Posts Tagged ‘crítica’

La librería: De libros y soledades

23 junio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven.

Siento pereza inicial al embarcarme en La librería, la última película de Isabel Coixet, ya que, con la excepción de la preciosa Cosas que nunca te dije, mi desencuentro con su cine ha sido permanente. La frase que encabeza su cartel publicitario (“Entre libros, nadie puede sentirse solo”) es alentadora, pero también discutible. Mallarmé comienza así un poema: “La carne es triste, así es, y ya he leído todos los libros”. Conclusión desoladora y cierta en algunos casos trágicos. Existieron y existirán sensibles devoradores de poesía y literatura que acaban lanzándose al vacío, pudieron más la soledad y el acorralamiento que la impagable ayuda y el gozo que proporcionan los libros. El primer encuentro con ese codiciado libro siempre estará presidido por la magia, como describe maravillosamente Italo Calvino en el arranque de Si una noche de invierno un viajero. Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven y que en un par de modélicas secuencias protagonizadas por la entregada librera y un hombre que ha acorazado su ancestral aislamiento y su supervivencia gracias a las páginas impresas (en esa época ningún amante de los libros podría ni querría imaginar esa cosa tan antinatural y gélida del e-book) logran que se me humedezcan los ojos.

LA LIBRERÍA

Dirección: Isabel Coixet.

Intérpretes: Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy.

Género: drama. España, 2017.

Duración: 110 minutos.

Isabel Coixet adapta una novela de Penelope Fitzgerald (el apellido impone literariamente) que desconozco, pero ansío leer. Su temática podrá parecer muy leve a los espíritus intensos. Yo creo que es muy rica. Narra el empeño de una viuda por abrir una librería en un pueblo de Inglaterra con nula empatía hacia la necesidad o la pasión de leer. A ella ese acto le sirve para suplir carencias afectivas, para vivir otras vidas, para soñar junto al mar con los personajes y los sentimientos que habitan los libros, esos objetos en los que siempre ocurren cosas. Los poderosos del pueblo, depredadores detrás de sus modales aristocráticos, declararan soterrada guerra a esa dulce intrusa, convencida de que lo que ella pretende vender puede suponer placer, conocimiento, aventura o bálsamo para unos cuantos vecinos. Será ayudada en su laboriosa misión por una niña imaginativa, inteligente, práctica y soñadora al mismo tiempo, y mantendrá emocionante contacto con un misántropo anciano que lleva 45 años encerrado en su mansión, alguien que me hace pensar en el estremecedor poema de Gil de Biedma: “En un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia”. Sin embargo, mi héroe sí lee y también paga cuentas.

La librera le descubrirá al excelso Ray Bradbury y sus Crónicas marcianas. Y la existencia del misántropo anhelará la publicación de Las doradas manzanas del sol y El vino del estío. Y el gran Nabokov desafiará a la moral convencional con la turbadora y extraordinaria Lolita. Y se crearán vínculos muy hermosos entre estos dos náufragos, que desearían haberse conocido en otra vida.

Coixet describe todo esto con una delicadeza y un tono cercanos a la orfebrería. Imágenes, diálogos, silencios, pequeños y reveladores gestos conviven en armonía, arropados por una atmósfera magnética y veraz. Su intimismo es contagioso. Y la historia que me han contado sigue conmigo durante el resto del día. Se supone que ocurren pocas cosas, pero me ha tocado y reconozco en qué fibras emocionales. La llevo dentro.

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Lecciones de un siglo letal

27 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica.

Lecciones de un siglo letal

“El pasado es un país extranjero”, escribió L. P. Hartley para abrir su novela The Go-Between (1953, traducida al español como El mensajero). Y desde entonces esa frase ha sido citada por algunos historiadores para indicar que no se pueden elaborar aproximaciones precisas al pasado sin comprender el contexto histórico.

Cuando un historiador se atreve a escribir una historia del mundo durante un siglo, tiene que hacerlo desde diferentes perspectivas, combinando hechos e interpretaciones, miradas cercanas con otras más distantes. Y eso es lo que intenta Álvaro Lozano con esta crónica de un periodo tempestuoso, ampliando el foco que ya había utilizado en sus anteriores trabajos sobre Mussolini, Stalin o la Alemania nazi.

