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El legado de Lope de Vega, un genio que continúa de actualidad 400 años después

13 marzo, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Tal vez sea Lope Félix de Vega Carpio (Madrid 1562-1635) uno de los escritores españoles más castigados por los tópicos. Unos que han reducido, en ocasiones, su colosal figura a unos cuantos lugares comunes. Mujeriego, frívolo y pendenciero, en su juventud; ordenado sacerdote en su madurez; y siempre genial, dotado de un increíble talento natural para “escribir comedias en horas 24”, como afirmaba el propio Lope.

Pero más allá de esa visión superficial, proyectada por los libros de texto del Bachillerato o por los medios de comunicación, la larga e intensa vida del escritor responde “a un perfil muy complejo, contradictorio en ocasiones y marcado por una obsesiva y absorbente capacidad de trabajo que lo llevaba a escribir compulsivamente mientras comía, en la cama o durante sus paseos”.

La anterior definición corresponde a Antonio Sánchez Jiménez, profesor de Literatura Española en la Universidad suiza de Neuchatel y autor de Lope. El verso y la vida (Cátedra), una biografía rigurosa pero que aspira a llegar no sólo a un lector especializado, sino también a los aficionados a la literatura. Esta novedad editorial coincide con una exposición en la Biblioteca Nacional sobre Lope y el Siglo de Oro y con la puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico de El castigo sin venganza, una de las obras cumbre de la madurez del escritor en una suerte de redescubrimiento del llamado fénix de los ingenios.

A la izquierda: 'La isla del Sol' (1961) A la derecha: 'Obras son amores' (1618)
A la izquierda: ‘La isla del Sol’ (1961) A la derecha: ‘Obras son amores’ (1618) BIBLIOTECA NACIONAL | LOPE DE VEGA

Tras admitir la escasez de biografías narrativas y con voluntad divulgativa sobre Lope, el profesor Sánchez Jiménez (Toledo, 1974) señala que existe una amplísima documentación sobre la trayectoria del poeta y dramaturgo que permite reconstruir su vida casi día a día. “Para ello resulta fundamental -comenta el biógrafo en una entrevista con eldiario.es- su epistolario, la multitud de cartas que se conservan de la correspondencia de Lope. De hecho, esta circunstancia nos lleva a rebatir que Lope tuviera negros a su disposición, es decir, discípulos que escribieran para él”.

El docente continúa diciendo que “contamos con muchas pruebas de grafomanía”, ya que Lope solía llevar los bolsillos llenos de papeles en los que escribía en varias direcciones. “Hay que considerar que estuvo marcado desde niño por una cultura del esfuerzo aprendida en su familia y que complementó su asombroso genio. En definitiva, Lope de Vega era obsesivo con su trabajo”, asegura. Por ello, algunas cartas, manuscritos y documentación pueden ahora verse en la exposición Lope y el teatro del Siglo de Oro, que permanecerá abierta en la Biblioteca Nacional hasta el 17 de marzo.

Aclamado por la aristocracia y los mendigos

Prolífico y rápido como pocos dramaturgos, era requerido con insistencia por empresarios teatrales del Madrid de la época para que se afanara en sus exitosas comedias. Aclamado por el público teatral, tanto en la Corte como en las corralas, igual entre la aristocracia que entre los mendigos, el autor de Fuenteovejuna conoció el triunfo, la fama y la riqueza.

Hasta tal punto era reconocido su talento y su ingenio para el teatro que la frase “es de Lope” se pronunciaba en los años del Siglo de Oro como sinónimo de calidad. “Sin duda alguna -afirma Sánchez Jiménez- es el primer escritor de masas y profesional de la literatura española. El teatro comercial de finales del XVI y del XVII no puede entenderse sin Lope y viceversa. En realidad, autores contemporáneos pero más jóvenes, como Calderón de la Barca, no hubieran surgido sin el antecedente de Lope”.

Segunda parte de sus comedias. Pedro Calderón de la Barca (1637)
Segunda parte de sus comedias. Pedro Calderón de la Barca (1637) BIBLIOTECA NACIONAL

Con 15 hijos documentados, dos matrimonios e innumerables amantes, Lope de Vega llegó a decir de sí mismo que su mayor defecto era el amor. Sus años de juventud estuvieron marcados por una agitada vida amorosa que le deparó grandes placeres, pero también notables disgustos en forma de cárceles, destierros y castigos. En cualquier caso, su vida se convirtió siempre en una inestimable fuente de inspiración para una obra inmensa, brillante y variada, como muestra Lope. El verso y la vida, un libro que intercala numerosos fragmentos de sus piezas o poesías al hilo de sus peripecias vitales.

Sin embargo, a modo de una contradicción que Lope nunca resolvió, su pasión por las mujeres convivió con un profundo sentimiento religioso que le condujo a ordenarse sacerdote en 1614, a los 52 años y tras la muerte de su segunda mujer, Juana Guardo. Ahora bien, su nuevo estado religioso no le impidió seguir manteniendo relaciones con amantes hasta llegar a Marta de Nevares, uno de sus grandes amores, que falleció poco antes que el escritor.

Alegre y jovial, seductor empedernido, a Lope de Vega el éxito le sonrió desde joven y sus estrenos se contaban por triunfos en una interminable lista que incluye títulos como Los locos de ValenciaLa ArcadiaEl caballero de OlmedoEl perro del hortelanoLa dama bobaFuenteovejuna o La noche toledana  que se han representado, una y otra vez, hasta nuestros días en una clara prueba del carácter universal de su obra.

Sin ir más lejos, la Compañía Nacional de Teatro Clásico representa ahora en Madrid, hasta el 9 de febrero y bajo la dirección de Helena Pimenta, El castigo sin venganza, obra escrita por Lope en sus últimos años y que aborda sus grandes temas. Es decir, las relaciones con el poder, la justicia, el sentido del honor, la fuerza del amor y del deseo…

Pero a pesar de su condición de triunfador, el dramaturgo fue en el fondo “un hombre inseguro, celoso en el amor y en su profesión, y alguien que no soportaba las críticas”, a juicio de su biógrafo. Para Sánchez Jiménez, “Lope tenía una doble personalidad, ya que por un lado era una persona muy abierta y sociable, pero por otro gustaba de la soledad y de la introspección en un carácter un tanto atormentado”.

Fotografía de la función 'El castigo sin venganza'
Fotografía de la función ‘El castigo sin venganza’ COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO

Nacido en una familia de clase media, ya que su padre fue un artesano bordador de cierto renombre en Madrid, el escritor tuvo siempre ansias de ascenso social y aspiró en vano a puestos en la Corte como el de cronista real. Pero la muy rígida estructura social de la España de los Austrias (los 72 años de la vida de Lope transcurrieron entre los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV) impedía que un plebeyo escalara en la pirámide de poder más allá de ciertos límites.

