Posts Tagged ‘Asia oriental’

El traductor de la China de Mao

21 octubre, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

Hace 40 años la dictadura franquista abría su primera embajada en el gigante comunista.

El embajador, Sanz Briz, llegó junto a un catedrático con “curiosidad por la revolución” por N. GALARRAGA.

Iñaki Preciado, en 1976.

Cuando Iñaki Preciado Idoeta supo que España iba a abrir una Embajada en Pekín, inmediatamente se ofreció a Exteriores como traductor. Tenía 32 años. Por fin llegaba la oportunidad de conocer “aquella revolución por la que sentía gran curiosidad” y sacar provecho al chino que estudiaba en Madrid desde hacía una década. Al otro lado del mundo esperaba el también llamado “peligro amarillo”. La España de Franco acababa de reconocer a la China de Mao. Era el 9 de marzo de 1973, hizo 42 años y medio. La visita de Richard Nixon un año antes había desencadenado una frenética carrera en Occidente por acercarse al gigante asiático.

A pie tuvieron que hacer el último trecho para entrar en la República Popular China el embajador, Ángel Sanz Briz —honrado tras su muerte por salvar a miles de judíos del Holocausto durante su etapa en la Embajada de Budapest—; su secretaria, Aurora Aranaz, y el catedrático de Filosofía convertido en traductor. Llegaban en tren desde el Hong Kong británico. “Era el 2 o 3 de agosto, hacía un calor insoportable”, recuerda Preciado. Sanz Briz, de 63 años, sudaba a mares. Aurora sufría con sus tacones. Caminaron por la vía hasta Shenzen, entonces una aldea, hoy una megalópolis industrial. Tomaron otro tren a Cantón y un vuelo a Pekín.

Les recibió Jaime de Ojeda Eiseley, el ministro consejero, que abrió la Embajada, inicialmente en la segunda planta del Hotel Pekín, cerca de la plaza de Tiananmen. “Al llegar podía leer y escribir sin problemas, pero entendía a medias. Es que en Madrid casi no había chinos con los que practicar”, cuenta Preciado en un café madrileño cuatro décadas después, y tras varios años en un monasterio del Tíbet. Su principal quehacer era traducirle al embajador el Diario del Pueblo y otra prensa oficial. Dos interpretes impuestos por las autoridades —“llamados Chen y Qiu”— se encargaban de los contados actos oficiales. “Pero el embajador quería que yo también estuviera presente”. Para controlar a la pareja oficial, se supone.

Tener información incluso de los acontecimientos más importantes era arduo. “Nos enteramos del X congreso del Partido Comunista Chino cuando ya lo habían clausurado”, confiesa. Escaseaba la información sobre los cambios que vivía el que ya era país más poblado del mundo —900 millones de habitantes, 400 millones menos que ahora— y tenía la bomba atómica. “Las fuentes eran otros diplomáticos o algún periodista. Del lado chino, solo estaba el Diario del Pueblo”. A ojos de este español, los despachos eran un páramo informativo: “Había poco que contar, Pekín era aburridísimo”.

Los diplomáticos tenían vetado todo contacto con el pueblo. De Ojeda,número dos de la legación, rememora el aislamiento social. “Las autoridades solo nos recibían para asuntos oficiales. Y apenas entablábamos conversación en la calle con alguien, aparecían unos milicianos y les apartaban diciéndoles: ‘¡Por favor, no molesten al waibin [huésped extranjero]!”, relata al teléfono este embajador retirado de 79 años desde su hogar, en EE UU. De entonces data su amistad con George Bush padre —primer enviado diplomático a la China comunista— y su esposa, Barbara.

Sanz Briz y De Ojeda flanquean al presidente interino de la República Popular China, Tung Pi Wu (en el centro), en 1973. / EFE

Tampoco la comunicación con España era sencilla. “No se podía hablar por teléfono. Yo leía los ABC de siete en siete, cuando llegaban en la valija semanal”, asegura el traductor. El asesinato de Carrero Blanco fue una excepción: les informaron por télex. “Enseguida vino el ministro de Exteriores chino a darnos el pésame”.

A Carrero, presidente del Gobierno, “le tuvieron al margen de las negociaciones para entablar relaciones. Fue un movimiento orquestado por el ala pragmática de Exteriores, con Gregorio López-Bravo de ministro, y la aquiescencia de Franco, por supuesto”, explica Mario Esteban, profesor del Centro de Estudios de Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Madrid. El reconocimiento mutuo se negoció en París porque, como las Embajadas eran vecinas, era lo más discreto, revela el experto. Se firmó en Francia el 9 de marzo de 1973, ayer hace cuatro décadas. Para China, obsesionada por “el reconocimiento del máximo de países” tras su entrada en la ONU en 1971, España era uno más en la lista, según Esteban. Hasta el apretón de manos de Nixon y Mao, solo Francia y Reino Unido, además de los países del Este, tenían embajadores ante los chinos.

Para la dictadura franquista era parte del acercamiento —con el ojo puesto en los negocios— al bloque rojo. La Unión Soviética era el límite; por ahí Franco no pasaba. El paso diplomático también obedecía a cierto interés político. “China tenía poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y pensaban que podía ser útil con el Sáhara”. No lo fue. Aquella primera fase de la relación “fue un gesto diplomático, sin contenido”, sostiene este especialista.

De Ojeda marchó encantado a aquella China que los extranjeros intentaban desentrañar. Precisa que Sanz Briz era de los más veteranos del escalafón. Se presentó voluntario para aquella plaza por motivos personales, dice. Intérprete y diplomático coinciden en que era alguien “reservado”, y según su número dos “un buen profesional, pero no tenía un verdadero interés en China”.

No se podía hablar por teléfono con España, y en la calle los milicianos impedían el contacto con la población.

Lo que al traductor Preciado le interesaba era empaparse del país. Logró que Ricardo, su hijo de 6 años, estudiara en una escuela estatal con niños chinos. “Era el único”, dice con el mismo orgullo con el que recuerda que “el director era un obrero, con cultura, sí, pero un obrero”. Izaskun, de 3 años, y su entonces esposa, María Luz, completaban la familia. Llevaba a sus hijos en autobús o bicicleta. Allí no tuvo coche (aunque con el medio millón de pesetas —3.000 euros— ganados se compró un Jeep Comando a tocateja al volver). Vestía al estilo Mao y comía en cantinas. Y su esposa iba a misa dominical —autorizada— en la iglesia de Xidan. Un sacerdote chino la decía a la antigua, de espaldas.

La Embajada de España recibió a una delegación de 6 o 7 osados empresarios españoles, pero poco más. El traductor sostiene que en la legación nadie llegó a ver a Mao. La reunión de más alto nivel fue una cena informal que dio el ministro de Exteriores. Cualquier gestión, léase viajar o contratar una señora de la limpieza, requería acudir al Ministerio de Exteriores.

