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Desprecio de clase

27 agosto, 2017

Fuente: http://www.lamarea.com

Por Antonio Maestre

“Odi profanum vulgus, et arceo”. Se trata de una sentencia latina acuñada por Horacio que significa “odio al vulgo ignorante, y me alejo de él”. Es uno de los términos primigenios que explica el clasismo y la necesidad de mantenerse en un plano de superioridad de las clases dominantes. Aunque también de aquellos alienados que compran el relato que los margina y que son utilizados sin darse cuenta como quintacolumnistas de la clase obrera. Gente humilde con ínfulas que suplica un puesto entre los de arriba a costa de avergonzarse del lugar del que procede.

Los clasistas menosprecian y tratan de humillar a cualquiera que desde los barrios populares alcance lugares que creen reservados a los de su estirpe por nacimiento y origen. Atacan de manera furibunda a cualquiera que se haya esforzado de verdad. El que ha tenido una vida fácil, acomodada, privilegiada, no soporta que un elemento extraño de la plebe alcance con muchos más sacrificios el mismo sitio que ellos ocupan por razón social. No toleran que alguien del estrato social más bajo y sin capital social ni económico cuestione su posición heredada y quite el lugar que algunos tienen asegurado vía sanguínea o dotada por un conocido del colegio El Pilar. El dinero importa, pero no tanto como esa red social tejida a lo largo de la historia en la que unas pocas familias ocupan los lugares de preponderancia a costa de cortar el paso a los que valen mucho más pero no tienen amigos, conocidos o familia en los puestos de decisión.

En ocasiones, los clasistas pueden aceptar a algún individuo extraño en su círculo. Alguien que por su talento, esfuerzo, y suerte -el factor olvidado pero imprescindible- rompe las barreras de su clase y sale de un barrio obrero para alcanzar las cotas sociales que no le pertenecen. Para ello tiene que renegar de sus orígenes y aceptar el ideario neoliberal, matar al padre y olvidarse del relato de lucha de clases, de la solidaridad, del juntos somos fuertes y separados estamos jodidos. Avergonzarse de lo que es. Renegar de su ser.

Solo aceptan a individuos sin conciencia de clase para que no puedan contaminar con ideas ajenas los lugares de decisión y representación. A veces, las menos, algún elemento de los estratos populares que ocupa el lugar que no le corresponde no se adapta al relato del individualismo y de la cultura del esfuerzo. En vez de plegarse pone en valor el lugar de donde viene. Se enfrenta de manera sistemática al relato de marketing liberal que transmite que solo importa el tesón individual y que el origen social es sólo una excusa de las clases populares para no alcanzar sus metas. Cuando eso ocurre, ese elemento extraño es denostado de forma inmisericorde por los clasistas, aunque con escasa capacidad argumental.

La conciencia de clase es el elemento más peligroso para los de esta especie. Pone en cuestión todo sobre lo que se sustenta la psique política de su discurso basado en el individualismo y en la segregación del “nosotros” obrero. Según el filósofo Byung Hul Chan, el neoliberalismo ha logrado la alienación total del trabajador al convertirlo en empresario de sí mismo, en lo que denomina la “dictadura del capital”:

“Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema”

Esto supone negar la premisa misma de la revolución social, la existencia de la conciencia de que existen un explotador y un explotado. El sujeto se culpa y se aísla y convierte a su misma persona en culpable de su situación, mira a su interior en vez de mirar hacia arriba. La agresividad es autoinfligida, el yo revolucionario se torna depresivo. Por eso los garantes del sistema, los alienados, y los pusilánimes que necesitan ser aceptados por las élites atacan de manera iracunda a cualquiera que apele al nosotros.

