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Eurocomunismo

16 marzo, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El comunismo occidental renunció al modelo soviético y aceptó las ‘libertades burguesas’.

Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso
Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso CRISTÓBAL MANUEL

Cuando Franco murió, el eurocomunismo florecía en algunos países de Europa occidental. No era un concepto con una doctrina definida, sino el resultado de un proceso histórico gradual, de adaptación, que afectó a algunos partidos comunistas de las sociedades democráticas industriales desde la Guerra Fría.

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El pilar fundamental de ese proceso histórico fue la emancipación de las concepciones ideológicas y políticas sostenidas —y extendidas por el este de Europa— desde Moscú. Era un rechazo a aceptar el socialismo soviético como modelo, apelando a las peculiaridades y diferencias de las condiciones históricas en los países occidentales después de 1945.

Al rechazar ese modelo soviético, los dirigentes eurocomunistas estaban planteando una reevaluación del legado de 1917, del leninismo revolucionario, pero también de las políticas de colectivización violenta, del estalinismo y de los principios y prácticas que habían acompañado al comunismo desde la muerte de Stalin. Significaba también una ruptura con el internacionalismo proletario tan vinculado al Estado soviético. El cambio fundamental radicaba en la aceptación del pluralismo político, de los derechos y libertades individuales de las que hasta ese momento habían sido calificadas como “democracias burguesas”. Jean Kanapa, dirigente del Partido Comunista Francés, lo describió como “socialismo democrático”, para diferenciarlo del soviético, una vía para conseguir un amplio consenso en la sociedad que recogiera las lecciones de los acontecimientos en Chile, Portugal, Hungría y Checoslovaquia.

Pero esas tendencias de transición desde la opción revolucionaria a la democrática llegaron en un momento en el que los partidos socialistas, rivales electorales de los comunistas, encontraban importantes apoyos en los trabajadores del sector de servicios, más allá del histórico proletariado industrial, y apuntalaban, con sus políticas asistenciales, el Estado de bienestar. Desde mayo de 1968 y la invasión de Checoslovaquia, cientos de miles de jóvenes europeos nutrieron nuevos movimientos sociales —vinculados al pacifismo/antimilitarismo, al feminismo o a la ecología— que abandonaban el sueño revolucionario para defender una sociedad civil democrática, y que asumían formas de organización menos jerárquicas y centralizadas.

La legalización del PCE y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas.

Algunos de esos cambios aparecieron en España en los años finales de la dictadura franquista y en los primeros de la Transición. Desde los años sesenta, el control absoluto que la dictadura intentaba ejercer sobre los ciudadanos no pudo evitar la movilización social contra la falta de libertades. El movimiento de Comisiones Obreras, orientado por grupos comunistas, creó una nueva cultura sindical, alejada de la que impulsaron la CNT y la UGT, que utilizaba los canales de participación que el marco franquista permitía.

Debido a ese escenario peculiar, tan diferente al francés y al italiano, o al portugués desde la Revolución de los Claveles de abril de 1974, el PCE tuvo una notable influencia en el movimiento estudiantil, en las fábricas y en muchas asociaciones vecinales que se formaron en torno a reivindicaciones relacionadas con el problema de la vivienda, la falta de servicios públicos o la carestía de la vida. Cuando esa protesta urbana derivó pronto hacia cuestiones políticas como la petición de amnistía y la demanda de Ayuntamientos democráticos, el PCE funcionó como una plataforma de concienciación política, de oposición a la dictadura y de escuela de una cultura democrática.

La legalización del PCE el 9 de abril de 1977 y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas. Que no se cumplieron por los pobres resultados que el PCE obtuvo en junio de 1977 —el 9,3% de los votos y 19 escaños—, en marzo de 1979, hasta llegar al desastre de octubre de 1982, solo 4 escaños, que provocó la dimisión de su secretario general.

Es verdad que la veterana dirección comunista tenía estrechos vínculos con la generación de la Guerra Civil, que el recuerdo traumático de aquel conflicto violento, el legado del autoritarismo y el miedo al comunismo impuesto por la dictadura pesaron como una losa en los primeros años de la Transición. Pero la crisis del PCE tuvo muchas similitudes con la que sufrió el eurocomunismo en otros países desde finales de los setenta. Cuando los partidos comunistas de Europa occidental abandonaron de forma tardía el modelo soviético, otros actores representaban ya de una forma más clara, y con más apoyos sociales, el socialismo democrático.

Julián Casanova es historiador.

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El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.

Lecciones de un siglo letal

27 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica.

Lecciones de un siglo letal

“El pasado es un país extranjero”, escribió L. P. Hartley para abrir su novela The Go-Between (1953, traducida al español como El mensajero). Y desde entonces esa frase ha sido citada por algunos historiadores para indicar que no se pueden elaborar aproximaciones precisas al pasado sin comprender el contexto histórico.

Cuando un historiador se atreve a escribir una historia del mundo durante un siglo, tiene que hacerlo desde diferentes perspectivas, combinando hechos e interpretaciones, miradas cercanas con otras más distantes. Y eso es lo que intenta Álvaro Lozano con esta crónica de un periodo tempestuoso, ampliando el foco que ya había utilizado en sus anteriores trabajos sobre Mussolini, Stalin o la Alemania nazi.

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica, tecnológica y cultural. Fue un siglo de contrastes, como ya anticiparon las grandes narraciones de historiadores como Eric J. Hobsbawm, Mark Mazower o Niall Ferguson, con dos guerras catastróficas a las que siguieron cambios profundos en los Estados, en los sistemas políticos y en los medios de integración cultural.

Nada original hay, por tanto, en este libro, ni el autor lo pretende, porque de lo que se trata es de trazar un panorama general, centrado en los episodios más relevantes, y ofrecerlo al lector con claridad. Su ambición es revelar de forma simple la complejidad de lo que algunos historiadores académicos han investigado, sirviéndose de sus argumentos —sin citarlos— e ilustrándolos con referencias a grandes novelistas del siglo, desde Proust hasta Borges, pasando por Eliot, Mann o Kafka.

Provenga de historiadores o novelistas, Lozano usa esa materia prima para escribir el tipo de historia que se supone que mucha gente quiere leer, dejando de lado debates y actualizaciones historiográficas. No hay grandes explicaciones sobre los conflictos étnicos, las raíces de la extrema violencia, la descomposición de los imperios multinacionales europeos o el desafío planteado por el surgimiento de otros nuevos. Su libro, por el contrario, es una especie de GPS que proporciona información sobre las principales rutas que los grandes personajes siguieron o hicieron seguir a la humanidad, con la democracia, el fascismo y el comunismo como principales protagonistas. Una crónica de hechos bien ordenada y narrada.

Su propuesta parte del supuesto de que la historia proporciona un cierto sentido de perspectiva para comprender el presente y para anticipar las reacciones de los hombres y mujeres ante los acontecimientos del futuro.

