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La librería: De libros y soledades

23 junio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven.

Siento pereza inicial al embarcarme en La librería, la última película de Isabel Coixet, ya que, con la excepción de la preciosa Cosas que nunca te dije, mi desencuentro con su cine ha sido permanente. La frase que encabeza su cartel publicitario (“Entre libros, nadie puede sentirse solo”) es alentadora, pero también discutible. Mallarmé comienza así un poema: “La carne es triste, así es, y ya he leído todos los libros”. Conclusión desoladora y cierta en algunos casos trágicos. Existieron y existirán sensibles devoradores de poesía y literatura que acaban lanzándose al vacío, pudieron más la soledad y el acorralamiento que la impagable ayuda y el gozo que proporcionan los libros. El primer encuentro con ese codiciado libro siempre estará presidido por la magia, como describe maravillosamente Italo Calvino en el arranque de Si una noche de invierno un viajero. Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven y que en un par de modélicas secuencias protagonizadas por la entregada librera y un hombre que ha acorazado su ancestral aislamiento y su supervivencia gracias a las páginas impresas (en esa época ningún amante de los libros podría ni querría imaginar esa cosa tan antinatural y gélida del e-book) logran que se me humedezcan los ojos.

LA LIBRERÍA

Dirección: Isabel Coixet.

Intérpretes: Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy.

Género: drama. España, 2017.

Duración: 110 minutos.

Isabel Coixet adapta una novela de Penelope Fitzgerald (el apellido impone literariamente) que desconozco, pero ansío leer. Su temática podrá parecer muy leve a los espíritus intensos. Yo creo que es muy rica. Narra el empeño de una viuda por abrir una librería en un pueblo de Inglaterra con nula empatía hacia la necesidad o la pasión de leer. A ella ese acto le sirve para suplir carencias afectivas, para vivir otras vidas, para soñar junto al mar con los personajes y los sentimientos que habitan los libros, esos objetos en los que siempre ocurren cosas. Los poderosos del pueblo, depredadores detrás de sus modales aristocráticos, declararan soterrada guerra a esa dulce intrusa, convencida de que lo que ella pretende vender puede suponer placer, conocimiento, aventura o bálsamo para unos cuantos vecinos. Será ayudada en su laboriosa misión por una niña imaginativa, inteligente, práctica y soñadora al mismo tiempo, y mantendrá emocionante contacto con un misántropo anciano que lleva 45 años encerrado en su mansión, alguien que me hace pensar en el estremecedor poema de Gil de Biedma: “En un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia”. Sin embargo, mi héroe sí lee y también paga cuentas.

La librera le descubrirá al excelso Ray Bradbury y sus Crónicas marcianas. Y la existencia del misántropo anhelará la publicación de Las doradas manzanas del sol y El vino del estío. Y el gran Nabokov desafiará a la moral convencional con la turbadora y extraordinaria Lolita. Y se crearán vínculos muy hermosos entre estos dos náufragos, que desearían haberse conocido en otra vida.

Coixet describe todo esto con una delicadeza y un tono cercanos a la orfebrería. Imágenes, diálogos, silencios, pequeños y reveladores gestos conviven en armonía, arropados por una atmósfera magnética y veraz. Su intimismo es contagioso. Y la historia que me han contado sigue conmigo durante el resto del día. Se supone que ocurren pocas cosas, pero me ha tocado y reconozco en qué fibras emocionales. La llevo dentro.

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Marisol, la obrera de la cultura que vendió sus premios franquistas para ayudar al comunismo

21 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Resulta difícil escribir sobre Marisol (Málaga, 1948), el nombre artístico de Pepa Flores, sin caer en el formato propio de las revistas del corazón. Al fin y al cabo, la niña prodigio del cine de la época franquista atrajo al público tanto por su trabajo como por su vida personal. Protagonizó cientos de portadas desde su debut hasta su retirada de la vida pública con 37 años, decisión que también generó montones de titulares y programas especiales.

Lo fácil es encontrar un motivo para recuperar su figura. Sin ir más lejos, la efeméride de su 70 cumpleaños este 2018, aunque es mucho más interesante su aparición en el disco que el sello Ace Records! publicó el pasado enero.

Se trata del recopilatorio Beat Girls Español! 1960s She-Pop From Spain, que lleva como subtítulo: “El lado femenino del pop español, incluídos algunos ejemplos del Sonido Torrelaguna” (característico de los arreglos de las canciones del sello Hispavox, situado en la calle Torrelaguna, en la época de Rafael Trabucchelli como director. Es decir, lo ye-yé).

En el volumen aparecen artistas como Concha Velasco, Rocío Dúrcal, Sonia (con una histórica versión en castellano del Get Out Of My Cloud de The Rolling Stones) y, por supuesto, Marisol.

Sus dos canciones poco tienen que ver con la niña rubia de Ha llegado un ángel y mucho con la artista adulta que llegó a ser: la archifamosa Corazón Contento y una versión desenfrenada de La Tarara, que interpreta en su película Las cuatro bodas de Marisol. La escena en la que la representa poco tiene que envidiar al mejor Tarantino.

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Instrumento del franquismo

Es el primer filme -el sexto de su filmografía- en el que se escucha su singular voz ronca y su imagen empieza a corresponderse con la de la joven de 20 años que es. Los esfuerzos de Manuel Goyanes, el productor que la llevó al estrellato, por mantener en la infancia a aquella mina de ojos azules que tanto dinero había generado ya no servían.

Fue la penúltima película de su etapa adolescente. En 1968 protagonizó junto al torero Palomo Linares, Solos los dos y se convirtió en ‘mujer’ a ojos del público. De paso, en el mismo año se casó con Carlos Goyanes, hijo del productor (que décadas después caería en la redada de la Operación Nécora) y con el que había convivido desde niña. Su ‘hermano’ se convirtió en su marido, un cambio de roles un tanto truculento pero rentable. La boda se convirtió en uno de los eventos más sonados del momento, con hordas de fans en la entrada de la iglesia y cientos de hojas de papel couché con ella vestida de blanco.

La actriz representaba en aquel momento el papel de esposa feliz que acataba y difundía los valores del régimen con alegría. Según su biografía autorizada (T&B editores, 2008), firmada por Javier Aguilar y Miguel Losada, Marisol llegó a declarar ante la prensa: “No sé si seguiré trabajando después de la boda porque pienso que la responsabilidad económica del hogar ha de recaer sobre el hombre. Si Carlos me manda que deje el cine, estoy dispuesta a hacerlo aunque preferiría seguir con mi carrera”. Dos años después se separaron y el matrimonio se anuló en 1973 por ‘inmadurez de ambos’.

