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‘Cuerda de presas’: 11 dolorosas historias de mujeres encarceladas por el franquismo

19 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Una cuerda de presas es un conjunto de presidiarias atadas y en hilera para su traslado. Y también el título del cómic de Jorge García (guionista) y Fidel Martínez (dibujante) que la editorial Astiberri acaba de reeditar 12 años después de su primera aparición en el mercado. La obra cuenta las historias de 11 mujeres prisioneras del franquismo durante los primeros años de la dictadura.

Cada una de ellas tiene su propio drama: la embarazada que da a luz en la cárcel de Las Ventas, la lesbiana a la que confinan a una celda de aislamiento cuando la encuentran con otra compañera o a la que le perdonan su melena para resultar más atractiva a sus violadores. Tragedias dibujadas que fueron una cruda realidad hace no tanto tiempo.

Astiberri, que publicó por primera vez el libro en encuadernación rústica en 2005, lo ha recuperado con modificaciones con la intención de mejorar la primera entrega. Según el editor, Javier Zalbidegoitia: “Planteamos a Jorge y Fidel que creíamos que debía pasar por un ligero cambio de dimensiones, quitarle algo de altura y darle más anchura para que quedara la mancha del dibujo más proporcionada”. Además, aprovecharon para pasar al cartoné y poner una nueva ilustración en la portada para dar un mejor acabado a una obra considerada de referencia dentro del catálogo de la editorial.

Jorge García explica a eldiario.es que la idea de guion surgió por casualidad en el año 2003, mientras revolvía una pila de CDs de música de la Guerra Civil en una biblioteca pública de Salamanca. “Tropecé con un disco titulado Dones del 36(“Mujeres del 36″) interpretado por el grupo Maquis”. Como cuenta el guionista, el disco recreaba un concierto clandestino en los lavabos de la prisión de mujeres de Ventas en 1948, hecho que también recrea en las viñetas de su cómic.

Una de las once dolorosas historias que componen 'Cuerda de presas'
Una de las once dolorosas historias que componen ‘Cuerda de presas’

“Yo ya conocía la historia de las Trece Rosas Rojas por Crónicas del antifranquismode Pedro Vega y Fernando Jáuregui, pero era la primera vez que tomaba conciencia de la existencia de presas políticas durante el franquismo”, señala García. En su mente impactó la imagen de “esa música que hablaba de libertad escurriéndose a través de los barrotes de una prisión” y decidió materializarla en un libro para poder compartirla.

Aunque las historias son ficticias, estas no difieren demasiado de lo que ocurrió en realidad, algo que confirmó la expresa política María Salvo (cuya biografía fue reconstruida por el historiador Ricard Vinyes en El daño y la memoria) a Jorge García durante un encuentro en la universidad Can Fabra de Barcelona. “Me dijo que yo no había inventado nada. La rutina, las vejaciones, las monjas, la muerte. Desgraciadamente, todo fue real”, explica el autor. Continúa diciendo que “como decía García Márquez, hay obras que no pertenecen a quien las hace, sino a quien las padece”.

Cuando le propuso a Fidel Martínez que se encargase de ilustrar su guion, este aceptó atraído por una idea: la de visibilizar las vivencias de unas presas políticas que no han recibido tanta atención en la memoria histórica. “Cuando me aproximo a cualquier conflicto, ya sea como dibujante o como autor, me gusta prestar especial atención a todos aquellos aspectos que han sido despreciados o silenciados y a la mujer, en este tipo de situaciones, siempre se le ha otorgado un papel secundario”.

La dureza de los testimonios se refleja en el estilo de las ilustraciones, que el autor define como “de corte expresionista, con influencias del cartelismo utilizado en aquella época para difundir la diferente propaganda política”. El tipo de dibujo es importante a la hora de transmitir al lector la gravedad de los hechos que está contemplando. Por ello, menciona que para retratar sucesos tan trágicos hacía falta “un dibujo muy contrastado”, que fuera duro y cortante para “adaptarse a cada uno de los relatos”.

Escarbando en el pasado

En el proceso de documentación, que fue lento y laborioso, el guionista consultó numerosos detalles del tema. El punto de partida fue el ensayo Irredentas, de Ricard Vinyes. Le siguieron los testimonios de presas recogidos por Tomasa Cuevas durante los años 70 y 80, una monografía sobre la cárcel de Ventas en Madrid, el libro Rojas, de Mary Nash, la novela La voz dormida de Carmen Chacón y “en general, todo lo que caía en mis manos”.

Una historia que mezcla la rutina, las vejaciones, las monjas y la muerte
Un relato que mezcla la rutina, las vejaciones, las monjas y la muerte

El furgón de los locos, de Carlos Liscano, una novela donde el autor recuerda las experiencias que vivió durante el tiempo que pasó en la prisión de la Libertad de Montevideo en los años 70 y 80, fue la que le ayudó a concretar el tono del libro. “Me impresionó hondamente la frialdad de su prosa e intenté reproducirla en los 11 relatos de que consta Cuerda de presas“.

La labor de plasmar en imágenes las historias de las presas imaginadas por Jorge García tampoco fue sencilla. El ilustrador fue recibiendo el material que el guionista iba encontrando, como fotografías, pero tuvo que “inventar o recrear escenarios desde la mera suposición”.

A pesar de que Cuerda de presas tiene el claro objetivo de dar luz y concienciar sobre una parte de la historia que se vivió en España hace solo unas décadas, Fidel Martínez ve muy complicado el que se llegue a hacer justicia con las víctimas del franquismo. El dibujante cree que desde las instituciones públicas no existe interés por ello porque “aquí se dio paso de la dictadura a la democracia a través de un pacto, oscuro en muchos de sus aspectos”.

Para Martínez, hacer la memoria histórica en este país conllevaría “sacar todos los casos a la luz”, lo que no solo supondría la condena pública, sino también la judicial de los agentes implicados. “Agentes que todavía se mantienen activos y vigentes en la vida política de este país”, matiza el diseñador.

El contrastado dibujo de sus viñetas sirve para transmitir la gravedad de los hechos que se narran
El contrastado dibujo de sus viñetas sirve para transmitir la gravedad de los hechos que se narran

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Eurocomunismo

16 marzo, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El comunismo occidental renunció al modelo soviético y aceptó las ‘libertades burguesas’.

Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso
Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso CRISTÓBAL MANUEL

Cuando Franco murió, el eurocomunismo florecía en algunos países de Europa occidental. No era un concepto con una doctrina definida, sino el resultado de un proceso histórico gradual, de adaptación, que afectó a algunos partidos comunistas de las sociedades democráticas industriales desde la Guerra Fría.

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El pilar fundamental de ese proceso histórico fue la emancipación de las concepciones ideológicas y políticas sostenidas —y extendidas por el este de Europa— desde Moscú. Era un rechazo a aceptar el socialismo soviético como modelo, apelando a las peculiaridades y diferencias de las condiciones históricas en los países occidentales después de 1945.

Al rechazar ese modelo soviético, los dirigentes eurocomunistas estaban planteando una reevaluación del legado de 1917, del leninismo revolucionario, pero también de las políticas de colectivización violenta, del estalinismo y de los principios y prácticas que habían acompañado al comunismo desde la muerte de Stalin. Significaba también una ruptura con el internacionalismo proletario tan vinculado al Estado soviético. El cambio fundamental radicaba en la aceptación del pluralismo político, de los derechos y libertades individuales de las que hasta ese momento habían sido calificadas como “democracias burguesas”. Jean Kanapa, dirigente del Partido Comunista Francés, lo describió como “socialismo democrático”, para diferenciarlo del soviético, una vía para conseguir un amplio consenso en la sociedad que recogiera las lecciones de los acontecimientos en Chile, Portugal, Hungría y Checoslovaquia.

Pero esas tendencias de transición desde la opción revolucionaria a la democrática llegaron en un momento en el que los partidos socialistas, rivales electorales de los comunistas, encontraban importantes apoyos en los trabajadores del sector de servicios, más allá del histórico proletariado industrial, y apuntalaban, con sus políticas asistenciales, el Estado de bienestar. Desde mayo de 1968 y la invasión de Checoslovaquia, cientos de miles de jóvenes europeos nutrieron nuevos movimientos sociales —vinculados al pacifismo/antimilitarismo, al feminismo o a la ecología— que abandonaban el sueño revolucionario para defender una sociedad civil democrática, y que asumían formas de organización menos jerárquicas y centralizadas.

La legalización del PCE y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas.

Algunos de esos cambios aparecieron en España en los años finales de la dictadura franquista y en los primeros de la Transición. Desde los años sesenta, el control absoluto que la dictadura intentaba ejercer sobre los ciudadanos no pudo evitar la movilización social contra la falta de libertades. El movimiento de Comisiones Obreras, orientado por grupos comunistas, creó una nueva cultura sindical, alejada de la que impulsaron la CNT y la UGT, que utilizaba los canales de participación que el marco franquista permitía.

Debido a ese escenario peculiar, tan diferente al francés y al italiano, o al portugués desde la Revolución de los Claveles de abril de 1974, el PCE tuvo una notable influencia en el movimiento estudiantil, en las fábricas y en muchas asociaciones vecinales que se formaron en torno a reivindicaciones relacionadas con el problema de la vivienda, la falta de servicios públicos o la carestía de la vida. Cuando esa protesta urbana derivó pronto hacia cuestiones políticas como la petición de amnistía y la demanda de Ayuntamientos democráticos, el PCE funcionó como una plataforma de concienciación política, de oposición a la dictadura y de escuela de una cultura democrática.

La legalización del PCE el 9 de abril de 1977 y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas. Que no se cumplieron por los pobres resultados que el PCE obtuvo en junio de 1977 —el 9,3% de los votos y 19 escaños—, en marzo de 1979, hasta llegar al desastre de octubre de 1982, solo 4 escaños, que provocó la dimisión de su secretario general.

Es verdad que la veterana dirección comunista tenía estrechos vínculos con la generación de la Guerra Civil, que el recuerdo traumático de aquel conflicto violento, el legado del autoritarismo y el miedo al comunismo impuesto por la dictadura pesaron como una losa en los primeros años de la Transición. Pero la crisis del PCE tuvo muchas similitudes con la que sufrió el eurocomunismo en otros países desde finales de los setenta. Cuando los partidos comunistas de Europa occidental abandonaron de forma tardía el modelo soviético, otros actores representaban ya de una forma más clara, y con más apoyos sociales, el socialismo democrático.

Julián Casanova es historiador.

Para cuñados del franquismo: la guía de un tuitero contra los tópicos de la dictadura

2 enero, 2018

Fuente: http://www.publico.es

¿Tu vecina dice que con Franco se vivía bien? ¿O te cruzas con el típico que en el bar dice que con Franco no se pasaba hambre? Si te sientes identificado, el tuitero @_ju1_ te propone un hilo de su cuenta de Twitter en el que explica una serie de datos “erróneos” referentes al franquismo, comparándolos por los ofrecidos por la Fundación BBVA, entre otras fuentes. Aquí puedes leer el hilo completo.

 

Llamar dictadura a la dictadura cuatro décadas más tarde

20 diciembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Siglo XXI. Año 2017. Unión Europea. El rey Felipe de Borbón califica con rotundidad al franquismo como una “dictadura”. Su padre nunca usó este término. Han pasado 42 años desde la muerte de Franco, 40 desde las primeras elecciones de este periodo democrático. Han pasado dos reyes y cuatro décadas, y el enorme retraso en admitir lo evidente deja claro el problema de desmemoria que tiene la democracia española.

El discurso del rey y la conmemoración del cuarenta aniversario de las elecciones de 1977 ha reabierto el debate sobre la Transición española; sobre sus luces y sus sombras. Sin duda, el sistema democrático que nació de la Transición ha sido un éxito para España. Pese a sus muchos defectos, pese a la última gran crisis económica, los últimos cuarenta años han sido, de largo, el periodo más próspero de nuestra historia.

No me atrevo a dar lecciones a aquellos que, con sus aciertos y errores, abordaron la difícil negociación con banda armada; los primeros años de una democracia amenazada a diario por el ruido de sables del búnker franquista. Probablemente tienen razón quienes argumentan que, en aquel momento, era difícil ir más lejos, y que por eso no quedó más remedio que apartar algunos temas, como el de las víctimas.