XX. Un siglo tempestuoso. Álvaro Lozano. La esfera de los Libros, Madrid, 2016. 623 páginas. 25,90 euros.

Volver a Hegel

8 noviembre, 2016

Fuente: http://www.lamarea.com

“Ni en estas circunstancias la izquierda es capaz de articular un discurso que pueda, por lo menos, plantear un cambio sustancial del modelo económico y social. ¿Qué le pasa a la izquierda?”, se pregunta el autor.

08 octubre 2016 11:14

Volver a Hegel

Me parece que actualmente todo lo que acontece en el mundo está poniendo de manifiesto la debilidad del discurso de las izquierdas. Difícilmente se podían imaginar unas circunstancias más favorables para lanzar un discurso alternativo que pusiera al capitalismo de rodillas, pues difícilmente se podía poner de manifiesto más claramente la incapacidad del sistema capitalista para gobernar a la humanidad. No se trata sólo de las crisis económicas en las sociedades europeas, son los tremendos, inacabables conflictos que hay en todo el mundo, con la secuela de millones de refugiados. También está la amenaza de colapso ecológico, reflejada, entre otros muchos escritos, en el manifiesto “Última llamada” –que muchos líderes de izquierdas han suscrito y del que se han olvidado completamente en sus discursos electorales–. Pues ni en estas circunstancias la izquierda es capaz de articular un discurso que pueda, por lo menos, plantear un cambio sustancial del modelo económico y social. ¿Qué le pasa a la izquierda?

Zygmunt Bauman habla de que la izquierda ha perdido la batalla política porque ha perdido la batalla ideológica y cultural con la derecha. Mi duda es si ha perdido esa batalla, o si ni siquiera la ha dado. Desde luego no la ha dado en el terreno del modelo de bienestar, de los estilos de vida. Hace ya mucho tiempo que Erich Fromm escribió:

“El socialismo y el comunismo rápidamente cambiaron, de ser movimientos cuya meta era una nueva sociedad y un nuevo Hombre, en movimientos cuyo ideal era ofrecer a todos una vida burguesa, una burguesía universalizada para los hombres y las mujeres del futuro. Se suponía que lograr riquezas y comodidades para todos se traduciría en una felicidad sin límites para todos”.

En general la izquierda ha sido incapaz de ver que el capitalismo no es sólo un sistema económico, sino que detrás hay una filosofía, con su visión del hombre y de la sociedad, con sus valores humanos y éticos. Y, por tanto, le ha dejado el campo libre a la filosofía capitalista, que se ha impuesto en la sociedad, ante la pasividad, cuando no complicidad, del pensamiento de izquierdas.

El fracaso político afecta a las dos corrientes en que se dividió el movimiento inspirado en Marx. Lo mismo el comunismo leninista que la socialdemocracia han sido incapaces de resistir el ataque del capitalismo. Parece claro que nos tendríamos que remontar al mismo Marx para encontrar la raíz de esta debilidad.

Marx le dio la vuelta al idealismo de Hegel (bueno, confieso mi osadía al hablar de Hegel, un filósofo que, según dicen los expertos, es la leche, y entenderle bien no es tarea nada fácil). Pero de lo que no cabe duda es que Hegel se define como idealista. Y eso quiere decir que para este filósofo en el fondo de la realidad está la idea, el pensamiento, el espíritu. Pues es a esta visión a la que Marx le da completamente la vuelta, y pone en el fondo, como fundamento último de  toda la realidad, a la materia. La estructura económica, la organización de la producción y el consumo son la infraestructura de la sociedad, el cimiento sobre el que se levanta todo el entramado de la realidad humana, de la vida de los seres humanos. Y sobre esa filosofía construye toda su teoría sobre la transformación de la sociedad. 

No se me ocurrirá entrar en la discusión filosófica que se podría montar sobre el tema. Voy a otro principio de Marx, con el que estoy de acuerdo: una teoría tiene que validarse en la práctica, la praxis nos dirá si es válida o no. Y me parece evidente que la pretensión de cambiar el mundo basada en el pensamiento de Marx ha fracasado. A pesar del profundo y acertado análisis que Marx realiza del sistema capitalista, su alternativa, basada en ese materialismo radical, no ha podido realizarse.

Ese gran filósofo que es El Roto, en uno de sus profundos análisis sociales  presentados como un chiste, afirma: “El comunismo ha fracasado, el capitalismo ha fracasado… ¿por qué no probamos a ser decentes?”. El ser decentes no tiene nada que ver con la infraestructura económica (y desde luego no tiene absolutamente nada que ver con los capitalistas). Es una opción moral que se toma antes de cualquier circunstancia económica, y que, en las mismas circunstancias, unas personas la toman y otras no. Esto nos hace pensar que en el fondo de las opciones de cada persona está la dimensión espiritual del ser humano.

¿No es esto una vuelta a Hegel? ¿No hay ya motivos suficientes para decir que una filosofía basada en un materialismo radical ha sido incapaz de evitar que la humanidad se enfangue hasta las cejas en el barrizal apestoso del capitalismo? ¿No habría que plantearse la oposición al capitalismo desde unas bases totalmente distintas a las empleadas hasta ahora? Al hablar de un cambio radical no dejo de tener en cuenta otra característica atribuida a la filosofía de Hegel. No podemos olvidar la relación dialéctica entre lo material y lo espiritual, la influencia de uno en otro, pero manteniendo, al contrario de los manuales de marxismo que nos tragamos en nuestra juventud, que lo determinante en última instancia es el mundo del espíritu, los valores humanos y la ética.

Y sobre eso habría que construir una nueva teoría del socialismo: el socialismo ético. O sea, desarrollar lo de ser decentes. Y sensatos, digo yo, que eso tampoco lo da la infraestructura económica.

Antonio Zugasti es socio cooperativa de La Marea. 

Cuba o Puerto Rico, ¿quién ganó la Guerra Fría?

25 junio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Mientras que la isla gobernada por los comunistas se abre a las relaciones comerciales con Washington, los puertorriqueños enfrentan una deuda “impagable” y relaciones tensas con Estados Unidos.

09/05/2016 – 19:48hUn viejo auto pasa junto al crucero académico "M.V. Explorer", fondeado en La Habana (Cuba).

Un viejo auto pasa junto al crucero académico “M.V. Explorer”, fondeado en La Habana (Cuba). EFE

Dos islas del Caribe se encuentran hoy en un momento decisivo de su relación con Estados Unidos. Una está plagada de corrupción y de deudas, plagada de casas derrumbadas aquí y allá, abandonadas por familias que decidieron marcharse a la cercana potencia imperial. La otra es Cuba.

¿Quién ganó la guerra fría?

Después de años de fracasos en el intento de ordenar las finanzas de la isla (y su relación con EEUU), el 1 de mayo el gobernador de Puerto Rico, Alejandro García Padilla, anunció que el territorio no incorporado de EEUU entraba en suspensión de pago por una deuda de casi 370 millones de dólares.

El lunes, un día después del anuncio de García Padilla, un crucero lleno de turistas zarpaba de Miami rumbo a la Habana, llevando dólares, capitalismo y el sueño americano al futuro de Cuba.