Lozano considera que el rasgo central de ese siglo fue que las sociedades occidentales consiguieron atraer al resto del mundo a su órbita económica, tecnológica y cultural. Fue un siglo de contrastes, como ya anticiparon las grandes narraciones de historiadores como Eric J. Hobsbawm, Mark Mazower o Niall Ferguson, con dos guerras catastróficas a las que siguieron cambios profundos en los Estados, en los sistemas políticos y en los medios de integración cultural.

Nada original hay, por tanto, en este libro, ni el autor lo pretende, porque de lo que se trata es de trazar un panorama general, centrado en los episodios más relevantes, y ofrecerlo al lector con claridad. Su ambición es revelar de forma simple la complejidad de lo que algunos historiadores académicos han investigado, sirviéndose de sus argumentos —sin citarlos— e ilustrándolos con referencias a grandes novelistas del siglo, desde Proust hasta Borges, pasando por Eliot, Mann o Kafka.

Provenga de historiadores o novelistas, Lozano usa esa materia prima para escribir el tipo de historia que se supone que mucha gente quiere leer, dejando de lado debates y actualizaciones historiográficas. No hay grandes explicaciones sobre los conflictos étnicos, las raíces de la extrema violencia, la descomposición de los imperios multinacionales europeos o el desafío planteado por el surgimiento de otros nuevos. Su libro, por el contrario, es una especie de GPS que proporciona información sobre las principales rutas que los grandes personajes siguieron o hicieron seguir a la humanidad, con la democracia, el fascismo y el comunismo como principales protagonistas. Una crónica de hechos bien ordenada y narrada.

Su propuesta parte del supuesto de que la historia proporciona un cierto sentido de perspectiva para comprender el presente y para anticipar las reacciones de los hombres y mujeres ante los acontecimientos del futuro.

XX. Un siglo tempestuoso. Álvaro Lozano. La esfera de los Libros, Madrid, 2016. 623 páginas. 25,90 euros.

Los poderes de la historia (y de los historiadores)

19 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Frente a la tiranía del presente y el corto plazo, Jo Guldi y David Armitage defienden la historiografía en la era digital como visión panorámica y ciencia social crítica.

'The Canons of Lu', fresco de Pier Francesco Guala (1698-1757).
‘The Canons of Lu’, fresco de Pier Francesco Guala (1698-1757). GETTY

“Un fantasma recorre nuestra época: el fantasma del corto plazo”. Así comienza el manifiesto por la historia de Jo Guldi y David Armitage. En este momento de crisis acelerada, cuando nos enfrentamos a grandes problemas, hay, según estos historiadores, una escasez de “pensamiento a largo plazo”, los políticos no miran más allá de las siguientes elecciones y la misma cortedad de miras afecta a los consejos directivos de las grandes empresas o a los líderes de las instituciones internacionales.

Hubo un tiempo en que los historiadores ofrecían relatos a gran escala, volvían la vista atrás para mirar hacia delante, influían en la política y proporcionaban orientaciones para situar la historia como hoja de ruta. Así lo hicieron, desde comienzos del siglo XX hasta sus décadas centrales, gente como R. H. Tawney, el matrimonio Beatrice y Sidney Webb, Eric J. Hobsbawm, E. P. Thompson o Fernand Braudel, el historiador que en 1958 inventó la longue durée.

Desde hace varias décadas, sin embargo, la mayoría de los historiadores comenzaron a abandonar ese largo plazo como horizonte temporal para la investigación y la escritura. El deseo de dominar los archivos y la obligación de reconstruir y analizar detalles cada vez más precisos llevó a los historiadores profesionales al “cortoplacismo”, a contraer el tiempo y el espacio en sus estudios, y cedieron la tarea de sintetizar el conocimiento, de siglos y milenios, a “autores no cualificados para ello”, especialmente a los economistas que idealizaban el libre mercado. Desapareció así la antigua finalidad de la historia de servir de guía de la vida pública. Y la longue durée, que tanto había florecido, se marchitó, salvo entre los sociólogos históricos y los investigadores de los sistemas mundiales.

Los poderes de la historia (y de los historiadores)

Además, esa concentración en escalas temporales de corto alcance dominó la formación universitaria en las Facultades de historia. A los estudiantes se les enseñaba a estrechar el campo de estudio, y cuando los doctores se multiplicaron, atender al detalle y rastrear nuevos archivos se convirtieron en la carta de presentación para conseguir un trabajo en la profesión. El resultado fue la producción de monografías históricas de extraordinaria complejidad, que nadie leía fuera del círculo profesional, y un supremo interés por la especialización, “por saber cada vez más sobre cada vez menos”. Y mientras la historia y las humanidades permanecieron retiradas del “dominio público”, fue más fácil que la gente asumiera mitos y relatos falsos sobre el triunfo del capitalismo, soluciones simplistas a grandes problemas, ante los que pocos podían hablar con autoridad.

