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Un historiador logra que ocho ayuntamientos homenajeen a sus vecinos deportados a campos nazis

6 octubre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“Nunca creí que pudiéramos transformar el mundo, pero creo que todos los días se pueden cambiar las cosas”. La frase, verbalizada por la resistente antinazi, periodista y escritora francesa Françoise Giraud, resume el espíritu con el que se levanta, cada mañana, Víctor Peñalver Guirao. Con solo 25 años, este historiador murciano se conjuró para lograr que la Región de Murcia dejara de ser una de las comunidades autónomas más desmemoriadas de España.

Sin ningún tipo de ayuda ni apoyo institucional, comenzó a visitar ayuntamientos y grupos políticos municipales de las poblaciones cercanas a su localidad natal, Cehegín. Dos años después, su discreto y, a la vez, constante trabajo ha dado sus frutos: ocho consistorios, incluido el de la capital murciana, han aprobado mociones de reconocimiento y homenaje a sus vecinos deportados a campos de concentración nazis. Tres de ellos ya han inaugurado, además, monumentos con la misma finalidad y el resto tiene previsto erigirlos en los meses venideros.

Peñalver comenzó a ser conocido en Murcia por su trabajo sobre algunos centros de detención del franquismo y por su investigación sobre la utilización de prisioneros republicanos y la muerte de algunos de ellos, durante la construcción del embalse del Cenajo.

Ese último trabajo sirvió, además para que el ayuntamiento de Moratalla y el Grupo Socialista en el Congreso pidieran a la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS) que retirara la placa que recordaba la inauguración del pantano, presidida por Franco, y colocara otra recordando el papel que jugaron los prisioneros republicanos. La CHS terminó cediendo, pero solo a medias. Quitaron la placa franquista sustituyéndola por otra que no mencionaba a los prisioneros esclavos.

Junto a esos trabajos, sus mayores esfuerzos se han centrado en reivindicar la figura de los españoles y españolas que pasaron por los campos de la muerte de Hitler: “Todo empezó en 2015 –nos dice–. Al cumplirse 70 años de la liberación de los campos de concentración aparecieron nuevos libros y se habló bastante sobre el tema. Sin embargo había un desconocimiento general entre la población porque este asunto ha sido y sigue siendo ocultado intencionadamente en los programas educativos”.

El joven historiador asegura que la Historia oficial “ha construido una sociedad que cree que los judíos fueron las únicas víctimas en esos campos; desconoce que también hubo más de 9.300 compatriotas nuestros, de los que 5.500 murieron allí”. Por ello, decidió que debía intentar “sacar del olvido a estos hombres y mujeres para que se reconociera su papel en la defensa de las libertades, primero en España y después en Europa”, afirma.

Primera parada, su pueblo

Lo primero que hizo fue reunir información sobre los vecinos, nacidos en municipios murcianos, que habían pasado por Mauthausen y por otros campos de concentración nazis. Después, se dedicó a redactar instancias y a presentarlas en los correspondientes ayuntamientos: “Empecé en mi pueblo, Cehegín, y en el de los municipios más cercanos de la Comarca del Noroeste de Murcia”.

Asegura que comenzó por esta zona “por puro pragmatismo”. En una sola mañana, prosigue, “podía visitar hasta cinco ayuntamientos para dar registro de entrada a los datos que había obtenido y a estas instancias en las que pedía la construcción de un lugar de memoria, ya fuera placa o monolito, en el que se incluyeran los nombres de sus vecinos deportados”.

Peñalver se encontró con reacciones de lo más diversas entre los políticos: “Primero, siempre, eran de sorpresa ante el hecho de que hubiese víctimas del genocidio nazi allí, en sus pueblos. Después hubo colaboración en unos casos y pasividad en muchos otros. De hecho hay ayuntamientos que tienen mi solicitud desde 2015 y, pese a insistirles mucho, todavía no tengo respuesta. Por eso, a veces, ante el silencio de los gobiernos municipales, decidía ponerme en contacto con partidos de la oposición, principalmente Izquierda Unida, para que llevaran mi solicitud a pleno y se votara”.

El historiador valora que, cuando ha logrado que sean llevadas a pleno, sus iniciativas siempre han sido aprobadas: “Hemos conseguido ocho pequeñas grandes victorias. Ocho mociones aprobadas en otros tantos municipios. Y casi siempre ha sido por unanimidad. Precisamente, la única excepción fue en mi pueblo”, dice.

Peñalver recuerda que “ en el debate la portavoz del PP en Cehegín dedicó su primer turno a hablar del paro, juventud, vivienda… Su segunda intervención la utilizó para pedir un reconocimiento a los caídos de la División Azul y para criticar mi labor como historiador. ¿Por qué aprovechó el debate sobre los deportados cehegineros para pedir un reconocimiento a sus verdugos, a los franquistas, a la División azul, a los aliados de Hitler? Yo creo que situaciones como esta demuestran que el relato franquista de la Historia no solo se mantiene, sino que es defendido por un gran número de personas”.