Hace 40 años “el interés de ambos países era conocerse, romper el aislamiento. Hoy nuestras realidades han dejado de ser exóticas”, constata por teléfono Ernesto Zulueta, director general para América del Norte, Asia y Pacífico del Ministerio de Exteriores. El mundo ha mutado desde 1973. Zulueta destaca la presencia en China de empresas españolas punteras “en infraestructuras, renovables, moda o gastronomía” y la huella china en España “por el turismo, intercambios estudiantiles y la inmigración”.

La China que Preciado conoció cumplió sus expectativas. Incluso en la despiadada Revolución Cultural (1966-1976) encuentra rasgos positivos. “No había corrupción, había solidaridad y una moral revolucionaria. El lema era Wei renmin fuwu [para servir al pueblo] y, como dice el chiste, ahora le han añadido dos letras y es Wei renminBI fuwu [para servir al dinero]”. No le gusta nada la deriva de una “China que exportaba revolución hasta principios de los setenta y ahora exporta mercancía barata”.

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El viejo sueño de la nueva China

10 agosto, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Mao levantó el país asiático de la humillación de Occidente, Rusia y Japón; pero desató una hambruna que costó la vida a 70 millones de personas. Su recuerdo sigue vivo en los ciudadanos y en la política del gran tigre de Oriente.

Mazo Zedong. / SOVFOTO (GETTY)

Cuentan que, en 1958, un grupo de campesinos fue a quejarse a Mao Zedong de que los pájaros se comían sus cosechas. Y el Gran Timonel, que no se equivocaba nunca, dio la orden terminante: “Que las aves sean exterminadas en China”. Así se hizo. Y unos años después, los insectos devoraban las cosechas.

Ahora que se cumplen los 120 años del nacimiento del líder, su país le venera como el padre fundador de la moderna China, después de que conquistara el poder en 1949. Pero una parte de su herencia es puesta en cuestión por los nuevos dirigentes. Como apunta un reciente reportaje de la CNN que analizaba su figura a raíz de sus debilidades y fallos, “oficialmente, su política se considera acertada en un 70% y errónea en un 30%”. Cierto es que Mao erradicó el analfabetismo, confiscó las propiedades de poderosísimos terratenientes, abolió la nobleza y devolvió el orgullo a su pueblo, humillado durante varios siglos por Occidente, Rusia y Japón. Pero su política del Gran Salto Adelante, iniciada en 1958 y destinada a convertir China en una potencia industrial autosuficiente, desató una hambruna que costó la vida a unos 70 millones de compatriotas, casi todos ellos campesinos, obligados a abandonar las tierras de cultivo para emplearse en las acerías, las centrales eléctricas y las minas de carbón. Estremece pensar que un 30% de errores pueden causar 70 millones de muertos. Si Mao se hubiese equivocado en un 100%, ¿qué hubiera sido de China?

Pese a todo ello, Mao sigue vivo en el recuerdo; y momificado en una suerte de templo laico en la plaza de Tiananmen. Supongo que a los nuevos líderes les interesa exaltar su figura, ya que han alumbrado un sistema político único en el mundo en el que se reúnen lo peor (o lo mejor, según quien lo mire) del capitalismo y del comunismo. Si eres audaz y ambicioso, en el gran tigre de Oriente puedes convertirte en el tío Gilito de la noche a la mañana o acabar tus días en el paredón.

La momia de Mao la visitan cada año miles de turistas. Pero muy pocos se han acercado hasta su pueblo natal, Shaoshan, en la provincia de Hunan. Yo caí por allí hace año y medio y, en lugar de un patriótico mausoleo, me topé con un parque atracciones al que no sabría si comparar con Lourdes, Disneylandia o las cataratas del Niágara. Un complejo de más de 200 hectáreas alberga la casa de Mao, además de una gran avenida cerrada por una enorme estatura del Gran Comandante en donde se celebran sus aniversarios con desfiles, procesiones, millones de flores y espectaculares fuegos de artificio.

Mao era hijo de una familia campesina rica y su vivienda tiene poco que ver con el humilde portal de Belén de Palestina. En cada una de las estancias de la casa, hoy museo, se explican, en carteles en chino y en inglés, las diversas etapas de su vida. En su dormitorio el cartel dice que, de niño, ya soñaba con la nueva China. En una salita vecina, en donde estudiaba horas y horas, se convirtió en el mejor estudiante de China. En la cocina, ayudaba a su madre en las tareas domésticas, y así llegó a ser el mejor hijo de China. En el salón principal, explicaba a sus familiares y amigos cómo iba a organizar la liberación del pueblo chino. Y en la gran piscina del exterior, se relajaba nadando todos los días: imagino que allí se convirtió en el mejor nadador de China.

Anoto un chiste chino. Mao ordenó: “Que los insectos de China sean exterminados”. Y murieron todas las abejas y ya no hay miel en China.

Hoteles del amor para un país sin sexo

12 mayo, 2014

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

El atractivo turístico en que se han convertido los ‘love hotels’ en Japón contrasta con el creciente desinterés de la juventud del país en tener relaciones sexuales.

Estos alojamientos tokiotas por horas incluyen incontables juegos sexuales. / REINER RIEDLER (ANZENBERGER)

Todo el mundo sabe que no hay porno más extravagante que el porno japonés. No estamos preparados, sin embargo, para llegar al canal 7 y encontrarnos con una competición de coches folladores. En el asiento de cada uno de ellos hay una muchacha abierta de piernas que es penetrada automáticamente por un cacharro de plástico; mientras el público, de lo más variado, ríe, anima, aplaude (¡es una carrera!). En el canal 14, una de geishas. En el 21, en este preciso instante embiste un macho alfa, en la única película occidental de todo el zapping. El televisor no es más que uno de los entretenimientos que controla un panel más propio de una nave espacial que de una habitación de hotel. Los juegos de luces permiten todas las sombras imaginables. Sobre la cama nos hemos encontrado (vaya por Dios) unos albornoces casi transparentes. Hay un dispensador que te cambia yenes por juguetitos eróticos. ¿Y qué decir del cuarto de baño? El cóctel de luces de discoteca y burbujas explosivas solo puede ser calificado como molotov.

Además de alojamientos económicos y albergues por horas, los love hotels son auténticos atractivos turísticos de Tokio. Se encuentran en una colina del barrio de Shibuya, a orillas de los infinitos centros comerciales y las pantallas imperiales. En Japanese love hotels. A cultural history,Sarah Chaplin afirmaba en 2007 que en los hoteles amorosos ocurría la mitad de todo el sexo de Japón. El fenómeno nació en los años cincuenta y tuvo su clímax (perdón) en los ochenta, cuando llegó a haber hasta 30.000 establecimientos abiertos. Con la segunda década del siglo XXI ha llegado su decadencia. Los medios nipones hablan de un “síndrome de celibato” para definir la nueva tendencia entre hombres y mujeres: no solo menos matrimonio, sino también menos piel. La Asociación Japonesa de Planificación Familiar cifra –según The Guardian– en un 45% las chicas de entre 16 y 24 años que no están interesadas en contactos sexuales. Si caminando por Tokio te cruzas con jovencitas –en cuerpo presente o en las portadas de revistas o en superficies pixeladas– de aspecto lascivo, es más probable que la lascivia esté en tu mirada masculina que en sus leotardos y sus minifaldas. Y si te alojas en un love hotel, seguro que varios de los otros huéspedes también son turistas o viajantes solitarios o prostitutas con clientes.