Pero no todo está perdido y Guldi y Armitage vislumbran, no obstante, signos de que el largo plazo y el “gran alcance” están renaciendo, un retorno de la longue durée y de la “historia profunda”, un conocimiento del modo en que se desarrolla el pasado a lo largo de los siglos y de las orientaciones que puede proporcionarnos para nuestra supervivencia y desarrollo en el futuro. Para hacer frente a los desafíos que plantean los grandes temas de la actualidad, como el cambio climático, los sistemas de gobierno y la desi­gualdad, nuestro mundo necesita volver a la información sobre la relación entre el pasado y el futuro. Y ahí es donde la historia puede ser precisamente el árbitro.

La solución reside en superar esa pérdida de visión panorámica, devolver a la historia su misión de “ciencia social crítica”, escribir y hablar del pasado y del futuro en público, imaginar nuevas formas de relato y escritura que puedan ser leídas, comprendidas y asumidas por los profanos y fusionar lo “micro” y lo “macro”, lo mejor del trabajo de archivo con el ojo crítico para abordar el estudio a largo plazo.

Es una propuesta abierta para hacer, investigar y escribir historia en la era digital, para sacar de su complacencia “a los ciudadanos, a los responsables políticos y a los poderosos”. Una guía para quienes se preguntan para qué sirven la historia y los historiadores, para navegar por el siglo XXI.

Hay muchas posibles rutas. La que proponen Guldi y Armitage es plantear cuestiones a largo plazo, pensar en el pasado con el objeto de ver el futuro. Explicar las raíces de las instituciones, ideas, valores y problemas actuales. Y hacerlo de tal forma que los demás lo entiendan.

Manifiesto por la historia. Jo Guldi y David Armitage. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Alianza. Barcelona, 2016. 292 páginas. 11,20 euros

El escritor que quería hacer historia

17 octubre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com/cultura

La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

El escritor que quería hacer historia

Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

La nación y la revolución que no cesan

30 mayo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

Libros de historia para su mesilla: lo último de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas y de Julián Casanova.

Enrique Moradiellos, 17 de mayo de 2017. 76ª Feria del libro de Madrid.

La nación y la revolución que no cesan

La historiografía contemporánea siempre ha girado en torno a dos grandes fenómenos cuya trascendencia para nuestro tiempo es clave y muy actual: nación y revolución. Los tres libros aquí seleccionados abordan ambas cuestiones desde perspectivas novedosas, tanto españolas como europeas, pero siempre en clave crítica y comparativa. Así, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos), de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas, es quizá el mejor estudio global sobre los símbolos nacionales de España de la época contemporánea, encarnados sobre todo en unas imágenes (las banderas) y unos cánticos (los himnos). El trabajo analiza con mucha precisión y fundamento archivístico y hemerográfico el origen de esos variados símbolos, su conflictiva difusión y discusión a lo largo de las diferentes etapas de los siglos XIX y XX y las prácticas socio-políticas asociadas a sus usos y despliegues en entornos oficiales y de la vida cotidiana. El completo repaso acredita que la trayectoria histórica de los símbolos nacionales en España fue “singular pero en absoluto excepcional en el marco europeo”.

Por su parte, La venganza de los siervos: Rusia, 1917 (Crítica), de Julián Casanova, es una de las pocas aproximaciones españolas al gran fenómeno revolucionario ruso de 1917, que da origen al movimiento comunista internacional y a un régimen y país (la Unión Soviética) que perdura en la historia desde su origen hasta la crisis de 1989-1990. Constituye una síntesis muy solvente de aquel año crítico, de sus alternativas en conflicto y de sus antecedentes y consecuentes, apoyado en una base bibliográfica muy amplia, actualizada y bien comentada. No en vano, acierta al considerar la llamada “Revolución Rusa” como una “serie de revoluciones simultáneas y superpuestas” que alteraron profundamente la vida del país más grande del mundo.

Finalmente, Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación (Comares), coordinado por Margarita Barral Martínez, reúne una decena de artículos de reputados especialistas en la época de la Restauración durante el reinado de Alfonso XIII y hasta su caída en 1931. Su hilo conductor es el intenso programa de visitas reales a las regiones españolas desplegado durante más de 20 años. Y se pasa revista a las expediciones hechas desde la capital y corte madrileña a la Extremadura de las Hurdes, pasando por la industriosa Barcelona, el entonces leal País Vasco, la apacible Galicia rural o las colonias del norte de África. Su lectura combinada ofrece nuevas luces sobre los éxitos y fracasos de las tentativas de nacionalización alrededor de la Corona en ese primer tercio del siglo XX.

