Posts Tagged ‘dictadura’

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

El franquismo que se resistía a morir

29 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Julián Casanova, 24 de enero de 2017.

Han pasado cuarenta años de aquellos trágicos días entre el 23 y 28 de enero de 1977. España viajaba hacia un lugar desconocido, aunque muchos insistan ahora en que todo a partir de la muerte de Franco tenía un guión escrito.

La salida de la dictadura, como sabemos, resultó espinosa. Más de una generación de españoles había crecido y vivido sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Al Ejército de Franco, unido en torno a él y que no había sufrido una derrota militar, como ocurrió en otras dictaduras, le costó asimilar los cambios. Los gobernantes, primero con Arias Navarro y después con Suárez, conservaban casi intacto el aparato político y represivo del Estado. Las amenazas de golpe por arriba y de terrorismo por abajo llenaron de dificultades aquellos primeros años tras la muerte del dictador. El armazón del régimen franquista que controlaba el poder no contenía el embrión de la democracia y tampoco el nuevo jefe del Estado ofrecía las mejores garantías.

Prescindamos de las dos lecturas básicas que se hacen desde el presente –transición feliz desde una dictadura a una democracia plena; o democracia impura legitimada por el régimen de 1978– y saquemos a la luz algunas de las tensiones de aquella época.

En 1976 había todavía en España más de un millar de presos políticos, los miembros de la Brigada de Investigación Político-Social actuaban de forma impune, el Tribunal de Orden Público (TOP), la jurisdicción especial creada en diciembre de 1963, abrió en ese año casi cinco mil causas con penas de cárcel, sanciones administrativas y elevadas multas, y la censura se recrudeció a través de las suspensiones gubernativas, las incautaciones de periódicos y los expedientes de la Dirección General de Prensa.

En realidad, desde los últimos años de la dictadura, el orden público fue una preocupación constante de sus dirigentes frente al comunismo y la masonería. Eran, como se había repetido machaconamente desde la victoria en la Guerra Civil, los grandes enemigos de España, infiltrados en los años setenta, tras el desarrollo y la modernización, en la Iglesia y en las universidades, en las clases trabajadoras y en los medios de información.

La conflictividad laboral se disparó a partir diciembre de 1975 no sólo por el número de huelgas y de obreros implicados sino también por la extensión de las protestas hacia todos los sectores productivos a lo largo y ancho del territorio nacional. Una movilización social desconocida desde hacia cuarenta años, vertebrada fundamentalmente en torno a Comisiones Obreras, la organización de combate más influyente, con bases sólidas dentro del sindicalismo vertical del régimen y una amplia red de enlaces y jurados en las grandes empresas.

A las autoridades políticas, los gobernadores civiles y los mandos policiales les preocupaba especialmente que, junto a las demandas laborales y las protestas por la carestía de la vida, aparecieran otras reivindicaciones de carácter claramente político como la reclamación de libertad sindical, los derechos de reunión y asociación, las peticiones de readmisión de despedidos o de libertad para los encarcelados, las huelgas de solidaridad, los paros simbólicos como protesta por acontecimientos de carácter nacional, las huelgas de hambre y los encierros en iglesias y polideportivos y la difusión de los métodos asamblearios, un caldo de cultivo para el surgimiento de líderes sindicales y para el ensayo de la cultura política democrática.

Desde julio de 1976, desde el nombramiento de Adolfo Suárez como jefe de Gobierno, las elites políticas procedentes del franquismo estaban llevando adelante una reforma legal de las instituciones de la dictadura, empujadas desde abajo por las fuerzas de la oposición democrática y por una amplia movilización social de muy diverso signo. El día 18 de noviembre 435 de los 531 procuradores votaron a favor de la Ley para la Reforma, aprobada después en referéndum el 15 de diciembre. Pero las cosas se complicaron, y mucho, en el mes que siguió a esa consulta popular y especialmente en los días que transcurrieron entre el 23 y el 28 de enero de 1977.

Los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), el brazo armado de una escisión comunista, que ya habían secuestrado al presidente del Consejo de Estado, Antonio de Oriol,  el 11 de diciembre, secuestraron también, el 24 de enero, al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, el teniente general Emilio Villaescusa, y asesinaron a tres policías. En las calles de Madrid se vivió la muerte de un estudiante a manos de un grupo de ultras, el fallecimiento posterior de una joven golpeada por un bote de humo en una manifestación de protesta y la irrupción de unos pistoleros de ultraderecha en un despacho de abogados laboralistas ligados a CCOO con el resultado de cinco muertos y cuatro heridos graves.

Aunque esos secuestros y los asesinatos en el despacho laboralista, perseguían una reacción violenta de las fuerzas armadas, no hubo movimientos en los cuarteles pidiendo el estado de excepción. El Gobierno mantuvo la calma y el Partido Comunista de España, todavía ilegal, recibió innumerables muestras de solidaridad por el orden y la disciplina que sus dirigentes y militantes exhibieron en la impresionante manifestación de duelo por los cinco asesinados, celebrada dos días después, el 26 de enero, en la que cientos de miles de asistentes recorrieron en silencio las calles de Madrid con claveles rojos y puños cerrados en alto.