Las dos islas, cuya relación de paralelismo alguna vez se presentó como caso de estudio para las posturas políticas de la guerra fría, han cambiado de roles.

Durante medio siglo, Estados Unidos dominó a Cuba y a Puerto Rico, luego de arrebatárselas a España. Pero tras la década de los cincuenta las islas siguieron su propio destino. Los cubanos derrocaron a un dictador avalado por EEUU, encontraron nuevos patrocinadores en la Unión Soviética y adoptaron el comunismo. En Puerto Rico se aplastó toda manifestación de fervor nacionalista y la colonia quedó como un Estado libre asociado, aferrado al capitalismo controlado por EEUU.

Más de 94.000 estadounidenses han visitado Cuba en 2016

Más de 94.000 estadounidenses han visitado Cuba en 2016 EFE

Según el investigador del Centro de Estudios Puertorriqueños del Hunter College, Harry Franqui-Rivera, “cuando la guerra fría estaba en pleno auge, las islas se usaban para demostrar al mundo cuál de los dos sistemas funcionaba mejor en la vida real. Si Cuba se veía exitosa, hacía quedar mal a Estados Unidos y, si Puerto Rico fracasaba, la imagen iba a ser aún peor”.

Veinticinco años después de la caída de la Unión Soviética, en los libros de texto de Estados Unidos se dice que triunfó el capitalismo y perdió el comunismo. El mes pasado, en una histórica misión a Cuba, Barack Obama dijo algo parecido: “He venido aquí para terminar con el último vestigio de la guerra fría en el continente americano”.

Pero los expertos y los activistas coinciden en que la guerra fría, al menos en lo que respecta al Caribe, tuvo un final algo confuso. También, en que el futuro es bastante incierto tanto para las dos islas. “Obama habló de entablar lazos de colaboración con la vecina isla de Cuba mientras establece lazos de represión y control en Puerto Rico” tuiteó la alcaldesa de San Juan el día en que Obama pronunció su discurso inaugural en la Habana.

Según Franqui-Rivera, cuyas opiniones no representan a las de la universidad para la que trabaja, la caída de la Unión Soviética terminó con décadas de ayudas oficiales para la economía de Puerto Rico: “Una vez que finalizó la guerra fría, ese incentivo desapareció”.

El Congreso de Estados Unidos dejó que expirara la reducción de impuestos a las corporaciones, y la economía de Puerto Rico se paró en seco, dependiente de la ayuda oficial, con grandes límites en asuntos comerciales y cada vez más imposibilitada para hacer valer sus propias leyes.

El año pasado, el gobernador puertorriqueño calificó de “impagable” la deuda pública de 70.000 millones de dólares. Ahora el Congreso y la Corte Suprema, deben decidir si San Juan puede beneficiarse de las facultades previstas por la ley de bancarrota (hasta ahora, no ha podido). Además, la isla se enfrenta a crisis educativas y sanitarias: la semana pasada, murió por primera vez un ciudadano estadounidense infectado en Puerto Rico con el virus del Zika.

En Estados Unidos, varios sectores piden a gritos no conceder la asistencia de emergencia a la isla. Solo unas pocas voces están a favor de ayudar. El ganador del premio Pulitzer, Lin-Manuel Miranda, está entre los que pidieron socorrer a Puerto Rico. Un grupo que se hace llamar Centro para las Libertades Individuales se alineó con las empresas de Wall Street, que tienen en su poder la deuda de la isla y ya gastaron unos 200.000 dólares en anuncios para que el Congreso no conceda a Puerto Rico las facultades de la bancarrota.

El Gobernador de Puerto Rico advierte que tampoco hay dinero para la deuda garantizada

El Gobernador de Puerto Rico advierte de que tampoco hay dinero para la deuda garantizada EFE

Según la historiadora de la Universidad de Florida Lillian Guerra, “la economía de Puerto Rico está tan presionada por la historia, y por el control de Estados Unidos y de los inversores extranjeros, que la solución no puede provenir solamente de la isla. Al Gobierno de EEUU, hasta el punto en que tenga algún interés en Puerto Rico, le interesa mantener a la isla tan estable como sea posible, porque el 10% del territorio son bases militares”.

De acuerdo con Guerra, el sistema disfuncional por el que se comparte la autoridad en la isla ha creado una gran cantidad de corrupción. San Juan parece gobernarse solo, pero en realidad depende absolutamente de Washington. En los últimos 20 años, decenas de funcionarios de los dos principales partidos y numerosos policías han sido acusados de corrupción, un grupo en el que ha habido muchas personas cercanas a los gobernadores. En varias oportunidades, el Departamento de Justicia de EEUU ha intentado llevar los casos a juicio sin grandes resultados.

Según Guerra, “Estados Unidos no tiene bases sólidas en términos de legitimidad sobre Puerto Rico”. “Y a los políticos les interesan los votantes para las primarias, pero no tienen nada para ofrecer a cambio. Lo único que podría ser útil sería la revisión exhaustiva de la conformación del Estado actual y eso no va a suceder”.

Mantener el poder

En Cuba, los hermanos Castro le han abierto la puerta de par en par a los estadounidenses (y las billeteras a sus dólares) pero algunos expertos advierten que el optimismo diplomático está tapando los verdaderos problemas económicos. Según el Banco Mundial, a pesar de todos sus problemas, el PIB de Puerto Rico sigue siendo mayor que el de Cuba (la laberíntica burocracia cubana se vuelve aún más compleja con el uso de dos monedas). Por otro lado, la isla comunista depende en gran parte del apoyo de Venezuela, que también se encuentra en suspensión de pago, y de la indulgencia de acreedores extranjeros.

El embajador de Cuba en España asiste a una jornada sobre este país como destino turístico en San Sebastián

El turismo puede ser la clave para la economía cubana, pero no para todos sus habitantes.

Como dijo el propio Raúl Castro, las medidas de austeridad impuestas en Cuba han ayudado a poner en orden las cuentas de La Habana. Pero persisten las dudas sobre su compromiso real con un cambio en el partido. Según el execonomista del FMI Ernesto Hernández-Catá, “por un lado están los reformistas y por otro los estalinistas, que consideran estas medidas una traición”.

Igual que los políticos y financieros que se establecieron en San Juan, en Cuba el partido está decidido a mantener su poder. Durante años, los rumores y los informes se han encargado de difundir historias acerca de la fortuna de Fidel Castro y de las recompensas para los comunistas devotos y la “oligarquía militar”. En Cuba todavía se aplica mano dura con los disidentes y el Estado recauda impuestos muy altos de empresarios y negocios privados.

Según Carmelo Mesa-Lago, economista y autor de más de una docena de libros acerca de Cuba, el turismo tal vez sea la mejor opción de Cuba para recuperarse, aunque advierte de que la isla no tiene el espacio ni la infraestructura para acoger al “tsunami de turistas estadounidenses”. “El lema de Raúl es ‘a paso lento pero firme’, pero creo que no se pueden dar el lujo de ir más lento. La única explicación es que no hay unidad en el partido. Con la mano derecha hace una cosa, y con la izquierda hace otra”.

