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Apindep: sí, se puede

10 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

La cooperativa de consumo y usuarios Apindep, formada por familiares de niños con discapacidad intelectual, es un ejemplo de cómo se puede salir adelante si se trabaja en común.

El estrecho vínculo con el territorio ha sido clave en el éxito de la organización, con sede en Santa Eulàlia de Ronçana (Barcelona).

Sus responsables quieren construir viviendas para los usuarios y mejorar las leyes para que se adapten a las situaciones de cada persona.

Mariana Vilnitzky

03/04/2017 – 21:19h

Tres usuarios de Apindep, en el huerto de la cooperativa catalana. Foto: APINDEP
Tres usuarios de Apindep, en el huerto de la cooperativa catalana. FOTO: APINDEP

Prueba de que se puede. Prueba de que a la adversidad hay que ganarle la partida. Prueba de que la unión hace la fuerza. Ese es el ejemplo que da Apindep, una cooperativa de consumo y usuarios, sin ánimo de lucro y de iniciativa social, formada por familiares de niños con discapacidad intelectual en el pequeño pueblo de Santa Eulàlia de Ronçana (Barcelona).

“Habíamos creado un grupo de madres en 1993, porque queríamos que nuestros hijos estuvieran integrados, pero luego buscábamos más: un lugar donde nuestros hijos pudieran estar bien. En la escuela estaban todo el día, pero después de que terminaran la escuela, ¿qué?, ¿dónde irían mientras trabajábamos?”, cuenta Mercè Llauradó, directora de la organización.

Al principio, Apindep era una asociación, pero en 2006 se transformó en cooperativa, con el objetivo de crear recursos a la dependencia, innovar y garantizar la autonomía de sus hijos durante todo el ciclo vital.

Llauradó camina por las instalaciones de Apindep y muestra con calidez y emoción el milagro que la cooperativa ha logrado construir: en dos hectáreas de terreno, una estructura de 1.500 metros cuadrados en donde trabajan 27 personas y que tiene capacidad para acoger a más de 64 usuarios (sólo en la parte del centro ocupacional). El espacio tiene grandes ventanales que dan al jardín y lugares de ocio, trabajo, educación física, comedor y aprendizaje.

“No teníamos un duro”, agrega Llauradó. “Nos hemos unido y hemos salido adelante. Es una cooperativa muy ligada al territorio. El Ayuntamiento y la gente se han involucrado mucho. El terreno nos lo vendió un señor de aquí, pero nos lo dio en propiedad antes, para que se lo fuésemos pagando cuando pudiéramos. El arquitecto puso a su gente a trabajar sin coste”.

Al lado de Llauradó camina con cierta dificultad su hijo Sergi, con discapacidad física y psíquica, que se muestra también orgulloso de lo que han logrado juntos: un huerto (accesible para silla de ruedas) donde aprenden no sólo a sembrar, sino también a sentirse útiles. Además de integrarse, Sergi ha conocido en Apindep su amor por los animales, especialmente por los perros, a los que ha aprendido a bañar como parte del servicio de peluquería canina en la cooperativa.

Apindep ha luchado mucho para recibir ayudas estatales que creían que les correspondían. Llauradó misma llegó a llamar a un ministro y no se quedó quieta hasta conseguir que Apindep pudiera percibir dinero de fines sociales, a través de la casilla del IRPF (no reunía los requisitos por tratarse de una organización local).

Pero además, en pocos años ha constituido un centro ocupacional. Interactúa también con colegios, con la biblioteca, con centros para la tercera edad, y a su vez con personas provenientes de la cárcel para su integración en la sociedad.

Parte del dinero proviene también de las actividades laborales de la cooperativa. Además de practicar la horticultura y la jardinería (más que nada es una actividad de aprendizaje, pero obtiene algunos productos para su propio comedor), recicla papel, gestiona el bar del Instituto La Vall del Tenes y, entre otras cosas, tiene una peluquería canina.

La cooperativa sigue luchando por sus sueños. No parará hasta conseguirlos. Entre otras cosas, quiere construir pisos con soporte para los usuarios, y mejorar las leyes para que se adapten a las situaciones de cada persona. “Mi hijo, por ejemplo, consiguió un trabajo de una hora semanal en un negocio del pueblo. Pero con sólo esa hora perdía su subvención por discapacidad. Queremos que las ayudas se den a las personas por su condición, más allá de que de vez en cuando puedan conseguir algún trabajo”, explica Llauradó.

Hay también otros sueños, más o menos ambiciosos, como construir una piscina para refrescarse durante el verano. Algo ya aparentemente fácil, después de haber conseguido todo lo que ha logrado.

[Este artículo ha sido publicado en el número de marzo de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente conuna suscripción]