Posts Tagged ‘deportes’

Ser el mejor sin ser el mejor

20 enero, 2017

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

El jugador Pablo Amo, siempre defensa central, lidera una escuela de fútbol y valores en Australia

ADOLFO GARCÍA ORTEGA | 2 FEB 2016 – 00:00 CET

Decía Bernard Thévenet, dos veces ganador del Tour, que el mejor ciclista no era quien ganaba en París de amarillo, sino cualquiera que acabara el Tour, y que “el farolillo rojo” es tan grande como los tres que ocupan el podio. En cierta ocasión, a Ayrton Senna –un Leonardo del deporte, un Rimbaud de la velocidad, un dios trágico– le preguntaron quién era el corredor de coches contra el que había competido mejor en su vida y, después de pensarlo unos segundos, dijo: “Fullerton, un chaval de cuando corríamos en kart. Era el más completo que he visto nunca”. Ser el Número Uno, meta legítima de excelencia de cualquier deporte, no significa en absoluto ser el mejor de ese deporte. Lo importante es dar rienda suelta a una pasión y dominar la técnica que te hace ser dueño de esa pasión. Desde esta perspectiva, uno puede ser de los mejores de un deporte y no ganar nunca ningún título, no ser ningún number one de nada. Pero sí ser, en cambio, un maestro. Pablo Amo es uno de ellos.

Amo ha sido siempre defensa central, que es como decir un bloque, un cerrojo, un valedor de la jugada, un seguro. Y un riesgo. El concepto de riesgo se empareja al todo o nada, a la valentía, a la decisión. Al fracaso también, la cara b de lo humano. “Los futbolistas somos un estado de ánimo”, dice Pablo Amo desde Sídney, donde vive ahora, después de un largo periplo viajero de profesionalidad, conocimiento y experiencias, como en el poema Ítaca, de Cavafis. Y en Sídney, junto con otro socio, Pedro García Díaz, enseña que lo más importante es ser el mejor sin ser el mejor.

Amo ha llegado a ser un maestro en fútbol porque lo es en vida, y eso lo dan los viajes. Y las estancias. “El fútbol me ha dado todo, pero lo que más, conocer gente”, dice. Amo ha pasado por el Sporting de Gijón, por el Huelva, por el Valladolid, pero sobre todo por el Deportivo de La Coruña, donde de la mano del entrenador Miguel Ángel Lotina fue un jugador importante. “Fue una temporada muy intensa en la que acabamos a pocos puntos de Europa después de acabar últimos en la primera vuelta. La Coruña es mi ciudad y mi equipo ideal”. Luego el Zaragoza, donde las lesiones lo frenaron.

Tuvo maestros, pero del que más aprendió fue de Marcelino García, (en el decir de muchos, el mejor técnico español actual). Estuvo en Grecia, donde fue feliz, y en Chipre, donde conoció la parte oscura y amarga del fútbol, las mafias, los sobornos… De todo aprendió y de lo malo salió corriendo, admirando la honestidad de tantos jugadores que hay por el mundo, con sus familias y sus bajos sueldos, que son, en sí mismos, los mejores, los mercenarios de un deporte que no tiene fronteras. “En mis viajes siempre encontré niños pegando patadas a un balón, el fútbol es un lenguaje universal que une a la gente porque el compañerismo, el trabajo en equipo, el respeto al compañero, a los contrarios y al árbitro son universales, y aporta la vitamina de la autoestima”.

Luego llegó China, en un proyecto de colaboración fascinante entre SOXNA-Fundación Real Madrid y Guangzhou Evergrande. “Allí lloré de emoción al ver que mi equipo de niños de 10 años se abrazaban a mí al ganar un torneo”. Tras rechazar una propuesta para entrenar en Singapur, se enamoró del entorno multicultural y de naturaleza de Sídney. Allí, con García Díaz, decidió abrir su escuela de fútbol y de valores. “Atendemos a las necesidades y ansiedades de los chicos y chicas de entre 10 y 18 años. Ofrecemos un asesoramiento profesional y honesto. Montamos ciclos y conferencias de fútbol, llevando allí también a los grandes de Europa para que den lecciones magistrales. Enseñamos que ser el mejor no está escrito por los demás, sino por ti mismo”. Desde luego, con Pablo Amo se aprende.

Anuncios

Apología del boxeo

28 agosto, 2016

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

ALI 3

En The wire, la excelente serie David Simon y Ed Burns, un ex convicto que había trabajado como matón de una poderosa banda de traficantes de drogas, decide cambiar de vida al salir de la cárcel. Interpretado por Chad L. Coleman, Dennis “Cutty” Wise abre un modesto gimnasio de boxeo para atraer a los jóvenes que bordean la delincuencia y experimentan la tentación de integrarse en una banda para ganar dinero rápido y fácil. Al principio, los chavales no le toman en serio y creen que subir a un ring consiste en atizar hostias hasta machacar al adversario. Pronto descubren que el boxeo exige técnica, disciplina, autocontrol, coraje, resistencia y respeto hacia el contrincante. Los chicos incapaces de asimilar esa lección vuelven a las calles, a veces convirtiéndose en yonquis o en soldados de los narcotraficantes. Los que se quedan, mejoran su autoestima y se mantienen dentro de la ley, incorporando a sus vidas la lección básica del boxeo: no hay que odiar al rival y la victoria es tan importante como saber encajar los golpes. El pintor Eduardo Arroyo afirma que “el boxeador acepta el castigo, sabe cómo hacerlo. Y nadie acepta un castigo desde que dejamos la infancia. El boxeador que pierde, abraza al rival. Nunca he visto un mundo tan desprovisto de violencia como el boxeo”. Para Eduardo Arroyo el boxeo es “épica, poesía”, un “deporte antiguo”, “un cuadro iluminado donde ocurre todo”.

