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Por qué la izquierda se cree moralmente superior

11 julio, 2018

Fuente: http://www.vice.com

Entrevistamos a Ignacio Sánchez- Cuenca, autor de “La superioridad moral de la izquierda”.

Ana Iris Simón

Iñigo Errejón, Alberto Garzón y Pablo Iglesias en el Congreso. Andrea Comas/Reuters

Andaba el filósofo y sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca leyendo el ABC cuando se topó con la oración: “la superioridad moral de la izquierda”. No era la primera vez, ni seguramente ha sido la última, que encontraba que esta asociación de términos (superioridad y moral) aparentemente positiva era usada como arma arrojadiza, como burla hacia la izquierda. Como instrumento para poner de relevancia su carencia de otros atributos, como la superioridad intelectual o la eficacia admnistrativa de las que hacen alarde las ideologías de derechas.

El caso es que decidió darle la vuelta desarrollando una teoría que llevaba tiempo rondándole la cabeza: las ideas de izquierdas son, en efecto, moralmente superiores a las de derechas. Pero eso no es algo de lo que avergonzarse.

El resultado de sus reflexiones es La superioridad moral de la izquierda, un ensayo publicado en la Colección Contextos de Lengua de Trapo y prologado por Íñigo Errejón. En él, el sociólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III analiza por qué si la izquierda contempla las ideas más bellas sobre la justicia social y la igualdad acumula tantas derrotas.

Sostiene, además, que precisamente de esa superioridad moral emanaría una de las grandes lacras de las ideologías izquierdistas, su interminable división. A través de estas ideas analiza la crisis de la socialdemocracia y el papel de los partidos de izquierdas en ella y yo aproveché para preguntarle por algunos de sus planteamientos.

superioridad moral de la izquierda ignacio sanchez-cuenca
Portada de ‘La superioridad moral de la izquierda’

VICE: Aunque en tu ensayo aclaras que una cosa es la superioridad moral de las ideas y otra bien distinta las personas que las adoptan, ¿cómo nos posiciona esto ante el mundo? ¿Si uno es de derechas tiene más posibilidades de ser un cretino?
Ignacio Sánchez- Cuenca: No. Los cretinos están distribuidos de forma bastante igualitaria en todas las ideologías políticas. Sí creo, con todo, que, al menos en la teoría, las personas de izquierdas tienden a ser más abiertas intelectualmente y, sobre todo, más empáticas con los desfavorecidos.

Pero una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas se pueden valorar y ordenar en función de los principios morales que encarnan. El juicio sobre las personas es mucho más complejo, depende de muchos factores. Por ejemplo, desde un punto de vista moral, ¿qué comportamiento es más admirable, el de un obrero que defiende sus intereses votando a la izquierda y participando en el sindicato o el de un burgués que, en contra de sus intereses materiales, opta por un ideal de justicia social? Yo no me meto en este tipo de análisis en el libro.

¿Por qué si las ideas de izquierdas son moralmente superiores y no todo el mundo es de izquierdas, no todo el mundo las abraza como algo natural? 
Bueno, yo espero que lo acaben haciendo tras leer el libro… Bromas aparte, hay muchas formas de moralidad, a veces incluso se pueden considerar inconmensurables. Aun siendo consciente de mi perspectiva parcial, he intentado mostrar que el ideal de una sociedad igualitaria en el que todo el mundo tenga la posibilidad de autorrealizarse es imbatible desde un punto de vista filosófico. Otra cosa es que mucha gente en la derecha piense que ese ideal es inalcanzable, que no vale la pena luchar por él porque puede traer más desgracias que otra cosa.

“La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente”

El faro de la izquierda es la justicia social, la construcción de una sociedad igualitaria, un concepto imbatible, como dices, desde el punto de vista filosófico. Pero, ¿cuál es la razón de ser última de las ideas de derechas? 
La derecha es una ideología compleja y rica. En su versión más conservadora, el valor rector es el orden, la jerarquía y los valores tradicionales (familiares, sociales, etc.). En su versión más liberal, el valor supremo es la libertad entendida como reducto inalienable del individuo.

Sin embargo, en el ensayo sostienes que la libertad es igualmente valorada y tiene el mismo peso en la derecha que en la izquierda, aunque la derecha liberal la haya convertido en su patrimonio. ¿Viene la libertad a llenar ese vacío de sentido de la ideología de derechas, es más cómodo decir que uno está por la libertad que por el orden social establecido? 
El concepto liberal de la libertad es simple y convincente: una persona es libre si nadie le impide llevar a cabo sus planes. Cuando el Estado interfiere, mediante impuestos y regulaciones varias, la libertad se ve menoscabada. La libertad así entendida es, como dices, muy cómoda, pues nos exime de entrar en consideraciones sesudas sobre la justicia social en la medida en que la realización de dicha justicia pueda suponer una traba a dicha libertad.

La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorrealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente. En tiempos recientes, ha tenido fortuna en la izquierda la concepción republicana de libertad, según la cual alguien es libre cuando está libre de cualquier forma de dominación (económica, ideológica, social…).

 

Hablas de la empatía como uno de los factores diferenciales entre la ideología de izquierdas y la de derechas. De ella emanaría la solidaridad. ¿Es la caridad la solidaridad de la derecha, sobre todo de la derecha católica, que es la tradicional en nuestro país? ¿Por qué crees que ocurre esto?
Esta pregunta es muy interesante. La derecha católica (lo que siempre se ha conocido como democracia cristiana) tiene una actitud compasiva hacia aquellos que sufren injusticia y privaciones. Por eso la democracia cristiana siempre ha estado a favor de la protección de las familias y de los esquemas de seguridad (seguro de desempleo, pensiones…). Sin embargo, la derecha católica, aun reconociendo injusticias, no se plantea eliminarlas radicalmente, sino que más bien piensa en paliar sus efectos, pues atribuye una gran importancia al orden y la estabilidad y eso la paraliza a la hora de pensar en reformas más profundas.

Siguiendo con la Iglesia católica, afirmas que “los valores de la izquierda son moralmente insuperables”. ¿Qué crees que diría alguien católico sobre ello? ¿Los católicos de verdad militan o deberían militar en la izquierda?
En el catolicismo, por supuesto, ha habido ramas o corrientes que han sentido una afinidad con ideas de izquierda y con la utopía de un comunismo primitivo, que no deja de ser una sociedad igualitaria. Piénsese, por ejemplo, en la teología de la liberación en Latinoamérica, o, en menor escala, a los católicos que militaban en el PCE en los años de la transición o en CC. OO. en los tiempos de Franco. Ahora bien, también hay un catolicismo que consagra el statu quo y no quiere oír hablar de justicia social más allá de actos de caridad y sacrificio personal. En este caso, aunque pueda haber motivaciones morales similares, lo que caracteriza al catolicismo es que no saca las consecuencias políticas de ello.

“El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales”

Afirmas que la ideología que uno tiene tiene más que ver con su moral que con sus circunstancias materiales o con su genética. ¿Eso explicaría lo del obrero de derechas? 
Sí, explicaría tanto la figura del obrero de derechas como el profesional de izquierdas. El obrero de derechas considera que el intento de realizar la justicia social es ineficiente o incluso contraproducente (hace que los demás no se esfuercen tanto como él lo ha hecho durante su vida). El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales.