El gran desastre no está en la Transición, sino en el olvido de las décadas posteriores. En lo que no se hizo después, cuando el Ejército estaba ya controlado y la democracia no corría peligro; en unos años en los que restituir la memoria de las víctimas del franquismo y juzgar a torturadores como Billy el Niño no habrían puesto nada en riesgo.

Es hasta comprensible que el rey Juan Carlos elogiase al “generalísimo” Franco y sus “enormes cualidades humanas” en su primer discurso de Navidad, el 24 de diciembre de 1975; un mes después de la muerte del tirano y con todo su aparato de poder aún intacto. No tiene perdón que después no abjurase de aquellas palabras ni que hayan tenido que pasar cuatro décadas para que un Borbón llamase dictadura a la dictadura.

Han hecho falta cuarenta años para dar un paso tan pequeño, y lo mismo harán falta otros cuarenta para que el jefe del Estado avance por esa osada senda de llamar a las cosas por su nombre. Para que deje de hablar de guerra fratricida y se refiera a la Guerra de España como lo que fue: un golpe militar contra la legalidad republicana. Para que admita que la democracia no se estrenó en España en 1977; y que ese año tampoco se celebraron “las primeras elecciones democráticas”. Para que recuerde también a las víctimas de esa dictadura que ahora la Casa Real acaba de descubrir, y que no merecieron ni una línea de su discurso. Para que España deje de tener un enorme mausoleo dedicado a un dictador, fosas comunes en las cunetas y torturadores impunes.

Cuando el rey iguala a franquistas con sus víctimas

15 diciembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

En España es habitual que las autoridades homenajeen a personalidades con un pasado franquista mientras niegan reconocimiento, verdad, justicia y reparación a las víctimas. La medalla que el exministro de la dictadura Rodolfo Martín Villa recibió este miércoles en el Congreso es un ejemplo. Semejante gesto, una gota más en el enorme magma de la impunidad que reina en este país, contrasta con la desprotección e invisibilidad que sufren las víctimas.

Como han recalcado al menos cinco mecanismos de Naciones Unidas, España ni investiga ni permite investigar la desaparición de más de cien mil personas durante el régimen franquista. Como denuncian diversas organizaciones de derechos humanos, entre otras  Amnistía Internacional, a las víctimas se les sigue negando sus derechos.

Como recordaba en una información el diario  New York Times en 2014, “hoy en día, la política, los negocios y la ley en España están salpicados de personas con vínculos directos o indirectos con Franco. (…) Los tribunales españoles han rechazado oír estos casos [de las víctimas] durante cuarenta años”.

Como ha señalado el relator de Naciones Unidas Pablo de Greiff, España ha hecho muy poco por las víctimas de su dictadura: “Algunos problemas no desaparecen. No pueden ser barridos bajo la alfombra. La gente, como es lógico, no olvida”.

Y como siempre decía el  abogado Carlos Slepoy, en España se practicó una persecución sistemática contra aquellas personas que se opusieron al golpe de Estado de 1936 y defendieron la democracia.

Pretender presentar los crímenes de lesa humanidad del franquismo como simples bajas en el frente de batalla es ignorar que en cientos de pueblos y ciudades los golpistas, casa por casa, arrestaron, tirotearon e hicieron desaparecer a gente cuyo único “delito” era ser republicano.

La represión continuó a lo largo de las siguientes décadas, llegó hasta los años setenta –con asesinatos y torturas– y sobrepasó la muerte de Franco, con la matanza de Vitoria en marzo de 1976, en la que la policía disparó con fuego real y pelotas de goma a trabajadores en huelga reunidos en asamblea. Murieron cinco personas y 150 resultaron heridas de bala.

El ministro de Relaciones Sindicales en aquella época era Rodolfo Martín Villa, a quien la justicia argentina ordenó detener en 2014 precisamente por los hechos de Vitoria. Como recuerda la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica, Martín Villa también fue ministro de Gobernación cuando se ordenó la quema de miles de documentos para borrar los crímenes del franquismo. Y es el mismo a quien los reyes entregan ahora una medalla por su papel en la Transición española y en las elecciones constituyentes de 1977.

A pesar de las denuncias de la ONU, Felipe VI nunca ha reconocido o defendido justicia, verdad y reparación para las familias de las víctimas que a día de hoy siguen buscando los restos de sus padres, abuelos o hermanos. A pesar de las innumerables pruebas de los crímenes de lesa humanidad de la dictadura, el rey continúa sin mencionarlos.

Quizá por eso este miércoles el monarca tergiversó en el Congreso los versos de Antonio Machado. En vez de recitar “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, el rey readaptó su significado y habló de “las dos Españas que helaban el corazón de Antonio Machado”.

El poema real, escrito cuando aún reinaba Alfonso XIII, dice así:

“Ya hay un español que quiere vivir

y a vivir empieza

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón”

Machado, republicano, tuvo que huir de la España que le helaba el corazón. La dura ruta hacia el exilio quebró su frágil salud y murió poco después de llegar a Francia. Fue enterrado con la bandera republicana, la de la democracia aplastada por los franquistas.

Hoy, décadas después, un rey español retuerce las palabras del poeta y con ello, nuestra memoria. No solo manipulando a Machado, sino evitando mencionar el nombre de Franco, las atrocidades de la dictadura, el sufrimiento de las víctimas, la impunidad de los crímenes del franquismo y el elevado número de desaparecidos.

Felipe VI afirmó el miércoles que “la falta de reconocimiento y de respeto dividieron a los españoles”, como si no hubiera habido un responsable claro del golpe de Estado y de la persecución sistemática. También dijo que desde 1812 las sucesivas constituciones no fueron capaces de “proporcionar ni garantizar la estabilidad política, el progreso social y económico ni la convivencia en paz y libertad”, como si el gobierno republicano no hubiera dejado más remedio a Franco que sublevarse ante su “imposibilidad de garantizar la convivencia en paz y libertad”.

Si aplicamos la lógica de su discurso, podríamos imaginar al rey afirmando que tanto los aliados como los nazis nos helaron el corazón. De Italia diría que hubo “falta de reconocimiento y de respeto” tanto por parte de Mussolini como de los demócratas que lucharon contra los fascistas. Y puede que para definir la Sudáfrica del apartheid afirmara que tanto los negros como el gobierno de Pretoria cometieron crímenes, para igualar de ese modo a opresores y oprimidos y concluir que todo fue “una tragedia”, término con el que este miércoles definió la Guerra Civil y la dictadura.

