estado en el que no quiere, todo el mundo tiene derecho a construir una herramienta. Un Estado es una herramienta, no es una imposición divina. ¿Qué quiero yo para Catalunya? Bueno, pues un Estado más bien pequeño, limpio, honorable, pulido, eficiente, que funcione y que haya respuesta al mucho potencial que este país tiene.

¿Dentro o fuera de Europa?

Dentro de Europa.

Eso no va a ser posible.

Bueno, ya… Yo puedo aspirar a lo que quiera.

La realidad es que una Catalunya independiente sale de la UE.

Bueno, bueno, ya veremos. Europa es una cosa muy compleja.

El independentismo exprés ha terminado por creerse su relato. Que la UE iba a reconocer a Catalunya, o que al menos acudiría en su defensa, que las empresas no se iban a ir…

Las empresas no se han marchado.

Han cambiado su domicilio social. Pueden volver mañana si la situación se normaliza.

Sí, pero por razones estrictamente políticas, por razones estrictamente ideológicas.

Artur Mas dijo que no se iban a ir. Ha habido demasiada ingenuidad y fantasía.

En un libro que acabo de publicar [Dos Estados, editorial Arpa] digo que en España hay dos políticas: la heroica, que es la dominante en Madrid: nada debe cambiar, nada puede cambiar, nada tiene que cambiar; y otra ingenua, que es la catalana, que es una política básicamente aspiracional. Es un libro que tiene algunas ideas que no son las propias del relato oficial. Dices que en el relato catalán ha habido un punto de ingenuidad, incluso de fantasía, te diré que sí, que lo ha habido. Era un relato pensando en la creencia de que existían en España unos niveles de democracia superiores a lo que hay. Ahora se ha dado de bruces contra un Estado autoritario que muchos pensaban que no existía. Yo sí.

¿Cree que España es un Estado autoritario?

Sí, sinceramente sí. El Estado español es autoritario, entre otras cosas, porque no quiere encontrar mecanismos democráticos para resolver las diferencias políticas. Si excluyes del relato a 2,5 millones de personas que es lo que ha pasado… ¿Qué hizo el rey en su discurso? Excluir a 2,5 millones de ciudadanos. Y eso es inaudito. Un país democrático que hace políticas de inclusión no excluye a 2,5 millones.

Siguiendo esta argumentación, el Parlament aprobó la voladura del Estatut sin la mayoría legal necesaria. Decidió en nombre de 2,5 sin contar con el resto de los casi cinco millones de catalanes. Tampoco estaría cumpliendo las reglas de la democracia.

Está apostando por lo que apuesta, entre otras cosas porque han pasado siete años y 16 propuestas para resolver esto democráticamente mediante una consulta. Con una, dos, tres preguntas. Si eso se hubiera hecho hace cuatro años, no sé cuál hubiera sido el resultado.

¿Cree que la actuación del Parlamento catalán del 6 y 7 de septiembre, cuando se aprueba la ley transitoriedad jurídica fue…

Sí, ahí es donde centráis todo el debate.

No fue ejemplar.

No era la única manera de hacerlo.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

Puigdemont reconoció ante Évole que era la única vía. A veces la única vía no es la buena.

Hay que entender cuál es el punto de partida. Ahí es donde se centra todo el discurso español, en el 6 y 7 de septiembre. ¿Y todo lo anterior? Y el Estatuto fracasado, ¿quién destruyó el Estatuto? ¿Quién hizo que dejáramos de ser federalistas? ¿Por qué fracasó el Estatuto? Se construyó un Tribunal Constitucional para destrozarlo. ¿Eso quién lo propició, los catalanes? No, fue el Estado. ¿Esto es democrático?

Ese mismo Tribunal ha dicho que se puede hacer un referéndum pactado, pero que para ello es necesario cambiar la Constitución.

Pero en España no se puede cambiar la Constitución.

Está la propuesta de Muñoz Machado en su libro de Catalunya y las demás Españas: hacer una reforma constitucional y otra del Estatut paralelas y celebrar después dos referéndums simultáneos; uno en toda España, incluida Catalunya, sobre la Constitución, y otro, específico de Catalunya sobre el Estatuto.

Mira, yo las propuestas… ¿Crees que hay alguna persona que defienda la independencia que se crea la viabilidad de estas propuestas? Es una propuesta académica hecha por una persona inteligente que, entre otras cosas, estuvo en el origen de la demanda del PP contra el Estatuto catalán.

Imaginemos que hacemos un referéndum en toda España. Muy bien, vamos a tener un 80% de españoles que querrán que Catalunya continúe y vamos a tener un 50%, 51%, 52%, 48% de catalanes que dirán que no quieren continuar. ¿Estaremos en el mismo sitio? ¿Quién quiere cambiar la Constitución española? ¿Para qué? La propuesta de Machado en su libro, yo he leído sus libros, es la misma que hacen todos los que están escribiendo para Ciudadanos.