El superviviente del campo nazi de Mauthausen Juan Aznar interviene por videoconferencia en uno de los actos organizados / Foto cortesía familia Aznar
El superviviente del campo nazi de Mauthausen Juan Aznar interviene por videoconferencia en uno de los actos organizados / Foto cortesía familia Aznar

Cada acto es un premio

En el caso de la ciudad de Murcia y de Caravaca de la Cruz, el homenaje pudo ser disfrutado por los dos últimos deportados murcianos de Mauthausen que quedan con vida y que son naturales de estas dos localidades. Se trata de Francisco Griéguez y de Juan Aznar. “Confieso que su mera existencia fue otro de los motivos que me empujaron a seguir adelante con este trabajo. Tras más de setenta años de silencio y olvido, de los cuales cuarenta pertenecen al periodo democrático, teníamos la posibilidad de honrar y homenajear a dos personajes históricos y que ellos pudieran verlo y disfrutarlo en vida junto a sus familiares”, apunta.

Y así fue, en el acto de Caravaca de la Cruz, Juan Aznar pudo incluso intervenir a través de una videoconferencia realizada desde la localidad francesa en la que reside. “Escucharle, después de todo lo que sufrió en Mauthausen, hablar sin un ápice de rencor… con humildad y bondad; fue muy emocionante. Jamás pensé, cuando empecé con esto que se organizaría un acto así: una sala llena, multitud de vecinos, familiares de un deportado y un superviviente agradeciéndonos todo el cariño mostrado. Conocer a Juan ha sido el mejor momento que me ha brindado esta profesión”.

El historiador afirma que también le resulta muy gratificante ver a los descendientes de los homenajeados asistir a estos actos, aunque no puede evitar un cierto sentimiento de vergüenza. “Siento la necesidad de pedirles perdón; como ciudadano de un país democrático resulta hiriente que estos héroes hayan sido apartados de nuestra historia. Francia los acogió y les homenajeó; y, sin embargo, en España no encontraron ni un tímido gesto de cariño”, sostiene.

Mirando ya hacia el futuro, Peñalver piensa centrarse en recuperar la historia de las cárceles, centros de detención y campos de concentración franquistas que funcionaron en Murcia durante la dictadura y, nuevamente, en los deportados a campos nazis. Afirma que llevará estas propuestas a más ayuntamientos de la Región e incluso de fuera de ella.

“Ya he empezado en la provincia de Almería con el gobierno municipal de Carboneras. También voy a permanecer vigilante para que las localidades que aprobaron la moción, la cumplan íntegramente. Por otro lado, todo indica que la Asamblea Regional de Murcia aprobará igualmente un reconocimiento público a todos los deportados de la Comunidad. Parece que, poco a poco, conseguiremos que se ponga a nuestros deportados en el lugar que se merecen”, concluye.

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España y la memoria del Holocausto

18 mayo, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

La conmemoración del Holocausto el 27 de enero forma parte de una memoria cosmopolita que ayuda a construir identidades colectivas.

España pretende participar de esta cultura global con unas credenciales que no le corresponden, ocultando la alianza con la Alemania hitleriana y la colaboración en la deportación de españoles republicanos y judíos a los campos nazis.

La memoria del Holocausto en España debería asumir el pasado franco-fascista y la colaboración de España en la deportación.

El Holocausto forma parte de la memoria global de nuestro tiempo. Como señalaban Daniel Levy y Natan Sznaider la Shoá resulta imprescindible a la hora de explicar el desarrollo de una memoria cosmopolita cada vez más extendida. Esta cultura se difunde a través de ensayos, congresos y memoriales, pero también mediante películas y novelas. La conmemoración del día del Holocausto constituye un momento importante en la construcción de esta nueva memoria global.

La memoria del Holocausto juega una función diferente según la experiencia histórica de cada colectivo y también dependiendo de las políticas públicas de memoria de cada país: así, la narración del Holocausto ha tenido un papel muy importante en la construcción de las identidades de países como Alemania, Estados Unidos, Israel o Francia. Últimamente también se busca legitimar el proyecto europeo sobre la base especialmente de la historia de la Segunda Guerra Mundial.

España claramente pretende participar de esta memoria colectiva mundial. Pero en mi opinión lo hace presentándose con unas supuestas credenciales que, de acuerdo con lo que dicen libros y archivos sobre su actuación en la Guerra y en la deportación, no le corresponderían. Todo lo contrario que Alemania, que sí ha confrontado su pasado en este punto y ha construido con él una conciencia antifascista.