El proceso de reforma legal continuó adelante y desembocó en la celebración de elecciones generales en junio de ese año, algo que contribuyó a la legitimación de la élite política y del monarca procedentes de la dictadura. En esos meses fue disuelto el TOP, y se desmantelaron las instituciones básicas de la dictadura. Entre abril y junio los 20.000 funcionarios de la Organización Sindical y los 7.000 adscritos a los organismos del Movimiento fueron absorbidos por la Administración conservando todos sus derechos, sin que se mencionara, en ningún momento, la posibilidad de purgas o de depuraciones.

Suele señalarse como una peculiaridad de la política actual en España, comparada con la de otros países europeos, la inexistencia de un partido/movimiento de ultraderecha potente, influyente en la sociedad. La forma en que se produjo la transición en aquellos años explica muchas cosas. Todo ese proyecto de reforma política, de transición de la dictadura a la democracia, tuvo que premiar con prebendas y cargos públicos a un sector de la elite franquista. Muchos procuradores franquistas que votaron la reforma en las Cortes volvieron después a la política activa, ya legitimados democráticamente, elegidos por sus provincias de origen en junio de 1977, beneficiados por el apoyo gubernamental o como senadores de designación real. Habían pasado más de cuatro décadas desde las últimas elecciones generales, las de febrero de 1936.

El cuarenta aniversario de los asesinatos en el despacho del número 55 de la calle Atocha de Madrid es un buen momento para  recordar, al margen de lecturas políticas actuales, cómo y bajo qué circunstancias el largo pasado autoritario iba quedando atrás, borrando sus huellas  más incómodas, pese a que el bunker y la ultraderecha seguían resistiendo.

________________

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, autor, junto a Carlos Gil Andrés, de ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel)

José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

23 febrero, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

18 de julio de 1936

21 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La cruel contienda fratricida traumatizó a una sociedad y es el origen de nuestro tiempo presente

Enrique Moradiellos, 17 de julio de 2016.

Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

MÁS INFORMACIÓN

· 18 de julio, cambio del curso de la historia

Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

“La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura.”

El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

La sombra de Franco es alargada

19 septiembre, 2016

Fuente: http://www.elpais.com

Una eclosión de títulos sobre el dictador analizan la evolución de su imagen en la propaganda, los intentos de atentar contra él y sus apoyos en los servicios secretos

Franco, en una visita a San Sebastián en 1965, posterior al intento de atentar contra él en esa ciudad.
Franco, en una visita a San Sebastián en 1965, posterior al intento de atentar contra él en esa ciudad.EFE

A punto de cumplirse en noviembre de este año el 40º aniversario de la muerte del general Franco, la previsible avalancha de obras sobre su persona y su régimen ya cuenta con bastantes aportaciones dignas de interés. Dejando a un lado la voluminosa biografía firmada por Stanley G. Payne y Jesús Palacios(Franco; Madrid, Espasa, 2014) y el repaso a su dictadura dirigido por Julián Casanova (40 años con Franco; Barcelona, Crítica, 2015), hay tres obras recién aparecidas que merecen atención especial por su temática.

En primer lugar cabe destacar el libro de Antonio Cazorla, historiador español afincado en Canadá, que no quiere ser una nueva biografía de Franco al uso. Es más bien un estudio de “la evolución de la imagen pública del Caudillo, tal y como la percibieron los españoles de su tiempo”. El reto planteado le permite hacer un seguimiento de la figura mitificada de Franco a través de la historiografía oficial del régimen en España y de sus mecanismos de propaganda hagiográfica en el interior (prensa, radio y No-Do, principalmente). También le obliga a seguir la imagen del Caudillo en el exterior, donde nunca dejó de ser, mayoritariamente, un tirano autoritario y reaccionario con un detestable historial proalemán en la II Guerra Mundial.

El recorrido de Cazorla sobre “qué se dijo de Franco, cuándo y dónde” se articula en cinco capítulos principales que se corresponden con hitos biográficos del Caudillo construidos por sus hagiógrafos sobre bases parcialmente veraces, pero sometidas a la pertinente glorificación mitificadora: 1) La etapa en la que se proyectaba como un “héroe militar” casi predestinado antes de la guerra civil de 1936. 2) La fase en la que se convirtió en “salvador de España” durante la contienda de 1936-1939 en la que “venció al bolchevismo en el campo de batalla”. 3) El tiempo del “hombre de paz” que mantuvo al país fuera de la guerra mundial de 1939-1945 sin sucumbir a las tentaciones beligerantes y que sufrió un leve ostracismo internacional entre 1945 y 1947. 4) El punto cenital del “gobernante prudente” que sobrevive en las aguas turbulentas de la Guerra Fría hasta 1961 como omnisciente “centinela de Occidente”. 5) Los años del dictador “modernizador” que promueve y contempla los beneficios del progreso económico y social de los sesenta y primeros setenta hasta envejecer y morir en plena crisis de 1975.