¿Cómo salimos de aquí a partir del 22 de diciembre?

No creo que haya un antes y un después. Dependerá mucho de quién gane. Si gana lo que en Catalunya se llama el unionismo, el españolismo, dile como quieras, el independentismo aceptará el resultado. Pero no sé si será lo mismo al contrario. Es ya un punto de partida complejo, pensar que el otro no va a aceptar el resultado. Si gana el unionismo, tendrán que explicar lo que quieren hacer. No creo que tengan un proyecto estructurado para Catalunya que no sea más ‘su’ España.

¿Y repetir el tripartito? Comuns, ERC y el PSC.

Esto te lo tienen que decir los de ERC, pero lo veo muy difícil…

Es una fórmula para construir puentes, salir de los bloques.

¿Por qué no se construye democracia en lugar de puentes? Si me hablas del 22, te diré lo que tiene que pasar, lo que creo que sería bueno que pasara. ¿Dónde está la razón metafísica que impide que un español comprenda que se puede fabricar un Estado en Catalunya y se puede fabricar un buen Estado en España y que ambos pueden ser colaborativos y pueden ganar los dos? ¿Dónde está el elemento metafísico que impide que eso se comprenda?

Que no tienen todavía una mayoría suficiente.

No hay mayoría suficiente, ¿por qué no me das libertad de movimientos? ¿Por qué piensas en meterme en la cárcel si yo pienso que voy a conseguir esa mayoría? ¿Por qué me obligas a hacer una campaña con uno desde la cárcel y el otro desde Bruselas?

¿Cree que son presos políticos?

Hombre, claro que son presos políticos. ¿Y  tú no crees que son presos políticos? Jordi Sànchez está en la cárcel por razones políticas. Jordi Sànchez es un preso político, está en la cárcel por razones políticas, le están jodiendo la vida por razones políticas. No quiero vivir en un Estado que mete en la cárcel a los que piensan diferente.

¿Da por imposible la modernización de España?

Solamente se consigue si Catalunya sale, porque la élite española solo desaparecerá si Catalunya sale. La crisis la vais a hacer cuando Catalunya consiga la independencia. Si no, no la haréis, no la haréis, porque en Madrid se vive bien, Madrid no ve el problema que genera el Estado español. El Estado español es el peor Estado de Europa. No habla, no discute.

Grecia está peor. Pero es verdad que no somos Alemania ni Suecia.

En España se acepta como natural un 16%, un 17% o 18% de paro; se acepta como natural que no haya ningún debate sobre cómo crear riqueza. Se acepta como natural que la corrupción impere por Madrid. También aquí, pero en Madrid mucho más. El Estado español no es un buen Estado y hasta que no veáis que esto no funciona no se resolverá. He defendido con mucha convicción durante años un Estado que evolucionara desde dentro, que fuera inclusivo con los catalanes, que ajustara las aportaciones fiscales catalanas de modo razonable. Baviera aporta al Estado alemán 4.000 millones de euros. Bueno, pues cuando digo esto me decís, ya estáis hablando de lo que España nos roba. No, no digo que España nos roba, lo que digo es que el Estado vive de los catalanes en gran parte.

¿Cómo se siente la gente que pensó que declarando la independencia todo era inmediato?

La sociedad catalana es muy madura. Aunque hubo gente que se ilusionó muchísimo con la república, hubo gente joven que pensaba que la república se podía instalar así, en unas horas. poca gente pensó que esto era pim, pam y ya está. ¿Cuántos van a dejar de votar? Muy pocos.

Es lo que se les vendió, que proclamabas la república y todo empezaba a funcionar, y que había reconocimientos. Que la UE os protegería y forzaría a España a negociar

Que había reconocimientos quizás sí. La gente pensaba que habría más reconocimiento del que ha habido. Tarde o temprano llegará. Europa es un aparato político vinculado a los Estados. Si seguimos en la vía democrática, pacífica, tarde o temprano se entenderá. Es evidente que había la sensación de que Europa daría una respuesta más positiva.

El ex primer ministro francés Manuel Valls dijo en la televisión francesa que Catalunya tenía una autonomía superior a cualquier otra región de Europa.

No es cierto.

Que se enseñaba el catalán en las escuelas y que el castellano estaba casi como una lengua extranjera.

Pero eso no es verdad.

Que tenían policía autonómica y una televisión en catalán, que los gobernantes tenían más poder que cualquier gobernante anterior para tomar decisiones a favor de su gente.

