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No es proteccionismo contra libre cambio: es guerra comercial

20 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

El establecimiento de aranceles y otras medidas de proteccionismo comercial en los Estados Unidos se están interpretando como una agresión liderada por su presidente con el fin de defender los intereses nacionales de su país a costa del libre comercio que hasta su llegada prevalecía en el planeta.

Es verdad que Trump emprende esta batalla afirmando a todo el mundo que “América es lo primero y sólo América la primera” pero yo creo que ésa es una interpretación simplista e incluso interesada que no refleja la realidad de lo que está sucediendo, ni de lo que ha sucedido antes, ni permite anticipar lo que muy posiblemente vaya a ocurrir en el futuro.

No es verdad que Trump esté combatiendo el libre comercio por la sencilla razón de que el libre comercio no ha existido nunca en nuestro planeta como régimen comercial mínimamente extendido. Lo reconocía hace unos meses alguien tan poco sospechoso como Pascal Lamy, ex director general de la Organización Mundial del Comercio: “El libre comercio no existe (…) Es un falso tema de controversia. Estas discusiones sobre el libre comercio son en gran medida fantasía. Lo que existe en la realidad es un movimiento de apertura comercial, que ha experimentado aceleraciones y desaceleraciones a lo largo de la historia” (Pascal Lamy: Libre-échange et discours protectionnistes).

Es verdad que en los últimos decenios se ha producido un incremento continuado del comercio internacional pero eso se ha producido en un doble contexto de protección comercial.

Por un lado, las grandes potencias (Estados Unidos, Unión Europea, Japón, China…) han protegido sus intereses, la mayoría de las veces sin disimulo, mediante todo tipo de medidas: subsidios a su producción, aranceles cuando han podido, cuotas de importación, devaluaciones competitivas de sus monedas… Según el Global TradeAlert elaborado por CreditSuisse, a la llegada de Trump en Estados Unidos se mantenían 1.280 medidas proteccionistas en vigor y según un estudio reciente en los últimos cuatro años se han tomado 3.439  nuevas medidas de este tipo en todo el mundo ( Protectionism. Trade war reloaded).

También es cierto, por otro lado, que se han firmado un buen número de acuerdos presentados como “de libre comercio” pero, en realidad, no lo son. Unas veces, porque se basan en tratar igual a los desiguales y eso simplemente protege el interés de los más fuertes. Y otras, porque lo que buscan y consiguen no es promover abiertamente el comercio en general y en igualdad de condiciones sino proteger a las grandes compañías transnacionales (proporcionándoles mejores condiciones de actuación, jurisdicciones privilegiadas, menos controles o menos sujeción a obligaciones sociales o medioambientales…).

El país más proteccionista del mundo

Es imposible poner un solo ejemplo de una gran potencia que haya llegado a serlo renunciando al proteccionismo e impulsando sincera y efectivamente el libre comercio. Lo que siempre han hecho ha sido protegerse a sí mismas y a sus grandes empresas y utilizar su poder para obligar a que las economías más débiles abran sus fronteras. Y Estados Unidos en concreto ha sido, con mucha diferencia, el país más proteccionista del mundo de 1990 a 2013, según el mencionado informe de CreditSuisse.

El planeta ha vivido en los últimos decenios bajo un régimen comercial de proteccionismo de las grandes potencias mutuamente consentido (y que, precisamente por ello, ha podido desarrollarse en condiciones de suficiente equilibrio), en un contexto, eso sí, de progresiva apertura comercial.

La novedad de las medidas de Trump no es, por tanto, que sean proteccionistas o contrarias al libre comercio sino que se están llevando a cabo de modo explícito, sin disimulos, unilateral y agresivo, pudiendo llevar consigo una auténtica guerra comercial.

La diferencia puede parecer demasiado sutil o incluso un simple juego de palabras, pero creo que no lo es.

Es cierto que el proteccionismo de las grandes potencias, que nunca ha desaparecido, como acabo de señalar, representa siempre una cierta agresión hacia las demás: el resto de los países no han dejado de reclamar a China, por ejemplo, que deje de manipular su moneda para no darle ventajas artificiales a sus exportaciones, y Europa y Estados Unidos no han dejado nunca de tener controversias y conflictos comerciales por sus diferentes formas de regular o incluso por sus subvenciones o aranceles. Pero lo que está empezando a ocurrir ahora es que las medidas de Estados Unidos no se dan en el anterior clima de concesión mutua y de respeto al status quo, que es lo que diferencia un clima de competencia económica, más o menos agresiva pero aceptada, de una guerra comercial .