Julio Cortázar, apasionado del boxeo desde su juventud, acudía al Luna Park, el famoso estadio cubierto de Buenos Aires, con un libro bajo el brazo, pues entendía que la pelea entre los púgiles era “un fenómeno estético”. Nunca advirtió crueldad y violencia, sino “honestidad y nobleza”. “Son dos destinos que juegan el uno contra el otro”. Arroyo y Cortázar coinciden en su admiración por Sugar Ray Robinson: elegante, ágil, rápido, versátil, hábil con las dos manos y capaz de propinar cualquier clase de golpe con una técnica impecable. Muhammad Ali, que se autodenominaba “The Greatest” (El más grande), afirmaba que Robinson era el mejor boxeador de todos los tiempos y reconocía que sus combates le habían enseñado a moverse en el ring. Ali trascendió el mundo del boxeo. Al margen de su brillante carrera deportiva, su negativa a luchar en la guerra de Vietnam (“ningún Viet Cong me ha llamado nigger”) y su reivindicación del orgullo afroamericano le transformaron en un símbolo de la lucha contra la segregación racial. Al convertirse al Islam y adentrarse en el sufismo, cambió de nombre y declaró: “Ya no soy más Cassius Clay, aquel negro de Kentucky. Pertenezco al mundo, al mundo de la raza negra. Siempre tendré un hogar en Pakistán, Argelia o Etiopía. Eso tiene más valor que el dinero”.

TeofiloStevenson

El boxeador cubano Teófilo Stevenson, triple campeón olímpico, despierta las mismas simpatías que Ali. De hecho, su parecido físico es asombroso. Ambos eran altos, bailaban sobre la lona y poseían una pegada demoledora. Los dos eran carismáticos y no tenían miedo a manifestar sus ideas. Por diferentes motivos, nunca llegaron a combatir. La Revolución cubana no prohibió el boxeo, pero sí la profesionalización de los deportes, lo cual mantuvo a Stevenson en la condición de amateur. Aunque le ofrecieron grandes cantidades de dinero para abandonar la isla y convertirse en profesional, Stevenson rehusó: “Prefiero el cariño de ocho millones de cubanos. Y no cambiaría mi pedazo de Cuba por todo el dinero que me puedan ofrecer”. El compromiso de Teófilo Stevenson con la Revolución cubana suscitó que la revista norteamericana Sports Illustrated le dedicará su portada y escogiera como título: “Antes Rojo Que Rico”, pronosticando que más tarde o más temprano abandonaría la isla. Sin embargo, no lo hizo, tal vez porque la ética del boxeo le enseñó a no tirar la toalla y a luchar hasta el final. “En realidad yo nunca perdí –afirmó Teófilo, comentando los combates que se resolvieron a favor de su contrincante-, porque de las derrotas se sacan experiencias, y cuando se sacan experiencias, se gana”.
Ali tampoco se rindió cuando el Parkinson comenzó a ensañarse con él: “Lo importante de mi vida es lograr la paz. Dios me dio esta enfermedad para demostrarme que soy un hombre frágil como cualquiera”. Roberto Bolaño escribió: “Hay momentos para recitar poesías y momentos para boxear”. Los que se han subido a un cuadrilátero y han bailado entre sus dieciséis cuerdas, saben que el boxeo está a medio camino entre lo lírico y lo épico. Es un deporte maldito, que discurre por los márgenes de la sociedad, pero algunos aún apreciamos en él esa voluntad de grandeza y superación que inspiró a los héroes clásicos, acostumbrados a medirse con el dolor, el miedo y la fatalidad.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Negra Tinta (15-03-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

El futbolista y el cura

22 abril, 2016

Fuente: http://www.elpais.com

Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland
Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland Ian MacNicol Getty Images

Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra” —John Donne

Un club de fútbol ficha como entrenador a un personaje repelente. Su manera de entender el mundo atenta contra los antiguos valores del club. Pero es un ganador y el club está desesperado por ganar. A cambio de victorias, o de la promesa de victorias, vende su alma al diablo. Decide que el éxito en el campo vale más que el honor, que ganar partidos justifica el sacrificio del señorío.

Hablamos, por supuesto, del Sunderland, equipo leyenda del noreste de Inglaterra, club triunfador a finales del siglo XIX y principios del XX. Hablamos de su decisión, anunciada hace una semana, de contratar a Paolo di Canio como entrenador. Di Canio, un ex jugador italiano, se ha definido durante años como fascista, en el sentido estricto de la palabra: no ha disimulado su admiración por Benito Mussolini. No solo lleva un tatuaje en el brazo con la palabra Dux, sobrenombre latino por el que al dictador italiano le gustaba que le conocieran, sino que él mismo lo confesó en 2005. “Soy fascista,” dijo. Aunque rápidamente, y curiosamente, agregó: “pero no soy racista”.

La distinción no convenció a David Milliband, un excanciller laborista británico, que dimitió como vicepresidente del Sunderland nada más conocerse el nombramiento del italiano. El resto de la directiva del club careció de la misma claridad moral. El terror, muy real esta temporada, de descender a la Segunda División inglesa y la convicción de que Di Canio era el hombre indicado para evitar la catástrofe les nubló el pensamiento. Los que nombraron a un fascista como entrenador eran los mismos que unas semanas antes habían tomado la decisión de crear una alianza formal entre el club y la Fundación Nelson Mandela.

Tras recibir la carta de un decano, Di Canio asegura que rechaza el fascismo. ¿Lo dijo de corazón?)

Mandela fue el antiHitler del siglo XX, el líder cuya grandeza consistió en unir a un pueblo dividido, no en fomentar el odio y en masacrar a sus enemigos. Lo que hizo el Sunderland fue optar por agitar dos banderas, con una mano la de Mandela; con la otra, la de Mussolini, el amigo de Hitler. Los dos tiranos, creadores del original “eje del mal”, fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial. Mussolini fue cómplice del exterminio de seis millones de judíos.

Pero en una rueda de prensa el martes Di Canio se negó, con indisimulada irritación, a contestar preguntas sobre sus creencias políticas. El día siguiente un cura entró en la contienda. El decano de la catedral de Durham escribió una carta a Di Canio. Le dijo que siempre había sido un ‘supporter’ del Sunderland; le dijo que su madre había sido judía y había tenido parientes que murieron en los campos de concentración nazis; le explicó lo de la complicidad genocida de Mussolini con Hitler y lo inexplicable que era declararse fascista y no racista; le dijo que no quería que “tendencias tóxicas de extrema derecha” contagiaran a la juventud de su comunidad; le dijo que si no renunciaba públicamente al fascismo se le iba a poner muy difícil a él –el cura- mantenerse leal al club de su vida.