¿La superioridad moral de la izquierda le resta eficacia? Es decir, ¿el idealismo de sus presupuestos hace que se centre en imaginar futuros en lugar de en tratar de mejorar el presente? 
La izquierda cree en una política de la trascendencia, de la superación del orden social existente, que considera injusto. Aspira a cambiar la sociedad, ya sea mediante la revolución, ya sea mediante una acumulación de reformas. Eso le confiere una fuerte carga idealista. Si, además, hay una conciencia de superioridad moral del proyecto defendido, las cosas se complican, pues es típico del izquierdista impaciente e impetuoso considerar que todos los obstáculos que se interponen en la realización de su esquema de justicia deben ser superados sin reparar en los medios para ello. Por tanto, yo no diría que le resta eficacia, sino que da pie a la adopción de posiciones sectarias o fanáticas.

Le dedicas el último capítulo del ensayo a la socialdemocracia. ¿Saldrá de esta o está en las últimas? 
La socialdemocracia está en el momento más bajo de la historia. A partir del cambio de siglo la bajada se acelera y desde la crisis económica puede decirse que está en caída libre. En momentos de zozobra y miedo para grandes capas de la población, la socialdemocracia ha de abandonar su discurso tecnocrático (justificando las políticas igualitarias porque mejoran la productividad, por ejemplo) y llenarlo con palabras que apelen de forma directa a valores y principios, denunciando las injusticias del presente. Con todo, es demasiado pronto para saber si la socialdemocracia se recuperará o entrará en una decadencia irreversible. Desde luego, es el eslabón más débil en la cadena de cambios que se están produciendo en los sistemas de partidos de los países desarrollados.

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La librería: De libros y soledades

23 junio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven.

Siento pereza inicial al embarcarme en La librería, la última película de Isabel Coixet, ya que, con la excepción de la preciosa Cosas que nunca te dije, mi desencuentro con su cine ha sido permanente. La frase que encabeza su cartel publicitario (“Entre libros, nadie puede sentirse solo”) es alentadora, pero también discutible. Mallarmé comienza así un poema: “La carne es triste, así es, y ya he leído todos los libros”. Conclusión desoladora y cierta en algunos casos trágicos. Existieron y existirán sensibles devoradores de poesía y literatura que acaban lanzándose al vacío, pudieron más la soledad y el acorralamiento que la impagable ayuda y el gozo que proporcionan los libros. El primer encuentro con ese codiciado libro siempre estará presidido por la magia, como describe maravillosamente Italo Calvino en el arranque de Si una noche de invierno un viajero. Esta película habla de esas sensaciones. Y lo hace con un lenguaje, unos matices, un tono y una capacidad de sugerencia que me conmueven y que en un par de modélicas secuencias protagonizadas por la entregada librera y un hombre que ha acorazado su ancestral aislamiento y su supervivencia gracias a las páginas impresas (en esa época ningún amante de los libros podría ni querría imaginar esa cosa tan antinatural y gélida del e-book) logran que se me humedezcan los ojos.

LA LIBRERÍA

Dirección: Isabel Coixet.

Intérpretes: Emily Mortimer, Patricia Clarkson, Bill Nighy.

Género: drama. España, 2017.

Duración: 110 minutos.

Isabel Coixet adapta una novela de Penelope Fitzgerald (el apellido impone literariamente) que desconozco, pero ansío leer. Su temática podrá parecer muy leve a los espíritus intensos. Yo creo que es muy rica. Narra el empeño de una viuda por abrir una librería en un pueblo de Inglaterra con nula empatía hacia la necesidad o la pasión de leer. A ella ese acto le sirve para suplir carencias afectivas, para vivir otras vidas, para soñar junto al mar con los personajes y los sentimientos que habitan los libros, esos objetos en los que siempre ocurren cosas. Los poderosos del pueblo, depredadores detrás de sus modales aristocráticos, declararan soterrada guerra a esa dulce intrusa, convencida de que lo que ella pretende vender puede suponer placer, conocimiento, aventura o bálsamo para unos cuantos vecinos. Será ayudada en su laboriosa misión por una niña imaginativa, inteligente, práctica y soñadora al mismo tiempo, y mantendrá emocionante contacto con un misántropo anciano que lleva 45 años encerrado en su mansión, alguien que me hace pensar en el estremecedor poema de Gil de Biedma: “En un pueblo junto al mar, poseer una casa y poca hacienda y memoria ninguna. No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia”. Sin embargo, mi héroe sí lee y también paga cuentas.

La librera le descubrirá al excelso Ray Bradbury y sus Crónicas marcianas. Y la existencia del misántropo anhelará la publicación de Las doradas manzanas del sol y El vino del estío. Y el gran Nabokov desafiará a la moral convencional con la turbadora y extraordinaria Lolita. Y se crearán vínculos muy hermosos entre estos dos náufragos, que desearían haberse conocido en otra vida.

Coixet describe todo esto con una delicadeza y un tono cercanos a la orfebrería. Imágenes, diálogos, silencios, pequeños y reveladores gestos conviven en armonía, arropados por una atmósfera magnética y veraz. Su intimismo es contagioso. Y la historia que me han contado sigue conmigo durante el resto del día. Se supone que ocurren pocas cosas, pero me ha tocado y reconozco en qué fibras emocionales. La llevo dentro.

“Nadie te pone una pistola en la cabeza para obligarte a que te depiles”. Presión social y medios de control social

31 mayo, 2018

Fuente: http://www.jessicafillol.com

Publicado en 

Este artículo es la continuación de una charla de casi dos horas para la Escola d’Arts de El Prat de Llobregat que impartí hace unas semanas sobre géneros, sexos, cuerpos, sexualidades y estereotipos.

La semana pasada hablamos del proceso de socialización encaminado a convertirnos en personas integradas en la sociedad, cómo no solo educa la familia directa y por qué aunque en tu casa te hayan educado en la igualdad, no estás libre de conductas machistas aprendidas, normalizadas e integradas.

Hoy hablaremos de cómo actúa la presión social, y por qué no todos los medios de control social son de tipo coactivo.

Nuestra convivencia en sociedad está regulada por normas, leyes, reglamentos. Su incumplimiento puede derivar en sanciones desde cárcel o multas hasta la inhabilitación o la expulsión de colectivos. Por ejemplo, el incumplimiento de la normativa escolar sobre vestimenta puede derivar en la expulsión del instituto, o incumplir de forma reiterada el código de circulación puede conllevar la pérdida de todos los puntos además de importantes sanciones económicas y la retirada del carnet. Es en general la policía o los organismos reguladores (por ejemplo, los árbitros en las competiciones deportivas) quienes se encargan de la vigilancia del cumplimiento de las normas. En un Estado de derecho, además, son los jueces quienes aplican las leyes y establecen los castigos en caso de quebrantamiento de las mismas. Todo esto es lo que se conoce como medios coactivos de control social.

Sin embargo, no son los únicos medios de control social existentes en cualquier comunidad. Los usos y costumbres, los valores, las creencias, los prejuicios… También son formas de control social no específicamente coactivas. Por ejemplo, en nuestro contexto sociocultural es común que en la presentación de dos hombres, estos se den la mano, mientras que entre hombres y mujeres la presentación se selle con dos besos. No son pocas las mujeres (y también hombres) que manifiestan desagrado ante este tipo de intimidad culturalmente impuesta, no obstante sí son pocas quienes lo manifiestan, más aún en ese momento concreto. ¿Por qué? Porque resultaría sin duda violento que te presenten a alguien y la primera frase que escuche de ti sea “encantada pero no me gusta que los desconocidos me den dos besos“. Ya puedes decirlo con el tono de voz más dulce del mundo, que ese rechazo abierto a las convenciones sociales va a resultar violento. Porque sabes que la reacción de tu interlocutor/a será un prejuicio y un reproche: “joder, qué borde“. Y ese prejuicio y ese reproche que caería sobre ti en caso de contravenir una norma social tan inocua como dar dos besos a un desconocido actúa como medio de control social no coactivo. Nadie te va a poner una pistola en la cabeza ni va a venir un policía a detenerte por no darle dos besos a un desconocido que te acaban de presentar, pero si eres una persona razonablemente integrada socialmente, la presión social actúa para que pases por el aro.