No es cierto, no es cierto. La autonomía catalana tiene un proceso in crescendo hasta el año 96, 97, 98. En 2003, Enric Juliana creó la expresión del “català emprenyat”, el catalán cabreado. Desde hace 15 años está la idea de que las cosas no funcionan en la sociedad catalana. Una parte se atribuía al pujolismo, que en aquel momento estaba de baja, pero ya se percibía que lo que peor funcionaba en Catalunya eran los servicios públicos que dependían del Estado. No funcionaban los cercanías, no funcionaba el aeropuerto. Había cortes de luz. Estaba esa percepción de que las cosas no iban bien, pero que se podían solucionar mejorando nuestra posición dentro del Estado. Pero el Estado no es inclusivo, no sabe serlo, no ha sabido serlo nunca. Está articulado y definido para servir a los intereses de una élite madrileña.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

La élite catalana participa: la Caixa, Sabadell y alguna otras.

Sí, claro, sí, sí, es que hay gente que busca dónde estar.

Hay personas que sostienen que el problema no es Catalunya, el problema es España.

Es que creo que el problema es España.

Y que la crisis que tenemos es una oportunidad para resolver el problema de España. 

O se incluyen a los dos millones y medio de personas que quieren la independencia o lo tenéis que hacer vosotros. Digo “vosotros” porque también le corresponde a la sociedad. Mientras tanto, reconoced y dad legitimidad a 2,5 millones de personas que simplemente piensan más o menos como pienso yo, que la única manera de favorecer es que España vaya por un sendero razonable y que no nos dé disgustos, y que además no nos dé vergüenza. No hay ninguna razón para pensar que las cosas tienen que ser siempre así. Los noruegos, los suecos, los nórdicos organizaron Estados relativamente pequeños y en menos de 100 años han creado una de las regiones mundiales más interesantes del mundo

Pero fue al final del XIX y principios del XX, que es cuando se crean los Estados modernos.

Bueno, ¿y porque en aquel momento no se hizo ya no se puede hacer?

Estamos en situaciones políticas y económicas distintas.

Pero no hay ninguna razón para pensar que el mundo ha terminado. Eso solamente lo piensa el españolismo. Yo pienso lo contrario. Yo pienso que el Estado está cambiando. Los Estados van a cambiar, van a dejar de ser estos armatostes estructurales en manos de unos cuantos para pasar a ser instrumentos al servicio de la gente.

¿Cree que una frontera supondría la solución de los problemas?

La frontera os la inventáis vosotros. En Catalunya nadie habla de fronteras.

Pero si hay un Estado, tendrá que haber alguna frontera.

Una frontera es una raya. ¿Qué diferencia hay entre la frontera entre Catalunya y Francia, y la frontera entre España y Francia? ¿Dónde está la diferencia?

Si se sale de la UE habrá una frontera.

Pero eso es lo que tenéis ganas vosotros. Nosotros no queremos salir de la UE.

Lo dice la UE. Es un pacto entre Estados. Si se sale de uno se sale del pacto.

Toda la vida será así. La UE siempre será así.

Son Estados que tienen problemas territoriales similares y que no van a facilitar las cosas.

Son similares, no iguales. El Estado francés tiene una capacidad de reacción, y cuando suceden cosas como las que han sucedido en Córcega interactúa. Aquí, dan tortazos a la gente y esta es la pequeña diferencia que en general no percibís pero nosotros sí. Yo estuve en un colegio y vi cómo pegaban a la gente y no lo olvidaré nunca y no lo perdonaré nunca.

¿Hay peligro de que en Catalunya prenda un euroescepticismo?. Puigdemont amagó hace unos días con un referéndum sobre la permanencia de Catalunya en la UE.

Eso no lo ha dicho nunca. Hizo referencia a que la actitud de la UE no se correspondía con lo  que los catalanes sentían. No dijo vamos a hacer un referéndum. Además luego lo matizó: si alguien ha interpretado que quiero hacer un referéndum para entrar o salir de la UE, se equivoca. Los catalanes queremos estar en la UE.

¿Se ha producido una ruptura en la sociedad catalana? La diputada de la CUP Mireia Boya llamó traidores a los Comuns y dijo que tendrían memoria. Se habla de buenos catalanes y malos catalanes, y hay bullying en las redes a Coixet, Serrat y Évole, entre otros.

Si hacemos caso de las redes sociales… Como si las redes fueran la realidad. Antes de entrar aquí he pasado delante de Ciudadanos y uno me ha dicho: “Viva España!” Y digo pues viva, estupendo, no pasa nada.

Pero hay una cierta presión de un sector del independentismo exprés a todo el mundo que no están en el exprés.

¿Y al revés no? No lo veis, ¿verdad?

Por qué las clases populares no votan a la izquierda y qué hacer para corregirlo

5 febrero, 2018

Fuente: http://www.elconfidencial.com

Alberto Garzón Espinosa

¿Cómo es posible que los estratos sociales más bajos, las clases populares e incluso la clase obrera tradicional, esté optando por políticas de derechas como solución a sus problemas?

