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Esta es la lista completa de los escándalos de Uber

10 agosto, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Uber se ha visto sacudido últimamente por una constante oleada de escándalos y publicidad negativa, incluyendo revelaciones de programas de espionaje, una demanda por tecnología de alto riesgo, reclamaciones de acoso sexual y discriminación, y vergonzosas filtraciones sobre la conducta de sus ejecutivos.

Los desastres de relaciones públicas culminaron con su director ejecutivo Travis Kalanick cogiendo una baja indefinida la semana pasada, y con las promesas de una reforma audaz que ignoraba en gran medida la relación tensa de la compañía con los conductores. Finalmente,  Kalanick ha dimitido por las presiones de los accionistas.

Por si te habías perdido algún capítulo del culebrón Uber, aquí va una lista cronológica con algunos de los escándalos más importantes.

Sexismo”boob-er” (febrero de 2014)

El ya ex director general de Uber, Travis Kalanick, habló en una entrevista sobre su creciente atractivo desde que es dueño de la empresa, y le dijo a un reportero de Esquire que debió llamarla “Boob-er” [‘boob’ se llama coloquialmente a los pechos de la mujer y ‘boober’ se puede significar pene]. 

Selección de competidores (agosto de 2014)

Uber se enfrentó a acusaciones porque reservó miles de paseos falsos de su competidor Lyft, en un intento de reducir sus beneficios y servicios. Los reclutadores de Uber también enviaron supuestamente spam a los pilotos de Lyft.

El escándalo “Vista de Dios” (noviembre de 2014)

El ejecutivo de Uber, Emil Michael, sugirió ensuciar la reputación de periodistas y difundir información personal de una periodista que criticaba a la compañía. Luego se disculpó. También reveló que Uber tiene una tecnología llamada “Vista de Dios” que permite a la compañía rastrear las ubicaciones de los usuarios, aumentando los problemas de privacidad. Además, un gerente accedió al perfil de una periodista sin su permiso.

Espiando a Beyoncé (diciembre de 2016)

Un exinvestigador de Uber reconoció que los empleados regularmente espiaban a políticos, ex y actuales personalidades, incluyendo a la cantante Beyoncé.

El fracaso del piloto automático

Los reguladores en California ordenaron a Uber que retirara vehículos automáticos de la carretera después de que la compañía hiciera pruebas sin permiso con coches sin conductor. El primer día del programa, los vehículos fueron pillados saltándose semáforos en rojo, y usuarios de  bicicletas de San Francisco plantearon dudas sobre los peligros que pueden suponer esos vehículos para los carriles bici. La compañía definió como “error humano” a los problemas de los semáforos en rojo, pero el New York Times afirmó más tarde que las declaraciones de la empresa eran falsas y que la tecnología automática fallaba.

Publicidad engañosa (enero de 2017)

Uber se vio obligado a pagar 20 millones de dólares (18 millones de euros aproximadamente) para resolver las acusaciones de haber engañado a los conductores prometiéndoles falsas ganancias. La Comisión Federal de Comercio alegó que la mayoría de los conductores de Uber ganaban mucho menos que las tarifas publicadas por Uber en Internet en 18 ciudades importantes de los Estados Unidos.

DeleteUber se hace viral (enero de 2017)

La campaña #DeleteUber se hizo viral después de que la compañía aumentara los precios durante la protesta de taxistas de Nueva York contra el veto migratorio de Donald Trump. Aproximadamente 500.000 usuarios borraron supuestamente sus cuentas tras el escándalo.

Lazos con Trump (febrero de 2017)

El director ejecutivo Travis Kalanick dimitió del consejo asesor de Trump después de que los usuarios amenazaran con un boicot. Kalanick dijo: “Unirse al grupo de asesores no significaba respaldar al presidente o sus políticas, pero desafortunadamente se ha interpretado mal”.

Escándalo de acoso sexual (febrero de 2017)

La exingeniera de Uber, Susan Fowler, se hizo pública con denuncias de acoso sexual y discriminación, lo que llevó a la compañía a contratar al exfiscal general Eric Holder para investigar sus acusaciones. Esta historia generó un amplio debate sobre el sexismo y la mala conducta en las empresas de Silicon Valley.

La demanda de Google (febrero de 2017)

Waymo, la compañía de coches automáticos de la sociedad matriz de Google Alphabet, presentó una demanda contra Uber, acusando a la empresa de robar su tecnología. La demanda, que podría ser un revés fatal para las ambiciones de coches autónomos de Uber, sostiene que un exempleado de Waymo, Anthony Levandowski, robó secretos comerciales para Uber. El ingenirero  Levandowski fue despedido más tarde por Uber.

Google dice que sus coches sin conductor han tenido 11 accidentes en 6 años
Google dice que sus coches sin conductor han tenido 11 accidentes en 6 años EFE

Aplicación para esquivar la ley (marzo de 2017)

El New York Times informó que Uber durante años utilizó una herramienta llamada Greyball para engañar sistemáticamente la aplicación de la ley en ciudades donde la compañía violaba las leyes locales. La compañía utilizó Greyball para identificar a las personas que se cree que están trabajando para agencias de la ciudad, llevando a cabo operaciones muy importantes, según informó el Times. Las revelaciones llevaron al lanzamiento de una  investigación federal.

El director grita a un conductor (marzo de 2017)

Kalanick fue grabado por una cámara discutiendo con un conductor de su propia empresa, que se quejaba sobre la dificultades de conseguir unos ingresos razonables con las malas tarifas de la compañía. El director ejecutivo gritó al conductor: “A algunas personas no les gusta asumir la responsabilidad de su propia mierda. … Culpan a alguien de todo lo que les ocurre en su vida. ¡Buena suerte!”. Más tarde emitió una disculpa y dijo que tenía la intención de obtener ayuda para “mejorar su liderazgo”.

Prostitutas en Seúl (marzo de 2017)

Según el periódico de información tecnológica the Information, un grupo de empleados de alto nivel, incluyendo a Kalanick, visitaron un bar “escort” y de karaoke en Seúl en 2014. Esto provocó una queja a Recursos Humanos de una gerente de marketing de Uber. Los clientes en este tipo de bares suelen seleccionar mujeres para cantar karaoke antes de llevárselas a casa.

Espiando a la competencia (abril de 2017)

Un programa secreto que Uber denominaba Hell (infierno) permitía a la compañía espiar a su rival Lyft para descubrir a los conductores que trabajaban para la competencia.

Conductores mal pagados (mayo de 2017)

Uber  aceptó pagar decenas de millones de dólares a los conductores de  Nueva York después de admitir que les pagó menos durante dos años, al hacer un descuento en las tarifas más alto del que tenía derecho a realizar. El promedio de desembolso por conductor se espera que sea alrededor de 900 dólares (807 euros, aproximadamente).

20 empleados despedidos (junio de 2017)

Uber confirmó que ha despedido a más de 20 empleados después de una investigación sobre las demandas de acoso sexual y una cultura sexista y agresiva en el lugar de trabajo.

Culpar a una víctima de violación

Los informes revelaron que un alto ejecutivo de Uber había obtenido el historial médico de una mujer que fue violada por un conductor de Uber en India, supuestamente para poner en duda el testimonio de la víctima. Según la web de tecnología Recode y el New York Times, el ejecutivo, Eric Alexander, fue despedido después de que los periodistas se enteraran del incidente. La mujer más tarde demandó a la compañía por violar sus derechos de privacidad y difamarla.

Kalanick de coge una baja indefinida (junio de 2017)

Kalanick anunció que se cogía una baja indefinida tras el informe sobre la cultura empresarial y el clima de trabajo, cuyas conclusiones recomendaban a Uber “revisar y reasignar” las responsabilidades del director ejecutivo.

Comentario machista en el consejo de administración (junio de 2017)

David Bonderman dimitía de la junta de Uber después de hacer un comentario machista a su compañera de la junta directiva, Ariana Huffington, durante una reunión pensada para mejorar la situación de acoso y sexismo en la empresa. El inversor bromeó con un comentario en el que insinuaba que las mujeres no hacen más que hablar. Se disculpó y dimitió horas después.

Traducido por Alicia Stein

Donald Trump y los terroristas “perdedores”

19 julio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“Muchos jóvenes, inocentes que estaban viviendo y disfrutando de la vida han sido asesinados por unos perdedores. No quiero llamarles monstruos porque les gustaría ese término. Creerían que es un buen nombre. Desde ahora, les llamaré perdedores porque eso es lo que son. Son unos perdedores. Y habrá muchos más. Pero son unos perdedores, simplemente recordad esto”. Es el modo en que reaccionó el presidente de Estados Unidos Donald Trump a los atentados de Manchester, donde, de momento, hay 22 personas muertas.

Obsérvese que el empresario, de todos los posibles calificativos, y a pesar de su carácter lenguaraz, elige “perdedores”. Ni criminales, ni asesinos, ni hijoputas, y hasta evita el de monstruos; su peor calificativo es el de “perdedores”. Vale la pena reflexionar sobre ello. La estructura mental del empresario neoliberal no se mueve dentro de coordenadas morales sino en un marco de competitividad, es decir, de ganadores y de perdedores. Es el marco conceptual que diría George Lakoff.

Las personas no son buenas o malas, morales o inmorales, respetuosas de la ley o violadoras de la ley, solidarias o insolidarias. En el mundo capitalista de Donald Trump los individuos se dividen entre ganadores o perdedores. Por supuesto, los buenos son los ganadores y los malos los perdedores. Por tanto, lo peor y más ofensivo que se le puede decir a un terrorista es que es un perdedor, no importa que quienes más hayan perdido –la vida– sean las víctimas de los atentados, que se jodan los de ISIS, que son unos perdedores.

En el marco conceptual neocon ser perdedor es lo más despreciable, porque no existe ni la solidaridad ni el apoyo al débil. Y lo que es peor, se es responsable de ser un perdedor. Es tan despreciable que es el calificativo que elige Trump para un terrorista de ISIS que asesina adolescentes en un concierto.