Al fin y al cabo, 40 años después de las elecciones constituyentes españolas la Casa Real presume de que por primera vez desde la muerte de Franco un rey ha usado la palabra dictadura en las Cortes para referirse a… la dictadura. Presentar semejante atraso como mérito en un discurso marcado por una falsa equidistancia es un insulto a todas las víctimas y familiares que nunca han recibido medallas, ni homenajes oficiales ni atención por parte de los reyes y de tantas otras autoridades.

Franco, Queipo y la responsabilidad del Papa Francisco

11 septiembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Llevo tiempo preguntándome por qué la Iglesia en general y la española en particular están consiguiendo permanecer de perfil en un tema que les afecta directísimamente como es la necesaria revisión histórica de nuestro pasado más reciente. Hasta ahora les ha funcionado la estrategia de no hacer absolutamente nada; algo que en este asunto, sin embargo, es hacer mucho porque supone dejar las cosas como están y como ahora vamos a repasar.

Durante 40 años la jerarquía eclesiástica y la mayor parte del clero se dedicaron a santificar la dictadura, a aplaudir el secuestro de nuestras libertades y a justificar las decenas de miles de asesinatos políticos cometidos por el régimen. Franco entraba en las iglesias bajo palio y los obispos le rendían pleitesía utilizando el saludo fascista. Los sacerdotes y las monjas reinaban en las cárceles y los campos de concentración franquistas; allí imponían disciplina, castigaban a los prisioneros que se negaban a comulgar, delataban a quienes pensaban diferente, robaban bebés y acompañaban a los piquetes en las ejecuciones. Fueron muy pocos los religiosos, la mayoría vascos y catalanes, que exhibieron algo de caridad cristiana y levantaron la voz contra los crímenes perpetrados por la dictadura.

En los 40 años siguientes de democracia la Iglesia se ha dedicado a silbar y a mirar para otro lado cuando alguien les recordaba ese papel ignominioso. No solo eso, la jerarquía eclesiástica ha seguido actuando de parte, como si su misión fuera exclusivamente la de servir a los españoles que comulgaron y comulgan con el franquismo. Solo así se explica que entre los centenares de “mártires de la Guerra Civil” beatificados por El Vaticano no se haya incluido a ninguno de los sacerdotes que fueron asesinados por los fascistas. Solo así se explica que mantenga protegidos en “suelo sagrado” los cuerpos de dos genocidas y criminales de guerra como fueron Queipo de Llano y Francisco Franco. Solo así se explica que siga sin pedir perdón por su complicidad con el dictador.

Y es que ese sería, justamente, el primer paso… el paso lógico: pedir perdón. Los herederos ideológicos del franquismo, vestidos hoy de políticos demócratas o de reputados tertulianos, tratan de convencernos de que solo los radicalesetarrasbolivarianos se atreven a pedir cosas así. Con esa estrategia ofensiva, pretenden ocultar que la realidad es, precisamente, la contraria: lo extraordinario y lo radical en este planeta llamado Tierra es la benevolencia, cuando no la simpatía, con que España analiza los hechos ocurridos durante la dictadura. Solo hay que mirar hacia fuera para constatar que somos nosotros los raros, que somos nosotros quienes constituimos una verdadera anomalía en el mundo democrático.

En Argentina, ya en el año 2.000, la Iglesia de ese país pidió perdón por su complicidad con la dictadura de los generales y por haber sido «indulgente» con los totalitarismos que «lesionaron libertades democráticas». En el vecino Chile sus obispos hablaron en 2013 de «reconciliación» tras el fin del pinochetismo, pero también de «verdad, justicia» y de que «no hay futuro sin Memoria». Incluso el mismísimo Vaticano pidió perdón en 1998 por su «insensibilidad» frente al Holocausto durante la II Guerra Mundial.

Donde ni siquiera podemos encontrar comparaciones es cuando abordamos la polémica generada por el tratamiento casi sagrado que se sigue dando a los restos mortales de Queipo de Llano y de Franco. En ningún país civilizado, ni incivilizado, la Iglesia acoge, agasaja y protege en sus templos los cadáveres de criminales de guerra y de dictadores. Aquí, sin embargo, los genocidas reposan al abrigo de la Santa Cruz. En ese engendro llamado El Valle de los Caídos son monjes benedictinos los que velan por el descanso eterno del fundador del partido fascista español y de un “Caudillo” que asesinó a un mínimo de 150.000 personas, encarceló a más de un millón de hombres y de mujeres por motivos políticos, forzó al exilio a otro medio millón e impidió durante cuatro décadas que tuviéramos derechos y libertades. En la Basílica de la Macarena es la diócesis de Sevilla la que bendice la permanencia del sepulcro de aquel general que animaba a sus tropas a violar mujeres. Más allá de sus vomitivas soflamas radiofónicas, Queipo de Llano fue el responsable del exterminio, solo en la provincia de Sevilla, de entre doce y quince mil personas.

Sin dejar a un lado la culpabilidad de los distintos gobiernos democráticos, esta situación insultante para las víctimas y para la democracia tiene otros dos responsables directos: Ricardo Blázquez y Jorge Mario Bergoglio. Son ellos, el presidente de la Conferencia Episcopal y, sobre todo, el mismísimo Papa de Roma, los que pueden acabar con este agravio histórico con mover un solo dedo. Mientras las cosas estén como están, mientras no pida perdón y siga custodiando las criptas de los genocidas, la Iglesia española seguirá siendo la heredera de aquella que hacía el saludo fascista, bendecía paredones, robaba bebés, denunciaba al disidente político y aplaudía a quienes gritaban «viva la muerte». En las manos de Blázquez y, especialmente, de Francisco está cambiar o no esta triste realidad. La elección y la responsabilidad es toda suya.

De Marhuendas y Rajoys: la irresponsabilidad franquista de la derecha española

28 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“No des mi nombre, te lo ruego”; “por favor, no me menciones porque temo que puedan tomar represalias con mi hija”; “te cuento lo que quieras, pero no me cites… la situación aquí está muy tensa”. Después de 27 años ejerciendo esta agridulce profesión y de haber pateado unas cuantas naciones sometidas por tiranías o arrasadas por las guerras, jamás pensé que tendría que escuchar este tipo de cosas en mi propio país. Pues sí; es aquí, en una localidad murciana llamada Fuente Álamo donde parece imperar la ley del miedo y del silencio.