El Estado cubano ha intentado ocuparse en serio del turismo, en especial, con los nuevos y lujosos centros turísticos y los contratos con los cruceros. De acuerdo con Guerra, “si las corporaciones de EEUU, como Royal Caribbean, continúan ayudando a Raúl a crear una especie de enclave turístico, es muy poco probable que la mayoría de los cubanos de las afueras de la Habana se vaya a beneficiar”. Según la historiadora, los hoteles exclusivos también ayudan a Castro a tener bajo control qué partes de Cuba pueden ver los turistas.

Guerra pone como ejemplo a Jamaica, Bahamas y Puerto Rico, donde la pobreza y el delito asolan las inmediaciones de los centros turísticos cercados y protegidos. El desarrollo imprudente en esas islas ha causado daños en los arrecifes de coral y en los bosques: los lugares que más atraen turistas.

Puerto Rico a punto de quedarse sin fondos para pagar la deuda

La Casa Blanca presiona para que el Congreso apruebe un plan de ayudas a Puerto Rico. EFE

Hace poco, por ejemplo, Puerto Rico intentó atraer a financieros mediante grandes reducciones impositivas. Para compensar, subió los impuestos a la clase trabajadora. Los millonarios se acercaron a la isla en grandes cantidades para comprar bienes inmuebles y los puertorriqueños (todos ciudadanos de EEUU) huyeron masivamente hacia el continente. Según Guerra, que ha visitado recientemente San Juan, “la población se siente abandonada”. “Se han rendido. Dicen que ‘es una porquería”.

Cuba también tiene problemas demográficos: sus habitantes están entre los más viejos de Latinoamérica, tienen poca descendencia, y los profesionales dejan la isla en busca de mejores oportunidades en el extranjero.

Para el poeta y activista puertorriqueño Rich Villar las islas parecen estar volviendo al punto de partida. “Históricamente, tanto Cuba como Puerto Rico han sido el patio de juegos para los intereses de EEUU a gran escala”, dice en referencia a la llegada de cadenas hoteleras y cruceros a una isla, y de fondos de inversión a la otra. “La gente está desesperada por tener su propia tierra y tiene que ver cómo los de afuera reclaman las tierras donde nacieron. Será un acaparamiento de tierras. La historia se repite”.

Traducción de Francisco de Zárate

El comunismo sube como la espuma en Japón

25 mayo, 2015

Fuente: http://www.libremercado.es

Con un discurso basado en descomponer el capitalismo y romper la alianza con EEUU, la formación de izquierda radical ya es el segundo partido.

LIBRE MERCADO 2015-04-24

Que las ideas de extrema izquierda están ganando espacios electorales en distintos países europeos no es ninguna novedad. El auge de Syriza en Grecia o Podemos en España da buena fe de ese giro político hacia posiciones anticapitalistas.

Sin embargo, esta evolución ha empezado a reproducirse lejos del Viejo Continente. Concretamente, el Partido Comunista de Japón está subiendo como la espuma entre las preferencias de los votantes del país asiático.

Esta formación política, que aspira a “agrupar a trabajadores y agricultores”, viene de conseguir un gran resultado en las elecciones municipales que se celebraron a lo largo del pasado fin de semana. Extrapolando sus votos en clave nacional, vemos que el partido que lidera el camarada Kazuo Shii se ha convertido en el segundo con más apoyos entre la sociedad nipona.

Las encuestas no lo anticipaban

Las encuestas no anticipaban este auge de la izquierda radical entre el electorado. Se esperaba que el principal partido de la oposición mejorase sus resultados y recortasen distancias con la formación que ocupa el Gobierno.

En vez de suceder esto, el Partido Comunista se ha consolidado como el segundo partido de Japón, despertando las alarmas entre analistas e inversores. Tal y como ha explicado The Economist, “nunca se pensó que los comunistas japoneses pudiesen llegar al poder…”.

Discurso antiestadounidense y anticapitalista

¿Qué propone esta formación para la economía japonesa? Su principal punto programático se centra en desmembrar la economía de mercado. Otras propuestas incluyen el fin de la alianza con Estados Unidos, el cierre de las centrales nucleares o la aprobación de medidas fiscales confiscatorias contra las empresas.

Y mi voto también

23 mayo, 2014

Fuente: http://www.pascualserrano.net 

Mi voto en las elecciones europeas

Pascual Serrano/

Llegó la hora del voto al Parlamento Europeo. Muchos pensarán que el panorama actual tienen algo de inédito por la aparición de nuevos partidos que dicen aportar nuevos aires. La memoria es débil, pero hace cuatro años tuvimos la misma sensación. Entonces contabilicé al menos seis papeletas de partidos de izquierda, algo que vuelve a suceder ahora.

Con todo mi respeto a los que han elegido otro partido de izquierda o reivindican la “abstención activa”, yo voy a votar a Izquierda Unida por varias razones:

Porque no votar es una opción perfectamente digerible para el modelo político dominante. Algunos hablan de “abstención activa”. En las elecciones europeas la abstención suele ser en torno al 50% ¿cuáles son activos y cuáles no? ¿qué diferencia tiene para el sistema si ese 50% fuese activa o fuese pasiva? ¿qué actividad puede hacer el que se ha abstenido que no pueda hacer también el que vota?

Porque las voces que piden unidad de la izquierda parece que nunca son escuchadas y por ello creo que la única forma de apoyar esa unidad de la izquierda es con la unidad del voto de la izquierda si sus líderes no son capaces de hacerlo. Es curioso que otros partidos argumenten que no se presenten en coalición con IU porque no han sido partidarios de realizar unas primarias. Tengo la sensación de que es solo una excusa, antes de que las primarias fuera asunto de tan actualidad y entusiasmo tampoco se coaligaban. Además, entre ellos mismos, que sí han hecho primarias, tampoco se han unido en una candidatura conjunta. Considero que cualquier opción que no tenga la seguridad de un representante es un voto perdido y que con nuestro voto debemos fomentar la unidad.

Porque, aunque creo que Izquierda Unida podría haber mejorado su sistema de participación de militantes para la elaboración de la candidatura, integrar las pretensiones de once colectivos no era fácil. No estoy de acuerdo en unas primarias en la que puedan participar todos los ciudadanos del país sin necesitar de ser militantes para elegir a cualquier persona que tampoco sea militante. Para eso no hacía falta hacer una organización colectiva y elaborar un programa político si desde fuera podían elegir como representante a alguien que también podía ser ajeno.

Porque en la candidatura de Izquierda Unida la integran once organizaciones coaligadas, por tanto sí hay un vocación de unir fuerzas e iniciativas. Resulta paradójico que algunas de las opciones políticas que se presentan de forma independiente hayan anunciado que su hipotético eurodiputado se integraría en el Grupo de la Izquierda Europea cuando algunos de los candidatos de la lista de IU no lo harán, lo que muestra que la amplia vocación de integración de IU y la poca diferencia ideológica que hay con otras opciones.

