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Paz incivil

17 junio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

La historia del siglo XX y la más actual enseña también que las guerras civiles son conflictos de largo alcance, muy difíciles de acabar.

Una calle de Raqqa destruida por los bombardeos.
Una calle de Raqqa destruida por los bombardeos. EUROPA PRESS

La historia de las guerras civiles está cargada de mitos y múltiples explicaciones. Más allá de eso, sin embargo, siempre aparece la misma realidad: las guerras civiles son operaciones quirúrgicas que se saldan con miles de asesinatos, violaciones, exilios masivos y, en los casos más extremos, genocidios.

Pero la historia del siglo XX y la más actual enseña también que las guerras civiles son conflictos de largo alcance, muy difíciles de acabar. Pocas han visto su final en medio de negociaciones y con una aparente conciliación. Lo más común es que terminen con la completa victoria militar de un bando sobre el otro, en una paz acompañada de violencia atroz e incesantes violaciones de derechos humanos.

La paz incivil que siguió a la guerra civil española resulta desde ese punto de vista paradigmática. A partir del 1 de abril de 1939, la destrucción del vencido se convirtió en prioridad absoluta. La cultura política de la violencia y de la división entre vencedores y vencidos, “patriotas y traidores”, se impuso al menos durante dos décadas después del final de la guerra. Los vencidos tuvieron que adaptarse a las formas de convivencia impuestas por los vencedores. La amenaza de ser perseguido, humillado, la necesidad de disponer de avales y buenos informes para sobrevivir, podía alcanzar a cualquiera que no acreditara una adhesión inquebrantable al Movimiento o un pasado limpio de pecado republicano.

Un paso esencial de esa violencia vengadora sobre la que se asentó el franquismo fue la Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939. La puesta en marcha de ese engranaje represivo y confiscador causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda a una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria.

La posguerra fue en España larga, con la negación del perdón y la reconciliación, y con Franco, los militares y la Iglesia católica mostrando un compromiso firme y persistente con la venganza. Franco y los vencedores de la guerra tuvieron la gran fortuna de poder construir su paz en un momento en que casi toda Europa estaba bajo la bota nazi. La situación internacional, en verdad, fue muy propicia para el franquismo, desde sus orígenes hasta el final. Muertos Hitler y Mussolini, a las potencias democráticas vencedoras en la Segunda Guerra Mundial les importó muy poco que allá por el sur de Europa, en un país de segunda fila que nada contaba en la política exterior de aquellos años, se perpetuara un dictador sembrando el terror e incumpliendo las normas más elementales del llamado derecho internacional.

En Siria las cosas podrían ser diferentes y las democracias deberían evitar la paz incivil que pretende y que construirá, sin duda, si tiene la oportunidad, Bachar el Asad. Pero dado el fracaso rotundo de la vía diplomática y el apoyo de Rusia e Irán al dictador, lo predecible es que Siria sufra una victoria absoluta, incondicional, inclemente. Así fue la historia y así parece ser el presente.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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“El orgullo patrio es una absurdez”

12 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los muros físicos se construyen con ladrillos, pero es mucho menos trabajoso erigir los ideológicos: basta con un trapo y un palo. La guerra de banderas que se ha desatado a raíz de la crisis en Catalunya es la semilla que inspiró la nueva recopilación de viñetas de Andrés Rábago (Madrid, 1947). El Roto: Contra muros y banderas (Reservoir Books) es su peculiar interpretación del uso partidista que se ha hecho en los últimos meses de la rojigualda y la estelada.

“Las banderas deberían estar solo en los espacios institucionales. Más allá de eso, el abuso que haga un partido de ella es espurio porque la bandera es de todos”, asegura el veterano viñetista mientras bebe a sorbos muy pequeños su vaso de agua. Sobre la mesa, un par de ejemplares de su libro lucen en la portada una reinterpretación de la célebre Riña de gatos de Goya. En lugar del ladrillo desgastado del original, un felino se posa sobre la bandera española y el otro sobre la senyera.

Aunque todo indique lo contrario, El Roto asegura que “no es un libro específico sobre Catalunya, sino contra la fragmentación”. No distingue entre la repartición del rojo y el amarillo sobre la tela porque, en su opinión, ambas “han dejado de ser símbolos para transformarse en instrumentos de poder, de diferenciación y de separación”.

'Contra muros y banderas'

Dice Rábago que la bandera española no debe tener más función que la de identificar a un país, “como a un navío en alta mar”, pero no ha sido ese su uso desde el pasado octubre. Ahora, buena parte de los ciudadanos españoles identifican la rojigualda con una postura en el debate soberanista con la que quizá no se sientan cómodos. Para El Roto, “es una utilización espuria por parte del Gobierno de un elemento común”, pero también porque “la izquierda ha mantenido esa vieja visión de la bandera como parte del imaginario franquista”.

Lo que es innegable es que el auge de los nacionalismos ha traído consigo una imagen aterradora de banderas ondeantes. En Hungría, Grecia o Austria, la ultraderecha se ha lanzado a las calles enfundada en la bandera del país a la vez que lanzaba consignas xenófobas y supremacistas. En España, el discurso por la unidad también brindó un hueco privilegiado a estos grupos para redoblar y visibilizar su mensaje ultra. “Son las sociedades más débiles las que se reorganizan alrededor de estos símbolos y adquieren identidades impostadas”, explica El Roto.

'Contra muros y banderas'

“El orgullo patrio es una absurdez. Sentirse orgulloso de ser de un sitio en concreto, una estupidez”, asevera. “El orgullo debería surgir por algo más que por un sentimiento de pertenencia. Porque tu nación sea más justa con sus ciudadanos o más culta. Pero ni siquiera eso es atribuible a uno mismo, sino a terceras personas”, piensa el Roto. Contra el “patriotismo de pulserita”, Rábago apela a la voluntad de trabajar por un país a través de nuestro propio comportamiento, no enarbolando una bandera. “¡Robaba, sí, pero pensando en la patria!”, como reza una de sus viñetas.

Las viñetas de la “concordia”

Aunque su opinión sobre el uso partidista de la rojigualda es inclemente, El Roto no es más sutil cuando le toca dibujar sobre el independentismo. Un aguijón de avispa, unas setas alucinógenas o un arcoíris bicolor que se alza en un horizonte de la tierra prometida son algunas de las hipérboles que ha usado en Contra muros y banderas.

“La sátira tiene unos mecanismos caricaturescos que le son propios, como la exageración”, reconoce el viñetista. “Pero no deja de haber algo de alucinógeno en todo esto, sobre todo de manipulación del consciente colectivo. Una hipnosis muy pegadiza”, resume.

'Contra muros y banderas'

Él, nacido y criado en Madrid, asegura que “los temas identitarios no me interesan”, pero que aún así le habría gustado realizar las viñetas desde Catalunya. “Es un asunto que nos afecta a todos, pero allí se vive con mucha más intensidad”, reconoce. En muchas de sus tiras hace referencia al socavón, casi precipicio, que ha generado la incapacidad de comunicarse de los políticos. “¿Y este abismo? Lo cavamos entre tú y yo, ¿no te acuerdas?”, dicen dos figuras negras marcadas con distintas banderas en una de las imágenes.

“Ha habido una dejación por parte del Estado de lo que debería haber sido su trabajo. Al poder central le interesaba ceder este territorio porque esos gobiernos locales le permitían ganar elecciones. No ha tenido en cuenta el interés ciudadano frente al interés partidista de cada momento”, atribuye el dibujante.

'Contra muros y banderas'

Respecto a las posibles salidas, El Roto no se muestra demasiado optimista. “Es un problema de largo alcance. Vamos a tener que convivir con él durante bastante tiempo. Este libro fija una posición y servirá de souvenir de una época que espero que, en algún momento, se convierta en un recuerdo de lo que pasó”, confía. “Es el momento de que la sociedad catalana se sienta acompañada, y todos debemos ayudar a reconducir la situación”.

En su opinión, el “librito”  Contra muros y banderas es su modesto intento de aportar al entendimiento. Haciendo referencia a viñetistas clásicos como Forges, Chummy Chúmez o Máximo, El Roto entiende la sátira como una herramienta “para criticar a los que abusan del poder y acompañar al que está sufriendo”. “Hay momentos en los que tienes que echar una madera al agua donde alguien se pueda agarrar o sentirse en compañía”, dice en referencia al “servicio público” del gremio de la viñeta.

Tampoco pierde la esperanza de alcanzar a los que hoy ondean banderas con tanto convencimiento. “Cuando estás en medio de una corriente de opinión poderosa, debes de ser muy, muy fuerte para mantenerte al margen”, admite. Con sus breves aforismos y el lenguaje visual de sus gruesas pinceladas, El Roto aspira a “elevar el pensamiento común” y a evitar que los poderosos “nos conviertan en sus banderas”.

La patria de Albert Rivera

9 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Albert Rivera admira a Lincoln, Luther King o Kennedy y le gustaría convertirse en el Macron español. Sueña con que su plataforma ‘España Ciudadana’ le lleve a la Moncloa como ‘En Marche!’ convirtió al joven político en el presidente de la República francesa.

Macron, como Rivera, se presentó como el único candidato capaz de superar las diferencias entre derecha e izquierda. Un año después se ha demostrado que tenía razón la BBC cuando definió al mandatario francés como un “populista de centro”. Repasando sus primeras medidas podría añadirse que de un centro cada vez más a la derecha.

Más semejanzas: el líder de ‘En Marche!’ era el preferido de las élites francesas como Rivera lo es de las altas esferas españolas, incluso de aquellas a las que su discurso del pasado del domingo les pareció excesivo. El plumero populista se exhibió hasta el punto de incomodar a algunos asistentes y las lágrimas por España de Marta Sánchez más que emocionar provocaron sonrojos de vergüenza ajena.

Hace un tiempo el líder de Ciudadanos presumía de que su partido no tiene “medios de comunicación ni intereses económicos de cabecera”. Un rápido repaso a la hemeroteca y a las tertulias televisivas permite desmontar esa afirmación. Aunque su triunfo también se explica por una capacidad de oratoria envidiable, por la errática estrategia de Pedro Sánchez y por los autogoles del PP y de Podemos. Todo le ha ayudado a ser el político con más y mejores padrinos de España.