Cuando se produce una escalada de respuestas más o menos generalizadas a la agresión inicial (como ocurrió en 1930 cuando Estados Unidos elevó unilateral y rápidamente sus aranceles), cuando se desata la guerra, lo  que viene inmediatamente después es una caída en cadena del comercio internacional con efectos depresivos ya ampliamente analizados en la historia económica.

Hoy día sabemos que las guerras comerciales casi nunca resuelven los problemas que supuestamente trata de solventar el país que las desata con sus medidas proteccionistas. En este caso, Trump no va a defender los intereses de América y de los americanos en su conjunto ni va a salvar a los sectores económicos que pretende proteger. Actualmente, las empresas estadounidenses y en realidad todo su comercio internacional forman parte de cadenas internacionales de valor, de modo que las medidas proteccionistas de Trump sólo van a producir subidas de precios que proporcionarán beneficios extraordinarios a unas pocas empresas pero menos renta efectiva y menos ventas al conjunto de la economía (los aranceles sobre las importaciones de acero o aluminio, por ejemplo, van a perjudicar a las industrias del automóvil y la construcción). Tampoco van a hacer más competitivos a los sectores a quienes se trata de proteger porque éstos tienen problemas estructurales que no se curan eliminando la competencia exterior.

Cuando la protección no es mutuamente consentida, como ahora, se busca hacer daño con ella. Y eso es lo que harán China o Europa apuntando a los intereses y sectores que más empleo generan en Estados Unidos o incluso a los que en mayor medida apoyan electoralmente a su presidente. Trump ni siquiera conseguirá mejorar el balance exterior estadounidense porque está estableciendo aranceles a productos que se utilizan como inputs intermedios en su industria nacional: lo comido por lo servido. Estados Unidos se va a pegar un tiro en el pie.

La historia económica también nos ha enseñado que las guerras comerciales suelen traer consigo problemas monetarios de toda índole y crisis financieras, que las medidas agresivas que llevan consigo se imponen rápidamente pero luego son más difíciles de eliminar y que no suelen tener vencedores sino que pierden casi todos los que se ven involucrados en ellas.

Pero si hay algo especialmente preocupante de entre lo que nos enseña la historia económica de las guerras comerciales es que, con mucha frecuencia, terminan en conflictos armados y a veces generalizados. No lo olvidemos, porque quién sabe si detrás de una estrategia comercial de apariencia nacionalista y de factura económica tan torpe lo que hay en realidad es una ofensiva de la poderosa industria armamentística.

Aspirar a que exista un comercio completamente libre es una excusa para proteger a los más fuertes y creerse el discurso de quienes dicen que lo defienden es una ingenuidad que se paga caro. Pero pensar que el proteccionismo a ultranza puede resolver los problemas de las sociedades modernas es una simpleza quizá peor. Se necesita un sistema mundial de acuerdos multilaterales basados en la equidad y el equilibrio, en la protección de los más débiles, en el uso sostenible de los recursos naturales y en la salvaguarda de los intereses futuros de la humanidad. Todo lo contrario de lo que lleva a la guerra que se avecina.

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Franco y Fidel, enemigos cordiales

18 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 05 de junio de 2014

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Manuel Fraga y Fidel Castro preparan una queimada en Láncara (Lugo)/ Xurxo Lobato

Tras el fallecimiento de Franco, el corresponsal de la Agencia Efe en La Habana envió un despacho del que se hicieron eco algunos de los más prestigiosos periódicos del mundo y que decía lo siguiente: “Pocas horas después de conocerse la muerte del general Franco, el Gobierno revolucionario de Cuba decretó luto oficial por tres días. Desde el jueves las banderas ondean a media asta en todo el territorio cubano. El Presidente de la República, doctor Osvaldo Dorticós, ha enviado un mensaje de condolencia al presidente del Gobierno español, Carlos Arias Navarro (…)”. Cuando se lee esto da la impresión de que o no se ha entendido bien o hay una errata en el texto. No es así. La Cuba de Fidel Castro homenajeó al dictador como ningún otro país hizo, si bien quiso mantener la comunicación del decreto en niveles privados para quedar bien con España y evitar, a la vez, un escándalo internacional. Este gesto adquirió con el tiempo aún mayor relieve pues al año siguiente murió Mao Tse Tung y el Gobierno de Cuba no tuvo el mismo detalle con el líder comunista chino. Se trataba del último capítulo de una peculiar y chocante relación de dos dictadores en las antípodas ideológicas que decidieron actuar con un ‘subterráneo’ pragmatismo y una complicidad que ha generado un enorme interés entre historiadores y politólogos.