El fenómeno de los albergues transitorios es global, pero poco europeo: sobre todo asiático y latinoamericano. Los he visto (ejem) en Argentina –donde los llaman telos–, en Colombia y en Brasil. Aquí algún día fueron conocidos como meublés y hoy también han adoptado el nombre de love hotels: en Barcelona hay al menos tres (La França, El Regàs y La Paloma). Su alianza con un interiorismo de fantasía se remonta a la segunda posguerra mundial, cuando el turismo se multiplicó y la luna de miel dejó de ser un privilegio de la aristocracia y la alta burguesía; y en los setenta, hasta de los recién casados. Si la sexualidad se infantiliza en el manga y elanime, también lo hace en esos parques de atracciones en miniatura que son las suites nupciales, con colchones de agua, grandes espejos y bañera de hidromasaje en forma de corazón. Se trata, al fin y al cabo, de jugar. Por eso no me extrañó que en nuestra habitación también hubiera una Wii. Jugar y sudar.

El legado del samurái, cuatro siglos después

19 junio, 2013

Fuente: diario EL PAÍS

En 1613 partió de Japón con destino a España el noble Hasekura Tsunenaga para conseguir apoyo militar y naval de la entonces mayor potencia del mundo. La misión no consiguió sus objetivos, pero dejó huella

EVA VÁZQUEZ

Conocí a la discreta y principesca Naomi Kato en la Casa de América, el principal centro cultural iberoamericano de la capital de España, allá por el mes de octubre de 1996. Estaba entonces completando su formación hispánica para así, como novel diplomática de su país, Japón, mejor servir a las relaciones entre éste y las naciones iberoamericanas. La conversación y mi interés por la historia llevó a Naomi Kato a contarme un episodio magnífico y muy poco conocido de las relaciones históricas hispano-japonesas, un episodio en el que, por circunstancias extraordinarias de la vida, ella se había visto profunda y definitivamente envuelta: el de la embajada de Hasekura Rokuemon Tsunenaga, ahora denominada Embajada Keicho por haber tenido lugar en el año decimoctavo de la era japonesa del mismo nombre. Ésta es, muy brevemente, la sorprendente historia, una historia que ya fue en parte novelada por el escritor japonés Shusaku Endo.

En el año de 1613 partió del puerto japonés de Sendái, en un galeón de diseño y tecnología españoles, con destino a España, el noble japonés Hasekura Tsunenaga. Cristiano católico y embajador del señor del feudo de Bojú, Date Masemune, Hasekura iba acompañado del franciscano español Luis Sotelo y de un numeroso séquito de samuráis y comerciantes nipones. El objeto oficial de su misión era establecer relaciones políticas y comerciales con la Corona de España y lograr su ayuda para, entre otras cosas, impulsar el cristianismo en su país.

El séquito nipón pasó una larga estancia en México, la Nueva España, para, tras cruzar las montañas y desiertos de ese país, embarcarse hacia la vieja no sin antes hacer escala en la gran antilla de Cuba. El cinco de octubre de 1614 la embajada japonesa llegaba a Sanlúcar de Barrameda. Sin embargo, mucho habían cambiado las circunstancias desde su ya lejana partida de Cipango.

Japón vivía en los primeros decenios del siglo XVII un proceso de fuerte controversia religiosa y de reordenación política del país. El cristianismo, presente en la isla desde mediados de la anterior centuria precisamente por iniciativa del jesuita español Francisco Javier, tenía ya una fuerte implantación en el país asiático. Algunos dirigentes japoneses pensaron entonces que la religión cristiana podía ser una primera punta de lanza de una proyectada conquista española o ibérica o, cuando menos, de un plan de control y mediatización política y económica de la isla japonesa por parte de las potencias occidentales. Además, el país se hallaba en un momento de desgarradoras luchas intestinas entre señores feudales y poderes centrales por el control del Shogunado.

Fue en ese cambiante e inestable contexto cuando uno de los grandes señores feudales, Date Masemune, envió con el permiso del shogúnretirado Tokugawa Ieyasu la embajada Keicho, o Hasekura. Los historiadores coinciden en señalar que lo que se buscaba claramente era la transferencia de tecnología militar y naval de la entonces mayor potencia del mundo, España, para hacer fuertes las aspiraciones del señor de Bojú. Así, el proponer a Su Majestad Católica Felipe III la cesión de algunos medios para ayudar a la causa cristiana era, en principio, una estrategia lógica dentro de la pugna política y religiosa que se vivía en la isla del Sol Naciente.

Sin embargo, paradojas de la Historia, la misión de Hasekura Tsunenaga perdió su sentido antes incluso de llegar a su destino: la religión cristiana había sido prohibida y proscrita en el Imperio japonés precisamente durante el tiempo en que transcurría su viaje. Por otro lado las noticias contradictorias llegadas a la Corte española desde la Capitanía General de Filipinas sobre la situación y la estructura interna del Japón, y sobre la coyuntura del cristianismo en ese país hicieron que la posibilidad de una ayuda material fuese desestimada. También la legación diplomática fue considerada como de rango menor por no proceder clara y directamente del Emperador o del Shogún, sino de uno de sus vasallos, el citado señor de Bojú. Tampoco pasaron por alto las autoridades españolas el peligro objetivo que podía suponer para las posesiones hispanas en el océano Pacífico la transferencia de tecnología militar y naval a un pueblo fuertemente organizado y de gran tradición guerrera.

Hasekura y su séquito fueron protegidos y conducidos por las autoridades españolas que, tras aceptar la concesión de audiencia del legado japonés por parte del Rey, facilitaron y financiaron también su traslado a la Corte papal donde fueron recibidos por el Pontífice. Finalmente y tras muchos y denodados esfuerzos la comitiva japonesa emprendió el regreso a su país no sin antes hacer una nueva y necesaria escala en España. Sus objetivos no fueron logrados: los vientos de la Historia soplaban en muy diferente dirección.

Sin embargo, de su estancia en España y particularmente de su paso por la localidad sevillana de Coria del Río ha quedado un patrimonio histórico singular. Un legado genealógico y cultural excepcional que conservamos en la existencia y profusión del apellido Japón entre muchos de sus habitantes. Un claro recuerdo del grupo de nipones samuráis que decidió establecerse en España y no atravesar nuevamente dos inmensos océanos.

Este patrimonio histórico compartido hispano-japonés representado por el legado de la Embajada Hasekura en sus diversas manifestaciones comenzó a ser reconocido y divulgado en tiempos relativamente recientes con ocasión de la conmemoración en 1989 del cuarto centenario de la refundación de Sendái, el puerto japonés del que partió Hasekura en octubre de 1613 y que muchos recordarán hoy por las terribles consecuencias que sufrió a causa el maremoto desencadenado en 2011. También en los últimos decenios se han sucedido diversos actos recordatorios y conmemorativos de aquella misión diplomática destacando la mención realizada a su directa relación con el apellido español “Japón” con ocasión de la visita del Príncipe Naruhito a la Exposición Universal de Sevilla; o la erección en Coria del Río de una estatua de Hasekura Tsunenaga, réplica de la que se encuentra en Sendái. En octubre de 1996 el embajador japonés en España nombraba simbólicamente embajadores honorarios de Japón en España a las personas apellidadas Japón. El “legado Hasekura” comenzaba a ser recuperado.