No es el único ejemplo. En nuestro contexto sociocultural, es costumbre que las mujeres se depilen. Cada vez más los hombres también, pero aún está lejos de constituir una imposición social a la altura de la presión estética que pesa sobre el cuerpo de las mujeres. No obstante, cada vez que hablamos de la presión estética, de la presión social que impone la depilación obligatoria, la respuesta suele ser del tipo: “nadie te pone una pistola en la cabeza para que te depiles, si lo haces es porque quieres“. Quienes hacen afirmaciones de este estilo jamás han tenido que aguantar lo que ocurre cuando eres mujer y sales de casa en verano con las piernas sin depilar, o vas a la playa sin haberte hecho antes las ingles brasileñas.

Varias mujeres hicieron la prueba de exponer públicamente, en sus redes sociales, fotos suyas sin depilar. Lo que ocurrió fue que numerosos hombres que ni siquiera las seguían, en el momento en que se enteraron de que estas mujeres habían tenido la osadía de publicar fotos suyas al natural, las atacaron e insultaron. La gama de argumentos, como siempre, fueron bastante limitados:

– Qué asco
– Depílate guarra
– No te tocaría ni con un palo
– Con esos pelos quién va a querer follar contigo
– Qué poco higiénico
– Pareces un tío

Efectivamente, nadie te amenaza con una pistola para que te depiles, pero conoces las consecuencias de no hacerlo y exponerte en público. Mientras vayas tapada, todo va relativamente bien, pero como decidas mostrarlo la presión social acecha. Gays y lesbianas conocen bien este control social ejercido a partir del momento en que trasgredes las reglas de lo socialmente aceptado en el espacio público. Si bien en diferente grado, el mecanismo es el mismo.

Todos conocemos el cuento infantil de El traje nuevo del emperador. Mencionaré solo un par de experimentos de sociología pop. Uno es el experimento del psicólogo Solomon Asch en 1950 sobre presión social. A grandes rasgos, consistía en lo siguiente: se sentó a un grupo de 8 participantes (7 actores y 1 sujeto de estudio) alrededor de una mesa, y se les solicitaba, por turnos, que respondieran a una serie de preguntas simples, como por ejemplo indicar qué línea es la más corta. El objetivo del experimento consistió en observar cómo, cuando el grupo de actores daba respuestas erróneas, esto influía en el sujeto para dar respuestas erróneas a su vez. En el grupo de control (sujetos que no estaban sometidos a la presión social de todo un grupo dando respuestas erróneas), solo hubo un 1% de respuestas incorrectas, mientras que en el grupo en el que los actores daban respuestas erróneas, al menos el 75% de los sujetos dieron la respuesta equivocada a por lo menos una pregunta; de hecho, la presencia de la presión de grupo causaba que los participantes se dejaran llevar por la opción incorrecta el 36.8% de las veces, lo que demuestra que la presión social tiene efectos medibles en nuestras decisiones. En posteriores experimentos Asch introdujo en los grupos de actores que daban respuestas erróneas algunas voces disidentes, es decir, al menos uno de los actores sí daba una respuesta diferente, aunque no fuese la correcta, introduciendo así la posibilidad de debatir, y demostró que cuando en el grupo hay al menos una persona que rompe la espiral del silencio y se atreve a levantar la voz y dar una opinión contraria al resto del grupo, la presión social es menor. De ahí la importancia de que no te calles cuando detectas comportamientos machistas en tu grupo de whatsapp.

Otro es el documental The Push (Netflix) sobre manipulación y presión social. ¿Bajo qué condiciones serías capaz de asesinar a una persona completamente desconocida que no te ha hecho nada? No quiero hacer spoilers pero empieza mostrando el proceso de selección de las personas participantes en el experimento. Varias personas sentadas en una sala leyendo un cuestionario, suena un pitido y se levantan, suena otro pitido y se vuelven a sentar, suena otro pitido y se levantan de nuevo… Todo son actores excepto el sujeto a evaluar. Si observa a su alrededor y se comporta como el resto del grupo aunque nadie le haya orientado en ese sentido, y se sienta o se levanta al sonido del pito, será apto para el experimento, si se mantiene sentado sin seguir las normas no dictadas del grupo, será descartado. Muestra también cómo la primera persona seleccionada para el experimento es introducida en el grupo con una ropa que le confiere un estatus inferior al resto y le coloca en una posición de seguidor, más permeable a recibir órdenes: están en una cena y nadie le ha dicho que tiene que vestir de esmoquin. Estos pequeños y sutiles gestos que nos hacen más permeables a la presión social.

¿Hasta qué punto somos realmente libres para tomar las decisiones que tomamos? ¿A qué nos exponemos si decidimos romper las convenciones sociales tradicionalmente asociadas a nuestro género? La respuesta es que nuestra libertad está limitada por el contexto social en el que nos movemos. Las decisiones que tomamos están condicionadas por las opciones que tenemos, los costes asociados y las consecuencias previstas.

Alicia H. Puleo diferencia entre dos tipos de sociedades: las que están basadas en el patriarcado de la coerción, y las basadas en un patriarcado del consentimiento.

  • Patriarcado de la coerción: se sustenta en leyes y normas sancionadoras mediante violencia. Ejemplo: lapidaciones por adulterio, o países donde el aborto conlleva penas de cárcel.
  • Patriarcado del consentimiento: se da una igualdad formal ante la ley que oculta la desigualdad real, que está tan naturalizada que ni siquiera percibimos la presión social a la que estamos sometidas hasta que nos rebelamos contra ella.

Recordemos finalmente que, como dice Celia Amorós, el feminismo y por ende las feministas no cuestionamos las decisiones individuales de las mujeres: cuestionamos el contexto social, la presión externa, los agentes de socialización que influyen y los mecanismos de presión social tanto formales (leyes, reglamentos) como informales (medios de comunicación, educación, tradiciones, etc.) que nos llevan a tomar esas decisiones.

Como dijo Rosa Luxemburgo, quien no se mueve no siente las cadenas.

Miedo: España de mierda

27 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los caminos de la promoción son inescrutables. Estoy en el Teatro Nuevo Apolo en Madrid hace un mes, presentando ‘Miedo’. Y la mayoría de medios de comunicación no nos han hecho ni puto caso. Pero esta semana cambió todo. Me pasé toda la semana promocionando accidentalmente mi libro ‘España de mierda’. Que fue igualmente ninguneado hace dos años.

Resulta que un cantante que representará a España en Eurovisión, ha regalado a otra cantante el libro, y se ha armado la marimorena. Los pobres han tenido que salir a dar explicaciones. Les han dicho que no se puede representar a España en Eurovisión y regalar un libro que se llame España de mierda. A mí también me han pedido explicaciones. Alucinante. Igual esperaban que pidiera perdón por cantar o por escribir.Vaya chorrada. Otra prueba más de que el título de mi libro no va desencaminado.

