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De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

7 junio, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que “nuestros ancestros” habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el “pueblo originario” -o los diversos “pueblos originarios”, dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

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Precinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

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Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.

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La Gran Guerra para todos los públicos

26 mayo, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 24 de abril de 2014

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Soldados alemanes manejan una ametralladora en las cercanías de Reims (Francia) / Bettmann.Corbis

“Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas (…) y en Viena encontré toda la ciudad inmersa en un delirio. Se formaban manifestaciones en las calles, los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente los vitoreaba a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se había fijado nunca…”. Esta es la atmósfera de la Viena ilusionada que describe el escritor austríaco judío Stefan Zweig en su gran obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo en agosto de 1914, recién iniciada la guerra en Europa. Hasta ese momento ningún conflicto bélico había surgido de un malentendido tan grave acerca de la magnitud de la catástrofe que se avecinaba y de las consecuencias y transformaciones que acarrearía. En el año del centenario de la Primera Guerra Mundial se suceden las novedades literarias sobre este acontecimiento histórico y hace pocas semanas ha visto la luz La I Guerra Mundial. De Lieja a Versalles (Alianza Editorial), una obra del editor y traductor Ricardo Artola que aborda todos los aspectos del conflicto desde un planteamiento de carácter divulgativo que sigue el patrón que ya empleó en 2005 para narrar la II Guerra Mundial. Su estructura sintética y lenguaje claro así como la cuidada cartografía, la colección gráfica comentada, las cronologías y los breves perfiles de los principales personajes ofrecen una herramienta muy útil para el lector que se acerca por primera vez a este tema. A buen seguro, los estudiantes de educación secundaria o bachillerato tienen aquí un manual adecuado para ampliar sus conocimientos.

La ilustración que trae la cubierta del libro podría ser una metáfora de lo que piensa el autor sobre el origen del conflicto. Un grupo de soldados británicos cegados por los efectos del gas venenoso son guiados por sus compañeros en el frente. Artola define a los gobiernos europeos antes de la guerra como un grupo de sonámbulos que se preparan  para una guerra que ven inevitable. ¿Era efectivamente inevitable la guerra?, ¿quién la provocó? Sobre el estallido de la guerra se han escrito miles de libros y la opinión del autor es que la guerra pudo evitarse y la culpa está de alguna manera repartida entre todos. Cuando estudiamos los conflictos localizados en los Balcanes y Marruecos en los años previos nos preguntamos si estamos ante los prolegómenos de la guerra o se pudo mantener la paz. La historiadora Margaret McMillan opina en su reciente 1914. De la paz a la guerra (Turner) que estamos ante una guerra que pudo haberse evitado y que los líderes políticos del momento no estuvieron a la altura que exigían las circunstancias. Faltaba un Bismarck o el Churchill de 1940 y Woodrow Wilson no fue escuchado en 1916 cuando tomó la iniciativa para negociar y lograr una paz sin victoria. El comportamiento de los estados mayores de algunos ejércitos, que no rendían cuentas a sus gobiernos sino a su emperador y trataron de neutralizar la labor diplomática en el aciago julio de 1914, como es el caso de rusos y alemanes, aceleró la movilización militar. Los análisis de Sebastián Haffner en Los siete pecados capitales (Destino) son elocuentes cuando describen los errores de la política internacional alemana que abandonó la realpolitik bismarckiana para echarse en brazos de la weltpolitiko política mundial, que impuso el káiser Guillermo II y que suponía la disputa con Inglaterra por el dominio global. Según Haffner, Alemania siempre tuvo en su poder la capacidad para desactivar por la vía diplomática esos picos de tensión, incluso de entablar una relación mutuamente favorable con los ingleses, pero tras el atentado de Sarajevo, los militares alemanes encontraron su excusa perfecta para plantarse en el callejón sin salida de la guerra.