En su absurda ceguera neoliberal, el presidente de Estados Unidos no entiende que si hay algo que despierta el odio entre el terrorismo islámico es la sensación de que lo han perdido todo por culpa de Occidente y que lo ganarán gracias al paraíso prometido por el Islam. Ese terrorista que explotó en Manchester llevándose otras 22 vidas lo hizo sabiendo ya que era un perdedor y su miserable consuelo era conseguir convertir a unos adolescentes inocentes en perdedores como él. De modo que llamarle perdedor es solo recordarle a algunos el motivo por el que nos odian.

Europa escribió el libro de la demonización de los refugiados mucho antes que Trump

16 julio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Se ha convertido en un artículo de fe entre los progresistas sostener que Donald Trump es el mayor enemigo de los refugiados y los musulmanes mientras que la Unión Europea, de algún modo, les ofrece un refugio seguro. Después de todo, con su “podemos hacerlo”, Angela Merkel permitió la entrada a Alemania a un millón de refugiados. De forma paralela,  el veto migratorio de Trump ha cerrado de un portazo la entrada a algunas de las personas desplazadas más vulnerables del mundo.

En la mentalidad del progresista actual es el Brexit el que ha generado hostilidad contra los inmigrantes. Para ellos, la UE es un baluarte de los valores civilizados que protege a los refugiados de la amenaza de una extrema derecha resurgente.

Sin embargo, si tú fueses un inmigrante en un barco a la deriva que se aproxima a Lesbos, el trato que recibirías de Frontex, la patrulla fronteriza de la Unión Europea, no sería menos hostil que cualquier recibimiento que pudiese hacer Trump.

La semana pasada, un vídeo mostraba en Túnez a su policía fronteriza golpeando a inmigrantes asustados procedentes de otras partes del norte de África. Esta brutalidad está patrocinada por la UE. Como Libia, Marruecos, Turquía y Egipto, Túnez recibe financiación y formación de Bruselas a través de la Política Europea de Vecindad. Bajo un marco más amplio de “desarrollo” y “reformas”, los países incluidos en esta política comunitaria sirven como zona de seguridad, asegurándose que los refugiados son interceptados y forzados a darse la vuelta. O, como ocurre en el caso de Libia, encerrados y torturados en prisiones para refugiados antes de que esta gente desesperada pueda llegar a las costas de la Unión Europea.

La idea de que la Europa de Merkel y de Theresa May es más abierta a los refugiados que los Estados Unidos de Trump no está basada en hechos. El acuerdo de la Unión Europea con Turquía, criticado por agencias humanitarias, se asegura de que los refugiados que lleguen a Grecia, sin importar su punto de partida, sean enviados a Turquía. Con casi tres millones de personas, Turquía tiene actualmente la mayor población refugiada del mundo.

Este mes, Reino Unido ha abandonado su promesa de admitir a 3.000 menores refugiados no acompañados. Austria, preocupada por que la ruta de los Balcanes se convierta en una débil conexión de entrada a Europa, ha movilizado a Estados aspirantes a la UE en un proyecto de defensa de la frontera para fortificar los puntos de entrada de refugiados al ‘corredor balcánico’. Algunos de estos países son Macedonia, Serbia y Kosovo. De hecho, el año pasado, la policía de  Macedonia utilizó granadas de gas lacrimógeno y pistolas paralizantes contra los iraquíes y los sirios que intentaban atravesar una alambrada de cuchillas con el objetivo de entrar en el país.

Francia, por su parte, desmanteló el campo de Calais, dejando a los refugiados durmiendo a la intemperie en sus fríos bosques. La semana pasada, la policía de París colocó bloques debajo de un puente ferroviario cercano a un centro de refugiados con el objetivo de impedir que la gente durmiese ahí. Uno de ellos declaró al diario Daily Mail: “No podemos entrar en el centro, y se nos maltrata cuando intentamos dormir en sus proximidades. Las rocas son asquerosas e inhumanas”.

La Unión Europea incluso tiene vigilantes de extrema derecha cuidando sus fronteras, como el búlgaro Dinko Valev, que fue grabado atando a refugiados sirios, incluidas tres mujeres y un niño, y afirmando, según sus palabras, que venían al país “a matarnos como perros”. En otros vídeos que circulan en la red, muchas personas han acudido en masa a apoyar a los vigilantes, reivindicándose como “protectores de las mujeres y de la fe” y citando los  ataques de Colonia como su principal incentivo para proteger las fronteras de la Unión Europea.

En cualquier caso, la retórica contra los refugiados y los musulmanes utilizada por los vigilantes no es una característica exclusiva de la extrema derecha. Trump expresa abiertamente la hostilidad de Estados Unidos a los musulmanes de una forma en la que ningún político europeo convencional se atrevería. Las actitudes de Trump se pueden desafiar y denunciar, pero las de Europa se ponen en práctica de una forma mucho más encubierta. El actual foco sobre Trump supone que Europa pueda seguir descontrolada.

Por ejemplo, los progresistas se llevaron las manos a la cabeza cuando Trump, al anunciar su veto migratorio, declaró que los cristianos de Siria, y no los musulmanes, serían aceptados en Estados Unidos. Sin embargo, la UE reveló prioridades similares al admitir a Georgia en el espacio Schengen, por el que los nacionales comunitarios pueden moverse sin pasaporte. Repitiendo el argumento de Trump, el vicepresidente del Parlamento Europeo argumentó que Georgia es un país cristiano y corazón de Europa. Dichas declaraciones habrían sido recibidas con incredulidad no solo por parte de los refugiados, sino también por los ciudadanos de Kosovo, que está mucho más cerca que Georgia del corazón de Europa, pero que tiene principalmente una población musulmana. Los intentos de Kosovo de entrar en la UE han sido continuamente rechazados.

Trump justifica sus drásticas medidas dibujando una imagen de una Europa infestada de refugiados musulmanes que violan a las mujeres blancas y cometen atentados terroristas. Sin embargo, fue Europa quien escribió el libro de la demonización de los refugiados musulmanes.

La semana pasada, Bild, el periódico alemán de mayor difusión, tuvo que pedir disculpas por informaciones falsas que afirmaban que refugiados habían violado a mujeres alemanas en Frankfurt. La prensa británica de la derecha también alimenta el miedo a los refugiados a diario. Se nos ha dicho que Trump es un extremista sin igual en su retórica contra los musulmanes. En realidad, la actitud draconiana de Europa contra los refugiados y los musulmanes ha ayudado al presidente estadounidense a legitimar su estrategia.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti

Cospedal, Trump y el mundo normal de Buenafuente

8 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

En las filas de la patológica obsesión de Trump por aumentar las dotaciones y el presupuesto militar ya se han cuadrado sin rechistar –siniestros, esperpénticos- Cospedal y Morenés

Ruth Toledano, 26 de marzo de 2017.

María Dolores Cospedal y James Mattis, secretario de Defensa de Donald Trump. Foto: EFE
María Dolores Cospedal y James Mattis, secretario de Defensa de Donald Trump. Foto: EFE

Dice el humorista y presentador Andreu Buenafuente: “Si el mundo fuera normal, la mayoría sería de izquierdas, sin acritud. Buscarían la justicia social, oportunidades para todos, salud, educación”. Pues sí, eso es ser de izquierdas, ni más ni menos. “Pero el mundo”, añade, “nunca fue normal”. Tan poco normal es este mundo que, por el contrario, ataca a quienes tienen esas justas aspiraciones. De hecho, una mayoría de derechas ha inventado para esas personas un término de intención ofensiva: buenista. Como deja claro la escritora Elvira Lindo en un reciente artículo, lo que esa derecha gusta de ridiculizar es a quienes quieren un mundo que combata la xenofobia, la guerra, la destrucción del medio ambiente, la codicia, el exterminio de especies y de sus individuos, la desigualdad económica, la exclusión social…

“Ay, estos buenistas que no comprenden que la única vía es el ataque militar”, dice Lindo, y pareciera que transcribe a esa Cospedal que ha ido a hacer un mal negocio a Washington. Malo porque es el negocio de la guerra: la ministra de los ejércitos se ha comprometido a doblar en siete años el gasto español en Defensa, hasta alcanzar el 2% del PIB, el mayor presupuesto militar desde que el jefe era el Caudillo. Y malo también porque es el negocio de Trump: James Mattis, su secretario de Defensa, amenazó con “rebajar el apoyo” de Estados Unidos si “no se respalda el sistema de defensa común”, y ella le dijo sí, bwana. Sin más; sin arte ni para la guerra. Nombrándole embajador, el PP había enviado de avanzadilla a Morenés, ex ministro de Defensa, que seguro que también llama buenistas a quienes repudian el que siempre ha sido su negocio: el de las armas, incluidas las bombas de racimo que arrasan poblaciones y matan a civiles, incluidas las minas antipersona que arrancan brazos y piernas a los niños más pobres. Estos buenistas…

En las filas de la patológica obsesión de Trump por aumentar las dotaciones y el presupuesto militar ya se han cuadrado sin rechistar –siniestros, esperpénticos- Cospedal y Morenés (a quien Unidos Podemos  ha solicitado que comparezca en el Congreso para dar cuenta de sus trabajitos). Para algo que debiera honrarnos, que es el hecho de ser el tercer Estado europeo, tras Luxemburgo y Bélgica, que menos recursos destina a la paranoia defensiva, nos sumamos a la carrera armamentística del matón Trump: este Gobierno es un chiste de un humor tan negro que ya lo quisieran  Cassandra o Zapata para sí. A Trump no le tiembla el pulso del botón rojo para  recortar en programas que alimentan en escuelas a 40 millones de niños de países pobres (consiguiendo, por ejemplo, escolarizar al 100% de los niños de algunas zonas de Etiopía) y desviar esos fondos a Defensa. A Trump no le tiembla el pulso del botón rojo para  recortar las partidas presupuestarias destinadas al arte, la cultura y los medios públicos como radio y televisión, y desviar esos fondos a Defensa. Ese es el perfil del monstruo.