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La guerra que Japón no podía ganar

18 febrero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La historiadora Eri Hotta relata los meses que condujeron al ataque a Pearl Harbor y sus consecuencias en un libro que ayuda a derribar interpretaciones politizadas e incompletas

JULIÁN CASANOVA

Imagen de Pearl Harbor tras el ataque.

Imagen de Pearl Harbor tras el ataque. AP

8 ABR 2015 – 10:43 CEST

En las primeras horas de la mañana del 7 de diciembre de 1941, la división aérea de la Armada Imperial japonesa atacó la base naval estadounidense de Pearl Harbor en la isla de Oahu (Hawái). Unas 2.400 personas murieron durante el bombardeo, que dejó inutilizados numerosos barcos, aviones e instalaciones. Sin declaración de guerra, sin ruptura formal de las relaciones diplomáticas, aquella operación, seguida de otra en las principales bases de Estados Unidos en Filipinas, marcó el paso de una guerra europea a otra global, donde sólo unos pocos países quedaron fuera del conflicto.

La mayoría de los japoneses celebraron el ataque. Poetas y novelistas se apresuraron a alabar aquella “gran hazaña”. El ambiente festivo parecía dejar atrás años de penuria, de escasez de productos básicos, de cupones de racionamiento para obtener arroz, el alimento fundamental de la dieta nacional, que se habían vuelto más duros a medida que se prolongaba la guerra con China iniciada a mediados de 1937.

Pero no es el relato de Pearl Harbor, muy conocido en la historiografía de la II Guerra Mundial, el objeto de la obra de Eri Hotta, sino la historia de quiénes y qué llevaron a Japón a ese ataque. Como las consecuencias de esa “funesta decisión” fueron terribles para la población japonesa y de otros países, la autora traza una fotografía magistral de los principales actores, los líderes imprudentes que apostaron por una guerra que no podían ganar, y proporciona también al lector las claves para entender la conversión de Japón, en las décadas finales del siglo XIX y comienzos del XX, desde un régimen feudal hasta un Estado-nación moderno, industrial y militarizado, convencido de que el poder obtenido por las guerras y el expansionismo era el requisito esencial para sobrevivir al colonialismo occidental.

En los años treinta, cuando en casi todo el mundo se buscaban soluciones ideológicas extremas a los problemas socioeconómicos, una parte de la sociedad japonesa “sucumbió a la tentación fácil de culpar de sus males sociales a potencias extranjeras” (página 42), y la consecución de antiguos objetivos imperialistas, ya imposibles, se convirtió en el principal fin de la movilización ultranacionalista. Amparadas por ese nacionalismo agresivo, las tropas niponas invadieron Manchuria en septiembre de 1931, ocupando todo el noreste del país en los cinco meses siguientes, y establecieron allí el régimen títere del Manchukúo. Unos años después, la guerra abierta con China impulsó un nuevo sistema de reclutamiento militar que duplicó el número de hombres aptos para el servicio militar. Esa rápida expansión de las fuerzas armadas japonesas proporcionó una gran oportunidad a los soldados profesionales para ascender rápidamente. La sociedad se militarizó, con la puesta en marcha de asociaciones patrióticas de mujeres, vigilancia estricta de los disidentes y una rígida censura de los medios de comunicación.

Los éxitos militares de Hitler en Europa animaron todavía más a los estrategas japoneses a cumplir sus sueños imperiales. En septiembre de 1940, al mismo tiempo que ocupaban el norte de Indochina, firmaron el Pacto Tripartito con Alemania e Italia, lo cual provocó tensiones y represalias casi irresolubles entre Estados Unidos y Japón. El príncipe Fumimaro Konoe estuvo al frente del país en todo ese periodo en el que se agudizó la crisis internacional, con una política exterior “indecisa e impulsiva” (página 83). Cuando dimitió en octubre de 1941, le sustituyó su ministro del Ejército, el poderoso general Hideki Tojo. Con un militar en el Gobierno, los jefes del Estado Mayor de la Armada y del Ejército presionaron insistentemente para que se aceleraran los preparativos bélicos. El 1 de diciembre de 1941, el emperador Hirohito dio su aprobación a la guerra contra Estados Unidos. Lo que acaeció en los años siguientes fue una auténtica catástrofe nacional, de sufrimiento y muerte, que tuvo el más trágico de los finales con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

Hotta concluye, tras ese minucioso relato de los ocho meses que condujeron a Pearl Harbor, que ninguno de los máximos líderes de Japón “tuvo suficiente voluntad, deseo o valor para frenar el impulso hacia la guerra” (página 344). Con su lenguaje agresivo y fatídicas decisiones, llevaron a Japón al desastre como si se tratara de un juego del que podían retirarse.