Más que nunca, este país es una mierda, y es una mierda precisamente por eso.
Para ser sincero, también me importa una mierda Eurovisión. Y dicho sea de paso, también me importa una mierda el himno nacional, el mundial de fútbol, las procesiones de Semana Santa y la cabra de la legión. Y me parece una mierda que a los que nos parezca una mierda todas estas mierdas se nos trate como a mierdas.
Es una mierda y lo diría más a menudo, pero tengo miedo a decirlo.

Me callo. No grito lo que todo el mundo sabe. Tal vez tengo miedo de los culpables. 
Tengo miedo porque sé que son capaces de todo. Son gente que para no ir a la cárcel, meten a otras gentes en la cárcel. Tal vez sea eso lo que me hace tener miedo a cosas que antes no temía.

Tengo miedo a la democracia. Tengo miedo a la libertad. Tengo miedo a la Constitución. Tengo miedo a la ley y a la justicia. Tengo miedo de mi propio país.
Tengo miedo de los partidos políticos, de los parlamentarios, de los senadores, del rey y de su padre, y de sus hijos, y de la reina y de sus primos. Tengo miedo de los militares, de los policías, del tribunal constitucional y del tribunal supremo. Tengo miedo de los banqueros y de las corporaciones económicas.

Tengo miedo de los cascos, de las porras, de las togas, de las corbatas, de los uniformes, de la peluquería, del maquillaje y de la cirugía. Tengo miedo de los trajes y los vestidos elegantes, de la constitución, de los putos protocolos, de los cardenales, de los monumentos, de las iglesias, de las hipotecas, de los canales de televisión y de los presentadores de televisión, de las radios y de los locutores de radio, de los periódicos y de la gente que los maneja, porqué hacen sentir miedo hasta a mis amigos más valientes.

Y tengo miedo de tanta y tanta y tanta publicidad. Y de que sea todo tan invasivo y que no haya lugar para nada mas en esta mierda de país que reírles las gracias a estos desalmados que se nos cuelan hasta en la sopa. Y tengo mucho miedo de sus guardaespaldas. Tengo miedo a este monstruo que silencia todo lo hermoso. Tengo miedo de ser vuestra víctima o ser el culpable de algo.

A veces desearía poder cagarme en el gobierno y en los poderosos, como cuando hablo con un barman, con un taxista, o con un amigote. Debería poder decir bien alto que este país es una puta mierda y que me cago en estos  ‘hijosdeputadelaconchadesureputamadre’. Pero tengo miedo.

Seguiré como un cobarde,  haciendo función cada día, en el Teatro Nuevo Apolo,
al margen de vuestra locura. Sin nombraros. Ignorando la rabiosa actualidad que tanto os preocupa. Deseando que mientras dure la función alguien consiga olvidarse de toda esta mierda, aunque solo sea durante una hora y media.

Seguiré intentando que la gente vuelva al teatro después de ver ‘Miedo’.  O vuelva a leer un libro después de leer ‘España de mierda’.

Y tú no te enfades, que no te estaba hablando a ti.

Bolcheviques en el poder

25 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

La revolución rusa de 1917, que este año cumple un siglo, culminó con la llegada de Lenin y su partido al liderazgo de un imperio en transformación.

Revolución de octubre
Lenin, en el centro, en un desfile en la plaza roja de Moscú el 25 de mayo de 1919. HERITAGE/GETTY

Durante el verano de 1917, la confianza en que “la Gran Revolución Rusa” uniría a los ciudadanos había dado paso a la división. Bajo ataques desde la derecha y la izquierda, los Gobiernos de Lvov y Kerensky se enfrentaron al desplome de las ilusiones sobre la capacidad del pueblo para fortalecer su concepto de democracia y ciudadanía Cuando se comprobó que las masas no lo apoyaban, esos Gobiernos recurrieron cada vez más a la fuerza del Estado como única forma de persuasión.

Las diferencias se hicieron irreconciliables. El lenguaje de clases, de revolución social y no sólo de reforma política se impuso a los otros lenguajes (liberal, democrático, constitucionalista) que compitieron en ese escenario de crisis de autoridad. Lo que había comenzado en febrero con un motín en la guarnición militar de Petrogrado, se había convertido tan solo ocho meses después en una violenta y radical revolución social, extendida al campo, a las fábricas, al frente y a los pueblos no rusos del imperio. A esa rebelión le faltaba que alguien supiera llenar el vacío de poder que estaban dejando el fracaso y la soledad del Gobierno de Kerensky tras el golpe frustrado del general Kornilov. El camino estaba despejado para un partido revolucionario y contrario a la guerra. Y ahí aparecieron los bolcheviques. Y Lenin.

La Revolución de Octubre de 1917 fue uno de los principales acontecimientos del siglo XX y los historiadores han mostrado en torno a él diferentes interpretaciones. Las investigaciones más recientes de Christopher Read, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex A. Wade superan las clásicas disputas entre la propaganda soviética y la antimarxista y subrayan la importancia del eslogan “Todo el poder para los sóviets” y de cómo el apoyo popular a esas instituciones surgidas desde abajo allanó el camino a la conquista del poder por los bolcheviques.

Bolcheviques en el poder

El Gobierno provisional careció de legitimidad desde el principio. Desde el verano, estuvo atrapado por una serie de crisis en cadena: en el frente, en el campo, en las industrias y en la periferia no rusa. Pocos Gobiernos podrían haber hecho frente a todo eso, y menos sin un ejército en el que confiar. El apoyo de trabajadores, soldados y campesinos a los sóviets, la institución dedicada a promover la revolución social, se combinó con la decisión fatal de los Gobiernos provisionales de continuar la guerra. Y el fiasco del golpe de Kornilov en agosto de 1917 ya había mostrado que la derecha estaba todavía desorganizada y la contrarrevolución no tenía en ese momento posibilidades de vencer.

Con visional y los dirigentes del sóviet mostraban su incapacidad para solucionar los problemas, los bolcheviques se convirtieron en la alternativa política para los desi­lusionados y para quienes buscaban un nuevo liderazgo. Como no tenían responsabilidad política, recogieron los frutos de la división y declive de los otros dos partidos socialistas, los mencheviques y los socialrevolucionarios. Su rechazo al Gobierno provisional les dio, a los bolcheviques en general y a Lenin en particular, lo que el menchevique Nikolai N. Sukhanov (1882-1949) llamó en sus memorias una posición “comodín”, por la que podían representar y adaptarse a cualquier cosa.

Los vientos de cambio que soplaban desde el verano, impulsados por las críticas a las autoridades y las alabanzas a los sóviets, comenzaron a plasmarse desde finales de agosto en poder institucional. Bolcheviques, socialrevolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas tomaron el control de los diferentes sóviets de distrito de Petrogrado, de los sindicatos y comités de fábricas, y de comités de soldados y campesinos en algunas provincias. El 25 de septiembre, el sóviet de Petrogrado, el principal bastión de poder desde la revolución de febrero, eligió una nueva dirección de izquierda radical, y León Trotski, que había salido de la cárcel el 4 de septiembre y que acababa de ingresar en el partido bolchevique, se convirtió en su presidente, sustituyendo al menchevique Chjeidze. Al mismo tiempo, los bolcheviques asumieron el control del sóviet de Delegados Obreros de Moscú.

Con tantos poderes en sus manos, podían reivindicar que hablaban y actuaban en nombre de la “democracia del sóviet”. Ese control del sóviet de Petrogrado y de otros en las provincias es lo que permitió la Revolución de Octubre, y sin ese proceso de conquista del poder en las semanas anteriores, sería difícil imaginarla. La Revolución de Octubre comenzó como una defensa de la idea del poder de los sóviets, posibilitada por una crisis profunda del Gobierno de Kerensky.