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Pepa Flores relató que había sufrido abusos en su infancia (EFE)

La prehistoria del #Metoo

Poco había de verdad en todo aquello. Muchos años antes de que estallara el caso de Harvey Weinstein, Pepa Flores ya había hablado públicamente de los abusos que había sufrido desde que empezó en el mundo del cine siendo una niña. La periodista Pilar Eyre recuperó hace poco las declaraciones de la artista hizo a la revista Interviú hace décadas y que no levantaron ningún movimiento parecido al #MeToo. “A los ocho años no era la niña angelical que todo el mundo creía… ya estaba más sacudida que una estera”, por ejemplo.

Esa misma revista llegó a vender un millón de ejemplares con una portada que ya ha pasado a la posteridad: el desnudo de Marisol. La niña rubia del franquismo convertida en icono sexual al posar sin ropa para el fotógrafo César Lucas. Fue en 1976 y la publicación llevaba en su interior un artículo titulado “Marisol: el bello camino hacia la democracia”. Se libraron del secuestro por los pelos, aunque el fotógrafo tuvo problemas con la justicia hasta 1981, cuando le absolvieron de los cargos por atentado a la moral y escándalo público.

El verdadero problema es que la protagonista del retrato nunca dio el consentimiento para su publicación. Aquellas fotos se tomaron en 1970, por encargo de Carlos Goyanes “parece ser que con el fin de que las viera el director italiano Bernardo Bertolucci, con los ojos puestos en que Marisol trabajara con él y con el actor Alain Delon en una película. La sesión fotográfica había costando 90.000 pesetas”, aseguran Aguilar y Losada en su libro.

Pepa Flores nunca denunció ni a Lucas ni a la revista, pese a que habían vuelto a utilizar su cuerpo sin su aprobación. La imagen ha sido una de las más lucrativas de la publicación. En 1991 recuperaron la portada con motivo de su 15 aniversario y fue  la última que llegó al quiosco antes del cierre de la revista el pasado mes de enero.

interviú

@interviu

DESPEDIDA | La portada de Marisol es la elegida para decir adiós a todos nuestros seguidores. Puedes ver la edición en: http://pdf.interviu.es/edicion/?eid=44920 

Activismo paralelo

Curiosamente, la biografía de Pepa Flores guarda similitudes en algunos momentos con la de Jane Fonda aunque, de entrada, pueda parecer improbable. La norteamericana también tuvo que hacer esfuerzos para librarse del dichoso cartel de ‘mito erótico’ que le colgaron después de protagonizar Barbarella (Roger Vadim, 1968) vestida con el mítico bikini diseñado por Paco Rabanne.

A ambas les costó que las tomasen en serio profesionalmente pero también supieron sacarle partido a aquellos prejuicios. Fonda ganó mucho dinero con sus famosísimos vídeos de Aerobic Jane Fonda’s Workout que ‘ayudaban’ a las mujeres del mundo a conseguir un cuerpo como el suyo (y lucir así su propio bikini). Lo que no sabían sus seguidoras es que el dinero recaudado iba destinado a apoyar a las causas políticas en las que participaba.

Por su parte Marisol vendió los premios de oro que le habían otorgado en las fiestas del Caudillo en La Granja cuando aún era un instrumento perfecto de la dictadura, para apoyar a la izquierda española de la época. Se había implicado en el comunismo en la época en la que empezó su relación con Antonio Gades y, como personajes públicos, lideraron muchas de las protestas de la última época del franquismo y de la democracia. Gades y ella se casaron en Cuba en 1982 con Fidel Castro como padrino.

Llegaron a llamarla ‘La niña de Moscú’, estuvo afiliada al Partido Comunista y al Partido Comunista de los Pueblos de España y ella misma se declaró: “Una obrera de la cultura. Me fusilarán antes que traicionar a mi clase”.

Cumplió con su palabra y en 1985 protagonizó su última película Caso Cerrado, dirigida por Juan Caño. Fue la segunda en la que salió acreditada como Pepa Flores, después de Carmen (Carlos Saura, 1983). Poco tiempo después desapareció de la vida pública y se mudó a Málaga, el sitio de dónde venía. Viajó por todo el mundo, conoció a gente como Audrey Hepburn, Ann- Magret o Harpo Marx, compartió pantalla con Mel Ferrer y Jean Seberg y trabajó bajo las órdenes de Juan Antonio Bardem y Mario Camus, pero se hubiese cambiado por cualquiera de los que soñaban su vida desde sus casas.

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La actriz y cantante Pepa Flores durante su actuación en el campo de fútbol de Torrejón, donde culminó la marcha anti-OTAN en junio de 1982

Damnation: fuego subterráneo en el corazón de EEUU

12 abril, 2018

Fuente: http://www.lamarea.com

Damnation, una serie de Netflix que podríamos definir como un “western de la lucha de clases”, y que narra una de las épocas más fascinantes de la historia norteamericana.

Foto promocional de la serie Damnation. NETFLIX
Foto promocional de la serie Damnation. NETFLIX

Iowa (EEUU), 1931. En plena Gran Depresión, una misteriosa pareja compuesta por un predicador y su esposa dirigen una huelga de granjeros en un pequeño pueblo. En un Medio Oeste golpeado duramente por la crisis desatada en 1929, familias enteras de productores luchan contra los precios abusivamente bajos impuestos por los intermediarios y contra las amenazas de los bancos, siempre ávidos por desahuciar a quienes puedan con tal de aumentar sus beneficios. Así comienza Damnation, una serie de Netflix que podríamos definir como un “western de la lucha de clases”, que narra una de las épocas más fascinantes de la historia norteamericana.

Episodio tras episodio, desfilan por la serie una cohorte de personajes que, por usar la manida expresión de Max Weber, representan “tipos ideales” de la historia social estadounidense. Ningún personaje es lo que parece ser: todos ellos están atravesados por una profunda necesidad de redención, un sentimiento muy característico de la cultura protestante, en el cual las cuentas del pasado deben ser ajustadas mediante las acciones del presente. No es de extrañar que uno de los protagonistas principales, Seth Davenport, recuerde mucho a aquel predicador atormentado y milenarista que describía John Steinbeck a través de Jim Casy en Las uvas de la ira.

Los personajes que representan en la serie a la clase capitalista (banqueros, industriales y toda una serie de secundarios sin escrúpulos, peones al servicio de las grandes corporaciones) son presentados como fanáticos cínicos profundamente atravesados por una ideología positivista que, en nombre del progreso económico, justifica todo tipo de barbaridades. En el relato oficial del capitalismo, la historia de EEUU se cuenta como una historia sin lucha de clases, en la que un puñado de hombres llegan a un territorio grande, semivacío, con grandes recursos naturales, en el cual los ricos que antes eran pobres se hacen a sí mismos a través de su esfuerzo y audacia. Damnation deja claro que toda la riqueza de la oligarquía que ha dominado EEUU durante más de dos siglos surge del trabajo de la clase obrera y de procesos de expropiación periódica hacia todas las formas de propiedad no articuladas en torno a los intereses directos del capital financiero.