Desde 1959 los acontecimientos fueron forjando un mutuo respeto que acabó llegando a la admiración. El vínculo común a Galicia fue un factor que favoreció esa aproximación. Franco creció, al igual que los militares de su generación, con un sentimiento antiamericano que venía de la derrota contra EE.UU. en Cuba en 1898. En palabras del propio Fidel, recogidas en Biografía a dos voces de Ignacio Ramonet (Debate), “Franco tiene que haber crecido y haberse educado con aquella amarga experiencia (…). Y lo que hizo la Revolución Cubana, a partir de 1959, resistiendo a Estados Unidos, rebelándose contra el imperio y derrotándolo en Girón, puede haber sido visto por él como una forma de revancha histórica de España. En definitiva, los cubanos, en la forma en que hemos sabido enfrentarnos a Estados Unidos y resistir sus agresiones, hemos reivindicado el sentimiento y el honor de los españoles.” El ‘centinela de Occidente’ intuía que a Castro, en su enfrentamiento con el imperialismo americano, no le movía únicamente la ideología marxista sino que el factor nacionalista y patriótico llegaba a ser incluso más importante. Historiadores como Joaquim Roy (La siempre fiel: Un siglo de relaciones hispanocubanas (1898-1998), Ed. Los Libros de la Catarata) constatan que Franco reclamó informes a sus colaboradores para conocer más a fondo a Castro y otros comunistas célebres como Ho Chi Minh, a causa de la fascinación que despertaban en él.

Castro no desperdició ocasión alguna para criticar en público al régimen franquista, pero no a Franco. Recibió repetidas veces a los dirigentes comunistas españoles en La Habana, haciendo públicos elogios a Dolores Ibárruri, Pasionaria, y se rodeó de militares prestigiosos del ejército republicano como Enrique Líster y Alberto Bayo, instructor del grupo de revolucionarios cubanos que se entrenaron en México antes de embarcarse en el Granma. La infancia y juventud de Fidel aportan información en lo que se refiere a la singular relación de los dos dictadores. Hijo de Ángel Castro, un acaudalado terrateniente gallego nacido en Láncara (Lugo) que emigró a Cuba en 1905, se formó principalmente en escuelas jesuitas de Santiago de Cuba. Sus profesores fueron religiosos españoles partidarios firmes sin excepción de Franco en la Guerra Civil española. En casa el joven Fidel también fue testigo de cómo su padre, persona influyente de su comunidad, se manifestaba sin ambages a favor de su paisano de Ferrol.

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España mantuvo con la Cuba de Fulgencio Batista una relación amable, que se mantiene con el triunfo del nuevo gobierno revolucionario en 1959 y Franco no se podía quejar de la gestión de Juan Pablo de Lojendio, el embajador español en La Habana, durante el primer año de la revolución. Los exhaustivos análisis del catedrático Manuel de Paz Sánchez (Zona Rebelde y Zona de Guerra, Librería Universal-CCPC, y otros), experto en las relaciones trasatlánticas de España, explican los movimientos de Lojendio, que neutraliza los intentos de los republicanos españoles para que la nueva Cuba siga los pasos de México, lo que traería la ruptura con la España franquista y el reconocimiento del Gobierno de la II República en el exilio. La persecución a grupos contrarrevolucionarios caldea un ambiente en el que tuvo lugar un incidente diplomático grave e incomprensible en enero de 1960. Castro se encuentra en los estudios de la televisión cubana haciendo declaraciones en directo sobre la actividad opositora y alude al apoyo de la embajada española a esa actividad. Lojendio, arrebatado por su temperamento, irrumpe en los estudios [en la fotografía, un momento del incidente entre el embajador Lojendio y Castro en 1960 captada por Telemundo] ofendido y exige a Castro una rectificación en medio de un tumulto que deja boquiabierta a la audiencia televisiva. La expulsión del embajador es inmediata. Franco es informado del incidente y transmite al ministro de Exteriores Castiella su resolución: “Usted es el ministro. Haga lo que crea oportuno. Con Cuba, cualquier cosa menos romper”.