España sí participó en el conflicto bélico mundial. Al apoyo de Franco a la industria de guerra alemana hay que sumar el envío de la División Azul al frente de Rusia y la responsabilidad por acción o por omisión del Estado español en la deportación de españoles republicanos a los campos nazis, así como la colaboración con las autoridades alemanas en la deportación de judíos españoles y no españoles. Se ha destacado el papel de algunos diplomáticos en la salvación de judíos, pero se omite decir que, hasta 1944, estos pocos funcionarios contravenían las instrucciones de Madrid que ordenaban pasividad ante las peticiones de protección de los judíos españoles porque, según el Ministerio de Exteriores, no podían ser equiparados a los españoles “nacidos en España, hijos de españoles y educados en el ambiente y el espíritu de España”. Solo al final de la guerra y para congraciarse con los Estados Unidos se decidió aprovechar la labor de algunos diplomáticos y se repatriaron unos trescientos judíos. Pero ni en esa ocasión se permitió que se quedasen en España y se ordenó que atravesasen el país “como la luz atraviesa el cristal”. España no quería un “problema judío”.

Es por todo ello que debemos preguntarnos qué papel juegan la deportación de republicanos y el Holocausto en la memoria colectiva de España. El cinismo de Franco le llevó a tapar su colaboración con el nazismo y a destacar los actos individuales de esos diplomáticos. En 1945 se construye un relato en el que se presenta a Franco como salvador de miles de judíos del Holocausto en Budapest, en Grecia y en España. Este relato no sirvió para que la España de Franco fuese admitida en la ONU, pero sí para adaptar la fachada del régimen después de la derrota del nazismo.

Este relato oficial no se modifica ni durante la transición ni en democracia. No hubo reconocimiento público de las víctimas españolas del nazismo, fuesen republicanos o judíos. A día de hoy todavía no hay un día oficial de conmemoración de las víctimas del franco-fascismo.

Eso explica que, cuando a finales de los 90 se globaliza e incluso se comercializa el relato del Holocausto, España apueste por participar en esta nueva memoria cosmopolita partiendo del relato fabricado por el propio franquismo. En lugar de reconocer la alianza con Hitler y la responsabilidad española en la deportación de republicanos y judíos, se presenta a España como país que ayudó a estos últimos. Se utilizan las acciones de algunos diplomáticos de los años finales de la guerra para poder presentar a España como cuna de varios Justos entre las Naciones: los no judíos que se arriesgaron para salvar vidas judías.

Esto se percibe en la exposición “Visados por la libertad” del Ministerio de Asuntos Exteriores y Casa Sefarad. Pese al excelente trabajo del investigador Alejandro Baer, el Ministerio de Exteriores, uno de los impulsores de la exposición, evita en sus discursos referencias al como mínimo ambiguo papel de Franco. También encontramos este relato que sitúa a España al lado de los Justos entre las Naciones en el preámbulo del reciente proyecto de Ley que reconoce la nacionalidad española a los sefarditas: nula referencia a la alianza hispano-alemana en los años treinta y cuarenta, y nuevamente utilización de las acciones de algunos diplomáticos españoles.

A España le cuesta abandonar un relato que omite la participación de España en la Segunda Guerra Mundial y en la deportación y el Holocausto, igual que le cuesta recuperar la memoria del proyecto de exterminio del enemigo interior. Pretende aparecer del lado de los Justos en este relato global que se va construyendo. Esto también supone una forma de burlar a las víctimas y de banalizar el Holocausto. En lugar de educar y prevenir, el Estado español se aprovecha de la terrible experiencia de la Shoá para pulir su “Marca” en el ámbito internacional.

Y esto tiene obviamente consecuencias en la construcción de la identidad colectiva. La democracia y la “marca” de un país también se pueden construir reconociendo que en España hubo un régimen fascista y antisemita que colaboró con la deportación de españoles, republicanos y judíos, y que asesinó a cientos de miles en el interior. También se mejora la imagen de España dando justicia, verdad y reparación a las víctimas. Pero plantear la memoria de esta manera supone revisar la dictadura e indirectamente también la transición.

El Estado prefiere una conmemoración del Holocausto vacía de contenido. Y esto se da precisamente en un país en el que crecen el antisemitismo y la extrema derecha. A estos fenómenos se les combate cultivando un relato oficial y una memoria que asuma el pasado oscuro y reconozca a las víctimas del franco-fascismo en España y en los campos nazis. De lo contrario se corre el riesgo de cultivar la memoria banal construida a costa de las víctimas judías del nazismo.

Un libro revela que Franco colaboró con Hitler en las deportaciones de españoles y judíos a campos de concentración

23 abril, 2016

Uno de los días que más me gustan hoy 23 de abril, la conmemoración del día del libro. Recordadlo siempre: más libros, más libres. Y una frase de El Quijote: “Amigo Sancho, quien lee mucho y viaja mucho, sabe mucho y ve mucho.