La Embajada Keicho-Hasekura enviada a Felipe III constituye una de las más antiguas vinculaciones diplomáticas de Japón con Occidente: una misión anterior fue enviada al también Rey español Felipe II en las postrimerías del siglo XVI. Durante una centuria, entre 1540 y 1630 aproximadamente, las relaciones entre las dos potencias ibéricas, España y Portugal, y Japón, fueron además de intensas las primeras mantenidas por el país oriental con Occidente. Esa antigua y fructífera relación (hasta el voluntario aislamiento nipón a partir del segundo tercio del siglo XVII) no quedó restringida a la dimensión evangelizadora sino que se extendió a múltiples facetas técnicas, culturales, idiomáticas, comerciales y hasta gastronómicas. Algunos autores opinan, por ejemplo, que la introducción de arcabuces por las potencias ibéricas fue decisiva para acabar con la anárquica situación y para lograr la estabilización política interna del Japón. Más de trescientos años después, es bien sabido, Japón volvió a abrirse al mundo pero esta vez de la mano y la presión de las potencias occidentales anglosajonas. Desde entonces y hasta hoy pocas personas e instituciones en España y en Japón han recordado la fructífera relación que nos vinculó durante un siglo, y la primacía hispánica, en Occidente, en mantener relaciones oficiales y extraoficiales con el país del Sol Naciente.

Vuelvo ahora al inicio de mi historia. Como guiada por una suerte de espíritu invisible, por una atracción no explicada, Naomi Kato, católica por tradición familiar en un país mayoritariamente budista y sintoísta, decidió estudiar Cultura y Literatura Hispánicas en la Universidad al acabar el bachillerato. Durante ese tiempo de instrucción tomó también la decisión de escoger México (el primer país hispánico que pisó Hasekura) para, durante un año de estudio, conocer directamente el mundo y la lengua hispánicos. Al acabar la licenciatura se presentó a la oposición para la carrera diplomática de su país y, como nueva funcionaria especializada en el mundo de lengua española, fue destinada a España con el objeto de aumentar su bagaje formativo durante dos años más antes de tomar posesión de su primer destino oficial. Como lo fue Hasekura, también es Naomi Kato diplomática, y, como aquél, también fue enviada a España.

No eligió Naomi cualquier lugar de nuestro país sino que, una vez más guiada por ese “instinto”, se instaló durante su primer año en Sevilla, muy cerca de la villa de Coria del Río donde al menos cinco samuráis de aquel memorable séquito decidieron aposentarse definitivamente. Fue en realidad entonces cuando Naomi Kato, que si utilizase la regla española de llevar también el apellido materno sería Naomi Kato Hasekura por pertenecer al mismo linaje que el ya inmortal embajador, conoció la directa relación entre el apellido español Japón y la misión de Tsunenaga. Ni que decir tiene que, encontrándose todavía la joven en periodo preferentemente formativo, la embajada japonesa en Madrid lacomisionó también obviamente para algunas actividades representativas y conmemorativas de aquella antigua misión del señor de Bojú.

Había que articular y asegurar ese legado, rico en cultura, en historia y en ciudadanos españoles con apellido Japón. Con la iniciativa de Naomi K. Hasekura y el impulso de un gran defensor y promotor de este patrimonio, el coriano Virginio Carvajal Japón que en paz descanse, me cupo la satisfacción de contribuir a la articulación formal de la Asociación Hispano-Japonesa Hasekura. Hoy, bajo la presidencia honorífica de S. A. R. el Príncipe de Asturias y de S. A. I. el Príncipe Heredero de Japón, y con motivo de los cuatrocientos años de la Embajada Keicho-Hasekura, se pone felizmente en marcha el Año Dual España-Japón.

Todavía parece que el espíritu de Tsunenaga continuó influyendo en la trayectoria de su incomparable y lejanísima “sobrina”, y el primer destino oficial de ésta fue la bellísima Isla Española, la actual República Dominicana cuyas costas pudo muy probablemente divisar el embajador de Date Masemune durante su travesía hacia España. A todo esto recuerdo la profunda y mística puesta de sol que con la embajadoraHasekura pude admirar allí desde los restos de La Isabela, el primer asentamiento español y europeo en América. Desde ese lugar, el sol, poniente, nos indicaba la ruta del embajador inmortal y la situación del país que en todo el mundo es llamado del Sol Naciente.

 F. Álvaro Durántez P. es jurista

De regreso al ábaco

27 mayo, 2013

Fuente: diario EL PAÍS

La pedagogía de las matemáticas en España sigue ofreciendo resultados mediocres

No hace falta acudir al informe PISA. Basta con hacer rudimentarias encuestas entre parientes y colegas para constatar el escalofrío que la palabra “matemáticas” provoca en los españoles. Cualquiera pensaría que una buena parte de la población hispana tiene una tara genética que la inhabilita para las ciencias exactas. Es cierto que hay una despreocupación innata por la aritmética. Aquí se paga por rondas y se llenan con garbo las copas, mientras que en Alemania dividen la cuenta por cabeza sin perdonar un céntimo y miden al milímetro la dosis de alcohol en el gin-tonic. Lo mismo vale para el endeudamiento.

Pero no: no estamos incapacitados para las matemáticas. Lo que pasa es que nos las han enseñado mal.

Generaciones enteras crecieron marcadas por la teoría de conjuntos, explicada con frecuencia por esforzados profesores que tampoco terminaban de comprenderla. Y con la cabeza llena de óvalos superpuestos rellenos de triangulitos se avanzaba a trompicones hacia el número e y el logaritmo neperiano, navegando entre la abstracción y los suspensos, sin entender para qué servía todo aquello. Y luego, claro, a Letras. ¿Se acuerdan?

Y ahora sí, acudamos al informe PISA de 2012: a tenor de esta prueba que evalúa el rendimiento estudiantil en más de 60 países, no parece que la pedagogía de las matemáticas haya alcanzado un horizonte de éxito en nuestro país: los alumnos españoles sacaron 483 puntos, por debajo de la media de los 34 miembros de la OCDE (496 puntos).

Las matemáticas son hoy, más que nunca, una herramienta básica para desenvolverse en un mundo revolucionado por las nuevas tecnologías, donde un algoritmo es capaz de ubicar el origen de un rumor en Internet. Se aplican a la cirugía, o al diseño de bañadores olímpicos, o al control de la contaminación urbana. En algunos países, sobre todo en emergentes asiáticos como Corea del Sur, Singapur o China, las matemáticas se consideran un factor de desarrollo y son un pilar básico en la educación.