Tras la catástrofe, la tendencia oficial en Japón fue y ha sido hasta los debates recientes, como en otros muchos países con pasados traumáticos, buscar responsabilidades colectivas y “apartar la mirada de lo que no es agradable ni deseable en su historia” (página 351). Frente a esos intentos de huir del pasado, libros como el de la historiadora Eri Hotta ayudan a derribar interpretaciones parciales politizadas e incompletas.

Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor.  Eri Hotta. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 400 páginas. 26 euros.

Buenas intenciones, tibio resultado

29 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona.

CARLOS BOYERO5 MAY 2016 – 23:16 CEST

Fotograma de ‘El Olivo’.

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona. Al igual que nos ocurrió con la niña Ana Torrent en El espíritu de la colmena, casi todos los espectadores nos quedamos colgados con la adolescente Icíar Bollaín en El Sur, interpretando a esa cría que amorosamente era cómplice de su atormentado padre, pero que no puede evitar que este sea trágicamente derrotado por sus fantasmas, sus recuerdos, la sensación de lo que pudo haber sido y no fue.

Y estaba claro que además de interpretar los personajes creados por otros, esta persona inquieta acabaría contando en imágenes, detrás de la cámara, las historias que le interesaran. ¿Y qué le preocupa a Icíar Bollaín? Pues el mundo que le rodea y particularmente las injusticias, los abusos, los entuertos, utilizando la realidad nacional o lo que ocurre en países lejanos. Digamos que su máxima preocupación son los seres humanos en situación de acorralamiento, explotados, sufrientes. Bueno, es una opción humanista e inconformista. Lo que sería deseable es que los resultados fueran artísticos, estéticos, veraces, apasionantes.

EL OLIVO

Dirección: Icíar Bollaín.

Intérpretes: Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Manuel Cucala.

Género: drama. España, 2016.

Duración: 98 minutos.

La actitud del cine de Ken Loach imagino que siempre ha sido un modelo para Icíar Bollaín. Por mi parte, es un director que a veces me interesa mucho, sobre todo cuando centra sus lacerantes y subversivas historias en universos que conoce y los hace verosímiles, y en otras ocasiones me resulta tan previsible como aburrido. No solo de buenas intenciones vive el cine.

Y con el cine de Bollaín me ocurre algo parecido, cine que cada vez se emparenta más con el de Loach, al estar firmados los guiones de las tres últimas películas de ficción de esta directora por Paul Laverty, colaborador habitual de Loach en el proceso de escritura desde hace veinte años.

Siempre acudo con expectativas e ilusión a las películas de esta mujer. No compartí el generalizado entusiasmo ante su ópera prima, Hola, ¿estás sola? ( solo me perturbó aquella actriz tan extraña y sensual llamada Silke, de la cual, por cierto, hace demasiado tiempo de la que no sabemos nada, parece haber desaparecido del mapa del cine), pero me conmovió la historia de aquellas inmigrantes sudamericanas intentando sobrevivir en un pueblo de la España profunda que desarrollaba Flores de otro mundo. Había algo estremecedor en la tortuosa relación entre un maltratador al que se le va la mano, los celos, la psicopatía, el sadismo con su inocente y acojonada esposa, a la que después chantajea sentimentalmente con inútiles declaraciones de amor en Te doy mis ojos, y también estaba bien descrita la guerra del agua en Bolivia y en medio del rodaje de una película presuntamente concienciada También la lluvia. De la fracasada Mataharis me gustaba el problema de conciliar la profesión de detective con la de ama de casa.

La inmigración, el maltrato, el feminismo, la explotación de los débiles en cualquier parte, la vocación de hacer cine social forma una temática que merece ser desarrollada, pero también corre el peligro de que amenace el panfleto, o de quedarse en la exposición bienintencionada de los males del mundo. Para mi gusto, los eludía. Con talento. Algo fundamental. No basta con la honestidad.