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Mientras el ejército francés conducía a sus soldados a los frentes de batalla con sus vistosos uniformes de colores rojo y azul que hacían imposible el camuflaje, cada soldado alemán de infantería portaba en su impedimenta un arma defensiva que caracterizaría el paisaje bélico de Europa en estos años, una pala para cavar trincheras. Desde septiembre de 1914 los frentes se llenaron de kilómetros de estas zanjas defensivas infestadas de alambradas y nidos de ametralladoras, cada vez más sofisticadas, que frenaron de manera muy eficaz las ofensivas del enemigo. Ricardo Artola dedica un amplio capítulo a estudiar este elemento determinante de la I Guerra Mundial, que a su vez fue escenario de los grandes avances tecnológicos aplicados al armamento. Aviones, submarinos, tanques, lanzallamas, morteros ligeros, artillería muy evolucionada (causante de la mayoría de las bajas) y los gases venenosos, se estrenaron en esta guerra. Mientras, en la retaguardia, se hizo necesaria un arma fundamental relativamente reciente, una buena red ferroviaria para movilizar el mayor número de soldados en el menor tiempo posible, y en ese terreno los alemanes también tomaron la delantera, sobre todo a la Rusia zarista, con 60.000 km. de vías de doble sentido y 30.000 locomotoras. Un desarrollo tecnológico que iba muy desequilibrado a favor de las armas defensivas junto a una estrategia militar anticuada que no valoraba los recursos humanos – el menosprecio de la alta oficialidad procedente de la aristocracia hacia la vida de sus soldados, de extracción obrera y campesina, fue casi una rutina que se dio con más frecuencia en los países de la Entente que en Alemania que era consciente de sus limitados recursos y tuvo en la figura del general italiano Cadorna su ejemplo más innoble- es la causa de las tremendas masacres que se sucedieron en cada ofensiva. El frente del Este aportó batallas que pasaron a la historia militar como Tanenberg (1914) o la Ofensiva Brusilov (1916) por la pericia militar demostrada pero otras se grabaron en el subconsciente colectivo de sociedades enteras. Como nos recuerda Norman Stone en su Breve Historia de la I Guerra Mundial (Ariel) al hablar de Verdún (1916), “fue tal el efecto de la batalla que el país jamás se recuperó del todo: aquella campaña fue el canto del cisne de Francia como gran potencia. La caída del país en 1940 se explica, en parte, porque la población no quería volver a pasar por otro Verdún”. El 1 de julio de 1916 caían muertos 20.000 soldados ingleses frente a las ametralladoras alemanas en el Somme, un río cuyas riberas solían estar llenas de amapolas, la flor que se hizo símbolo de los caídos británicos, que alcanzaron la cifra de 600.000 para acabar obteniendo apenas unos pocos kilómetros cuadrados de terreno enfangado.

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Soldados británicos franquean una trinchera durante la batalla del Somme / Cordon Press

Como afirma Artola, Gran Bretaña fue de derrota en derrota hasta la victoria final, y podemos decir que Alemania caminó por la senda contraria, de victoria en victoria hasta la catástrofe definitiva. Sus ejércitos no perdieron ni una sola batalla –hasta las retiradas del verano de 1918- y apenas cometieron errores graves en un sentido estrictamente militar. Falló el plan estratégico general. La jefatura militar alemana no se quitó la venda de los ojos hasta que ya era demasiado tarde para negociar ninguna paz honrosa. La guerra se llevó por delante cuatro imperios y reordenó de manera contundente el mapa europeo. En 1919 los vencedores redactaron la humillante Paz de Versalles –recordemos que Alemania, con gran miopía estratégica, le impuso a la Rusia bolchevique la misma degradante medicina en Brest-Litovsk un año antes, al arrebatarle una enorme extensión de territorio- que tuvieron que firmar al pie los vencidos y que estableció un orden mundial injusto y conflictivo, generador de los totalitarismos de los años treinta, con unas cláusulas durísimas para Alemania que, como botón de muestra, contenían unas “reparaciones” económicas tan onerosas que se han terminado de pagar en octubre de 2010.

En fechas próximas se publicarán nuevos títulos sobre las grandes batallas, el final de la guerra y sus tratados de paz, etc., y tendremos nuevos materiales para entender la segunda gran catástrofe del siglo XX. Pero si nos ponemos en la piel de muchos de los millones de soldados que estuvieron en las trincheras, trabajadores y hombres del campo sencillos, de humilde condición, la Primera Guerra Mundial fue una desgracia que les sobrevino, un tremendo infortunio contra el cual nada pudieron hacer y probablemente pensarían como el personaje del soldado italiano Bordin, camarada ejemplar entre sus compañeros de la batalla del Piave (1917), en el filme La Gran Guerra de Mario Monicellique les decía: “Solamente los muertos podrían decir la verdad sobre las guerras pero los muertos no hablan”.

La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas

23 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Julián Casanova | 01 de abril de 2014

Cartel de Arnau sobre un parte oficial del cuartel del Generalísimo. / Biblioteca Nacional

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, decía el último parte oficial emitido desde el cuartel general de Franco el 1 de abril de 1939, con la voz del locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba.