Se comprende que arrasen en la prueba del PISA. Y se comprende el creciente interés que los métodos didácticos orientales están despertando en España. Sus sistemas de cálculo (ábaco incluido) agilizan la mente y desarrollan los dos lados del cerebro.

A ver si al final va a ser eso… Que por andar medio atrofiados, nos va como nos va.

Las tongqi y sus matrimonios con homosexuales en China

25 octubre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS

Xiao Qiong se casó hace tres años con el amor de su vida, pero nunca se ha acostado con él. Ni siquiera se han besado. Su marido es homosexual y ella lo sabía desde el principio. Pero, tradicional hasta la médula como es, educada para sobresalir en la escuela, convertirse en una esposa abnegada y no alzar la voz en casa jamás, creyó que eso de ser gay era una moda y que ya se le pasaría. (…) Se define como una tongqi —término de argot que se forma a partir de tongzhi (literalmente, camarada, pero también se emplea para identificar a un hombre homosexual), y qizi (esposa)—, aunque nunca pronuncia esta palabra en público. No es un término ofensivo, pero le resulta humillante que la gente lo sepa porque nada en la vida le importaba tanto como casarse. Desde pequeña soñaba con el día de su boda y tenía planeada la ceremonia al detalle: sería junto al mar, no con el típico qipao o vestido tradicional rojo de novia, sino con un vestido de cola blanco, como las princesas y “las modelos de la Vogue”. Se descalzaría y bailaría sobre la arena con su marido mientras al fondo se ponía el sol. Ese era su plan. Desde pequeña se había empleado a fondo para ser un día la chica descalza de la playa, con el velo al viento. Al final todo le salió al revés.

Es difícil determinar con exactitud cuántas tongqi hay en China. Se cree que unos 16 millones de mujeres están casadas con homosexuales, pero podrían ser muchas más. Muchos homosexuales llevan una doble vida porque el coste de salir del armario es demasiado alto. La tolerancia que se practicaba en la antigüedad contrasta con el conservadurismo del último medio siglo.

Durante las dinastías Song, Ming y Qing, como en la Grecia antigua, el amor entre hombres era común, pero siempre se revestía de metáforas y ambigüedad. Algunos poemas hablan también de relaciones íntimas entre mujeres a las que separaban luego para que se casaran. La primera ley homófoba entró en vigor en 1740, durante la dinastía Qing, aunque los gais no fueron perseguidos sistemáticamente hasta 1949, con el nacimiento de la República Popular. Para el maoísmo, los gais eran contrarrevolucionarios, habían abrazado una perversión capitalista y, por tanto, había que eliminarlos. En el mejor de los casos los obligaban a casarse con una mujer y a tener hijos. En el peor, los castraban, torturaban o condenaban a trabajos forzados durante décadas. Los parques, las saunas y los retretes públicos se convirtieron en lugares de encuentros clandestinos entre hombres.

Ser gay siguió siendo delito hasta 1997 y solo al cabo de otros cuatro años dejó de describirse como una enfermedad mental. Hoy los homosexuales siguen sin poder donar sangre porque se les considera un grupo peligroso. Existen bares, asociaciones de apoyo y alguna revista gay, pero es un circuito muy limitado. Para la sociedad china, profundamente confuciana, casarse y procrear es fundamental. En el ámbito rural, los homosexuales que se niegan a contraer matrimonio para guardar las apariencias se exponen a un calvario. La sexóloga He Xiaopei, del colectivo gay Pink Space, me contó consternada que no sabía cómo ayudar a un campesino de 35 años de Sichuan, a tres mil kilómetros al suroeste de Pekín. El hombre vivía en una aldea remota y llevaba días llamándola: sus vecinos se habían enterado de que era homosexual y no había salido de su casa en varios meses por miedo a que lo lincharan.

Sincerarse es muy complicado. Muy poca gente se aventura a contarlo en casa. Cuando se acerca el Año Nuevo lunar, fecha en la que se reúnen las familias, empieza a aumentar la presión para los solteros en general, pero sobre todo para los homosexuales. Son conscientes de que en algún momento de la cena un familiar les preguntará por qué no tienen pareja y a qué esperan para encontrarla. Desde hace unos años, muchos gais y lesbianas se ponen en contacto a través de foros especiales de Internet y pactan falsos noviazgos. Van primero a casa de uno y después del otro para calmar a las familias respectivas, luego se vuelve cada uno a su hogar, y tan amigos. Al cabo de unas semanas anuncian que han roto o bien se casan y viven separados, pero mantienen las apariencias en las fiestas de guardar. (…)

Casarse con Xu Bing significaba para ella una mezcla de muchas cosas: sentirse útil al ayudar a un amigo con problemas, abandonar el nido familiar, dejar de verse como una perdedora social y tener con quien alquilar, por fin, una barca de remos en el parque. Pero, sobre todo, suponía una victoria histórica después de tanto tiempo, un final feliz en su novela rosa particular.

Las primeras discrepancias surgieron cuando empezaron a organizar la boda. Xiao Qiong no acababa de quitarse de la cabeza la playa, el velo, los invitados riendo y las luces indirectas. Xu Bing quería firmar un papel. Había conocido a un chico que le gustaba y lo que más le apetecía era brindar con él por su libertad. (…)

Fue una mañana de invierno. Después de firmar el certificado de matrimonio, comieron en un hotel, sin más pompa que la de cualquier cumpleaños. Los padres de ella y los padres de él, ni un invitado más. El novio llevó a cabo el ritual de servirle el té a sus suegros. Mientras llenaba los vasos, exclamó: “Padre, quédese tranquilo. Voy a cuidar de Xiao Qiong”. A la novia se le revolvió el estómago pero no dijo nada.

Después de la cena, acompañaron a los mayores a sus coches. Cuando los vieron alejarse, Xiao Qiong y Xu Bing también se dijeron adiós. Ella se fue a su piso y pasó su noche de bodas viendo la televisión y comiendo cacahuetes. Él se marchó al apartamento de su novio, donde se instaló desde el primer día. (…)

A Xiao Qiong le gusta que quedemos para pasear. Cuando empieza a andar no para: pueden pasar horas antes de que decida sentarse. Dice que así se relaja y que le viene bien para dormir. Lleva meses tomando infusiones de hierbas y raíces que su médico le prepara para conciliar el sueño. (…) “Creo que estoy angustiada desde la boda”, dice. “No tuve ni anillo, ni luna de miel, ni fiesta en condiciones y me siento frustrada. Cuando vi que ni siquiera pasaba la noche de bodas conmigo, me di cuenta de que no había ganado nada casándome, pero era como una espiral de la que no sabía cómo salir”.

Del libro Hablan los chinos (Aguilar), de Ana Fuentes, excorresponsal de la cadena SER en Pekín, que se publica el 19 de septiembre.

La crisis de opulencia de China

4 octubre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS | Mark Leonard

Durante la mayor parte de los últimos 30 años, a los dirigentes chinos les quitaba el sueño la pobreza de su país. Sin embargo, ahora que se aproxima la transición de poder que se lleva a cabo cada 10 años y que se producirá este otoño, lo que está provocando insomnio no es la pobreza, sino la opulencia de China.