No había huellas de ese talento en Katmandú. Un espejo en el cielo. Hablaba de lo jodido que puede ser nacer niña en Nepal. De acuerdo. He pasado por allí y por otros lugares azotados por la miseria y con tradiciones tan machistas como feroces. Pero al describirlo, Bollaín no lograba transmitirme nada perdurable. Sí irritación en algún momento con pretensiones líricas.

Y lamentablemente vuelve a ocurrirme lo mismo con El olivo. Narra la lucha de una cría muy gritona, llena de incertidumbres pero con sentido moral como para lograr que el olivo milenario que ha vendido su agobiada familia para que decore el vestíbulo de una multinacional retorne a su sitio natural, a sus raíces. El simbolismo es tan evidente como cansino. Y vale. Todo lo que de verdad importa está en venta. Pero quedan rebeldes. Pues vale.

El franquismo no fue un páramo cultural

14 marzo, 2016

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El británico Jeremy Treglown indaga en las huellas que han dejado la guerra y la dictadura en la cultura española actual

José Isbert (con boina), en un fotograma de ‘El verdugo’ (1963), de Luis García Berlanga

A lo largo del siglo XVIII, los numerosos viajeros británicos que visitaron España y publicaron sus impresiones para lectura de sus connacionales (y, de paso, también de los españoles) recibieron el cariñoso y ambiguo apelativo de “curiosos impertinentes”. Jeremy Treglown, un acreditado profesor de Literatura Comparada, se ha sumado a esa larga y heterogénea tradición con una obra de título intrigante y temática más apasionante, puesto que pretende examinar la influencia y los legados del franquismo en la cultura española actual. Una tarea ciertamente difícil, compleja y plagada de riesgos no sólo interpretativos ya que, en sus propias palabras casi liminares, los españoles padecen algo parecido a “una obsesión por la ‘memoria’ que está políticamente manipulada y es culturalmente amnésica”.

Cabe decir, tras la lectura del libro, que Treglown ha logrado su objetivo de ofrecer un balance del peso de la memoria del franquismo en la España de los últimos decenios bastante equilibrado, atento al matiz y la distinción y ajeno a los maniqueísmos y simplificaciones. Y no es poca cosa lo logrado, si tenemos en cuenta que algunos de sus colegas que abordaron recientemente la misma temática o similar son autores de afirmaciones tan peregrinas como la que sostiene que hasta la victoria socialista de 1982 los artistas españoles no habían disfrutado “de subvenciones del Estado y de acceso al resto del mundo”.

Treglown no sigue esa estela, ni mucho menos. Sin que por ello dejen de apreciarse, a veces, resabios de esos estereotipos en juicios infundados. Como cuando supone que la dictadura militar de Primo de Rivera en los años veinte “reforzó el feudalismo” (en realidad fue un caso canónico de “modernización reaccionaria”). O cuando nos presenta a Carmen Franco Polo como “la temible hija de Franco”, y presidenta del organismo que gestiona el Valle de los Caídos (ambas cosas difícilmente creíbles: la una porque cabe verla como cualquier cosa menos “temible” y lo otro porque el monumento forma parte de Patrimonio Nacional, organismo estatal donde nada pinta la duquesa de Franco).

El consecuente “viaje por la memoria y la cultura del franquismo” se abre con un recorrido por las herencias materiales de la dictadura (en particular, el Valle de los Caídos, considerado como “monstruosa cripta”) y prosigue con un repaso al devenir del arte y la cultura española desde la Guerra Civil y hasta más allá de la Transición, con especial tratamiento de “las guerras de la historia” (la historiografía sobre la contienda y el franquismo, incluyendo el fenómeno de la memoria histórica), la literatura (desde Ramón J. Sender y Agustín de Foxá a Camilo José Cela y Antonio Muñoz Molina) y la producción cinematográfica (desde el cine de Raza y Cruzada hasta la obra de Saura y Almodóvar).

Las conclusiones del autor son muchas, bastante diversas y muy variadas. Pero entre todas ellas cabe mencionar algunas que rompen la idea de que el franquismo fue un páramo cultural tenebroso, y que los españoles de la posguerra y del posfranquismo carecieron de oportunidades para conocer su propio pasado, por temor inducido más que por decisión propia y voluntaria, si acaso.