“En aquella época -explica Sánchez Jiménez- las personas o eran nobles o plebeyas. No había términos medios ni clases sociales ambiguas y es bien cierto que Lope se sintió frustrado a pesar de su fama y su buena posición. De hecho, en algunas piezas como Peribañez y el comendador de Ocaña critica estos usos sociales”. Siempre gozó, pues, del favor del público y excepcional ejemplo de este reconocimiento fueron sus honras fúnebres en el centro de Madrid en 1635, uno de los acontecimientos más multitudinarios del reinado de Felipe IV.

Por el cronista Juan Pérez de Montalbán sabemos que “las calles estaban tan pobladas de gente, que casi se embarazaba el paso al entierro, sin haber balcón ocioso, ventana desocupada ni coche vacío”. Más de cuatro siglos después los aficionados a la literatura siguen leyendo a Lope, visitando exposiciones sobre su figura o asistiendo a representaciones de sus obras. El genio, pues, está vivo y no ha pasado de moda.

Rosalía de Castro y Luisa Carnés, dos literatas rebeldes que defendieron con la palabra a los trabajadores

31 diciembre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Luisa Carnés vivía en México cuando escribió la biografía de Rosalía de Castro. Fue en 1945 y la autora era una de la muchas españolas republicanas que huyeron de la dictadura franquista. Esa distancia del terruño de origen es una de las circunstancias que hermanan en parte a esas dos escritoras indispensables, que tienen más en común de lo que pueda parecer. En esta ocasión es la editorial asturiana Hoja de Lata la que ilumina de nuevo el nombre de ambas unido en una obra: Rosalía.

La figura de la poeta gallega ha llegado a ser universal, pero cuando Luisa Carnés recibió por parte de la editorial Rex el encargo de escribir su semblanza no disponía de demasiado material. Como María Xesús Lama explica en el prólogo de esta reedición, posiblemente habría emprendido su tarea con mayor entusiasmo aún si hubiese tenido la oportunidad.

“¡Ah si supiese la biógrafa cuánto potencial le permanecía velado aún en su personaje! Carnés hace maravillas con los escasos datos que dispone en el momento de la redacción”. Lama, que en 2016 publicó el primer volumen de su propia biografía Rosalía de Castro, Cantos de independencia e liberdade (1837-1863), hace referencia a los ideales feministas que expresó sin tapujos en artículos como Las literatas. Carta a Eduarda publicado en Almanaque de Galicia de Lugo en 1865.

“Los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo, y este es un nuevo escollo que debes tener, tú que no tienes dote. Únicamente uno de verdadero talento pudiera, estimándote en lo que vales, despreciar necias y aun erradas apreciaciones pero… ¡ay de ti entonces! ya nada de lo que escribes es tuyo, se acabo tu numen, tu marido es el que escribe y tú la que firmas”.

También habría relatado de manera distinta la relación de la poeta con su marido Manuel Murguía, 18 años mayor que ella y presunto impulsor y defensor de la obra de su esposa. Según la información que poseía Carnés, su primer libro, La flor(1857), pasó desapercibido e incluso se trató con desdén por parte de la crítica. Sin embargo, ese gallego que acabaría siendo su esposo se quedó prendado de su talento e hizo que el volumen se difundiese en condiciones.

Pero según la investigación llevada a cabo por Lama, que introduce una nueva perspectiva de género a los estudios que se han realizado sobre la figura de la representante del Rexurdimento gallego, su importancia no fue tanta. Rosalía de Castro tenía muy claro su objetivo vital de convertirse en escritora y cuando Murguía hizo aparición en su vida ya frecuentaba los ambientes literarios de Madrid, aunque no le gustasen demasiado, posiblemente por el trato que recibían “las literatas”.

Paseaba por los cementerios madrileños con Gustavo Adolfo Bécquer (no, no fueron novios) y frecuentaba la compañía de Eulogio Florentino Sanz, quien le presentó a Murguía. No tenía ningún interés manifiesto en casarse, aunque finalmente le dio el sí (para tranquilidad de su madre, que temía por una hija soltera).

Con él tuvo siete hijos, que, según Carnés, dieron sentido a su existencia durante mucho tiempo. Desencantada de la labor de escritora -estuvo ocho años parada- y casada con un señor con el que compartía casa y poco más, se volcó en la formación de la primogénita, Alejandra y en el cuidado de los otros cuatro que quedaban (tuvo dos más Valentina, que nació muerta, y Adriano, que murió de una caída).

La crítica la tachó en muchas ocasiones de simple y romanticona. Pero en sus dos obras célebres, Cantares gallegos y Follas novas, reflexiona sobre las condiciones de la comunidad rural de Galicia, la precariedad y los índices de mortalidad de los trabajadores, la condición de las mujeres “viudas de vivos”, el sentido de la existencia y la pérdida de los valores. Su empeño de escribir en gallego tampoco le facilitó el camino, aunque sirvió de alivio de la morriña de muchos emigrados.

Delicada de salud desde la infancia, parecía destinada a morir prematuramente, como finalmente sucedió. Aquejada de cáncer de útero, falleció en su casa de Padrón en compañía de su hija Alejandra, a la que hizo quemar todos sus manuscritos y fotografías. No quería que su imagen apareciese en los periódicos ni que su obra póstuma viese la luz. Aplicada y cumplidora, mantuvo su palabra hasta el final: “Morir, pero en Galicia”.

Primas lejanas

Luisa Carnés es integrante de ese grupo de mujeres que formaron parte de la Generación del 27 pero no salieron en ninguno de los retratos. Pese a que en su momento su trabajo tuvo un éxito considerable, han tenido que pasar décadas hasta que ha obtenido el reconocimiento histórico que se merecía.

La escritora, que también firmó muchos de sus trabajos como Clarita Montes, nació en Madrid en el seno de una familia sin recursos económicos, lo que hizo que tuviese que ponerse a trabajar a los once años. Lo único positivo de aquellas circunstancias es que Carnés hizo limonada con aquellos limones y utilizó sus vivencias como trabajadora para escribir sus libros.

En su novela Natacha (1930) cuenta la historia de una sombrerera, oficio que ejerció ella misma antes de ponerse a trabajar en una pastelería. De lo experimentado en ese segundo trabajo salieron las páginas de Tea Rooms. Mujeres obreras (1934), considerada su mejor novela (Hoja de Lata la recuperó en 2016 con éxito) que también podría ser un reportaje literario.

A través de Matilde, Carnés describe las condiciones de las trabajadoras de un salón de té del centro de Madrid, tanto laborales como vitales. La insalubridad de los espacios destinados a las obreras (el vestuario húmedo y sin ventana, los ratones), la negativa de la protagonista a casarse por conveniencia, el aborto, la prostitución o el derecho a huelga se suceden en sus capítulos. Los mismos temas que se debaten hoy aunque hayan pasado más de 30 años.