Y escribió una cosa más. Que el fútbol no era un isla, un fenómeno apartado del mundo. “La política y los deportes de alto perfil pertenecen, como la religión, a la totalidad de la vida”. Ahí estuvo la esencia del mensaje del decano de Durham, la gran verdad que Di Canio y los señores que lo contrataron habían querido negar.

Di Canio recapacitó. Las palabras del religioso tuvieron el impacto deseado y el italiano respondió, al final, como Dios manda. Renunció a sus antiguas herejías. En una declaración oficial dijo: “No soy político. No estoy afiliado a ninguna organización, no soy racista y no apoyo la ideología del fascismo. Respeto a todo el mundo”.

¿Lo dijo de corazón? Eso solo él lo sabe. Pero uno tiende a sospechar que el flirteo de Di Canio con el fascismo fue, en realidad, una chiquillada, la pose de machito de un adolescente de 44 años que no entendía lo que decía o pensaba. Lo importante es que, al menos mientras Di Canio siga en Inglaterra, no hay marcha atrás. El ambiente que rodea al fútbol se ha vuelto menos tóxico. Eso no pasa todos los días y representa una pequeña victoria, digna de celebrar.

Lo único que queda por ver ahora es si se borra ese estúpido tatuaje del brazo.

Juego limpio

31 diciembre, 2015

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

No soy un gran aficionado a los deportes, pero no me han pasado desapercibidos dos acontecimientos que muestran las dos caras de la alta competición. Me refiero al incidente entre Marc Márquez y Valentino Rossi en el Circuito Internacional de Sepang, y al gesto de Sonny Bill Williams, jugador neozelandés de rugby de los All Blacks, con un niño de catorce años. Márquez y Rossi se disputaban la tercera plaza en una carrera decisiva. Márquez tal vez pecó de agresividad, pero eso no justifica que Rossi le propinara una patada para quitárselo de encima. Se ha escrito mucho sobre el incidente y quizás no es posible formular una versión definitiva. Sin embargo, los datos de telemetría indican que la palanca de freno de Márquez sufrió un impacto, lo cual provocó que se bloqueara la rueda delantera y se produjera una caída. Cualquiera puede apreciar que Rossi abrió su trayectoria hasta casi detenerse en una curva, aguardando al español con una mirada intimidatoria y forzándole casi a abandonar la pista, poco antes de que su pierna se levantara del estribo, intencionada o instintivamente. Si lo que pasó durante la carrera fue lamentable, lo que ha sucedido después ha resultado particularmente bochornoso. Rossi insultó a Márquez, sus hinchas llegaron a pedir que en la próxima carrera le rompiera la tibia y el peroné, dos periodistas se colaron en la casa del piloto español e intentaron humillare, desencadenando un altercado. ¿Quién ha salido perdiendo? Indudablemente, el deporte. No es un espectáculo edificante para los más jóvenes, que casi siempre buscan a sus ídolos entre los deportistas de elite.

Afortunadamente, el neozelandés Sonny Bill Williams, con sus tatuajes de tipo duro y sus músculos de ex boxeador invicto, ha dado una lección de ternura y humanidad. Un adolescente se lanzó al campo para agasajar a su ídolo. Los miembros del equipo de seguridad le arrojaron al suelo sin contemplaciones, pero Sonny intervino y pidió que le dejaran en paz. Abrazándole, le llevó hasta sus padres y le regaló su medalla de campeón del mundo. No está de más decir que el rugby siempre ha fomentado el respeto hacia el adversario. A pesar del contacto físico, los jugadores no se odian. El famoso Haka, el himno guerrero de los maoríes que entonan los All Blacks antes de cada encuentro, no es un desafío, sino una plegaria por los vencidos, semejante a la de algunas tribus cazadoras que piden perdón al animal abatido. La patada de Rossi me ha recordado el cabezazo de Zidane. Algunos dirán que la comparación es excesiva, pero no hay que olvidar el riesgo de una caída cuando circulas a más de doscientos kilómetros por hora. Las trágicas muertes de Tomizawa y Simoncelli en fechas recientes nos recuerdan que el motociclismo es un deporte de alto riesgo. Sé que los circuitos están preparados para minimizar los daños, pero los que conducimos motos y hemos sufrido alguna caída a velocidades infinitamente menores, no ignoramos lo que significa volar o rodar por el suelo, sin saber cómo acabará la trayectoria. La sensación de vulnerabilidad es tremenda. Es evidente que un piloto profesional está mentalizado para enfrentarse a esta clase de situaciones, pero nunca deberían producirse por culpa de un gesto antideportivo. Me produce indignación que algunos justifiquen a Rossi, alegando que Márquez le estaba tocando las narices. De acuerdo con este argumento, lo mejor es propinar un puñetazo al rival, cuando éste intenta romper tu concentración con artimañas inapropiadas.

El deporte a veces produce tristeza, pero en otras ocasiones nos muestra la grandeza del ser humano. El 29 de julio de 1973, se disputó en el Gran Premio de Fórmula 1 de los Países Bajos. En la curva más rápida del circuito, el piloto británico Roger Williamson sufrió un aparatoso incidente. Se reventó uno de los neumáticos y el coche volcó, deslizándose en llamas por el asfalto durante casi trescientos metros. Sólo el piloto David Purley detuvo su monoplaza en el arcén y cruzó la pista, intentando salvar a Roger, que no había sufrido graves lesiones. Purley pidió ayuda a los comisarios para darle la vuelta al coche, pero no llevaban ropa ignífuga y no se atrevieron a acercarse. Williamson murió abrasado. Purley había rociado el coche con un extintor, pero el incendió se había reavivado tras unos segundos. Incomprensiblemente, la carrera no se interrumpió. Al comprobar que no podía hacer nada más, Purley se sentó en el suelo y lloró con el casco en la mano. Su acción le reportó medallas y reconocimientos. Doce años más tarde, murió en un accidente de aviación, pilotando un pequeño aparato. Se le recuerda como a un gran héroe de la Fórmula 1. David Purley y Sonny Bill Williams son el mejor rostro del deporte. Los títulos tienen un valor relativo. Las victorias verdaderamente importantes se producen en el terreno moral. Desde mi punto de vista, lo que hace inolvidable a Roald Amundsen no es la conquista del Polo Sur, sino su muerte mientras intentaba rescatar a bordo de un hidroavión al ingeniero Umberto Nobile, que se había extraviado durante una expedición al Polo Norte. En el deporte, las gestas más memorables no son las que marcan un nuevo récord, sino las que sirven como ejemplo de superación y coraje, revelando que el ser humano puede luchar contra cualquier límite. Sin juego limpio, el deporte sólo es un negocio, no una inspiración.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Imparcial (07-11-2015). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