Atrás había quedado una guerra de casi mil días, que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales, según los historiadores, se aproximó a las 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.

Los hechos más significativos de la Guerra Civil han sido ya investigados y las preguntas más relevantes están resueltas, pero esa historia no es un territorio exclusivo de los historiadores y, en cualquier caso, lo que enseñamos los historiadores en las universidades y en nuestros libros no es lo mismo que lo que la mayoría de los ciudadanos que nacieron durante la dictadura o en los primeros años de la actual democracia pudieron leer en los libros de texto del Bachillerato. Además, millones de personas nunca estudiaron la Guerra Civil porque no hicieron Bachillerato o porque nadie les contó la guerra en las asignaturas de Historia.

Setenta y cinco años después de su final, puede ser el momento de recordar cinco cosas básicas que todo ciudadano informado debería saber sobre la Guerra Civil, pero nunca le enseñaron.

  1. ¿Por qué hubo una Guerra Civil en España?

En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos.

La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

La sociedad española se fragmentó, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Ésta empezó porque un golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del período, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.

Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras República que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. El Estado republicano se tambaleó, el orden quebró y una revolución radical y destructora se extendió como la lava de un volcán por las ciudades donde la sublevación había fracasado. Allí donde triunfó, los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos. Era julio de 1936 [en la imagen, cartel de ese mes conservado en la Biblioteca Nacional] y así comenzó la Guerra Civil española.

  1. ¿Por qué la propaganda domina a la historia cuando se trata de la violencia?

Para los españoles, la guerra civil ha pasado a la historia, y al recuerdo que de ella queda, por la deshumanización del contrario y por la espantosa violencia que generó.

Los bandos que se enfrentaron en ella eran tan diferentes desde el punto de vista de las ideas, de cómo querían organizar el Estado y la sociedad, y estaban tan comprometidos con los objetivos por los que tomaron las armas, que era difícil alcanzar un acuerdo. Y el panorama internacional tampoco dejó espacio para las negociaciones. De esa forma, la guerra acabó con la aplastante victoria de un bando sobre otro, una victoria asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa.

La apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron además valores duraderos en la dictadura que se levantó sobre la Guerra Civil y que iba a prolongarse durante casi cuatro décadas. Por eso, la sociedad que salió del franquismo y la que creció con la democracia mostró índices tan elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Y sigue sin haber acuerdo fácil en esa cuestión, porque todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores quedan reducidas a quién mató más y con mayor alevosía. En ese tema, todavía hoy, la propaganda, con sus habituales tópicos y mitos, suele sustituir al análisis histórico.

  1. ¿Cómo se vio y se ve la Guerra Civil española en el exterior?

Pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, la Guerra Civil española debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países. En el escenario internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y de fascismo, España era, hasta julio de 1936, una país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Lo que era en su origen un conflicto entre ciudadanos de un mismo país derivó muy pronto en una guerra con actores internacionales. La situación internacional era en ese momento my poco propicia para la República, y para una paz negociada, y eso marcó de forma decisiva la duración, curso y desenlace de la guerra civil española. La Depresión había alimentado el extremismo y minado la fe en el liberalismo y la democracia. Además, la subida al poder de Hitler y los nazis en Alemania y la política de rearme emprendida por los principales países europeos desde comienzos de esa década crearon un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional.

Los mejores expertos sobre la financiación de la guerra y su dimensión internacional han destacado el desequilibrio a favor de la causa franquista de suministros de material bélico, pero también de asistencia logística, diplomática y financiera. Al margen de las interpretaciones canónicas de un lado o de otro, esos historiadores subrayan la trascendencia de la intervención extranjera en el curso y desenlace de la guerra. La intervención de la Alemania nazi y de la Italia fascista y la retracción, en el mejor de los casos, de las democracias occidentales condicionaron de forma muy importante, si no decisiva, la evolución y duración del conflicto y su resultado final.

Pero  a España no sólo llegaron armas y material de guerra. Llegaron también muchos voluntarios extranjeros, reclutados y organizados en las Brigadas Internacionales por la Internacional Comunista, que percibió muy claramente el impacto de la Guerra Civil española en el mundo y el deseo de muchos antifascistas de participar en esa lucha. Frente a la intervención soviética y a las Brigadas Internacionales, los nazis y fascistas [en la foto, una compañía del ejército fascista de marcha por España en 1937, retratados por el teniente italiano Guglielmo Sandri] incrementaron el apoyo material al ejército de Franco y enviaron asimismo miles de militares profesionales y combatientes voluntarios. La guerra no era sólo un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba.