Pero como decía Foucault, “donde hay poder, hay resistencia”. La “otra historia de los Estados Unidos”, parafraseando el excelente libro del historiador socialista Howard Zinn, es una historia de huelgas, solidaridad y, por qué no decirlo, resistencia activa y directa frente a la violencia de las élites. Esa violencia que atraviesa la historia de EEUU la ejerce una estrecha alianza entre capital y Estado a través de múltiples mecanismos. En Damnation aparecen dos métodos: por un lado, la aparición de grupos fascistas compuestos de tradicionalistas de clase media extremadamente violentos, que las élites no controlan directamente, pero que financian y usan políticamente contra las organizaciones populares; por otro, “los hombres de Pinkerton”, pistoleros rompehuelgas a sueldo de las grandes empresas, y que simbolizan esa vieja costumbre del capital norteamericano de privatizar “la seguridad”, como podemos ver todavía hoy en las cárceles y en los ejércitos privados que inundan medio mundo, como los de la compañía Academi (antes conocida como Blackwater).

Frente a ello, la clase trabajadora norteamericana se organizó en sindicatos, que no dudaron utilizar todo tipo de métodos para defenderse de la violencia patronal. En Damnation no queda claro en ningún momento la afiliación partidaria de los militantes obreros, pero a través de las luchas fabriles de Detroit, los conflictos en las minas de Kentucky y las huelgas de okies en el medio oeste, descubrimos “el fuego subterráneo” que se escucha en las canciones de Pete Seeger y Woody Guthrie, y que nos permite conocer las tradiciones del movimiento obrero norteamericano. Si el predicador interpretado por Killian Scott nos recuerda al típico outlaw (fuera de la ley) tan cantado en la música country, el personaje de Amelia Davenport (interpretado por Sarah Jones) representa un tipo de militancia radical que combinaba el periodismo con la capacidad organizativa al mejor estilo John Reed.

En ese sentido, la ideología de la militancia radical que protagoniza Damnation sintetiza las dos grandes corrientes originales de pensamiento y acción que atravesaron a la clase trabajadora norteamericana durante el final del siglo XIX y el primer tercio del XX. Por un lado, un proyecto sindicalista revolucionario en torno a los Industrial Workers of the World (IWW), una organización tremendamente creativa en sus métodos. Bajo la consigna “Un único y gran sindicato”, los wobblies (como eran conocidos sus militantes) trataron de organizar al  “quinto deprimido: los obreros inmigrantes y desarraigados, los inexpertos, los desorganizados y los rechazados, los grupos más pobres y más débiles de los obreros”.

Con una militancia de una entrega y generosidad inimaginable en nuestros tiempos e iconos como Joe Hill o Mother Jones, fueron capaces de demostraciones épicas de solidaridad, como el traslado masivo de los hijos e hijas de las familias en huelga de una ciudad a otra para protegerlos durante el conflicto, costumbre que imitaría la CNT en España durante los años 30. La otra tradición subterránea presente en Damnation es el populismo progresista, que trataba de defender a la ciudadanía de a pie frente a la voracidad de Wall Street. Este movimiento agrupaba campesinos, pequeños propietarios y artesanos, y proponía una vía diferente a la socialista, pues no aspiraba tanto a una revuelta anticapitalista como a defender a los “pequeños” frente a la voracidad de los grandes. Los discursos y prácticas de los personajes de Damnation oscilan en esas dos direcciones, eso sí, siempre a punta de pistola.

No desvelaremos nada de la serie, pero sí de cómo acabó esa guerra de clases que recorrió Estados Unidos durante las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial. El Partido Demócrata liderado por Franklin D. Roosevelt respondió “democráticamente” a través del New Deal a la ofensiva de las clases trabajadoras con una maniobra que podemos calificar como “hegemónica”: mientras aplastaba a los “comunistas” y a la militancia obrera radical para alejar el peligro de una revolución, integraba mediante ciertas concesiones algunas demandas de los sectores populares. El resultado, como casi siempre, es paradójico: EEUU, con una guerra mundial de por medio, salió de su mayor crisis con un pacto social en el que la gente trabajadora vivía un poco mejor a cambio de no tocar los resortes fundamentales del poder económico.

Quizás la diferencia entre los efectos de la crisis de los años 30 y la crisis que vivimos actualmente se encuentre en la respuesta obrera. Damnation nos ayuda a reconciliarnos un poco con una clase obrera que hoy aparece a ojos de muchos izquierdistas como la culpable del monstruo de Donald Trump. Disfrutar de esta serie de Netflix nos permite avistar un hilo rojo y hacernos la pregunta fundamental que planteaba aquel maravilloso himno del movimiento obrero norteamericano: “Which Side Are You On?” (¿De qué lado estás?).

Apuntes bibliográficos: si Damnation le ha abierto el apetito, en España se han editado algunos libros excelentes para conocer la historia de ese periodo. Fuego subterráneo: historia del radicalismo de la clase obrera en los EEUU, de Sharon Smith (que, obviamente, ha inspirado el titulo de este artículo, basado en una expresión muy típica del movimiento revolucionario estadounidense) es un magnífico recorrido por las luchas obreras. Se complementa muy bien con Dinamita: historia de la violencia de clases en EEUU (1826-1934), de Louis Adamic, militante wobbly. Algo más amplio pero igual de fundamental es el ya citado La otra historia de los EEUU, de Howard Zinn. Por último, sobre la historia de los IWW, se editó hace tiempo un libro de Patrick Renshaw llamado Wobblies. Historia de la Industrial Workers of the world, por desgracia descatalogado, y que también citamos más arriba.

Magia y compasión

10 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Creo que Guillermo del Toro ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona.

Tráiler de ‘La forma del agua’.

En todo el cine de Guillermo del Toro, ese hombre adulto que nunca ha perdido la pasión y la fidelidad al cine, las historias, los personajes, los ambientes y las ensoñaciones que le fascinaron desde niño, existen convicciones que nacen en la infancia, aplicables al cine y a la vida. Los espectadores pequeñitos teníamos muy claro (y quiero pensar que a los actuales les ocurre lo mismo) que en cine existían los buenos y los malos y, por supuesto, desconocíamos el significado del maniqueísmo ni falta que nos hacía. Y ganaban los buenos. Posteriormente el cine y la vida te demostrarán que existe algo llamado matices, que además del blanco y el negro hay más colores, que son intercambiables, y que en el mundo real casi siempre vencen los malos.

Su cine sería siempre identificable aunque no apareciera la firma. Hay faunos enternecedores y dragones salvajes (algunos de ellos con apariencia humana), gente acorralada y sola que busca un refugio y que solo se lo proporcionará su imaginación, historias de terror conviviendo con una poética muy personal, un tono y una atmósfera que remiten a películas de otro tiempo.