Mundial mortal

16 diciembre, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

Nadie se escandaliza por las condiciones de trabajo de los obreros que construyen los estadios de Qatar 2022

Casi 1,5 millones de inmigrantes trabajan a destajo construyendo estadios para el Mundial de Qatar 2022. / MAYA ALLERUZZO (ASSOCIATED PRESS)

Janak sabía que no lo lograría: en su pueblo, cerca de Katmandú, jamás podría reunir esos 1.500 euros. Así que se endeudó, pero valía la pena: a cambio, la agencia –la más barata que encontró– lo llevaría a trabajar a un país lejano que llamaban Qatar. El sacrificio, le habían dicho, sería su salvación: tendría un buen empleo y ganaría mucho más que lo que nunca en Nepal y podría mandar dinero a casa y hacerse una casa y, con el tiempo, volver y poner una tienda y vivir tranquilo por los años de los años. Su familia lo necesitaba, y él era capaz.

Solo que, al llegar, Janak se encontró con que su historia sería muy diferente: trabajaría 60 o 70 horas por semana en grandes construcciones al rayo del desierto y su sueldo no llegaría a los 250 euros por mes y se le iría entre la subsistencia y el pago de la deuda. Tampoco podría buscar otros empleos: la agencia le había retenido el pasaporte y sólo se lo devolvería –le dijeron– cuando acabara de pagarles. Mientras tanto, debía hacer lo que ellos le ordenaran, según ordena la regla árabe del kafala. Y el calor y las condiciones tan precarias y el desespero y el amontonamiento cada noche y la comida triste y esos capataces que no te dejaban tomar agua y, sobre todo, los accidentes repetidos: varios de los compañeros de Janak los habían sufrido, heridos, inválidos y un muerto. Janak, además de todo, tenía miedo.

En estos días la FIFA ha sido escándalo mundial por los sobornos a sus dirigentes. Parte de ese dinero parece venir de fuentes qataríes, que así se compraron el derecho a organizar el Mundial más caliente; nadie se escandaliza, mientras tanto, por las condiciones de trabajo de los obreros que construyen sus estadios.

Son casi todos inmigrantes; en Qatar, cuyos dos millones de ciudadanos tienen el mayor producto interior bruto per cápita del mundo –unos 90.000 euros al año–, los trabajos duros quedan para los forasteros. Son un millón y medio, mayoría de indios, nepalíes, malasios, filipinos, que trabajan sin ninguna garantía. “Si las vacas para las hamburguesas de McDonald’s vivieran en estas condiciones, ustedes no comprarían más big macs”, dijo hace unas semanas Damian Collins, diputado conservador inglés que viajó a conocerlas. Como no son ganado no parecen importarnos tanto.

Aunque, además, se mueren mucho. La International Trade Union Confederation (ITUC) denunció que, al ritmo actual, más de 4.000 trabajadores morirían antes de la patada inaugural del Mundial de Qatar. En los cuatro años que llevan construyendo su infraestructura, ya han muerto más de 1.200; son cinco por semana, uno por cada día laborable –se podría decir, si no fuera porque sus semanas suelen tener siete.

Y no es que estas grandes obras sean siempre así: en las seis últimas grandes citas –mundiales, juegos olímpicos de invierno y de verano– murieron en accidentes laborales 80 trabajadores. Es que, en Qatar, no hay nada más barato que un trabajador extranjero: son perfectos para usar y tirar. Como usarán y tirarán, seguramente, los nueve estadios nuevos que están construyendo para el torneo, por unos 3.500 millones de euros –en un país que tiene, si acaso, público para uno o dos.

La ITUC hizo una cuenta: si en el Mundial de 2022 quisieran hacer –¿quién podría quererlo?– un minuto de silencio por cada trabajador muerto, habría que hacer una hora de silencio antes de cada partido. Sería una experiencia fascinante: horas vacías frente al televisor. El mundo se volvería zen, soñaríamos, nos desesperaríamos, pensaríamos en cosas: cómo terminar con el trabajo esclavo, por ejemplo.

Palacios voladores

10 diciembre, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

El fichaje de Guardiola tiene un valor estratégico. Crece la sospecha de que la Bundesliga alemana reúne lo mejor de la Liga inglesa y la española: buen fútbol y estadios llenos.

Golpe duro a la autoestima, por no decir soberbia, de la Premier League que Pep Guardiola haya optado por Alemania. El entrenador más codiciado no se dejó seducir por las millonadas o por la enorme fascinación que genera la Liga inglesa en el mundo. Prefirió irse a una Liga económicamente sólida, inmune a los caprichos de magnates que se compran clubes de fútbol como si fueran yates de lujo o aviones convertidos en palacios voladores, y a un club, el Bayern Múnich, con una tradición y una identidad muy definidas.

Una vez superado el estupor (“¿cómo es posible que un profesional del fútbol rechace una oferta salarial que duplica la que ha aceptado?”), los ingleses deberían aprovechar la oportunidad para reflexionar sobre el rumbo que ha tomado su fútbol y preguntarse qué hacer para modificarlo. La Premier ingresa 10 veces más dinero en derechos internacionales de televisión que la Bundesliga y más del triple que la Liga española, pero esto no puede durar indefinidamente. O, si durase, la lamentable conclusión tendría que ser que el gran público futbolero es más inculto de lo que uno pensaba. Pagan más por fish and chipsque por caviar.

“Los tontos que se ríen en la tierra llorarán en el infierno”.