Puede ser que “octubre” fuera un “golpe” en la capital, señala Allan K. Wildman, “pero en el frente fue una revolución”. Los soldados no sólo no quisieron echar abajo a ese incipiente poder bolchevique, sino que frustraron los esfuerzos desesperados de Kerensky y del anterior “defensista” comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado “para trastocar la victoria bolchevique, trasladando tropas desde el frente”. La participación de marinos de la flota del Báltico, que ya habían tenido una influencia notable en 1905 y en febrero y julio de 1917, fue también muy visible en octubre. El golpe de Kornilov había destruido allí la escasa autoridad que les quedaba a los oficiales.

La apuesta bolchevique había logrado su objetivo primordial, sin apenas resistencia. Petrogrado parecía seguro, pero, pese a su importancia como centro de poder político y de comunicaciones, era sólo una ciudad. Había que comprobar qué pasaría más allá de la capital, en el frente, en las otras ciudades y provincias y en la periferia del vasto imperio ruso. Y ver cómo responderían los trabajadores y los campesinos al nuevo poder; y todos los otros socialistas de izquierda que habían quedado fuera del Gobierno bolchevique.

A comienzos de noviembre, los bolcheviques tenían el control de las principales ciudades de la región industrial del centro, norte y este de Moscú, en los Urales, en las partes más cercanas del frente y entre los marinos de la flota del Báltico. Derrotados sus adversarios militares por el momento, asegurados los principales centros de poder, Lenin y los bolcheviques pudieron dedicarse a temas apremiantes: conseguir la paz, atender a las reformas radicales que había reclamado desde abajo el movimiento de los sóviets y reorganizar el poder, presionados por los socialrevolucionarios, para que ampliaran su Gobierno y convocaran la Asamblea Constituyente, algo que los anteriores Gobiernos provisionales habían aplazado una y otra vez hasta que finalizara la guerra.

Fragmento de ‘La venganza de los siervos’ (Crítica), de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que se publica esta semana.

‘La forma del agua’, un cuento de hadas para princesas sin voz y príncipes feos

31 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Virginie Despentes escribe en Teoría King Kong “desde la fealdad y para las feas, las viejas, las frígidas, las camioneras, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. Un mercado que ha nutrido a los cuentos de hadas desde el principio de los tiempos.

Lo que vienen a decir, en resumen, es que la mujer que no haya sido bendecida con los tres dones de la belleza, de la dulce voz y de hablar con los animales del bosque, no conseguirá un príncipe azul.

Guillermo del Toro ha creado un cuento para los marginados que no encajan en esa fantasía dictatorial. Un Frankenstein romántico que mezcla distintos clásicos del cine con fábulas literarias y cuyo resultado, aun sonando repetitivo, conmueve por su realismo mágico.  La forma del agua funciona por acumulación, y eso es algo que no se puede permitir cualquier director con elementos tan estereotipados como los de esta película.

Hay un malo muy malo; una chica rarita que resulta ser profundamente elocuente sin necesidad de hablar; una mujer negra que aúna en su trama todos los prejuicios de raza, clase y sexismo de los años sesenta; y un artista homosexual que ha perdido su trabajo por serlo. Por último, el galán anfibio, un plagio confeso del Monstruo de la Laguna Negra de 1954.

Nada de esto importa. Porque las múltiples y descaradas referencias de La forma del agua son en realidad un homenaje desinteresado al sexto y al séptimo arte. Del Toro no ha vendido su historia de amor como la más original, pero ha cuidado tanto los detalles que deja en el espectador un regusto de peculiaridad.

Elisa (Sally Hawkins) tiene por costumbre hervir tres huevos y masturbarse en la bañera cada noche antes de ir a trabajar. Por una extraña lesión en el cuello, es muda, lo que le proporciona una habilidad excepcional para escuchar a diario las quejas de su charlatana compañera Zelda (Octavia Spencer). Ambas son empleadas de la limpieza del turno de noche en un cetrino y monótono laboratorio científico de la Guerra Fría.

Todo cambiará para ellas cuando los científicos lleven al “activo más sensible que se ha alojado en la instalación”, un ser anfibio procedente del Amazonas y al que explotarán con crueldad para convertirlo en un arma de guerra contra los rusos. En ese momento ocurre justo lo que imaginamos: Elisa y el hombre pez se enamoran, pero al menos de una forma que subvierte las dinámicas románticas y algo casposas del cine. Es ella -por fin- la que corteja y rescata a su príncipe de una cápsula blindada de cristal.

La chica muda se siente ligada al monstruo por una fuerza magnética más intensa que la del flechazo peliculero de Hollywood: el rechazo de la sociedad. Ambos con dificultades para expresarse en un mundo que prefiere dar gritos antes que escuchar y que margina con saña al diferente, se enamoran más allá de las apariencias.

Frente al ruido y los golpes de los científicos, ella se acerca a la criatura través de la música de Glenn Miller, de la comida y de una versión muy básica de la lengua de signos. Pero no habría tensión sin drama y, como en toda buena fantasía, siempre hay un malo que se encarga de estallar las burbujas de corazones.

Michael Shannon y Sally Hawkins
Michael Shannon y Sally Hawkins

Moraleja poco panfletaria

Respecto al resto de secundarios, el personaje de Michael Shannon es sin duda el más caricaturizado y a su vez el más oportuno. El jefe de la operación anfibio es un tirano de manual, conservador, clasista, sin miedo a la muerte y machista hasta el tuétano. Tortura al anfibio hasta hacerle sangrar (aunque pierda algún dedo en el intento), se ríe de los negros de su laboratorio y encuentra una depravada atracción en la mudez de Elisa.

En definitiva, es el hombre blanco viril que se cree superior a todo lo que no sea un hombre blanco viril, y lo demuestra intimidando con insultos, acosando sexualmente o dando golpes a diestro y siniestro. Seguro que nos vienen a la mente varios símiles actuales.

Hay un par de escenas especialmente elocuentes en las que la mirada desquiciada de Shannon consigue infundir el miedo digno de una película para adultos y endurece el tono fabuloso del resto de la cinta. Pero lo cierto es que basta con rascar bajo  la preciosa fotografía de Dan Laustsen para encontrar otras moralejas útiles en los tiempos que corren.

Richard Jenkins como Giles junto al hombre anfibio
Richard Jenkins como Giles junto al hombre anfibio

A título personal, el personaje de Giles, interpretado por Richard Jenkins, es el que hila más fino. Este artista gráfico sexagenario y gay es mucho más que la figura del eterno castigado por su homosexualidad, pues también, en apenas unos fotogramas, habla del apoyo entre almas solitarias, del paso del tiempo, de la vanidad perdida, del deseo por alguien más joven y de la emoción por sentirse correspondido.

A modo de anciano de los huesos de cristal de Amèlie, Giles representa la complicada mezcla de bálsamo cómico y rol lacrimógeno. Junto al de Octavia Spencer, son los dos papeles que interpretan a Elisa para el espectador, que la protegen y la ayudan desde su posición marginal. Porque La forma del agua no es solo un canto al amor, sino también a la amistad y a la falta de egoísmo que paradójicamente poseen los que menos tienen.

Guillermo del Toro apela a estos sentimientos universales engatusando la retina y el oído (con la BSO de Alexandre Desplat) del espectador. Es un cuento comprometido pero nada panfletario, y eso, por otra parte, es lo que lo hace poco memorable. Queda en cada cual identificar si ese es su peor defecto o la mayor de sus virtudes.