Desde hace cuatro años, La Falange y el PP lideran a un amplio grupo de nostálgicos franquistas con el objetivo de evitar que el colegio de público deje de llamarse “José Antonio”. Su campaña ha logrado amedrentar, pero no doblegar, a los profesores y padres de alumnos que, a través del Consejo Escolar, han pedido que el centro educativo deje de estar consagrado a un líder antidemocrático: el fundador del partido fascista español que tanto protagonismo tuvo en la sublevación franquista y en la posterior dictadura que secuestró nuestras libertades durante cuarenta largos años.

El pasado sábado por la noche, el alcalde de la localidad seguía haciendo frente a las amenazas e insultos vertidos por los ultras. En las casas cercanas, profesores y padres de alumnos leían atónitos los panfletos distribuidos por La Falange en los que se exigía el mantenimiento del nombre porque, entre otras cosas, Primo de Rivera “amó a España y a los españoles” y “dirigió a la juventud española para intentar salvar la patria”. A esas horas, quienes en Fuente Álamo trataban de escapar de la inquietud y el silencio encendiendo sus televisores se encontraban en La Sexta a Eduardo Inda comparando a Franco con Napoleón y a Francisco Marhuenda defendiendo con arrojo la dictadura antes de afirmar, sin siquiera sonrojarse, que en su “puta vida” ha sido franquista.

Algunos creen que los Marhuindas son una especie de dúo cómico inofensivo que nos ameniza algunas noches aburridas; se equivocan. Uno por convicción y el otro porque encaja en el personaje que él mismo se ha creado dotan de argumentos (falaces, pero argumentos) a falangistas, viejos franquistas y a sus nuevos cachorros de Hogar Social y de otras organizaciones neofascistas. No son los únicos irresponsables que juegan a esto. Nuestras ondas, webs, kioscos y librerías están repletas de revisionistas que, tras alardear de demócratas, blanquean la dictadura, justifican sus crímenes y defienden con razonamientos infantiles, pero eficaces, el mantenimiento de sus símbolos.

Este nuevo Movimiento solo ha podido alcanzar tamaña magnitud porque detrás de él se encuentra, nada menos, que el partido que tiene la responsabilidad de gobierno. Marhuenda no hablaría como habla si no contara con el aplauso de su amo, Mariano Rajoy.

España está pagando y va a seguir pagando esta gravísima irresponsabilidad de los conservadores españoles. Una buena parte de la derecha política, periodística, intelectual, eclesiástica y empresarial no ha querido desvincularse del fascismo. Nuestra derecha es una mancha de totalitarismo en Europa y algún día debería seguir, de una vez, el ejemplo del centro derecha francés o de la CDU alemana de Ángela Merkel que son abiertamente antifascistas. Nadie en la derecha sensata germana se plantearía hoy justificar la llegada de Hitler al poder por la violencia política que se vivía en el país o por la amenaza de un contagio soviético en los movimientos obreros; nadie blanquearía el nazismo porque los Aliados cometieron atrocidades terribles al bombardear Dresde o Hamburgo; nadie compararía al Führer con Napoleón o con Alejandro Magno para justificar la existencia de monumentos en su honor…

No. España no es Alemania y eso se debe, en buena medida, a que el PP no es esa CDU antifascista. Nuestro presidente del Gobierno fue un nostálgico franquista más que escondió, poco a poco, su camisa azul en lo más profundo de su armario. En los años 80 aún escribía artículos en la prensa reafirmando la superioridad física e intelectual de “los hijos de la buena estirpe” y autorizaba, como secretario general del PP gallego, la distribución de cartas alabando la figura del dictador.

Ese es el líder político que se ha declarado, orgullosamente, insumiso a una ley aprobada democráticamente como es la Ley de Memoria Histórica. Él y otros como él son los que han propiciado que aprendices, como Rafael Hernando o Pablo Casado, hagan méritos para ascender en el partido a base de humillar a las víctimas del franquismo y a sus familiares en los platós de televisión.

La derecha verdaderamente democrática, que la hay, debería de una vez por todas romper los hilos que la siguen atando a la dictadura. Sin duda perderán unos cuantos miles de votos, pero España necesita un Partido Popular que deje de peregrinar al Valle de los Caídos y se dedique a hacer pedagogía para evitar casos como el de Fuente Álamo. Allí es su grupo municipal, el popular, el primero en defender, con uñas y dientes, el que sus hijos estudien en un colegio llamado “José Antonio”.

Al igual que en Salamanca es su alcalde popular el que retrasa hasta el infinito la retirada de su Plaza Mayor, ordenada por un juez, del medallón dedicado al dictador. Al igual que en Alicante son sus concejales populares los que han logrado que se repongan los nombres de las calles franquistas. Al igual que en Madrid es su grupo político el que se opone a la retirada total de los vestigios de la dictadura. Al igual que en Alberche y Guadiana del Caudillo son sus alcaldes los que son premiados por la Fundación Francisco Franco. Al igual que en Baralla, Aljubé, Mora, Alella, Melilla, Navalmoral de la Mata, Vitoria, Callosa de Segura, Oviedo…

Son los Marhuendas y los Rajoys los que permiten, toleran y alientan esta complicidad intelectual con la dictadura. Son ellos los que llevan años creando el caldo de cultivo en el que sobrevive y, poco a poco, resurge el monstruo del totalitarismo. Son ellos,  los Marhuendas y los Rajoys los que provocan que España esté repleta de Fuente Álamos.

El resurgimiento del fascismo en España

19 mayo, 2017

Fuente: http://www.vnavarro.org

Vicenç Navarro, 3 de diciembre de 2013. 

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas.