Foto: Mesa de votación en las elecciones catalanas. (EFE)
Mesa de votación en las elecciones catalanas. (EFE)

El resultado de las elecciones catalanas ha reabierto un debate clásico en la izquierda política: la cuestión de la afinidad política e ideológica de las clases populares. El hecho de que en los barrios obreros catalanes haya sido primera fuerza Ciudadanos ha hecho disparar de nuevo todas las alarmas. Pero no es la primera vez que sucede. En estas mismas páginas, y también en sus libros, Esteban Hernández ha ido destacando partes de este proceso desde hace años. La pregunta que tanto él como otros nos hacemos es la siguiente: ¿cómo es posible que los estratos sociales más bajos, las clases populares e incluso la clase obrera tradicional, esté optando por políticas de derechas como solución a sus problemas?

Lo primero que cabe advertir es que este no es un fenómeno que se circunscriba solo a nuestro país. En el año 2016 el politólogo Luis Ramiro publicó un estudio sobre la izquierda radical europea en el que se ponía de relieve que no existe una relación directa entre pertenecer a un estrato social desfavorecido y votar a un partido radical de izquierdas. O, dicho claramente, que los partidos de la izquierda radical europea dicen representar a las clases populares pero estas no se sienten representadas. Este estudio, y muchos otros, han demostrado que el votante medio de la izquierda radical europea no tiene nada que ver con el perfil del votante típico de los partidos de extrema derecha que están ganando peso en Europa y Estados Unidos. Como hemos explorado en otro lugar, el perfil de ese votante es el de una persona desempleada, poco cualificada, muy expuesta a la competencia económica internacional y con sentimientos nacionalistas que se realzan como una forma de protección ante esa situación general de vulnerabilidad. El problema general, por lo tanto, es que la izquierda no está siendo capaz de atraer a las personas más afectadas por la crisis y por la globalización neoliberal, y ese lugar lo están ocupando los partidos de derechas cuyos proyectos, además, tienen en muchos casos un espíritu reaccionario, racista y antidemócrata.

El problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares

La tesis que defiendo aquí es que el problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares. Durante décadas la izquierda política europea se ha ido desconectando de los estratos sociales más bajos con discursos cada vez menos vinculados a sus problemas cotidianos al tiempo que ha abandonado la construcción de redes sociales en barrios, vecindarios y centros de trabajo. En lugar de eso la izquierda ha concentrado su actividad en la participación en diferentes ciclos electorales y ha basado su crecimiento electoral en los sectores ideologizados de las autoconsideradas clases medias. Mientras eso sucedía, la globalización ha ido transformando las relaciones económicas y de clase en los países desarrollados, empobreciendo a las clases populares y haciendo descender de escalones a parte de la clase media. Este proceso está lejos de acabar. Transitamos hacia una sociedad polarizada, de enormes desigualdades y en la que la izquierda solo tendrá oportunidad de ganar la batalla a la derecha si es capaz de volver a penetrar en los barrios populares a través de prácticas que conecten con sus problemas cotidianos y materiales. Nuestro mundo se asemeja cada vez más al del siglo XIX que al de la llamada época dorada del capitalismo.

Cómo hemos llegado hasta aquí

Cuando Marx y Engels escribieron sobre la clase obrera en el siglo XIX, esta sobrevivía en unas condiciones verdaderamente miserables. Además, ambos fueron testigos de cómo los beneficios del crecimiento económico recaían exclusivamente en unas pocas manos, la de los propietarios de las grandes industrias y de los bancos. Y en su estudio del capitalismo llegaron a la conclusión de que esa situación se mantendría o se radicalizaría hasta la revolución. Es más, pensaban que la proletarización de la mayor parte de la población sería inevitable: tenderos, artistas, profesionales y otros trabajadores no industriales acabarían convirtiéndose en proletarios pobres como consecuencia del propio funcionamiento del sistema. Quedaría un puñado de capitalistas y una gran masa, que sería mayoría, de empobrecidos trabajadores asalariados.

VÍCTOR LENORE

Sin embargo, las predicciones de Marx y Engels sobre la polarización parecieron desvanecerse a finales del siglo XIX y, sobre todo, tras la II Guerra Mundial. Gracias a las luchas obreras los trabajadores occidentales consiguieron hacerse copartícipes de los beneficios del crecimiento económico. Incluso aunque ese crecimiento derivara del saqueo y expolio de otros pueblos del mundo mediante la colonización. Ya a comienzos del siglo XX surgieron las tesis de la aristocracia obrera de Lenin y del imperialismo de los autores marxistas que trataban de explicar por qué la clase obrera se estaba “aburguesando” a costa del sudor de los trabajadores de los países colonizados. Pero empezaba también a nacer la llamada clase media, trabajadores que ya no vivían en condiciones de subsistencia sino que aspiraban a ser propietarios de viviendas y de automóviles y que disfrutaban de los servicios públicos arrancados a las clases dominantes a través de las huelgas y la lucha política. El compromiso keynesiano de posguerra consistió en institucionalizar el conflicto capital-trabajo y en repartir los beneficios del crecimiento de la productividad. Pero ahí estaba la paradoja: la victoria de la clase obrera occidental en la conquista de sus derechos supuso también el cambio de agenda de sus organizaciones políticas.