Ahora bien, la misma hemeroteca es la que empieza a situar a Ciudadanos frente al espejo, ese que acaba de colocar a Pablo Iglesias ante sus propias contradicciones.

Rivera es quien aseguró que si un partido tenía imputados ni se molestase en levantar el teléfono. Pero Ciudadanos no solo coge las llamadas sino que ha permitido que el PP de la Gürtel y la Púnica, por citar los dos principales casos, siga gobernando la Comunidad de Madrid.

Como buen orador, el líder de Ciudadanos es autor de frases lapidarias. “No vamos a criminalizar ni a hacer un cordón sanitario a ningún partido”, prometió Rivera. Claro que ha dicho eso y lo contrario: “Todo lo que sea dejar fuera a los partidos nacionalistas de los pactos de Estado nos parece bien”.

Otra de las virtudes de Rivera es la capacidad de adaptar su discurso y estrategia según convenga. Puede desdeñar la huelga del 8-M por ser “anticapitalista” y a la vez  apuntarse el éxito de la manifestación feminista. Es más, incluso es capaz de echarle en cara a Rajoy que haya “minimizado los problemas de las mujeres”.

Rivera promete una España en la que las naciones que conviven o malviven en ella renunciarán a serlo solo porque él lo diga. En una de sus reflexiones más aplaudidas, Macron afirmó que las democracias europeas deben escuchar la cólera del pueblo para evitar que caigan en brazos de los populismos autoritarios. Escuchar la cólera no es alimentarla. Y eso es lo que está haciendo Ciudadanos.

Carta abierta a Jordi Cuixart

8 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

 Jordi Cuixart

Presidente de Òmnium Cultural

Módulo 10

Centro Penitenciario Madrid V

28791 Soto del Real (Madrid)

Estimat Jordi,

Te agradezco mucho tu amable carta de hace unos días, en respuesta a mi artículo en eldiario.es. Me encantaría poder darte las gracias en persona, pero sigues injustamente privado de libertad y de los derechos más elementales.

En mi artículo me refería a las nueve mujeres y hombres que lleváis meses en prisión preventiva. Esta carta va a tu nombre, pero podría ser igualmente dirigida a Jordi Sánchez, Joaquim Forn, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Carme Forcadell, Josep Rull, Dolors Bassa y Raül Romeva. Te agradecería que hicieses llegar mis palabras a Jordi Sánchez, con el que compartes prisión.

Escribí aquel artículo para denunciar una injusticia, pero también por comprobar si de verdad el rechazo a vuestro encarcelamiento es tan minoritario en la sociedad española como puede parecer a primera vista. Quiero que sepas que, tanto en público (en redes sociales) como en privado, son muchos los que me han expresado la misma mezcla de indignación y vergüenza por un encarcelamiento tan prolongado y sin sentido (o cuyo único sentido es castigar y humillar a adversarios políticos y lanzar una advertencia).

Sé que recibís muchas muestras de solidaridad, que espero alivien algo la dureza de la vida en prisión. Sin hablar en nombre de nadie, me atrevo a hacerte llegar, a ti y a tus compañeros, la solidaridad de muchas personas que en España compartimos esa indignación y vergüenza. Y estoy convencido de que seríamos muchos más si la propaganda de confrontación no os hubiese criminalizado y, aún peor, deshumanizado, convertido en “el enemigo”.

Sobran las razones para rechazar vuestro encarcelamiento, y deberían ser válidas para cualquiera con independencia de su posición política. Razones de justicia, en primer lugar, como señalan muchos juristas dentro y fuera de España. Razones humanitarias, por vosotros y por vuestras familias que sufren las consecuencias de una separación tan prolongada, obligados a largos desplazamientos y denigrantes visitas carcelarias. Y razones políticas, porque con independencia de la ideología de cada uno, vuestra prisión pospone cualquier solución del conflicto, agrava la crisis de la democracia española y está deteriorando alarmantemente la convivencia.

En tu carta añades un motivo que a mí me preocupa especialmente: como dice la campaña de varias entidades, “Mañana puedes ser tú”. La deriva represiva en España degrada la democracia y amenaza los derechos y libertades de todos.

Lo pensé al recibir tu carta: es la primera vez que tengo correspondencia con un encarcelado, y temo que no vaya a ser la última. Hace un par de años comentaba en broma cómo la agenda de contactos de mi teléfono se había llenado de repente de concejales, diputados y dirigentes políticos. No porque hubiese cambiado de amistades, sino porque muchos de mis conocidos habían pasado de los movimientos sociales a la actividad política e institucional. El nuevo tiempo se reflejaba en la agenda de mi teléfono.

En los últimos meses mi agenda de contactos incluye cada vez más detenidos, denunciados, imputados, multados, y ahora también encarcelados. No porque haya cambiado de amistades, sino porque muchos de mis amigos, vecinos, compañeros y conocidos ya han sufrido esa deriva represiva por haber participado en una manifestación o una huelga, detenido un desahucio o, como es tu caso, defender tus ideas políticas.

El “Mañana puedes ser tú” es demasiado optimista: digamos más bien “Hoy puedes ser tú”. La regresión democrática es una realidad, y si no denunciamos vuestro encarcelamiento y exigimos vuestra libertad, nos convertiremos en cómplices.

Termino haciendo mías tus palabras en defensa de la democracia, el diálogo y la construcción de puentes y espacios de encuentro. De la misma forma que muchos compartimos el rechazo a vuestro encarcelamiento, también creo que somos muchos los que apostamos por soluciones políticas a problemas políticos. Para que sea posible, os necesitamos fuera de la cárcel, hoy mismo.

Te envío una forta abraçada, que espero poder darte en persona muy pronto,

Isaac Rosa

La España que no ama Albert Rivera

3 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Tenemos un político, con aspiraciones a presidir el gobierno, que solo ve españoles allá por donde camina. Las bromas sobre su visión de la realidad -ni rojo, ni azul; ni viejo, ni joven; ni trabajadores, ni rentistas- no deben enmascarar el profundo problema: Albert Rivera solo ve españoles de su cuerda. Los que le caben en su mirar de un solo ojo profundamente derecho como evidencian sus palabras y  sus decisiones políticas. Rivera ha reeditado el discurso del fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera. Y ha asustado hasta a sus mentores. Lo lanzó en un acto que tuvo su momento culminante, nos dicen,  con Marta Sánchez y “los versos que ella misma ha puesto a la Marcha Real”. Es como si todo fuera una versión de segunda mano del más antiguo y nefasto ultranacionalismo de siempre.

Es doblemente trágico en un momento en el que la derecha revienta por el PP y su nuevo detenido de peso: Eduardo Zaplana. Seguro de su triunfo (demoscópico), Rivera ya manda. Manda hasta incorporar delitos de ingeniera legal. Anticipatorios. O ampliando, por la brava, el artículo 155 de control al gobierno electo de Catalunya.  Pedro Sánchez en nombre del PSOE, se ha apuntado con fruición. Y al PP no hace falta animarle. Lista la gran coalición con la que soñaban los poderes del sistema. Se suelta tinta de calamar desde las cloacas del Estado contra los obstáculos – con motivo o sin él- y aquí gloria y después guerra.

Los expertos, sociólogos y politólogos, apuntan dos causas principales de este aparente viraje de la sociedad española hacía las posiciones retrógradas que acaudilla Rivera. La primera, que muchos lo ven como lo han vendido: de centro derecha, más a la izquierda del PP. Que ya es usar el modelo de Gafas Naranja. Y la otra, fundamental, que lleva a preguntarse: “ ¿Puedo mantenerme fiel a mi ideología o puedo votar por una vez a Ciudadanos para defender mi identidad”.  Esto se da, principalmente, entre votantes del PSOE, que han descubierto en su alma una bandera rojigualda de bandas anchas que lo tapa todo. Les oyes y parece que les va la vida en ello. Como a Ciudadanos y a PP.

Desde hace meses se advierte que el gran triunfo del “a por ellos” y, por tanto de Ciudadanos, está basado en llenar identidades perdidas o no halladas. En la necesidad de un sentido de pertenencia. Al margen de un notable rechazo hacia los diferentes. Vamos, lo que es todo nacionalismo excluyente. Todo. Pero cuesta creer que personas progresistas compartan la idea de España que abanderan Rivera o Cospedal como máximos exponentes del movimiento.

Es la España de los novios de la muerte, los toros, el eterno cerrado y sacristía, las banderas y los himnos. A los que se ha sumado Marta Sánchez , con sus “ versos” de fin de curso en Colegio concertado, gran aportación de 2018. La España de hacer la vista gorda a las trampas, a la desigualdad, a nada que perturbe el “así ha sido toda la vida”.

Con suerte, los  “patriotas civiles” –en definición de otra potente ideóloga del movimiento: Inés Arrimadas-  se pasan a la España de Campofrío, a lo alegres que somos.  A que nos dan las tantas en la calle.  A que compartimos un plato entre muchos. Aunque los mismos miren para otro lado al conocer las carencias reales de esos 10 millones de personas que en España viven bajo el umbral de la pobreza. Aunque otros se lo quiten de la boca y lo compartan fuera de los focos. Así somos. Como la mayoría de los pueblos.

Lo prioritario es la unidad –que renquea desde el nacimiento de España como nación- a la fuerza y sin condiciones.  Nos encontramos en pleno pulso suicida. Una cerrazón histórica –mutua- en busca de réditos electorales ha desembocado en un monstruo incontrolable ya, y que no lleva signo alguno siquiera de rebobinarse al menos hasta el aciago día en el que Rajoy llegó a la Moncloa.

En España hay viejos y jóvenes, mujeres a no excluir de los listados, y una notable diversidad de culturas y colores de piel.  Bastante más enriquecedora que la uniformidad que buscan. Más aún, hay zotes a barullo y gente inteligentísima. Personas honradas y auténticos forajidos. Mujeres y hombres  solidarios y generosos, y… políticos como muchos de los que ahora copan grandes espacios del escenario.