La burbuja clasista del periodismo

“Hace tiempo, no describíamos la existencia de la gente común: formábamos parte de ella. Vivíamos en los mismos barrios. Los reporteros se percibían a sí mismos como miembros de la clase obrera. […] Y luego, personas más instruidas se han hecho periodistas, el salario aumentó; jóvenes aún mejor formados quisieron integrarse en la profesión. Antes, los reporteros tenían un nivel de vida ligeramente superior al de sus vecinos de su barrio, obreros. Desde los años 80, los periodistas tienen un nivel de vida ligeramente inferior al de sus vecinos de barrio, empresarios y abogados […] Su vida cotidiana les hace mucho más sensibles a los problemas de los privilegiados que a la suerte de los trabajadores que reciben el salario mínimo”. Son palabras de Richard Harwood, periodista d The Washington Post, recogidas por Serge Halimi en ‘Los nuevos perros guardianes’, narrando la evolución del periodismo en EEUU y mostrando la evidencia de uno de los mayores males de las cúpulas periodísticas y de algún redactor de base en nuestro país.

Sorprende, y alarma, que algunos periodistas puedan llegar a creer que trabajar dieciséis horas sea una invención. Que piensen que es imposible que un alumno de un barrio humilde esté dispuesto a dejar en segundo plano sus estudios para ser explotado por un sueldo mísero en un negocio de hostelería y satisfacer así los deseos inculcados por la publicidad. El simple hecho de dudar de unas cuestiones tan habituales, no ya en los años 90, sino en 2017, muestra una lejanía de la realidad que impide a cualquiera que se dedique a ser notario de la verdad ejercer su trabajo con un mínimo de rigor. La burbuja endogámica en la que viven muchos de los que narran las noticias al resto de la población les impide tener una visión acertada de la vida cotidiana de un ciudadano normal. No extraña que en algunas redacciones no sepan ver ni analizar movimientos como el 15M, el Brexit o la victoria de Trump. La distancia y el desdén con el que miran a la gente normal, gente de barrio, les obliga a inventarse palabras como posverdad cuando esas personas que trabajan dieciséis horas, y a las que niegan su misma existencia, se rebelan y echan por tierra todas esas previsiones, conclusiones sacadas de conversaciones de reservado de restaurantes de chefs Michelin. La realidad se encontraba en las cocinas de esos restaurantes, pero no la narraba el multipremiado cocinero, sino el silencio obligado del ‘stagier’.

Hasta que los puestos de representatividad en el periodismo no sean ocupados por mujeres, migrantes o ciudadanos de clase obrera, el problema de miopía se agravará. La profesión está cada día más alejada de la calle, de los barrios, de los pueblos, de las pedanías humildes. Es posible que la precarización del sector espabile de golpe a todos aquellos que habían olvidado su papel. Decía Montero Glez que el trabajo de un periodista es el de informar al pueblo. No hay nada mejor para eso que ser pueblo; o al menos, si el devenir no te ha otorgado una posición social humilde, aprender a no despreciarlo.

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El bombero que se enfrenta a una suspensión por no custodiar armas para Arabia Saudí: “No podía participar en eso”

15 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Un bombero se enfrenta a una suspensión de empleo por negarse a custodiar una carga de bombas por una cuestión de objeción de conciencia.

Eduardo Azumendi

06/04/2017 – 18:59h

Un hombre muere en el incendio de una vivienda en Bilbao
Bomberos de Bilbao, en una imagen de archivo EFE

13 de febrero de 2017. Josu, cabo de bomberos del Servicio de Extinción de Incendios de la Diputación de Bizkaia, se acerca junto con otros dos compañeros al Puerto de Bilbao para custodiar y supervisar un cargamento de material peligroso. El protocolo exige que al menos un equipo formado por tres bomberos (uno de ellos un cabo) supervise este tipo de procedimientos. Hasta ahí todo normal. Lo que viene a continuación es lo que se sale de lo habitual. El cabo (con nombre ficticio Josu a partir de ahora) pregunta por el tipo de material peligroso que transportan los contenedores que se van a cargar. La respuesta: bombas con destino a Arabia Saudí. Inmediatamente le asaltaron las imágenes de lo que está ocurriendo en las inmediaciones de este país, con bombardeos y ataques a países en su radio de influencia, como Siria o Yemen. “Cuando escuche que había bombas en el contenedor y me las imaginé dentro de él, se me encogió el corazón. Me vinieron a la cabeza los continuos bombardeos a escuelas y hospitales”, explica Josu a eldiarionorte.es.