Autodidacta, empezó con lecturas de folletines y novelas baratas para seguir después con los clásicos rusos y otras lecturas “más elevadas”. Sus inclinaciones políticas de izquierdas y su militancia feminista marcaron sus escritos antes, durante y después de la Guerra Civil, por lo que tuvo que huir de España cuando ganó el dictador. En México, el país que la acogió a ella y a su marido, siguió escribiendo y estrechando los lazos invisibles que la unen a Rosalía.

Ambas defendieron a través de la palabra escrita los derechos de los trabajadores, la justicia social y el feminismo. Las dos vivieron lejos de sus tierras de origen por obligación, sufrieron la saudade y triste coincidencia, murieron antes de tiempo: ninguna de las dos llegó a los 50 años.

Luisa Carnés
Luisa Carnés

Justa Freire, la maestra republicana que ha dejado a Millán Astray sin calle en Madrid

1 agosto, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Del “muera la inteligencia” a una maestra de la República. De Millán Astray a Justa Freire. Como consecuencia de la ley de Memoria Histórica –que los anteriores Ayuntamientos de Madrid se negaron a cumplir–, hace tres meses la calle en homenaje al fundador de la Legión, uno de los generales golpistas que acompañaron a Franco en 1936, cambió de nombre. En su lugar, llegó una maestra cuya historia merece una calle. Hoy se cumplen 53 años desde su muerte.

Nacida en Moraleja del Vino, Zamora, el 4 de abril de 1896 y desaparecida en Madrid el 15 de julio de 1965, esta maestra forjada en la II República tiene una calle que la recuerda en el distrito de Latina desde el pasado mes de abril. Madrid fue el lugar que la vio crecer como una de las pedagogas más innovadoras de las primeras décadas del siglo XX.

Cuando el Comisionado de la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid la propuso para sustituir al general fascista recordaba que fue condenada a seis años y un día de prisión por el Tribunal de Responsabilidades Políticas por su labor como directora en la escuela.

Pero antes de ese fatídico destino, Freire había labrado una carrera como docente y pedagoga que destaca por su interés en innovar la enseñanza pública de la época. Así lo recuerda su biógrafa María del Mar del Pozo Andrés, autora de Justa Freire o la pasión de educar. Biografía de una maestra atrapada en la Historia de España (1896-1965). “Ella fue una de esas maestras, de las pocas y las primeras, que viajó al extranjero para conocer otras metodologías de enseñanza que luego implantó y que aparecen en los libros de pedagogía”, señala.

A la pregunta de cómo describiría a Freire, la profesora y escritora destaca dos rasgos de su personalidad: su “pasión” por la enseñanza y la infancia, y su “esperanza” en el ser humano. “Creía mucho en el ser humano, en el futuro. Esa esperanza de ver siempre el lado bueno de las personas es lo que le salvó la vida”, elogia Del Pozo Andrés.

José Luis Gordo, de la Fundación Ángel Llorca, destaca su papel como “renovadora” de la enseñanza. A su juicio, Freire era una “avanzada para su época” por su empeño en modernizar una escuela pública obsoleta y arcaica.

Freire llegó a Madrid en 1921. Ya en la capital, la maestra consiguió una plaza en el Grupo Escolar ‘Cervantes’, centro vinculado a la Institución Libre de Enseñanza donde se educaban los hijos de los obreros del barrio madrileño de Cuatro Caminos. Freire fue una de las primeras mujeres que ocuparon el puesto de directoras de un centro docente, tras aprobar sus terceras oposiciones.

Tanto para Gordo, maestro de profesión, como para Del Pozo Andrés, la calle Maestra Justa Freire es un reconocimiento a toda la profesión de maestro, hasta ahora olvidada en el callejero madrileño. “Creo que el Ayuntamiento de alguna manera devuelve una deuda que tiene con los maestros; es fundamental decir que Justa Freire desarrolló una pedagogía con la que nos identificamos muchos maestros y maestras actuales”, defiende José Luis Gordo.

Su vida en el Levante: las colonias escolares

Durante la Guerra Civil se mudó al Levante con niños que habían quedado huérfanos y montó junto otro maestro, Ángel Llorca, las colonias escolares, una manera de proteger a los menores de las bombas y “referencia internacional en otros conflictos bélicos”, señala Gordo.

Al alzarse Franco con la victoria, los funcionarios de la época quedaron suspendidos. Mientras intentaba arreglar los papeles para volver a ejercer en la nueva situación, fue detenida y juzgada por “prácticas laicistas”. También porque en una ocasión un grupo de alumnos cantó un letra rusa, como recuerda su biógrafa. Estos dos “delitos” le valieron una condena de seis años y un día. Tampoco volvería a ejercer como maestra en la escuela pública, su pasión.

En el Perelló (Valencia), en las Comunidades Familiares de Educación que fundó junto con Ángel Llorca para proteger a los niños de la guerra.
En el Perelló (Valencia), en las Comunidades Familiares de Educación que fundó junto con Ángel Llorca para proteger a los niños de la guerra. LEGADO JUSTA FREIRE, FUNDACIÓN ÁNGEL LLORCA.

Ingresó en la cárcel de las Ventas donde permaneció dos años hasta su puesta en libertad. Las reclusas recuerdan su afán por enseñarles a leer y escribir, pero también su empeño por que estas no se dejaran. “Les decía que tenían que seguir cuidándose, introducir la belleza en su día a día”. De esta manera, decían, Freire consiguió darles un rayo de esperanza. Así se lo contaron las propias presas a María del Mar del Pozo Andrés.

Del Pozo Andrés, durante su conversación con eldiario.es, deja claro que Justa Freire nunca dio clase a las 13 rosas que también pasaron por la cárcel de Ventas, una “confusión que siempre se ha dicho pero que no es cierta porque no coincidieron en el tiempo”.

A su salida, Freire tiene que reinventarse por tercera vez. En esta nueva vida, la casa de los hijos de los embajadores. Así es como Walter Starkie la conoció y la contrató como maestra en el colegio británico, recuerda su biógrafa. Freire volvía a tener un trabajo y un sueldo fijo a final de mes.

La vida de Freire fue de “drama” y “lucha”, pero “feliz”. “En sus escritos, incluso en los más íntimos que solo he leído yo, nunca encuentras amargura; no se instaló nunca en el odio pese a lo que la guerra y la posterior dictadura le quitaron”, asegura María del Mar del Pozo Andrés. “Siempre miraba al futuro con esperanza”.

Información a los vecinos de Latina

Que Justa Freire sustituya en el callejero a Millán Astray tiene algo de justicia poética. Aunque ahora hay historiadores que lo desmienten, el militar sigue siendo conocido por la frase “muera la intelectualidad”. “Es bonito que haya dejado paso precisamente a una maestra que se esforzó toda su vida por transmitir saberes, por llevar la cultura y el conocimiento allá donde estuvo”, asegura a eldiario.es Carlos Sánchez Mato, concejal presidente de Latina.