Nacer en un lugar o en otro es una cuestión accidental. De las definiciones de patriotismo clásicas, comparto la de George Bernad Shaw: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es  superior a todos los demás porque tú naciste en él”. Y ése es todo el argumento. Es cierto que a muchas personas, a la mayoría, el lugar donde se ha nacido y crecido les crea potentes lazos afectivos, vinculados a su desarrollo como seres humanos.  Pero de ahí, a construir todo un edificio de caracteres y superioridades sin tino va un trecho.

Nos están volviendo a vender una España de catálogo costumbrista y no la que empezaba a crecer. Una España abierta, con imaginación y creatividad. Con una capacidad de improvisación inigualable, debido a la falta de planificación previa concienzuda, en su caso. Siempre de una forma relativa, porque el peso de la España inamovible siempre se pega a los cimientos.  Y de abiertos y creativos tienen bien poco.

En la España que nos venden somos campeones en tolerancia a la corrupción. En autocomplacencia.  Lideramos la nueva lacra de los trabajadores pobres  que acaba de descubrir, aterrada, la Francia que salió de Manuel Valls para entrar en Emmanuel Macron. Compartimos con Hungría o Polonia leyes autoritarias que abochornan. Tenemos condenados por cantar. Encarcelados durante largo tiempo en prisión preventiva y privados de sus derechos por hacer política. Bajo delitos que varios países no consideran tales y por eso no entregan a los que se fueron. Por mucho que insistan como hace el juez Llarena.

Llevamos camino, como los EEUU de Trump, de un Hagamos grande España otra vez, la de la pandereta y el autoritarismo que tantas  veces ha acabado mal. Cuando podríamos  hacer una España habitable y prospera de la que sentirse orgulloso de verdad. La que, desde la Justicia a menudo obstaculizada, ya obtiene logros en su lucha contra la corrupción. La que se vuelque por la ciencia en lugar de frenarla. Por la cultura, que tanto nos ha dado a pesar de las trabas. Por la educación que es el auténtico punto de apoyo de toda sociedad civilizada. Por los ciudadanos libres y conscientes. Una España que ría, escriba y cante sin miedo. Que respete a las personas en lugar de intentar embrutecerlas para usarlas. Que no se empecine en tomarnos por idiotas. Que apueste de una vez por la decencia y erradique a tanto miserable que pudre hasta las entrañas del Estado. Por la cooperación. Por el entendimiento. Que no frene el progreso apenas lo ve despuntar. Que se quite la caspa y la gomina, o, al menos, no la imponga como modelo. Que aviente la envidia y el odio.

En pocas palabras, la idea de España que yo y muchos otros amamos, no es la España de Albert Rivera. Pero múltiples fuerzas apuestan por ella y contra nosotros.

“El independentismo no es una enfermedad, es una preferencia política”

2 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) es profesor de Ciencia Política la Universidad Carlos III. Está a punto de publicar un nuevo libro. La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana (Catarata). Nos encontramos en la cafetería de un hotel del norte de Madrid

Jordi Amat contó que Josep Lluís Carod-Rovira, entonces vicepresidente del Gobierno tripartito en Cataluña, se encontró al expresident Pujol tras solucionar el contencioso del Archivo de Salamanca, y le preguntó si estaba contento. Pujol respondió: “Es un desastre. Las heridas tienen que estar abiertas para que supuren”. ¿Es esa la base del nacionalismo?

No; esa sería una visión reduccionista del nacionalismo. Es necesario distinguir entre nacionalismo de Estado y nacionalismo sin Estado. El primero tiene muchos recursos para proteger a la nación; el Estado español para proteger a la nación española, no necesita recurrir al victimismo. En el segundo caso es más difícil porque la nación se encuentra en una posición vulnerable ante el Estado y hay tendencia a desarrollar cierto victimismo porque es un instrumento de movilización. Pero sería una simpleza reducir el nacionalismo a victimismo.

Entre el 47% de independentistas catalanes, según los datos de las últimas elecciones, debe haber personas convencidas y otros que se sienten atacados e insultados. ¿Podrían recuperarse con otro tipo de política y otro tipo de lenguaje desde Madrid?

Es evidente. El independentismo no es una enfermedad, es una preferencia política y, por lo tanto, sensible a las circunstancias en las que se desarrolla. Es indudable que si el Estado español ofreciera una alternativa más atractiva que el actual statu quo sería relativamente fácil desactivar a los menos incondicionales, a los independentistas sobrevenidos que han reaccionado así ante la actuación del Estado, que a mi juicio ha estado dominada por la intransigencia y el cerrilismo. Conscientes del coste que tiene la independencia estarían dispuestos a aparcarla unos años o un tiempo indefinido. Recordemos que el statu quo actualmente consiste en la suspensión de la autonomía, 37 procesos judiciales abiertos, varios de sus líderes en la cárcel y otros fugados en Bélgica.

Además de una reforma de la Constitución, que no parece fácil con el PP, existen otras medidas que no requieren una reforma constitucional, pero desde el Gobierno central no hay una sola iniciativa que vaya más allá del “no”.

Es una pregunta crucial por lo siguiente. Mucha gente piensa que es un problema de reglas, que tenemos un sistema constitucional que no ofrece espacio suficiente a las reivindicaciones nacionalistas de Cataluña. Esto no es necesariamente así. El principal problema de la democracia española no está en sus instituciones sino en cómo ejercemos la democracia en el día a día, y ahí hay una responsabilidad muy grande, no solo el gobierno sino también del Tribunal Constitucional, de los tribunales de justicia, de los grandes medios de comunicación, y de buena parte de la sociedad civil. En la Constitución cabe mucho más de lo que imaginamos. El problema es que se ha impuesto una interpretación estrecha del problema nacional. La clave del desbloqueo en Canadá fue que su Tribunal Constitucional dijo que la Constitución no era solo unas reglas escritas, era el texto y los principios que subyacen y le dan sentido. Entre esos principios cruciales están el de legalidad y el democrático. El Tribunal dijo que había que conciliarlos. Esto se podría hacer en España con la Constitución que tenemos. Nuestras élites políticas, intelectuales y jurídicas siguen empeñadas en sobreponer el principio constitucional al principio democrático sin permitir un espacio de compromiso entre ambos. No es un problema de reforma constitucional, que no la va a haber porque la derecha la vetará. La cuestión es que no hemos sido capaces de proporcionar una lectura abierta de la Constitución que permita un ejercicio de la democracia más inclusivo. Ese es el drama de la democracia española.

Da la sensación de que la democracia ha ido menguando en estos 40 años.

Sí, ha ido menguando. Bastaría con regresar al espíritu pactista de la Transición para desactivar la crisis catalana. Desde los años 90 hasta aquí —esto sería una historia interesante de reconstruir— hemos ido retrocediendo. Hoy tenemos un sistema más estrecho y cerrado del que teníamos a finales de los 70.

¿Ha participado la izquierda en ese retroceso?

Hasta cierto punto, la izquierda ha sido seguidista del neoespañolismo impuesto por el PP en los años 90. No ha sabido crear un discurso alternativo. El origen está en la estrategia política que propuso Aznar que se basaba en una defensa orgullosa de la nación española como orden democrático abierto integrado en Europa frente a los llamados nacionalismos periféricos, que a su entender son sociedades cerradas, excluyentes, supremacistas y todos los adjetivos ominosos que uno quiera poner. Según esa lógica, solo defendiendo a la nación española se pueden combatir las amenazas a la democracia que proceden de la anti-España. La izquierda no ha tenido un discurso propio, como se ha visto en la crisis catalana y como se vio mucho antes. No encuentra un marco conceptual en el cual se denuncie (o se defienda) el nacionalismo español en los mismos términos en los que se denuncian o defienden los nacionalismos periféricos. Hay un seguidismo en la crisis de otoño de 2017 cuando el PSOE no se atreve a poner condiciones por su apoyo al PP. Y en cuanto Podemos ve que la opinión pública no sigue sus ideas, adopta una posición discreta en la crisis catalana. Lo que ha quedado sin voz en esta crisis es la denuncia del nacionalismo español y sus excesos antidemocráticos. De los excesos del nacionalismo catalán hay toneladas de palabras escritas.

¿Ha perdido Pedro Sánchez gran parte del impulso que tenía después de su segunda elección como secretario general del PSOE? Podemos ha quedado atropellado. El gran triunfador es Ciudadanos.

No soy capaz de explicar bien la reorganización interna en el bloque de derechas. Puede que haya un impacto de la corrupción en el PP, que la acumulación de casos lo haya dejado como un partido insolvente ante los electores. La izquierda ha quedado en mala posición, pero ya venía de antes. Escribí en Infolibre un artículo en octubre de 2016 que se titulaba “Un nuevo desencanto”. En él anticipaba que era inevitable que la desunión entre PSOE y Podemos generara un desencanto en la izquierda, como el que produjo en los últimos años de la Transición. Los votantes progresistas se han ido desanimando vista la impotencia de izquierda para revertir la situación política y echar a Rajoy. Ese desánimo se acelera e intensifica en la crisis catalana.

Ciudadanos arrastra fama de estar inflado en las encuestas, pero en Cataluña las encuestas coincidieron con el resultado. No sé si es extrapolable a toda España. El CIS confirma que una parte significativa de votantes del PP se está pasando a Ciudadanos. Aunque no está claro cuál es su programa, tiene un discurso contundente contra la corrupción aunque en Cataluña es más duro que el del PP.

Esto puede sonar un poco provocador: la prioridad absoluta para España es desprenderse del Gobierno corrupto de Mariano Rajoy. Aunque pudiera reemplazarlo un partido que no me gusta demasiado, como Ciudadanos, me parecería positivo. Cualquier cosa que suponga echarlos del poder es positivo y saludable para la democracia española. Si la única alternancia posible pasa en estos momentos por Ciudadanos, pues mejor Ciudadanos que continuar con Rajoy.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.
Sánchez-Cuenca. MARTA JARA

¿Se puede aprender algo del proceso político en el País Vasco?