El problema, como señaló Adam Przeworski en su magnífico libro ‘Capitalism and social democracy’, es que emergió un dilema político-electoral. Lo que sucedió realmente es que creció la heterogeneidad entre los asalariados, de modo que ahora cabía dirigirse exclusivamente a la clase trabajadora tradicional, que era una minoría, o tratar de incorporar nuevos sectores sociales que no necesariamente tenían los mismos intereses. La primera opción te condenaba a perder las elecciones, y la segunda a desnaturalizarte. La solución natural de la mayoría de los partidos europeos fue la de mantener cierta retórica obrerista al tiempo que se adaptaba el discurso para llegar más allá de la clase trabajadora tradicional. De ese modo, la gran atención de la izquierda política se fue desplazando progresivamente hacia los sectores que más crecían y que además suponían el grueso de los votantes en los sistemas electorales: la llamada clase media. De forma correspondiente, los discursos fueron cambiando y la atención a las condiciones materiales de vida (salarios, pobreza, etc.) fue perdiendo peso en beneficio de las condiciones inmateriales de vida (calidad de la democracia, cuestiones de igualdad horizontal, etc.). No sorprendentemente también el propio marxismo hizo en los años cincuenta y sesenta un giro cultural similar, dejando a un lado la Economía Política –y la temática de la explotación– y priorizando las cuestiones culturales y psicológicas –y la temática de la alienación y la identidad–, como bien recuerda Perry Anderson en Consideraciones sobre el marxismo occidental. Nunca dejaron de existir los trabajadores manuales no cualificados, la categoría más próxima a la clase obrera sobre la que teorizó Marx y que aún hoy representa el 25% de la fuerza laboral en España, pero fueron dejándose de lado.

La desigualdad dentro de cada país se ha disparado, especialmente si comparamos el enriquecimiento del 1% más rico con el resto de la población.
Qué está sucediendo en las clases populares

Paradójicamente, desde los años ochenta nuestro mundo se va pareciendo cada vez más al de Marx y al del siglo XIX. La globalización neoliberal ha significado la liberalización del comercio mundial, las deslocalizaciones de las grandes empresas productivas, la privatización de las empresas públicas, la reducción de los sistemas fiscales progresivos y, en suma, el progresivo desmantelamiento del Estado Social. Con dos consecuencias esenciales, una de carácter nacional y otra de carácter internacional.

La primera es que la desigualdad dentro de cada país se ha disparado de nuevo, especialmente si comparamos el enriquecimiento del 1 por ciento más rico de cada país con el resto de la población. Como demostró Thomas Piketty en ‘Capital in the twenty-first century’, justo antes de la crisis el porcentaje sobre el total de riqueza del 1 por ciento más rico de Estados Unidos alcanzó los niveles de 1929. Esa concentración de la riqueza había disminuido radicalmente desde la II Guerra Mundial como consecuencia de los mecanismos redistributivos del Estado, pero empezó a crecer de nuevo a partir de los años ochenta. Hay que recordar que en la década de los años cincuenta el tipo impositivo marginal máximo –el tipo más elevado que se paga, lógicamente los ricos– era de hasta el 90% en Reino Unido o Estados Unidos, mientras que actualmente ronda el 40% en esos países. De ahí que David Harvey y otros autores hayan definido al neoliberalismo como la revuelta de las élites frente a los mecanismos redistributivos del Estado Social. O, dicho de otra forma, los ricos se cansaron de pagar los servicios públicos a los pobres y ya no tenían miedo a la revolución, así que organizaron una verdadera contra-revolución para acabar con las conquistas de la clase trabajadora.

La segunda es que la globalización está generando ganadores y perdedores también a nivel mundial, como demuestran los datos del libro ‘Global inequality’ de Branko Milanovic. Los ingresos reales de las clases populares de Europa y Estados Unidos se han estancado o han caído en las últimas décadas mientras han subido los ingresos reales de las clases medias urbanas de los países asiáticos y sobre todo de los superricos de todos los países del mundo. Dicho de otra forma, la globalización ha aumentado la desigualdad dentro de cada país, entre los poseedores de capital financiero y los trabajadores manuales, por ejemplo, pero también ha provocado que a nivel mundial el salario de un trabajador asiático se vaya pareciendo cada vez más al de un trabajador europeo medio. Esta es, exactamente, una predicción típicamente marxista: el desarrollo del capitalismo a nivel mundial igualaría las condiciones de vida de los trabajadores mientras haría aún más ricos a los propietarios de capital de todo el mundo. Un mundo dividido en clases y no en naciones.