A favor y en contra de Egon Schiele como un baluarte de la sexualidad femenina

24 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“Mi responsabilidad es defender la libertad del arte”, decía Egon Schiele (1890-1918). Lo que no imaginaba el joven pintor es que aquella loable intención seguiría estando amenazada cien años después de su muerte. El aprendiz de Gustav Klimt mostró una predilección por el erotismo desde sus primeras pinceladas, algo que partió en dos a la burguesía decimonónica europea.

Le amaban en secreto o le consideraban un depravado sexual. E incluso ambas. Pero parece que aquel pudor ante la representación artística de los genitales no entiende de siglos. Este año, el del centenario del siècle vienés, más conocido como Sezession, la capital austriaca se inundará de exposiciones con los desnudos de Egon Schiele a la cabeza. La campaña ha sido tan exitosa que varios países de Europa han accedido a publicitarla en sus ciudades. Varios, menos dos: Alemania y Reino Unido.

Ambos territorios se han negado a llenar sus muros y vallas con enormes imágenes de las piezas más sexuales del artista. Su argumento es que se tratan de “pinturas pornográficas” y que no consideran “ético mostrar genitales públicamente”. De todas formas, la oficina de Turismo de Viena se ha salido con la suya.

Los carteles de Egon Schiele ya cubren los andenes del metro de Londres o Berlín, eso sí, con una banda de la vergüenza en la que se lee: “Lo siento, tiene 100 años pero sigue siendo demasiado atrevido para hoy”, junto al hashtag #ToArtItsFreedom (para el arte, es libertad).

How do you feel about nude paintings in public spaces? What do you think? © WienTourismus/Christian Lendl

Con esta censura, la línea que separa  el rechazo ante la cosificación del cuerpo femenino y el puritanismo se desvanece. Algunos consideran la prohibición a Schiele como una metáfora de lo molesto que aún resulta en la actualidad el sexo de la mujer. Sin embargo, usar como baluarte feminista a un hombre que llegó a estar en la cárcel por escándalos sexuales puede tener sus riesgos, sobre todo cuando la historia y las biografías cumplen su labor.

Previo apretón de manos en contra de cualquier forma de censura, nos batimos en duelo otra vez para analizar la figura del artista dentro del contexto feminista.

A favor

Las obras de arte no deben ser censuradas. Si una pintura es polémica, lo que hay que hacer es explicarla, contextualizarla, para que su lectura en el presente y en el futuro no reproduzca estereotipos o ideas que puedan incitar al odio, al machismo o a la xenofobia. Vetar a Schiele es vetar la representación de los genitales femeninos, porque la realidad es que las vulvas siguen siendo incómodas para el grueso de la sociedad.

Es imposible defender de manera tajante que Schiele fuese un baluarte del feminismo. En todo caso lo fue del naturalismo, del cuerpo humano en su máxima expresión y de la libertad sexual. Prohibirlo a él o  al cuadro de unas ninfas desnudas (que en realidad era un experimento de una galería de Manchester para la instalación de otra artista) es de mojigatos. Aunque Schiele no representase el cuerpo de las mujeres como un acto reivindicativo, todo lo que sea acercarnos al mundo de las vulvas bienvenido sea.

Durante siglos, la mujeres han convivido con el pudor que les ha producido hablar de sus genitales, mirarlos o llegar a comprenderlos. Probablemente, Schiele no sea un teórico y no pintase para liberar a la mujer de ningún yugo, pero sí que pudo dar una gran primera lección a la sociedad oprimida de comienzos del XX: hay coños de diferentes formas, tamaños y colores.

El valor para las mujeres de la obra de Schiele tiene más que ver con un primer acercamiento de la pintura popular al coño que con una obra que se defina como feminista. Schiele no fue un ‘Despentes’ ni tampoco trató de serlo. Schiele se zafó del discurso dominante y pintó a mujeres abiertas de piernas. Postura inaguantable, para muchas y para muchos, entonces y ahora.

Schiele representa una realidad sin idealización ni dramatización. La mujer tiene genitales, tiene pelo y, agarrada a su libertad, se abre de piernas. Las vulvas de sus cuadros no son una oda a la fertilidad ni a la pureza. Schiele les grita a sus contemporáneos que a las mujeres también les gusta el placer. Aquí cabe mencionar que este autor también pinta con la misma crudeza penes colgantes.

Alemania y Reino Unido se han negado a festejar los cien años de fin del siglo vienés con cartelería de los desnudos de Schiele. Para esquivar esta forma de censura hacia el cuerpo de la mujer, los organizadores de este centenario han añadido un lema sobre las partes del cuerpo que molestan a las autoridades. Una jugada magistral contra la tiranía de la opresión y del ideal de belleza.

En contra

Nadie duda de la belleza y el rupturismo del arte de Egon Schiele. Su concepción de la sexualidad sin mojigaterías, con la mujer gozando de su cuerpo y sus genitales casi siempre a solas, demostró al público de manera explícita que el placer no era un coto privado masculino. Pero de igual forma que Schiele no seguía los tratados morales y éticos de la época en su pintura, tampoco lo hacía en su vida privada.

Su muy corta biografía no estuvo exenta de escándalos sexuales. Para empezar, la relación casi incestuosa que decían que mantuvo con su hermana pequeña Gerty Schiele. Aunque nadie demostró que aquella unión fuese más allá de lo espiritual, lo que de verdad menoscabó su imagen fue la acusación de pedofilia y perversión sexual por las que llegó a estar tres semanas en prisión preventiva y tres días en la cárcel.

Suele ser peliagudo tomar como baluarte de una causa feminista a un hombre que vivió hace un siglo y nunca se consideró como tal. Más aún si gustaba de invitar a menores a su casa para retratarlos en posturas controvertidas (aunque retirasen los cargos de rapto y abuso sexual a niños, siempre quedarán los dibujos) y fue famoso por manipular a las mujeres que posaban para él.

En cierta parte, hay empoderamiento femenino en su obra, sobre todo en cuadros explícitos e incómodos como Vista en un sueño (1911). Pero este admirador de Freud no pintaba a las mujeres así para liberar su nervio pudendo. Puede ser metafórico si se obvia el contexto, y eso, como demostraron las ninfas desnudas de Manchester, es poco recomendable.

La otra alternativa pasa por la apropiación. Pero, como decía Mary Beard, la gracia consiste en tomar el ejemplo de hombres que no lo hicieron con buena intención y convertirlo con nuestras propias manos en acciones feministas. Y eso ya está pasando. Artistas como Liv Strömquist y su cómic El fruto prohibido, festivales como  Coño’s Project y procesiones como la del “coño insumiso” están rompiendo el tabú sobre la vagina. Sobre su variedad, su simbolismo, su invisibilización, su placer y su libertad.

Ellas lo manifiestan junto a una intención política que debe ser nuestro verdadero baluarte.  También sufren censura y están siendo multadas hoy en día. Si ese es el rasgo principal de un estandarte de la sexualidad femenina, no necesitamos a un señor decimonónico para defenderla.

Fernando VII, el tirano que logró engañar al pueblo

22 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Déspota, cruel, tirano, oportunista y mentiroso son apenas algunos de los calificativos que se han aplicado a Fernando VII (El Escorial, 1784-Madrid, 1833) por parte de los historiadores que han estudiado ese periodo. Asimismo, el imaginario popular asocia la trayectoria de aquel Borbón con una de las épocas más sangrientas y conflictivas de nuestra historia reciente. Pero, a pesar de la trascendencia de su reinado, la figura del que fue llamado “el deseado” ha sido poco estudiada y mucho menos divulgada para el gran público que se ha quedado en los tópicos.