La experiencia vasca después del plan Ibarretxe es lo que le da mucha confianza al Gobierno central de poder superar la crisis catalana. En los momentos malos en los que ETA asesinaba a representantes políticos se produjo la ofensiva soberanista del PNV, que llega a su máximo en el 2004-2005. Se desactiva rápidamente sin necesidad de una crisis interna en el PNV. El gobierno de Rajoy cree que en el caso catalán puede suceder algo similar, aunque tardará tiempo. Una vez que los independentistas catalanes abandonen la tentación unilateralista, el movimiento no podrá mantener la cohesión y se romperá, evolucionará, como sucedió en el País Vasco, hacia un autonomismo reivindicativo exigente, pero dentro de la Constitución.

¿Se puede decir que lo que estamos viviendo no es tanto un problema catalán, sino la consecuencia de un problema español, de que es España lo que está mal diseñado?

El error más frecuente en la crisis constitucional catalana es que casi todos hablan como si lo que hicieran los líderes catalanes no tuviera relación con lo que hace el Gobierno de Madrid, como si el Gobierno de Rajoy, por el hecho de sentarse a esperar, no tuviera una responsabilidad. No es un problema solo de Cataluña ni solo de España, es un problema de ambos, de cómo encajan y respetan el principio democrático. En España no hay una actitud suficientemente respetuosa hacia las demandas de independencia, que en Cataluña son numerosas, fuertes y constantes en el tiempo, pero tampoco los independentistas catalanes han mostrado mucho respeto por el principio democrático y han intentado avanzar por la vía unilateral teniendo menos de la mitad del apoyo de la población. Hasta que las dos partes no se comprometan a actuar con pleno respeto a lo que son las reglas y los principios filosóficos de la democracia, el conflicto se enconará y se desarrollará por vías judiciales y de desobediencia institucional. Lo que hace falta es que las dos partes asuman cuál es la forma democrática de comportarse cuando el sujeto político está en cuestión. España no reconoce que en Cataluña el sujeto político, que se llama “el demos”, está cuestionado. Y los independentistas catalanes no aceptan que Cataluña está dividida en dos mitades más o menos parecidas.

La educación es uno de los fracasos en estos 40 años. No hemos sido capaces de crear un sistema educativo eficaz y estable. Pero tampoco hemos sabido educarnos en la tolerancia y en el respeto a la diferencia.

Ahí hay un déficit importante de la democracia española. Robert Fishman lleva tiempo insistiendo en que nuestra democracia es poco inclusiva. Pero volviendo a lo que decíamos antes, que había más tolerancia política en la época de la Transición y en los primeros años de democracia que ahora. ¿Por qué hemos retrocedido tanto? La respuesta ha de ser especulativa, porque no contamos con una respuesta científica. Una respuesta posible podría ser que ha sido la reactivación del nacionalismo español a partir de los primeros gobiernos de Aznar lo que ha desbaratado el clima de tolerancia política que hubo en España tras la muerte de Franco y que se mantuvo en buena medida durante casi toda la etapa de Felipe González.

¿Es imposible de recuperar con este Gobierno?

Es muy difícil, porque la intolerancia va más allá del Gobierno; se encuentra en los jueces, en el Tribunal Constitucional, en los medios de comunicación. La propia sociedad civil ha perdido tolerancia. No son edificantes las actitudes que hemos visto en estos meses con respecto a lo que estaba sucediendo en Cataluña. También hemos visto episodios poco edificantes en Cataluña. Debemos plantearnos por qué hemos perdido nervio democrático en estos años.

¿Qué culpa tienen los medios de comunicación?

Los medios de comunicación han tenido en la crisis catalana una actuación lamentable, ha sido un periodismo de trinchera, beligerante y destinado a introducir tensión y polarización entre Cataluña y España. Me parece horrible que se haya extendido la expresión “golpe de Estado” para referirse a lo que es una crisis constitucional. En los medios catalanes también ha habido toda clase de excesos. Me parece injustificable que en los medios catalanes pudiera leerse que España es un sistema autoritario o neofranquista. Ni ha sido un golpe de Estado la crisis constitucional catalana ni España es un sistema autoritario, hay déficit democrático en ambas partes. Ahí los grandes medios de comunicación no han estado a la altura. En España se ha estrechado mucho el espectro ideológico. El País es indistinguible en el tratamiento del asunto catalán de ABC o El Mundo. Si hiciéramos un test ciego de titulares y le dijéramos al ciudadano, “tienes que adivinar a qué medio corresponde”, no sería capaz de saber si es de El País, El Mundo o ABC. Entre los nuevos medios de comunicación, están Eldiario.es, Infolibre, Público , CTXT y otros pequeños que no tienen masa crítica suficiente para corregir las inercias que se han creado con la crisis catalana, y que son muy poderosas.

¿Y los intelectuales?

De los intelectuales ya he hablado bastante en otras ocasiones. Ver a intelectuales catalanes hablar del nacionalismo catalán como si fuera un fenómeno nazi, o del “supremacismo catalán”, dado por supuesto que el nacionalismo es incompatible con la democracia, resulta penoso.  He recopilado una larga serie de textos de intelectuales en estos meses que muestran que no están actuando como intelectuales sino como tertulianos políticos. De nuevo, si hiciéramos un test ciego, no sería fácil distinguir lo que escribe Federico Jiménez Losantos en El Mundo y de lo que dice Félix de Azúa en El País, por poner un ejemplo.

Uno de los problemas estructurales que tenemos, y que va más allá del franquismo, es la incapacidad de saber pensar fuera del marco. Más aún en el caso de Mariano Rajoy y Soraya de Santamaría que son opositores. Aprenden un temario y todo lo que no esté en él no existe. Su temario actual es la Constitución.

Antes hablamos de la falta de tolerancia. En España también hay un legalismo asfixiante en la práctica democrática. Se retrotrae a la ley para la Reforma Política de 1976 redactada por Adolfo Suárez, que presidía un gobierno franquista. En ella se equipara la democracia con el respeto a la ley, y así se mantiene hasta hoy. Es evidente que el respeto a la ley es fundamental en todo el sistema democrático, pero la democracia es mucho más que el respeto a la ley, la democracia es un principio de igualdad política y de autogobierno colectivo. La ley puede entrar en conflicto con los ideales democráticos, y ahí es donde necesitamos salir del marco y pensar en términos más amplios qué tipo de democracia queremos tener. La presión que hace la derecha nacionalista en España para entender la democracia como respeto a la ley, arrastra y atemoriza a los demás partidos. Cuando el Parlamento catalán fue en 2014 al Parlamento español para pedir que se le delegara la competencia de celebrar una consulta, las respuestas de Rajoy, Rubalcaba y Rosa Díez fueron idénticas: ‘La democracia es el respeto a la ley, la Constitución no admite una consulta en Cataluña, por lo tanto, ustedes vuélvanse por donde han venido porque no hay nada que hablar al respecto’.

Casi nadie piensa en una solución creativa, por ejemplo, una reforma de reparto fiscal.

Hay muchas cosas que se podrían hacer dentro de la Constitución. Lo que podríamos llamar el establisment o las élites españolas se han ido cerrando a medida que se profundizaba la crisis porque veían que había la posibilidad de cambio. Han generado una dinámica de ensimismamiento en la cual cualquiera que no comparta sus premisas deja de ser “uno de los nuestros”, queda excluido como “podemita”, “independentista”, insurreccional o provocador. Es muy difícil establecer diálogo con un establisment que es extraordinariamente cerrado, que no reacciona ante las demandas que vienen de la sociedad. Esto se vio con los desahucios. Hasta que no hubo una marea popular y el asunto se les vino encima, no quisieron reconocer que el problema de los desahucios existía en España.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.

Gran parte de esa élite económica ha salido en los distintos sumarios de la corrupción. Están vinculados al poder político. Lo que está en juego es un negocio.

En el informe sobre la democracia española, que publica anualmente la Fundación Alternativa, hay una encuesta que se realiza a expertos con 57 preguntas sobre lo que funciona bien y lo que funciona mal en nuestra democracia. Obviamente suspendemos en corrupción, pero aparte de eso, el suspenso se produce en aquellas preguntas en las que se le pide al experto que indique hasta qué punto las élites políticas son permeables a las demandas ciudadanas. Ahí es donde suspendemos año tras año. Hay una especie de ensimismamiento que aísla a la élite de las demandas populares y es lo que hace que la democracia española funcione mal, y eso no depende de la Constitución ni se cambia con una reforma, sino que depende del ejercicio de la democracia en el día a día. Ahí es donde tenemos un déficit enorme. También suspendemos en pluralidad en los medios de comunicación. Son las tres asignaturas pendientes de la democracia española y no tiene visos de resolverse a corto plazo.

Por qué tanto miedo de esa élite a Podemos si su programa económico es el del PSOE en 1979.

Hay que decir que Podemos se ha buscado sus desgracias cuando generó expectativas enormes de cambio en la sociedad española en 2015 y 2016. La gente tenía necesidad de saber que su voto valía para algo, pero Podemos puso trabas a un acuerdo con el PSOE; este las puso también, por supuesto. Cuando la izquierda se queda como una opción testimonial, que no sirve para desalojar al gobierno corrupto del PP, pese a que tenía los números para ello, la gente se retrae. Podemos ha tenido impacto en los municipios e indirectamente en las autonomías, pero tuvo la posibilidad de desalojar a Rajoy y no la aprovechó. No fue responsabilidad única de Podemos, también del PSOE. De ahí procede el desgaste paulatino de la izquierda que se ha acelerado en la crisis catalana.

Tras las elecciones de diciembre de 2015 se perdió la oportunidad de un Gobierno formado o apoyado por PSOE, Podemos y Ciudadanos. En algún momento pareció posible, un Gobierno de regeneración. Había un sector de Podemos que estaba a favor de la abstención. Era una situación ganadora, estar de alguna manera en el gobierno y en la oposición. Y al final Podemos se decidió por el “no”. ¿Ha sido su mayor error?