La primera idea sobre el franquismo como yermo estéril queda desmentida por varias evidencias incontestables: los artistas Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Manolo Millares y Antonio Saura gozaron “de celebridad internacional y todos vivieron y trabajaron en la España de Franco”; en tanto que los novelistas Camilo José Cela, Miguel Delibes o Luis Martín-Santos alcanzaron estatura y proyección internacional pese a vivir bajo la dictadura (Tiempo desilencio, de 1961, se tradujo a 16 idiomas), como igualmente sucedió con los cineastas Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura (El verdugo, de 1963, fue la gran triunfadora en el Festival de Cine de Venecia). Así pues, cabe dudar de la tesis según la cual “de la dictadura no podía salir nada bueno”, sobre todo porque “la cultura española comenzó a ser posfranquista mucho antes del fin de la dictadura”.

La segunda idea sobre la amnesia política de los españoles resulta discutible cuando “la Guerra Civil y el periodo que le siguió dominan la vida editorial de España como ningún otro tema”, y ello desde los años sesenta sin solución de continuidad y aún antes (José María Gironella publica con enorme éxito Los cipreses creen en Dios en 1953, convirtiéndose en un autor que “tiene mucho que decir a los lectores de hoy, y no solamente españoles”).

Y lo mismo cabe decir para otra de las nuevas artes más renovadoras y de mayor audiencia pública: “En el cine español nunca hubo un pacto de olvido”. Por eso mismo, el abierto apoyo de Treglown a la necesidad de exhumar y dignificar las fosas de represaliados no implica que tal operación pueda tener efectos políticos directos (“García Lorca sobrevive en sus obras: encontrar sus huesos no cambiará nada”), ni que ello suponga el eclipse de las víctimas de la represión practicada por los republicanos luego vencidos (y cita a las 135 víctimas religiosas de la diócesis de Jaén como ejemplo válido).

En definitiva, Treglown reitera la complejidad de la historia del franquismo y del posfranquismo y advierte contra los maniqueísmos interpretativos de uso y curso habitual: “La memoria cultural no tiene sentido si recupera sólo la mitad del pasado”. Nada que objetar a tan sabia recomendación de un “curioso impertinente” más en la línea de Gerald Brenan que de otros practicantes del género menos cultos y más doctrinarios.

La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Jeremy Treglown.Traducción de Joan Andreano Weyland. Ariel. Barcelona, 2014. 357 páginas. 22,90 euros (digital, 14,99)

 

Christopher Clark analiza la guerra de documentos en ‘Sonámbulos’

26 junio, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

Tras la contienda los países implicados trataron de justificar posiciones y responsabilidades

Los cuerpos del archiduque Francisco Fernando y su esposa, Sophie, tras su asesinato en Sarajevo en junio de 1914. / HULTON-DEUTSCH COLLECTION / CORBIS

Todos los horrores de la Europa del siglo XX nacieron de aquella guerra, “la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades”, como la definió el historiador estadounidense Fritz Stern. El año 1914 es, en efecto, la crisis por excelencia, por lo que provocó y por lo que ocurrió después, objeto de un debate fascinante que, por razones obvias, dado que España no participó, apenas ha tenido repercusiones entre nosotros.

Alemania, en respuesta al Artículo 231 del Tratado de Versalles de 1919 que la responsabilizaba de haber causado la guerra, sacó a la luz en los años veinte una ingente cantidad de publicaciones y documentos para demostrar lo contrario. Todos los demás contendientes, desde Reino Unido hasta Rusia, pasando por Austria o Francia, hicieron lo mismo, para justificar sus posiciones. Tras la guerra de verdad, hubo, en palabras del historiador militar alemán Bernhard Schwertfeger, “una guerra mundial de documentos”. Y después, un largo debate entre historiadores, que no cesa, y ante el que resulta difícil poner orden.

Cien años después de aquel hecho crucial, las librerías están repletas de novedades literarias, de oportunistas que aprovechan la ocasión y de obras relevantes basadas en minuciosas investigaciones. En esta última categoría destaca Sonámbulos,de Christopher Clark, quien, como indica en el subtítulo, Cómo Europa fue a la guerra en 1914, se centra en la serie de acontecimientos y decisiones que la desencadenaron. Una trama compleja, que Clark desentraña mezclando la narración y el análisis, en una estructura bastante original donde da voz a los principales actores, tratando de diferenciar entre los supuestos “factores objetivos” y lo que aquellos percibían desde los diferentes escenarios nacionales en los que actuaban.