En contra de la caricatura, Franco demostró inteligencia política e indudable capacidad de gestión gubernativa

Cazorla desmonta esos mitos de manera convincente y, a tono con lo que ya habían hecho otros trabajos biográficos más canónicos (como el clásico de Paul Preston), recuerda a sus lectores que “Franco no fue un individuo con especiales dotes intelectuales o espirituales”. Pero sin suscribir por eso el juicio consolador avanzado por una oposición antifranquista tan masacrada como desmoralizada, que le consideraba un mediocre tirano que sólo llegó al poder por la exclusiva ayuda del Eje germano-italiano y que sólo sobrevivió en el mismo por una combinación de buena suerte exterior y represión inclemente interior. No parece tan fácil la explicación porque Franco demostró a lo largo de los años una verdadera inteligencia política e indudable capacidad de gestión gubernativa. Y esas “virtudes” también estuvieron en la base de sus éxitos como dictador longevo y con “más poder que ningún otro gobernante en la historia moderna del país”.

La segunda contribución al estudio del franquismo tiene como autor al periodista barcelonés Antoni Batista y se presenta bajo el título de Matar a Franco. El subtítulo apunta a que se trata de un estudio y análisis de “los atentados contra el dictador”, un mínimo de 12 tentativas, todas fracasadas, entre 1936 y 1964, si seguimos a investigaciones previas (como la de Eliseo Bayo, publicada ya en el año 1976).

Batista se centra particularmente en la intentona protagonizada por Jordi Conill Vall, el Camarada Bonet, que trató de hacer explotar una bomba al paso del coche de Franco en las inmediaciones del palacio de Ayete, en San Sebastián, en agosto de 1962, durante las tradicionales vacaciones veraniegas del Caudillo en la costa vasca. Pero el resultado del esfuerzo, sin desmerecer su calidad literaria, es bastante ambiguo desde una perspectiva historiográfica. Ante todo porque el autor, como bien dice en su prólogo, ha querido navegar “con un género entre la historia novelada y la novela histórica”. Y nada se compadece menos con la historia y el relato histórico que esa hibridación que renuncia a buscar la verdad a favor de la verosimilitud, y que mezcla lo real y lo inventado sin criterio de discriminación evidente y objetivado.

Nada se compadece menos con la historia que esa hibridación entre lo real y lo inventado que renuncia a buscar la verdad

La tercera aportación a esta eclosión “franquista” es obra del periodista británico Peter Day y lleva el intrigante título y subtítulo de Los amigos de Franco. Los servicios secretos británicos y el triunfo del franquismoEn realidad, el autor hace un repaso sumario a la actitud de los Gobiernos británicos (tanto su aparato diplomático como sus servicios de inteligencia) hacia Franco desde el inicio de la guerra civil de 1936 y hasta el comienzo de la Guerra Fría, pasando por el sexenio de la II Guerra Mundial. Un repaso que no deja de corroborar algo ya bien sabido desde hace tiempo: que el Gobierno conservador británico practicó una “neutralidad benévola” hacia el bando franquista durante la contienda civil, y que, posteriormente, se contentó con mantenerlo al margen de la guerra mundial como mal menor y soportable pese a sus veleidades proalemanas y proitalianas, sobre todo porque no encontró mejor alternativa sin riesgo de nueva guerra civil.

Las virtudes informativas del libro de Day no bastan para eclipsar algunas carencias notorias en el mismo. Por un lado, la apoyatura bibliográfica, hemerográfica y archivística es básica y exclusivamente anglófona, sin apenas uso y recurso de los abundantes materiales en español disponibles desde hace tiempo. Algo que limita, y mucho, el alcance de sus interpretaciones y valoraciones (sobre todo esa recurrente hipertrofia de la influencia británica en la evolución política del franquismo). Por otro lado, el formato del trabajo está, como en el caso de Antoni Batista, a medio camino entre la ficción novelada y la disciplina historiográfica, con un peligroso equilibrio que no acierta a ser creíble en no pocas ocasiones.

En todo caso, el trabajo de Day deja perlas informativas interesantes. Como esta valoración final del papel de la corrupción sociopolítica en el franquismo emitida por uno de los jefes del servicio secreto británico en España, el capitán Alan Hillgarth. Es tan actual en tantas cosas que merece la pena que sirva de colofón a este texto:

“Franco ha establecido, o permitido que se estableciera, un número inmenso de intereses creados en su régimen, por medio de empleos y privilegios, y casi todos los intereses son activa y continuamente corruptos. Y el efecto de lo que ha permitido, sumado a las circunstancias de la época, es que en España casi todo el mundo, desde lo más alto hasta lo más bajo, vive de la corrupción tanto si le gusta como si no”.

Franco. Biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza Editorial. Madrid, 2015. 392 páginas. 22 euros (digital, 15,98).

Matar a Franco. Antoni Batista. Debate. Madrid, 2015. 240 páginas. 21,90 euros.

Los amigos de Franco. Los servicios secretos británicos y el triunfo del franquismo. Peter Day. Tusquets. Barcelona, 2015. 280 páginas. 20 euros.

Nostalgia de dictadores

17 julio, 2016

Fuente: diario EL PAÍS

Algunos historiadores tratan de convertir a los tiranos en santos y modernizadores

 

Stalin recordó en varias ocasiones, para subrayar los logros económicos de su régimen, que encontró Rusia con el arado de madera, el mismo que se utilizaba desde la Antigüedad, y la dejó con la bomba atómica. En los países que componían Yugoslavia, los más jóvenes, que no tuvieron ocasión de conocer a Tito, lo recuerdan como un gran hombre que unió al país y le dio una prosperidad sin precedentes. En Hungría, Horthy, que metió a su país en la II Guerra Mundial al lado de los nazis, con efectos desastrosos, es ensalzado por el presidente Orban y su máquina propagandística como un patriota y recordado en monumentos y homenajes. En España hace tiempo que algunos historiadores, y otros que dicen serlo, insisten en que Franco fue el gran modernizador del país en el siglo XX, el campeón de las dictaduras desarrollistas.