No es que la clase obrera industrial haya desaparecido, sino que se ha deslocalizado desde Europa hacia Asia.

Ambas consecuencias están interrelacionadas. Por ejemplo, no es que la clase obrera industrial haya desaparecido, sino que se ha deslocalizado desde Europa hacia Asia. La incorporación de China e India al mercado mundial es la incorporación de más de 1.100 millones de personas para competir con otras a lo largo de todo el mundo. Esa nueva realidad opera como presión a la baja de los salarios en las diferentes secciones productivas europeas en las que se están especializando los países asiáticos. Por ejemplo, aquellos sectores expuestos a la competencia internacional, por lo general los de menor valor añadido, tienden a tener salarios más bajos. Y España, que está tecnológicamente atrasada, sufre especialmente ese drama. De igual manera, la globalización permite una mayor división del trabajo dentro de cada empresa, con procesos de deslocalización parcial y subcontrataciones, lo que lleva a que algunas empresas ofrezcan salarios muy altos y otras salarios muy bajos. Todo ello aumenta aún más la desigualdad de ingresos entre las clases populares, especialmente las no cualificadas, y las clases altas.

La consecuencia más obvia de estas transformaciones es que las estructuras de clase de los países occidentales, incluyendo España, están polarizándose. La globalización neoliberal está produciendo una nueva división entre ganadores y perdedores a nivel mundial y nacional que está quebrando al estrato intermedio de la sociedad occidental, las llamadas clases medias. Hay quien ha hablado, entre ellos Esteban Hernández, de “el fin de la clase media“. Pero más bien lo que está ocurriendo es que la clase media se está polarizando, con sus estratos sociales más altos manteniendo su posición y con los estratos sociales más bajos empeorando la suya. Los análisis del politólogo Pau Marí-Klose para España revelan que durante la crisis en nuestro país la distancia entre la clase media-alta y la clase media-baja ha aumentado.

Y por lo general los estudios económicos demuestran que el elemento clave es la cualificación formal y la estructura productiva. A mayor cualificación, más posibilidades de caer en el club de ganadores, pues se accede a puestos de trabajo más protegidos de la competencia internacional y que reparten más valor añadido. El problema es que la estructura productiva opera como limitante, como sucede con el caso español. Puedes tener a mucha gente muy cualificada pero que no es absorbida por la ausencia de tejido industrial de alto valor añadido, lo que lleva a la sobrecualificación.

A mayor cualificación, más posibilidades de caer en el club de ganadores, pues se accede a puestos más protegidos de la competencia internacional.

Llama la atención, por ejemplo, que otro estudio de Raúl Gómez, Laura Morales y Luis Ramiro revelara que el tipo de votantes de los partidos anticapitalistas tradicionales (como los partidos comunistas ortodoxos de Portugal o Grecia) y de los partidos de nueva izquierda (como Izquierda Unida o el Bloco de Esquerda en Portugal) apenas se diferencian en términos de edad, género, ubicación territorial o conciencia de clase, pero que sí hubiera diferencia en que los votantes de la nueva izquierda tienden a estar más cualificados que los votantes de los partidos tradicionales. En el caso español, en un reciente estudio publicado en 2017, Luis Ramiro y Raúl Gómez encontraron que el tipo de votante de Podemos y de IU tenía el mismo perfil, a saber, el de personas progresistas altamente cualificadas. Este tipo de estudios sugiere que la izquierda radical española está menos conectada aún a los perdedores de la globalización. Sus votantes no son los que más sufren.

Por lo tanto, lo que ocurre en España, como en toda Europa, es que el viejo mundo del compromiso de clase y de una clase media que sostiene el Estado Social está tocando a su fin. Con ella, las ilusiones de amplios sectores sociales que se autoconsideraban de clase media se desvanece. Milanovic, en su ya citado libro, considera que en los años ochenta en España había un 34% de personas situadas objetivamente en la clase media, y que en el año 2010 ese porcentaje era del 31%. Una dinámica descendente que se estaría dando en todos los países, especialmente aguda en Estados Unidos y Reino Unido. Por otra parte, la socióloga Belén Barreiro ha tratado este tema en su libro ‘La sociedad que seremos’ y desvela que el porcentaje de personas que se consideran subjetivamente de clase media ha descendido desde el 63,4% de 2007 hasta el 52,3% del 2014, cifras aun significativamente altas.