Ese ha sido el mayor error de Podemos. Sobrestimó sus fuerzas, pensó que iba a seguir creciendo y se permitió el lujo de unas segundas elecciones que no salieron como esperaban. De ahí viene el desgaste que observamos mes a mes y que no tiene porqué ser irreversible. Se puede corregir, pero lo tiene difícil porque mucha gente piensa que si no sirvió para cambiar el gobierno, para qué votarle ahora. Los más ideologizados van a seguir votando Podemos, pero para aquellos que estaban indignados por las injusticias de la crisis, jóvenes que nunca habían votado antes y que tenían una relación por construir con la política, ha supuesto una decepción. Desde la primavera de 2015 empecé a decir que Podemos y PSOE tenían que llegar a un entendimiento porque la situación pestilente del gobierno, desde el punto de vista democrático, requería una intervención urgente.

Antes de aquellas elecciones de diciembre de 2015 había buen rollo entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. Se vio en la entrevista que les hizo Jordi Évole. Parecían dos jóvenes que venían a regenerar España, uno desde la derecha y el desde otro la izquierda.

Me acuerdo de aquella entrevista. Évole les preguntó por políticas concretas; ahí es más fácil estar de acuerdo. En cuanto vas a asuntos en los que operan a los principios ideológicos, se rompen las vías del entendimiento. Aquel buen rollo fue un espejismo porque Podemos y Ciudadanos están destinados a no entenderse.

Ahora tenemos un Podemos con problemas, un PSOE con problemas, un PP que cree que no los tiene y un Ciudadanos que se siente el rey del mambo.

Podemos y los partidos nacionalistas catalanes han ofrecido al PSOE un cheque en blanco para gobernar. Si el PSOE presenta una moción de censura, Podemos, Esquerra y la antigua Convergència i Unió votarán a favor de Sánchez a cambio de nada. Ya no está el referéndum sobre la mesa. La respuesta del PSOE ha sido de un cierto nerviosismo porque coloca a Pedro Sánchez en una tesitura delicada; por una parte dice que quiere llegar a pactos de Estado con el PP, pero por otro lado prometió a sus bases que la prioridad iba a ser desalojar a Rajoy del Gobierno.

¿Ha perdido Sánchez en la crisis catalana el impulso que le dio su elección a través de las bases?

Es demasiado pronto para saberlo. No comparto la reacción del PSOE en la crisis catalana, pero la entiendo porque su opinión pública, sus votantes, su electorado, no estaba por la labor de hacer de oposición al gobierno en la crisis catalana. Los líderes del PSOE se han dejado llevar por lo que indicaban las encuestas. La crisis catalana, con todo, no va a durar siempre. De lo que se trata ahora es de que intenten retomar las promesas iniciales. Algunas de las propuestas que están realizando son un poco extrañas, como la del impuesto a la banca para financiar las pensiones. Está bien que tenga ideas para reforzar el sistema de pensiones, pero su prioridad deberían ser los jóvenes, que es donde tiene un agujero enorme. La de perdonar las tasas universitarias a los estudiantes de primer año es una medida poco redistributiva, lo es mucho más poner el énfasis en la educación infantil y la de 0-3 años. Son medidas erráticas donde no hay un mensaje claro que indique por dónde quiere ir el partido.

Podemos han sido muy buenos leyendo la realidad, pero no tanto en articular propuestas.

Claro, ese es el principal déficit que tiene. Vengo insistiendo desde primavera del 2015 en que Podemos y PSOE son complementarios. Podemos ve con mucha más claridad que el PSOE cuáles son los problemas, por dónde van las nuevas tendencias, qué demandan los jóvenes, pero sigue siendo flojo en políticas concretas, en qué hacer con el poder si alguna vez lo llega a tener. El PSOE tiene una experiencia de gobierno enorme, muchísimos cuadros técnicos muy valiosos, pero parece haber perdido contacto con la realidad. La unión entre ambos les permitiría superar sus déficits, permitiría a Podemos resultar un partido más atractivo en cuanto a las políticas a realizar, y al PSOE lo haría más fresco. Pero no parece que esa sea la vía a la que nos dirigimos, cada uno de los partidos sigue bastante enrocado y sangrando por su propia herida. En el caso del PSOE porque sigue sin conectar con las clases emergentes urbanas y en el caso de Podemos, porque hay muchos votantes no especialmente ideologizados que pueden pensar que Podemos tiene razón en sus denuncias pero que es muy difícil saber qué van a hacer si llegan al poder. Los fundadores y dirigentes de Podemos son muy buenos en todo lo que es la estrategia política, pero nunca han sido tan buenos en el dominio de las políticas públicas (especialmente las económicas), y no han hecho mucho por cubrir ese flanco.

Los últimos casos judiciales parecen demostrar que no tenemos clara la división de poderes.

Cuando a nuestros políticos se les llena la boca con la división de poderes entre el judicial y el ejecutivo hay que recordar lo que dicen los estudios al respecto. Los Consejos del Poder Judicial de los países de la Unión Europea han realizado un estudio, que se repite cada varios años, en el que se entrevista a una muestra representativa de jueces en cada país. Se les pregunta por la forma en la que se protege la independencia judicial, si se respeta el reparto natural de los casos, si van al juez natural o se desvirtúa el proceso, si existen presiones políticas. Si tomamos los 15 países de Europa Occidental, España es el peor en todos los indicadores. No he visto que  ningún medio de comunicación español hable de ello ni que los partidos intenten sacarlo en el debate político. Es un dato muy preocupante. Tenemos los peores resultados en separación de poderes e independencia del poder judicial en Europa Occidental. Si vamos a Bulgaria la situación es aún peor, pero si consideramos que España es un país de Europa Occidental, somos el peor por detrás de Italia, Grecia, Portugal. Y esto es algo que debería ser motivo de reflexión, sobre todo por el tono solemne con el que seguimos hablando de la división de poderes.

Esa separación clara de poderes está en la Constitución que tanto se defiende.

Como ideal está muy bien, pero hay que ejercerlo. Tenemos unos niveles de impunidad en el sistema judicial que son terribles. No entiendo que no haya un gran escándalo en la sociedad española por las decisiones del Tribunal Supremo. Lo que está haciendo va más allá de cualquier consideración jurídica, no soy jurista y no puedo entrar en cuestiones de técnica jurídica, pero el uso cautelar de las encarcelaciones y los criterios para continuar con ellas, así como la Causa General que está construyendo con el delito de rebelión, que es un delito ficticio, porque no ha habido violencia en el procés, debería haber sido motivo de movilización de la sociedad española alarmada por involución judicial. Pero hay una especie de calma o indiferencia que se solo explica por la exaltación que ha habido del nacionalismo español.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.

Los independentistas hablan de presos políticos. No ayuda a discutir el término que el juez Llanera vincule la cárcel con las ideas de los encausados. 

La expresión “presos políticos” es muy controvertida, pero es evidente que las fundamentaciones jurídicas de los autos judiciales que estamos viendo estos meses son políticas. En algunos autos del juez Llarena aparece criminalizada la movilización popular en la medida en que pueda desembocar en acciones no previstas de violencia o por formar parte de un plan más general para conseguir la ruptura del orden constitucional. Los jueces del Supremo incluso han responsabilizado a los líderes del independentismo catalán por la represión policial del 1 de octubre: ‘Si ustedes no hubieran lanzado a la ciudadanía las urnas, jamás habría habido cargas policiales, por lo tanto, ustedes han generado violencia y esa violencia es la que cuenta como fundamento para acusarles a ustedes de rebelión’. Eso es una monstruosidad política, jurídica y democrática se mire como se mire.

El partido que se ha erigido como defensor de la legalidad no está siendo especialmente cumplidor en los casos de corrupción que le afectan.

Antes mencionaba los datos de las encuestas que les han hecho a jueces de todo Europa y que España queda en la peor posición, pero también hay encuestas que se hacen a los propios ciudadanos sobre percepción de la independencia de la justicia. En el Eurobarómetro, España es, de nuevo, el peor país de Europa Occidental, según la opinión pública. Cuando en esta oleada de nacionalismo español salen los políticos a proclamar que España es una democracia consolidada abierta y constitucional frente a las amenazas que proceden del independentismo catalán, hay que parar un momento y mirar qué tipo de democracia es esa que estamos defendiendo. Porque es una democracia que, por desgracia, está en una fase de retroceso. Desde la sociedad civil tenemos que poner freno a eso porque corremos el riesgo de que nuestra democracia baje muchos escalones.

La sociedad civil no existe.

Existe, pero es débil. El problema está en que esta oleada de nacionalismo español desactiva muchas actitudes críticas que antes se podían escuchar.

¿Ha funcionado mejor el sistema en Cataluña antes de la voladura del Estatut?

No creo que la democracia en Cataluña funcione mejor que en el resto de España. Han salido escándalos de corrupción terribles. La Administración catalana está metida en el cobro de comisiones igual que la española. Eso está bien acreditado. Por otro lado, lo que había sido hasta el año 2015 un movimiento irreprochable, desde el punto de vista democrático, el Procés catalán se acelera a partir de 2015 sin tener la mayoría suficiente. Cometen errores de una magnitud parecida a los del resto de España. No tiene mucho de lo que enorgullecerse como para decir que es una democracia mejor que la del resto de España.

¿Dónde está la izquierda y cuál debería ser su discurso?

Tampoco quisiera contribuir al estado de autoflagelación constante. La izquierda está siempre condenándose a sí misma y acusándose de sus propios fracasos. Pero lo tiene muy difícil en términos objetivos si uno mira la distribución del poder en las sociedades actuales, las restricciones que tiene el poder representativo frente a los grandes poderes económicos. Y si uno contempla el lío en el que nos hemos metido con la Unión Monetaria, y en general, con la integración europea, que no está funcionando como esperaba la izquierda socialdemócrata (¿qué queda de la llamada “Europa social”?), pues, las opciones son escasas. Con discursos puedes activar ciertos segmentos de la población, pero no alterar el actual equilibrio de poder. Esperábamos que la crisis iba a resquebrajar los grandes poderes económicos, pero ha sido al revés, los ha reforzado. La izquierda ha quedado en una posición desfavorable en casi todas las partes.

Ese desencanto con el sistema que en otros países fomenta la extrema derecha, en España se ha canalizado hacia Podemos, que está jugando dentro de las instituciones. Se puede decir que tenemos suerte.