Fuente: http://www.eldiario.es

El periodista Carlos Hernández ha escrito Los últimos españoles de Mauthausen, un libro que incluye documentos inéditos que demostrarían cómo Franco fue un actor activo en la deportación de más de 9.000 españoles

El autor también incorpora telegramas nunca vistos hasta ahora que reflejarían la falta de voluntad del dictador español por salvar a unos 50.000 judíos de origen sefardí

“Resultó más sencillo encontrar documentación fuera de España. Aquí hay más trabas”, asegura en conversación con eldiario.es

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

Documentos hasta ahora inéditos demuestran que Franco colaboró con Hitler en la deportación de más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazi. La mitad de ellos no salieron con vida. Las pruebas y los testimonios que lo prueban los ha recopilado el periodista Carlos Hernández en el libro Los últimos españoles de Mauthausen. Pero hay más. Telegramas nunca vistos apuntalan la responsabilidad de Franco en el asesinato de más de 50.000 judíos de origen sefardí (descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica a finales de la Edad Media).

“Escribiendo me he dado cuenta de que nos han engañado. La educación maniquea que se nos ha impartido ha intentado reescribir la historia”, lamenta Hernández en conversación telefónica con eldiario.es. El libro surgió de las ganas de dar carpetazo al cargo de conciencia que sufrió al morir su tío Antonio, prisionero en Mauthausen. “Nunca le pregunté sobre el asunto de la deportación y tenía una espina clavada”, apostilla.

Se puso manos a la obra y empezó a bucear por archivos, bibliotecas y hemerotecas hasta gestar una obra de más de 500 páginas con la que poner punto y final a esa tesis tan extendida de que la dictadura española no se inmiscuyó en la Segunda Guerra Mundial. Con un vasto material, alguno desconocido hasta el momento, el periodista consigue llegar a una conclusión: Franco, desde España, y Hitler, desde Alemania, se conjuraron con la idea de enviar a los campos de exterminio nazi a 9.328 ciudadanos españoles. De ellos, más de 5.000 no consiguieron sobrevivir a las terroríficas condiciones de los campos de concentración.

El germen de esta historia se remonta al 31 de julio de 1938. Ese día la policía franquista y la Gestapo –policía secreta nazi– acordaron un protocolo de actuación para agilizar los procesos de extradición y el intercambio de información sobre sus enemigos comunes. A partir de ahí, la comunicación no se cortó, sino más bien, se intensificó. En una de las cartas, Madrid admite que se “desentiende” de la suerte que puedan correr los españoles que todavía no han sido capturados por la Francia ocupada y devueltos a España.

Pero el día ‘D’ estaba aún por llegar. El mismo día en el que el ministro español de Gobernación Ramón Serrano Suñer visitaba Berlín, el Reich emitió una orden que despejó el camino para que miles de presos españoles acabarán en campos de concentración.

“Es ridículo pensar que todo responde a una casualidad”, apunta el autor del libro, quien no duda de que “Hitler hizo el trabajo sucio a Franco para que el dictador español se pudiera librar de los ciudadanos que consideraba sería peligroso que volvieran a España”. En el libro se mencionan además distintos documentos que demostrarían que Alemania informó “puntualmente” de sus planes de deportar a los españoles capturados en el país galo.

Lo desalentador viene a continuación. Según el relato de Carlos Hernández, Franco tuvo en sus manos la posibilidad de salvar a muchos españoles de una muerte segura y no lo hizo. “El régimen español tuvo capacidad de decisión sobre el destino de los españoles. Es más, salvó a dos personas que tenían vínculos con los franquistas. Lo intentó con algunos otros pero la respuesta que llegó desde Alemania es que ya era tarde. Estaban muertos”, explica.

Pero ¿quiénes eran esos españoles? El escritor perfila tres grupos: los que sirvieron en las filas del Ejército francés en la Segunda Guerra Mundial, miembros de la Resistencia, y los hombres, mujeres y niños refugiados en la pequeña ciudad francesa de Angulema y que formaron parte del ‘Convoy de los 927’. En total, más de 9.000 españoles, de los que 5.180 murieron, 330 figuran como desaparecidos y 3.800 sobrevivieron. Como el murciano Francisco Griéguez, que a estas alturas todavía sigue sin poder conciliar el sueño y cuyo testimonio se incluye en el libro.

50.000 judíos que Franco podría haber salvado

Franco tuvo responsabilidad en el exterminio de judíos; en concreto, de 50.000 de origen sefardí. Lo asegura el periodista aludiendo a los telegramas que ha conseguido reunir. “Antes de que el Gobierno alemán pusiera en marcha la solución final, aprobó un decreto por el que se permitía a sus aliados repatriar a sus judíos”, cuenta. Pero en España se optó por una postura de indiferencia: la circular que se hizo llegar fue la de salvar exclusivamente a los judíos que pudieran demostrar sobradamente su nacionalidad española, una condición muy difícil en ese momento para muchos.

En la captura que se muestra a continuación se puede leer como un diplomático español destinado en el extranjero se desentiende de las consecuencias que puedan tener las restrictivas instrucciones salidas de Madrid y subraya que, si no se levanta la mano, los repatriados “serán pocos”. Con estas pruebas en la mano, se deduce, por tanto, que Franco conocía las intenciones de Hitler respecto a los judíos de toda Europa.

Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es

Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es.

“Simplemente con que hubiera tenido voluntad, podría haber salvado a decenas de miles de judíos de origen sefardí que en los años 40 residían en Europa, principalmente en Salónica y en Budapest”, relata el autor. “No es muy moral para un régimen católico pedir a los judíos que en un momento como ese se entrara en el juego de la nacionalidad. Los que se salvaron finalmente no superaron los 700”, señala. El origen español de los sefarditas, y por tanto su derecho a acceder a la nacionalidad, sí acredita su condición, se remonta a la época de los Reyes Católicos, cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica.

Con todo el material recopilado, ¿ha sido difícil escribir este libro? Responde Carlos Hernández de manera automática, sin rodeos: “Resultó más sencillo encontrar documentación fuera de España. Aquí hay más trabas, como las que puso la Fundación Francisco Franco o la Fundación Ramón Serrano Suñer para poder bucear en los archivos que guardan, y que no se han hecho públicos. “Espero que sigan saliendo más datos”, lanza al aire como último deseo.

La herencia de la República

10 enero, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

Los exiliados españoles pudieron desarrollar en México su proyecto humanitario y modernizador

JORDI SOLER 20 JUL 2014 – 00:22

Durante los primeros meses de la Guerra Civil, Daniel Cosío Villegas, que era entonces el encargado de Negocios de la embajada de México en Portugal, observó que en medio del caos que se había adueñado de España, había un valioso grupo de intelectuales que se había quedado sin medios para desempeñar su quehacer. Antes de la guerra, el Gobierno de Manuel Azaña había empezado a implementar una ofensiva humanística que buscaba situar a España en un nivel de desarrollo, científico y cultural, que le permitiera integrarse, de manera cabal, a Europa. La Reforma Educativa, inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, que había emprendido la II República, ya era notoria en 1937; había una legión de maestros, muy preparados y con una nueva sensibilidad, que trabajaba para elevar el nivel de los alumnos españoles, y lo mismo pasaba en otros campos, había una serie de publicaciones, científicas y literarias, que reflejaban el empeño republicano de construir un país mejor. Había en España, para decirlo pronto, evidencias de un renacimiento cultural. Todo este panorama lo observaba Daniel Cosío Villegas desde Portugal, y cuando empezó la guerra, y vio que de prosperar el golpe militar aquel empeño iba a desvanecerse, pensó que México tendría que ofrecer ayuda a los intelectuales españoles, ofrecerles un asilo temporal en lo que terminaba la guerra, una casa donde pudieran dar clase, escribir, continuar con sus investigaciones porque al ayudarlos, y aquí es donde la lucidez de Cosío brilla de manera especial, México se beneficiaría enormemente de sus conocimientos y de su cultura, pues era entonces un país que batallaba todavía contra los fantasmas de la Revolución Mexicana.

Así fue como en 1938, en plena Guerra Civil, un grupo de intelectuales españoles se instaló en una institución, creada especialmente para ellos, de nombre La Casa de España, con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas y bajo el aura intelectual de Alfonso Reyes. Un año después los republicanos perdieron la guerra y su proyecto humanístico fue arrasado por la brutalidad militar del General Franco.

En 1939 casi medio millón de españoles huyeron a Francia y fueron internados en una serie de campos de concentración que hoy constituyen una de las páginas más oscuras de la historia francesa. Lázaro Cárdenas, que era un hombre convencido de que a los exiliados había que tenderles la mano, desplegó en Francia un operativo diplomático para rescatar a los republicanos que se habían quedado sin país; ya no se trataba solo de un proyecto para rescatar intelectuales, sino de una operación masiva de la que podía beneficiarse cualquier español que deseara reinventar su vida en México. De manera que el Gobierno mexicano, en ese operativo que ha quedado como uno de los episodios más emocionantes de la diplomacia internacional, fletó una serie de barcos que se llevaron, entre 1939 y 1942, a 25.000 españoles a México. El primero de aquellos barcos, el Sinaia, llegó a Veracruz hace, precisamente, 75 años.

En cuanto terminó la guerra, La casa de España, que había recibido un año antes a los intelectuales de la República, cambió su nombre a El Colegio de México, esa entrañable institución que sigue, hasta hoy, enriqueciendo al país. Pero la riqueza que aportó el exilio republicano a México no proviene solo de los intelectuales, los científicos y los artistas que ya tenían un nombre y un prestigio, y que pronto empezaron a nutrir las aulas de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional; o a colaborar en proyectos como el del Fondo de Cultura Económica, o a fundar editoriales como Era o Joaquín Mortiz. La verdad es que no hay espacio aquí para escribir los nombres de todos los exiliados ilustres que llegaron a México y se fueron integrando, algunos con más éxito que otros, en todos los campos y a todos los niveles, así que haré, sin más ánimo que dar una idea de lo que era aquella selecta multitud, un breve apunte testimonial, una corta e imprudente ráfaga: José Gaos, Joaquín Xirau, Indalecio Prieto, Remedios Varo, Eulalio Ferrer, Ignacio Bolivar, Emilio Prados, Luis Cernuda, Luis Buñuel, Leon Felipe, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Elvira Gascón y un largo, y sustancioso, etcétera.