Ahora, la biografía del profesor Emilio La Parra ( Fernando VII, un rey deseado y detestado), que acaba de ganar el premio Comillas de la editorial Tusquets, viene a cubrir ese vacío. El jurado de este galardón, el más prestigioso en el género biográfico en nuestro país, reconoció el trabajo de La Parra durante una década de investigación, estudio y escritura de este libro que aparecerá en marzo en las librerías.

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, Emilio La Parra (Palomares, Cuenca, 1949) es un experto en la primera mitad del siglo XIX que ya publicó una biografía de referencia sobre Manuel Godoy. Tras subrayar, sin duda alguna, que Fernando VII puede ostentar el desgraciado título del peor rey de la Historia reciente de España (que ya es decir), el profesor explica las razones de la popularidad de aquel monarca a pesar de su carácter despótico y sus modos dictatoriales.

“Fernando VII”, argumenta, “fue incluso más que un rey absolutista en el sentido de que tuvo plena autoridad sobre sus súbditos, no observó ningún reparo en saltarse las leyes y vigiló hasta los más mínimos detalles de su acción de gobierno. A la hora de preguntarnos por los motivos de su ascendiente sobre el pueblo pese a su despotismo, habría que resaltar que fue un monarca muy hábil para beneficiarse siempre del odio hacia sus enemigos”.

El experto añade que “Fernando VII se rodeó de una camarilla de nobles y altos cargos que fueron muy astutos al presentar siempre al rey como la encarnación del bien frente al mal que representaban los otros. Al principio, se erigió en adversario de Godoy, un gobernante muy impopular; más tarde figuró como el monarca que se oponía a Napoleón cuando en realidad fue un oportunista y un juguete en manos del emperador francés; y en tercer lugar tras la victoria en la guerra de la Independencia (1808-1814), gracias en buena medida a la resistencia de las clases populares, Fernando VII se atribuyó los méritos del triunfo. En definitiva, podríamos afirmar, con términos de hoy, que Fernando VII y sus más fieles consejeros fueron unos pioneros del marketing político ya a comienzos del siglo XIX”.

Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López
Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López

Traidor a su padre, Carlos IV; represor sin piedad de los liberales después de haber simulado su apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812 con la ya famosa frase de “vayamos todos francamente y yo el primero por la senda constitucional”; y defensor a ultranza de los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, Fernando VII fue desenmascarado por la mayoría del pueblo a partir de 1823 cuando imploró el apoyo de un ejército extranjero (los llamados 100.00 hijos de San Luis) para restaurar el absolutismo en España. No obstante, pudo mantener buena parte de su autoridad y de su carisma debido a su astucia para atraerse a sus enemigos.

“Sabía el monarca”, comenta su biógrafo, “llevar a los interlocutores a su terreno y siempre elegía actuar cuando las circunstancias políticas le favorecían. Así pues, se mostraba miedoso y sumiso con los poderosos, véase su entrega rastrera a Napoleón; pero actuaba como un déspota con los débiles y con todos aquellos que cuestionaron los modos de su reinado”. Al mismo tiempo, aquel monarca poco agraciado físicamente, campechano hasta casi la ordinariez y amigo de lujos y placeres, se significó como un auténtico equilibrista político al aplicar una combinación de palo y zanahoria tanto hacia los liberales como hacia los ultraconservadores. Y todo ello con el único objetivo de mantener el poder a toda costa.

De su sagacidad sin escrúpulos brinda el catedrático La Parra un ejemplo muy ilustrativo al recordar la actitud de Fernando VII frente a los afrancesados que, como Goya o Moratín, fueron considerados traidores y antipatriotas por amplios sectores populares durante la guerra de la Independencia. “Resulta muy curioso observar”, declara el profesor, “que a partir de 1823 permite el regreso de algunos afrancesados que habían marchado al exilio en la primera gran oleada de desterrados políticos de nuestra historia. Fernando VII no ignoraba la capacidad técnica y la talla intelectual de muchos afrancesados y les ofreció segundos escalones de poder en la Administración”.

Como muestra de esa actitud de atraer a los enemigos, el rey financió la edición de las obras de Leandro Fernández de Moratín, uno de los líderes del sector afrancesado y uno de los mejores escritores de su época. Ahora bien, el poder de Fernando VII empezó a resquebrajarse en la denominada década ominosa (1823-1833) cuando su obsesión para que heredara el trono alguien de su sangre le llevó a promulgar la Pragmática Sanción, que permitía de nuevo que reinaran las mujeres, en este caso su hija Isabel, en perjuicio de Carlos, hermano del monarca. Esta controvertida decisión del rey en 1833 estuvo en el origen de la primera guerra carlista.

De cualquier manera, tanto Emilio La Parra como el resto de estudiosos de aquella primera mitad del XIX coinciden en señalar que el reinado del deseado-detestado Fernando VII puso en pie un Estado policial, generó una pérdida de capital humano por los sucesivos exilios de liberales, frenó el desarrollo económico e industrial del país y, en definitiva, retrasó el progreso de España.

En esa línea, esta obra de referencia, ganadora del premio Comillas, reivindica la biografía como una forma de aproximarse a la Historia, un género denigrado durante mucho tiempo en España por muchos especialistas, a diferencia de otros países europeos.

Por otro lado, el libro de La Parra sobre Fernando VII viene a sumarse a la biografía de Isabel II, escrita por la catedrática Isabel Burdiel, que obtuvo en 2011 el premio Nacional de Historia. Tanto uno como otra han defendido siempre la utilidad de la biografía para estudiar y divulgar la Historia. Una tendencia que comienza a imponerse en España frente al academicismo de tantos expertos encastillados en sus eruditas investigaciones. “La biografía de un personaje clave sirve magníficamente como hilo conductor para explicar una época”, concluye Emilio La Parra.

“El referéndum debilita la democracia”

16 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El autor conversa con el historiador Michael Ignatieff sobre el descrédito de la democracia. El canadiense, que durante un tiempo cambió la universidad por la política, sentencia: “El Estado es la solución, no el problema”.

Michael Ignatieff.
Michael Ignatieff. DANIEL VEGEL

Michael Ignatieff (Toronto, 1947), historiador, profesor universitario, intelectual comprometido, cosmopolita, que cambió durante un tiempo la universidad por la política, y volvió a la academia, es el nuevo Rector de la Central European University (CEU) de Budapest. La CEU es una institución académica de posgrado en inglés, de investigación y enseñanza avanzadas, cuyos rasgos distintivos, basados en las mejores tradiciones intelectuales de Norteamérica y Centroeuropa, son la diversidad internacional de sus estudiantes y profesores y el pensamiento crítico. Sus casi 1.500 estudiantes de máster y doctorado proceden de 110 países diferentes y hay profesores visitantes de 39 nacionalidades, entre los que me encuentro. Fundada por George Soros en 1991, es un modelo de educación internacional, de conocimiento en humanidades y ciencias sociales, y de compromiso con la construcción de sociedades libres y democráticas.

“Tras mi experiencia, hacer política y no solo pensar en ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía.”

Del enfoque interdisciplinario de la institución y su perspectiva global, sin olvidar las raíces nacionales, de la democracia, de la pasión por el conocimiento, de la crisis política y del compromiso de los intelectuales conversé con Ignatieff en su despacho en la mañana del pasado 24 de octubre.