Dr. Faustus, del dramaturgo inglés Christopher Marlowe.

Cuando uno pone el televisor para ver un Manchester United-Manchester City o un Chelsea-Arsenal lo hace con un alto grado de expectación. Partidazo a la vista. Pasados 15 minutos lo habitual es preguntarse si sería mejor cambiar a un canal de cine o, incluso, leer un libro. Ni hablar, claro, de un Stoke-Fulham. Los fansde cada uno de los equipos ingleses se emocionarán, pero para un espectador neutral lo que ofrece la Premier es fútbol ruleta: lancemos un pelotazo para arriba y a ver si hay suerte. El punto fuerte de la Liga es que los estadios vibran y casi nunca se sabe, hasta el último minuto, si el Norwich ganará al Chelsea. A diferencia de la Liga española (aunque hoy por hoy el Manchester United está bastante disparado) el campeonato no es cosa de dos, o de uno. Pero en cuanto a calidad —precisión, toque, inteligencia táctica— el Málaga, o el Betis o el Rayo Vallecano ofrecen un espectáculo deportivo superior.

Mientras tanto, crece la sospecha de que la Bundesliga alemana es la que reúne lo mejor de la Liga inglesa y la española. Buen fútbol y estadios llenos —más llenos, por cierto, que los ingleses—. Lo que le ha faltado es ese toque de glamour que hay en España e Inglaterra. La adquisición de Guardiola tiene, en este sentido, un valor estratégico. Bien decía esta semana Karl-Heinz Rumenigge, el presidente del Bayern, que Guardiola aportaría un valor agregado no solo a su club sino al fútbol alemán. Es una llamada de atención a los futboleros chinos, mexicanos, australianos, españoles. Aquí estamos: fíjense en lo que tenemos que ofrecer. Démosles tiempo, pero la desproporción entre los ingresos por los derechos internacionales de la Bundesliga y laPremier disminuirá.

El Bayern es el ejemplo a seguir si lo que se quiere es jugar bien y competir al máximo nivel no hoy, o mañana, sino siempre

El fútbol inglés, cegado por la promesa de felicidad instantánea, ha hecho un pacto faustiano. Caído en la tentación, ha vendido su alma. La inyección de enormes cantidades de dinero por billonarios rusos, árabes o estadounidenses a lo largo de los últimos 10 años les dio triunfos pasajeros. Como algunos ganadores de loterías, se lo pasaron bomba durante un tiempo, pero no construyeron algo que iba a durar. La moraleja es especialmente evidente en los casos de los más ricos, el Chelsea y el Manchester City, los que más dinero ofrecían a Guardiola. No se preguntan qué estilo de fútbol o qué valores quieren implantar en sus clubes. Quieren éxitos hoy. Y cuando las cosas no van bien, improvisan, sacando la chequera. Y a empezar de nuevo.

Hay que buscar un término medio entre el dinero, que sí es necesario para triunfar al máximo nivel, y la identidad, la escuela, la tradición. El Manchester United es el que más se ha acercado en Inglaterra, gracias a la presencia de Alex Ferguson como entrenador durante 26 años. Pero ellos también han hipotecado su futuro a inversores extranjeros, en este caso gente con especial desconocimiento de, o interés por, el fútbol. Por tanto, la pregunta cuelga en el aire: después de Ferguson, ¿qué?

El Bayern —financieramente independiente, administrado por grandes exjugadores y cuidadoso con la cantera— es el ejemplo a seguir si lo que se quiere es jugar bien y competir al máximo nivel no hoy, o mañana, sino siempre. El fútbol inglés debería tener la humildad, por su propio bien, de estudiar el modelo alemán. También, hablando depactos faustianos, el Real Madrid.

Cuando el galope es mortal

1 noviembre, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

En las centenarias carreras de trotones de Baleares, el caballo que corre pierde. El dueño de un equino que lo hizo acabó a palos con él

Una de las tradicionales carreras de caballos trotones que se celebran en el hipódromo de Son Pardo, en Palma de Mallorca. / TOLO RAMÓN

“En Baleares hay más caballos que vacas. Somos el lugar de Europa con más caballos por kilómetro cuadrado. Su cría es nuestra industria, y las carreras de trotones, nuestra tradición”. Quien habla es Joan Llabata, hombre tranquilo y apasionado caballista que preside la Federación Balear de Trote. Él tiene cinco ejemplares que compiten por su cuadra, Llevant, la marca de su pequeña empresa, en estas carreras ya centenarias.

Nacieron de las antiguas pugnas entre agricultores camino de la misa del domingo. Se retaban con carricoches tirados por sus bestias de carga y labranza. Hoy son una singularidad en España y de vez en cuando enseñan su cara más oscura. El pasado 30 de diciembre, un caballo murió a golpes en las cuadras del hipódromo de Manacor. Uno de sus propietarios lo golpeó a muerte con una barra porque perdió el paso armónico en carrera y galopó, por lo que fue sancionado. El equino murió por fractura craneal. Se disputaba un primer premio de 250 euros y unas apuestas de 300.

“Fue un hecho aislado, condenable, un acto salvaje que se ha magnificado”, dice el presidente Llabata. En el microcosmos insular se celebran al año 150 jornadas de carreras al trote. Hay 15.000 caballos en la isla, la mitad educados para competir al trote, sin galopar, enganchados a un cabriolé. En el hipódromo no hay pompa social, pero genera millonarios.

Un trotón de éxito puede costar hasta 100.000 euros, y su dosis de semen, 30.000. Hay propietarios de lujo, como un exbanquero que creó un hipódromo particular con cuadras de postín, caballistas procedentes de la mediana empresa o equipos familiares y peñistas que comparten la propiedad de un caballo.

Hay 15.000 caballos en la isla y la mitad están entrenados para competir en las 150 carreras de trote

En el trote fluye cierto poder, vanidad y bastante dinero. Hay políticos retirados con cuadras notables, como el arquitecto socialista Pere Serra, o el ingeniero yexlíder del PP Juan Verger. Antes era cosa de contrabandistas y terratenientes. Incluso, de narcotraficantes. Ahora, los ricos de nueva planta y los hoteleros (media docena) dominan las pistas.