Clark considera que las explicaciones centradas en la culpa van siempre acompañadas de “suposiciones incorporadas” sobre las causas remotas y terminantes (página 643). Por eso, para evitar la interminable polémica sobre quién la causó, cuenta una historia “plagada de acción”, con los pasos que dieron quienes tomaban las decisiones fundamentales —reyes, emperadores, políticos, diplomáticos, mandos militares—, que “caminaban hacia el peligro con pasos calculados y atentos” (página 28).

La Europa de comienzos del siglo XX estaba dominada por vastos imperios territoriales, gobernados, excepto en el caso de Francia, por monarquías hereditarias. Los altos dirigentes, emperadores y reyes acudían a los actos públicos con uniforme militar; las revistas militares eran una parte esencial del ceremonial público, y “el culto a la exhibición militar se introdujo en la vida pública y privada de sus comunidades” (página 255). Como los gastos de defensa representaban una parte sustancial del gasto público, los mandos militares tenían que competir con los políticos civiles para tener acceso a los recursos.

Junto a ese militarismo había una falta de transparencia diplomática en la mayoría de las maniobras de los ministros de Asuntos Exteriores, especialmente cuando trataban de los Balcanes, el escenario que sirvió de detonante al conflicto y que ya había conocido dos guerras, en 1912 y 1913, antes de que la tercera se extendiera en cinco semanas del verano de 1914 a todo el continente. Los instrumentos de la vieja diplomacia persistían pese a la modernización de las sociedades, con reuniones confidenciales, intercambios de promesas y acuerdos bilaterales secretos.

Aquellos “sonámbulos” eran también muy variopintos y actuaban en muchas ocasiones con una frivolidad y falta de responsabilidad sorprendentes. El jefe del Estado Mayor austriaco, el mariscal de campo Franz Conrad von Hötzendorf, de 54 años, estuvo, entre 1907 y 1914, más interesado en una relación amorosa que en todos “los asuntos políticos y militares que llegaban a su escritorio” (página 137). Cuando el archiduque Francisco Fernando y su esposa, Sofía Chotek, fueron asesinadas en Sarajevo el 28 de junio de 1914, la élite europea estaba disfrutando de su vida privilegiada y exquisita. La noticia del asesinato sorprendió al emperador Guillermo navegando en su yate. El presidente de Francia, Raymond Poincaré, aunque recibió un telegrama en el hipódromo, donde estaba en compañía de otros miembros del cuerpo diplomático, “se quedó a disfrutar de la carrera de la tarde” (página 465). El príncipe Alfons Clary-Aldringen estaba cazando corzos en un bosque de Bohemia.

Son historias aparentemente triviales, narradas con buen pulso, que acumula Clark a lo largo del libro, dejando claro que lo que le interesa son los actores y las decisiones que tomaban. Y como actuaban en un complejo sistema de relaciones internacionales, en que todos temían que los demás emprendieran una guerra de agresión contra sus vecinos, se necesitó que alguien encendiera la mecha desde fuera por medio de un detonador. Si nadie hubiera apretado el gatillo, argumenta Clark, “el futuro que se convirtió en historia en 1914 habría dado paso a un futuro distinto”, pero eso hubiera requerido también un entramado de alianzas más fiables y duradero, en el que “los principales dirigentes se hubieran sentido menos presionados para actuar como lo hicieron” (página 418).

Clark llega a la conclusión de que en 1914 hubo una “profunda quiebra de las perspectivas éticas y políticas” que socavaba el consenso y minaba la confianza entre las naciones (página 644). Para él, la crisis que desencadenó la guerra fue el fruto de una cultura política común, multipolar e interactiva, y por eso es el acontecimiento más complejo de la era moderna sobre el que continúa un acalorado debate, cien años después de que Gavrilo Princip realizara aquellos disparos.

Los protagonistas que transitan por las 788 páginas de denso texto, acompañadas de 1.695 notas, donde se cita hasta el más mínimo detalle, eran “como sonámbulos, vigilantes pero ciegos (…) inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”. Parecían no saber, no sentir, no comprender lo mucho que había en juego. Ninguno de los trofeos por los que compitieron valía lo que supuso la gran calamidad que siguió. Pero Clark no pretende confirmar nada y deja un “elemento de eventualidad” en su extensa historia sobre las causas de la guerra. El conflicto era “improbable” hasta que ocurrió. Otra cosa es lo que dijeron a posteriori las numerosas voces de estadistas y funcionarios en sus “memorias”.

Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914. Christopher Clark, Traducción de Irene Fuentes y Alejandro Pradera. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores Barcelona, 2014. 788 páginas. 29 euros (electrónico: 17,99 euros)