Pero todo lo que aportó esta zona ilustre del exilio, como decía más arriba, es solo una parte de la riqueza que invirtió, de manera involuntaria, la República española en México; la otra parte, por cierto constituida por la gran mayoría, era una multitud de exiliados sin nombre, que se habían preparado para elevar el nivel de su país y que se veían de pronto, con todo ese conocimiento, en otro país que los invitaba a aplicarlo; porque el gobierno de Lázaro Cárdenas estaba precisamente en esa gesta, quería sacar a México del sopor revolucionario y orientarlo hacia la modernidad, por esto los exiliados, que eran lo mejor y lo más moderno de España, eran un elemento crucial de su proyecto.

Los exiliados no contemplaban regresar a España mientras el Gobierno golpista estuviera en el poder y esta condición, como ya empezaba a verse que las democracias del mundo no se movilizarían a favor del Gobierno legítimo de la República, los hacía ver a México como un país en el que permanecerían algunos años, y a la oportunidad que les había brindado el General Cárdenas como el inicio de una nueva vida, que no sería demasiado larga, porque en cuanto se fuera el dictador podrían regresar a España. Ninguno imaginaba, desde luego, que a Franco le quedaban, en ese año de 1939, treinta y seis años en el poder, ni que la mayoría, después de ese tiempo tan largo, ya ni siquiera se plantearía regresar, porque ya serían más mexicanos que españoles.

México fue el único país del mundo que, en 1937, en la sede de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, defendió el Gobierno legítimo de Manuel Azaña, y condenó el golpe de Estado de Franco y la intervención de Alemania e Italia en la Guerra Civil, ante el silencio y la pasividad del resto de los países que optaron por mirar hacia otro lado. Desde entonces México rompió relaciones diplomáticas con el Gobierno español y mantuvo su posición, su rechazo a la dictadura, hasta 1977, cuando el general Franco llevaba más de un año muerto.

Dentro del proyecto de modernización del General Cárdenas los republicanos eran una pieza fundamental
En 1939, cuando empezaron a llegar a Veracruz los barcos cargados de exiliados republicanos, México era un país enorme donde había solo 18 millones de habitantes (hoy hay casi 120 millones) y todo estaba por hacerse; el presidente Lázaro Cárdenas acababa de expropiar la industria petrolera e implementaba una serie de políticas sociales que intentaban sacar a México del atraso en que se encontraba, modernizarlo y abrirlo al mundo. Un poco antes de que llegaran los republicanos, hubo un episodio que ilustra la vocación cosmopolita que tenía aquel Gobierno, la idea de que el asilo político, el acoger personas que venían de otros países, enriquecería a la sociedad mexicana. En 1936 el presidente Lázaro Cárdenas dio asilo a León Trotsky, el líder político ruso que llevaba años mudándose de un país a otro, buscando un sitio donde establecerse. Trotsky llegó a la ciudad de México, como huésped de la Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera, era un político perseguido del que ningún Gobierno quería hacerse cargo y, mientras llegaba el desenlace trágico que lo esperaba en su nuevo exilio, se convirtió, junto con sus anfitriones, en un polo de atracción que convocaba todo tipo de fuerzas políticas y culturales, tanto que el poeta francés André Breton, que también fue huésped de esa casa en esa misma época, identificó que México era un país donde, en aquel año de 1938, reinaba cierto “clima mental”. Cuento esto porque me parece que en esos años había en México, efectivamente, un clima mental que permitió que los exiliados pudieran rehacer su vida. Dentro del proyecto de modernización del General Cárdenas los republicanos eran una pieza fundamental; visto a la distancia, desde el siglo XXI, para México era crucial tener una inmigración como aquella. Desde la distancia todo parece lógico y elemental, pero lo cierto es que el Gobierno mexicano tuvo que hacer un esfuerzo importante para rescatar a esos 25.000 republicanos, y para ayudarlos a situarse una vez que llegaron al país. Sin la visión que tenían del exilio Cárdenas y sus diplomáticos, sin ese idealismo, sin ese clima mental que detectó el poeta francés, México le hubiera dado la espalda a los republicanos, como lo hicieron el resto de los países.

Mientras André Bretón contaba en Francia de ese clima que había encontrado en México, los republicanos españoles, esa multitud de exiliados sin nombre, desembarcaban en Veracruz, y se encontraban con ese país donde podían ejercer sus oficios y aplicar sus conocimientos. Sinaia, Ipanema, Mexique, eran los nombres de los barcos, que hoy tienen un eco mitológico, de donde bajaban médicos, ingenieros, arquitectos, maestros de escuela, químicos y farmacéuticos, pero también campesinos y gente sin ninguna preparación. Ahí mismo, en el puerto, eran recibidos por voluntarios, y destinados a las zonas del país donde eran más útiles y así, de golpe, comenzaron a llegar a las ciudades y a los pueblos de México, a enriquecerlos, todos esos españoles que se habían quedado sin casa.