El edil prepara para septiembre un acto homenaje a esta maestra en el distrito y desde este viernes ha comenzado el envío de cartas a los vecinos recordándoles quién fue Freire. “En las cartas les tranquilizamos también explicando que no tienen que ir a cambiar el DNI ni hacer otras gestiones”, señala Sánchez Mato.

“El nombre de Justa es importante en sí mismo y también por el hecho de que fuera una mujer, el callejero de Madrid como el de la mayoría de las ciudades está dominado por nombres de hombres, las mujeres no llegan al 18%. Es urgente buscar también allí la paridad con más cambios como éste. Es importante crear referentes para las nuevas generaciones, también en el callejero”, concluye el edil de Ahora Madrid.

Millán Astray puede volver

El General Millán Astray podría volver al callejero de Madrid después de que la Hermandad Nacional de Antiguos Caballeros Legionarios, la fundación que tiene su nombre y la Franco recurrieran el cambio de nombre ante la Justicia. En estos momentos hay dos sentencias judiciales contradictoras:  una que da la razón al Ayuntamiento de Madrid y otra que se lo quita.

“Existen datos suficientemente documentados en el procedimiento que involucran a los generales rotulados en la calles con la contienda y en la sustentación del régimen político surgido de la guerra civil”, asegura el magistrado de lo contencioso administrativo número 14 de Madrid.

A su vez, otra sentencia del contencioso número 7, dos semanas antes,  anulaba el cambio al considerar que la actuación adolecía de “la suficiente motivación”, “sin que del contenido del expediente administrativo puede desprenderse, de manera inequívoca, que Millán Astray participara en la sublevación militar, ni tuviera participación alguna en las acciones bélicas durante la Guerra Civil, ni en la represión de la Dictadura”, aseguraba este otro magistrado.

Ante esta contradicción, será el Tribunal Superior de Justicia de Madrid quien desempate. A estas dos sentencias hay que sumarle el recurso de la Fundación Francisco Franco, en vías de ser ilegalizada como ha anunciado esta semana la ministra de Justicia, Dolores Delgado, que tiene recurridas el cambio de las 52 calles a la espera de resolución judicial.

Fernando VII, el tirano que logró engañar al pueblo

22 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Déspota, cruel, tirano, oportunista y mentiroso son apenas algunos de los calificativos que se han aplicado a Fernando VII (El Escorial, 1784-Madrid, 1833) por parte de los historiadores que han estudiado ese periodo. Asimismo, el imaginario popular asocia la trayectoria de aquel Borbón con una de las épocas más sangrientas y conflictivas de nuestra historia reciente. Pero, a pesar de la trascendencia de su reinado, la figura del que fue llamado “el deseado” ha sido poco estudiada y mucho menos divulgada para el gran público que se ha quedado en los tópicos.

Ahora, la biografía del profesor Emilio La Parra ( Fernando VII, un rey deseado y detestado), que acaba de ganar el premio Comillas de la editorial Tusquets, viene a cubrir ese vacío. El jurado de este galardón, el más prestigioso en el género biográfico en nuestro país, reconoció el trabajo de La Parra durante una década de investigación, estudio y escritura de este libro que aparecerá en marzo en las librerías.

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, Emilio La Parra (Palomares, Cuenca, 1949) es un experto en la primera mitad del siglo XIX que ya publicó una biografía de referencia sobre Manuel Godoy. Tras subrayar, sin duda alguna, que Fernando VII puede ostentar el desgraciado título del peor rey de la Historia reciente de España (que ya es decir), el profesor explica las razones de la popularidad de aquel monarca a pesar de su carácter despótico y sus modos dictatoriales.

“Fernando VII”, argumenta, “fue incluso más que un rey absolutista en el sentido de que tuvo plena autoridad sobre sus súbditos, no observó ningún reparo en saltarse las leyes y vigiló hasta los más mínimos detalles de su acción de gobierno. A la hora de preguntarnos por los motivos de su ascendiente sobre el pueblo pese a su despotismo, habría que resaltar que fue un monarca muy hábil para beneficiarse siempre del odio hacia sus enemigos”.

El experto añade que “Fernando VII se rodeó de una camarilla de nobles y altos cargos que fueron muy astutos al presentar siempre al rey como la encarnación del bien frente al mal que representaban los otros. Al principio, se erigió en adversario de Godoy, un gobernante muy impopular; más tarde figuró como el monarca que se oponía a Napoleón cuando en realidad fue un oportunista y un juguete en manos del emperador francés; y en tercer lugar tras la victoria en la guerra de la Independencia (1808-1814), gracias en buena medida a la resistencia de las clases populares, Fernando VII se atribuyó los méritos del triunfo. En definitiva, podríamos afirmar, con términos de hoy, que Fernando VII y sus más fieles consejeros fueron unos pioneros del marketing político ya a comienzos del siglo XIX”.

Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López
Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López

Traidor a su padre, Carlos IV; represor sin piedad de los liberales después de haber simulado su apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812 con la ya famosa frase de “vayamos todos francamente y yo el primero por la senda constitucional”; y defensor a ultranza de los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, Fernando VII fue desenmascarado por la mayoría del pueblo a partir de 1823 cuando imploró el apoyo de un ejército extranjero (los llamados 100.00 hijos de San Luis) para restaurar el absolutismo en España. No obstante, pudo mantener buena parte de su autoridad y de su carisma debido a su astucia para atraerse a sus enemigos.

“Sabía el monarca”, comenta su biógrafo, “llevar a los interlocutores a su terreno y siempre elegía actuar cuando las circunstancias políticas le favorecían. Así pues, se mostraba miedoso y sumiso con los poderosos, véase su entrega rastrera a Napoleón; pero actuaba como un déspota con los débiles y con todos aquellos que cuestionaron los modos de su reinado”. Al mismo tiempo, aquel monarca poco agraciado físicamente, campechano hasta casi la ordinariez y amigo de lujos y placeres, se significó como un auténtico equilibrista político al aplicar una combinación de palo y zanahoria tanto hacia los liberales como hacia los ultraconservadores. Y todo ello con el único objetivo de mantener el poder a toda costa.

De su sagacidad sin escrúpulos brinda el catedrático La Parra un ejemplo muy ilustrativo al recordar la actitud de Fernando VII frente a los afrancesados que, como Goya o Moratín, fueron considerados traidores y antipatriotas por amplios sectores populares durante la guerra de la Independencia. “Resulta muy curioso observar”, declara el profesor, “que a partir de 1823 permite el regreso de algunos afrancesados que habían marchado al exilio en la primera gran oleada de desterrados políticos de nuestra historia. Fernando VII no ignoraba la capacidad técnica y la talla intelectual de muchos afrancesados y les ofreció segundos escalones de poder en la Administración”.