Porque no es verdad que el sistema electoral europeo no castigue la dispersión del voto como sucede en las elecciones nacionales. Es evidente que habrá un resto de votos que se perderán en cada candidatura si no llegan a un nuevo diputado y habrá tantos restos como candidaturas.

Porque la situación de crisis actual procede de un modelo de Unión Europea que Izquierda Unida lleva años denunciando. Recordemos las denuncias de Julio Anguita contra el Tratado de Maastricht.

Porque IU, junto con el resto de partidos que componen su candidatura, han mostrado tener un programa preciso y elaborado ante cualquier cuestión relacionada con la Unión Europea, sin situarse en la ambigüedad de quienes quieren pescar en todos los caladeros sin tomar posición firme en todas las cuestiones. Desde el euro, a la emigración, la crisis de Ucrania o los programas agrarios o pesqueros europeos .

Porque no ha habido movilización social y política, nacional o internacional, antes, durante y después del 15M, bajo siglas o sin siglas, en la que no hayan estado luchando los militantes y muchos cargos de Izquierda Unida. Al contrario de lo que muchos nos quieren hacer creer, pienso que las décadas de trayectoria de IU y de los partidos que la integran (combatiendo la dictadura franquista, contra la OTAN, en apoyo a los trabajadores en todas las huelgas generales, contra la energía nuclear, en defensa de los derechos de la mujer, al lado de los procesos de liberación en cualquier país del mundo, denunciando las guerras e invasiones de Estados Unidos y la OTAN…), con todos sus errores y deficiencias, no son una rémora sino un patrimonio del que sentirse orgullosos.

Porque aunque IU puede haber tenido muchos errores, no pueden presentarse como la gran opción nuevas propuestas con el principal argumento de no haber cometido ningún error simplemente porque nacieron hace pocos meses. No comparto la tesis de quienes dicen que IU tiene un techo muy limitado, que no se puede seguir en una opción que ha demostrado no ser capaz de recoger la indignación y frustración del actual modelo. Lo curioso es que los que nos proponen nuevas opciones para superar el estancamiento de IU presentan como un éxito y el fin del bipartidismo lograr ellos un diputado y un fracaso que IU alcance seis.

Porque los candidatos que conozco personalmente (Willy Meyer, Javier Couso y Marina Albiol), me han demostrado su coherencia, esfuerzo y honestidad en la defensa de los principios de una izquierda que lucha por una sociedad justa y una Europa social al servicio de los ciudadanos.

Porque la gran esperanza de un partido de izquierdas con posibilidades de llegar al gobierno en un país de la Unión Europea procede, precisamente, de una coalición, referente de IU, que lleva años luchando contra las políticas de la Troika. Me refiero a los griegos de Syriza, fundado inicialmente como una coalición de partidos al estilo de Izquierda Unida y trabajando juntos desde hace mucho tiempo en el mismo grupo político del Parlamento Europeo.

Y por último, porque en Izquierda Unida, sin obligar a los demás compañeros, muchos podemos decir con orgullo y sin complejos que somos comunistas.

La tensión comunista

20 agosto, 2013

Fuente: http://www.publico.es

Arranquemos el sueño glorioso del comunismo a las mistificaciones jacobinas y a las pesadillas estalinistas; devolvámosle su potencialidad de articulación y de alianza entre la liberación del trabajo y la generación de nuevos modos de subjetividad.

A.Negri.

El comunismo no puede ser un régimen jurídico constituido, no es la nostalgia conservadora de la burocracia estalinista, o la caricatura infantil que quieren dibujar los liberales. Tampoco es un partido que interpreta la palabra dada ni un símbolo, ni una preciosa canción, es en cambio, esa parte que cambia y toma partido donde no está ni se le espera.  El comunismo es sobre todo una tensión donde la intensidad puede circular pero el voltaje siempre permanece, a veces en suspenso, a veces exaltado. El comunismo es la continua búsqueda por transformar la vida, por modificar el genoma de las relaciones sociales basadas la explotación y la dominación. Es la impugnación de la separación entre quien manda y ejecuta, entre quien piensa y actúa, entre quien decide y acata.  La tensión que fuerza al capitalismo a buscar otros métodos de control acordes a su necesidad de mantener la explotación, empujado  por la pulsión de una fuerza de trabajo constituyente que muta y lucha por liberarse del trabajo. Es anterior a Marx, pero también va más allá de él, y como agudamente interpretaba Lenin, comienza un nuevo ciclo con los partidos, las clases y los Soviets renovados por el fuego de la lucha, templados, instruidos, reconstruidos por el curso de la lucha.

Su agente de cambio se llama proletariado, pero no confundamos su presencia con el aspecto que éste pueda tomar en una época fechada y anclada en la historia. Proletarii son aquellos tan pobres que tienen como única  pertenencia a sus vástagos. Así se definió Auguste Blanqui en 1832 cuando un juez le preguntó por su profesión y domicilio: proletario, la cárcel, respondía. Pero proletarios eran originalmente los romanos que engrosaban con sus hijos las filas del ejército imperial. La relación salarial  tampoco es nueva, data de cuando la sal era un objeto de gran importancia y se construían salitreras desde Ostia hasta Roma en el siglo V A.C. En ese trayecto que se llamaba Vía Saliria, los soldados que custodiaban el trayecto recibían parte de su pago en forma de sal, un salarium argentum, agregado de sal. Las palabras son ancestrales y mantienen gran parte de su significado, pero no podemos sentir y emocionar nuestro tiempo pensándolo desde el pasado, aunque resulte fundamental para comprender el presente. No es lo mismo hablar de relación salarial en Roma, en la Edad Media con los servicios laborales, en el pauperismo de siglo XIX, a principios del XX, el keynesianimso de después de la II Guerra Mundial, o en nuestra postmoderna y mezclada actualidad, a pesar de que algunas comparaciones nos resulten más familiares. El espíritu permanece pero todo cambia; al materialismo histórico no se le encierra, no se le encadena ni se le fosiliza, se abre paso cual torrente de río que arrasa con todo.

Pero, ¿dónde está el comunismo si no es un modelo cerrado, ya pensado, estabilizado?

El comunismo se esconde en las colonias de cimarrones que lograban escapar a las montañas huyendo de la esclavitud ante la caída del imperio romano. Se huele su perfume en ese bello gesto de los campesinos, que en la Edad Media desesperaban a los señores con su pravus excessus, su relajamiento depravado, su tendencia a la deserción y a la revuelta contra el dominio. En la picaresca sonrisa de la criada que asusta a Tocqueville mientras resuenan los cañones de fondo en el París de 1848. Es ese momento que remueve lo que se asume como normal, como cuando Étienne Lantier, minero de la novela de Émile Zola, Germinal, comienza por comprender su ignorancia preguntándose ¿Por qué la miseria de unos? ¿Por qué la riqueza de otros?  Reaparece en la película Novecento cuando el abuelo de Olmo Dalcó puede morir con dignidad, descansando tras una vida de batallar con la hoz y la penuria, le explica a su nieto que para ver a los patrones trabajar como  él los está viviendo con poco más de diez años, a él le había costado una vida.