En 1945 Europa dejó atrás más de 30 años de guerras, revoluciones, fascismos y violencia. La cultura del enfrentamiento se había abierto paso en medio de la falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón. Un grupo de criminales que consideraba la guerra como una opción aceptable en política exterior se hizo con el poder y puso contra las cuerdas a los políticos parlamentarios educados en el diálogo y la negociación.

Esas guerras y tiranías del siglo XX han dividido durante mucho tiempo a las sociedades europeas, utilizadas para justificar en ocasiones posiciones políticas actuales y en otras como arma de combate ideológico frente a sus oponentes. El ejemplo más claro es Rusia, donde una parte importante de su población muestra un extraordinario culto y aprecio a la persona de Stalin, más de 60 años después de su muerte y 25 años después de que cayera el comunismo.

Buscar explicaciones racionales a fenómenos tan irracionales, y complejos, como el Gran Terror, el Holocausto o las diferentes manifestaciones de la violencia desatada por esos dictadores, siempre ha resultado una tarea difícil, casi imposible, para los historiadores. Pero sabemos perfectamente, por las numerosas pruebas existentes, evaluadas y contrastadas, que toda esa modernización y desarrollo de las dictaduras, cuyos dirigentes llevaron el culto a la personalidad a extremos sin precedentes, fueron obtenidas a un horroroso precio de sufrimiento humano y de costes sociales y culturales. Para millones de víctimas, el dominio de esos líderes significó prisión, tortura, ejecuciones, campos de concentración y exilio. La ciencia y la cultura fueron destruidas o puestas al servicio de sus intereses y objetivos. Muchas minorías sufrieron deportaciones masivas desde sus hogares tradicionales y en las sociedades se instaló el miedo, la denuncia, la sumisión y la despolitización.

Todo eso lo sabemos porque se ha investigado de forma detallada y rigurosa en esos países, con la apertura de nuevos archivos y con diferentes aproximaciones biográficas y empíricas al ingente material disponible. Con memorias divididas, y España es un buen ejemplo, esos trágicos sucesos del pasado han proyectado su larga sombra sobre el presente. La sombra del Gulag, del nazismo, de los campos de exterminio, de la persecución de los judíos, del genocidio o de la represión franquista. Por eso llama la atención el interés que ahora muestran algunos historiadores en destacar la parte más positiva de aquellos tiranos que dominaron sin piedad durante décadas las vidas de millones de ciudadanos, sometiéndolos a una fatalista sumisión a los sistemas totalitarios que habían creado.

Coincide esa ola de revisionismo, además, con un momento en que las democracias europeas se están volviendo más frágiles, la política democrática sufre un profundo desprestigio, traducido en el crecimiento de organizaciones de ultraderecha y de nacionalismo violento en casi todos los países, desde Holanda a Finlandia, pasando por Hungría o Francia, y la corrupción y los desastres económicos alejan a las nuevas generaciones de aquel ideal de Europa que sirvió para estabilizar al continente en las últimas décadas del siglo XX.

Algunos pensarán que son maneras de ver —y manipular— la historia más próxima. Lo normal en una disciplina sometida a tanta opinión y punto de vista y siempre bajo sospecha de subjetivismo y de parcialidad.

Pero en realidad no son los hechos históricos los que se discuten y se trasladan al debate público, sino la interpretación de esos hechos que mejor sirve a los gobernantes y grupos políticos para mantener una versión oficial de la historia. ¿Nostalgia de dictadores modernizadores o ignorancia de su propio pasado? Lo sorprendente es ver cómo, en toda esa trama compleja de usos y abusos del pasado, algunos historiadores convierten a tiranos y criminales de guerra en modernizadores y santos, ocultando los fragmentos más negros de sus políticas autoritarias. Buena enseñanza para aquellos que, ante la crisis y el futuro incierto, reclaman gobernantes con mano de hierro.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y profesor visitante en la Central European University de Budapest.

El franquismo no fue un páramo cultural

14 marzo, 2016

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El británico Jeremy Treglown indaga en las huellas que han dejado la guerra y la dictadura en la cultura española actual

José Isbert (con boina), en un fotograma de ‘El verdugo’ (1963), de Luis García Berlanga

A lo largo del siglo XVIII, los numerosos viajeros británicos que visitaron España y publicaron sus impresiones para lectura de sus connacionales (y, de paso, también de los españoles) recibieron el cariñoso y ambiguo apelativo de “curiosos impertinentes”. Jeremy Treglown, un acreditado profesor de Literatura Comparada, se ha sumado a esa larga y heterogénea tradición con una obra de título intrigante y temática más apasionante, puesto que pretende examinar la influencia y los legados del franquismo en la cultura española actual. Una tarea ciertamente difícil, compleja y plagada de riesgos no sólo interpretativos ya que, en sus propias palabras casi liminares, los españoles padecen algo parecido a “una obsesión por la ‘memoria’ que está políticamente manipulada y es culturalmente amnésica”.