Y los nuestros no solo se arriman al monstruo sino que ratifican su monstruosidad. A quienes hayan llegado leyendo hasta aquí me veo en la obligación de advertirles de que las palabras con las que la ministra defendió al salir del Pentágono el aumento del presupuesto bélico español pueden herir la sensibilidad, a poquita que se tenga: “Si no tenemos garantizada nuestra defensa y nuestra seguridad da igual tener garantizado el subsidio de desempleo o la sanidad pública o la mejor educación porque lo primero que necesita un país es seguridad”. No, no han leído mal: es Mariadolores a saco, Mariadolores a lo loco, Mariadolores a la diferida y a la simulada, Mariadolores trabajando para seguir saqueando el país, Mariadolores la filósofa castrense, la política comprometida con esos Estados Unidos que bombardean civiles en Mosul.

Por supuesto, si el mundo fuera normal se escandalizaría con las palabras de Cospedal. Considerar que una discutible, si no falaz, seguridad -que además conlleva un elevadísimo gasto público y no se caracteriza precisamente por la transparencia en sus ya de por sí repugnantes transacciones- es prioritaria frente a la educación, la sanidad o el desempleo, da cuenta de la catadura política y moral de esta ministra y del modelo de sociedad que defienden ella y los suyos: el PP, Morenés, el amigo americano Trump y Mattis, brazo armado del amigo americano. Si el mundo fuera normal consideraría que una sociedad que cubre derechos básicos como la educación, la sanidad y el empleo necesita menos armas porque sabe también defenderse con la fuerza del conocimiento, la energía de la salud y el vigor del trabajo. Estos buenistas…

España necesita esos 14.000 millones en gasto militar que Cospedal, encomendándose al diablo, ha comprometido con Trump. Pero a Mariadolores la españolista las necesidades de España le dan igual. Como le da igual alistar a nuestro país en las peores, más chusqueras y más peligrosas filas del mundo. La derecha es así. La derecha, que saquea las arcas públicas desde la más escandalosa corrupción, no quiere, sin embargo, ser gorrona en la OTAN. Qué honesta es la derecha. Qué mundo propone tan distinto a ese otro de paz y justicia social, de oportunidades para todos, de salud y educación, que Buenfuente llama, simplemente, “normal”. Estos izquierdistas… Estos buenistas…

Tiempo de derecha, tiempo de gasto militar

10 abril, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Cospedal, la ministra que tan sobradas muestras ha dado, en diferido, de su capacidad intelectual, es la gran gestora de ese desorbitado aumento del presupuesto de Defensa, un 32% sobre 2016.

Echen un vistazo al dinero que se dedica en verdad a educación, sanidad, cultura, ciencia, a la dependencia o la pobreza infantil y vean cuánto de sociales son los presupuestos del PP.

Rosa María Artal04/04/2017 – 20:58h

María Dolores de Cospedal pasa revista a las tropas como ministra de Defensa. /
María Dolores de Cospedal pasa revista a las tropas como ministra de Defensa.

Imaginen a un padre de familia, abogado de formación, toledano, 51 años, sentado en el salón de su casa ante esta reflexión: “¿Y si alguien quisiera ponerle a mi hija un burka, qué haría? Enviarle a las Fuerzas Armadas”. ¿Como escudo humano y blindado para que no se le acercaran los hombres que colocan burkas por la calle a las mujeres con las que se cruzan? ¿Quiénes son esos hombres? Musulmanes, una comunidad de unos 1.200 millones de personas distribuidas por numerosos países del mundo. Pues así piensa Agustín Conde, el actual secretario de Estado de Defensa nombrado por la ministra Cospedal. Con esa mentalidad dispone de capacidad para, en efecto, hacer uso de aquello a lo que le impelen sus creencias. Y el Gobierno del que forma parte acaba de dotar a su Ministerio con un 32% más de presupuesto.

Conde es uno de los numerosos prototipos de la derecha más extrema que gobierna España por medio del PP. Sus exponentes son múltiples. Mariano Rajoy los ha situado en ministerios clave: Interior, defensa, justicia, empleo, educación y sanidad en algunos momentos, y bastantes perlas sueltas en otros puestos. Nos detendremos hoy solo en Defensa, premiada con un plus en el proyecto de Presupuestos Generales del Estado.

A Agustín Conde lo encontramos ya en 2005, durante una intervención en el Senado, cuando se mostró partidario de que las parejas homosexuales no adoptaran hijos. Sin el menor rubor, ni base que es mucho peor, expuso los graves problemas que, en su opinión, aquejaban a esas criaturas que conviven con gays. Aseguró que sufren un enorme riesgo de ser violados por sus progenitores, cuantificado en el 29%, mientras en el caso de los heterosexuales el porcentaje se reduce al 0,6 %. Siempre en su línea, acusó –en un tuit, vaya por dios– a Yolanda Álvarez, entonces corresponsal de TVE en Oriente Medio, de ser “activista de Hamás”. Sin cortarse. Álvarez fue devuelta a Madrid. Añádanle unas puertas giratorias, una empresa energética no declarada o la defensa jurídica del Banco de Santander en casos de hipotecas impagadas.

Alférez de Fragata del Cuerpo General de la Armada en la Reserva Voluntaria, Conde declaró que ser secretario de Estado era “el cénit de su carrera profesional”. Y que María Dolores de Cospedal es quizás la persona por la que siente mayor admiración y respeto intelectual. “Como político”, concepto que incluso incluye a mujeres.

Cospedal, la ministra que tan sobradas muestras ha dado, en diferido, de su capacidad intelectual, es la gran gestora de ese desorbitado aumento del presupuesto de Defensa, un 32% sobre 2016. Es cierto que se ha visto obligada a aflorar, por mandato del Tribunal Constitucional, una herencia de su predecesor, Pedro Morenés, que utilizaba créditos extraordinarios aprobados por Real Decreto para comprar armamento. El programa que él aprobó asciende, por cierto, a 30.000 millones de euros de los que restan por pagar 20.000 millones. Aun así el presupuesto real aumenta y en algunas partidas de forma desorbitada, hasta un 442%.

Cospedal es la ministra idónea para los nuevos tiempos. Ha nombrado además un nuevo jefe del Estado Mayor del Aire que, según declara, “procura tener a Dios presente en todas sus decisiones”. Ha destinado precisamente a Morenés, exministro y vinculado a empresas de armamento, como embajador en Washington aunque no pertenece a la carrera diplomática. La misma ciudad donde reside Donald Trump. La también secretaria general del PP es la persona que definió perfectamente su ideología al declarar: “Lo primero que necesita un país es seguridad. Si no tenemos garantizada nuestra defensa y nuestra seguridad, da igual tener garantizado el subsidio de desempleo, la sanidad pública o la mejor educación“.

Lo mismo practica la actual administración estadounidense. El ya mayor presupuesto militar del mundo va a experimentar  un aumento del 10%, 54.000 millones de dólares que el magnate llegado a presidente detraerá de partidas sociales. Trump quiere “volver a ganar guerras”, dice. Trump quiere potenciar la muy lucrativa industria de la guerra. De hecho Trump pidió al PP aumentar también el gasto en defensa, y el PP lo hace. Por cumplir con el ultraconservador mandatario y, como él, por vocación.

Algo cambió cuando los Ministerios de la Guerra pasaron a llamarse Ministerios de Defensa: los eufemismos de la neolengua. Y de la propaganda y siembra de miedo que prende en los ciudadanos más indefensos mental o emocionalmente. Hasta hacerles temer más un hipotético atentado que la precariedad que mata todos los días. Los daños que ocasiona la pobreza y la injusticia son infinitamente superiores a los que causa la acción terrorista de los fanáticos. E incalculables los efectos nocivos de la demagogia. Pero la jugada actual es ésta. Algo huele inmensamente a podrido cuando se confirma la reunión para propiciar un canal secreto de contacto entre Trump y Putin y es el fundador de Blackwater quien la dirige. La empresa de mercenarios, contratada profusamente por George W. Bush, y que fue condenada por asesinato deliberado de civiles en Irak en 2007. ¿De qué seguridad y para quiénes hablan?

Conviene, pues, contrarrestar con información la propaganda de las portavocías mediáticas del PP cuando destacan un aumento del gasto social en estos presupuestos. Al margen de que sería una inversión, no un gasto. La mayor partida se la llevan las pensiones. Por el compromiso ineludible que se contrae al  pagar impuestos durante la vida laboral para disponer de un retiro. Al margen de las trampas –muy propias del personal que nos ocupa– para enmascarar que los presupuestos bajan, haciendo parecer que suben, la distribución de los fondos responde a la filosofía genuina de esta derecha.

Echen un vistazo al dinero que se dedica en verdad a educación, sanidad, cultura, ciencia, a la dependencia o la pobreza infantil y vean cuánto de sociales son los presupuestos del PP. Pagar los intereses de la Deuda Pública, incrementada a nivel de récord por Rajoy, se lleva más del 9% de los presupuestos: 32.447,7 millones. Es uno de las principales apartados y verán que no se destaca en los medios. Para la Hucha de las Pensiones (que el PP ha dejado en telarañas) van a emitir Deuda Pública. A devolver con intereses, ya saben. La pirámide fatal del endeudamiento. Y eso que Rajoy “nos ha sacado de la indigencia”.

Unos presupuestos absolutamente ideologizados, de derecha aguda y extrema. Para completar el dibujo van cero euros para la aplicación de la Ley de Memoria histórica, y un aumento de 43.000 en el presupuesto directo de la Casa del Rey, que la pobre llevaba algunos años congelada.

Y los presupuestos saldrán adelante con la colaboración de políticos tan conservadores y mercantilistas como el PP. Y  Rajoy seguirá mandado con ese equipo dotado de singular mesura, razón y capacidad intelectual. Y la corte mediática les hará la ola.

Cada vez son más los excluidos de su mundo, sin embargo. En ese limbo que no se quiere ver hay amplios sectores en los que abunda el suicidio, la droga y la muerte temprana, como contaba la economista Ann Pettifor sucede en Estados Unidos. Ocurre en lugares mucho más cercanos y va a más. Esta vez muchos votaron a Trump y similares. ¿A quién buscarán después? ¿Qué harán después?

Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

2 abril, 2017

Fuente: http://www.elperiodico.com

La construcción en auge de vallas en las fronteras se disparó tras el 11-S y con la irrupción de las primaveras árabes.