Universidad Pompeu Fabra

Uno de los mitos que ha promovido la estructura de poder centrado en el estado español es que la dictadura que existió en España desde 1939 a 1978 fue un régimen autoritario pero no totalitario, distinción desarrollada por el politólogo Juan Linz, que ha tenido una gran influencia en la cultura politológica del mundo académico español, desde el que se ha extendido a los establishments políticos y mediáticos del país. Este autor dividió los regímenes dictatoriales en regímenes totalitarios, que promovían una ideología totalizante que intentaba cambiar la sociedad y a los individuos que vivían en ella, tal como -según Linz- lo hacían los regímenes comunistas, y en regímenes autoritarios, que eran regímenes que utilizaban el poder del estado para defender una estructura de poder mediante medios autoritarios, no democráticos, pero sin intentar cambiar la sociedad, careciendo de una ideología que la cohesionara y que intentara cambiarla. Según Linz, un ejemplo de ello fue el régimen liderado por el General Franco. Ni que decir tiene que los defensores y apologistas del régimen dictatorial español promovieron esta versión de lo que fue aquella dictadura, negando su carácter totalitario, portador y promotor de ideologías totalizantes.

Encuentro esta versión de lo que fue la dictadura profundamente apologética y propagandística, carente de credibilidad científica. Es importante señalar que España es uno de los pocos países en el que se conoce a aquella dictadura con el nombre de dictadura franquista. En la mayoría de países democráticos a esa dictadura, sin embargo, se la conocía y definía como fascista. Cuando, por ejemplo, el Sr. Samaranch fue a Atlanta, EEUU, para preparar los Juegos Olímpicos en aquella ciudad, el The New York Times se refirió a él como “el delegado de deportes del régimen fascista liderado por el General Franco”.

El término franquista, utilizado en España, conlleva la asunción de que aquella dictadura fue un régimen caudillista, es decir un régimen liderado por un caudillo cuyo objetivo era mantener el orden social del país, lo cual hacía utilizando medios autoritarios. En este esquema, desaparecido el dictador, desaparece la dictadura. Ahora bien, el régimen era mucho más que caudillista. La ideología que sostenía aquella dictadura era una ideología totalizante, que se reproducía predominantemente a través del estado y que sobrevivió al dictador y a la dictadura. Esta ideología fue el nacional-catolicismo, promovido por los aparatos ideológicos del estado, que afectaba a la totalidad de la sociedad y a los individuos que vivían en ella, invadiendo incluso las esferas más íntimas de la personalidad de los españoles, que incluían desde el comportamiento sexual, al idioma y cultura mediante los que el individuo debía expresarse. El régimen imponía toda una serie de normas de comportamiento y de pensamiento. En realidad, fue uno de los regímenes con una ideología más totalizante que hayan existido en Europa.

El nacionalismo españolista era un nacionalismo extremo, de carácter racista (el día nacional se llamaba el día de la raza), sumamente excluyente, que estaba basado en una visión imperial del Reino de España y con una concepción radial del estado, centrado en Madrid, la capital del Reino. España era la única nación del país y la más antigua de Europa y tenía una misión civilizadora. Otras concepciones de España eran reprimidas y eliminadas, definiéndoselas como anti España. Este nacionalismo españolista estaba intrínsecamente ligado al catolicismo clerical jerárquico español, que era parte del Estado español. No es que la Iglesia apoyara la dictadura; la Iglesia fue un componente claro de la dictadura, hecho que la jerarquía católica todavía hoy niega a pesar de la enorme evidencia de lo contrario. Los sacerdotes estaban pagados por el Estado y el dictador nombraba a sus obispos. La hipocresía de la Iglesia, negando esta realidad, alcanzaba niveles hiperbólicos.

Los aparatos apologéticos del Estado –incluso ahora, los existentes en la llamada época democrática- negaron las características de aquel estado, siendo la máxima expresión de este aparato el Diccionario Biográfico Español  promovido por nada menos que la Real Academia de la Historia, que une a su ausencia de rigor científico una desvergüenza antidemocrática. Un gran número de sus capítulos solo pueden definirse como meros panfletos ultraderechistas que en muchos países democráticos estarían prohibidos o serían ampliamente rechazados.

Aunque estos volúmenes alcanzan niveles extremos de reproducción de esa visión nacional-católica españolista, el hecho es que esa ideología impregna a grandes sectores de la sociedad española. Cuarenta años de dictadura, seguidos de treinta y cinco años de una democracia enormemente limitada y supervisada por la Monarquía y por el Ejército, han imposibilitado el cambio profundo de esta ideología, que la derecha española (que, en el abanico de opciones políticas europeo, encaja en la ultraderecha) y personalidades de la socialdemocracia española como José Bono y compañía (entre otros) sostienen.

Declaraciones recientes de dirigentes españolistas reproducen esta ideología. Ejemplos: El Sr. Aznar sostiene que “España es la nación más antigua de Europa”, el cardenal Rouco que “cuestionar la unidad de España es inmoral”, el Sr. Bono que “la grandeza de España se basa en su unidad” y un largo etcétera. En estas declaraciones, la unidad implica una visión excluyente de España que no admite otro tipo de Estado plurinacional que no sea el actual mononacional.

Esta visión está alcanzando un nivel asfixiante con las medidas represivas que el actual gobierno del PP está imponiendo como la de multar con 30.000 euros a lo que un policía –la mayoría de mentalidad de derechas- defina como un insulto a España, medida altamente represiva que recuerda a la dictadura. Es el reavivamiento del fascismo que nunca nos dejó.

Una última observación. Este sistema totalizante se reproduce también a través de los medios. Existe hoy una dictadura mediática –sí, una dictadura mediática- que no permite la diversidad ideológica que debería estar presente en una democracia. Un ejemplo de ello es que este artículo no sería aceptado para su publicación en ninguno de los cinco rotativos más importantes de España. De ahí que tenga que pedirle al lector que, independientemente de su acuerdo o desacuerdo con su contenido, lo distribuya ampliamente, por mera coherencia con su sensibilidad democrática.