En 1979, Deng Xiaoping declaró que el objetivo de la modernización de China era crear una sociedad xiaokang (moderadamente acomodada), cuyos ciudadanos estuvieran lo bastante desahogados como para poder mirar más allá de la lucha diaria por la subsistencia. Desde hace más de un decenio, el pueblo chino vive su versión de este concepto que parecía utópico.

En un viaje reciente a la próspera provincia de Guandong, en el delta del río Perla, me llamaron la atención la sofisticación y la riqueza de la vida urbana en China, pero también la fragilidad del pacto social sobre el que se sostiene. El crecimiento económico del país sufrió una “desaceleración” y cayó al 7,6% en el segundo trimestre (el peor desde 2009, año en el que 20 millones de chinos perdieron el empleo por culpa de la crisis financiera mundial). Hace unos días, el primer ministro, Wen Jiabao, advertía de que les aguardan tiempos difíciles en la economía.

En Guangdong —donde hay constantes protestas de los trabajadores inmigrantes y una nueva clase se esfuerza por proteger sus ventajas ante la crisis económica—, el régimen se enfrenta a una situación especialmente difícil. Tras la experiencia de la plaza de Tiananmen en 1989, las autoridades chinas son muy conscientes de que los disturbios sociales y las revoluciones tienen más probabilidades de surgir como consecuencia de las ambiciones frustradas de quienes aspiran a más que por las quejas de los más pobres.

Ahora que China nada en la abundancia, algunos de sus intelectuales han empezado a acudir a una fuente inesperada para tratar de comprender sus problemas. El libro de J. K. Galbraith La sociedad opulenta es un análisis crítico de la manía por el crecimiento del PIB en Estados Unidos en 1958. En su día causó polémica, al afirmar que la obsesión por el volumen de bienes que se producían iba a tener que dejar paso a una pregunta más amplia: la calidad de vida que hacía posible. En la introducción alega que, mientras que los pobres tienen una idea clara de cuáles son sus problemas y cuáles las soluciones, los ricos tienen “una tendencia comprobada a ponerse al servicio de intereses equivocados y a hacer el ridículo en general”. Y lo que ocurre con los individuos, dice Galbraith, ocurre también con los países.

China ha pasado de ser uno de los países más igualitarios del mundo a tener una brecha entre ricos y pobres mayor que la de Estados Unidos. Destacados pensadores de izquierdas como Wang Shaoguang y Lu Zhoulai aseguran que a Galbraith le sería fácil reconocer los síntomas de su sociedad opulenta en la China actual.

En primer lugar, las autoridades llevan una generación obsesionadas por el crecimiento económico, a expensas de todo lo demás.

Segundo, las desigualdades se han disparado desde que la China socialista destruyó el “cuenco de arroz de hierro” de la protección social.

Tercero, la explosión de un consumo privado de lo más llamativo se ha producido a costa de la inversión en bienes públicos como las pensiones, una sanidad asequible y una enseñanza pública.

Y cuarto, el gasto en un desarrollo excesivo y en proyectos hechos para aparentar ha crecido, en detrimento de las necesarias inversiones en bienestar social.

Las exportaciones baratas de China han sido posibles gracias a la enorme reserva de mano de obra inmigrante, garantizada por el sistema de hokou, que ata a los campesinos a la tierra y les despoja de todos los derechos sociales si se marchan en busca de trabajo. El resultado es que un núcleo urbano como Guangzhou (la antigua Cantón), el mayor de Guangdong, se parece hoy a Arabia Saudí: tiene un PIB per capita equivalente al de un país de rentas medias, pero los especialistas calculan que solo son habitantes oficiales tres millones de los 15 que trabajan a diario en la ciudad. Los demás no tienen ningún derecho a vivienda, educación ni sanidad, y viven con salarios de subsistencia. En Arabia Saudí, los inmigrantes que proporcionan la mano de obra barata van atraídos por la riqueza del petróleo; pero en Guangdong, los trabajadores son al mismo tiempo la fuente y la consecuencia de la riqueza.

La falta de protección para la mayoría de los trabajadores consolida el otro pilar sobre el que se sostiene el crecimiento de China: el capital barato para las inversiones en infraestructuras. Si el Estado no garantiza las pensiones, la sanidad ni la educación, los ciudadanos ahorran casi la mitad de sus ingresos como salvaguarda contra desgracias personales.

Pero los bancos de propiedad estatal les ofrecen unos tipos de interés muy bajos, artificiales, y eso hace que haya enormes cantidades de capital barato a disposición de los empresarios para que hagan inversiones especulativas, que han inflado el PIB y han llenado el paisaje chino de monstruosos proyectos inútiles como edificios municipales palaciegos, fábricas paralizadas y hoteles vacíos.

Guanzhou no es la única ciudad en la que bulle el malestar social, aunque el alto grado de desarrollo de la región hace que las desigualdades sean más visibles. El ansia china de crecimiento y riqueza ha creado una economía de burbuja y ha atrapado a millones de personas en la pobreza.

El número de “incidentes de masas” registrados por el Gobierno (cualquier manifestación violenta en la que participen más de 500 personas) pasó de 8.700 en 1993 a 87.000 en 2005 y 180.000 en 2011, según varios estudios oficiales.

En los últimos años existe un debate en China sobre cómo escapar de la trampa de su opulencia. Por un lado, en la nueva izquierda, muchos piden que se recurra a métodos para estimular la demanda interior con el fin de eliminar las causas del malestar social. Las primeras cosas que proponen son aumentar los salarios, acabar con los subsidios artificiales a las exportaciones, proporcionar acceso a los servicios sociales, reformar el sistema de hukou y poner fin a la “represión financiera” de unos tipos de interés artificialmente bajos.

Aumentar los salarios y permitir poco a poco que se revalorice el renminbi ya es difícil, pero acabar con la represión financiera de los tipos de interés demasiado bajos es un ataque directo a los intereses más poderosos de China.

Además, esas medidas serán un obstáculo para el crecimiento. Por eso, numerosos observadores de la derecha buscan una manera de que la riqueza de China sea más aceptable. Quieren privatizar las empresas estatales, estimular a las empresas para que incrementen su valor y desarrollar políticas que den legitimidad a las desigualdades que, en su opinión, son esenciales para el progreso.

Muchos aplauden lo que el profesor chino Xiao Bin ha llamado el modelo Guangdong de autoritarismo flexible, que da más voz a las preocupaciones de los ciudadanos en Internet y permite que la sociedad civil y las ONG expresen sus preocupaciones. Hace unas semanas —después de unos disturbios especialmente violentos en la ciudad de Shifang, en la provincia de Sichuán—, varios miembros destacados del entorno del presidente Hu Jintao animaron a los mandos intermedios a “escuchar con atención a las masas” e intentar encontrar formas de mediar y resolver las disputas en vez de recurrir a la fuerza bruta.