Los expertos cuestionan la eficacia de las barreras contra los migrantes y las vinculan al incremento de muertes en las áreas fronterizas.

Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

AFP / AHMAD GHARABLI

Guardias egipcios (derecha) observan desde una torre de vigilancia cómo sus homólogos israelís supervisan la construcción de una valla fronteriza entre Israel y Egipto, cerca de Eliat, el 15 de febrero del 2012.

 

Martí BenachMARTÍ BENACH BARCELONA

VIERNES, 24 DE FEBRERO DEL 2017 – 22:43 CET

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    EFE / FRANCISCO G. GUERRERO

    Policías españoles tratan de disuadir a inmigrantes encaramados a la valla de Melilla, fronteriza con Marruecos, el 22 de octubre del 2014.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / JASPER JUINEN

    Un trabajador repara la barrera de alambradas de Melilla, tras un intento de inmigrantes africanos por superarla desde Marruecos, el 5 de octubre del 2005.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / RYAD KRAMDI

    Zghala, una mujer del Sáhara Occidental, mira hacia la valla en el área de Al-Mahbes, mientras acompaña a su hijo de 14 años para mostrarle el muro que separa Marruecos de la zona controlada por el Polisario, el 3 de febrero del 2017.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / PATRICK HERTZOG

    Un coche traspasa el muro de arena en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el Sáhara Occidental, en una etapa del rali París-Dakar, el 8 de enero del 2001.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / DIMITAR DILKOFF

    Tramo de alambrada de espino cerca del punto fronterizo de Kapitan Andreevo, entre Bulgaria y Turquía, el 11 de febrero del 2011.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    REUTERS / STOYAN NENOV

    El primer ministro húngaro, Viktor Orbán (centro, con chaqueta negra) y su homólogo búlgaro, Boiko Borisov (derecha) inspeccionan la valla de alambradas construida en la frontera con Turquía, cerca de Lesovo (Bulgaria), el 14 de septiembre del 2016.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / ZOLTAN GERGELY KELEMEN

    Policías húngaros vigilan a refugiados tras una valla temporal en la frontera con Serbia, cerca de Morahalom, el 22 de febrero del 2016.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    DARKO VOJINOVIK

    Un policía húngaro patrullando sobre la valla fronteriza con Serbia.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    REUTERS / DAVID BALOGH

    Internos de la prisión de alta seguridad de Csillag se disponen a completar la valla fronteriza entre Hungría y Serbia, cerca de la localidad húngara de Roszke, el 11 de septiembre del 2015.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / AHN YOUNG-JOON

    Soldados surcoreanos patrullan por la valla de alambradas en el norte de Seúl, cerca de la zona desmilitarizada de Panmunjom (Corea del Sur), el 12 de enero del 2003.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / AMAN SHARMA

    Soldados indios vigilan el lado paquistaní desde la valla en un lugar indeterminado de la frontera entre India y Pakistán, en el estado indio de Punyab, el 3 de enero del 2002.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    EFE / JAIPAL SINGH

    Militares indios patrullan en la valla de Chenab, cerca de la frontera entre India y Pakistán, a 60 kilómetros de Cachemira, el 26 de septiembre del 2016.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    RICARDO MIR DE FRANCIA

    Un coche de la Patrulla Fronteriza de EEUU peina la valla de casi cinco metros que separa buena de los dos Nogales, el estadounidense y el mexicano.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / JIM WATSON

    Vehículos de la Patrulla Fronteriza con cámaras en la frontera entre EEUU y México, cerca de Lukeville (Arizona), el 16 de febrero del 2017.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / FREDERIC J BROWN

    Una mujer y una niña pasan por delante de una barbería en Nogales, en el estado de Sonora (México), vistos a través de la valla fronteriza desde Nogales (Arizona), el 12 de octubre del 2016.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / MOHAMMED AZBA

    Niños palestinos de camino a la escuela, junto al muro construido por Israel cerca de Qalqilya (Cisjordania), el 22 de septiembre del 2003.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / AHMAD GHARABLI

    Guardias egipcios (derecha) observan desde una torre de vigilancia cómo sus homólogos israelís supervisan la construcción de una valla fronteriza entre Israel y Egipto, cerca de Eliat, el 15 de febrero del 2012.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / EITAN ABRAMOVICH

    Una familia palestina camina frente a un policía de fronteras israelí, junto al muro que divide en dos la localidad cisjordana de Abu Dis, el 9 de febrero del 2004.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AP / ARIEL SCHALIT

    Un palestino trepa por un bloque de cemento mientras otros caminan junto a la barrera israelí que separa la población cisjordana de Abu Dis, en las afueras de Jerusalén, el 19 de julio del 2004.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    AFP / YURI CORTEZ

    El sol se pone tras la alambrada en un área evacuada por el Ejército israelí en Beit Hanun, en la franja de Gaza, el 5 de agosto del 2004.

  • Al menos 70 muros fronterizos separan más que nunca a los países en todo el mundo

    REUTERS / IBRAHEEM ABU MUSTAFA

    Un grupo de palestinos gesticulan a soldados israelís de guardia cerca de la valla entre Israel y la franja de Gaza, el 23 de noviembre del 2012.

El proyecto de Donald Trump de sellar por completo la frontera de EEUU con México choca por su flagrante hostilidad, pero en el fondo no es nada original. En 1989, tras la caída del Muro de Berlín, había 16 muros o vallas fronterizas en otros tantos países del mundo. Un cuarto de siglo después, se han multiplicado por cuatro. Según la investigadora Élisabeth Vallet, profesora de geopolítica de la Universidad de Quebec en Montreal (Canadá), el mundo contaba en el 2015 con 65 muros fronterizos (completados o en construcción). La cifra aumentó hasta el pasado octubre al menos a 70, más que en ningún otro periodo de la historia moderna.

Un mundo cada vez con más muros

Mapamundo de los muros y vallas en las fronteras

EL PERIÓDICO

La preocupación por la seguridad y el intento de frenar la inmigración irregular han expandido estas vallas, cuya construcción, constatan los expertos, se disparó tras los atentados terroristas del 11-S, en el 2001, y con la irrupción de las primaveras árabes. En un mundo cada vez más interconectado, lo cierto es que en pleno siglo XXI las fronteras físicas separan más que nunca a las personas y los países.

Vehículos de la Patrulla Fronteriza con cámaras en la frontera entre EEUU y México, cerca de Lukeville (Arizona), el 16 de febrero del 2017.

AFP / JIM WATSON

Vehículos de la Patrulla Fronteriza con cámaras en la frontera entre EEUU y México, cerca de Lukeville (Arizona), el 16 de febrero del 2017.

Según Reece Jones, experto de la Universidad de Hawái (EEUU) y autor de ‘Violent Borders’ (‘Fronteras Violentas’), varias razones explican este paradójico incremento. La primera es que tras el 11-S “el estigma que solía asociarse a la construcción de muros fue eliminado, y en vez de una práctica autoritaria, como simbolizaba el Muro de Berlín, levantar muros se convirtió en una cuestión clave entre las actividades de los estados para proteger a la población de la amenaza percibida del terrorismo”, explica. El pretexto terrorista, igual que la lucha contra el narcotráfico, se ha utilizado a menudo para justificar los muros fronterizos, pero como recuerda Jones, “casi siempre se han construido donde los pobres intentan cruzar las fronteras en busca de mejores oportunidades de trabajo”.

Frenar los flujos migratorios de los países del Sur e impedir el paso a los refugiados e inmigrantes ya es pues el primer objetivo de estos modernos muros, alzados con enormes bloques de cemento, alambradas y zanjas, cuya extensión supone un “retroceso vinculado a la globalización y a la desindustrialización de las sociedades occidentales, y a la creciente desigualdad económica en el resto del mundo”, afirma Vallet.

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AFP / PATRICK HERTZOG

Un coche traspasa el muro de arena en la frontera entre Marruecos y Mauritania, en el Sáhara Occidental, en una etapa del rali París-Dakar, el 8 de enero del 2001.

EFICACIA EN ENTREDICHO

Pese a las proclamas políticas, los expertos cuestionan la eficacia de estas barreras, a las que atribuyen un valor más simbólico que real. En el informe ‘Fear and Fences’ (‘Miedo y Vallas’, 2015) sobre su desarrollo en Europa, Amnistía Internacional ya concluía que “en vez de impedir la entrada de personas, estas vallas solo han redirigido los flujos hacia otras rutas terrestres o marítimas más peligrosas”. Vallet, autora de ‘Borders, Fences and Walls: State of Insecurity?’ (‘Fronteras, Vallas y Muros: ¿Estado de Inseguridad?’), asegura que no funcionan: “Desplazan los flujos, pero no disuaden. En EEUU, los traficantes las sortean cavando túneles o utilizando drones. Tampoco evitan el terrorismo: la mayor parte del terrorismo europeo, por ejemplo, tiene su origen en Europa”.

Jones considera que los muros “son efectivos para impedir el tránsito en una ubicación específica, como ha pasado en la frontera EEUU-México, pero no evitan que la crucen en su conjunto”. En su lugar, canalizan a los inmigrantes hacia accesos menos vigilados, otras rutas “a menudo más peligrosas, ya sea en remotos y desolados paisajes en EEUU o arduas travesías oceánicas hacia Europa o Australia”.

Pese a las docenas de muros erigidos en los últimos 30 años, el número de aspirantes a traspasarlos no solo no ha disminuido, sino que ha crecido. Jones vincula con estos muros el aumento de muertes en la frontera. “El 2016 marcó el récord de muertos en las fronteras, 7.200 en todo el mundo, debido al incremento de la seguridad fronteriza”, denuncia.

Policías húngaros vigilan a refugiados tras una valla temporal en la frontera con Serbia, cerca de Morahalom, el 22 de febrero del 2016.

AP / ZOLTAN GERGELY KELEMEN

Policías húngaros vigilan a refugiados tras una valla temporal en la frontera con Serbia, cerca de Morahalom, el 22 de febrero del 2016.