Reconociendo la singularidad de su obra, sospechando que cada que vez que escribe y rueda siente un embeleso similar al de los críos con sus juguetes, que su relación con el cine viene marcada por el corazón, nunca por el mercenariado o la calculadora, que su huella es igual de poderosa y auténtica con los grandes presupuestos y con el posibilismo, ruede en México, en España o en Hollywood, hay películas suyas que me gustan mucho y otras menos. Hasta ahora, mis favoritas eran El laberinto del fauno y La cumbre escarlata. Con La forma del agua creo que ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona. Me fascinan sus imágenes, me preocupa el presente y el futuro de sus atribulados personajes, me creo algo tan irrazonable como el romance (abarrotado audazmente de sexo en un presunto cuento de hadas) entre el sufriente monstruo anfibio y la muda que jamás perdió la pureza, me da mucho miedo el villano, me empapo sin esfuerzo de esa atmósfera tan insólita, me transmite emoción, sentimiento y magia. Y puedo entender ante la arriesgada y poética fabula que ha filmado Guillermo del Toro que determinados espectadores la encuentren irreal e incluso ridícula. Pero no estoy dispuesto a discutir con nadie sobre ello. O entras, o te quedas fuera. No hay términos medios con esta extraña película. En cualquier caso, no quiero imaginármela doblada.

Mi cuelgue es inmediato con esa protagonista tan poco glamurosa. No solo es muda. Tampoco es guapa. Se despierta en plena noche para ir a fregar y a limpiar en unos inquietantes laboratorios gubernamentales durante la Guerra Fría. Se masturba ritualmente en la bañera. Se dirige en un autobús muy triste a su rutinario trabajo. Pero no maldice su suerte ni reniega del mundo. No se siente sola ni desamparada. Sonríe mucho y llora poco. Porque hay dos personas tan perdidas como ella que son sus amigos, una compañera de trabajo que la protege y un anciano homosexual, artista y casi siempre desolado, al que ella cuida y mima. Le basta para seguir tirando. Esa perdedora también posee algo luminoso. Está dispuesta para embarcarse en la aventura más irracional, comenzar un amor con un monstruo que es mucho más humano que aquellos que le recluyeron y esclavizaron.

Esta película habla de la compasión, del calor que se pueden otorgar los marginados, de la capacidad de amar en las circunstancias más duras. Lo cuenta con un lenguaje visual admirable, retratando sensaciones.

Que no hable ni Dios

11 febrero, 2018

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 06/12/2016 a las 06:00Actualizada 06/12/2016 a las 11:08  

Bueno, Dios sí. De las subvenciones que recibe la Palabra Revelada nunca hablan los que tanto gritan.

La polémica creada por el rescate de unas palabras que pronunció Fernando Trueba con motivo del estreno de su película La Reina de España significan el triunfo moral de la extrema derecha de este país. Un triunfo que viene avalado con la toma de sus consignas, de sus proclamas, por parte de la llamada “centro derecha”, que asume sus postulados suavizando las formas, con lo que se permiten decir las barbaridades a las que nos tienen acostumbrados desde “el respeto y la tolerancia”, ocupando un espacio que correspondería por sus reivindicaciones y su esencia a fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo ha ocurrido en Francia con Fillon, el nuevo candidato a las elecciones presidenciales de 2017. Se ha celebrado mucho su victoria cuando sus planes en poco o nada difieren de los del Frente Nacional, salvo que estos los plantean con una retórica visceral cuya puesta en escena implica una militancia que sonroja a los republicanos franceses que ven en Fillon el justo término de lo que sería el signo de los tiempos.

Vengo de un mundo donde no existía, excepto para los fascistas, el “orgullo de ser español”. Era simple y llanamente una soberana estupidez. Algo totalmente ridículo, como la celebración cada 12 de octubre de “El Día de la Raza”. Nosotros, precisamente nosotros, los españoles, que llevamos cien sangres encima, si es que de pedigrí hablamos, incluidas las que más joden al español “de verdad”, la judía y la mora. Entonces, algunos, no adictos al régimen, ya proclamaban que sólo existía una raza: la raza humana. La raza española no vendía fuera del mercado de los patriotas que sostenían que los extranjeros del norte, esos decadentes demócratas, nos tenían envidia porque estaba demostrado que, sexualmente, éramos más potentes. Se reivindicaba como marca el latin lover.

Tampoco se paseaban los ciudadanos con la gloriosa enseña nacional por la calle con tanta alegría como ahora, salvo grupos de uniforme que pegaban a los que no les siguieran el juego o balbucearan al cantar los himnos que les reclamaran. Eso pasó hace tiempo, pero como todas las desgracias tuvo, curiosamente, un lado positivo: creó una ingente cantidad de ciudadanos, yo entre ellos, que repudiaban el nacionalismo español. Bueno, repudiaban y se acojonaban con él porque aquellos portadores de valores eternos que actuaban en manada pegaban palizas con total impunidad, al abrigo y protección de la Policía Nacional, que sólo aparecía si la cosa se ponía fea y el personal acorralaba a los matones para, paradójicamente, cascar a los agredidos y proteger a los fascistas. Esto no me lo han contado, lo ha visto mi menda varias veces. Durante una época todos los domingos en el Rastro de Madrid.

La consecuencia buena, como decía, fue que la usurpación de los símbolos “nacionales” por parte de la dictadura trajo consigo un antinacionalismo a celebrar. Yo, al menos, estoy muy orgulloso de ser un hijo de aquello.

Nunca me ha gustado cuando viajo a otros países ver a los jóvenes portando la bandera como un elemento ornamental fashion. Me parece un triste signo de alienación. Ocurría, especialmente, en los Países Nórdicos, sobre todo en Suecia, y en los EEUU. A mí, esta exhibición de la bandera, que cada vez se extiende más, siempre me ha parecido que lleva implícita el gen de la xenofobia. Tengo que reconocer que la única bandera que he lucido ha sido la Unión Jack por una cuestión estética: me gustan los mods.

Ahora que nos habían vendido que la bandera constitucionalista era de todos y que había que perder el pudor a pasearse con ella, esta polémica surgida en torno a aquellas palabras de Fernando Trueba, que no es tal sino una reivindicación del “espíritu nacional” digno de otros tiempos, demuestra por su sinrazón y sus formas que el “sentimiento nacional” y “el orgullo español” son chungos. Se le ha dicho de todo en los medios de comunicación afines al Gobierno, y en las redes sociales se le ha insultado de manera desproporcionada y deseado la muerte de diferentes maneras, la más curiosa ahogándose en el Mediterráneo, como los refugiados. Estos españoles “de verdad” le consideran una basura del calibre de los que vienen huyendo de la guerra con sus hijos y mueren por la indiferencia de los países ricos.

Si lo que pretenden es que Trueba recupere el sacrosanto orgullo de ser español, así no creo que lo consigan.