Pero lo que preocupa a Wang es que, sin un intento exhaustivo de abordar las causas del malestar, cada problema vaya a peor. “Los consejos de Galbraith no obtuvieron ningún resultado en América”, escribió en un ensayo el año pasado, “así que la China socialista debería ir mejor”.

Como vemos, la crisis financiera no marcó solo la muerte del consenso de Washington. Puso también en marcha una crisis del modelo chino de desarrollo. Las regiones más prósperas, como Guangdong, se sumergieron de inmediato en el caos, en cuanto la demanda de productos chinos en Occidente se desmoronó. A ello hubo que añadir una sensación cada vez mayor de que las bases tradicionales del crecimiento estaban erosionándose, en la medida en que los costes laborales, el precio de la tierra y los tipos de interés aumentaban.

China creó un inmenso paquete de medidas de estímulo que produjo resultados inmediatos pero agudizó los desequilibrios a largo plazo. Hoy, los intelectuales afirman que la sociedad de Deng Xiaokang ha alcanzado sus límites naturales, como lo prueban los inmigrantes que salen a manifestarse en números nunca vistos y los representantes de la Administración que airean en público sus discrepancias políticas.

Si sus predecesores tuvieron que lidiar con los problemas de la pobreza y el legado del socialismo, la nueva generación de líderes chinos que llegará al poder en otoño tendrá que lograr escapar de la trampa de un mercado que produce –en palabras de Galbraith— opulencia privada y miseria pública.

Mark Leonard es cofundador y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores y autor de What does China Think?

© Reuters 2012

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

El joven poder chino en España

11 septiembre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS | Luis Gómez

La comunidad china en España se ha multiplicado por seis en una década. Y entra en juego una nueva generación más poderosa e influyente que el tradicional dueño de una tienda.

Hacer un reportaje en agosto sobre la comunidad china en España no representa ningún problema: los chinos no toman vacaciones. Y así es, salvo muy contadas excepciones. La facturación de la empresa Don Pin es un fiel termómetro de ello: ingresa lo mismo en agosto que en cualquier otro mes del año. El dato no es despreciable teniendo en cuenta que Don Pin distribuye las mercaderías a 4.300 establecimientos de alimentación, mejor conocidos como tiendas de chinos, factura 50 millones de euros y crece casi al 20% en plena crisis. Si un estereotipo se cumple (los chinos no descansan en verano), la mayoría de las leyendas que rodean a la comunidad china en España se están quedando anticuadas. El chino laborioso, pacífico y temeroso que apenas habla castellano y vive en un entorno cerrado ha dado paso a una nueva generación que representa a un gigante económico. Los chinos de hoy son doblemente poderosos. Tienen dinero. E influencia. Y la utilizan. Son los ojos y los oídos de China en España.

La nueva generación pisa el terreno con seguridad, como lo hace Maodong Chen, uno de los propietarios de Don Pin, un joven de 32 años que llegó con 18 a España y convirtió un negocio minorista en otro mayorista. Maodong es, sobre todo, un chino sin complejos: habla sin tapujos y hace uso de un tremendo sentido del humor. Tanto es así que empieza a ser asiduo conferenciante en escuelas de negocio. Hace unos meses, en la sede del IESE en Madrid, ante ejecutivos de multinacionales, Maodong no pasó inadvertido. Supo provocar la atención. Primero, cuando afirmó que no quiere clientes españoles en su negocio. “Los españoles no pagan”, dijo, “no los quiero en mi negocio. Me quedo con los chinos, que son serios”. En otro momento ofreció algunas imágenes de lo que no debe hacer un chino en España: por ejemplo, vender un balón azulgrana con el escudo del Real Madrid. Así de rotundo es este nuevo empresario.

Su empresa no es un reducto chino. “Pongo en contacto a proveedores españoles con clientes chinos”, asegura. En Don Pin, el 60% de los trabajadores son españoles. Maodong trabaja para crear equipos que le permitan diversificar su negocio y expandirse. Su energía es contagiosa. Responde cualquier pregunta y no está dispuesto a perder el tiempo en ser políticamente correcto, actitud que echa por tierra el cliché del chino temeroso. Reconoce que las dos cosas que más le gustan a sus compatriotas son, además de trabajar, los artículos de lujo y el juego. Y reconoce más cosas.

Por ejemplo, cuando afirma que una de las actuales preocupaciones de muchos empresarios chinos de su generación, gente con alta capacidad adquisitiva, es la educación de sus hijos en España. “No queremos que nuestros hijos se conviertan en señoritos españoles”, sostiene con una sonrisa oriental. “Y estamos muy preocupados. Aquí no se desarrolla la cultura del trabajo y del esfuerzo”. Es crítico con la sanidad española (“He tenido que ir a China para arreglarme un problema de la rodilla”) y con las asociaciones chinas que pululan por España: “El chino es individualista y desconfiado. Muchos montan asociaciones para sus intereses. A mí me gusta tener amigos pero no hacer política. Soy un hombre de negocios, no un pijo”.

No es fácil que Maodong acepte entrevistas, pero va camino de convertirse en una voz autorizada del empresariado chino en España. A su éxito profesional se une su buena acogida en escuelas de negocio. Su estilo encaja con el de Juan Roig, propietario de Mercadona, el empresario que ha recomendado a los españoles trabajar como chinos y que tiene su escuela de empresarios (EDEM), donde se imparte un máster denominado 15 por 15 (15 empresarios para 15 alumnos). No sería extraño que algún día Maodong sea profesor. Pero que nadie se equivoque: tiene la humildad como para intentar durante un año que le acepten matricularse en un máster sobre finanzas. ¿Haría algo parecido un empresario español con éxito?

Maodong es de la misma generación que la abogada Lidan Qi, de 34 años, fundadora de un despacho en Barcelona junto a su hermana Lilin Qi, que es economista. Ambas se dedican a la consultoría tanto para las empresas españolas como para las multinacionales chinas, tanto públicas como privadas, que quieren conocer España. Lidan Qi lleva 22 años en España y sabe lo que es trabajar en el negocio familiar. Han progresado con su trabajo. Crearon una incubadora de 40 empresas en Badalona. Poseen un centro comercial. Lidan Qi se expresa en un perfecto castellano, sin casi rastro de acento oriental: “La imagen de España no es positiva”. Lo dice con tranquilidad, conocedora de los intereses de las grandes empresas chinas, para quienes no somos lo mejor de Europa.

Lidan Qi reconoce el problema generacional: “La emigración china en España es joven, pero ya estamos conociendo a la tercera generación. Mis sobrinos se sienten catalanes. Los jóvenes no quieren vivir como sus padres. Quieren vivir como españoles. Y asistimos a la lucha de los padres para que los hijos no se olviden de sus raíces. Hay un fenómeno hoy en día: el de empresarios que mandan a sus hijos a estudiar a China”.