Desde luego. Hay algo que va más allá de Podemos y es que España es el país europeo en el que la inmigración ha crecido más rápido: ha pasado del 2% al 12% en un periodo breve, en poco más de una década, cuando este proceso en otros países ha sido mucho más largo. En España no ha habido grandes conflictos en torno a la inmigración. Así como España es intolerante en la cuestión nacional, no lo es con respecto a la presencia de inmigrantes.

Y muy solidario. Cuando se ha pedido dinero para una catástrofe somos de los que damos más dinero.

Es un país solidario, sí, cuando hay necesidades concretas, pero luego es un país con un fraude fiscal enorme. Y el fraude fiscal es un indicador de insolidaridad.

Debajo de esa élite política hay una sociedad que es mejor de lo que parece.

La sociedad española, comparada con las demás europeas, es una de las más favorables a la redistribución y la igualdad. Otra cosa es que España sea un país desigual pero la ciudadanía querría políticas más retributivas y más igualitarias incluso dentro del electorado del PP. Lo cual nos retrotrae a lo que es el problema principal de la democracia española. que las élites políticas no son permeables a lo que quiere la ciudadanía y las demandas que vienen desde abajo quedan bloqueadas y obturadas, no llegan hasta arriba. Así es como funciona la práctica de nuestra democracia.

Cómo ser de izquierdas

1 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Ante los últimos y desconcertante episodios vividos por la izquierda en nuestro país, son muchos los lectores y lectoras que nos han escrito en busca de consejo. ¿Estoy siendo un buen progresista? ¿Es mi casa lo suficientemente pequeña para dar lecciones de ética por Twitter? ¿Me he vuelto de derechas con la edad y no me he dado cuenta?

A continuación, te presentamos una serie de claves para vivir tu vida como un auténtico izquierdista. Nuestra voluntad es que este artículo sirva como guía de consulta rápida, razón por la cual te recomendamos que lo imprimas y lo lleves siempre en la riñonera.

Ten mascotas de pobre
Todo progresista necesita una mascota, ya que eso ejemplifica su amor hacia los animales-no-humanos. Ahora bien. Hay animales cuyo aspecto los asocia inevitablemente a la opulencia. Es el caso, por ejemplo, de los dálmatas, perros estirados y sobreactuados de los que más vale alejarse. Un buen izquierdista debe tener un perro despeluchado, preferiblemente tuerto, o bien un hurón (a ser posible, que huela mal todo el rato).

Come flojo
Comer es fundamental para la lucha obrera porque, de no hacerlo, uno se muere. No obstante, una persona de izquierdas no puede comer cualquier cosa, ya que algunos alimentos se sitúan de forma evidente en la esfera conservadora. Lo mejor es que seas vegano y lo cultives todo tú. En caso de no disponer de terraza suficiente, puedes comprar alimentos. Eso sí, debes evitar el marisco, la carne roja y esnobismos tales como batidos detox o mocachinos. Bajo ningún concepto seas fotografiado junto a una hamburguesa, dado que estas simbolizan el imperialismo voraz además del maltrato vacuno. Puedes comer kebab, pero solo si eres árabe; en caso contrario, estarías incurriendo en una vergonzosa apropiación cultural. Lo mejor, por tanto, es que te limites a sopa y pan (normal, nada de baguettes ni demás excentricidades).

Viste regular
Un izquierdista no solo se define por sus ideas, sino también por lo mal que le sienta la ropa. Es fácil encontrar camisas y pantalones horribles, pero debes asegurarte de que no ha sido cosidos por alguien que gane menos de la mitad que tú. En este sentido, te recomendamos que compres ropa solo en tiendas de barrio y pidas la declaración de la Renta de la modista.

Utiliza software libre
Hoy la izquierda necesita expandirse digitalmente, pero es fundamental que lo haga a través de documentos que nadie pueda abrir. Evita el uso de Word, ya que Office oprime al pueblo. Hay multitud de programas alternativos que te brindan la oportunidad de exportar tus ideas en, por ejemplo, odt, que nadie sabe muy bien lo que es.

Telegram mejor que Whatsapp
Los grupos de chat posibilitan ampliar el debate más allá de nuestro entorno inmediato, enriqueciéndolo. Un verdadero progresista debe tener instalado Telegram en su teléfono, ya que Whatsapp espía todas tus conversaciones y luego Zuckerberg las imprime y se ríe de ti desde la piscina.

Camina levemente encorvado
Un izquierdista comprometido debe llevar el peso de la humanidad sobre sus hombros. Y eso debe notarse. La chepa es al cuerpo lo que la justicia social es al alma. La rectitud dorso-lumbar es símbolo de desacomplejado individualismo, razón por la cual solo los neoconservadores caminan erguidos.

En definitiva: vive mal.
Porque, como dejó escrito el gran Karl Marx, si quisiéramos vivir bien, seríamos de derechas.

22/05/2018 – 

Miedo: España de mierda

27 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los caminos de la promoción son inescrutables. Estoy en el Teatro Nuevo Apolo en Madrid hace un mes, presentando ‘Miedo’. Y la mayoría de medios de comunicación no nos han hecho ni puto caso. Pero esta semana cambió todo. Me pasé toda la semana promocionando accidentalmente mi libro ‘España de mierda’. Que fue igualmente ninguneado hace dos años.

Resulta que un cantante que representará a España en Eurovisión, ha regalado a otra cantante el libro, y se ha armado la marimorena. Los pobres han tenido que salir a dar explicaciones. Les han dicho que no se puede representar a España en Eurovisión y regalar un libro que se llame España de mierda. A mí también me han pedido explicaciones. Alucinante. Igual esperaban que pidiera perdón por cantar o por escribir.Vaya chorrada. Otra prueba más de que el título de mi libro no va desencaminado.

Más que nunca, este país es una mierda, y es una mierda precisamente por eso.
Para ser sincero, también me importa una mierda Eurovisión. Y dicho sea de paso, también me importa una mierda el himno nacional, el mundial de fútbol, las procesiones de Semana Santa y la cabra de la legión. Y me parece una mierda que a los que nos parezca una mierda todas estas mierdas se nos trate como a mierdas.
Es una mierda y lo diría más a menudo, pero tengo miedo a decirlo.

Me callo. No grito lo que todo el mundo sabe. Tal vez tengo miedo de los culpables. 
Tengo miedo porque sé que son capaces de todo. Son gente que para no ir a la cárcel, meten a otras gentes en la cárcel. Tal vez sea eso lo que me hace tener miedo a cosas que antes no temía.

Tengo miedo a la democracia. Tengo miedo a la libertad. Tengo miedo a la Constitución. Tengo miedo a la ley y a la justicia. Tengo miedo de mi propio país.
Tengo miedo de los partidos políticos, de los parlamentarios, de los senadores, del rey y de su padre, y de sus hijos, y de la reina y de sus primos. Tengo miedo de los militares, de los policías, del tribunal constitucional y del tribunal supremo. Tengo miedo de los banqueros y de las corporaciones económicas.

Tengo miedo de los cascos, de las porras, de las togas, de las corbatas, de los uniformes, de la peluquería, del maquillaje y de la cirugía. Tengo miedo de los trajes y los vestidos elegantes, de la constitución, de los putos protocolos, de los cardenales, de los monumentos, de las iglesias, de las hipotecas, de los canales de televisión y de los presentadores de televisión, de las radios y de los locutores de radio, de los periódicos y de la gente que los maneja, porqué hacen sentir miedo hasta a mis amigos más valientes.

Y tengo miedo de tanta y tanta y tanta publicidad. Y de que sea todo tan invasivo y que no haya lugar para nada mas en esta mierda de país que reírles las gracias a estos desalmados que se nos cuelan hasta en la sopa. Y tengo mucho miedo de sus guardaespaldas. Tengo miedo a este monstruo que silencia todo lo hermoso. Tengo miedo de ser vuestra víctima o ser el culpable de algo.

A veces desearía poder cagarme en el gobierno y en los poderosos, como cuando hablo con un barman, con un taxista, o con un amigote. Debería poder decir bien alto que este país es una puta mierda y que me cago en estos  ‘hijosdeputadelaconchadesureputamadre’. Pero tengo miedo.

Seguiré como un cobarde,  haciendo función cada día, en el Teatro Nuevo Apolo,
al margen de vuestra locura. Sin nombraros. Ignorando la rabiosa actualidad que tanto os preocupa. Deseando que mientras dure la función alguien consiga olvidarse de toda esta mierda, aunque solo sea durante una hora y media.

Seguiré intentando que la gente vuelva al teatro después de ver ‘Miedo’.  O vuelva a leer un libro después de leer ‘España de mierda’.

Y tú no te enfades, que no te estaba hablando a ti.

La renta básica saca un 9,1 entre los expertos

25 mayo, 2018

Fuente: ctxt.es

Según un informe, la medida se sitúa por encima de la educación terciaria gratuita y es la más valorada entre profesionales a la hora de analizar las políticas sociales más beneficiosas para el futuro.
ARTURO TENA

LA BOCA DEL LOGO
24 DE ABRIL DE 2018
Espacio realizado con la colaboración del
Observatorio Social de “la Caixa”.

Las políticas de garantía de renta se asientan como una solución de consenso general para el bienestar social del futuro. Según el informe 50 estrategias para 2050. El trabajo y la revolución digital en España, elaborado por la Fundación Telefónica, la renta básica es la iniciativa más valorada (con una media del 9,1 en una escala de 0 a 10) por los expertos encuestados por su impacto positivo a la hora de mejorar la cohesión social.

Esta encuesta, que no especifica la fórmula o formato concreto de renta de inserción, va en la misma línea de lo que ya señalaban otros estudios de opinión como los de GESOP en CataluñaGizaker en Euskadi sobre la Renta de Garantía de Ingreso (RGI) o, sobre todo, el de Dalia Research a nivel estatal y europeo. Este último sostiene que el 69% de los españoles (una bajada de 2 puntos con respecto a la misma encuesta de 2016 (71%) ) está a favor de la introducción de una renta básica. Estos datos sitúan a los españoles únicamente por detrás de los italianos (75%) en Europa, al mismo nivel que los británicos (69%), y por encima de países como Alemania (68%) o Francia (60%).