PREGUNTA. Como historiadores, echamos la vista atrás y comprobamos que el consenso social democrático que funcionó en Europa durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial —y después de la caída del comunismo, del fin del apartheid, de las dictaduras en Latinoamérica…— se ha roto. Todas las certezas que teníamos a finales del siglo XX en torno al Estado benefactor, el empleo, el futuro sólido y estable para los jóvenes, han sido sustituidas por el miedo, el descontento y la indignación frente a los políticos, la crisis de valores democráticos básicos, el surgimiento de nuevos populismos. En Europa hay abundantes ejemplos de eso y parecen revivir algunos de los fragmentos más negros de su historia en el siglo XX.

Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla.
Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla. DANIEL VEGEL

RESPUESTA. Estamos confundidos y alarmados porque la narración o exposición de los hechos que funcionó hasta 1989 se ha ido quebrando en diferentes fases. Era la narración de Francis Fukuyama y el fin de la historia, de las transiciones a las democracias modélicas, de la cultura de un bienestar irreversible. Funcionó en Europa. España era el mejor ejemplo, pero también Portugal, Grecia y los países del centro y este de Europa que salían del comunismo. Había algo de ingenuo y simple en esa narración, que comenzó a romperse en Yugoslavia, cuando la democracia llegó en forma de guerra étnica. Además, la prosperidad de los noventa fue acompañada de profundas desigualdades. El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión y forzó otra narración, frente al islam. A partir de 2007, el miedo ya no se debía sólo al terrorismo, sino a la quiebra del sistema financiero, a la desconfianza frente a políticos corruptos que robaban y se burlaban de la gente. Y en los últimos años, después de los atentados terroristas en Europa Occidental, organizados y perpetrados desde dentro de las sociedades democráticas, el miedo al otro, al extraño, se ha hecho más profundo. Porque el fundamento del Estado democrático liberal era: “No os preo­cupéis; os protegemos”. Pero ya no protege, ni de los ataques desde fuera, ni de la quiebra del sistema desde dentro. Es una crisis del Estado, de las élites y de la narración que los sostenía.

P. La crítica a la política y a los políticos está clara, pero la desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar explicaciones o nuevas narraciones para los políticos y la sociedad. Max Weber pensaba que ciertas profesiones no eran aptas para dar el salto desde ellas a la política, aprender de la política haciéndola y no pensándola, y una de ellas era la de profesor de universidad. La historia, desde Maquiavelo hasta el presente, aporta excelentes ejemplos de pensadores y profesores universitarios que intentaron hacer carrera política y fracasaron. Tú eras profesor universitario, intelectual, y decidiste lanzarte a la política, pasar desde Harvard primero al liderazgo en el Partido Liberal de Canadá y competir después por la presidencia del país. Saliste derrotado y escribiste una sincera y admirable narración sobre esa experiencia traumática: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics (2013), que fue editado al año siguiente en español (en Taurus) y muchos lectores conocen. ¿Cómo ves ahora, tras volver a la universidad, más allá de esa reflexión sobre el fracaso ya escrita, la relación entre el intelectual y la política?

“La desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar nuevas narraciones para la sociedad.”

R. Es un lugar común entre los intelectuales despreciar a los políticos: no tienen ideas, no piensan, son corruptos… El problema es que los intelectuales nos interesamos mucho por las ideas, seguimos ideas, y un buen político se preocupa del poder (el “fuego” del poder). Es verdad que la función de los intelectuales es producir narraciones que expliquen los hechos, guiar a la sociedad para escoger las opciones y alternativas apropiadas. Pero algunos políticos tienen un increíble talento para hacer eso, son brillantes narradores. Barack Obama es un buen ejemplo. Tras mi experiencia, hacer política y no sólo pensar sobre ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía. Uno puede, como pensador, tener una idea maravillosa, pero el político de una pequeña comunidad o provincia le recuerda que eso no va a funcionar allí. Algunos políticos poseen una destreza para el oficio que yo nunca tuve. Tienen oído, olfato, la capacidad para decirte: tú te crees un gran intelectual, pero en Cádiz, en Sevilla, en el País Vasco eso no va a resultar bien. La democracia no puede funcionar sin esa clase de conocimiento, de juicio político, y los intelectuales no suelen respetarlo. Puede ser que Angela Merkel no sea una gran pensadora, pero acumula más conocimiento de Alemania en uno de sus dedos pequeños que todos lo intelectuales en sus dos manos. Tenemos que respetar eso. Es verdad que muchos son corruptos, ladrones, no tienen ninguna sensibilidad hacia la gente que sufre. Pero a los buenos hay que decirles: gracias.

P. Pero en un momento en el que una parte de la sociedad ha perdido la fe en la vieja política y en sus representantes, el discurso de fortalecer las instituciones democráticas, apelar al sentido de responsabilidad, a nuevas formas de hacer política, con nuevas virtudes, es muy difícil de transmitir. El sistema, dicen, está podrido, la democracia burguesa no es la auténtica democracia. Donald Trump ha basado una buena parte de su campaña en hacer creer a la gente que el sistema político estadounidense está amañado, es fraudulento, algo que siembre un montón de dudas e incertidumbres y que puede tener consecuencias notables, tanto si gana las elecciones como si las pierde. Siguiendo con tu argumento, ¿cómo explicas todo eso a los jóvenes, muchos de ellos representados por quienes acuden a estudiar, desde muy diferentes lugares del mundo, a la Central European University?

“La gente volvería a confiar en el Estado si este cuidara de ellos y no fuera patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal.”

R. Tenemos que ser críticos con los políticos, pero no proyectar toda la sombra de la duda sobre la democracia representativa. Existe una clara polarización en la política, en polos, izquierda y derecha, que parecen irreconciliables, pero esa polarización es parlamentaria, democrática, no se manifiesta en una violencia armada, paramilitar, fuera del Parlamento, como en los años veinte y treinta del siglo pasado. Yo soy un liberal socialdemócrata que cree que el Estado es la solución y no el problema, que puede y debe proteger a los ciudadanos. La gente volvería a confiar si el Estado cuidara de ellos y no fuera el patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal democrático, y los populismos, de derecha o izquierda, no lo son. Soy un enérgico defensor de la democracia representativa y me opongo a los referendos. Se elige a los políticos y se les da la oportunidad de que tomen las decisiones en el Parlamento. No se puede dejar el futuro de un país en manos de un referéndum. El referéndum debilita la democracia. La gente no está harta de elegir a políticos/élites, sino a políticos irresponsables, que roban. El horizonte de la democracia está ahí, ahora, no en un supuesto futuro radiante al que hay que llegar. No hay un mañana radiante, sin democracia, y sin una constante lucha por ser más justos, generosos, solidarios. No vamos a alcanzar nunca Jerusalén, la ciudad celestial.

La conversación acaba con una idea que compartimos sobre la función de la universidad: llevar la razón, los argumentos, la ciencia y el conocimiento a los asuntos cotidianos de la vida democrática. Eso es lo que nos mueve a enseñar, investigar, viajar, comprometernos frente a las mentiras, la propaganda y la manipulación, el constante desprecio del conocimiento. En palabras de Ignatieff en el discurso de toma de posesión como rector, “si nos preocupamos del conocimiento, si de verdad estamos interesados en separar el grano del conocimiento de la paja de la ideología, del partidismo (…) estaremos cumpliendo con la parte que le corresponde a la universidad de llevar el orden de la razón a nuestras vidas”.

Julián Casanova es historiador.

El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.