Estos problemas son consecuencia de un colectivo que está en pleno crecimiento. En una década, la comunidad china en España se ha multiplicado por seis, un crecimiento superior a la media de otras nacionalidades, que se multiplicó por cuatro. Y su perfil ha cambiado: aunque un 70% procede de una misma región (Qingtian y Wenzhou), están comenzando a entrar profesionales procedentes de otras regiones y estudiantes (se calcula que habrá unos 6.000 haciendo cursos en las universidades españolas). De su carácter emprendedor no hay duda alguna: en los últimos tres años, el número de autónomos entre los chinos ha crecido el 55,9% para convertirse en la comunidad extranjera con más autónomos de España. Parte de su secreto, además del trabajo, reside en los préstamos entre familiares y amigos. “Hay un proverbio que dice: ‘Tú me das una gota de agua y yo te devuelvo una fuente”, explica Lidan Qi. “Es un código de honor: el dinero se presta sin interés y sin papeles”.

En una década, los chinos se han hecho mucho más visibles. Y su perfil se está modificando. “Hay nuevas generaciones”, explica el experto Joaquín Beltrán, de la Universidad Autónoma de Barcelona: “El 23% son menores de 15 años y están escolarizados, y el 13% de los 178.000 chinos censados ha nacido en España”. “En el tema de la segunda generación”, apunta la experta Gladys Nieto, de la Autónoma de Madrid, “se suele dar por sentado que están integrados, hablan bien español, conocen sus derechos y han completado la movilidad social respecto a sus padres. Tengo mis dudas de que este sea el cuadro general de los jóvenes chinos en España. Tenemos muy poca investigación sobre estos sectores, y lo que se detecta en otros países como Italia o Inglaterra es que muchos de estos chavales viven en un aislamiento que los vincula a los negocios de sus padres, sin posibilidad de salir de tales proyectos”.

Pero si el problema generacional interesa a los expertos, es su potencial económico lo que empieza a saltar a la vista. Los chinos ya no son solo los tenderos. Ahora están entre los mejores clientes.

Ejemplos los hay de todo tipo. Bankia organizó un “microevento” para 20 ciudadanos chinos el pasado 12 de julio, consistente en poner a su disposición una selección de activos inmobiliarios del banco. “Fue una primera experiencia”, afirmó un portavoz de Bankia, “porque los chinos tienen nuestra cultura: no les interesa el alquiler”. Una empleada china hizo la presentación. De la misma manera, El Corte Inglés ha contratado vendedores chinos para sus tiendas de artículos de lujo y se tiene noticia de una constructora que ofrece en Fuenlabrada 22 viviendas unifamiliares siguiendo el estilo feng shui. Es decir, especiales para chinos. Del éxito de esta iniciativa este periódico no pudo obtener información: la empresa es española y cerró en agosto por vacaciones.

Y a finales de noviembre se inaugurará en Madrid el flamante edificio Fénix. Será un centro comercial exclusivo para chinos, con supermercado, agencia de viajes, karaoke y sala de juegos. La fachada es de color dorado. Es el color predilecto de los chinos, un colectivo que no es homogéneo. Puede que su poder adquisitivo sea elevado, pero se aprecia una brecha social entre los empresarios de la primera hornada y los profesionales de la segunda generación. Aquellos abrieron camino. Los nuevos dominan.

Ese es el caso de Margaret Chen, algo así como la primera dama china en España. Se mueve en cualquier terreno con elegancia y no elude ningún tema de conversación, pese a que constantemente matiza que no habla en nombre de Telefónica, donde trabaja como uno de los principales ejecutivos de la compañía. Margaret es la viva encarnación de la generación china que ha asombrado al mundo: ingeniera informática formada en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Debe su estancia en España al simple hecho de haberse casado con un español. De lo contrario, estaría en cualquier otra parte del mundo.

Cuando llegó a España, se quedó embarazada y montó una consultora, que terminó colaborando con Telefónica hace 16 años. “En 2004, Telefónica quería entrar en China”, recuerda, “y no sabían que tenían un chino en su empresa. Querían buscar un traductor de confianza. Alguien les avisó y me lo propusieron: ‘No quiero ser traductor, soy ingeniero”, les respondí, ‘porque en China un traductor es como un miembro del servicio. Si queréis uno, os lo busco’. Luego me dijeron que era para acompañar a Alierta [presidente de Telefónica]. ‘Bueno, si es ir con él, le acompaño’. Fue muy gracioso”.

Su discurso es tranquilo, su castellano casi perfecto, se expresa con una naturalidad pasmosa como si todos los argumentos cayeran por efecto de la ley de la gravedad. Habla de España con la expresión con la que uno se refiere a un pobre enfermo al que respeta: nuestra imagen no es buena. En síntesis: no hemos hecho las cosas bien, seguimos sin aprender, quieren ayudarnos, les caemos simpáticos, pero debemos trabajar mejor. Ese es su mensaje.

“En cuatro o cinco años esto ha cambiado”, explica Margaret. “Aquí la emigración china se ha hecho con gente que venía a la aventura, casi todos procedentes del mismo pueblo, gente que no tenía nada que perder. Gente que no habla español, pero tampoco mandarín, pero que son muy fieles entre ellos. No estaban integrados en la sociedad. Mi mundo es distinto”.

El mundo de Margaret es el de las relaciones. El del poder y la influencia. Por ello preside la asociación China Club Spain, que pretende relacionar a directivos chinos y españoles. “China ve a España como socio”, explica, “posiblemente seamos ahora más amigos que Francia, porque Sarkozy no nos trató bien. Pero la relación es frágil. Francia recuperaría el terreno rápidamente porque es mucha su penetración en China”.

La posición de España no es buena. Tampoco su imagen. Un occidental eludiría esta crítica, pero Margaret, no. Es otra forma de diplomacia: “Puede que exista una prepotencia mutua”, explica, “pero los chinos piensan que España está atrasada. Hace 15 años apenas se la conocía por el fútbol. Y ellos son líderes. El chino no dedica mucho tiempo para saber lo que está pasando en el mundo. Es como el americano”.

Margaret habla de España como un alumno que debe progresar. “El turismo”, dice, “España no ha hecho nada. Un turista chino gasta entre 3.000 y 4.000 euros por cabeza en cada viaje. El año pasado hubo 50 millones de turistas chinos, este año habrá 70. ¿No ha sido España capaz de capturar un millón? Los circuitos que se hacen por Europa visitan varios países excepto España. Y eso, entre otras cosas, por problemas de seguridad. En un viaje le dieron una paliza a un gobernador. Pasaba lo mismo con los japoneses, que ahora viajan con su propia seguridad”.

España va con retraso. Porque necesitamos que vengan más chinos. Lo reconocen expertos españoles, entre los que está el profesor Pedro Nueno, del IESE. Necesitamos turistas. Necesitamos ejecutivos. No hay vuelos diarios con Pekín y Shanghái. Se ha abusado de la promoción cutre de algunas autonomías, sin darse cuenta de que los chinos no distinguen entre Asturias o Cataluña. No hay una estrategia nacional. Se falla en pequeños detalles. “Aquí les ponemos todas las trabas del mundo para darles un visado de entrada”, dice otro experto.

China ha cambiado. Pero ha cambiado también dentro de España. Ya no es una minoría anecdótica. Es poderosa. En algún caso, selectiva. Y, desde luego, cada vez más influyente.