Este es el avance comunista: tu vida puede mejorar en menos tiempo de lo que lo ha hecho la mía. Por eso se ha luchado por el transporte y una educación, como los jóvenes de Cornellà que se manifestaban en los años 70`bajo la pancarta: los hijos de los obreros queremos estudiar. No porque quieran rechazar el esfuerzo de sus padres, sino precisamente para rendirles homenaje, porque en la reacción conservadora de lo inamovible, no hay avance proletario, solo pasiones tristes, fetiches convertidos en imágenes mistificadas, pero poco más. Hay quien observa en los obreros un objeto precioso, similar a lo que pensaba la madre Teresa de Calculta acerca de los pobres; una divinidad a la que hay que adorar y perpetuar en su condición.

 El comunismo nada tiene que ver con esas interpretaciones de mal gusto, se vincula en cambio, con su contrario, con la disolución de lo que son, en la búsqueda por dejar de ser obreros, por abandonar la condición que  condena al sufrimiento y la explotación. Es Billy Elliot cuando impugna los espacios culturales burgueses y reclama su lugar en el ballet, demostrando que los proletarios no están nacidos para cargar y saben bailar.  El amor que sale por los ojos encolerados de un joven aprendiz llamado Ned Ludd cuando destroza a martillazos un telar mecánico. El obrero de la fábrica que desprecia convertirse en una máquina y reclama su humanidad saboteando la cadena de montaje, parando el ritmo de la dictadura del reloj. Las mujeres que ayer acudían en marcha a Versalles para buscar al monarca, las de hoy que reclaman ser propietarias de su cuerpo y sexo, perdiendo el miedo que tenían las niñas de la mina a cantar en la oscuridad.

 El comunismo es una tensión constante, un poder siempre constituyente y abierto a la novedad que toma su poesía del presente, se quita de encima el peso de los necios y no anda en busca del sujeto perdido. No debemos tenerle miedo a la diferencia, la comunidad de los iguales se levanta sobre el derecho a la desigualdad. La multitud que camina, que a veces tropieza y otras veces corre abriéndose paso por las alamedas de la historia, encuentra su orden en el desorden lo existente. No le arranca la riqueza a quienes vienen trabajando duro para dársela a los que nada hacen, al contrario, como tampoco es aquel mundo donde todo es de todos, sino donde todo lo que es de todos es compartido por todos. Hoy las palabras más bellas que ha llenado la humanidad de vida deben arrancarse del deseo publicitario, de la ofensiva financiera oligárquica y llenarlas de valor, pero para eso, primero debemos recordar la advertencia que nos hacía  Lenin, sabiendo que en la lucha de clases, quien le tema a los lobos que no se interne en el bosque.

“Sólo un ideal fuerte, como el comunismo, podrá salvarnos”

30 julio, 2013

Fuente: diario EL PAÍS

El filósofo italiano Gianni Vattimo presenta ‘Comunismo hermenéutico, de Heidegger a Marx’

El libro está escrito a cuatro manos con Santiago Zabala

 Barcelona 5 DIC 2012 – 21:20
 

El filósofo italiano Gianni Vattimo. / MARCEL·LÍ SAÈNZ

Una defensa del comunismo leninista parece un anacronismo. Quien la aborda es el pensador italiano Gianni Vattimo (Turín, 1936), filósofo y eurodiputado, creador de la expresión pensamiento débil y su máximo representante. Lo hace en su último libro, Comunismo hermenéutico, de Heidegger a Marx (Editorial Herder), escrito conjuntamente con el profesor Santiago Zabala.

Pregunta. Sostiene que no pocos filósofos actúan hoy como lacayos del capitalismo.

Respuesta. Bueno, servidores. En realidad hay una relación recíproca entre los filósofos llamados metafísicos y la estructuras de la sociedad autoritaria. Lo que critico especialmente es el cientificismo, el sometimiento a la ciencia. No es que no me guste la ciencia, lo que no me gusta es su pretensión de describir exactamente lo que pasa. En la economía, por ejemplo. Lo que está pasando en Italia, en Europa, se basa en una concepción de la ciencia económica bastante autoritaria. Se prescinde de los políticos porque tienen ideas diferentes y se deja a los técnicos, que se supone que son neutrales. Pero esa pretensión de neutralidad es una defensa del poder establecido. A nosotros, los hermenéuticos, nos dicen que seamos más realistas. Pero la realidad no habla por sí misma. La realidad es descrita por alguien y sabemos que se llega a ella con esquemas a priori. Esto viene de antiguo: Platón, las ideas, las esencias. Hasta Husserl. Marx decía que los filósofos habían intentado comprender el mundo, pero que el asunto era cambiarlo. Yo creo que los filósofos han pretendido determinar el mundo y que se trata de interpretarlo. Para cambiar el mundo hay que tomar conciencia de que todas nuestras formas de describirlo son interpretativas. Esto nos protege de los técnicos.

P. En España eso de que solo hay una forma de hacer las cosas no lo dicen los técnicos, lo dice el presidente del Gobierno.

R. En Italia se da una gran anomalía. El gobierno no está formado por políticos electos sino por técnicos llamados por el presidente de la República para salvar la economía. De momento no la están salvando. Esta pretensión de neutralidad es muy peligrosa. Las decisiones son dictadas por un saber que no es objetivo. Los economistas han cometido muchos errores. Tienen tendencia a salvar el orden establecido a cualquier precio. Ahí está el apoyo del gobierno a los bancos. No es seguro que la salud de los bancos sea lo mismo que la salud de los ciudadanos. Esto perjudica sobre todo a los débiles. De ahí que insista en que la alternativa se da en los márgenes de la sociedad, los débiles. El pensamiento débil es un pensamiento de los débiles.

P. Si no hay interpretaciones predominantes, ¿por qué ha de serlo la de los débiles?

R. Eso es como preguntar por qué hay que estar a favor de la caridad y no de la verdad. Quizás porque pensamos en el otro. Y no necesito saber ni qué es la caridad ni qué es el otro. Basta con saber que me interesa. Además, los débiles son más y yo soy débil. El cambio lo impulsan los que no están bien: los pobres, los oprimidos. El cambio no tiene por qué ser mejor, pero el mantenimiento de lo que hay implica una clausura del futuro. Hay una motivación ontológico-cristiana: por un lado, los oprimidos intentando cambiar las cosas; por el otro, el hecho de que los débiles son más. Eso es la democracia.

P. Un líder de la izquierda ha dicho que no quiere caridad ni solidaridad sino justicia social.

R. La idea de justicia es problemática. Creo menos en la justicia que en la lucha de clases. Es difícil decidir lo que es justo porque siempre hay intereses, implicaciones personales. Imagino una sociedad de intérpretes como llena de diálogos, conversaciones, para sobrevivir. Hay que aceptar que soy una parte de ese diálogo, de lo contrario sería Dios. Decimos que hemos encontrado la verdad cuando nos hemos puesto de acuerdo, no es que nos pongamos de acuerdo porque hemos encontrado la verdad. Eso significa que la paz social se basa en la negociación, no en la lucha armada.