Buena parte de ese gran proyecto de la República, que la Guerra Civil expulsó de España hace 75 años, fue heredado por México: no se perdió, cambió de país, en lugar de desvanecerse. Esto es, precisamente, lo que hay que celebrar.

La herencia de la República

30 diciembre, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

Los exiliados españoles pudieron desarrollar en México su proyecto humanitario y modernizador
JORDI SOLER 20 JUL 2014 – 00:22 CEST706

Durante los primeros meses de la Guerra Civil, Daniel Cosío Villegas, que era entonces el encargado de Negocios de la embajada de México en Portugal, observó que en medio del caos que se había adueñado de España, había un valioso grupo de intelectuales que se había quedado sin medios para desempeñar su quehacer. Antes de la guerra, el Gobierno de Manuel Azaña había empezado a implementar una ofensiva humanística que buscaba situar a España en un nivel de desarrollo, científico y cultural, que le permitiera integrarse, de manera cabal, a Europa. La Reforma Educativa, inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, que había emprendido la II República, ya era notoria en 1937; había una legión de maestros, muy preparados y con una nueva sensibilidad, que trabajaba para elevar el nivel de los alumnos españoles, y lo mismo pasaba en otros campos, había una serie de publicaciones, científicas y literarias, que reflejaban el empeño republicano de construir un país mejor. Había en España, para decirlo pronto, evidencias de un renacimiento cultural. Todo este panorama lo observaba Daniel Cosío Villegas desde Portugal, y cuando empezó la guerra, y vio que de prosperar el golpe militar aquel empeño iba a desvanecerse, pensó que México tendría que ofrecer ayuda a los intelectuales españoles, ofrecerles un asilo temporal en lo que terminaba la guerra, una casa donde pudieran dar clase, escribir, continuar con sus investigaciones porque al ayudarlos, y aquí es donde la lucidez de Cosío brilla de manera especial, México se beneficiaría enormemente de sus conocimientos y de su cultura, pues era entonces un país que batallaba todavía contra los fantasmas de la Revolución Mexicana.

Así fue como en 1938, en plena Guerra Civil, un grupo de intelectuales españoles se instaló en una institución, creada especialmente para ellos, de nombre La Casa de España, con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas y bajo el aura intelectual de Alfonso Reyes. Un año después los republicanos perdieron la guerra y su proyecto humanístico fue arrasado por la brutalidad militar del General Franco.

En 1939 casi medio millón de españoles huyeron a Francia y fueron internados en una serie de campos de concentración que hoy constituyen una de las páginas más oscuras de la historia francesa. Lázaro Cárdenas, que era un hombre convencido de que a los exiliados había que tenderles la mano, desplegó en Francia un operativo diplomático para rescatar a los republicanos que se habían quedado sin país; ya no se trataba solo de un proyecto para rescatar intelectuales, sino de una operación masiva de la que podía beneficiarse cualquier español que deseara reinventar su vida en México. De manera que el Gobierno mexicano, en ese operativo que ha quedado como uno de los episodios más emocionantes de la diplomacia internacional, fletó una serie de barcos que se llevaron, entre 1939 y 1942, a 25.000 españoles a México. El primero de aquellos barcos, el Sinaia, llegó a Veracruz hace, precisamente, 75 años.

En cuanto terminó la guerra, La casa de España, que había recibido un año antes a los intelectuales de la República, cambió su nombre a El Colegio de México, esa entrañable institución que sigue, hasta hoy, enriqueciendo al país. Pero la riqueza que aportó el exilio republicano a México no proviene solo de los intelectuales, los científicos y los artistas que ya tenían un nombre y un prestigio, y que pronto empezaron a nutrir las aulas de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional; o a colaborar en proyectos como el del Fondo de Cultura Económica, o a fundar editoriales como Era o Joaquín Mortiz. La verdad es que no hay espacio aquí para escribir los nombres de todos los exiliados ilustres que llegaron a México y se fueron integrando, algunos con más éxito que otros, en todos los campos y a todos los niveles, así que haré, sin más ánimo que dar una idea de lo que era aquella selecta multitud, un breve apunte testimonial, una corta e imprudente ráfaga: José Gaos, Joaquín Xirau, Indalecio Prieto, Remedios Varo, Eulalio Ferrer, Ignacio Bolivar, Emilio Prados, Luis Cernuda, Luis Buñuel, Leon Felipe, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Elvira Gascón y un largo, y sustancioso, etcétera.