En fin, las opiniones menos viscerales se limitan a esgrimir los argumentos que ya sacó la derecha rancia española cuando el “No a la guerra” en torno a las subvenciones, así como llamando al boicot a la película y, para que luego digan que ese espíritu no lleva implícito el gen de la contradicción, por no decir de la estupidez: un ataque al cine español en su conjunto, con lo que demuestran poco amor por lo patrio.

Por supuesto, para rematar la faena, se despachan con consignas también características de los fachas de todo el mundo: se le invita a marcharse de España. Antes te mandaban a Moscú, ahora, como ya no hay telón de Acero, a las aguas del Mediterráneo.

Con tanto ruido se pierde la perspectiva de lo que ha ocurrido. Fernando Trueba es un artista y como tal tiene todo el derecho del mundo a pensar como le dé la gana, y a decir lo que quiera sin que pase nada. No es un cargo público que representa a todos los españoles, a los que le votan y a los que no, y está obligado a una normas, a mantener unas formas que, por cierto, estos señores del PP se saltan constantemente actuando desde sus cargos como hooligans de partido.

También los ciudadanos tienen derecho a expresar su rechazo ante sus declaraciones, pero creo que es desproporcionado que ante la manifestación de alguien que afirma no “sentirse español”, no tener “sentimiento nacional”, no tener “identidad cultural” y estar en contra de la creación de nuevas fronteras, que es lo que dice, entre otras cosas, en su discurso, tantos se hayan dado por aludidos y de una forma tan violenta y visceral que no hace sino ratificar que esto es sólo un síntoma de que algo grave está pasando. Es evidente que estos señores tan susceptibles no escuchan la radio por las mañanas, ni determinadas tertulias políticas donde en algunas emisoras y cadenas dicen a diario cosas gravísimas de personas con responsabilidades de gobierno, que van a afectar a sus vidas, a las de sus hijos, y que parecen no molestarles o, al menos, no se manifiestan con la vehemencia que lo hacen ante las declaraciones de un cineasta, hace un año, con motivo de la entrega de un premio.

Con respecto al dinero, tema que me atañe, porque a mí me llaman por la calle “millonario”, como si fuera un insulto, personas de apariencia pija, reclaman esos ofendidos patriotas que devuelva lo que ha ganado de los españoles que han pasado por taquilla. Creo que ignoran lo complicado que sería tal cuestión desde el punto de vista administrativo. ¿Debería devolver también lo que ha ganado con sus películas en Tailandia por no sentirse tailandés?

Indignado por esta jauría que no es más que un síntoma del retroceso en un derecho tan fundamental como es el de expresión, el domingo por la noche me fui a ver la película y no sólo entendí parte del origen de la campaña sino que no estoy de acuerdo con esa mayoría de críticas que la ponen a caldo. La película está muy bien. Me gustó mucho y reconozco que es difícil de compaginar lo que cuenta con el espíritu de sus detractores. Es una comedia que encierra un alegato a favor de la libertad, una condena de la dictadura y, sobre todo, una llamada contra la sumisión. ¿Hay una causa más noble?

Recomiendo que vayan a verla, queridos amigos. Entenderán el mundo del que venimos y también aquel al que nos quieren llevar. Y sobre todo la gran injusticia que se ha cometido con la película y su director.

Recuerdo que un profesor de la Universidad del País Vasco comentaba que lo peor de estar amenazado por ETA era que te quedabas solo. Debe ser el instinto de supervivencia el que llevaba a los otros a apartarse de él, o tal vez que no los relacionaran con el amenazado para no correr la misma suerte.

Desde luego es muy difícil que alguien que pretenda sacar adelante un proyecto pueda dar la cara en estas circunstancias por un compañero y eso, precisamente, es lo que se pretende: ¡Qué nadie hable!

Como digo, este estúpido circo que se ha montado en torno a Fernando Trueba no es otra cosa que la victoria moral de la extrema derecha en estos tiempos que corren.

Lo que ha pasado da más sentido todavía a esa película y demuestra que el daño que hicieron aquellos tiempos esta lejos de subsanarse.

Yo estoy con los de la película. Mi único orgullo es que nunca estuve en esa España de los vociferantes abanderados. Ni entonces ni ahora me echaron el lazo.

‘Manchester by the sea’: el peso de la vida

10 enero, 2018

Fuente: http://www.elmundo.es

Fotograma de la película 'Manchester frente al mar'.

Fotograma de la película ‘Manchester frente al mar’.

LUIS MARTÍNEZ

¿Qué es la realidad? No esperen que una simple película dé con la clave a la más grave de las cuestiones. Lo que no ha respondido sin contradecirse la Historia de la Filosofía, no quieran que se lo resuelva en poco más de dos horas Kenneth Lonergan. De hecho, y para ser precisos, a este último lo que le preocupa no es tanto el qué como el cuánto. ¿Cuánto pesa la vida? ¿Qué hace que lo real siempre acaba por pegarse de forma tan agobiante al suelo, a la piel incluso? Esa sería la pregunta correcta que planea sobre la irrefutable Manchester frente el mar.

Un artefacto extraño, llamémoslo así, mucho más profundo, lúcido y relevante que un simple drama.

 

El director lleva años dedicado a dibujar personajes heridos; dañados por la pérdida. La idea es tal vez construir desde ellos el sentido más íntimo de todo, la densidad de lo real. La estrategia es vaciar primero para cobrar perspectiva, para atisbar a ver el verdadero sentido del hueco. Tan absurdo, tan doloroso y, créanme, a fuerza de disparatado, tan divertido. Aunque duela. Tan cruelmente divertido. Así era en la maldita y por siempre fallida Margaret, a vueltas con la insensatez del sentimiento de culpa, y así vuelve a ser ahora.

Un hombre recibe la noticia de la muerte de su hermano. Le espera un sobrino huérfano y adolescente al que atender. Llevan años sin verse. La culpa es de algo necesariamente trágico que sucedió tiempo atrás. Algo que, por su tamaño, acaba por serlo todo. La película entera se resuelve en los gestos cercanos. Quizá mínimos. En un día de pesca, en una pelea en el bar, en una jornada de trabajo. Y ahí su grandeza; ahí su capacidad para tocar lo más profundo. En la imposibilidad de hablar de lo único que no se puede mantener en silencio, en lo ridículo que resulta vivir cuando todo hiere tanto, en lo cómico que puede llegar a ser tener simplemente que levantarse cada mañana… ahí, decíamos, Manchester frente al marse hace grande a cada paso que da.