  1. ¿Por qué se movilizaron tantos extranjeros en la guerra española?

Dentro de esa guerra internacional en suelo español hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. En la guerra civil española cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo. Por eso tanta gente de diferentes países, obreros, intelectuales y escritores, se sintió emocionalmente comprometida con el conflicto.

  1. ¿Por qué ganó Franco la guerra?

Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa “apaciguar” a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.

La victoria incondicional de las tropas del general Francisco Franco, el 1 de abril de 1939, inauguró la última de las dictaduras que se establecieron en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. La dictadura de Franco, como la de Hitler, Mussolini u otros dictadores derechistas de esos años, se apoyó en el rechazo de amplios sectores de la sociedad a la democracia liberal y a la revolución, quienes pedían a cambio una solución autoritaria que mantuviera el orden y fortaleciera al Estado.

 

Setenta y cinco años después, pocos creen ya que el objetivo del historiador es presentar a sus lectores “la verdad sin mancha ni pintura”, o que el pasado existe independiente de la mente de los individuos y lo que tiene que hacer el historiador, en consecuencia, es representarlo de forma objetiva. Que los hechos de la historia nunca nos llegan a nosotros en estado “puro” es algo que popularizó Edward H. Carr hace ya muchos años y había sido ya dicho por los historiadores norteamericanos de la “New History” a comienzos del siglo XX. Pero asumiendo que la verdad absoluta es inalcanzable, la función del historiador debería ser todavía, en palabras de François Bedarida, “la de descubrir modestamente las verdades, aunque sean parciales y precarias, descifrando parcialmente en toda su riqueza los mitos y las memorias”. Y algunas verdades relativas y bastantes certezas tenemos ya sobre la Guerra Civil, después de tantos intentos por reconstruir aquellos hechos y las vidas de los que los presenciaron, y por ampliar el foco, las fuentes y las técnicas de interpretación.

Además de difundir el horror que la guerra y la dictadura generaron y de reparar a las víctimas durante tanto tiempo olvidadas, hay que convertir a los archivos, museos y a la educación en las escuelas y universidades en los tres ejes básicos de la política pública de la memoria. Más allá del recuerdo testimonial y del drama de los que sufrieron la violencia, las generaciones futuras conocerán la historia por los libros, documentos y el material fotográfico y audiovisual que seamos capaces de preservar y legarles. Archivos, erudición, análisis, debates y buenas divulgaciones de los conocimientos. Eso es lo que necesitamos para seguir construyendo las partes del pasado que todavía quedan por rescatar. La propaganda y la opinión son otra cosa.

Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica).

Sofía Casanova, una reportera en la Gran Guerra

9 junio, 2017

Fuente: blogs..elpais.com/historias

Por: María José Turrión | 23 de enero de 2014

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Junto con Emilia Pardo Bazán y Concha Espina, la gallega Sofía Casanova forma parte de la tríada de mujeres que, en el 75 aniversario de la aparición de la revista Blanco y Negro, figuran entre los escritores, poetas y periodistas seleccionados en el especial dedicado a las letras que se publica. Entre ellos, Rafael Alberti, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, un elenco importante de la cultura española. De las 33 figuras incluidas en el cuadro de honor del suplemento, solo se reseñan estas tres mujeres.

Si Pardo Bazán y Concha Espina son mujeres ampliamente conocidas en la sociedad actual, no ocurre lo mismo con Sofía Casanova, y ello a pesar de los interesantes actos, estudios y escritos realizados por particulares en los últimos años, como la biografía que escribe Rosario Martínez Martínez, o la organización de actos por parte de instituciones como, la Casa del Lector y el Instituto Polaco de Cultura que en fechas recientes hicieron un homenaje a la escritora en forma de mesa redonda. También en el último año se ha estrenado el documental A maleta de Sofía, película que narra una parte de la vida de la autora. Asunción Bernárdez Nodal, en Sofía Casanova en la I Guerra Mundial: una reportera en busca de la paz de la guerra, realiza un estudio del pacifismo en su obra, desde la óptica cristiana y desde su condición de mujer.