La pasión cruza fronteras. El trote es común en casi toda la UE y cientos de mallorquines tienen cuenta bancaria en Francia para suscribirse a Canal + y acceder a la cadena de carreras Equidia. La empresa gala de apuestas PMU monta competiciones en Mallorca y cada vez se mueven más cientos de miles de euros por la Red.

Un propietario de trotones, el catedrático Francesc Bujosa, comenta que “lo más grave de la agresión mortal al caballo es que se intente tapar”. “Es triste y moralmente injustificable pegar a un animal, indefenso”, dice. Bujosa desdeña los comentarios que minimizan el episodio: “Es irracional, una barbaridad”.

El agresor —un camionero de 38 años— está acusado de maltrato animal. Un portavoz de la Guardia Civil habla de un arrebato: “El hombre dice que no tuvo intención de matar, y la verdad es que está bastante arrepentido de lo sucedido y ha colaborado enteramente”, asegura.

Antes, con la competencia desaforada, había jinetes que peleaban a golpe de vara. El castigo, el uso excesivo del látigo contra el animal, ahora está penado. “Hacemos más controles antidopaje que nadie”, resalta Llabata. Dos caballos perecieron, años atrás, a las pocas horas de ganar el gran premio. Y otra página negra: en la cuadra de un potentado apareció la cabeza de un caballo decapitado por unos sicarios, una venganza por amores y negocios rotos.

Este mundo ha sido, excepcionalmente, refugio para el capital de un clan de la droga al que le embargaron 10 trotones. Se blanqueaban euros del caballo (heroína) y de la coca. Un trotón triunfó y la entrega de la copa motivó una foto comprometida para las autoridades. Los dueños entraron en la cárcel. “Es otra anécdota que no ennegrece algo muy puro”, observa Ramón, un aficionado.

Entre el público de los cinco hipódromos baleares son muchas las caras curtidas por el sol rural. Cientos de familias cuidan y poseen caballos que pacen y pasean en los paisajes de la Mallorca profunda, antigua y multiclasista. “Me endeudé comprando paja”, ironiza el músico Joan Bibiloni, que vive cerca de sus 10 caballos. Tuvo 24, y confiesa que se autofinanció, pero que “nunca se gana para ir a vivir siete semanas al Caribe”. Los nombres de los trotones de Bibiloni reflejan sus pasiones:Ava Gardner, Franz Zappa, Debussy, Janis Joplin o Caixeta, el apodo de su madre.

“La sensibilidad fluye alrededor de la cría, el entreno y las carreras. Es maravilloso, pero ha ocurrido un episodio denigrante, violento, que afecta a la moral individual, pero que es marginal”, razona Bibiloni. Un legendario conductor, Julià Arnau, ya fallecido, amaba a sus bestias y decía: “Solo cambiaría los caballos por una ópera”. Julià narraba miserias, glorias y secretos de un mundo atávico. “Es el deporte más clásico y antiguo, el de las cuadrigas de Ben-Hur o la cultura de los griegos”, subraya el profesor Bujosa, que ve “inenarrable el gozo de ver ganar” a su caballo. “Es la emoción del futbolista”, describe. En su web, Bujosa vende participaciones de sus promesas equinas.

Con 40 caballos en su cuadra HM, el galerista y hotelero Juan A. Horrach Moyá opina que “conducir en una carrera, tan breve e intensa, es una experiencia física brutal. Un ejercicio de libertad, de complicidad y confianza con el animal”. Corre con los colores del más poderoso equipo de la isla. “El caso de violencia es una tragedia, un disparate”.

Horrach Moyá pugna en el pelotón de la pista entre avezados jinetes, mujeres sabias y ganadores rústicos. Antes lo hicieron su padre y su tío, y le sigue su hijo, que ya corre con caballos enanos. “Es el deporte por excelencia de la isla, con raíces profundas en la payesía que posee la técnica de cría”.

Una selección de caballos viaja en avión de Francia a Mallorca, anualmente, para correr solo un día en Palma. A su vez, decenas de ejemplares locales son trasladados —en barco— hasta el continente para disputar carreras en las pistas francesas, donde se ha instalado un grupo de conductores de Mallorca.

Antes se importaban trotones y ahora los mejores emigran, corren en hipódromos extranjeros, con premios cuantiosos por mejores apuestas. “Podemos pugnar con cualquiera, somos muy competitivos”, explica Horrach. “No es un negocio, buscamos empatar. Es una ruina. Una pasión”.

La tristeza de los campeones

4 marzo, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Los héroes tristes están por todas partes, también en el deporte, y ahí su aflicción mueve montañas.

BENJAMÍN PRADO 5 AGO 2014 – 00:00

“Desconfío del heroísmo triste”, decía José Ortega y Gasset, que hoy en día, cuando vivimos la edad de oro de lo gris y la falta de carisma parece haberse convertido en un sinónimo de la eficacia, no le hubiese dado mucho crédito, por ejemplo, a la mayor parte de los políticos que gobiernan el mundo: más bien, les vería menos madera de líder de la que cabe en el palo de un fósforo. No olvidemos que, en su opinión, sólo se progresa pensando a lo grande y sólo se avanza cuando se mira lejos.

Sin embargo, los héroes tristes están por todas partes, también en el deporte, y ahí su aflicción mueve montañas: cuando hace un tiempo Cristiano Ronaldo dijo que posiblemente no era feliz entre nosotros, la sala de trofeos del Santiago Bernabéu empezó a temblar como la vajilla de un avión que atravesase una tormenta. Así que el aumento de sueldo llegó, el entrenador que le disgustaba se fue, las gradas de Chamartín lo pusieron entre algodones y el Real Madrid ganó su décima Copa de Europa. Ahora el desdichado es su compañero de equipo Ángel Di María, que cree que no lo valoran como se merece y busca una calle de Europa donde lo aprecien el doble, euro arriba o abajo, que en Concha Espina. Y antes fue la otra gran estrella del fútbol actual, Lionel Messi, quien a la mañana siguiente de ampliar su contrato de ocho cifras con el Barcelona hizo unas declaraciones, entre melancólicas y amenazantes, en las que aseguraba que, si no lo querían, estaba dispuesto a irse.