UN NEGOCIO MUY LUCRATIVO

La construcción de vallas fronterizas, sufragada por los gobiernos, a la vez que un dispendio para el erario público, constituye un formidable negocio para las empresas de seguridad. Según los expertos, vallar 800 metros con alambradas y cámaras puede costar entre un millón y 10 millones de dólares. En EEUU, el muro cuesta entre 700.000 euros y 4,6 millones de euros por kilómetro. Equipado con la tecnología necesaria (cámaras térmicas, sensores, etc.), el coste aumenta a 15 millones. Solo el mantenimiento del muro actual para los próximos 20 años se estima en 6.137 millones de euros. Y la ‘adición’ de Trump costará entre 5.600 y 37.500 millones de euros, según cálculos del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

“Existe una floreciente industria de la seguridad fronteriza que está prosperando mucho con la construcción de muros y armando a las fuerzas de seguridad en las fronteras”, asegura Reece Jones, que cita como ejemplo a Magal Security, una firma israelí que podría participar en el muro de Trump y cuyas acciones en bolsa han subido un 50% desde la elección del magnate republicano.

¿Mujer, 8 de Marzo? Esta historia ya me la conozco

8 marzo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Yo misma me siento harta de repetir que nos han silenciado e insultado, borrado de la lista de constructores de la historia, y que lo siguen haciendo. Que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos. Que ni veinte policías pegados a una mujer acosada lograrán evitar la muerte que decreta la sociedad machista que imbuye educación machista.

"Somos el grito de las que ya no tienen voz" Manifestación del 8M \ Foto: Alejandro Navarro Bustamante

Imagen de archivo: “Somos el grito de las que ya no tienen voz”, manifestación del 8M 2016. ALEJANDRO NAVARRO BUSTAMANTE

Llegados a este 2017 los retrocesos son tan evidentes que se ha levantado una nueva ola reivindicativa, un “Basta ya” inapelable: este 8 de Marzo aúna el mayor grito de indignación y fuerza de cambio en décadas.

Rosa María Artal07/03/2017 – 20:32h

Se diría que cada 8 de Marzo sirve, desde hace algún tiempo, para constatar los retrocesos de la mujer en la sociedad. Llegados a este 2017 son tan evidentes que se ha levantado una nueva ola reivindicativa, un “Basta ya” inapelable. No ha faltado más que situar al frente del país más poderoso de la tierra, Estados Unidos, a un misógino de manual, líder idóneo de esa mayoría masculina, blanca e inculta que lo ha encumbrado, junto a un nutrido sector de mujeres de los mismos parámetros mentales. La protesta de las mujeres, otras mujeres, contra Trump fue, desde el primer día, una de las más numerosas de los últimos tiempos. Cuando el mamut está en la puerta no hay otra que reaccionar.

Vamos para atrás, a la carrera. Los hombres siguen copando las Consejos de Administración y todo centro para la toma de decisiones. Nada ha cambiado para el 60% de licenciadas –tanto en Europa como en España– que no ven reflejado ese porcentaje en los puestos de decisión. Seguimos sin dirigir periódicos. De aquel 70% de mujeres periodistas del que hablábamos hace un año, vimos acceder a tres a ese cargo de mayor responsabilidad y ya ha quedado una en el camino. La presencia de las periodistas en las tertulias espectáculo de la televisión permanece en mínimos.

Las mujeres siguen cobrando menos salario, de forma oficial o por medio de incentivos y pluses que la discrimina. Siguen estando a la cabeza de los trabajos temporales y precarios. La mayoría de las administraciones no han arbitrado medidas para la conciliación de la vida personal y laboral, cuyo mayor peso sigue recayendo en ellas. Permanecen como las grandes paganas de la crisis y las primeras en quitarse la comida si falta dinero en casa. Ese extremo que ignoran deliberadamente las cifras oficiales del Gobierno y de sus medios de apoyo.

Las mujeres continúan siendo asesinadas por sus parejas o exparejas y suscitando una alarma contenida. Una media de 60 anuales, aunque este 2017 ya ha enterrado a 21 en dos meses. El informe elaborado por el Ministerio de Interior durante el mandato de Fernández Díaz, del PP, de Rajoy en definitiva, ha sido clarificador. Resulta que han descubierto que “la mayoría de los crímenes machistas responden al deseo de las mujeres de separarse y hacerlo deprisa“. Las víctimas son el sujeto de la culpabilidad, ellas se lo han buscado. Un día, el hombre “explota por una tontería que es la gota de agua de todo lo que ha ido pasando antes”, dice el informe de Interior. Ya ven, adquirieron el producto, en propiedad y a disposición permanente, y el producto, la mujer, osó no aguantar más.

Se comenta solo. Lo mismo que la serie de exabruptos alucinantes soltados por obispos de la Iglesia católica contra la mujer. Y sus sermones con su peculiar criterio de cuál es nuestro papel en la sociedad.

Para todos ellos el tiempo no ha pasado. Todavía viven en aquel añejo país en el que, por imposición franquista y machista, la mujer era un apéndice del padre o marido y precisaba de permiso hasta para trabajar o tener pasaporte, entre otras muchas restricciones. Y pasan los años y las décadas y siguen impermeables a cualquier idea que altere su irracional posición.

Al votar estos integrismos se concede la licencia de conducir nuestros destinos, los de todos, a quien no ha sido capaz de ver ni de interiorizar los cambios que se producían a su alrededor. Mal puede gestionar políticas de progreso cuando se vive anclado en el pasado más reaccionario. Pero parece que millones de personas no logran establecer esa relación.

La involución es general y se ceba en los más vulnerables. La mujer lo sigue siendo por el aplastante peso del machismo que nunca se fue. Ha salido del armario, si alguno se apartó, con nuevos bríos.

La Transición la hicieron hombres en su mayoría. La Constitución, las leyes, mientras las mentes más torpes afianzaban costumbres retrógradas en rincones resguardados de toda luz del conocimiento. En las pocilgas del integrismo que hoy se expone a plena luz sin el mínimo complejo.

Todos los partidos adolecen de machismo, todo irradia machismo en esta España nuestra empecinada en caminar hacia atrás. Nos plantan dirigentes jóvenes y “modernos” en el PP y se van, como Andrea Levy, a apoyar para la reelección –con éxito– a un encausado por ofrecer trabajo a cambio de sexo. Y casi pasa por normal si se mira a los oscuros recovecos del fanatismo religioso que impregna a muchos de sus colegas.

Verán, las mismas décadas han pasado para quienes vimos de forma efectiva que nosotras, las mujeres, tomábamos el timón de nuestra independencia. Y otra vez estamos en lo mismo. Yo misma me siento harta de repetir que nos han silenciado e insultado, borrado de la lista de constructores de la historia, y que lo siguen haciendo. Y que los hijos son del padre y de la madre, lo mismo que los familiares dependientes. Que no se trata de que los hombres “ayuden” en casa, sino que es su responsabilidad. Que la maternidad y la familia son opciones, a elegir. Que el Estado al que pagamos impuestos ha de facilitar la tarea. Que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos. Que ni veinte policías pegados a una mujer acosada lograrán evitar la muerte que decreta la sociedad machista que imbuye educación machista.

Y, aun así, hay que insistir cada vez en lo que cuesta conseguir las libertades y lo deprisa que las derrumban de nuevo. En el horizonte al que conducen los pasos erráticos. En que cada derecho recortado es un eslabón de una cadena que se los lleva todos. No toda la sociedad es consciente de lo que estamos perdiendo, de lo difícil que es recuperar lo arrasado. De si esta furibunda oleada del fascismo –no le llamen “populismo” a lo que es fascismo– no se impondrá esta vez.

Muchas mujeres ya lo saben. Por eso salieron contra Trump. Por eso este 8 de Marzo aúna el mayor grito de indignación y fuerza de cambio en décadas. Los hombres que todavía lo ignoran deben saber que no precisamos tutelaje, que esta lucha es de todos: de ellos, de nosotras, de nuestros hijos, de la sociedad, de todos.

Ustedes verán, de seguir la marcha atrás en un año más no quedan ni las raspas de los derechos del hoy.

¿Por qué las derechas pueden cautivar a buena parte de la clase obrera?

7 septiembre, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Hay que aceptar que tanto en EEUU como en España está funcionando la campaña del miedo, aunque no puede explicar por sí sola el apoyo que Trump ha recibido por parte de un sector de la clase obrera

De la misma manera que en nuestro país, el fantasma del chavismo, la deuda o la inmigración, no puede presentarse como el único factor que explica el apoyo interclasista que está disfrutando un partido corrupto como el PP

Trump levanta la bandera de los trabajadores, y a la vez promueve rebajas de impuestos para los más ricos (el impuesto de sucesiones, por ejemplo, que se aplica a partir de los 5,45 millones de dólares), siempre bajo el viejo presupuesto neoliberal, mil veces negado, de que aliviar a los ricos acaba generando crecimiento económico, y de que esa riqueza será justamente distribuida por la acción del libre mercado. Su discurso neoliberal se completa con el del miedo y la seguridad, en ese mejunje exitoso, tan propio de la doctrina del shock, que resulta de añadirle xenofobia, cierre de fronteras, proteccionsimo comercial y nacionalismo identitario ( América será grande otra vez ). Un programa peligrosamente afín, por cierto, al de Vladimir Putin, Le Pen o Farage, que utilizan todas las derechas en Europa, tanto la extrema como la moderada (porque la diferencia entre ambas es solo una cuestión de grado y oportunidad), y que, en alguna medida, representa también en España el Partido Popular .

Ciertamente, hay que aceptar que tanto en EEUU como en España está funcionando la campaña del miedo, pero las apelaciones al miedo, siendo efectivas desde el punto de vista electoral, no pueden explicar por sí solas el apoyo que Trump ha recibido por parte de un sector de la clase obrera, o las razones por las que quienes más han sufrido la crisis no se sienten masivamente atraídos por la receta típicamente keynesiana que Clinton les ofrece: aumento de impuestos para los ricos y las grandes corporaciones de Wall Street, e incremento de las políticas sociales (educación y sanidad, sobre todo). De la misma manera que en nuestro país, el fantasma del chavismo, la deuda o la inmigración, no puede presentarse como el único factor que explica el apoyo interclasista y el imparable ascenso del que está disfrutando un partido corrupto y represor como el Partido Popular. ¿Es que, en tiempos de crisis se prefiere siempre seguridad a bienestar? ¿Una seguridad estrictamente defensiva? ¿Por qué en situaciones límite la socialdemocracia se va desfondando precisamente en la zona que representan lo trabajadores industriales?