De esta manera, el director compone un artefacto extraño, llamémoslo así, mucho más profundo, lúcido y relevante que un simple drama. A medida que avanza la película, lo que importa no es tanto el azaroso peregrinar de unas vidas condenadas como la textura misma de todo lo que las rodea y hasta les da sentido. Si se quiere, la cinta se puede leer como una calculada radiografía, sociológica incluso, de un estrato de la sociedad americana cuanto menos defectuoso. Pero eso sería limitar de manera culpable la provocación, eso es, de Lonergan. En realidad, el laberinto de los personajes se parece demasiado en su vacío, en su irreflexiva huida hacia delante, al de cualquiera de nosotros. Es la incapacidad de poner orden en el sinsentido de todo esto lo que abruma; lo que, llegado el caso, desconcierta hasta la simple carcajada. Porque, no sé si no lo hemos dicho suficiente, Manchester… arrastra toda su tristeza hacia un lugar inidentificable que se acerca demasiado a la comedia. Por eso, su crueldad. Por eso, su lucidez.

Desde el trabajo monumental de Casey Afleck, Lonergan, decíamos, acierta a describir con una precisión que asusta la herida de una sociedad incapaz de poner orden en sus contradicciones (sociales y, si se quiere, existenciales). Pero no sólo eso. Es la propia vida la que avanza hasta depositarse en la mirada del espectador grave, profunda, delicada y sin piedad. La vida pesa. Hasta hacer desplomar al mismo alma. ¿Quién no se ha reído nunca de una caída? Decía Mack Sennet que una comedia es cuando un hombre se cae en una zanja y se mata. Cuando te sale un padrastro, eso es una tragedia. Pues eso. ¿No me digan que no es para partirse de risa? Aunque duela.

“Trump conoce bien la ecuación estadounidense: la ignorancia lleva al miedo y el miedo al odio”

13 septiembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Hace 15 años, el estreno de Bowling for Columbine, el emblemático documental de Michael Moore, se convirtió en un éxito nacional que despertó la polémica y cosechó los elogios de la crítica. Centrado en el tiroteo de el instituto de Columbine (1999) y en la emergente amenaza de la violencia con armas de fuego en EEUU, la cinta ganó el Oscar al mejor documental.

También sirvió como una profética advertencia de la agitación política y social que pronto tendría en vilo a la sociedad estadounidense. Como dijo el propio Moore, si se “presentara esta película este mismo viernes, por desgracia tendría probablemente la misma relevancia”.

Durante una charla pública celebrada junto a la proyección de  ‘Bowling for Columbine’ (la semana pasada se cumplió otro aniversario del tristemente célebre tiroteo) en el festival de cine de Tribeca, Moore y el pionero de los documentales D.A. Pennebaker ofrecieron su desalentadora perspectiva sobre el clima político en la era de Donald Trump.

“Creo que hemos pasado por 40 años de un país en el que se ha bajado el nivel intelectual”, dijo Moore. “Hemos desinvertido en nuestras escuelas y hemos dejado que queden en un estado deplorable. Las clases de arte han sido canceladas y, en la actualidad, las clases de educación cívica han desaparecido de un tercio de nuestras escuelas”, añadió.

La de Moore fue una de las pocas voces que durante las elecciones de EEUU se atrevieron a predecir la presidencia de Trump. En Tribeca recordó la vez en que fue abucheado durante de la grabación del programa de HBO Real Time with Bill Maher por decir que el magnate republicano se convertiría en una especie de rey supremo. “No lo dije porque quería que pasase, estaba tratando de advertir de algo que podía suceder”.

Moore opinó además sobre esa idea que caracteriza a las zonas urbanas como burbujas aisladas. “Hay una burbuja en Brooklyn, amigos, y es tóxica. Vi lo que sucedía en otras partes del país [tras la victoria de Trump] y todo el mundo estaba de fiesta”.

Pennebaker también dio su punto de vista sobre el presidente. “Trump es como alguien a quien le acabas de dar una Ferrari, no sabe conducir y, sin embargo, se aleja de tu vida con el coche”. “Con tu niño en el asiento delantero”, completó Moore con ironía.

El documental que cambió algunas cosas

Estrenada un año después de los ataques del 11 de septiembre, Bowling for Columbine provocó grandes cambios (en una de las secuencias más memorables, la cadena de supermercados Kmart decidió dejar de vender balas). Estaba llena de menciones a líderes conservadores del pasado, como George W. Bush, o el ya fallecido símbolo de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), Charlton Heston, al que se lo ve durante una airada entrevista con Moore en su casa de Los Ángeles.

Pero, según Moore, nunca fue su intención que el documental se convirtiera en una proclama por el control de armas. “Hicimos la película para tener una mirada sobre nosotros mismos porque nos preguntábamos: ¿por qué nos pasa a nosotros?”, dijo haciendo referencia a la epidemia de armas que sufre EEUU y que no sufren otras partes del mundo. “Somos buena gente, somos un buen país. ¿Por qué estas cosas pasan aquí y no en otro lado? Todos nosotros tenemos la misma cantidad de cromosomas. Los canadienses no son mejores que nosotros… aunque no es tan fácil decir eso ahora, ¿no?”.

Moore dice con ironía que las razones detrás de la victoria de Trump y de la falta de acción por la violencia con armas de fuego son dos caras del mismo problema. “Es la ecuación estadounidense: baja el nivel intelectual de la población; conviértelos en ignorantes y estúpidos. La ignorancia lleva al miedo, y el miedo, al odio. Trump conocía muy bien esa parte de la ecuación. Y el odio lleva a la violencia”.

So I’m walking down the street one day, O’Reilly drives by, screeches to a halt, jumps out & starts yelling @ me. Ha!

Moore también opinó sobre las últimas noticias referidas a su archienemigo político Bill O’Reilly. El día que el presentador de Fox News fue despedido por la cadena. recordó una graciosa anécdota en Twitter. “O’Reilly pasaba con una limusina cerca de donde estaba yo en la calle. Me ve y le dice al conductor que frene de inmediato. Entonces sale disparado del coche gritándome. De casualidad alguien retrató el momento con una foto”, contó Moore. “Pero yo todavía sigo aquí y él no”.

Pese a todo, Moore compartió una visión esperanzadora del futuro. “Una gran cantidad de nuestros compatriotas estadounidenses ha empezado a moverse. Los políticos ya no son los únicos involucrados activamente en política. Ahora mismo hay mucha gente que está informada y participando”.

Traducido por Francisco de Zárate

28 mayo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

La directora Nely Reguera es la única española en Nuev@s Director@s con la sorprendente ‘María (y los demás)’.

GREGORIO BELINCHÓN, San Sebastián, 21 de septiembre de 2016.

