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Demasiado pasado

20 abril, 2013

Josep Ramoneda 24 FEB 2013 – 00:00

En hora y media de discurso del estado de la nación, el presidente Rajoy no pronunció ni una sola vez las palabras justicia y desahucio. El paro, las desigualdades y la vivienda son los tres principales problemas sociales de este país. La combinación del paro con el endeudamiento hipotecario es explosiva, conduce directamente a la exclusión y a la marginación social. Las desigualdades están abriendo un agujero en la sociedad que diluye cualquier idea de comunidad o proyecto compartido: cada uno a lo suyo y sálvese quien pueda. Estamos hablando de cuestiones que afectan dramáticamente a la vida de las personas y que alejan cualquier idea de justicia y equidad, que son las bases de una sociedad civilizada y democrática. Y, sin embargo, no forman parte del vocabulario de Rajoy. El derecho a la vivienda digna, que figura en la Constitución, es papel mojado. Los desahucios han provocado la mayor movilización social desde que empezó la crisis. El presidente despacha la cuestión con una frase de rechazo rotundo de la dación en pago.

Mariano Rajoy hizo el debate del estado de la nación con un solo objetivo: levantar la moral de su tropa. La tropa partidaria tiene diferentes niveles. El primer círculo son los cuadros y la militancia; a ellos, desorientados por el caso Bárcenas, iba dirigido el grueso del discurso: estoy aquí para cuatro años y no pienso dejarlo. El segundo círculo es el de los electores fieles, los que todavía no han sentido la llamada de la fuga, entre otras cosas porque no saben adónde largarse. El uso verbal del pasado que hizo el presidente, como si lo peor hubiese quedado atrás, en flagrante contradicción con los seis millones de parados a los que se refirió en sus primeras palabras, tenía como objetivo despertar algún recodo de esperanza en ellos. De ahí, también, la referencia a los tiempos dorados del PP. Del tercer círculo, los que frustrados por el incumplimiento de las promesas expresan su irritación en las encuestas, ni se preocupó. Si las cosas mejoran, ya volverán. El resto de la ciudadanía ni siquiera entraba en su campo de visión. Un campo condicionado por el retrovisor: Rajoy funda su legitimidad en la arcadia pepera de 2000 y en la desastrosa herencia de Zapatero. Demasiado pasado.

El presidente busca aliento mirando hacia atrás porque su futuro depende de lo que Bárcenas sepa y de lo que esté dispuesto a enseñar. Si un día se demuestra, por ejemplo, que el presidente cobró sobresueldos del partido bajo mano, tendrá que irse a casa. Uno de los síntomas que avisan de la pérdida del sentido de la realidad de los políticos es que disfrutan como niños con sus propias ocurrencias. Rajoy se regodea en el juego de no mencionar el nombre del extesorero. En el fondo, es un reconocimiento de impotencia ante una sombra que le persigue y le perseguirá mientras no se clarifiquen los hechos. Su promesa de cumplir la legislatura depende simple y llanamente de un chantaje. Y, dado que el futuro de la Corona depende de otro chantaje, no se puede negar que la estabilidad institucional del país es precaria. Pero Rajoy puede exhibir firmeza porque el principal partido de la oposición también está atrapado por el pasado: demasiadas batallas sobre las espaldas de Pérez Rubalcaba. Si Rajoy no tiene credibilidad contra la corrupción por el chantaje al que está sometido, el líder socialista, con una larga historia al servicio del régimen actual, no la tiene como motor del cambio que el país necesita.

PP y PSOE tienen un interés común: la defensa del régimen bipartidista que han protagonizado estos años y que ahora está dando señales de estar gripado. Por eso el debate del estado de la nación ha sonado a antiguo y alejado de la realidad. La ciudadanía espera que las cosas se muevan, y la política les ofrece un debate de los de siempre. Rajoy, en caída libre en los sondeos, utiliza a Merkel y a las instituciones europeas, y no a los ciudadanos, para validar sus políticas (la democracia al revés), y Rubalcaba, todavía en mayor debilidad, teme verse desbordado por su izquierda. Todo ello con el ya conocido desdén de un presidente que es un excelente orador parlamentario, pero incapaz de transmitir empatía con los ciudadanos. Tres meses después de las elecciones catalanas no se ha dignado todavía hacer una propuesta política a Cataluña. El desprecio con que respondió a un manso Duran Lleida (“no nieguen a los catalanes el derecho a ser españoles y europeos”, dijo Rajoy) fue elocuente. El país cambia, el régimen permanece.

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