Parece raro que la mayoría de las estrellas de fútbol tengan ese aspecto cauteloso, hostil y mortalmente serio que muestran, por lo general, en los medios de comunicación. Antes todo era tan distinto que ocho de los once componentes de la selección de Inglaterra que le ganó el Mundial de 1966 a Alemania, desde el portero Gordon Banks al delantero Geoff Hurst, autor de tres tantos en la final, entre ellos del gol fantasma más célebre de la historia, terminaron vendiendo su medalla de campeones para poder sobrevivir. Pero ahora los deportistas no suelen arruinarse, son empresarios, inversores, su dinero está en manos de especialistas en ingeniería financiera y se multiplica en el territorio de la publicidad como los panes y los peces de Jesucristo a orillas del mar de Galilea. Además son auténticas celebridades y habitan la parte sonrosada de la existencia, al otro extremo de personas como la atleta somalí Samia Yusuf Omar, que se hizo famosa con su desastrosa pero emocionante carrera de 200 metros en los Juegos Olímpicos de Beijing, donde llegó última pero con la dignidad intacta frente a sus competidoras, y poco después murió a bordo de una patera mientras pretendía alcanzar las costas de Italia. Pero a los astros nada les parece suficiente. Y no sólo son los futbolistas: el piloto Jorge Lorenzo, cuatro veces campeón del mundo, ha llegado a decir que jamás se ha divertido con su motor.

Los psicólogos sostienen que los deportistas de élite no manifiestan sus sentimientos porque soportan una gran presión, se sienten amenazados por la derrota y creen que parecer duros les hace menos vulnerables, más respetados. Y que ese silencio los conduce con frecuencia a la soledad y la depresión. Será que el éxito es el borde del fracaso y quienes lo habitan saben que las manos que aplauden se vuelven las que abofetean en cuanto cambia de dirección el viento. O que piensan que para hacer felices a los demás no tienen por qué serlo, igual que un cartero no tiene que estar enamorado para repartir cartas de amor.

Y luego van y lo cuentan

6 febrero, 2014

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

 13 OCT 2013 – 00:00

ILUSTRACIÓN DE SONIA PULIDO

No se ha visto en los últimos años mayor ejemplo de “Trágame, tierra” que el de los informativos de TVE y los diarios gubernamentales con la candidatura Madrid 2020. Esos informativos se volcaron, hicieron un monográfico permanente, enviaron a un montón de colaboradores hasta Buenos Aires en un momento en que esa institución sufre recortes sin cuento; emitieron desde allí sus telediarios y ofrecieron en directo las penosas intervenciones de las que hablé hace una semana, para que admiráramos bien el don de lenguas –incluido el español– de varios de nuestros representantes. Huelga recordar que el tono de los locutores era de lo más triunfalista, se ignora por qué motivo o hay que suponer que recibían órdenes. Parecía que se iba a asistir a la coronación de Madrid, y por ende de España, y por ende del PP y del Gobierno. En cuanto la ciudad quedó eliminada a las primeras de cambio, sin ni siquiera suspense, esos informativos se pusieron a silbar y a mirar hacia otro lado, como si lo que acababan de ofrecernos en programación machacona y única jamás hubiera acontecido o, en el mejor de los casos, les trajera sin cuidado. Se aproximaron en su reacción de despecho a la que padeció el jefe de Opinión –jefe de Opinión, santo cielo– de uno de esos diarios gubernamentales. Con una cursilería infinita, contó al día siguiente cómo, mientras aguardaba el resultado de la votación en ascuas, salió “a rezar un padrenuestro al cielo de Madrid”. “Un hombre pío”, pensé al leerlo, “que cree en la eficacia de las plegarias hasta para las mayores chorradas.” Pero en vista de que ni Dios ni los miembros del COI le hicieron caso, su espíritu cristiano se desvaneció al instante y concluyó su pieza con la misma maldición que eligió para titularla, “¡Que les parta un rayo!”, sin que sus lectores tengan claro a estas alturas si les deseó la muerte a esos ingratos miembros o a Dios y a sus cohortes de ángeles, por desoír su padrenuestro, los muy cabrones.

Algo se ha hablado, pero poco, de lo que le han costado al erario las tres tentativas fallidas y consecutivas de Madrid para ser sede olímpica. Dinero tirado, esquilmado a los ciudadanos. Tampoco se ha hablado lo bastante del masivo desembarco de individuos en Buenos Aires: unas 180 personas según unas fuentes, cerca del doble según otras. Mientras aún duraba la fiesta injustificada en los telediarios, los locutores no tenían reparo en anunciar: “Parece que por fin va a acudir Fulano, y Mengana, y Zutano”. La capital argentina se llenó de ministros, funcionarios, miembros olímpicos y deportistas. Con todo respeto, y sin desdeñar sus méritos, uno se preguntaba cómo podía influir la presencia allí de un campeón de taekwondo al que conocen seis, o de las medallistas de waterpolo a las que conocen doce … y desde luego ningún miembro del COI con derecho a voto. Toda esa gente hizo vuelos de ida y vuelta de unas doce o trece horas, se alojó una o dos noches (o más, no sé) en un hotel bueno; desayunó, almorzó y cenó, me imagino; fue llevada y traída y paseada inútilmente en tiempos en que se nos obliga a todos a no gastar, con la congelación o la bajada de salarios, la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones, los brutales recortes y desmantelamiento de lo que nos importa (sanidad, educación, investigación, ciencia, cultura).