Un día en la Transición según Pablo Martín Sánchez

23 marzo, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Publicado el por Holmes

A veces compro un libro por la portada. Es una vieja costumbre que procede de mi adolescencia, cuando me gastaba mi escasa paga semanal en adquirir un vinilo o un libro. Esa forma de actuar me costó más de un disgusto, pues en ocasiones descubría que había dilapidado mis recursos, adquiriendo un tostón monumental. Cuando hace unas semanas descubrí la portada de Tuyo es el mañana sobre el expositor de una librería, experimenté un flechazo. La imagen en blanco y negro de un galgo corriendo sobre la pista de un canódromo me hizo sonreír con melancolía, pues conviví durante diez años con un galgo presuntamente abandonado al acabar la temporada de caza. Siempre pensé que lo habían maltratado, pues temblaba de miedo ante los desconocidos, pero cuando paseábamos por el campo parecía feliz, especialmente si surgía una liebre y podía perseguirla durante un trecho. Al igual que el galgo de la portada, levantaba la arena de los caminos, estirando el morro para vencer la resistencia del aire. Alguna vez, atrapaba a su presa y la desnucaba con violentos meneos de cabeza. Después, se acercaba a mí y la depositaba a mis pies. No me agradaba que lo hiciera, pero evitaba exteriorizar mi malestar. Me parecía absurdo enfadarme con un galgo por actuar como un galgo. El instinto no repara en distinciones morales.

No conocía a Pablo Martín Sánchez. Sabía que debía leer El anarquista que se llamaba como yo, pues la crítica le había dedicado elogios unánimes, pero casi siempre postergaba la ocasión, pues la pereza −y tal vez la edad− me empujaba hacia la relectura de mis obras favoritas. Desde que cumplí los cincuenta, releer se ha convertido en una experiencia mucho más tentadora que arriesgarme con una novedad. Sin embargo, la imagen del galgo constituía una tentación ineludible. Descubrir que el editor era Acantilado constituía un estímulo, pues sus ediciones son exquisitas, tanto en la forma como en el contenido. Eso sí, esperaba que la obra de Martín Sánchez no resultara tan dura como Desgracia, la memorable novela de Coetzee, con un final desolador y también con un perro en la portada. Al principio, no reparé en que el título procedía de la famosa canción del grupo musical Vino Tinto, empleada –si la memoria no me falla− para invitar a la sociedad española a participar en el referéndum de 1976, que planteaba la reforma del régimen desde dentro. Saber que el autor había venido al mundo en 1977 cerca de Reus me hizo pensar que el título quizá pretendía reflejar el talante de la primera generación nacida después de la dictadura. Yo nací en 1963 y aún conservo secuelas de lo que significó vivir esos años. En un colegio de curas del centro de Madrid, asimilé enseguida la esencia del régimen: miedo, inseguridad, impotencia, indefensión. La violencia de los curas reproducía la violencia de los militares en el poder. Y los niños copiaban la conducta de los adultos, utilizando la fuerza y la intimidación con los más débiles. Los seis personajes de Tuyo es el mañana se mueven en ese ambiente de coacción y abuso. Clara Molina Santos sufre el acoso de Pena, uno de sus compañeros de colegio. Hija de una portera, vive en el mismo edificio que José María Raich y Ros de Olano, un empresario inmobiliario que aprovecha su poder e influencia para obtener todo lo que desea: sexo, acuerdos comerciales, un nieto… Solitario VI es un galgo del canódromo, que soporta las palizas de Atilano cuando se atreve a ladrar o a remolonear en la pista. Gerardo Fernández Zoilo es un profesor de la Escuela de Periodismo que pasó un mes en Tejas Verdes, un campo de concentración de la dictadura chilena, sufriendo toda clase de torturas y vejaciones. Carlota Felip Bigorra, una joven estudiante de periodismo, convive con las manifestaciones violentamente reprimidas por las autoridades, que se resisten a conceder una amnistía total. María Dolores Ros de Olano y Figueroa, madre de José María, lamenta los aires de cambio que se han levantado, cuestionando la obra del Generalísimo, paladín de la España católica, unida e imperial.

Ambientada en Cataluña y, en menor medida, en Roma, Tuyo es el mañana recorre un arco temporal de veinticuatro horas, concretamente el 18 de marzo de 1977, el año más convulso de la Transición, un proceso mitificado hasta hace poco y cada vez más cuestionado. El 18 de marzo es un día más, un trozo de vida cotidiana, como indica la cita de Séneca que precede a la novela, pero en ese breve período se agitan infinidad de pasiones y un fantasma, que habla desde un hipotético más allá. Clara urde un plan para no participar en una excursión organizada por su escuela. No quiere ser humillada una vez más por su compañero Pena. En su hogar, no se respira felicidad, sino insatisfacción. Solitario VI sueña con una niña que lo adopte, librándole del incierto destino de los galgos que pierden una carrera tras otra. José María da rienda suelta a sus perversiones, que incluyen una pedofilia parcialmente frustrada por la impotencia. María Dolores observa la marcha del mundo, deplorando que el libertinaje se propague como una epidemia. Gerardo aún cree que la violencia es la partera de la historia, y Carlota, su alumna y amante, sospecha que las apariencias siempre ocultan la verdad, favoreciendo los atropellos y las mentiras.

Pablo Martín Sánchez aborda muchos temas desde una perspectiva deliberadamente oblicua: la ambigüedad de los afectos, las zonas más oscuras del deseo, el tránsito de la infancia a la madurez, el conflicto entre revolución y reforma, la represión política, la memoria como forma de resistencia, la penumbra de las utopías, la opacidad del espíritu humano, el significado cambiante del arte, el sufrimiento callado de los animales abocados a vivir conforme al deseo de los hombres. Todos estos temas componen un laberinto que exige una lectura atenta, pues los distintos aspectos de la trama convergen en una salida que no implica una apoteosis hermenéutica, sino una invitación a seguir fabulando.

Estamos ante un escritor meticuloso y un extraordinario narrador. Su escritura teje firmemente el hilo de Ariadna, pero reserva el último cabo al lector. Hay un grupo terrorista, pero no sabemos a qué organización pertenece. José María Raich y Ros de Olano parece un jerarca del franquismo. Sabemos que luchó en el frente del Ebro, pero ignoramos si ha ocupado cargos en el régimen. Intuimos que Clara ha sido desdichada con sus padres, pero no conocemos su historia al completo. La pintura desempeña un importante papel en la trama, pero su significado es impreciso. ¿La ninfa de pechos incipientes del cuadro reversible representa a la sociedad española, condenada a perder su inocencia tras las ilusiones suscitadas por el cambio de modelo político? ¿O es simplemente una prueba de la hipocresía de la burguesía católica, que condena el aborto y la homosexualidad, pero comete toda clase de aberraciones de forma clandestina?