El informe de la Fundación Telefónica se basa en la publicación Futuro del Trabajo y la Tecnología en 2050, desarrollada en 50 países, en la que han participado más de 300 expertos. Para el caso español, la Fundación ha utilizado el método de encuesta Delphi, con 25 profesionales consultados de distintos ámbitos y sectores de la sociedad española. La puntuación media de la renta básica es 1,6 más alta que la segunda estrategia con más valoración: la educación universitaria y terciaria gratuita para todos (7,5). Además de estas dos medidas, los expertos sitúan, entre las tácticas sociales mejor valoradas para el futuro, soluciones como la inclusión de las disciplinas científicas y tecnológicas en todos los niveles de educación (7,1), la duplicación de los presupuestos en I+D+i para 2020 (7,1) y el aprovechamiento de la riqueza generada por las nuevas tecnologías para financiar políticas públicas (7,1).

El trabajo de esta fundación ya menciona “el establecimiento de una renta básica como derecho fundamental” dentro de su resumen ejecutivo. Más adelante, el informe coloca a la renta básica como uno de los ejes de un buen sistema de protección social. Si bien se recoge que los expertos consideran un reto el hecho de que estas políticas no se vuelvan “desincentivadoras para el desarrollo personal y profesional”, destaca que existe un “gran consenso en torno a la idea de garantizar rentas mínimas”. En su segundo punto, el informe pone de manifiesto también la importancia de disponer de un empleo de buena calidad y de redistribuir la riqueza a través de una política fiscal “ambiciosa y progresiva”. El informe sostiene que, si no hay una renta mínima y una política impositiva de este tipo, la estabilidad social “se vería seriamente comprometida”.

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Espacio de información realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”.

Autor: Arturo Tena @ARTENA_

“Entre unos y otros, parece que se ha buscado lo peor de cada casa”

23 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

José María Mena (Villarcayo, Burgos 1936) fue fiscal jefe de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya durante 10 años hasta su jubilación en 2006. Es uno de los fundadores de la Unión Progresista de Fiscales. Apoyó a Baltasar Garzón en la causa iniciada contra él por investigar los crímenes del franquismo. La entrevista se celebra en su casa de Barcelona.

¿Existe un recorte de la independencia de la Justicia respecto al poder político?

No creo que vaya hacia atrás. Está donde ha estado desde hace años. El problema es que cuando las actuaciones judiciales no satisfacen, se piensa que va hacia atrás; y cuando satisfacen parece que va bien. Sucede con otros servicios públicos. Si el metro pasa en el minuto justo, en la estación en la que estás y te montas, nunca piensas que el metro va bien, simplemente te montas. Ahora, si tarda tres minutos y no llega, entonces el metro va mal. Con la justicia pasa algo parecido.

La justicia está sacando mucha corrupción, pero son jueces que están fuera de la rueda política.  

Son los mismos de la Audiencia Nacional, los mismos que resuelven la incomprensible calificación de la rebelión en el asunto de Catalunya, los mismos de la corrupción y el terrorismo yihadista o de ETA. Son los mismos jueces y las mismas secciones de la Audiencia Nacional.

¿Qué falla para que la percepción, sobre todo en Catalunya, sea que el Ejecutivo controla la Justicia?

Insisto: cuando la resolución de la Audiencia Nacional no es conforme a la expectativa es horrible y manipulada; cuando resuelve de acuerdo con las expectativas es un organismo increíble. Otra cosa es el Ministerio Público, la Fiscalía. Es la única, o casi la única que ejerce la acción penal, es decir, la que determina el marco de persecución.

El tribunal no puede perseguir nada que no sea objeto de una acusación previa, y la acusación la pone la Fiscalía, aparte de la acusación popular y la acusación particular. La Fiscalía es un órgano jerárquico dirigido por una persona nombrada por el Gobierno; bueno, nombrada por el rey a propuesta del Gobierno y del Consejo del Poder Judicial, que a su vez es nombrado por el Parlamento con las mayorías correspondientes.

El Gobierno tiene mano directa y determinante en el nombramiento del fiscal general del Estado, y ese fiscal general es el que marca las pautas de la persecución. Estas pautas determinan la posición del tribunal. Esto no quiere decir que el tribunal deba seguir la posición del fiscal. Si la Fiscalía General sostiene que determinados comportamientos en Catalunya son un delito de rebelión, el tribunal es libre para decir “sí” o “no”, y ha dicho que “sí”, que está de acuerdo, criterio que no comparto en absoluto.

¿Qué no comparte?

El concepto de alzamiento está previsto para otras situaciones y, sobre todo, porque la argumentación de la Fiscalía General sobre el concepto de violencia se refiere a un ejercicio físico de violencia dirigida intencionadamente y calculadamente por los acusables para generar ese resultado.

En caso de que hubiera habido violencia en algún momento, no me parece razonable que los acusados hubieran articulado y calculado de antemano el ejercicio de eso que llaman violencia. La argumentación de la Fiscalía se refiere a actos previos, incluso de dos años antes, que generaban una presión moral que equivale a violencia moral.

Pero ¿qué significa violencia moral? El comportamiento democrático de más de un millón, y quizá hasta dos millones de personas, ejercido pacíficamente uno o dos años antes se convierte en violencia moral retroactiva a los efectos de determinar la existencia de un delito de rebelión, que es gravísimo. Me parece un uso exagerado de las previsiones del Derecho Penal, que no se compadecen con la situación que estamos viviendo en Catalunya. Si habéis paseado por Barcelona habréis observado que no hay la más mínima sensación de rebelión. Los autobuses funcionan con normalidad, la gente funciona con normalidad. No hay ninguna sensación externa de crispación y de rebelión que debían ser equivalentes a los del golpe de Rstado de Tejero. Y eso no está ocurriendo.

Se pretende que la justicia resuelva problemas que los políticos parecen incapaces de solucionar.  

Exactamente, el problema está a otro nivel, debió resolverse a otro nivel y se ha ido envenenando. Con esto no estoy partiendo ninguna lanza a favor de los independentistas, Dios me libre, pero claro, entre unos y otros, parece que se ha buscado lo peor de cada casa.

Todos hemos visto en los últimos 40 años, y quizá antes, que en las colas de las manifestaciones democráticas hay tremendistas que pretenden reventarlo todo, rompen cristales, destrozan coches, queman cosas. A nadie se le ha ocurrido hasta este momento imputar esos resultados finales a las cabeceras de las manifestaciones, que son los que llevan las pancartas de paz, democracia, etc. Para imputar un resultado lesivo de lo que hacen otros a los que dirigen una manifestación pacífica, aunque sea incómoda y discrepemos de sus postulados, hay que demostrar la conexión de causalidad entre los de adelante y los de detrás. No por estar adelante son culpables de lo que pasa detrás.

También tenemos a un ministro de Interior que ha reelaborando creativamente el delito de odio.

Los delitos de odio nacen para perseguir los delitos de homofobia y de racismo básicamente, no hay más particularidades. Lo que es sobrecogedor es que esto tenga ahora una instrumentalización para perseguir otro tipo de conducta. Así se subvierten las cosas y nada es lo que era en su origen y nada es para lo que en su principio estaba previsto. Utilizar los delitos de odio como una herramienta de la discrepancia ideológica es una grave distorsión que no comparto en absoluto.

Pero de ahí a hablar de Estado autoritario hay un gran paso.

Hablar de Estado autoritario es un concepto muy literario. Si llamamos autoritaria a la Italia fascista o al franquismo, incluso al tardofranquismo, lo de ahora no es equivalente. En Catalunya se utilizan con frecuencia las equiparaciones con el franquismo, pero no es lo mismo, en absoluto. No es justa la equiparación y los que la hacen no tienen datos referenciales de lo que pasó o no quieren saberlo. Si aquello era un Estado autoritario, esto de ahora no lo es.

Que la posición del Gobierno del Partido Popular es menos tolerante que la de gobiernos anteriores, pues no lo sé, es posible. Que lo del 155 es discutible, pues sí, es cierto. ¿Hay un cierto autoritarismo en el modo de interpretar los marcos de aplicabilidad del 155? Pues obviamente. Pero decir que estamos en contra o a favor del 155 es una chorrada porque el 155 es un artículo que está en la Constitución. El problema es cómo se aplica.

¿No sería mejor para mejorar la credibilidad de la Justicia que el Parlamento nombrara al fiscal general del Estado por mayoría cualificada, para que sea del Estado y no del Gobierno, y también a los magistrados del Tribunal Constitucional?

Alguien tiene que nombrarlos. Y por mucho que se diga que se nombren según su valía personal, la valía personal no es un asunto matemático, de ciencia exacta, sino jurídico. La cultura jurídica es una cultura conceptual, no es mesurable. Los conceptos son los que hay. ¿Quién los elige? En un mundo democrático los acaban eligiendo los que representan a la sociedad. ¿Quiénes son? Los elegidos. ¿Quién los elige? Los partidos. Pues ya estamos en el punto de origen.

¿Cómo funciona en otros países?

En todos los países los eligen los políticos. El problema es otro. El problema es distinguir los países que confían en sus instituciones y en sus políticos y los que no. España, como otros países latinos, se inscribe entre los que no se fían de sus políticos, quizás con muchísima razón. ¿Quién ha de elegirlos? ¿O van a dedo o por supuestos méritos? ¿Quién valora esos méritos? ¿Vemos sus escritos? ¿Y quién los valora? ¿Alguien que está de acuerdo o no con su trabajo? ¿Valoran sus sentencias? Pero el que ha escrito más libros es el que menos ha trabajado como magistrado. Cuantos más documentos, menos tiempo dedicado a las sentencias, es el que ha presentado menos servicio. Quien presta mucho servicio público no tiene tiempo para paridas teóricas. Esta es la situación y no hay manera humana de arreglarlo.

Los jueces y fiscales tienen ideología, ¿Cuántos tienen la capacidad de aparcar sus ideas cuando se ponen la toga?