Sofía Casanova sin embargo fue ampliamente conocida y también reconocida por sus contemporáneos. En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega. Se la agasajó en vida. Sus conferencias fueron aplaudidas por hombres y mujeres. El hecho de ser la única española en las conflictivas Tierras de sangre, dispuesta a narrar sus peripecias, sus posturas personales frente a los conflictos, sobre todo el de la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, hizo que fuera tratada de heroína, al convertirse como en alguna ocasión se la ha llamado en “notaria de la realidad”.

Primera guerra mundial.-9

I Guerra Mundial, 1914-1918.

Fue una mujer culta, muy conocida en los ambientes literarios de la época. De profunda tradición católica, mantuvo posturas a favor de Franco durante la Guerra Civil Española. En diciembre de 1938, declaraba a La Voz de Galicia, con ocasión de su marcha a Varsovia, que estaba convencida de que el golpe de Estado provocado por un sector del Ejército traería momentos de desarrollo y esplendor a España: “Creo en el caudillo como se cree en un ser superior, y la suerte de España guiada por él será la más grande y más fecunda de nuestra historia”. Este apoyo, que se contradice en ocasiones con su experiencia vital y profesional, no explicaría el porqué la dictadura la olvidó después de esa manera. Ni sus novelas, ni sus poesías, ni sus artículos periodísticos, de gran agudeza en sus análisis políticos, lograron sobrevivir a la segunda mitad del siglo XX. En realidad, no lograron sobrevivir al nazismo.

En desacuerdo con la República y profundamente monárquica, rompe con ABC, de cuya cabecera fue cronista durante la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, cuando a la edad de 80 años manda su primera crónica después de la invasión polaca de 1939. Con gran esfuerzo por su ceguera, consigue escribir un artículo que, como única respuesta por parte del director del periódico, Luca de Tena, obtiene la negativa a publicar “nada que vaya en contra de los alemanes”. En palabras de su nieto, esta respuesta constituyó una muerte en vida. Desengañada de los suyos y atrapada en el totalitarismo que sufrió Polonia, primero nazi y después soviético, Sofía fue apagándose en su longeva y apasionante existencia.

Sofía Casanova, en realidad Sofía Guadalupe Pérez Casanova (A Coruña, España, 1861-Poznan, Polonia 1958), fue una escritora de novela y poesía, autora de obras de teatro y cartas. Fue también traductora, hablaba cinco idiomas, y publicaría además de en España, en Francia, Polonia y Suecia. Trabajos que compaginó con el periodismo, escribiendo artículos para los periódicos ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial entre otros, y fuera de nuestras fronteras  en el New York Times o en la Gazeta Polska. Aunque Carmen de Burgos fue pionera, como mujer, en el reporterismo de guerra, al cubrir para el Heraldo de Madrid la guerra de Marruecos en 1909, Casanova lleva a cabo la corresponsalía de la I Guerra Mundial y la revolución rusa de 1917. Realiza una entrevista a Trotski, más propia de una aventurera reportera contemporánea que de una católica conservadora de su época: “Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada, caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir –porqué no confesarlo– al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno Popular… Obscuras [sic] las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde- tras muchos tumbos encontramos un iswostchik somnoliento en el pescante del trineo…” Sofía, en compañía de Pepa, la señora que le acompañó desde Galicia en su periplo polaco, logró entrar en el Palacio Smolny sin ningún impedimento, solo el propio rechazo y el miedo que le provocaban los marxistas, entonces llamados maximalistas. Realizó la entrevista a Trotski, ministro de Asuntos Extranjeros, y a quien Sofía consideraba como la persona más interesante de las que rodeaban a Lenin.

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Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en noviembre de 1917.

Gran viajera, en el sentido más completo y complejo de la palabra. La oportunidad de viajar y aprender idiomas le vino al casarse con el diplomático Wincenty Lutoslawaski. Con él, noble terrateniente polaco, diplomático y filósofo, que había venido a Madrid a estudiar el pesimismo en la literatura española, y recién casada se traslada a Polonia en 1887. Desde entonces, llevará su Galicia natal en el alma, también las tertulias y reuniones literarias, a las que le había dado acceso Ramón de Campoamor, quien además fue el que le presentó a su futuro marido en una de estas reuniones. En estas tertulias, frecuentaba la amistad de Blanca de los Ríos o de Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, su vida quedará prendida para siempre y atrapada en un país, Polonia, y, como él, padecerá y quedará presa de los totalitarismos alemán y soviético.