Pero todo lo que aportó esta zona ilustre del exilio, como decía más arriba, es solo una parte de la riqueza que invirtió, de manera involuntaria, la República española en México; la otra parte, por cierto constituida por la gran mayoría, era una multitud de exiliados sin nombre, que se habían preparado para elevar el nivel de su país y que se veían de pronto, con todo ese conocimiento, en otro país que los invitaba a aplicarlo; porque el gobierno de Lázaro Cárdenas estaba precisamente en esa gesta, quería sacar a México del sopor revolucionario y orientarlo hacia la modernidad, por esto los exiliados, que eran lo mejor y lo más moderno de España, eran un elemento crucial de su proyecto.

Los exiliados no contemplaban regresar a España mientras el Gobierno golpista estuviera en el poder y esta condición, como ya empezaba a verse que las democracias del mundo no se movilizarían a favor del Gobierno legítimo de la República, los hacía ver a México como un país en el que permanecerían algunos años, y a la oportunidad que les había brindado el General Cárdenas como el inicio de una nueva vida, que no sería demasiado larga, porque en cuanto se fuera el dictador podrían regresar a España. Ninguno imaginaba, desde luego, que a Franco le quedaban, en ese año de 1939, treinta y seis años en el poder, ni que la mayoría, después de ese tiempo tan largo, ya ni siquiera se plantearía regresar, porque ya serían más mexicanos que españoles.

México fue el único país del mundo que, en 1937, en la sede de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, defendió el Gobierno legítimo de Manuel Azaña, y condenó el golpe de Estado de Franco y la intervención de Alemania e Italia en la Guerra Civil, ante el silencio y la pasividad del resto de los países que optaron por mirar hacia otro lado. Desde entonces México rompió relaciones diplomáticas con el Gobierno español y mantuvo su posición, su rechazo a la dictadura, hasta 1977, cuando el general Franco llevaba más de un año muerto.

Dentro del proyecto de modernización del General Cárdenas los republicanos eran una pieza fundamental
En 1939, cuando empezaron a llegar a Veracruz los barcos cargados de exiliados republicanos, México era un país enorme donde había solo 18 millones de habitantes (hoy hay casi 120 millones) y todo estaba por hacerse; el presidente Lázaro Cárdenas acababa de expropiar la industria petrolera e implementaba una serie de políticas sociales que intentaban sacar a México del atraso en que se encontraba, modernizarlo y abrirlo al mundo. Un poco antes de que llegaran los republicanos, hubo un episodio que ilustra la vocación cosmopolita que tenía aquel Gobierno, la idea de que el asilo político, el acoger personas que venían de otros países, enriquecería a la sociedad mexicana. En 1936 el presidente Lázaro Cárdenas dio asilo a León Trotsky, el líder político ruso que llevaba años mudándose de un país a otro, buscando un sitio donde establecerse. Trotsky llegó a la ciudad de México, como huésped de la Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera, era un político perseguido del que ningún Gobierno quería hacerse cargo y, mientras llegaba el desenlace trágico que lo esperaba en su nuevo exilio, se convirtió, junto con sus anfitriones, en un polo de atracción que convocaba todo tipo de fuerzas políticas y culturales, tanto que el poeta francés André Breton, que también fue huésped de esa casa en esa misma época, identificó que México era un país donde, en aquel año de 1938, reinaba cierto “clima mental”. Cuento esto porque me parece que en esos años había en México, efectivamente, un clima mental que permitió que los exiliados pudieran rehacer su vida. Dentro del proyecto de modernización del General Cárdenas los republicanos eran una pieza fundamental; visto a la distancia, desde el siglo XXI, para México era crucial tener una inmigración como aquella. Desde la distancia todo parece lógico y elemental, pero lo cierto es que el Gobierno mexicano tuvo que hacer un esfuerzo importante para rescatar a esos 25.000 republicanos, y para ayudarlos a situarse una vez que llegaron al país. Sin la visión que tenían del exilio Cárdenas y sus diplomáticos, sin ese idealismo, sin ese clima mental que detectó el poeta francés, México le hubiera dado la espalda a los republicanos, como lo hicieron el resto de los países.

Mientras André Bretón contaba en Francia de ese clima que había encontrado en México, los republicanos españoles, esa multitud de exiliados sin nombre, desembarcaban en Veracruz, y se encontraban con ese país donde podían ejercer sus oficios y aplicar sus conocimientos. Sinaia, Ipanema, Mexique, eran los nombres de los barcos, que hoy tienen un eco mitológico, de donde bajaban médicos, ingenieros, arquitectos, maestros de escuela, químicos y farmacéuticos, pero también campesinos y gente sin ninguna preparación. Ahí mismo, en el puerto, eran recibidos por voluntarios, y destinados a las zonas del país donde eran más útiles y así, de golpe, comenzaron a llegar a las ciudades y a los pueblos de México, a enriquecerlos, todos esos españoles que se habían quedado sin casa.

Buena parte de ese gran proyecto de la República, que la Guerra Civil expulsó de España hace 75 años, fue heredado por México: no se perdió, cambió de país, en lugar de desvanecerse. Esto es, precisamente, lo que hay que celebrar.