Es evidente que a la alternativa socialdemócrata le han pasado factura algunos cambios estructurales que la propia socialdemocracia no ha querido o no ha sabido evitar. El advenimiento de la sociedad postindustrial, como la llama D. Bell, ha roto el pacto que existía entre el reformismo socialista de extracción burguesa y un mundo obrero en retroceso, sometido cada vez más a relaciones laborales temporales y frágiles. En la economía política de la inseguridad, dicen Iversen o Beck, la socialdemocracia tiene que optar entre una sociedad cohesionada al 80% pero con un 20% condenado a la exclusión, o una sociedad con un paro por debajo del 10% pero con una gran brecha entre ricos y pobres.

De modo que parece imposible conjugar la eficiencia económica con los valores igualitarios propios de la izquierda, tal como, teóricamente, se pretende. Si quienes han sufrido la crisis han sido sobre todo los trabajadores industriales o  blue collars , parcialmente sustituidos por contingentes de inmigrantes ( a los que ahora resulta fácil demonizar) , al elegir entre sufrir un elevado desempleo y ciertos niveles de pobreza, es razonable que se inclinen por ser pobres con “trabajo” . La enfermedad inoculada por décadas de capitalismo salvaje, que los socialdemócratas solo han logrado corregir mínimamente, ha consolidado, quizá de forma irreversible, al mismo discurso neoliberal que ha generado el problema.

En fin, en esta nueva fase postindustrial de capitalismo financiarizado, la socialdemocracia ha perdido parte de su base social porque la posición laboral ha dejado de ser causa de pertenencia para ser causa de desigualdad y jerarquización social, y se ha debilitado el discurso de las necesidades y del pleno empleo que movilizaba al sector obrero . Con la financiarización, los trabajadores industriales no gozan de estabilidad, ni de continuidad biográfica; nada es seguro ni a largo plazo para ellos. Y esta inseguridad, que ya es endémica, resulta electoralmente rentable para las derechas que encuentran en el nacionalismo, la xenofobia y el proteccionismo una expresión de pertenencia alternativa.

Las apelaciones a determinados valores tradicionales como elementos de identidad comunitaria, en contextos de fragmentación, y en sustitución de ideologías petrificadas que han perdido toda credibilidad, o de partidos que ya ni movilizan ni socializan, rescata un elemento emocional para la política que permite reforzar los vínculos y el sentimiento de inclusión. Sin duda, este elemento ha dado lugar a monstruos fascistas que no podemos olvidar, y a la vista están, pero sería un error no reconocer también que pocas cosas hubieran mejorado en nuestras vidas sin la intervención de las pasiones y el entusiasmo. A las emociones apelaron tanto Hitler como Martin Luter King, de modo que el problema no es tanto el de las emociones en política como el del tipo de emociones a las que se apela y el tipo de comunidad que se defiende.

La pregunta que tenemos que hacernos es cuáles son las emociones a las que tenemos que recurrir para contrarrestar las monstruosidades que prefiguran las derechas, las sociedades cerradas y excluyentes, y si la socialdemocracia puede liderar hoy esa propuesta para las clases trabajadoras desindustrializadas. Porque, probablemente, uno de los mayores obstáculos que afronta la socialdemocracia es el de no ser capaz de movilizar emoción alguna en una situación evidente de fragmentación social, además de haber contribuido, por desidia o ambición, a la consolidación de esa misma fragmentación, con su mentalidad pro-mercado ybusiness friendly . En un contexto de pobreza e individualización, la opción descafeinada por una mera gestión managerial del neoliberalismo y por el centrismo ideológico , combinada con un discurso desapasionado, hiperracionalizado y frívolo, hacen de la socialdemocracia una opción electoralmente poco atractiva para quienes tienen poco que perder.

Vaya, frente a la alternativa que proponen las derechas, hay que encontrar el modo de fortalecer emociones positivas, vínculos liberadores y relaciones incluyentes que resulten atractivas a una clase trabajadora aislada y empobrecida, para la que el empleo ya no es una fuente de integración ni de socialización. Y lo que parece cada vez más claro es que los partidos socialdemócratas, tal y como los conocemos, no están en buenas condiciones de asumir esta tarea.

Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas

14 julio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Desde el colapso económico hasta el desastre ambiental, pasando por el ascenso de Donald Trump: el neoliberalismo ha desempeñado un papel en todos ellos. ¿Cómo es posible que la izquierda no haya planteado una alternativa?

La exprimera ministra británica Margaret Thatcher y el expresidente estadounidense Ronald Reagan, en una imagen de 1990. FIONA HANSON/ZUMA PRESS

Imaginen que los ciudadanos de la Unión Soviética no hubieran oído hablar del comunismo. Pues bien, la mayoría de la población desconoce el nombre de la ideología que domina nuestras vidas. Si la mencionan en una conversación, se ganarán un encogimiento de hombros; y, aunque su interlocutor haya oído el término con anterioridad, tendrá problemas para definirlo. ¿Saben qué es el neoliberalismo?

Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los “papeles de Panamá” son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y hasta el ascenso de Donald Trump. Sin embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son producto directo o indirecto del mismo factor: una filosofía que tiene un nombre; o, más bien, que lo tenía. ¿Y qué da más poder que actuar de incógnito?

El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder.

Para el neoliberalismo, la competencia es la característica fundamental de las relaciones sociales. Afirma que “el mercado” produce beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación, y convierte a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones democráticas se reducen como mucho a comprar y vender, proceso que supuestamente premia el mérito y castiga la ineficacia. Todo lo que limite la competencia es, desde su punto de vista, contrario a la libertad. Hay que bajar los impuestos, reducir los controles y privatizar los servicios públicos. Las organizaciones obreras y la negociación colectiva no son más que distorsiones del mercado que dificultan la creación de una jerarquía natural de triunfadores y perdedores. La desigualdad es una virtud: una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos. La pretensión de crear una sociedad más equitativa es contraproducente y moralmente corrosiva. El mercado se asegura de que todos reciban lo que merecen.

Asumimos y reproducimos su credo. Los ricos se convencen de que son ricos por méritos propios, sin que sus privilegios (educativos, patrimoniales, de clase) hayan tenido nada que ver. Los pobres se culpan de su fracaso, aunque no puedan hacer gran cosa por cambiar las circunstancias que determinan su existencia. ¿Desempleo estructural? Si usted no tiene empleo, es porque carece de iniciativa. ¿Viviendas de precios desorbitados? Si su cuenta está en números rojos, es por su incompetencia y falta de previsión. ¿Qué es eso de que el colegio de sus hijos ya no tiene instalaciones de educación física? Si engordan, es culpa suya. En un mundo gobernado por la competencia, los que caen pasan a ser perdedores ante la sociedad y ante sí mismos.

La epidemia de autolesiones, desórdenes alimentarios, depresión, incomunicación, ansiedad y fobia social es una de las consecuencias de ese proceso, que Paul Verhaeghe documenta en su libro What About Me?. No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad. Ahora, todos somos neoliberales.

No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad.

El término neoliberalismo se acuñó en París, en una reunión celebrada en 1938. Su definición ideológica es hija de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, dos exiliados austríacos que rechazaban la democracia social (representada por el New Deal de Franklin Roosevelt y el desarrollo gradual del Estado del bienestar británico) porque la consideraban una expresión colectivista a la altura del comunismo y del movimiento nazi.

En Camino de servidumbre (1944), Hayek afirma que la planificación estatal aplasta el individualismo y conduce inevitablemente al totalitarismo. Su libro, que tuvo tanto éxito como La burocracia de Mises, llegó a ojos de determinados ricos que vieron en su ideología una oportunidad de librarse de los impuestos y las regulaciones. En 1947, cuando Hayek fundó la primera organización encargada de extender su doctrina (la Mont Perelin Society), obtuvo apoyo económico de muchos millonarios y de sus fundaciones.

Gracias a ellos, Hayek empezó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en Amos del universo como “una especie de Internacional Neoliberal”, una red interatlántica de académicos, empresarios, periodistas y activistas. Además, sus ricos promotores financiaron una serie de comités de expertos cuya labor consistía en perfeccionar y promover el credo; entre ellas, el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute. También financiaron departamentos y puestos académicos en muchas universidades, sobre todo de Chicago y Virginia.

Cuanto más crecía el neoliberalismo, más estridente era. La idea de Hayek de que los Gobiernos debían regular la competencia para impedir monopolios dio paso entre sus apóstoles estadounidenses −como Milton Friedman− a la idea de que los monopolios venían a ser un premio a la eficacia. Pero aquella evolución tuvo otra consecuencia: que el movimiento perdió el nombre. En 1951, Friedman se definía neoliberal sin tapujo alguno. Poco después, el término empezó a desaparecer. Y por si eso no fuera suficientemente extraño en una ideología cada vez más tajante y en un movimiento cada vez más coherente, no buscaron sustituto para el nombre perdido.

Ideología en la sombra

A pesar de su dadivosa financiación, el neoliberalismo permaneció al principio en la sombra. El consenso de posguerra era prácticamente universal: las recetas económicas de John Maynard Keynes se aplicaban en muchos lugares del planeta; el pleno empleo y la reducción de la pobreza eran objetivos comunes de los Estados Unidos y de casi toda Europa occidental; los impuestos al capital eran altos y los Gobiernos no se avergonzaban de buscar objetivos sociales mediante servicios públicos nuevos y nuevas redes de apoyo.

Pero, en la década de 1970, cuando la crisis económica sacudió las dos orillas del Atlántico y el keynesianismo se empezó a derrumbar, los principios neoliberales se empezaron a abrir paso en la cultura dominante. En palabras de Friedman, “se necesitaba un cambio (…) y ya había una alternativa preparada”. Con ayuda de periodistas y consejeros políticos adeptos a la causa, consiguieron que los Gobiernos de Jimmy Carter y Jim Callaghan aplicaran elementos del neoliberalismo (sobre todo en materia de política monetaria) en los Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente.