Como muestra de esa actitud de atraer a los enemigos, el rey financió la edición de las obras de Leandro Fernández de Moratín, uno de los líderes del sector afrancesado y uno de los mejores escritores de su época. Ahora bien, el poder de Fernando VII empezó a resquebrajarse en la denominada década ominosa (1823-1833) cuando su obsesión para que heredara el trono alguien de su sangre le llevó a promulgar la Pragmática Sanción, que permitía de nuevo que reinaran las mujeres, en este caso su hija Isabel, en perjuicio de Carlos, hermano del monarca. Esta controvertida decisión del rey en 1833 estuvo en el origen de la primera guerra carlista.

De cualquier manera, tanto Emilio La Parra como el resto de estudiosos de aquella primera mitad del XIX coinciden en señalar que el reinado del deseado-detestado Fernando VII puso en pie un Estado policial, generó una pérdida de capital humano por los sucesivos exilios de liberales, frenó el desarrollo económico e industrial del país y, en definitiva, retrasó el progreso de España.

En esa línea, esta obra de referencia, ganadora del premio Comillas, reivindica la biografía como una forma de aproximarse a la Historia, un género denigrado durante mucho tiempo en España por muchos especialistas, a diferencia de otros países europeos.

Por otro lado, el libro de La Parra sobre Fernando VII viene a sumarse a la biografía de Isabel II, escrita por la catedrática Isabel Burdiel, que obtuvo en 2011 el premio Nacional de Historia. Tanto uno como otra han defendido siempre la utilidad de la biografía para estudiar y divulgar la Historia. Una tendencia que comienza a imponerse en España frente al academicismo de tantos expertos encastillados en sus eruditas investigaciones. “La biografía de un personaje clave sirve magníficamente como hilo conductor para explicar una época”, concluye Emilio La Parra.

La cultura heroica y la biografía

23 diciembre, 2017

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Isabel Burdiel 27 de febrero de 2014

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‘Bonaparte en el Gran San Bernardo’, obra de Jacques-Louis David en el Museo Mailmaison.

“Nuestra suerte no resistirá nuestra voluntad”.

Con esa frase resume Patrice Gueniffey la creencia del hombre moderno en su capacidad de autocreación, de resistencia y superación antes las condiciones heredadas, ambientales, sociales y familiares. Esa es, a su juicio, una de las razones por las que Napoleón (el hombre y también el mito) apela todavía a nuestra imaginación y merece la pena volver sobre él. Lo que sigue es una reflexión sobre el interés de una empresa como la que propone Gueniffey en el contexto de la reflexión actual sobre cómo puede la biografía histórica desembarazarse de los supuestos más convencionales y simplistas del llamado “modelo heroico” y al mismo tiempo abordar el papel de los individuos sobresalientes en la historia.

El indiscutible prestigio de la historia social y su capacidad de disrupción de las convenciones historiográficas clásicas ha generalizado la suposición de que la verdadera historia es la historia de la llamada “gente común”, la historia “desde abajo”, frente a la historia aparente, superficial y personalista de los grandes personajes y los grandes sucesos. “¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?/En los libros aparecen los nombre de los reyes/¿Arrastraron los reyes los bloques de Piedra?(…)/El joven Alejandro conquistó la India/¿El sólo?/César derrotó a los galos/¿No llevaba siquiera cocinero?/Felipe de España lloró cuando su flota /Fue hundida ¿No lloró nadie más?…”. El famoso poema de Bertolt Brecht recoge muy bien ese esfuerzo por recuperar las historias, los puntos de vista, los sufrimientos, y en su caso las alegrías, de las personas anónimas que están detrás de las grandes gestas, que las hacen posibles, o que se ven arrastradas por ellas.

Precisamente por su importancia moral, intelectual y política, la cuestión no es tan simple. En el momento en que ella y su amigo Lytton Strachey señalaban el camino para la revolución de la biografía, y en parte también de la historia, que comenzó a operarse en las primeras décadas del siglo XX, Virginia Woolf [abajo, en la fotografía, en una fecha sin determinar] ya planteó la pregunta verdaderamente interesante. “And what is greatness? And what smallness?”. No se trata sólo de extender el interés biográfico o histórico a la gente corriente (y en su caso, fundamentalmente, a las mujeres) sino de reflexionar sobre los mecanismos que propician las inclusiones y las exclusiones, aquellos procedimientos sociales, culturales y políticos que definen qué es ser grande y qué es  ser pequeño.

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En estos momentos, casi un siglo después, sigue siendo importante analizar bien las características del llamado “modelo heroico” de biografía y la noción de vida significativa, de “vida importante” en que ese modelo se basaba y que tanto contribuyó a  asentar una visión elitista y personalista de la historia. Sin embargo, la crítica a ese modelo no conduce necesariamente al abandono ingenuo del análisis de las condiciones de aparición, y del impacto histórico, de los llamados “grandes hombres” (o en su caso de “las grandes mujeres”) sino a un tratamiento nuevo que sea capaz de cuestionarse, precisamente, el problema de la excepcionalidad y el impacto de los individuos excepcionales en la historia.

A mi juicio, lo crucial en la evolución reciente de la historia biográfica no es sólo su mayor respetabilidad académica o el favor indiscutible de los lectores cultos que la siguen considerando una de las formas más inteligibles de acercarse a los procesos históricos. Lo crucial es que –en sus mejores versiones- viene demostrando que el estudio de una trayectoria individual es una manera particular, y particularmente útil, para abordar y formular problemas históricos que importan, para hacerse preguntas relevantes, para iluminar y rescatar la pluralidad del pasado, para recordar y analizar las diversas formas posibles de ser, de estar en el mundo, en un determinada época. Nos permite además algo que a mi juicio es fundamental en este momento: entender el alcance y los límites de la responsabilidad individual;  las formas en que lo colectivo y lo individual se requieren mutuamente como lo hacen también los personajes llamados extraordinarios y ordinarios, las conductas habituales y las diferentes, transgresoras o marginales.

Por todo ello, lo que cambia –lo que debe seguir cambiando- no es sólo el quién sino el cómo. Es decir, no se trata de sustituir a los reyes por los campesinos, a los generales por los soldados, a los hombres por las mujeres, etc. Se trata de argumentar el principio de individualidad significativa para todos ellos y las complejas redes de relaciones que los constituyen, los enfrentan y también les unen.  Suponer que todo está solucionado (y alterado) cambiando de personajes y abandonando a los llamados “grandes” me parece demasiado simple. Me parece también que con ello se corre el riesgo de dejar el análisis de ese tipo de personajes a la historia más convencional que puede, por lo tanto, seguir perpetuando visiones conservadoras y antidemocráticas de la historia.