Efectivamente, Cuba y España superaron la crisis y no rompieron. Se impuso el pragmatismo y las relaciones se mantuvieron desde ese momento al nivel de encargado de negocios, mientras un Franco enfadado con su embajador, decidió lavar los trapos sucios en casa discretamente. Como él mismo afirma en Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta), de su primo Francisco Franco Salgado-Araújo, “El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, (…)“. Lojendio, tras un período de inactividad, fue destinado a un puesto diplomático de segunda categoría en Berna.

La relación hispano-cubana se ve afectada por la entrada en escena de otro actor protagonista. Estados Unidos ve peligrar sus intereses en una zona en la que no tiene costumbre de convencer a sus oponentes con persuasión sino con el palo. La reforma agraria cubana y las expropiaciones a empresas y particulares norteamericanos son respondidas con la ruptura de relaciones diplomáticas y el inicio del famoso embargo económico en el otoño de 1960, que en febrero de 1962 es casi total. Una mayoría de países latinoamericanos rompe relaciones con Cuba y la Europa aliada de EE UU cierra sus puertas a la economía de la isla. La URSS y el bloque comunista acuden veloces a la voz de socorro de Fidel, pero ese embargo va a hacer agua también por otro punto que es España. Poco después de que el presidente Eisenhower de un espaldarazo a Franco con su visita oficial a Madrid, en 1960 se firma un acuerdo comercial entre España y Cuba, que será renovado e implementado en años posteriores.

El Gobierno norteamericano contempla estupefacto la política exterior española que no participa de las represalias contra Cuba y teme que tenga un efecto de contagio al resto de países hispanoamericanos. Solo los momentos de tensión de la crisis de los misiles, en octubre de 1962, detienen el intercambio comercial entre españoles y cubanos, de unas dimensiones opinables pero que tienen un valor moral inestimable para la Cuba asediada por Estados Unidos. Las líneas aéreas de Iberia mantienen a La Habana conectada con Europa, a los niños cubanos no les faltan juguetes españoles y el turrón de Jijona por Navidad o los autobuses Pegaso en las carreteras cubanas son la muestra de la buena voluntad del Gobierno de Franco.

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Ernesto ‘Che’ Guevara asiste a una corrida de toros en Madrid en 1959. / Hermes Pato

Estados Unidos blandió la amenaza del fin de las ayudas económicas a España para que abandonase su postura pero la renegociación de las bases americanas en suelo español en 1963 aparcó la medida. Estados Unidos acabará aceptando la posición española pero el tráfico marítimo se ve afectado por la tensión internacional en el Caribe. Los exiliados cubanos estaban muy enfadados con la política de Franco y grupos anticastristas, pertrechados por la CIA, atacaron en ocasiones a los buques españoles. En septiembre de 1964, el Sierra Aránzazu sufrió el ataque de lanchas anticastristas que descargaron 1.500 balas sobre el mercante, causando la muerte a tres marinos y heridas a seis. Estados Unidos negó cualquier implicación pero la diplomacia española logró que a partir de ese momento los buques españoles fuesen escoltados por la marina de guerra americana.

El Gobierno de Estados Unidos intentó sacar partido de la negativa de Franco a participar en el embargo a Cuba y pensó en utilizar la cercanía de ambas dictaduras para establecer un canal de comunicación secreto con La Habana. Franco aceptó la tarea de mediación y tras la captura y muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara en Bolivia en 1967, se creyó por parte americana que había llegado la ocasión propicia. La paradoja que ha envuelto la relación de los dos gallegosel que fue héroe mítico de los revolucionarios del mundo y el feroz anticomunista,dio lugar a que Adolfo Martín Gamero, el diplomático español encargado de esa labor de mediación, viviese un episodio insólito y que narra Norberto Fuentes, biógrafo de Fidel. El diplomático fue recibido en Cuba por los hermanos Castro, que le llevaron de viaje por la isla. Cuando visitaron su casa familiar en Birán, cuál no sería la sorpresa del enviado español cuando en el dormitorio del padre de Fidel vio un telescopio y… ¡una foto de Franco sobre la mesilla de noche, que allí estaba desde siempre!