Cabe decir, tras la lectura del libro, que Treglown ha logrado su objetivo de ofrecer un balance del peso de la memoria del franquismo en la España de los últimos decenios bastante equilibrado, atento al matiz y la distinción y ajeno a los maniqueísmos y simplificaciones. Y no es poca cosa lo logrado, si tenemos en cuenta que algunos de sus colegas que abordaron recientemente la misma temática o similar son autores de afirmaciones tan peregrinas como la que sostiene que hasta la victoria socialista de 1982 los artistas españoles no habían disfrutado “de subvenciones del Estado y de acceso al resto del mundo”.

Treglown no sigue esa estela, ni mucho menos. Sin que por ello dejen de apreciarse, a veces, resabios de esos estereotipos en juicios infundados. Como cuando supone que la dictadura militar de Primo de Rivera en los años veinte “reforzó el feudalismo” (en realidad fue un caso canónico de “modernización reaccionaria”). O cuando nos presenta a Carmen Franco Polo como “la temible hija de Franco”, y presidenta del organismo que gestiona el Valle de los Caídos (ambas cosas difícilmente creíbles: la una porque cabe verla como cualquier cosa menos “temible” y lo otro porque el monumento forma parte de Patrimonio Nacional, organismo estatal donde nada pinta la duquesa de Franco).

El consecuente “viaje por la memoria y la cultura del franquismo” se abre con un recorrido por las herencias materiales de la dictadura (en particular, el Valle de los Caídos, considerado como “monstruosa cripta”) y prosigue con un repaso al devenir del arte y la cultura española desde la Guerra Civil y hasta más allá de la Transición, con especial tratamiento de “las guerras de la historia” (la historiografía sobre la contienda y el franquismo, incluyendo el fenómeno de la memoria histórica), la literatura (desde Ramón J. Sender y Agustín de Foxá a Camilo José Cela y Antonio Muñoz Molina) y la producción cinematográfica (desde el cine de Raza y Cruzada hasta la obra de Saura y Almodóvar).

Las conclusiones del autor son muchas, bastante diversas y muy variadas. Pero entre todas ellas cabe mencionar algunas que rompen la idea de que el franquismo fue un páramo cultural tenebroso, y que los españoles de la posguerra y del posfranquismo carecieron de oportunidades para conocer su propio pasado, por temor inducido más que por decisión propia y voluntaria, si acaso.

La primera idea sobre el franquismo como yermo estéril queda desmentida por varias evidencias incontestables: los artistas Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Manolo Millares y Antonio Saura gozaron “de celebridad internacional y todos vivieron y trabajaron en la España de Franco”; en tanto que los novelistas Camilo José Cela, Miguel Delibes o Luis Martín-Santos alcanzaron estatura y proyección internacional pese a vivir bajo la dictadura (Tiempo desilencio, de 1961, se tradujo a 16 idiomas), como igualmente sucedió con los cineastas Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura (El verdugo, de 1963, fue la gran triunfadora en el Festival de Cine de Venecia). Así pues, cabe dudar de la tesis según la cual “de la dictadura no podía salir nada bueno”, sobre todo porque “la cultura española comenzó a ser posfranquista mucho antes del fin de la dictadura”.

La segunda idea sobre la amnesia política de los españoles resulta discutible cuando “la Guerra Civil y el periodo que le siguió dominan la vida editorial de España como ningún otro tema”, y ello desde los años sesenta sin solución de continuidad y aún antes (José María Gironella publica con enorme éxito Los cipreses creen en Dios en 1953, convirtiéndose en un autor que “tiene mucho que decir a los lectores de hoy, y no solamente españoles”).

Y lo mismo cabe decir para otra de las nuevas artes más renovadoras y de mayor audiencia pública: “En el cine español nunca hubo un pacto de olvido”. Por eso mismo, el abierto apoyo de Treglown a la necesidad de exhumar y dignificar las fosas de represaliados no implica que tal operación pueda tener efectos políticos directos (“García Lorca sobrevive en sus obras: encontrar sus huesos no cambiará nada”), ni que ello suponga el eclipse de las víctimas de la represión practicada por los republicanos luego vencidos (y cita a las 135 víctimas religiosas de la diócesis de Jaén como ejemplo válido).

En definitiva, Treglown reitera la complejidad de la historia del franquismo y del posfranquismo y advierte contra los maniqueísmos interpretativos de uso y curso habitual: “La memoria cultural no tiene sentido si recupera sólo la mitad del pasado”. Nada que objetar a tan sabia recomendación de un “curioso impertinente” más en la línea de Gerald Brenan que de otros practicantes del género menos cultos y más doctrinarios.

La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Jeremy Treglown.Traducción de Joan Andreano Weyland. Ariel. Barcelona, 2014. 357 páginas. 22,90 euros (digital, 14,99)

 

Siete preguntas incómodas sobre ISIS y las guerras contra el terrorismo

14 diciembre, 2015

Fuente: http://www.eldiario.es

Estado Islámico reforzó hace un mes su propaganda sobre Francia con un video musical llamando a la yihad

Militantes de ISIS en un vídeo difundido por esa organización.

¿Es el terrorismo yihadista el más peligroso?