Y es cierto que las políticas neoliberales han causado esto, pero también es cierto que ha sucedido como respuesta a la propia lógica de un sistema capitalista que por su propia naturaleza es global. El ascenso de políticas proteccionistas de carácter nacionalista, como ocurre con la extrema derecha, hay que entenderlo desde esta lógica de defensa frente a estas amenazas de empobrecimiento. En otros casos la ilusión consiste precisamente en mantener la ilusión, esto es, en prometer a los votantes que volverán los tiempos de antaño y que las llamadas clases medias recuperarán su posición. Como si no existieran los 1.100 millones de nuevos trabajadores chinos e indios o no existiera la coerción de la competencia a nivel mundial. Como si quisiéramos ignorar, en definitiva, que lo que está en juego es el lugar de Europa y sus ciudadanos en el sistema económico mundial.

La izquierda radical española está menos conectada aún a los perdedores de la globalización. Sus votantes no son los que más sufren.

Cómo llegar a las clases populares

Lo importante, a mi juicio, es tener presente que la clase social no es solo una entidad objetiva que puede analizarse en los estudios económicos clasificando a la sociedad a partir de distintos criterios. La clase social es también un constructo social, una identidad, que se va construyendo en la práctica política. La clave es, entonces, cómo se construye clase social o, dicho de otra forma, cómo se consigue unir en un mismo proyecto político a la clase trabajadora que sufre la crisis y la globalización.

Algunas de las propuestas existentes son de carácter discursivo y consisten, fundamentalmente, en adaptar los discursos a las nuevas realidades políticas. Si las estructuras de clase han cambiado, parece evidente que los discursos políticos tienen que adaptarse a esos cambios. Esto es tan obvio que parece insultante tener que repetirlo. El problema es que esto por sí solo no vale. La construcción de relatos o narrativas, es decir, de historias que intentan atraer a una base social es insuficiente. Además, en comparación con los recursos para contar historias de otros partidos de derechas, financiados por los ricos, las posibilidades de éxito se reducen exponencialmente.

La clase social es también un constructo social, una identidad, que se va construyendo en la práctica.

Otras propuestas que se han dado son de ánimo organizativo, como las que sugieren la creación de una cuota obrera que obligue a las organizaciones a tener representantes de esos estratos sociales. Esta idea, recuperada hace poco por Nega y Arantxa Tirado en su libro ‘La clase obrera no va al paraíso’, recuerda la extendida prohibición que existió durante mucho tiempo entre los partidos socialistas respecto a la aceptación de militantes de extracción social burguesa. En todo caso, esta idea sería totalmente innecesaria si las cosas se hicieran bien, es decir, si la izquierda fuera de las clases populares y no solo se limitara a representarla.

La clave, a mi juicio, reside en la práctica material. Y este es un terreno desgraciadamente inexplorado por la izquierda europea actual. Se trata de aceptar que las subjetividades se crean sobre todo en la práctica, y que una organización que reside y está presente en el territorio, o que directamente está situada allá donde se da un conflicto político, es la que consigue convertirse en el instrumento de las clases populares.

Esto es algo que el movimiento obrero del siglo XIX siempre tuvo presente. De hecho, la función principal del SPD era formar a la clase más allá de las instituciones, esto es, en la práctica cotidiana. Como recordaba Antoni Domenech en su ‘El eclipse de la fraternidad’ en esa red se incluían “grandes sindicatos; cooperativas agrícolas; mutualidades; bolsas del trabajo; ligas campesinas; secciones y círculos socialistas y anarquistas; asociaciones deportivas y recreativas; círculos culturales; muchedumbre de periódico e imprentas; casas del pueblo; ateneos obreros; bibliotecas y teatros culturales; universidades populares; escuelas de formación de cuadros sindicales y políticos; cajas de seguro de enfermedad; cooperativas de consumo…”. Los grandes empresarios alemanes tenían absolutamente claro que la fuerza del SPD provenía no tanto de sus votos como de su presencia en la sociedad y de esas vastas redes sociales. El SPD logró el 34% de los votos en 1912 precisamente como consecuencia de esa fuerza. Algo que el fascismo italiano de Mussolini sabía muy bien cuando mandó a los violentos grupos de las camisas negras a destruir el tejido social que el comunismo italiano estaba construyendo en su país.

En la actualidad, cuando nuestro país y toda Europa ha iniciado una tendencia hacia las condiciones laborales del siglo XIX, conviene tener muy presente estas enseñanzas. Y recordar, sobre todo, que la función esencial de una organización política es convertirse en una sociedad alternativa, algo que se consigue siendo parte del tejido social y no solo tratando de representarlo. Si somos inteligentes en la izquierda europea, comprenderemos que la mejor manera de combatir a la extrema derecha, de ganar las elecciones y de poner en marcha un nuevo proyecto de país es precisamente a través del despliegue práctico y material de nuestra organización en todos los espacios de socialización. Y quizás todo empiece por preguntarnos si realmente nuestro objetivo es representar a las clases populares o ser las clases populares.