La normalidad de las relaciones entre ambos países fue plena desde 1974 en que se produjo el intercambio de embajadores. En 1992 Fidel realizó un viaje oficial a España y a Galicia donde pudo visitar la casa de su padre en Láncara y a sus parientes, acompañado del otrora franquista Manuel Fraga, otro gallego con conexión cubana en su niñez. EL PAÍS entrevistó en 1985 a Castro que hizo estas concluyentes declaraciones: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba”.

Diez proposiciones sobre la clase trabajadora actual

17 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

En noviembre de 2016, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos y una parte del mainstream estadounidense se echó las manos a la cabeza mientras se preguntaba por cómo un multimillonario machista y xenófobo había obtenido casi 63 millones de votos. En la búsqueda de respuestas cobró fama un libro escrito en 1997 por Jim Goad en el que se desarrollaba una polémica tesis que parecía, veinte años después, toda una profecía. Según el ‘Manifiesto Redneck’, la izquierda había sido responsable de mantener durante décadas un peligroso discurso que excluía a la clase obrera blanca, mientras al mismo tiempo abrazaba y defendía preferentemente las demandas de colectivos como las mujeres o las minorías étnicas. Esas políticas, llamadas de identidad, estarían provocando un rencor y resentimiento creciente en la clase obrera blanca que explicaría que ésta fuera el motor principal del ascenso de un personaje como Trump.

Con el ascenso de organizaciones populistas de extrema derecha en toda Europa este debate ha traspasado el ámbito estadounidense y no son pocos los que han concluido que, efectivamente, la culpa de las nuevas formas de fascismo europeo y del Brexit la tiene la clase trabajadora y las políticas de identidad de la izquierda. En este artículo trataré de defender que esta tesis no sólo es falsa sino también peligrosa.

Qué es la clase trabajadora y por qué se fragmenta

Una de las virtudes que tiene este debate es que ha puesto el foco en la clase trabajadora. Frente a los cantos de sirena que hablan de la desaparición de las clases, este tipo de ejercicios de recuperación me parecen fundamentales. En todo caso, la primera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué significa exactamente ser clase trabajadora? Grosso modo, podríamos contestar dos respuestas generales.

En primer lugar, podemos considerar a la clase trabajadora como una realidad objetiva que se define por el lugar que ocupa en las relaciones sociales de producción. Así, suele decirse que son clase trabajadora todos los asalariados, los que no tienen más posibilidad que vender su fuerza de trabajo a un tercero o los que carecen de medios de producción propios. No obstante, esto está lejos de ser claro, ya que las relaciones sociales de producción también incluyen aspectos como el control y la supervisión del trabajo, y es obvio que no todos los trabajadores ocupan el mismo rol en esas relaciones. Hay trabajadores de cuello azul, de cuello blanco, supervisores, directivos y profesionales, cualificados y no cualificados…todos los cuales tienen unas remuneraciones, modos de vida y actitudes sociales y políticas de gran heterogeneidad. En todo caso, con esta fórmula somos capaces de ubicar a las personas en la categoría de clase trabajadora sin necesidad de preguntarles.

En segundo lugar, podemos considerar que la clase trabajadora se define de manera subjetiva, es decir, a partir del reconocimiento explícito de identificación como clase trabajadora. Esta otra concepción se refiere, en consecuencia, a la identidad de la persona en cuestión, y no es necesariamente incompatible con la primera definición. En mi opinión, y esto es lo que he tratado de argumentar en ‘Por qué soy comunista’, ambas concepciones son útiles y necesarias siempre que las definamos y combinemos bien. Yo defiendo que la clase no es ni un mero hueco en las relaciones de producción ni tampoco sólo una construcción social; son ambas cosas.

Como se ha visto recientemente en el debate con el escritor Daniel Bernabé, a quien hay que agradecer su amabilidad y disposición militante así como haber reabierto este debate, algunos analistas han considerado que la clase trabajadora ha visto fragmentada su identidad desde la emergencia del neoliberalismo. Yo creo, en cambio, y esta es mi primera proposición, que la clase trabajadora ya estaba fragmentada subjetivamente antes de los años ochenta. Además, y esta es la segunda proposición, opino que esta fragmentación se debe a causas económicas y no a factores exógenos tales como la influencia del posmodernismo o el neoliberalismo.