Pablo Martín Sánchez es un narrador en estado puro. Su prosa es ágil, fluida, elegante, pero no se hincha, ni se retuerce. No pretende escribir una novela lírica, sino contar una historia. Su propósito se materializa plenamente, enganchando al lector desde el principio. Sus personajes tienen una voz nítida, inconfundible, plenamente creíble, que se despliega sobre un escenario cuidadosamente documentado. El año 1977 no es una vaga referencia, sino una burbuja espaciotemporal que incluye sus señas de identidad más características: la matanza de los abogados de Atocha, la calabaza Ruperta del Un, dos, tres, la música de Lluís Llach, el supercomisario Roberto Conesa y el sádico Billy el Niño, el recuerdo de Salvador Allende, Curro Jiménez, el bronco y casi ininteligible Manuel Fraga Iribarne, el empalagoso Tigretón, Interviú, Cambio 16, la ETA, Fuerza Nueva, los secuestros de Oriol y Villaescusa, las violentas cargas de los antidisturbios, las piernas de Ornella Muti, el psicodrama, los chascarrillos sobre la «ley de Murphy», los cruentos documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, las cabinas telefónicas que funcionan con fichas, el Simca y el 1430, el Cacaolat, los walkie-talkies, las pintadas tronchantes: «Heidi reaccionaria», «Pipi al poder», «Húnete a Fuerza Nueva», «Ructura no, revolución» . A diferencia del Cuéntame, donde todo es de cartón piedra, aquí todo es real y encaja en la historia de forma natural, casi inadvertida.

Es evidente que cada lector desarrolla sus preferencias, conforme avanza la trama. Yo sentí debilidad desde un principio por Clara y Solitario VI, que más tarde se convertirá en Raqui (por raquítico, claro). La combinación de una niña hambrienta de afecto y un perro apaleado que también suspira por algo de cariño puede ser insoportablemente ñoña o verdaderamente emotiva. Pablo Martín Sánchez no se despeña por el sentimentalismo gratuito, sino por una inteligente comprensión de los afectos. Solitario VI no es Berganza relatando a Cipión sus infortunios con distintos amos, sino un galeote que sueña con la libertad. Quienes hemos convivido con un galgo conocemos sobradamente su hipersensibilidad. Por eso no nos extraña que exclame: «no duelen tanto las palizas que te dan como los abrazos que te niegan». Los malos tratos que soportan los galgos evocan las torturas que aguantó Gerardo, el profesor de origen chileno que combatió en las filas del MIR. El canódromo se parece a Tejas Verdes. Ambos espacios son campos de concentración, sin otra expectativa que la explotación, la vejación o el exterminio. «Me gustan los niños porque son como nosotros», comenta Solitario VI, que no puede contenerse la primera vez que descubre a Clara, caminando con una mochila a la espalda: «Quiero irme con ella, ¡quiero irme con ella!» El galgo explica que le gustan los niños porque «ven la vida a ras de suelo». Es decir, porque tienen la misma perspectiva que un perro. Valle-Inclán afirmaba que sólo escribe de rodillas quien pretende atribuir a sus personajes la condición de héroe, pero Solitario VI, con un punto de vista semejante, aprecia más bien el aspecto más ridículo del ser humano. Saber que durante la Guerra Civil los anarquistas convirtieron en prisión las jaulas del canódromo de Guinardó le produce un enorme regocijo: «¡Me parto, me parto! ¡Que se jodan, que se jodan!» Su alegría por este hecho no afecta a la delicadeza de sus sentimientos hacia Clara: «Hace un rato ni siquiera la conocía y ahora tengo la sensación de que mi existencia está unida a la suya por un lazo más fuerte que la más fuerte de las cadenas».

Casi todos los personajes de Tuyo es el mañana exhiben cicatrices. Aunque procedan del azar o la fatalidad, no son meras marcas, sino huellas de una historia. Como apunta Carlota, «las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real». A veces, las cicatrices no son visibles a primera vista, pues se han grabado en el interior. Es lo que le sucede al mendigo que habla con Clara en el metro. Con una pluma azul en el pelo, una cuchara en el ojal y un gatito de días escondido en el abrigo, le confiesa que lo perdió todo por culpa del juego, pero que rozó la fortuna con un billete de lotería. Quizá la cicatriz más profunda sea la del niño robado que nacerá ese 18 de marzo y será separado de su madre para crecer en el seno de un matrimonio de la burguesía, incapaz de engendrar su propia descendencia. La Transición ocultó las miserias del franquismo, incluido el vergonzoso tráfico de bebés que necesitaría varias décadas para salir a la luz.

He de admitir que esta vez la portada no me ha jugado una mala pasada. La imagen del galgo me ha deparado una novela intensa, que recrea un día de nuestra historia reciente, combinando con destreza la introspección, el humor, la intriga y el análisis político. Otro galgo abandonado sustituyó al galgo que me acompañó diez años. En realidad, es una mezcla de galgo, podenco y quizás algo más. Al igual que Solitario VI, se ha comido alguna paloma en mi jardín. Lo sé por el rastro de plumas que han dejado sus dentelladas. No he llorado, como Clara cuando descubre el instinto depredador de su nuevo amigo, pero sí he lamentado que el mundo funcione de un modo tan truculento. Pablo Martín Sánchez, con enorme sabiduría, se abstiene de realizar valoraciones. Eso sí, no se advierte en su literatura desgarro existencial, sino la serenidad del que no exige a la vida más de lo que puede depararnos.

Por cierto, no abandonaré mi manía de comprar libros por la portada. A veces funciona y nos permite reencontrarnos con fragmentos de nuestro pasado, como un lejano día de 1977, que yo debí de pasar entre la escuela y mi casa, ignorando que en Vitoria se había convocado una manifestación para exigir amnistía total y en la universidad de Barcelona los PNN (profesores no numerarios) se habían aliado con los estudiantes para enfrentarse a los catedráticos más reaccionarios.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (20-01-2017). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

18 de julio de 1936

21 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La cruel contienda fratricida traumatizó a una sociedad y es el origen de nuestro tiempo presente

Enrique Moradiellos, 17 de julio de 2016.

Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

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· 18 de julio, cambio del curso de la historia

Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

“La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura.”

El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.