El resto del paquete llegó enseguida, tras los triunfos electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan: reducciones masivas de los impuestos de los ricos, destrucción del sindicalismo, desregulación, privatización y tercerización y subcontratación de los servicios públicos. La doctrina neoliberal se impuso en casi todo el mundo −y, frecuentemente, sin consenso democrático de ninguna clase− a través del FMI, el Banco Mundial, el Tratado de Maastricht y la Organización Mundial del Comercio. Hasta partidos que habían pertenecido a la izquierda adoptaron sus principios; por ejemplo, el Laborista y el Demócrata. Como afirma Stedman Jones, “cuesta encontrar otra utopía que se haya hecho realidad de un modo tan absoluto”.

“Me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo”, dijo Hayek en una visita al Chile de Pinochet

Puede parecer extraño que un credo que prometía libertad y capacidad de decisión se promoviera con este lema: “No hay alternativa”. Pero, como dijo Hayek durante una visita al Chile de Pinochet (uno de los primeros países que aplicaron el programa de forma exhaustiva), “me siento más cerca de una dictadura neoliberal que de un gobierno democrático sin liberalismo”.

La libertad de los neoliberales, que suena tan bien cuando se expresa en términos generales, es libertad para el pez grande, no para el pequeño. Liberarse de los sindicatos y la negociación colectiva significa libertad para reducir los salarios. Liberarse de las regulaciones estatales significa libertad para contaminar los ríos, poner en peligro a los trabajadores, imponer tipos de interés inicuos y diseñar exóticos instrumentos financieros. Liberarse de los impuestos significa liberarse de las políticas redistributivas que sacan a la gente de la pobreza.

La autora canadiense Naomi Klein

La autora canadiense Naomi Klein explica que los neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, como se hizo tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina.

En La doctrina del shock, Naomi Klein demuestra que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, aprovechando el desconcierto de la gente; por ejemplo, tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina, que Friedman describió como “una oportunidad para reformar radicalmente el sistema educativo” de Nueva Orleans. Cuando no pueden imponer sus principios en un país, los imponen a través de tratados de carácter internacional que incluyen “instrumentos de arbitraje entre inversores y Estados”, es decir, tribunales externos donde las corporaciones pueden presionar para que se eliminen las protecciones sociales y medioambientales. Cada vez que un Parlamento vota a favor de congelar el precio de la luz, de impedir que las farmacéuticas estafen al Estado, de proteger acuíferos en peligro por culpa de explotaciones mineras o de restringir la venta de tabaco, las corporaciones lo denuncian y, con frecuencia, ganan. Así, la democracia queda reducida a teatro.

La afirmación de que la competencia universal depende de un proceso de cuantificación y comparación universales es otra de las paradojas del neoliberalismo. Provoca que los trabajadores, las personas que buscan empleo y los propios servicios públicos se vean sometidos a un régimen opresivo de evaluación y seguimiento, pensado para identificar a los triunfadores y castigar a los perdedores. Según Von Mises, su doctrina nos iba a liberar de la pesadilla burocrática de la planificación central; y, en lugar de liberarnos de una pesadilla, creó otra.

Menos sindicalismo y más privatizaciones

Los padres del neoliberalismo no lo concibieron como chanchullo de unos pocos, pero se convirtió rápidamente en eso. El crecimiento económico de la era neoliberal (desde 1980 en GB y EEUU) es notablemente más bajo que el de las décadas anteriores; salvo en lo tocante a los más ricos. Las desigualdades de riqueza e ingresos, que se habían reducido a lo largo de 60 años, se dispararon gracias a la demolición del sindicalismo, las reducciones de impuestos, el aumento de los precios de vivienda y alquiler, las privatizaciones y las desregularizaciones.

La privatización total o parcial de los servicios públicos de energía, agua, trenes, salud, educación, carreteras y prisiones permitió que las grandes empresas establecieran peajes en recursos básicos y cobraran rentas por su uso a los ciudadanos o a los Gobiernos. El término renta también se refiere a los ingresos que no son fruto del trabajo. Cuando alguien paga un precio exagerado por un billete de tren, sólo una parte de dicho precio se destina a compensar a los operadores por el dinero gastado en combustible, salarios y materiales, entre otras partidas; el resto es la constatación de que las corporaciones tienen a los ciudadanos contra la pared.

Los dueños y directivos de los servicios públicos privatizados o semiprivatizados de Gran Bretaña ganan fortunas gigantescas mediante el procedimiento de invertir poco y cobrar mucho. En Rusia y la India, los oligarcas adquieren bienes estatales en liquidaciones por incendios. En México, Carlos Slim obtuvo el control de casi toda la red de telefonía fija y móvil y se convirtió en el hombre más rico del mundo.

Carlos Slim se convierte en el mayor accionista individual del New York Times

Carlos Slim se convirtió en el hombre más rico del mundo tras hacerse con el control de casi toda la red de telefonía de México. EFE

Andrew Sayer afirma en Why We Can’t Afford the Rich que la financiarización ha tenido consecuencias parecidas: “Como sucede con la renta, los intereses son (…) un ingreso acumulativo que no exige de esfuerzo alguno”. Cuanto más se empobrecen los pobres y más se enriquecen los ricos, más control tienen los segundos sobre otro bien crucial: el dinero. Los intereses son, sobre todo, una transferencia de dinero de los pobres a los ricos. Los precios de las propiedades y la negativa de los Estados a ofrecer financiación condenan a la gente a cargarse de deudas (piensen en lo que pasó en Gran Bretaña cuando se cambiaron las becas escolares por créditos escolares), y los bancos y sus ejecutivos hacen el agosto.

Sayer sostiene que las cuatro últimas décadas se han caracterizado por una transferencia de riqueza que no es sólo de pobres a ricos, sino también de unos ricos a otros: de los que ganan dinero produciendo bienes o servicios a los que ganan dinero controlando los activos existentes y recogiendo beneficios de renta, intereses o capital. Los ingresos fruto del trabajo se han visto sustituidos por ingresos que no dependen de este.

El hundimiento de los mercados ha puesto al neoliberalismo en una situación difícil. Por si no fuera suficiente con los bancos demasiado grandes para dejarlos caer, las corporaciones se ven ahora en la tesitura de ofrecer servicios públicos. Como observó Tony Judt en Ill Fares the Land, Hayek olvidó que no se puede permitir que los servicios nacionales de carácter esencial se hundan, lo cual implica que la competencia queda anulada. Las empresas se llevan los beneficios y el Estado corre con los gastos.

A mayor fracaso de una ideología, mayor extremismo en su aplicación. Los Gobiernos utilizan las crisis neoliberales como excusa y oportunidad para reducir impuestos, privatizar los servicios públicos que aún no se habían privatizado, abrir agujeros en la red de protección social, desregularizar a las corporaciones y volver a regular a los ciudadanos. El Estado que se odia a sí mismo se dedica a hundir sus dientes en todos los órganos del sector público.

De la crisis económica a la crisis política

Es posible que la consecuencia más peligrosa del neoliberalismo no sea la crisis económica que ha causado, sino la crisis política. A medida que se reduce el poder del Estado, también se reduce nuestra capacidad para cambiar las cosas mediante el voto. Según la teoría neoliberal, la gente ejerce su libertad a través del gasto; pero algunos pueden gastar más que otros y, en la gran democracia de consumidores o accionistas, los votos no se distribuyen de forma equitativa. El resultado es una pérdida de poder de las clases baja y media. Y, como los partidos de la derecha y de la antigua izquierda adoptan políticas neoliberales parecidas, la pérdida de poder se transforma en pérdida de derechos. Cada vez hay más gente que se ve expulsada de la política.

Chris Hedges puntualiza que “los movimientos fascistas no encontraron su base en las personas políticamente activas, sino en las inactivas; en los ‘perdedores’ que tenían la sensación, frecuentemente correcta, de que carecían de voz y espacio en el sistema político”. Cuando la política deja de dirigirse a los ciudadanos, hay gente que la cambia por consignas, símbolos y sentimientos. Por poner un ejemplo, los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes.

Judt explicó que, si la tupida malla de interacciones entre el Estado y los ciudadanos queda reducida a poco más que autoridad y obediencia, sólo quedará una fuerza que nos una: el poder del propio Estado. Normalmente, el totalitarismo que temía Hayek surge cuando los gobiernos pierden la autoridad ética derivada de la prestación de servicios públicos y se limitan a “engatusar, amenazar y, finalmente, a coaccionar a la gente para que obedezca”.

Sarah Palin refuerza las opciones de Trump y propina un golpe a Ted Cruz

Los admiradores de Trump parecen creer que los hechos y los argumentos son irrelevantes. EFE

El neoliberalismo es un dios que fracasó, como el socialismo real; pero, a diferencia de este, su doctrina se ha convertido en un zombie que sigue adelante, tambaleándose. Y uno de los motivos es su anonimato. O, más exactamente, un racimo de anonimatos.

La doctrina invisible de la mano invisible tiene promotores invisibles. Poco a poco, lentamente, hemos empezado a descubrir los nombres de algunos. Supimos que el Institute of Economic Affairs, que se manifestó rotundamente en los medios contra el aumento de las regulaciones de la industria del tabaco, recibía fondos de British American Tobacco desde 1963. Supimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto del que surgió el Tea Party. Supimos lo que dijo Charles Kock al crear uno de sus laboratorios de ideas: “para evitar críticas indeseables, debemos abstenernos de hacer demasiada publicidad del funcionamiento y sistema directivo de nuestra organización”.

Las palabras que usa el neoliberalismo tienden más a ocultar que a esclarecer. “El mercado” suena a sistema natural que se nos impone de forma igualitaria, como la gravedad o la presión atmosférica, pero está cargado de relaciones de poder. “Lo que el mercado quiere” suele ser lo que las corporaciones y sus dueños quieren. La palabra inversión significa dos cosas muy diferentes, como observa Sayer: una es la financiación de actividades productivas y socialmente útiles; otra, la compra de servicios existentes para exprimirlos y obtener rentas, intereses, dividendos y plusvalías. Usar la misma palabra para dos actividades tan distintas sirve para “camuflar las fuentes de riqueza” y empujarnos a confundir su extracción con su creación.