Algunos de los trabajos biográficos que más me han interesado en los últimos años –como, por ejemplo, el magnífico Garibaldi. Invention of a Hero de Lucy Riall o la biografía ya clásica de W.B. Yeats de Roy Foster- se plantean precisamente ese problema de la construcción histórica del personaje excepcional o carismático; del héroe moderno y su profunda implicación en la conformación de la mística de las nuevas naciones, Italia en un caso e Irlanda en el otro. Esta cuestión la aborda también, desde una óptica distinta y con un personaje mucho menos conocido, Alain Garrigou en su análisis de la leyenda del diputado Alphonse Baudin que formó parte de la resistencia de los republicanos al golpe de estado de Luis Napoleón en 1851 y murió en el intento. Su famosa frase “¡Ahora veréis cómo se muere por veinticinco francos!” -en respuesta a la desengañada alusión de los obreros a su sueldo de diputado- contiene en sí misma toda una definición del heroísmo cívico y su importancia en la concepción de sí, en la narración de sí misma, de la política democrática de la Francia y la Europa decimonónicas. De la misma forma que la incapacidad de diputados como Baudin para movilizar a los trabajadores desengañados, su muerte solitaria e inútil, nos habla de las tensiones y las fisuras sociales de la política demo-republica, de los desencuentros entre representantes y representados, entre los líderes burgueses y las clases populares, entre el proyecto democrático y el mundo obrero.

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Grabado sobre la entrada de Garibaldi en Palermo el 27 de mayo de 1860.

En otro lugar (la revista Ayer 93/2014) he escrito y me gustaría recuperarlo aquí que, si la llamada “conducta heroica”, como el carisma, no es un problema individual o singular sino una conducta social, es necesario analizarla en todas sus dimensiones. Al hacerlo, la cuestión trasciende la memoria, la trasmisión (o la impostura) y obliga al análisis de cómo las culturas heroicas o carismáticas no sólo se alimentan de relatos sino de “conductas heroicas”; de “héroes” modelados y hechos posibles en un proceso de doble dirección que requiere un análisis complejo de las disposiciones que lo engendran y de las acciones que lo perpetúan o modifican. Así, el heroísmo de Baudin o de Garibaldi se conforma y conforma a su vez narrativas de larga duración sobre el valor y la hombría (lo que para la historia atenta a las relaciones de género es fundamental) en la definición de la política democrática y de la nueva patria. La historia de la muerte del primero y “la vida tempestuosa del segundo” son de ese tipo de relatos que han contribuido a forjar la figura del héroe cívico decimonónico y, más en extenso, la propia “Era de los Héroes”, con sus convicciones sobre la naturaleza de la historia y el papel de los “grandes hombres” en ella.

En este ámbito de preocupaciones y de posibilidades de análisis es en el que adquiere interés la excelente biografía de Napoleón de Patrice Gueniffey, (París, Gallimard, 2013)) que se ha convertido rápida y merecidamente en un éxito editorial y ha recibido el Grand Prix de la Biographie Politique de 2013. Gueniffey, alumno de François Furet, pertenece al “momento anglosajón y liberal”, no sólo de la historiografía sino de la tradición política intelectual francesa. Sus obras sobre la Revolución Francesa, sobre el Terror, sobre el 18 de Brumario y el fin de la revolución, son buena muestra de ello: desde el tono narrativo (siempre excelente y alejado de las tentaciones de la jerga teórica al uso en ciertos sectores de la academia francesa) hasta la sustancial crítica al llamado “modelo jacobino” de interpretación de la revolución y de la historia francesa.

Gueniffey ofrece ahora una primera parte de su proyecto biográfico sobre Napoleón hasta 1802, el momento de su conversión en cónsul vitalicio (lo que rompe la cronología habitual), que contiene –además de novedades interpretativas sustanciales- una reflexión sobre “la fabricación del gran hombre” que, no por discutible, deja de ser muy interesante. El héroe, dice Gueniffey, se juega en la imaginación y por eso su poder es tan profundo y al tiempo tan precario.

Se juega también en el ámbito de las posibilidades de despliegue e imposición de las propias cualidades sobre entornos y contextos cada vez más amplios que son, a su vez, los que hacen posible la fabricación y proyección social y política del “gran hombre”. El análisis de las condiciones creadas por la revolución para alguien como el joven y ambicioso militar corso que acabaría siendo Emperador y alterando sustancialmente la historia europea,  constituye la trama rica e inteligente, alejada de tópicos, de interpretaciones fácilmente sociologistas y de mitificaciones individualistas, que se despliega en este libro.

Napoleón, que en este libro es todavía Bonaparte (con su apellido italiano ya afrancesado), es un personaje complejo, con identidades múltiples y no necesariamente sucesivas: el nacionalista corso que aprende las reglas de la política en el asfixiante nudo de relaciones de patronazgo de su tierra natal; el joven resentido con Francia que acaba abrazando la nación revolucionaria y recorre todas sus posibilidades, incluida la robespierrista; el burgués y el militar del pueblo que siente fascinación por la aristocracia y contribuye a crear una nueva y postrevolucionaria. Es especialmente lúcido, en este sentido, el análisis de cómo Bonaparte –y con él los generales y los oficiales de la revolución- convierten los campos de batalla en un lugar de aprendizaje y mezcla de viejos y nuevos valores aristocráticos al tiempo que se van constituyendo, cada vez más, en los árbitros de la política francesa. Cómo en esos campos de batalla, y en su proyección sobre la política civil, se va jugando la definición –las posibilidades y los límites- de un “hombre nuevo”, un héroe moderno que cree y actúa como si nada pudiera resistir a su voluntad y que contribuye a minar la leyenda y la ilusión democrática de la revolución. A través de una trayectoria individual como ésta, enraizada en condiciones colectivas que la permiten pero no la agotan, llegamos más cerca y de forma más compleja a las formas en que los ideales burgueses y aristocráticos se fueron mezclando en aquellos años, a cómo el tiempo viejo y el tiempo nuevo se entrecruzan y crean un nuevo tiempo mestizo, incierto, en el que Bonaparte es posible y que a su vez él mismo hace posible.

No puedo detallar aquí mucho más. A mí me ha interesado especialmente la implicación del joven Bonaparte en la política nacionalista corsa así como el Bonaparte robespierrista; la espléndidamente narrada campaña de Egipto con la poderosa imagen de los soldados marchando agotados bajo sus uniformes de lana y los “sabios” académicos que fueron con ellos –en uno de los proyectos pioneros del orientalismo occidental- enfrascados en sus guerras internas; el capítulo sobre “el último día de la revolución” y el proceso que condujo a la entrega de la “corona republicana” al general que llegó a demostrar, a un tiempo, su enorme capacidad de adaptación al medio (a los medios cambiantes) y su voluntad de cambiarlos en propio interés.  Me ha interesado, sobre todo, el encuentro entre el nacionalista corso y Francia, entre un hombre, una ambición, un mito cultural y una revolución.