Nely Reguera (derecha) y Barbara Lennie, en San Sebastián. FOTO: JUAN HERRERO (EFE)

A sus 35 años, María está estancada. Cuida de un padre enfermo, su trabajo en una editorial acalla su voz literaria, sus relaciones sentimentales no fluyen… Y de repente su padre, recuperado, decide casarse con su enfermera, sus dos hermanos vuelven a casa a mangonear, puede que sí o que no la editorial publique su primera novela, y su relación de pareja empieza a crecer, al menos para ella, porque lo que es él… No, no es Bridget Jones, sino María (y los demás), de Nely Reguera, la única española presente en la sección Nuev@s Director@s, que ha dejado un buenísimo sabor de boca tras sus proyecciones en San Sebastián antes de su estreno comercial en diciembre. A María le da vida una soberbia Bárbara Lennie (actriz descomunal que nunca baja su nivel de exigencia ni de talento), y la película disfruta de un medido guion de Reguera (Barcelona, 1978), que tuvo que recortar su libreto para adecuarlo a sus escasas cuatro semanas de rodaje y que habla de la frustración, de la soledad, de las envidias familiares, de sentimientos muy humanos que en pantalla aparecen de forma orgánica.

Los problemas de producción se han olvidado tras el estreno en el Zinemaldia. Reguera, directora de cortos más duros como Pablo o Ausencias, y veterana ayudante de dirección, salta al largo con esta historia en la que presiona y presiona a su protagonista. “Más que eso, yo diría que son cosas que pasan en la vida. También es cierto que concretamos muchos cambios en apenas un mes, arrancando por ese padre-pilar de su existencia, una relación en la que María asume el rol de madre, que en su momento le ha servido como excusa para no lanzarse a vivir. Los miedos la tienen paralizada, y entre los temores y lo que le va viniendo construimos esa oportunidad maravillosa de filmar un cambio vital”. A la directora lo que le gusta de su María es su cerrazón. “En vez de ver que es algo bueno, que el cambio le impulsará a otros lados, lo vive desde el dolor: me dejan, me abandonan, dónde me coloco yo ahora… Y emprende su huida hacia adelante”.

A pesar de su ceguera emocional, María y las mujeres que le rodean son más listas que el universo masculino circundante. “No era mi intención dejar a los hombres tan mal. Los hermanos tienen defectos como ella. Tampoco quiero decir que los hombres son siempre los que se van [como sí ocurre en la película] y las mujeres las que se quedan al cuidado de los progenitores. Pero sí que me interesaba marcar el aislamiento de María en esa familia”. Como María, Bárbara Lennie muestra segundos de indecisión, de dudas vitales, en bastantes miradas en la pantalla. “Porque ella es muy segura en unas cosas, y a la vez absolutamente insegura en otras. Eso provoca la ternura que emana María, su humanidad. Estaba en el guion, pero también porque Bárbara es una enorme actriz que lo hace todo fácil”.

En diversos momentos María (y los demás) roza la comedia loca, sin embargo, lo rehúye. “Para mí era importante saber que estábamos contando un drama aunque priorizando el sentido del humor. Porque así es la cotidianidad”. ¿Y cuando ve Bridget Jones, no le da los siete males? “Vi solo la primera, me hizo mucha gracia. Si, es otra mujer buscando, aunque desde el histrionismo. Aquí hay elementos así… y otros que no”.

“Así es la vida, vas resolviendo cositas y sigues para adelante. Madurar es un camino de largo recorrido”

Reguera ha rodado en Galicia porque su familia viene de allí. “He pasado muchos veranos y navidades en esa Comunidad. El guion lo comencé en Galicia, y en seguida se impregnó del paisaje atlántico, con una playa de gran oleaje… Además, esas grandes reuniones familiares las relaciono, por mi experiencia familiar, más con Galicia que con Cataluña”. El reparto (además de Lennie, José Ángel Egido, Pablo Derqui -habitual del cine de Reguera-, Julián Villagrán, Vito Sanz, Miguel de Lira o María Vázquez) se sumó rápido al proyecto. “Sin embargo, encontrar su financiación ha supuesto años de esfuerzo. Y con lo exiguo del presupuesto tuvimos que recortar guion. Por suerte, tras tanto tiempo con ella, la historia estaba muy integrada, conocía su esencia. Y tuvimos ensayos, lo que me llevó al rodaje más tranquila”.

En sus cortos, Reguera defendía finales abiertos. Aquí… “Bueno, así es la vida, vas resolviendo cositas y sigues para adelante. Madurar es un camino de largo recorrido. María puede que solucione algunas dudas, pero poco más”.

La XXXI Gala de los Premios Goya y su reivindicación de la cultura

5 febrero, 2017

Anoche pudimos vivir la XXXI Gala de los Premios Goya, una edición que ha sido calificada de poco reivindicativa después de unas galas que han ido en contra de la Guerra de Irak en 2003 y de la subida del IVA cultural del 8 % al 21 % en 2012.  No se me ocurre mejor lugar reivindicativo que una de las galas por excelencia de la cultura española, y más con las muestras de solidaridad mostrada ayer entre los componentes de la Academia.

Vivir en la sociedad del espectáculo, de la instantaneidad y de la imagen nos hace ver una realidad muy diferente a lo que en verdad es. Solamente con algunos datos es fácil desmontar los bulos con los que se criminaliza la cultura del cine. Uno de ellos es que el gobierno español presupuestó en 2016 la cifra de 77 millones de € para este sector y recibió 108 solamente con el IVA recaudado. Otro es el mantra de que los actores viven muy bien. La realidad es que sufren unas condiciones laborales muy precarias con una cifra tan alta del 92 % de componentes del gremio que no puede vivir del cine. Parece que a muchos les cuesta entender que todos estos trabajadores no tienen chalets en La Moraleja ni son Penélope Cruz o Pedro Almodóvar. Por hacer un símil, cada año son noticia en los partidos de fútbol de copa del rey los equipos que cuentan en sus filas con trabajadores que compaginan su dedicación al fútbol con otro trabajo y los cuales se enfrentan a jugadores que pertenecen a equipos millonarios.

Fuera ya de estas aclaraciones, vayamos a la gala, la cual fue conducida por Dani Rovira por tercera vez de una manera notable con su introducción espartana, su beso con su “suegro” de Ocho apellidos vascos, Karra Errejalde, y su reivindicación femenina ante el menor número de mujeres nominadas en la Gala y su menor número en los puestos de dirección de las distintas producciones, como momentos más destacados. Por supuesto no se ha librado de las críticas, el deporte nacional por excelencia.

La película con más nominaciones, Un monstruo viene a verme, fue la mayor triunfadora. El trabajo de un “J” Bayona emocionado durante toda la noche y de su equipo cumplió con su papel de favorito en las distintas categorías. La otra gran triunfadora de la noche fue Tarde para la ira, dirigida por el joven director Raúl Arévalo, cuyo Goya a mejor película fue totalmente merecido, aunque seguramente haya mucha gente a la que sorprendió este Goya cuando la de Bayona había arrasado en todas las nominaciones.