Sí, para los musulmanes. Hace unos días, ISIS asesinó a 37 civiles en Beirut en una zona habitada en su mayoría por chiíes. En nuestros países, nadie puso en circulación hashtagso campañas de homenaje. Incluso muchos medios titularon que el atentado se había producido en una “zona controlada por Hizbolá”. No se hacen hashtags por Hizbolá.

En las guerras de Irak y Siria decenas o centenares de miles de musulmanes han muerto en esas guerras civiles cuyo punto de arranque fue la invasión norteamericana de Irak. No lo olvidemos. El derrocamiento de Sadam Hussein tenía como objetivo no ya acabar con una dictadura, sino rediseñar las fronteras políticas de Oriente Medio e iniciar una nueva era. “Seremos recibidos como libertadores”, dijo Cheney en marzo de 2003.

Fue uno de los grandes errores históricos de siempre, a la altura de la invasión soviética de Afganistán o la decisión de Hitler de lanzarse sobre la URSS. Reforzó a Irán al llevar a sus aliados al poder en Bagdad y alentó una paranoia creciente en los regímenes suníes sobre el creciente poder de los chiíes. La campaña de bombardeos saudíes en Yemen debe mucho, casi todo, a esa confrontación que se repite con distintas formas en varios puntos de Oriente Medio y ha creado suficientes monstruos como para que nos atormenten durante años. Siempre estamos a tiempo de crear más.

¿Es ISIS, como antes Al Qaeda, un amenaza real e inminente para los habitantes de Europa y EEUU?

La horrible carnicería de París nos lleva a pensar que el terror tiene en este planeta la forma de un joven musulmán fanático que hará lo que sea para matar a un europeo o norteamericano. La realidad indica que eso no es cierto. En EEUU, es más fácil acabar tiroteado por un compatriota.

Pero hay muertes que no exigen lanzar una guerra universal.

¿Nos enfrentamos a una guerra que hay que afrontar como tal y sin contemplaciones?

Ese es el punto de vista de los halcones y de los que piensan que no hay problema estratégico que no se pueda solucionar matando gente. Son los que creen que cada año nos enfrentamos al dilema de Neville Chamberlain y que ignoramos que siempre hay que luchar contra el mal absoluto con las armas en la mano.

Desde 2001, los países occidentales han invadido Afganistán e Irak. Han lanzando sus drones sobre Pakistán, Yemen y Somalia en una campaña permanente que nunca tendrá fin. Han impuesto en Libia una zona de exclusión aérea que propició el derrocamiento de Gadafi. Han tolerado la invasión saudí de Yemen. Han reconstruido ejércitos como el iraquí que se han revelado como una banda mediocre y corrompida. Han anunciado que el régimen sirio debía desaparecer, ayudado a algunos grupos insurgentes y tolerado que saudíes y turcos armen a los más peligrosos de los enemigos de Asad. Han lanzado una campaña de bombardeos contra ISIS que lleva ya 8.125 ataques aéreos hasta el 12 de noviembre (con un coste de 5.000 millones de dólares, una media de 11 millones diarios), a la que ahora se ha sumado Rusia.

No parece que en catorce años la ideología oficial de Occidente haya sido el pacifismo. Sarkozy ha dicho que “nada puede ser como antes, debe ser una guerra total”. Entonces, ¿cómo definiría lo que ya ha ocurrido desde 2001?

¿Es una guerra contra el Islam en la que todos los musulmanes son sospechosos?

Nada gustaría más a los yihadistas que se extendiera esa idea en Europa. No hay que negar que muchos europeos piensan así, de lo contrario Marine Le Pen no insistiría tanto en ello. Para ISIS, sí es una guerra de civilizaciones frente al Occidente de los “cruzados” en la que pretenden reclutar a los musulmanes para convencerles de que la “yihad” que les exige su religión no consiste en esforzarse en vivir bajo sus preceptos, sino embarcarse en una guerra permanente contra los infieles.

Precisamente, eso es lo que sostenía una y otra vez Al Qaeda. Pensemos en todos los artículos tras el 11S que nos alertaban de que la organización de Bin Laden pretendía llevar el Islam al corazón de Europa, recuperar “Al Andalus” y sus glorias del pasado. Era la guerra definitiva en la que la típica pusilanimidad europea hacía prever un futuro oscuro.

Nada de eso ocurrió. No hubo ningún Al Andalus yihadista. Los musulmanes de Francia, Reino Unido y España no se rebelaron contra sus amos paganos. Bin Laden acabó escondido en un chalé viendo cintas de vídeo, fue eliminado a sangre fría y su cuerpo, tirado al mar. Su organización en Irak fue aniquilada (aunque resucitaría con otro nombre, el de ISIS, gracias a ese Estado fallido que es Irak y a la guerra siria).

Hay otra forma de ver lo que Bin Laden consiguió por si nos da alguna pista sobre lo que pasará con ISIS. En una época en la que a los líderes europeos les cuesta dejar su huella, podríamos preguntar si no es cierto que Bin Laden tendría razones, si siguiera vivo, para presumir de sus logros.

En cierto modo, esa guerra permanente ha tenido en Occidente un precio terrible en términos políticos, económicos y morales. Nuestros inmaculados valores se defendieron en la prisión de Abú Ghraib desnudando a los presos y colocándoles una correa en el cuello; en Haditha, Irak, asesinando a sangre fría a hombres, mujeres y niños; y en las prisiones ocultas de la CIA aplicando el ‘waterboarding’ a los sospechosos de terrorismo.