El hecho de vivir en primera persona los grandes conflictos de la Europa del siglo XX, la hizo tomar parte en ellos. Fue esencialmente una defensora a ultranza del nacionalismo polaco, país por el que sintió una gran admiración y devoción. Una Polonia que desde 1795 estaba fragmentada y dividida entre Rusia, Austria y Prusia, y que está de manera continua presente en sus escritos. El 7 de abril de 1916, publicaba María de Echarri en La Acción, unas palabras de la escritora, en las que Sofía trataba de enmendar la plana al cronista de prensa Schneider:

“Siento viva satisfacción en que la causa de Polonia se conozca extensamente en mi Patria… Polonia, mayor seis veces que Bélgica, es, de todos los pueblos mínimos arrasados y engañados por los grandes en el cataclismo actual, del que menos se habla públicamente en la Europa beligerante y la de los neutrales. Yo creo que hará obra de justicia y propaganda de la verdad, quién de a conocer, al menos en las naciones neutrales, la significación internacional de Polonia, sus aptitudes de self governements, su cultura y su indomable voluntad de vida independiente… Rompa usted señor Schneider, una lanza en pro del porvenir de Polonia, pero teniendo ‘solo’ en cuenta su ‘vivo’ e ineludible interés nacional, no los intereses de los imperios centrales o del coloso ruso, que argumentan con la fuerza de sus cañones”.

También la vemos alentando a la mujer española a ocupar un lugar en la vida pública para “mejorar, suavizar y engrandecer” la sociedad. Entendiendo la importancia de la educación de la mujer en la cultura y en la sociedad de un país:  “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”. Lo escribía Sofía en 1926, aún no se había proclamado la II República en España, momento en el que llegaron algunos hitos importantes para el desarrollo de la mujer española y sistema frente al cual demuestra abierto rechazo. Mucho antes, ella había fundado el Instituto de Higiene Popular y fue condecorada con la Gran Cruz de la Beneficiencia.

Horrorizada por las atrocidades de la I Guerra Mundial, que la sorprende en la hacienda familiar de Drozdovo en Polonia, y que al ser invadida por los alemanes da lugar a una diáspora familiar que la aísla de los suyos. En estas circunstancias decide dedicarse al cuidado de los heridos, en los hospitales del frente y retaguardia. Experiencia que volcará en sus artículos, crónicas y conferencias, dando a conocer los desastres de la guerra y también la importancia y la defensa del papel de la mujer en la sociedad. 6a00d8341bfb1653ef01a51059043b970c

Estaba convencida de que la intrusión de la mujer en el escenario público aligeraría a las sociedades de la violencia y agresividad. Una agresividad que conoce de cerca cuando trabaja para la Cruz Roja. Es entonces cuando vive una de sus peores experiencias al ser destinada, en compañía de otras enfermeras, a recoger a 700 soldados heridos en el frente de batalla. Marcha en tren a la ciudad de Skierniewice en un recorrido difícil y duro en el que los aldeanos les advertían de no poder seguir avanzando sin riesgo de caer en manos de los alemanes: “Por el lado izquierdo aparecía todo el horizonte enrojecido por el intensísimo fuego, que no cesaba ni un instante, por el lado derecho la Rusia blanca y silenciosa… Y por fin llegamos a Skierniewice. ¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”. Y sin embargo Sofía todavía recuerda con mayor horror los últimos meses de 1915: “Cuando la ola de hambrientos, de famélicos, de extenuados, no nos dejaban curar a los cuatro o cinco mil heridos que recibíamos a diario”. Por aquel entonces ella y su familia se alimentaban de pan negro amasado con paja. Por la labor que hizo en los hospitales durante la I Guerra Mundial, fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana.

Vivió de cerca la revolución rusa y la lucha entre los partidarios de Trotsky y de Lenin. Se conmovió profundamente con el asesinato de la familia del zar, con los encarcelamientos de obispos católicos, las purgas y asesinatos, todo ello la llevaría a ser una anticomunista convencida. La revolución de Octubre, además de en sus crónicas y artículos periodísticos, quedará reflejada en De la revolución rusa de 1917; La revolución bolchevista. Diario de un testigo y En la Corte de los Zares. Del principio y del fin de un imperio.

En este año que se recuerda el centenario del inicio del gran conflicto bélico que supuso la I Guerra Mundial, cabe ocuparnos de una mujer inusual para su época, una escritora y reportera atrapada en la crudeza de las grandes guerras y conflictos del siglo XX, que murió casi centenaria, ciega y olvidada  en la gélida Polonia soviética.