R. Usted toma la frase de Heidegger “sólo Dios puede salvarnos” y cambia Dios por “el comunismo”.

R. Decir, como Heidegger, que solo Dios puede salvarnos es una manifestación de desesperación. Sólo queda ir a Lourdes. Que sólo el comunismo puede salvarnos significa que no tenemos ya un ideal político que nos lleve a las urnas. ¿Por qué se va a votar? ¿Para salvar el libre mercado? No sé si alguien decide salir de casa en un día de lluvia para votar y salvar el libre mercado. Por eso lo del comunismo: solo un ideal fuerte, en el sentido igualitario, democrático, es un ideal posible. Comunismo en el sentido de Lenin, es decir, electrificación y soviets. O sea: desarrollo y asambleas lo más democráticas posibles. El mercado libre no puede ser un ideal. Quizás el desarrollo, pero ¿qué desarrollo?: ¿el que pide los sacrificios que pide el gobierno? Lo justifican con el desarrollo, pero nos matan con esto. El comunismo tiene mala prensa, pero vivimos en una sociedad donde crece la abstención, la gente no cree en los políticos, ¿qué se puede proponer? La izquierda se contentó con pequeñas reformas. Yo propongo una oposición fuerte que limite la fuerza de la derecha. Los partidos socialistas se han acostumbrado a ser fuerzas de gobierno y eso los mata. Pierden su electorado al comprometerse con los poderosos.

P. Ejemplos positivos de ese comunismo: Chaves y Evo Morales y, con algunas dudas, Fidel Castro.

R. Es una elección a conciencia. Chaves y Morales han creado un nuevo mercado, un nuevo sistema, que es una alternancia. Algo muy diferente a lo que hay en Occidente. Venezuela y Bolivia respetan las elecciones democráticas, crecen por encima de Europa y Estados Unidos y suponen un apoyo a las gentes que quieren un cambio en un sistema neoliberal que a nadie gusta. Hay un cambio posible. Elegir el comunismo es una consecuencia de no seguir el camino de la ciencia. Hoy la ciencia se ha convertido en un factor de mantenimiento del poder. Hay más medicamentos para combatir la obesidad que para combatir la malaria, porque la malaria es una enfermedad de los pueblos pobres.

La segunda juventud de Marx

29 julio, 2013

Fuente: diario EL PAÍS

El marxismo, desterrado tras el derrumbe soviético, revive en algunos círculos académicos y culturales

En el 15-M los referentes van desde Hessel a Mafalda

 27 JUN 2013 – 21:2

Manifestación del Primero de Mayo en Madrid. / CRISTÓBAL MANUEL

El libro más vendido de la historia es la Biblia. El segundo es el Manifiesto comunista, de Karl Marx, una obra que ha visto resurgir sus ventas en los últimos años. Lo mismo sucede con El Capital, otra obra del filósofo alemán que vende cientos de miles de ejemplares en todo el mundo en versiones que sorprenderían sobremanera a su autor. En España, acaba de llegar a las librerías una edición de El Capital en versión manga (Herder), traducción de un volumen japonés del que se han vendido la friolera de 120.000 ejemplares. Se trata de una adaptación libre en la que se ha inspirado el director chino de teatro He Nian para convertirlo en un musical.

Reaparecen, además, obras centradas en analizar la figura del pensador, como la biografía Karl Marx: A Nineteeth-Century Life, que acaba de publicar el profesor de la Universidad de Missouri Johathan Sperber. Y a ambos lados del Atlántico asistimos a representaciones de Marx en el Soho, del estadounidense Howard Zinn, una obra en la que el filósofo es enviado por error al SoHo neoyorquino de finales de los noventa en lugar de al Londres de la revolución industrial. El actor Brian Jones ha llevado esta obra durante los últimos años a decenas de salas universitarias (en abril la representó en el Massachusetts College of Liberal Arts) en EE UU y en Madrid se estrenó recientemente la versión adaptada Marx en Lavapiés.

La imagen y el pensamiento del pensador alemán, casi desterrados de los círculos políticos, académicos y culturales tras la caída soviética, resurge en un momento en el que una severa crisis promueve la búsqueda de respuestas alternativas al capitalismo convencional. Sin embargo, cuando de lo que hablamos es de grandes movimientos sociales como el 15-M o los Indignados, Marx comparte cartel con una ecléctica lista de referentes filosóficos y morales, que abarcan desde los documentales de Michael Moore hasta la película Inside Job, pasando por las obras de autores como Stéphane Hessel y José Luis Sampedro, el creador de cómics Ivà (Historias de la puta mili) o personajes como Mafalda.

En lo académico, hay autores que llegaron al marxismo en los sesenta y setenta y siguen considerándolo una herramienta válida para interpretar la realidad. Entre ellos figura Juan Ramón Capella, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, que sostiene que “el marxismo resulta clave para entender el presente”. Una tesis similar a la del historiador Carlos Martínez-Shaw o el filósofo francés Jacques Rancière. Otros han descubierto a Marx tras una larga trayectoria en la otra orilla. El economista grecoaustraliano Yanis Varoufakis, profesor en la Universidad de Texas tras ser asesor de George Papandreu cuando este gobernaba, declaró recientemente: “La única forma en que he podido hacerme inteligible el mundo es a través de los ojos metodológicos de Marx. Hecho que basta para hacer de mí un teórico marxista”. En una línea similar estaría el filósofo italiano Gianni Vattimo, que llega al marxismo desde el cristianismo y Heidegger.

En los antípodas se sitúan autores como Miquel Porta Perales, autor del libro La tentación liberal, quien sostiene que “el marxismo, como teoría de interpretación y transformación del mundo, entró en crisis hace décadas: el materialismo dialéctico es una entelequia; el materialismo histórico, una manera más de aproximarse a la historia; la lucha de clases, una pugna que busca más trabajo y mayor salario; el proletariado, un ente que desea integrarse en una prosperity capitalista hoy en crisis; la democracia real, una forma de despotismo; la sociedad sin clases, el paradigma de la sociedad cerrada”. Pese a su dura diatriba, Porta Perales reconoce que el marxismo retorna “porque ofrece certeza antiliberal y confort radical: la certeza que permite confirmar ¡por fin! la verdad última del capitalismo explotador; el confort que se obtiene al proponer ¡por fin! una alternativa al sistema”.

El economista Joaquín Trigo, del Instituto de Estudios Económicos, que en su juventud se sintió atraído por el marxismo, sostiene hoy que carece de vigencia y que Marx “nunca estuvo en una fábrica”, así que sus análisis ni sirven ahora, ni servían antes.

Joana García Grenzner, feminista vinculada a los Indignados, sostiene que el marxismo sí sirve para cubrir un vacío a la hora de analizar la realidad social y económica. Grenzner toma a Marx como una de sus referencias a pesar de que apenas trató dos de los asuntos centrales para ella: el feminismo y el ecologismo. La activista insiste en que sus opiniones son solo suyas y no representan a ningún movimiento. Una precisión que también hacen varios adheridos al 15-M en Barcelona, que para pronunciarse sobre este asunto tuvieron que celebrar una asamblea para recoger opiniones, todas “individuales”.