Me pregunto de dónde sacarán algunos que la prosperidad de Occidente nos ha vuelto blandos.

¿Cómo se alimenta la base ideológica del yihadismo?

La superioridad racista y xenófoba que sienten los yihadistas tiene uno de sus principales orígenes contemporáneos en el wahabismo saudí. A partir de aquí, no es necesario escribir más. En estos momentos tan dolorosos sería de mal gusto destacar que los valores republicanos franceses tienen un precio, eso sí, muy alto. Francia venderá a Riad todas las armas que necesite, por ejemplo para sostener futuras guerras como la actual de Yemen. Quizá esas armas vuelvan para despertarnos de nuestros sueños dentro de unos años, aunque habrá quien diga que somos inocentes. Lo nuestro sólo eran negocios.

¿Existe una amenaza interior en Occidente, una quinta columna yihadista?

Si fuera así, hace tiempo que atentados como los de Madrid, Londres y París se habrían repetido con una frecuencia insoportable. Pero es cierto que Francia tiene un grave problema. Cualquiera que conozca Londres y París conoce las diferencias entre ambas ciudades, sabe que en la capital francesa una generación de jóvenes, hijos y nietos de inmigrantes, ha crecido en su rechazo al Estado y el odio al único organismo público con el que tienen relación, la Policía. No conocen nada de laégalité y fraternité que aparecen en las grandes declaraciones de los políticos.

Los poderes públicos sí hacen promesas, muchas, sobre la necesidad de que el Estado no abandone a las banlieues. Diez años después de los disturbios de 2005,“nada ha cambiado”.

Muchos de esos jóvenes se conforman con una cierta violencia de baja intensidad con la que responder a las injusticias, sean reales o exageradas. Algunos pueden ir más lejos y el Estado empieza a temer que sean demasiados como para controlarlos.

¿Significan los atentados de París que ISIS está más fuerte que nunca?

En los últimos días, los yihadistas han sufrido claras derrotas en la guerra siria. Una, ante los kurdos de las milicias del YPG, con el apoyo norteamericano, en la localidad de Sinjar, y la segunda en la provincia de Alepo, donde el Ejército ha levantado el sitio de la base de Kuweiris.

No está más fuerte que hace seis meses. No tiene ninguna posibilidad de avanzar hacia Damasco, mucho menos con el apoyo aéreo ruso a Asad. EEUU está aumentando sus suministros a los kurdos, su única manera de debilitar a ISIS sin fortalecer al mismo tiempo a Al Qaeda o Asad.

Pero hay que aceptar que mientras haya una guerra en Siria y el Estado iraquí sea incapaz de controlar su territorio, ISIS seguirá existiendo.

Cabe una posibilidad muy preocupante, que los yihadistas decidan que su “califato” no verá aumentar el territorio que controlan en Siria, y que su próximo campo de batalla está en Europa. Que quieran emular a la Al Qaeda de Bin Laden y su proyecto de atacar al “enemigo lejano”. Causarán mucho dolor, pero correrán el mismo destino.

Evidentemente, si el que comete una matanza es un ultra cristiano, no hay que profundizar demasiado. Es sólo un loco. Su odio no representa a nadie y aquí no hay nada más que ver.

La ONU da la razón a Garzón y ve espacio legal para abrir causas contra el franquismo

29 mayo, 2015

Fuente: http://www.publico.es

Publicado: 12.09.2014 18:48 | Actualizado: 12.09.2014 18:48
franquismo
EFE/PÚBLICO

España tiene espacio legal para abrir causas judiciales respecto a violaciones de derechos humanos cometidas durante la guerra civil y la dictadura, según el relator de Naciones Unidas sobre la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición, Pablo de Greiff.
El relator presentó esta semana su informe sobre España ante el Consejo de Derechos Humanos, en el que critica que el Estado no haya resarcido globalmente a las víctimas de la guerra civil y la dictadura.
La respuesta del Gobierno español la proporcionó el miércoles la embajadora de España ante la ONU en Ginebra, Ana María Menéndez, quien puso especial hincapié en señalar que la ley de Amnistía, de 1977, fue votada con un amplio apoyo social y con absoluto consenso político.

El documento de la ONU sigue la línea defendida por el exmagistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, quien compareció en noviembre ante este Comité para defender que las desapariciones forzadas durante la guerra civil y el franquismo son “delitos permanentes, que no prescriben”. El exjuez de la Audiencia Nacional abrió una causa para investigar los crímenes del franquismo, a pesar de la oposición de la Fiscalía y fue absuelto del delito de prevaricación en este caso.

En una rueda de prensa convocada este viernes, De Greiff asumió que “es cierto que en la sociedad española hubo una movilización muy fuerte en la ley de amnistía”, aunque destacó el objetivo primigenio de la misma.