“Soy la única mujer española que vengo de aquellos lugares de desolación y muerte, en donde los hambrientos cavan sus fosas y en ellas se matan con sus mujeres e hijos”.

La falsa Tizona, el falso Don Pelayo

6 abril, 2017

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero | 09 de enero de 2014

Las-lanzas

La Rendición de Breda / Diego Velázquez, Museo del Prado

Fíjense en el cuadro de Velázquez que abre este post. Todos nosotros lo reconocemos y lo hemos visto al menos alguna vez en nuestros libros escolares, La rendición de Breda pintado en 1635, y sabemos que narra una victoria militar de los Tercios de Flandes frente a los holandeses, que no acataban la soberanía de los Habsburgo españoles. Podríamos decir que esa obra del pintor sevillano se ha grabado en nuestra memoria para recordar ese suceso histórico pero a pesar de su apariencia realista, no narra lo que en ese momento ocurrió. El acto de entrega de la llave de la ciudad por Justino de Nassau a Ambrosio de Spínola nunca tuvo lugar y tras un acuerdo mutuamente favorable, las tropas holandesas abandonaban Breda. Hubo asedio, pero no hubo ninguna batalla memorable, y por tanto, no se produjo ese homenaje caballeroso a los derrotados. Si además de esto, añadimos que los tercios que tomaron parte en esa acción militar estaban formados mayoritariamente por extranjeros ¿qué ocurrió en esa capitulación? La Corte española encargó a Velázquez esa pintura con la intención de engrandecer y darle una pátina de gloria a la victoria de Breda que, aun teniendo una gran importancia para la guerra en Flandes, no fue una gesta heroica. Este es uno de los recursos que los gobernantes y las élites han tenido a lo largo de la historia para modificar el imaginario histórico de sociedades enteras y nos han llevado a un conocimiento erróneo del pasado tal y como nos cuenta Miguel-Anxo Murado en La invención del pasado, publicado por Debate.

El arqueólogo y periodista gallego, colaborador habitual de la BBC y The Guardian, ha escrito libros como Otra idea de Galicia, y en este ensayo escoge una serie de momentos de nuestra historia para demostrar que no podemos defender las decisiones del presente con argumentos del pasado por la sencilla razón de que la historia no puede proporcionarnos ninguna certeza porque sus bases son demasiado débiles e inestables. Teniendo en cuenta que la ideología es el elemento de distorsión más fácil de detectar  y por tanto de corregir, Murado prefiere llevar nuestra atención hacia otros factores menos obvios pero mucho más decisivos a la hora de deformar nuestra conciencia histórica. La finalidad de La invención del pasado sería, según el autor, que el lector de historia adopte una actitud escéptica para intentar conocer lo que ha sucedido porque la historia no puede tener el carácter probatorio que se le atribuye.

Invencion del pasado

Si una de las bases de la investigación histórica es el riguroso análisis de los documentación, en este país esa tarea se convierte en algo prácticamente imposible para conocer algunos períodos concretos como por ejemplo el surgimiento del Reino de Asturias, mito fundacional de España según la historia convencional, tras la invasión musulmana de 711 (otro asunto que se trata en el libro). Murado presenta un panorama desolador para un historiador interesado en el pasado de Asturias pues el problema no es solo la ausencia de documentos contemporáneos que nos transmitan información sino que los que existen son muy posteriores, y falsos casi en su totalidad. Esto se debe a la tarea del obispo Pelayo de Oviedo, que en el siglo XII se dedicó a manipular o inventar todo un corpus documental relacionado con la monarquía asturiana. Las razones que tenía el obispo para llevar a cabo esa tarea parece que eran más de índole material que espiritual y estaban relacionadas con el impulso de su flamante sede obispal.

Tener que trabajar sobre documentos falsificados es peliagudo pero se puede subir un escalón en la dificultad si el terreno en el que nos movemos es ya el de la pura invención. Esto es lo que el autor define como la ‘construcción de la historia’ y para ello aborda el caso de Castilla y su imagen histórica. A finales del siglo XII, el reino castellano detentaba un poder político en la península que para sus monarcas, no se compadecía con el pasado que se le atribuía de condado irrelevante y fronterizo. Por ello, la monarquía castellana encargó al arzobispo Ximénez de Rada la misión de que promoviese una versión de los orígenes de Castilla como reino antiguo y glorioso. Su obra máxima será De Rebus Hispaniae y en ella este obispo hace una reelaboración de todo el relato histórico que confiere a la dinastía castellana, y no a la leonesa, la legitimidad de su descendencia de la misma monarquía goda y le añade algunas leyendas sobre una Castilla remotamente independiente. Al igual que en el caso asturiano, aquí Ximénez de Rada tiene motivos personales importantes para crear esa imagen del reino castellano como lícito continuador de la monarquía visigoda ya que el papado tiene que dirimir cuál va a ser la diócesis primada en España y nuestro arzobispo defiende la candidatura de Toledo, la antigua capital del reino visigodo.