Resulta que, además, al individuo encargado de los discursitos, y de dar clases de interpretación (?) a los ponentes, se le pagaron 220.000 euros por tamaña porquería. Ni siquiera se entiende que hubiera que contratar a nadie para “crear” semejantes vulgaridades, se le habrían ocurrido sin ayuda al más ignaro concejal del Ayuntamiento o a la propia Botella. También se pagó a otra agencia 2,4 millones de euros por la “estrategia internacional de comunicación”. Es de esperar que tanto esta agencia británica como el “entrenador” y autor de los textos, Terrence Burns, se hundan en el descrédito profesional a partir de ahora. ¿A quién se le ocurre utilizar como reclamo la Plaza Mayor y el Madrid de los Austrias, tal como los han dejado los últimos alcaldes del PP y los tiene hoy Botella? La primera hace años que está decorada por pobres indigentes –filas enteras– que duermen bajo sus soportales; sus arcos de acceso se han convertido en los urinarios de borrachos y sobrios, con el inaguantable hedor consiguiente, y, como ya he contado aquí, las ratas corretean de noche entre las mesas de las terrazas, algo sin duda “relajante”. Los suelos de granito de todo el centro eternizan hasta la mancha de un chicle arrojado, luego están todos llenos de churretones repugnantes. Las papeleras se vacían poco y desbordan, Madrid es la ciudad más guarra que he visto, y he visto unas cuantas. Las plazas céntricas (Sol, Callao) también han sido granitizadas y ahora se cuentan entre las más feas del mundo: espacios sucios, desabridos, inhóspitos, con un solo arbolillo suelto o ninguno, sin un banco en el que tomar asiento, transformadas en contra de los ciudadanos. Hasta la secundaria Plaza de las Cortes se la ha cargado el célebre Siza, que continúa amenazando el Paseo del Prado: si ha sido tan buen arquitecto, parece como si el talento abandonase a todo el mundo en cuanto entra en contacto con nuestro Ayuntamiento contaminante. Mientras los turistas han aumentado este año en toda España, Madrid ha perdido un 22% sólo en agosto. A nadie se le ocurre pensar que tal vez sea porque a la mayoría les da por pasearse por nuestra deteriorada Plaza Mayor y nuestro inconcebible centro, y luego van y lo cuentan.

elpaissemanal@elpais.es

Primates en pantalones

23 abril, 2013

Fuente: EL PAÍS

John Carlin 23 FEB 2013 – 18:03        

                          “Solo somos una raza avanzada de monos en un planeta menor”.

                              —Stephen Hawking: físico, matemático, cosmólogo, genio.

Causó cierta conmoción esta semana Sergio Ramos, el central del Real Madrid, cuando dijo que quería que ganase el Barcelona cuando jugaba contra equipos fuera de España. Chillidos de indignación llenaron las redes sociales y, se deduce, el mundo real; acusaciones de traición, de hipocresía, de mentir para quedar bien.

En vísperas de dos partidos Barça-Madrid, uno en Copa y otro en Liga el martes y el sábado próximos, uno cae en la tentación de pensar que el pequeño revuelo que desató Ramos tiene que ver con la idiosincrasia de la rivalidad entre los dos clubes de fútbol más grandes de España. Pero no es verdad. Si hubiera dicho lo mismo un jugador del Manchester United sobre el Manchester City, uno del Everton sobre el Liverpool, uno del Rangers sobre el Celtic y, se supone, uno de River sobre Boca, o de Galatasaray sobre el Fenerbahçe, etcétera, etcétera, podemos tener la seguridad que sus respectivos aficionados se hubieran escandalizado de la misma manera.

Agota un poco el tema en España, y más en una semana como la que nos espera. Que si uno siempre se beneficia de las decisiones arbitrales, que si el juego de uno aburre a las ovejas, que si el juego del otro entretiene a las hienas, y tal. Pero estos debates, por más vacuos que sean, forman parte del tejido del deporte. Y, a no ser que la especie evolucione de manera abrupta e inesperada, pasará mucho tiempo hasta que cambie.

Muy pocos se libran de sucumbir al instinto tribal, el motor humano sin el cual el deporte como espectáculo y fenómeno social no sería lo que es, ni generaría el dinero necesario para pagar los enormes salarios de gente como Sergio Ramos. El amor al fútbol es secundario. El amor al fútbol incluso puede llegar a ser un impedimento porque, al permitir la posibilidad de apreciar las virtudes del otro, inhibe la fuerza de la demencia tribal. Lo cual, si se impusiera como norma (que no se va a imponer), arriesgaría con reducir el fútbol al nivel de una pasión respetable pero minoritaria como la ópera, o el ballet.

Lo importante es la identificación con el grupo. Eso es lo primero. Después viene todo lo demás. No hablamos solo de fútbol, sino de todo deporte que la gente paga por ver. El mismo principio se aplica al béisbol, al fútbol americano, al baloncesto, a los New York Yankees, los Dallas Cowboys o los Chicago Bulls. Aunque no nos limitemos solo al deporte. Uno se hace de un partido político o de una religión o de una ideología ante todo por la necesidad primaria de asociarnos a una idea que nos permita la posibilidad de dar sentido al misterio de la vida y de formar parte de un colectivo que nos ofrezca un refugio ante el caos de la condición humana. Esto a su vez nos abre la puerta a la grata satisfacción de odiar y demonizar a los que pertenecen a un colectivo rival, sean estos izquierdistas o derechistas, miembros del PP o del PSOE, del partido demócrata o republicano, judíos o musulmanes o cristianos, fans del Liverpool, el Barça o el Madrid. Amparados por la fuerza y los números de nuestro grupo adquirimos la valentía y la estupidez necesarias para decir cualquier barbaridad sobre lo que hace o piensa el otro, para deshumanizarle y, como no infrecuente paso final, para ir a la guerra a matar a miles o millones de personas que se definen por conceptos que son diferentes a los nuestros.

Lo cómico es cómo caemos en el autoengaño de convencernos que nuestros prejuicios se basan en la razón, que empíricamente nuestros argumentos a favor del socialismo o del barcelonismo son superiores a los del capitalismo o el madridismo, o viceversa. Llegamos a donde llegamos, somos del Madrid o del Barça o de izquierdas o de derechas, por circunstancias de la vida, por accidentes que nada tienen que ver con la lógica y que son impulsados en primer lugar por ese instinto básico que conduce a la mayoría de las personas inexorablemente a identificarse con una bandera, una idea o un equipo. El cerebro solo entra en juego después.

Por más racionales, o incluso intelectuales, que quisiéramos pensar que somos, no dejamos de ser, como dijo alguien una vez, primates en pantalones. Algún día evolucionaremos, quizá, de la barbarie a la civilización. Menos mal que está Sergio Ramos para señalarnos el camino.