Según estos activistas, su acercamiento al marxismo es indirecto. “Tenemos en común la crítica al capitalismo”, dicen Paco y Pepe. Cuando repasan los autores que les han influido citan a Sampedro, Hessel, Chomsky, Orwell, Huxley y Kropotkin. Un miembro de la asamblea cita también a Marx y Trotsky. Paco destaca la fuerte influencia para él de las historias antimilitaristas de Ivà, las tiras de Mafalda o un libro como La economía no existe (Los libros del lince), del periodista Antonio Baños. Varios de los participantes en el debate señalaron que sus principales fuentes de inspiración son la calle, los movimientos sindicales y vecinales, la plataforma antidesahucios y las redes sociales, además de las llamadas “primaveras árabes”. “Bebemos más de los autores underground que de los clásicos”, “los clásicos son muy duros”, dice Pepe.

La dificultad que algunos de estos textos suponen para parte del público fue algo que tuvo en cuenta la editorial Nórdica Libros a la hora de publicar el Manifiesto Comunista en versión ilustrada, uno de los libros más vendidos en la feria del libro de Madrid de 2012. Según su editor, Diego Moreno, “uno de los motivos por los que publicamos el libro es la vigencia de muchos de sus apartados, pero también queríamos hacer una edición que llegase a un público amplio. Se trata de uno de los clásicos del pensamiento occidental. Queríamos alejarnos de los prejuicios que sienten muchos”. Su colega, Raimund Herder, afirma: “Hemos editado libros como Comunismo Hermenéutico de Gianni Vattimo y Santiago Zabala o la versión manga de El Capital porque, 23 años después del fracaso soviético, tenemos que reconocer que su oponente, el liberalismo, también ha fracasado, con consecuencias fatales para la sociedad, la democracia, la ecología”. “Vattimo no propone volver al comunismo o un marxismo metafísico, señala, sino recuperar sus ideas aún vigentes”.

El aparente reverdecer de Marx ha sido reseñado por autores como Stuart Jeffries, columnista del diario británico The Guardian, que tituló uno de sus recientes artículos casi con una declaración: Por qué el marxismo renace de Nuevo. El escritor Jonathan Sperber se preguntaba en sus mismas páginas: ¿Es Marx aún relevante? Y la respuesta era afirmativa, con mención especial de su valía para entender las crisis recurrentes del capitalismo.

Según el catedrático Juan Ramón Capella, “los instrumentos de análisis de Marx, en general, siguen siendo válidos”. En particular, para explicar “tres fenómenos: las crisis cíclicas del capitalismo, la concentración del poder económico y la contrarrevolución política, consecuencia de la caída del beneficio capitalista”. El profesor considera que no hay que tomar a Marx como un dogma: “Él conoció la primera revolución industrial y nosotros estamos en la tercera”. Además, “era un convencido del progreso técnico y no vio algunos de los peligros del desarrollismo. Por ejemplo, no comprendió la elasticidad indefinida de las necesidades humanas”. Pero la idea que expresa el lema “socialismo o barbarie” sigue siendo válida, opina. “La barbarie es una sociedad sin reglamentar, a merced solo del mercado”, señala, para concluir: “Hay quien defiende el ultraliberalismo con el argumento de que el Estado no entiende de economía. Bueno, el mercado tampoco”.

Que Marx permite formular respuestas a los retos actuales es algo que sostienen también el catedrático Carlos Martínez-Shaw, el economista Carlos Berzosa, el filósofo Manuel Cruz o el dirigente del PCE José Luis Centella, entre otros. Según Berzosa, “Marx nunca ha perdido vigencia, aunque sí ha habido intentos de anularlo, de relegarlo a la historia”. Tras el hundimiento del socialismo real, señala, “se le atacó con el argumento de que había perdido vigencia, pero hoy podemos ver la importancia de sus análisis”. Berzosa, como Capella, no pretende que Marx acertara en todo. “Hay que leer a Marx de forma abierta, porque él no tuvo en cuenta aspectos como la ecología o la lucha de género”. En un sentido similar se expresa Centella. “Marx no es un catecismo ni una máquina de dar respuestas, pero nos permite entender que la crisis no es cosa de unos golfos, sino que está vinculada a la estructura económica del capitalismo”.

Manuel Cruz, profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona, reflexiona: “La crisis del marxismo suele presentarse como algo evidente, a partir del fracaso del denominado socialismo real. Pero el marxismo no es solo eso. No caben descalificaciones genéricas: quienes cuestionen la cientificidad de los análisis marxianos vienen obligados a demostrar científicamente su falsedad o sus errores”. En su opinión, “el elemento que proporciona sentido y coherencia al marxismo es el impulso moral por acabar con la injusticia. Por eso no tiene derecho a reclamarse del marxismo ni el marxista de salón ni el oscuro burócrata del aparato de partido, sino quien, desde el conocimiento y la voluntad de transformar, posee también la sensibilidad que le hace vivir como intolerable el sufrimiento humano provocado por un orden social injusto”.

Para Albert Recio, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona, “Marx no solo no ha caducado, es un gran clásico y está ganando vigencia y aceptación social debido a la crisis”. Sus ideas valen especialmente para explicar “los conflictos de clase, la crítica al capitalismo y el empleo del ejército industrial de reserva”, expresión que Marx emplea para referirse a los parados. En El capital, no deja de anotar la relación directa entre el salario y el número de personas en paro. En cambio, dice Recio, “Marx no vio la importancia de las estructuras nacionales, un asunto que llevó a la segunda generación de marxistas [Lenin y Rosa Luxemburgo, sobre todo] a abrir el debate sobre el imperialismo”. Tampoco pudo atisbar “la cuestión ecológica por su visión del progreso tecnológico ni la importancia real de las relaciones de género, pese a que Engels sí hizo algunas aproximaciones”. Donde el marxismo sigue en franco retroceso, apunta Recio, es en la Academia “dominada por el pensamiento neoliberal, que ha emprendido una fuerte ofensiva contra las visiones críticas hacia el capitalismo”.

Joan Coscubiela, diputado por ICV, y Fernando Lezcano, portavoz de CC OO, recurren al pensador italiano Antonio Gramsci para referirse a la “hegemonía” de las ideas liberales. Según Coscubiela, “la ofensiva de la derecha en los ochenta colocó al marxismo a la defensiva”. “La sociedad vio cómo todo se convertía en producto a merced del mercado. Hasta la educación o la sanidad”. Lo peor, asegura, es que aquella gran ofensiva ideológica hizo mella en “cierta izquierda”. Cree Coscubiela que un momento culminante de la rendición ideológica de la izquierda se aprecia en la renuncia del PSOE al marxismo, a propuesta de Felipe González: “Es el gran triunfo de una derecha que obliga a la izquierda a renunciar a su ideología”. Lezcano lo resume así: “La derecha consigue hacer creer a la mayoría de la población que sus valores son los valores de toda la sociedad. Que No caben otros”.