Al acabar la lectura de un libro que me parece excepcional lo que queda es el deseo de que la segunda parte llegue pronto y también, curiosamente, la duda -en contra de alguna declaración más o menos provocadora de su autor- de que este Bonaparte sea un vivo desmentido de la concepción “democrática” de la historia. Me ha resultado tan interesante porque me parece más que eso y más complejo: un lugar de análisis sobre las posibilidades, las tensiones y los mitos, la fuerza y las debilidades de esa concepción de la historia.  Una contribución importante, en suma, a lo que constituye uno de los objetivos de reflexión general de toda biografía que merezca la pena leer y escribir: la tensión constante e irresoluble entre lo individual y lo colectivo, lo particular y general, el todo y las partes.

José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

23 febrero, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

El mayor asesino de masas

14 octubre, 2014

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

KLAUS WIEGREFE 7 DIC 2008

El jefe de las SS, Heinrich Himmler, el genocida más cruel de la historia, inició su carrera nazi como un sujeto estrafalario e inhibido. Sumido en su mundo de fantasía racista, acabó con millones de personas en Europa. 70 años después, se publica la primera biografía rigurosamente documentada sobre su persona y su psicología.

El hombre mide 1,74 metros; su mirada es acuosa; la mandíbula, indefinida; el apretón de manos, blando. Creía que el universo se originó por una mutación de hielo, se entusiasmó con la radiestesia y quiso sustituir el cristianismo por una especie de germanismo. En tiempos normales, la vida del ingeniero agrónomo Heinrich Himmler habría transcurrido al margen de la sociedad burguesa. Pero el muniqués, nacido en 1900, vivió en los primeros 45 años del siglo XX, una época de extremos. Así, este sujeto estrafalario llegó a convertirse en “jefe supremo de las SS”; el hombre más temido de Europa, el ejecutor de los planes de Hitler. “¿Es judío?”, preguntó Himmler en 1941 en una visita al frente oriental a un prisionero ruso y rubio. “Sí”. “¿Hijo de padre y madre judíos?”. “Sí”, respondió el pobre hombre. “¿Tiene algún antepasado no judío?”. “No”. “Pues no puedo hacer nada por usted”. Fue asesinado de un tiro. Así era Heinrich Himmler. Este bávaro débil y enfermizo demostró ser el más radical de los radicales de Hitler, un incansable propulsor de la muerte. La peculiaridad del Holocausto -el exterminio de seis millones de personas como objetivo de Estado, ejecutado en parte mediante un procedimiento burocrático-industrial- se mantendrá siempre asociada a su nombre.

Fue el nacionalsocialista más poderoso después del führer: jefe de casi tres millones de policías, comandante de más de 600.000 hombres de las Waffen-SS [cuerpo de combate de élite de las SS], y superior de unos dos millones de soldados que recibían instrucción en el ejército de reemplazo de la Wehrmacht [fuerzas armadas alemanas]. Además, era empresario (las SS poseían más de cien empresas), ministro del Interior y jefe del Ejército. Por todo esto, sorprende que hayan transcurrido más de 60 años hasta aparecer en el mercado la primera biografía de Himmler rigurosamente documentada. Su autor es Peter Longerich, historiador alemán de la Universidad de Londres y uno de los más relevantes investigadores del Holocausto. Longerich pudo consultar más material privado que ningún otro biógrafo de un nacionalsocialista. Himmler llevó un diario íntimo desde su infancia; se conservan su lista de lecturas de 1919 a 1934, su correspondencia con amigos y familiares, parte de su calendario de servicio y una gran cantidad de actas.

El investigador lo aprovechó todo; ningún otro ha logrado penetrar tan profundamente en la psique de un criminal de las SS, y menos de uno de sus líderes. El resultado de este trabajo es el retrato de una persona con “rasgos de carácter anormales”, que en los años veinte se sume en un mundo de fantasía racista. En ese mundo que debía someterse al dominio de los germanos no había lugar para judíos, eslavos, homosexuales o discapacitados, los llamados “asociales”, “los seres inferiores”; incluso los cristianos creyentes le molestaban. Y éste es uno de los nuevos y terribles hallazgos de Longerich: para Himmler, el Holocausto era sólo el “punto de partida” para otros crímenes colosales con millones de víctimas que se habrían perpetrado si los aliados no hubieran puesto fin al régimen en 1945.

Al comienzo de esta carrera de violencia, nos encontramos con un muchacho torpe, alumno modelo nada dotado para el deporte. La casa paterna, conservadora y monárquica, le transmite ambición, disciplina y perfeccionismo. El joven Heini lleva un diario donde anota minuciosamente cuántas veces va al mar en vacaciones o qué regalos recibe en Navidad. Dos décadas después, registra los obsequios a sus subalternos o dispone que las prisioneras del campo de Ravensbrück deben recibir 75 azotes “en el trasero desnudo”. Longerich vislumbra tras esa “necesidad de reglas y control” una profunda debilidad de los lazos afectivos. En la pubertad, el hijo del profesor aspira a entrar en el ordenado mundo de la milicia. Estalla entonces la I Guerra Mundial y Heinrich quiere convertirse en oficial. Recibe instrucción y envía a su madre cartas lacrimosas (“qué mal que una vez más no me hayas escrito”).

Longerich diagnostica ahí un “anhelo insaciable de afecto” que el futuro genocida intentará compensar con autocontrol. “No quiero ser débil, no quiero perder nunca los estribos”, escribe. Quien busque los orígenes de su crueldad tendrá que empezar por aquí, pues en adelante, Himmler tratará de reprimir toda forma de empatía que interfiera con sus objetivos políticos. Luchador frío, inquebrantable e idealista, Himmler es un perfecto representante de la generación de 1900, a la que pertenecen también Albert Speer, Martin Bormann y muchos otros nazis destacados. Todos ellos despreciaban la pompa del imperio que se desmoronaba, al que achacan el haber perdido la guerra. El joven Himmler ve en esta derrota la verdadera tragedia de su existencia, la ruina de su carrera como oficial. Nada extraño que, cuando la República de Weimar sustituye al imperio, el guerrero frustrado esté del lado de los enemigos de la democracia. Himmler confía en que se volverá a recurrir a las armas “en un par de años”. Hasta entonces, estudia agronomía, se entrena en tiro y marcha en un cuerpo paramilitar. En plena efervescencia, lo que le atormenta no es sólo la incertidumbre ante su futuro, sino el apetito sexual, ya que pretende conservar su virginidad hasta el matrimonio. Experimenta las sugerencias, “sin éxito”, de una prostituta como algo “sumamente interesante”. Sobre la mujer de un compañero escribe: “Podría haberla poseído”. Con un amigo discute: “Lo peligroso de esas cosas es que cuando se está unido, cuerpo con cuerpo, persona a persona, ardientemente, uno se inflama de tal manera que hay que hacer un esfuerzo por conservar la razón”. Cuando, en 1927, la enfermera Marga, siete años mayor que él, lo redime, él le confiesa que le encantaría ser por una vez “bandido e indecente”. Longerich establece un vínculo entre estas inhibiciones y su deriva hacia la subcultura paramilitar de los radicales de derechas. En efecto, Himmler huye una y otra vez de su frustración amorosa con fantasías de violencia. Tras una noche de carnaval, apunta: “Uno nota la sed de amor y lo difícil que es, y la gran responsabilidad que exige el unirse a alguien, el elegir a una persona. Entonces pienso: ojalá volvieran los tiempos de lucha, de guerra, de marcha de tropas”. En otro pasaje, cuando acaba de ser rechazado, escribe: “Si ahora pudiera combatir, sería un placer para mí”.