Entonces, llamó a sus superiores, comentó que por una cuestión de objeción de conciencia no podía realizar el trabajo de supervisión y pidió ser relevado. Alrededor de diez minutos después llegó otro cabo. “No podía participar en ese trabajo. Ya sé que es legal y no está prohibido, pero mi conciencia me lo impedía”.

Ahora, Josu se enfrenta a una suspensión de empleo y sueldo. “Pasaron los días y yo creía que todo estaba olvidado, pero me han abierto un expediente del que aún no tengo conocimiento oficial. Según la Ley de Función Público me podrían sancionar con entre dos y cuatro años de suspensión de empleo y sueldo porque en el expediente han calificado la falta de muy grave”.

¿Lo volvería a hacer si se diese de nuevo la circunstancia? “En ningún momento pensé que podía tener una repercusión como la que ha tenido. El caso es que tengo familia, con dos hijos pequeños. Mi situación económica no me permite quedarme sin sueldo. Si se trata de una cuestión de conciencia y me pilla sin familia desde luego volvería a actuar igual, pero tengo dos hijos y…..”

La sección sindical de CNT en la Diputación Foral de Bizkaia ha denunciado la apertura de expediente al bombero ya que, “ha hecho lo que corresponde tanto ética como profesionalmente”. Por su parte, EH Bildu y Podemos en la Diputación han exigido que no le sancionen, que la objeción de conciencia no es punible. El asunto, así como el envío propiamente dicho de las armas, se debatirá en Bizkaia, pero llegará al Congreso y al Senado.

Según CNT, “la Diputación Foral de Bizkaia, como parte integrante del Consejo de Administración del Puerto de Bilbao, debe velar por el cumplimiento de la resolución del Parlamento Europeo, 2016/2515(RSP)”, resolución que trata la situación humanitaria en Yemen. “Esta resolución insta a la UE al embargo de armas a Arabia Saudí”.

Cuando eres feminista y no lo sabes

13 mayo, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

ANITA BOTWIN

MALAGÓN
5 DE ABRIL DE 2017

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RAE: feminismo.

Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ e -isme ‘-ismo’.

1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

Yo no soy feminista, soy femenina. Este es un mantra que se repiten miles de mujeres, pero lo cierto es que una feminista puede ser femenina y una femenina no ser feminista. No existe relación alguna entre ambas cuestiones. Es más, si decides depilarte, por poner un ejemplo, tienes todo el derecho a llamarte feminista. Que nadie te diga lo contrario. Puedes pintarte los labios y ser feminista, puedes llevar escote y ser feminista, puedes llevar bragas de encaje y ser feminista. Como también puedes hacer todo lo contrario y seguir siéndolo. Básicamente porque el feminismo no es un dogma, sino un movimiento que busca la igualdad entre hombres y mujeres.

Decirse femenina excluyendo el feminismo es una manera de tirar balones fuera para no reconocer que vivimos en una sociedad patriarcal en el que las mujeres tenemos menos privilegios. Reconocerse feminista es quitarse un velo y pasar a otro estado que supone dolor. Puede compararse a cuando una se divorcia o enviuda o pierde algo de su vida que le había acompañado por mucho tiempo. Ponerse las gafas moradas requiere de cierta valentía y preocupaciones nuevas. Y no estamos para más lío, que bastante tenemos ya. La cuestión es que vivir con ese velo eternamente tampoco te hará más feliz, sólo te hará vivir en una ignorancia que le viene muy bien al sistema en el que vivimos.

SER FEMINISTA POR DEFINICIÓN ES BUSCAR LA IGUALDAD ENTRE AMBOS SEXOS. SI CREES QUE MERECES EL DERECHO AL VOTO, ERES FEMINISTA

“Yo no soy feminista, soy igualitaria”. Eso es como decir no hace frío ni calor, estamos a cero grados. Ser feminista por definición es buscar la igualdad entre ambos sexos. Si crees que mereces el derecho al voto, eres feminista. Emily Wilding Davison no se tiró bajo un caballo para reivindicar que era igualitaria o femenina; la sufragista pedía el derecho a voto de las mujeres y lo pagó muriendo atropellada por el caballo del rey Jorge, al que intentaba poner una pancarta para obtener el sufragio femenino.