“La ley fue primordialmente concebida para sacar de la cárcel a quienes fueron hechos prisioneros por el régimen. Leyendo las actas de los debates parlamentarios queda claro que la introducción de un artículo que le daba inmunidad legal a los oficiales franquistas fue una discusión tardía”, señaló.
Dicho esto, el relator aseguró que “el debate no debería centrarse sobre los detalles históricos de la ley, sino sobre cuáles son las interpretaciones defendibles de esa ley en el momento actual en España”.
“Y parte del punto que hago en el informe es que hay interpretaciones posibles que se ajustan a los requisitos del derecho y que permiten al sistema judicial ser accesible a las demandas de justicia de los ciudadanos”, afirmó De Greiff.

“Y estas no son ni interpretaciones estrambóticas ni desconocidas, sino que incluso cortes españolas las han aplicado, como queda perfectamente claro en los casos de [Adolfo] Scilingo y [Augusto] Pinochet”, explicó.
“[Estos casos fueron] decididos por tribunales españoles, donde aun enfrentando leyes de amnistía como las de Argentina y Chile los jueces encontraron una forma perfectamente razonable y defendible de hacer compatible las vigencias de estas leyes y la posibilidad de iniciar investigaciones judiciales en contra de los acusados”, aseveró el relator.

Por otra parte, De Greiff también se refirió a la ley de Memoria Histórica de 2007, esgrimida por Menéndez para defender la política del Gobierno español en lo que se refiere al mandato del relator.
El experto dijo que para evitar debates estériles sobre si se está aplicando o no, y si es efectiva o no, lo que debería hacer el Estado español es redactar un informe sobre su implementación y lo que se ha conseguido desde que está vigente.
Precisamente, uno de los puntos que aborda esta ley es el de los símbolos, aspecto destacado en el informe.
De Greiff considera que “son especialmente dolorosos para las víctimas porque vanaglorian al régimen que violó sus derechos”.

Por ello pidió su remoción o “resignificación”, especialmente en el caso del Valle de los Caídos.
El relator dijo que hay que mantener el monumento pero contextualizándolo y dándole una explicación pedagógica de cómo fue concebido, construido y lo que significaba.

Asimismo, se mostró a favor de remover los restos del dictador Francisco Franco, enterrados allí.
“El espacio público y monumental tiene que respetar la historia y los derechos de todos”, afirmó.
Finalmente, De Greiff respondió a Menéndez respecto al comentario de la embajadora sobre que “la garantía de no repetición” se sustentaba en la consolidación de la democracia española.

“Precisamente porque no existe ningún riesgo de quiebra institucional por parte de las Fuerzas Armadas, es que creo que el Estado tiene muchísima más oportunidad para avanzar en el reconocimiento de los derechos de todos”, aseveró.

“La fortaleza de las instituciones democráticas queda mucho más reflejada en la forma en cómo abordan positivamente las peticiones de los ciudadanos que en su capacidad de dejar ciertos temas fuera de la agenda pública”, concluyó.

En esta línea, la asociación Jueces para la Democracia ha denunciado este viernes que el Gobierno obstruye e incumple lo establecido en la Ley de Memoria Histórica y ha expresado su apoyo a las víctimas del franquismo, muchas de ellas de avanzada edad y que tienen derecho a una reparación adecuada de su sufrimiento.

Su portavoz, Joaquim Bosch, reclama que se destine dinero público para exhumar e identificar a las víctimas de las desapariciones forzadas durante la guerra civil y el franquismo: “Un Estado democrático no debe tolerar que sigan existiendo decenas miles de víctimas de una dictadura en fosas comunes junto a cunetas”.

Aniversarios

11 mayo, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

Celebremos 1939, el año en que la ciencia fue barrida de España, el año en que tuvo que hacerse católica como todo lo demás.

JORGE M. REVERTE 4 SEP 2014 – 00:00 CEST

Hace apenas cuatro años se celebró el centenario de la Residencia de Estudiantes, una de las puntas de lanza de la Junta de Ampliación de Estudios, la JAE, que fue una herramienta milagrosa para poner al día la Ciencia en España. Se vivió lo que no había forma de exagerar: la edad de plata de la cultura española.

En 1939, la JAE y todo lo que tenía que ver con ella fue desarbolado. Hombres y mujeres, los mejores que había en el país, fueron expulsados al exilio, emparedados, o fusilados contra las tapias de los más diversos cementerios.

La tarea se hizo con eficiencia. La encabezó un tipo llamado José Ibáñez Martín, entonces ministro de Educación, que asumió la responsabilidad de presidir el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que agrupó todo lo que la JAE había supuesto. Con una máxima de hierro: la ciencia española tenía que ser católica. Algo difícil para explicárselo a un átomo, por ejemplo. Pero así eran las cosas. Mientras Ibáñez atendía su hercúlea tarea, que complementaba con la depuración de los maestros no franquistas (casi todos), en el CSIC crecían los meapilas del Opus Dei y se hacían con todo.

Hace 75 años de eso. Y resulta que lo vamos a celebrar. No a conmemorar, sino a celebrar. Como algunos celebran el inicio del golpe de Estado franquista, y su victoria de 1939, de la que es parte esto. Ya está en ello el presidente, Emilio Lora Tamayo, un físico que está administrando la agonía terminal de la institución, que ha vuelto a ser colonizada por hombres y mujeres que piensan que el átomo debe ser católico.

Celebremos 1939, el año en que la ciencia fue barrida de España, el año en que tuvo que hacerse católica como todo lo demás. Un milagro.