Por lo que respecta a las diferentes secciones me gustaría hablar de algunas. Voy a empezar por la categoría de mejor película documental en la que resultó ganadora Frágil equilibrio de Guillermo García López. Esta categoría cinematográfica logra sensibilizarnos de manera especial. Junto a él estaba también nominado 2016. Nacido en Siria, la cual es de muy alta recomendación para comprobar el drama de los refugiados que nos acecha en Europa (aquí os dejo la entrevista a su autor en la radio libre, Carne Cruda:  https://www.ivoox.com/cc-256-nacido-siria-programa-completo-audios-mp3_rf_16531861_1.html). El cine también logra sensibilizar, lo cual hizo el director de Frágil equilibrio al recibir el premio y acordarse del expresidente uruguayo y referente mundial por su buen hacer José Múgica, de los muros que levantamos ante los inmigrantes y del drama continuado de los desahucios.

En la categoría de mejor dirección novel resultó premiada la producción de Raúl Arévalo, Tarde para la ira. Hubiese sido algo contradictorio que no lo hubiera logrado. Junto a las otras nominadas, sobre todo a título personal la dirigida por Marc Crehuet, El rey tuerto, muestran que nuestro cine y su futuro gozan de muy buena salud.

Menciono también la categoría de mejor actriz revelación cuyo premio recayó en Anna Castillo por su papel en El Olivo de Icíar Bollaín. El papel de Javier Gutiérrez y sus otros compañeros hicieron más fácil la tarea como ella mismo se encargó de señalar en su discurso. Icíar Bollaín es una de las directoras más destacadas del cine español actual. Sus trabajos destacan por su contenido en defensa de las causas justas de los que menos tienen. En este trabajo se ve la denuncia contra las multinacionales que anteponen cualquier interés frente a la pequeña propiedad de cualquier persona, en este caso simbolizada por una persona mayor y la pérdida de su olivo centenario.

Sin duda el motivo más emotivo de la noche, como seguramente ya hayáis visto, fue el fragmento de la canción dedicada a los desahuciados (No hay tanto pan) cuando Silvia Pérez subió a recoger su Goya en la categoría de mejor canción original (Ai, ai, ai, de la película musical de Edouard Cortés, Cerca de tu casa).

Mentiras, sonrisas y amapolas
Mentiras, sonrisas y amapolas
Discursos, periódicos, banqueros y trileros.
Canciones, monos y pistolas,

Bolsos, confetis, cruceros y puteros.
Te roban y te gritan
Y lo que no tienes también te lo quitan.

No hay tanto pan, pan, pan
No hay tanto pan, pan, pan

Es indecente y es indecente,
Gente sin casa y casas sin gente.”

Esperando que como este año las cifras económicas sean mejores en este sector cultural, nos vemos en la XXXII Gala y como dice la canción de Luis Eduardo Aute, “Cine, cine, cine, más cine por favor.”

Buenas intenciones, tibio resultado

29 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona.

CARLOS BOYERO5 MAY 2016 – 23:16 CEST

Fotograma de ‘El Olivo’.

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona. Al igual que nos ocurrió con la niña Ana Torrent en El espíritu de la colmena, casi todos los espectadores nos quedamos colgados con la adolescente Icíar Bollaín en El Sur, interpretando a esa cría que amorosamente era cómplice de su atormentado padre, pero que no puede evitar que este sea trágicamente derrotado por sus fantasmas, sus recuerdos, la sensación de lo que pudo haber sido y no fue.

Y estaba claro que además de interpretar los personajes creados por otros, esta persona inquieta acabaría contando en imágenes, detrás de la cámara, las historias que le interesaran. ¿Y qué le preocupa a Icíar Bollaín? Pues el mundo que le rodea y particularmente las injusticias, los abusos, los entuertos, utilizando la realidad nacional o lo que ocurre en países lejanos. Digamos que su máxima preocupación son los seres humanos en situación de acorralamiento, explotados, sufrientes. Bueno, es una opción humanista e inconformista. Lo que sería deseable es que los resultados fueran artísticos, estéticos, veraces, apasionantes.

EL OLIVO

Dirección: Icíar Bollaín.

Intérpretes: Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Manuel Cucala.

Género: drama. España, 2016.

Duración: 98 minutos.

La actitud del cine de Ken Loach imagino que siempre ha sido un modelo para Icíar Bollaín. Por mi parte, es un director que a veces me interesa mucho, sobre todo cuando centra sus lacerantes y subversivas historias en universos que conoce y los hace verosímiles, y en otras ocasiones me resulta tan previsible como aburrido. No solo de buenas intenciones vive el cine.

Y con el cine de Bollaín me ocurre algo parecido, cine que cada vez se emparenta más con el de Loach, al estar firmados los guiones de las tres últimas películas de ficción de esta directora por Paul Laverty, colaborador habitual de Loach en el proceso de escritura desde hace veinte años.

Siempre acudo con expectativas e ilusión a las películas de esta mujer. No compartí el generalizado entusiasmo ante su ópera prima, Hola, ¿estás sola? ( solo me perturbó aquella actriz tan extraña y sensual llamada Silke, de la cual, por cierto, hace demasiado tiempo de la que no sabemos nada, parece haber desaparecido del mapa del cine), pero me conmovió la historia de aquellas inmigrantes sudamericanas intentando sobrevivir en un pueblo de la España profunda que desarrollaba Flores de otro mundo. Había algo estremecedor en la tortuosa relación entre un maltratador al que se le va la mano, los celos, la psicopatía, el sadismo con su inocente y acojonada esposa, a la que después chantajea sentimentalmente con inútiles declaraciones de amor en Te doy mis ojos, y también estaba bien descrita la guerra del agua en Bolivia y en medio del rodaje de una película presuntamente concienciada También la lluvia. De la fracasada Mataharis me gustaba el problema de conciliar la profesión de detective con la de ama de casa.

La inmigración, el maltrato, el feminismo, la explotación de los débiles en cualquier parte, la vocación de hacer cine social forma una temática que merece ser desarrollada, pero también corre el peligro de que amenace el panfleto, o de quedarse en la exposición bienintencionada de los males del mundo. Para mi gusto, los eludía. Con talento. Algo fundamental. No basta con la honestidad.

No había huellas de ese talento en Katmandú. Un espejo en el cielo. Hablaba de lo jodido que puede ser nacer niña en Nepal. De acuerdo. He pasado por allí y por otros lugares azotados por la miseria y con tradiciones tan machistas como feroces. Pero al describirlo, Bollaín no lograba transmitirme nada perdurable. Sí irritación en algún momento con pretensiones líricas.

Y lamentablemente vuelve a ocurrirme lo mismo con El olivo. Narra la lucha de una cría muy gritona, llena de incertidumbres pero con sentido moral como para lograr que el olivo milenario que ha vendido su agobiada familia para que decore el vestíbulo de una multinacional retorne a su sitio natural, a sus raíces. El simbolismo es tan evidente como cansino. Y vale. Todo lo que de verdad importa está en venta. Pero quedan rebeldes. Pues vale.