Si Clara Campoamor no hubiera dado un golpe sobre la mesa, cuando tenía todo y a todos en su contra, ya que preferían que la mujer no votara con tal de no perder la República, tú seguirías zurciendo los gayumbos de tu adorado marido sin tener ni voz ni voto. Estas mujeres no tenían miedo a llamarse feministas porque tenían claro cuál era el objetivo a pesar de estar solas, repudiadas y apartadas por la sociedad.

¿Por qué las mujeres han llegado a rechazar la palabra “feminismo”? Caitlin Moran cuenta en su mordaz obra Cómo ser mujer que quien no estuviera al tanto de los objetivos del feminismo, e intentara averiguarlo por las conversaciones que lo rodeaban, “creería que era una combinación espectacularmente poco atractiva de misandria, amargura e hipocresía, partidaria de la ropa fea, del malhumor y, seamos realistas, de que no hubiera sexo”. Sin embargo, el hecho de que sea una palabra infrautilizada y denigrada lo hace aún más molón, más provocador, más como la cresta de los punkis de los 70. Ahora todo el mundo quiere una, desde Miley Cyrus hasta Neymar.

Sucede algo similar con la idea “ser de izquierdas”. Se ha criminalizado esta ideología, y se ha asociado a ciertos regímenes que poco han tenido que ver finalmente con las ideas que promulgaban. Mientras tanto, la derecha campa a sus anchas, en nuestro país y en el nuevo desorden mundial. La izquierda no vende y es como ser de un equipo perdedor desde antes de que comience el partido. Sucede algo parecido con el feminismo. No son ideologías ganadoras porque no nos las hemos creído, porque no hemos levantado su bandera sin miedo, porque los mass media nos dejan a un lado o nos persiguen como si fuéramos delincuentes. Pues os diré algo, ser feminista mola, está de moda y empieza a ser un concepto ganador. Además, ya no nos queman en las hogueras y, lo quieras o no, eso es un punto a favor para empezar a serlo.

EL MIEDO A LLAMARSE FEMINISTA ES ALGO PARECIDO AL MIEDO QUE TIENE EL TRABAJADOR POBRE A ACEPTAR SU SITUACIÓN DE DESIGUALDAD

El miedo a llamarse feminista es algo parecido al miedo que tiene el trabajador pobre a aceptar su situación de desigualdad. El trabajador no tiene conciencia de clase, porque le han enseñado a pelearse con su compañero para obtener un puesto mejor para sobrevivir. Es una de las estrategias que tienen los de arriba para seguir siendo los de arriba, mientras los de abajo se pelean entre ellos.

“Yo no soy feminista, no tengo nada en contra de los hombres”. Tranquila, puedes ser feminista y no odiar a los hombres; de hecho, ser feminista nada tiene que ver con odiar a los hombres. Ser antirracista no es odiar a los blancos, sino defender las ideas de igualdad de derechos entre razas.

Si llegados a este punto aún tienes dudas sobre si eres feminista, imagino que no te importará que ingresen el salario en la cuenta de tu marido, ya que, total, la igualdad entre sexos te importa más bien poco. Si aun así tienes dudas, me gustaría conocer qué aspecto de la liberación de la mujer no va con vosotras.

Por suerte, nos encontramos en un momento álgido del movimiento feminista a nivel mundial, tomando cada vez más fuerza; de ahí que también se generen resistencias y suframos ataques, como puede leerse en este texto que escribimos Andrea Momoitio y yo. Sin embargo, es el momento de no tener miedo, de unirse en bloque mujeres y hombres feministas contra el patriarcado.

Si crees que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres y luchar por ellos, ¡enhorabuena!: eres feminista. No lo digo yo, lo dice la RAE.

AUTOR

  • Anita Botwin

    Gracias a miles de años de machismo, sé hacer pucheros de Estrella Michelin. No me dan la Estrella porque los premios son cosa de hombres. Y yo soy mujer, de izquierdas y del Atleti. Abierta a nuevas minorías. Teclear como forma de vida.

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