Dentro de este proceso de ‘construcción del pasado’ a lo largo del siglo XIX y tratando de adaptar las visiones de España que se forjaron con las crónicas alfonsinas o las de Florián de Ocampo y Juan de Mariana, especialmente éste último, aparecen las historias nacionales cuyo máximo exponente será Modesto Lafuente y su Historia General de España. El objetivo de Lafuente y toda una pléyade de intelectuales era plantear el relato histórico en los términos de la identidad nacional española, teniendo cuidado de que lo castellano fuese el componente esencial de esa identidad. José Álvarez Junco nos describe en su gran obra Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX el esquema dominante de estas narraciones: paraíso (España aislada, feliz e independiente), caída (“pérdidas de España bajo Roma, los musulmanes, etc”) y redención (España recupera con el régimen liberal las libertades perdidas). Pero hay que esperar a Menéndez Pidalprimus inter pares de los intelectuales nacionalistas liberales, para que la concepción castellanocéntrica se convierta finalmente en la idea histórica de España. Menéndez Pidal pensaba que el mejor hilo conductor de su teoría, buceando en los elementos esenciales que conforman ese espíritu del pueblo o Volksgeist español, era la lengua y decidió basar sobre el Poema de Mío Cid todo su proyecto histórico. Como recuerda Murado, Pidal usó una obra de arte literaria como un documento válido para la investigación y similar a una crónica periodística. Aunque la historiografía científica se ha ido abriendo camino desde los años 70 del siglo pasado y las contradicciones de este discurso son evidentes, el prestigio de Pidal es tan fuerte que su idea de España sigue dominando el imaginario colectivo.

La importancia de una visión histórica que legitime al régimen político que se asienta en el poder ha hecho que se fomenten iniciativas culturales como el género de la pintura histórica (durante el siglo XIX), los hallazgos arqueológicos, el cuidado de objetos históricos en los museos, la gestión de los lugares que evocan la memoria colectiva (casas natales, espacios protegidos, etc) con el propósito de que el mensaje que nos transmiten sea acorde a la idea histórica de España que esos regímenes han propugnado. Las pinturas traducían al lenguaje plástico “verdades” de la historia mientras que los objetos conservados en los museos nos permitirían palpar ese pasado para recordarlo, pero de acuerdo a una visión que muy frecuentemente llega distorsionada. El problema se hace mayor si hablamos de falsificaciones y Murado nos expone un ejemplo reciente que muchos recordarán y tiene que ver otra vez con la figura del Cid, en esta caso con la Tizona, su famosa espada. En este asunto se mezclan varios aspectos como el contexto neonacionalista de la época del expresidente Aznar, las alegrías presupuestarias de un momento económico boyante, la atracción casi irracional de un objeto mitificado y los intereses de políticos locales mediocres. En diciembre de 2002 la Tizona fue declarada Bien de Interés Cultural, previo informe sobre su autenticidad de la Universidad Complutense de Madrid. No valieron cuatro estudios sucesivos de expertos que determinaban categóricamente que no era la espada del Cid. En 2007 La Junta de Castilla y León pagó 1,6 millones de euros al marqués de Falcés por una espada cuyo valor había quedado tasado en unos seis mil o siete mil euros por los expertos antes mencionados.

Estos son solo algunos de los ejemplos que Miguel-Anxo Murado trata en su muy interesante ensayo, que termina preguntándose si sirve para algo la historia. Julián Casanova citaba en un reciente artículo cómo entendía Lord Acton (1834-1902) la buena historia al dirigirse a sus colaboradores en la Cambridge Modern History, “nuestro Waterloo debe escribirse de tal forma que satisfaga al mismo tiempo a franceses, ingleses, alemanes y holandeses”. Ya sea a través de la educación o a través de la cultura conmemorativa de valores compartidos, ¿podremos tener en el futuro una noción de la historia de España más cercana a la verdad que a la ficción y que satisfaga a la par a catalanes, andaluces, vascos, gallegos y castellanos?