Perlas informativas del mes de enero 2018

4 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Internacional

Y dale con los rusos

Lo contaba en un tuit Pablo Echenique, seis titulares el día 1 de enero en El País sobre la injerencia rusa, el nuevo espantajo al que señalar.

Rusos en El País
Rusos en El País

Una cosa normal

Los lavaplatos haciéndose dueños de la cadena de restaurantes ( BBC, 8 de enero). Lo habitual. Y más sorpresas en el texto de la noticia. El tipo va con unas alpargatas y sin calcetines al banco a pedir un crédito de 2,7 millones de dólares y se lo dan. ¡A ver si aprendéis!

Pizzero BBC
Pizzero BBC

Foto de familias emigrantes

¿Qué os parece la foto elegida por  El Mundo el 15 de enero para ilustrar la noticia de que Trump deportará a 195.000 salvadoreños?

Salvadoreños
Salvadoreños

Líder y rebelde

En Venezuela, si lanzas granadas desde un helicóptero contra la sede del Ministerio de Interior y el Tribunal Supremo no eres terrorista, eres “líder de un grupo armado” ( eldiario.es, 16 de enero) o “piloto rebelde” ( El País, 17 de enero).

Venezuela líder grupo armado
Venezuela líder grupo armado

El País piloto rebelde
El País piloto rebelde

Mejor las cuchillas

No como nosotros, que solo ponemos cuchillas en la valla de Melilla ( La Vanguardia, 19 de enero).

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La Vanguardia emigrantes

Omitir muertos de un bando

En Telecinco en su informativo del 20 de enero informan sobre la autopsia en Venezuela del piloto militar muerto en un enfrentamiento con la policía. Citan el número de rebeldes muertos, pero no hacen referencia los dos policías que murieron en el enfrentamiento, aparentando así que fue una masacre de fuerzas de seguridad contra desarmados.

Convocan golpe de efecto

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, convoca elecciones y Telecinco en su informativo de noche del 23 de enero dice que “da un golpe de efecto”. Y si no las hubiera convocado dirían que no es democrático.

También humanos

Volkswagen experimentó en Alemania con monos y humanos, pero parece que para algunos lo grave es lo de los monos ( eldiario.es, 30 de enero).

Experimentación con humanos y monos
Experimentación con humanos y monos

España

No se lo pusimos fácil a la pobre

Pues no se lo pondría fácil el apellido, decían en todos los periódicos del grupo Correo, pero por él se llevó una herencia de 600 millones.

Hija de Franco
Hija de Franco

Anécdota

¿Vosotros calificarías de anécdota el hecho de que alguien tirase a Juan Carlos de Borbón por la borda de un yate? Pues si es él quien te tira, sí lo considera así la prensa ( Vanitatis, 11 de eneroOkdiario, 10 de enero).

Anécdota del Rey en Vanitatis
Anécdota del Rey en Vanitatis

Anécdota Juan Carlos en OKDiario
Anécdota Juan Carlos en OKDiario

Gran reportaje sobre nuestro director

No hay como hacer un reportaje alabando el viaje del director de un periódico para asegurarse que hablarán bien en ese periódico de tu reportaje ( El Español, 17 de enero).

El Español, viaje de Pedro J.
El Español, viaje de Pedro J.

Pasar el cepillo para investigar

“LaSexta y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, juntas por el micromecenazgo en investigación” es la noticia de LaSexta el 15 de enero. Es decir, que los proyectos de investigación en España serán previamente seleccionados por una televisión y luego su audiencia entra en internet y pone el dinero. Muy científico todo.

Superado el ABC

Pues yo creo que El País ya ha superado el diario históricamente monárquico ABC.

Superar al Abc
Superar al Abc

Pascual Serrano es periodista. Su último libro es “Medios democráticos. Una revolución pendiente en la comunicación“. Akal. www.pascualserrano.net

No només a Catalunya, Pablo Hasél

3 febrero, 2018

Os dejo por aquí una canción del rapero Pablo Hasél que me gustó hace unos días. La canción se titula en catalán No només a Catalunya (No sólo en Cataluña). Como bien ha reiterado en el juicio reciente en la Audiencia Nacional, van a por toda la clase trabajadora, no es una lucha de banderas sino de clases. Desde aquí, todo mi apoyo a Pablo Hasél y contra la farsa montada estos días en un juicio contra la libertad de expresión que marca nuestra “sacrosanta” constitución que ojalá se aplicara con tanto ahínco como el único artículo que muchos conocerán, el 155.

Hay que decirlo más: Juan Carlos de Borbón ha sido un putero, ha dilapidado dinero público en cacerías y se ha enriquecido millonariamente mientras millones de familias españolas no llegan a fin de mes. Tomemos conciencia para caminar juntos hacia la Tercera República española. #AbsoluciónPabloHasél #PabloHasélLibertad

El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.