Y luego, los acontecimientos se precipitan. En el verano de 1922 comienza la vertiginosa devaluación del marco alemán, que acaba en 1923 con hiperinflación. A la familia Himmler no le llega el dinero. El hijo debe trabajar. Se trunca su sueño de ser oficial. Lo oscuro de su personalidad empieza a manifestarse. La precisión se torna en ansia de control; la tendencia a la crítica, en arrogancia insolente; el fervor, en fanatismo. Sus amigos lamentan esta transformación. Su novia se extraña de su radicalismo: “¿Por qué quieres, sediento de sangre, empuñar el cuchillo?”. Himmler se abandona a la fiebre de parapsicólogos y redentores. Parado y en la casa paterna, lee sobre péndulos, astrología, telepatía; devora literatura barata de derecha radical: el Manual de la cuestión judía, de Theodor Fritsch; o las obras del teórico de la raza Hans F. K. Günther, en las que habla de “héroes llenos de odio” del siglo XX con derecho a “exterminar y quemar”. Himmler apunta: “Expresa lo que siento y pienso”. Una cruda imagen fantástica va adquiriendo forma en su mente: el futuro de Alemania consiste en colonias rurales germanas (“entonces, la tierra nos pertenecerá”) pobladas por personas de “raza nórdica”.

Hasta el momento, no ha asesinado a nadie. Pero están los cimientos. En 1924, el führer aparece en sus apuntes (“un verdadero gran hombre”) y se afilia al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Le nombran secretario en la Baja Baviera, y lo organiza tan bien, que en 1926 asciende a vicedirector de propaganda del Reich. Incansable, viaja por pueblos, visita grupos, y se casa en 1928 con la enfermera Marga, que poco después da a luz una niña. El dinero escasea, y ella escribe: “Querido, creo que el hombre malo tendrá que procurar que se ahorre en esta casa. Ya sabes que la mujer mala gasta siempre demasiado”. Los Himmler se aventuran en el negocio de la cría de aves. En sus cartas se trata a menudo el tema de los huevos: “Las gallinas ponen muy mal”.

Las penurias acaban cuando los nazis se convierten en partido popular y Himmler obtiene en 1930 un mandato en el Reichstag con dietas. Hitler ya aprecia su celo y lealtad (“un chico extraordinariamente útil”), y Joseph Goebbels, el jefe de propaganda del Reich, anota en 1930: “No es extremadamente inteligente, pero sí diligente y formal”. De este modo, Himmler logra asumir la dirección de las Schutzstaeffel: las SS, unos cientos de jóvenes activistas del partido, sin peso político, con la tarea de proteger a Hitler y a otros líderes nazis. Pero Himmler transforma la orden de la calavera en una fuerza incondicionalmente adicta al liderazgo. De los 280 hombres en 1928 se pasa, hasta la llamada Toma del Poder, a 50.000. Con cada hombre, crece la importancia de Himmler y las proporciones de su futura máquina de la muerte. Él no es un personaje carismático, ni un tribuno del pueblo, ni un demagogo arrebatador como Goebbels. El jadeo del populacho, las masas hipnotizadas no son su mundo. Él cuenta con otros talentos: pocos escrúpulos, nervios firmes, es despiadado. El mal se oculta tras la máscara de lo banal. En 1936, Hitler lo nombra jefe de la policía alemana. A mediados de los treinta, unos 3.000 prisioneros malviven en los campos, inusualmente pocos comparados con los nazis. Es entonces cuando Himmler empieza a murmurar sobre “autores intelectuales” e “inspiradores” de “los seres inferiores”, contra los que hay que actuar de forma preventiva. Hitler, igualmente racista y teórico de la conspiración, se convence rápido. Pronto comienzan a llenarse. El 9 de noviembre de 1938, los nacionalsocialistas demuestran de lo que son capaces durante la noche de los cristales rotos. La turba de uniforme marrón destroza comercios judíos, quema y derriba más de 1.400 sinagogas. Al pogromo le sigue una ola de leyes antisemitas y Himmler se muestra como un racista radical que -como se revelará luego- ya había preparado sistemáticamente a sus hombres para otro tipo de crímenes.

Cuando en 1939, el Tercer Reich invade Polonia, ha llegado la guerra y el momento: la retórica de la lucha cultivada durante años se transforma en matanza en masa. Hitler lo designa en 1939 comisario del Reich para la consolidación de la nación alemana, con la responsabilidad de “crear nuevas zonas de asentamiento alemanas”. Himmler siente “gran alegría” y se pone a ello. Como si de piezas de juguete se tratara, desplaza del mapa a pueblos enteros. Despliega una energía inagotable y aprovecha las posibilidades técnicas del siglo XX: aviones, coches, un tren especial con el nombre de “Heinrich”. Viaja a Europa del Este a enardecer a los suyos. Allí donde se detiene, las víctimas aumentan. Al principio, sólo se fusilaba a hombres judíos, pero a partir de agosto de 1941, también a mujeres y niños: “No tenía derecho a exterminar a los hombres y dejar que los niños crecieran y se vengaran de nuestros hijos y nietos”. Suceden escenas increíbles. Himmler ordena a las SS en Bielorrusia “arrojar a las mujeres judías a los pantanos”. Ellos notifican: “No tuvo el éxito esperado; los pantanos no son suficientemente profundos para permitir que se hundan”.

A algunos verdugos, el cuerpo se les rebela: depresiones, trastornos digestivos, desórdenes nerviosos. “Cólicos del Este” llaman a estas consecuencias psicosomáticas del crimen. Las SS poseen un sanatorio en Karlsbad donde los altos mandos se reponen de los asesinatos. Himmler prescribe a sus subordinados pan tostado y nada de patatas cocidas. Así se mantenía uno en forma para el Holocausto.

© Der Spiegel