Todos y ninguno. Hay que distinguir ideología partidista, ideología social general e ideología religiosa, que al fin de cuentas es ideología. Si hablamos de partidos políticos, la cosa tiene otros matices, porque en general los magistrados son en temas ideológicos como la generalidad de los ciudadanos. La valoración de un comportamiento concreto tiene una importancia poco relevante salvo en los asuntos claramente políticos, los que afectan a un político del lugar donde se va a juzgar. Ahí no sólo aparece la ideología, sino determinados compromisos de relación personal, de proximidad y de deseo de no meterse en líos. Aunque la opinión pública tiende a pensar que los tribunales ceden mucho a las posiciones políticas, mi opinión personal es que ceden muy poco.

Pero hay maneras de modificar las cosas. En en el caso de la caja B del Partido Popular se ha cambiado a uno de los jueces. ¿Se puede hacer eso a mitad del partido?

No, no se puede porque hay unas reglas de juego precisas. Lo que me comentas de la Audiencia Nacional es distinto, se trata de la organización de antemano de las reglas del juego. A un presidente que le corresponde legalmente establecer las reglas de reparto prevé unas reglas que puedan favorecer a los suyos en este momento, no digo que sí ni que no, pero que pueden volverse en su contra el día de mañana porque quedan escritas.  

Hemos visto a jueces como Pablo Ruz que han perseguido al PP, lo mismo que el juez Eloy Velasco, considerado conservador.

Para ellos no es un partido, es un caso. Ruz ni siquiera era un juez en la Audiencia Nacional. Estaba ahí porque estaba sustituyendo a otro y estuvo el tiempo de sustitución que habría sido posible prorrogar. Le quitaron porque empezaba a ser incómodo. En definitiva, hay posibilidades de establecer reglas complementarias en beneficios e intereses inmediatos del que hace el reparto, pero, en general, la estructura está prevista para que las reglas de reparto sean rigurosamente observadas, no por razones de magnificencia sino porque cada cual quiere evitar que le cuelguen un muerto que no le toca.

La Audiencia Nacional es un órgano que no existe en otros países. Se creó para combatir a ETA.

En Francia también tienen unos jueces especiales para temas de terrorismo.

¿Sigue siendo necesaria?

Todos la criticamos en su inicio. Pensábamos que era una prolongación del Tribunal de Orden Público, y lo era, objetivamente lo era. Bueno para los que no lo saben, el Tribunal de Orden Público era un tribunal de represión de los delitos políticos en sustitución de los antiguos tribunales militares de guerra. Era un tribunal de persecución política. La Audiencia Nacional parecía la transformación y sustitución de aquello.

Con el tiempo, resultó que la persecución de delitos de terrorismo en Euskadi añadía una dificultad extraordinaria a jueces de allá y que fue un alivio que se persiguiera fuera de Euskadi. Acabado el terrorismo de ETA, no en democracia si no hace cuatro días, quizá la Audiencia Nacional no tenga relevancia más que como tribunal especializado en determinadas materias, como el terrorismo yihadista en el que la concentración de información especializada y concreta en un solo órgano y no regada por toda España a lo mejor tiene elementos positivos.

En el caso de los Jordis y de la mitad del Govern, la Audiencia Nacional y el Supremo tuvieron criterios distintos, no solo en las decisiones, también en dar más o menos tiempo a las defensas.

Es sorprendente. Pero más sorprendente aún es que la posición distinta se produce cuando ambos tribunales, ambos jueces, son copartícipes del criterio de la Fiscalía, para mí, sorprendente, de que estamos ante un delito de rebelión y sedición. Si tuvieran un criterio distinto sobre este asunto, sería razonable que tengan una posición distinta en cuanto a los encausados, unos presos y otros no. Pero me sobrecoge que tengan una posición distinta cuando hay comunión de criterio sobre la rebelión y sedición. No soy capaz de explicarlo.

Esto permite que mucha gente hable de presos políticos.

Presos políticos hay, claro que son presos políticos. Hay un texto muy antiguo de Jiménez de Asúa, para los jóvenes que no lo saben fue catedrático de Derecho Penal en la II República, uno de los autores de la constitución republicana del 31 y ministro de Justicia, en el que plantea claramente que una cosa son los delitos políticos perseguidos por regímenes autoritarios, él no decía totalitarios, pero se refería a Franco, y otra los delitos políticos que deben ser perseguidos democráticamente. Un delito político es un comportamiento político realizado rompiendo las normas legales vigentes.

Una estructura democrática debe defenderse de las infracciones cometidas contra sus leyes en determinados comportamientos políticos. Es decir, cabe delito político en democracia. Generalmente hemos oído a todos los líderes políticos rechazar con énfasis que en España no hay ningún delito político, ni delincuentes políticos ni presos políticos. ¿Por qué España es un país democrático? Pues naturalmente que lo es, pero hay comportamientos políticos que rompen las reglas de la convivencia democrática.

Lo de los Jordis es un comportamiento exclusivamente político que, al parecer, rompe reglas de la convivencia política previstas en el Código Penal, y por lo tanto deben ser perseguidas. Pero hay un pequeño problema con ellos. No se les pueden imputar delitos de desobediencia, porque es desobediencia a las órdenes del Tribunal Constitucional que ordenó lo que ordenara a los poderes públicos, pero los Jordis no eran poderes públicos, por lo tanto, no eran receptores de ninguna orden del Constitucional.

Tampoco son infractores de ningún delito de malversación porque sólo es imputable a funcionarios públicos, y ellos tampoco son funcionarios públicos. Con lo cual los Jordis no han podido cometer ningún delito de malversación. No se les puede imputar ni desobediencia ni tampoco prevaricación porque es exclusivamente para funcionarios públicos. Entonces ¿qué pasa?, que nos encontramos con unas personas que no pueden ser acusadas y surge la necesidad de imputarles un delito de sedición. Al final se les va a pedir una condena similar a la que se le pide a la Manada. Y esto no es razonable; ahí hay un desequilibrio que sólo es imaginable en función de ciertas características de predisposición represiva que no son propias de una justicia serena y con deseo de pacificar la convivencia.

¿Se considera preso político a aquel que está en la cárcel por sus ideas?

Por sus comportamientos, nadie está en la cárcel por sus ideas…

En Turquía sí…

En España también, pero no por sus ideas sino por lo que hacen con sus ideas. En los años 50, 60 y 70 había ideas políticas pero que se plasmaban en comportamientos concretos. Hacíamos pasquines y celebrábamos. Lo que uno hace en su casa y se lo piensa solito sin escribir un papel, no es objeto de persecución. ¿Qué pasa aquí en Catalunya? Todos están de acuerdo con que ser independentista es constitucional, no hay problema, salvo que lo ponga en marcha. Lo pone en marcha y hace un encuentro y un discurso, no pasa nada, pero si además de todo resulta que tiene un cargo público e intenta que su independentismo empiece a andar, entonces entra el Código Penal. Claro que es por las ideas, pero es al ponerlas en activo y en perspectiva de ejecución. Para llegar al Código Penal desde la ideología separatista no es necesario pinchar coches de la policía o quemar cosas, es realizar actuaciones previstas como inaceptables en el Código Penal.

Mariano Rajoy dijo el otro día que romper ordenadores es algo que hace todo el mundo.

Si yo rompo mi ordenador, no pasa nada. Lo que no está previsto en la ley es privar de pruebas de un hecho delictivo a la autoridad judicial y no todo el mundo priva de pruebas a la autoridad judicial. Si rompo mi ordenador porque está viejo, no hago daño a nadie, pero si resulta que los ordenadores que tiene Rajoy han de ser investigados por la autoridad judicial y va a ir la policía judicial a su sede a recogerlos y los rompen, está ocultando pruebas, y eso es el delito.

Tenemos un presidente que defiende ese tipo de actuaciones, que ha pasado por encima de la corrupción porque la considera zanjada porque ha ganado las elecciones, y que a su vez está hablando de legalidad en Catalunya.  

Son dos cosas que no tienen que ver una con la otra. La primera, los ordenadores. Es una gallegada en todo el sentido de la palabra y que no se tiene de pie. Rajoy es más listo que nadie y cuando dice eso, sabe lo que está diciendo y lo que está dejando de decir. Otra cosa es lo de la legalidad de Catalunya. Hay varios niveles de legalidad, una cosa es la legalidad de su ministro del Interior y otra la que establecen los jueces.

La posición de la fiscal general, el fallecido Maza, le pasó por la derecha. Tal vez no le satisfaría mucho a Rajoy esa desmesura de la sedición y la rebelión. Y otra cosa es la posición de los jueces, los jueces con criterio propio. Tengo la certeza de que sin que nadie le haya dicho nada han tenido la misma reacción de una parte muy importante de la sociedad española fuera de Catalunya. De ‘hasta ahí podríamos llegar’ y ‘cuanto peor, mejor’, ‘contra esta gente el Código Penal’, ‘con el mazo más gordo que tengamos’. Es una reacción sociológica de hipervaloración de la intervención penal como si con ello fueran a resolver algo que no van a hacer.

Es un poco como el “A por ellos” pero pasado por los tribunales.

Muy bien dicho, es la posición jurídico penal más escalofriante del “A por ellos”

¿Qué deberíamos cambiar en España para que la cultura ciudadana no aceptara la corrupción?

Desde los tiempos de Cervantes hemos mejorado mucho en cultura ciudadana, bastante, aunque parezca que nos hemos quedado detrás con sus pros y contras. Con esa perspectiva, la mejora es evidente, iremos a mejor. Pero si se me pregunta si vamos a mejorar bastante en esta generación, dentro de 20 o 30 años, no soy en absoluto optimista. Las posiciones de radicalidad monstruosa que se crean van a perdurar y los que alimentan posiciones de crispación, por un lado o por otro deben pensar que con lo que ellos digan a lo mejor hay algún salvaje que le parte la cabeza a otro por llevar esa bandera en los tirantes o cualquier otra, ¿qué más dará si el rojo y el amarillo va en dos bandas o en ocho bandas? ¿Cuál es la diferencia? ¿Matarse por eso? Hay que superar los niveles de incultura, no solo política, sino los niveles de incultura pura y dura. Mientras no superemos eso, todo lo demás queda en segundo lugar.