Franquicias, paraísos fiscales y desgravaciones

Hace un siglo, los ricos que habían heredado sus fortunas despreciaban a los nouveau riche; hasta el punto de que los empresarios buscaban aceptación social mediante el procedimiento de hacerse pasar por rentistas. En la actualidad, la relación se ha invertido: los rentistas y herederos se hacen pasar por emprendedores y afirman que sus riquezas son fruto del trabajo.

El anonimato y las confusiones del neoliberalismo se mezclan con la ausencia de nombre y la deslocalización del capitalismo moderno: Modelos de franquicias que aseguran que los trabajadores no sepan para quién trabajan; empresas registradas en redes de paraísos fiscales tan complejas y secretas que ni la policía puede encontrar a sus propietarios; sistemas de desgravación fiscal que confunden a los propios Gobiernos y productos financieros que no entiende nadie.

El neoliberalismo guarda celosamente su anonimato. Los seguidores de Hayek, Mises y Friedman tienden a rechazar el término con el argumento, no exento de razón, de que en la actualidad sólo se usa de forma peyorativa. Algunos se describen como liberales clásicos o incluso libertarios, pero son descripciones tan engañosas como curiosamente modestas, porque implican que no hay nada innovador en Camino de servidumbre, La burocracia o Capitalismo y libertad, el clásico de Friedman.

Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. En el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada.

A pesar de todo, el proyecto neoliberal tuvo algo admirable; al menos, en su primera época: fue un conjunto de ideas novedosas promovido por una red coherente de pensadores y activistas con una estrategia clara. Fue paciente y persistente. El Camino de servidumbre se convirtió en camino al poder.

El triunfo del neoliberalismo también es un reflejo del fracaso de la izquierda. Cuando las políticas económicas de laissez-faire llevaron a la catástrofe de 1929, Keynes desarrolló una teoría económica completa para sustituirlas. Cuando el keynesianismo encalló en la década de 1970, ya había una alternativa preparada. Pero, en el año 2008, cuando el neoliberalismo fracasó, no había nada. Ese es el motivo de que el zombie siga adelante. La izquierda no ha producido ningún marco económico nuevo de carácter general desde hace ochenta años.

Toda apelación a lord Keynes es un reconocimiento implícito de fracaso. Proponer soluciones keynesianas para crisis del siglo XXI es hacer caso omiso de tres problemas obvios: que movilizar a la gente con ideas viejas es muy difícil; que los defectos que salieron a la luz en la década de 1970 no han desaparecido y, sobre todo, que no tienen nada que decir sobre el peor de nuestros aprietos, la crisis ecológica. El keynesianismo funciona estimulando el consumo y promoviendo el crecimiento económico, pero el consumo y el crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.

La historia del keynesianismo y el neoliberalismo demuestra que no basta con oponerse a un sistema roto. Hay que proponer una alternativa congruente. Los laboristas, los demócratas y el conjunto de la izquierda se deberían concentrar en el desarrollo de un programa económico Apollo; un intento consciente de diseñar un sistema nuevo, a medida de las exigencias del siglo XXI.

Traducción de Jesús Gómez

La abdicación de la izquierda

13 julio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Algunos economistas (entre los que me incluyo) advirtieron sobre las consecuencias de llevar la globalización económica más allá de los límites de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman los mercados

La globalización se convirtió en sinónimo de las políticas del “Consenso de Washington” y de apertura financiera

Mientras el mundo no termina de recuperarse de la conmoción del Brexit, economistas y políticos comienzan a darse cuenta de que subestimaron seriamente la fragilidad política de la forma actual de la globalización. La revuelta popular que aparentemente hay en curso adopta formas variadas y superpuestas: reafirmación de identidades locales y nacionales, demanda de mayor control y rendición de cuentas democráticos, rechazo de los partidos políticos centristas y desconfianza hacia las élites y los expertos.

Esta reacción era predecible. Algunos economistas (entre los que me incluyo) advirtieron sobre las consecuencias de llevar la globalización económica más allá de los límites de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman los mercados. La hiperglobalización comercial y financiera, dirigida a la plena integración de los mercados mundiales, desgarró las sociedades locales.

Pero lo que sorprende más es el giro decididamente derechista que tomó la reacción política. En Europa, el proceso ha llevado al surgimiento de una serie de partidos mayormente populistas nativistas y nacionalistas, mientras que la izquierda solo ganó terreno en unos pocos lugares como Grecia y España. En Estados Unidos, el demagogo de derecha Donald Trump consiguió desplazar al establishment republicano, mientras que el izquierdista Bernie Sanders no pudo vencer a la centrista Hillary Clinton.

Tal como a regañadientes concede el nuevo consenso que comienza a aparecer en el establishment , la globalización acentúa las divisiones de clase entre quienes cuentan con habilidades y recursos para aprovechar la existencia de mercados globales y quienes no. Tradicionalmente, las diferencias de ingresos y clase, a diferencia de las identitarias basadas en la pertenencia racial, étnica o religiosa, siempre fortalecieron a la izquierda. ¿Por qué esta fue incapaz de presentar un cuestionamiento político significativo a la globalización?

Una respuesta es que la inmigración restó protagonismo a otros shocks de la globalización. La percepción de una amenaza de ingreso masivo de inmigrantes y refugiados de países pobres con tradiciones culturales muy diferentes agrava las divisiones identitarias que los políticos de extrema derecha saben explotar tan bien. Por eso no es sorpresa que políticos de derecha como Trump o Marine Le Pen aderecen su mensaje de reafirmación nacional con una abundante dosis de simbolismo antimusulmán.

Las democracias latinoamericanas son un contraste elocuente. Para estos países la globalización fue ante todo un shock del comercio internacional y la inversión extranjera, más que un shock de inmigración. La globalización se convirtió en sinónimo de las políticas del “Consenso de Washington” y de apertura financiera. La inmigración de Medio Oriente o África fue limitada y no adquirió relevancia política. Por eso la reacción populista en América Latina (en Brasil, Bolivia, Ecuador y, más desastrosamente, Venezuela) fue hacia la izquierda.

La historia es similar en las dos grandes excepciones al resurgimiento de la derecha en Europa: Grecia y España. En la primera, la discusión política giró en torno de las medidas de austeridad impuestas por las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional. En España, la mayoría de los inmigrantes, hasta hace poco, vino de países latinoamericanos con semejanzas culturales. En ambos países, la extrema derecha no halló el caldo de cultivo que tuvo en otras partes.

Pero tal vez la experiencia en América latina y el sur de Europa revela una debilidad mayor de la izquierda: la ausencia de un programa claro para remodelar el capitalismo y la globalización para el siglo XXI. Desde Syriza en Grecia hasta el Partido de los Trabajadores en Brasil, la izquierda no pudo hallar ideas económicamente razonables y políticamente populares (salvo paliativos como la transferencia de ingresos).

Gran parte de la culpa es de los economistas y tecnócratas de izquierda. En vez de ayudar a definir ese programa, se entregaron con demasiada facilidad al fundamentalismo de mercado y adoptaron sus principios centrales. Peor aún, lideraron el movimiento hiperglobalizador en momentos cruciales.

La entronización de la libre movilidad del capital (especialmente de tipo volátil) como norma por parte de la Unión Europea, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y el FMI fue probablemente la decisión más fatídica para la economía global que se haya tomado en las últimas décadas. Como demostró Rawi Abdelal, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, los principales promotores de esta iniciativa a fines de los ochenta y principios de los noventa no fueron los ideólogos del libre mercado, sino tecnócratas franceses como Jacques Delors (en la Comisión Europea) y Henri Chavranski (en la OCDE), estrechamente vinculados con el Partido Socialista en Francia. Asimismo, en EE. UU., la embestida desreguladora fue liderada por tecnócratas asociados con el Partido Demócrata (de orientación más keynesiana), como Lawrence Summers .

Es probable que el fallido experimento keynesiano de Mitterrand a principios de los ochenta haya dado a los tecnócratas socialistas franceses razones para concluir que una gestión económica en el nivel nacional ya no era posible y que no había una alternativa real a la globalización financiera: lo mejor que podía hacerse era aprobar normas paneuropeas y mundiales, en vez de dejar a países poderosos como Alemania o EE. UU. imponer las suyas.

La buena noticia es que el vacío intelectual de la izquierda se está llenando, y ya no hay motivos para seguir creyendo en la tiranía de la falta de alternativas. Hay un corpus económico “respetable” cada vez mayor del que los políticos de izquierda deberían extraer inspiración.

Veamos algunos ejemplos: Anat Admati y Simon Johnson defendieron la implementación de reformas radicales en el sector bancario; Thomas Piketty y Tony Atkinson propusieron un variado menú de políticas para encarar la desigualdad en el nivel nacional; Mariana Mazzucato y Ha-Joon Chang escribieron textos muy profundos sobre cómo fomentar la innovación inclusiva desde el sector público; Joseph Stiglitz y José Antonio Ocampo propusieron reformas globales;Brad DeLong , Jeffrey Sachs y Lawrence Summers (¡el mismísimo!) sostuvieron la necesidad de inversión pública a largo plazo en infraestructura y economía verde. Aquí hay suficientes elementos para construir una respuesta económica programática desde la izquierda.

Una diferencia crucial entre la derecha y la izquierda es que la primera prospera profundizando divisiones en la sociedad (“nosotros” contra “ellos”), mientras que la izquierda, cuando es exitosa, las supera por medio de reformas que unen a las partes. De allí la paradoja: las primeras olas de reformas desde la izquierda (el keynesianismo, la socialdemocracia, el Estado de bienestar), al salvar al capitalismo de sí mismo, se volvieron ellas mismas superfluas. Si no se plantea otra respuesta similar ahora, se dejará vía libre a los movimientos populistas y de extrema derecha que llevarán el mundo (como siempre lo han hecho) a una división más profunda y una proliferación de conflictos.

Traducción: Esteban Flamini

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