Hay que tener presente que todos los países occidentales han vivido en las últimas décadas transformaciones en su estructura social que han alterado la composición de las clases. La desindustrialización, las nuevas formas de gestión empresarial, el uso de las tecnologías, la globalización, etc. han producido de forma general una reducción de las categorías profesionales de trabajadores no cualificados y de rutina, que suelen vincularse con una concepción estrecha de clase trabajadora. En efecto, si se considera que clase trabajadora son sólo aquellos trabajadores de cuello azul, como mineros, campesinos o trabajadores industriales de rutina, entonces ha habido un descenso cuantitativo. Lo que yo defiendo es que estas transformaciones, con la creación y extensión de nuevas ocupaciones laborales, han empujado a que los hijos e hijas de la clase trabajadora se sientan de clase media o, como mínimo, distintos de la clase trabajadora de toda la vida.

No obstante, hay diferencias entre países. Por ejemplo, en la década de los cincuenta, el 60% de las personas en Estados Unidos se consideraban de clase trabajadora frente al 40% que se consideraban de clase media. A inicios de este siglo, sin embargo, sólo el 41% se consideraba clase trabajadora frente al 59% que se considera clase media. Estos datos cuestionan el exceso de idealización sobre la clase trabajadora en los cincuenta, puesto que ya entonces casi la mitad se consideraba de clase media, pero confirmarían que la tendencia es hacia la pérdida de identidad de la clase trabajadora como tal.

Ahora bien, ¿eso es debido a que los trabajadores de cuello azul han disminuido en número o a que culturalmente han sido permeados por la ideología neoliberal? En mi opinión, es más probable que haya sido el primer factor, aunque sin duda tal fenómeno va acompañado de un relato de ascenso social que exalta ideológicamente las virtudes del capitalismo. Por otra parte, en otros países ese comportamiento no ha sido idéntico o, al menos, es más lento. En Gran Bretaña en los años ochenta el 60% se identificaba como clase trabajadora frente al 34% que lo hacía como clase media. Actualmente el 60% sigue considerándose clase trabajadora frente al 40% que se considera clase media. Apenas hay cambios en los últimos cuarenta años. Estos datos rechazarían igualmente la tesis de la mitificación de la clase trabajadora del pasado, pero también pone en cuestión su rápida fragmentación subjetiva en el tiempo. Sugiere, en suma, que la identificación con la clase es una batalla cultural que depende de muchos factores más allá de la ubicación en las relaciones sociales de producción.

En consecuencia, mi tercera proposición es que con la fragmentación económica se incrementa la autopercepción de pertenecer a la clase media, que opera como un cajón de sastre en el que se sitúa toda persona que no es ni muy rica ni muy pobre. En consecuencia, la tesis que sostengo es que la clase media no es meramente una ficción cultural sino una forma de denominar un fenómeno real y material derivado de la dinámica capitalista, esto es, la fragmentación objetiva de la clase trabajadora. En efecto, la economía capitalista se ha desarrollado no polarizando entre clases, como preveía Marx, sino fragmentando y diversificando las ocupaciones productivas tanto a nivel internacional como nacional. Aunque llamemos clase trabajadora a todas las personas asalariadas, dentro de ese conjunto hay una enorme diversidad de salarios y modos de vida y de reproducción social que, desde luego, no son el simple reflejo de un proyecto cultural inoculado desde fuera. Al fin y al cabo, la clase media es, como la clase trabajadora, un hecho material y también un constructo social.

¿De qué tiene culpa la clase trabajadora?

En un estudio clásico de la sociología, a finales de los años cincuenta el profesor Martin Lipset sostuvo que la clase trabajadora defendía valores de redistribución en lo económico (apoyando la intervención del Estado en la economía), pero que mostraba valores autoritarios en relación a derechos civiles (por ejemplo, prejuicios raciales, rechazo a los homosexuales, oposición a la igualdad de género, intolerancia hacia el diferente…). Por el contrario, afirmaba que la clase media era más partidaria del libre mercado y más abierta en relación a los derechos civiles.

Todavía hoy hay un gran debate abierto acerca de estas hipótesis de Lipset. No obstante, hay consenso en que la ubicación en los estratos inferiores del sistema productivo –los peor remunerados- sí está vinculada con la defensa del intervencionismo del Estado en la economía. En suma, la clase trabajadora (trabajadores industriales, trabajadores manuales no cualificados…) es menos partidaria del libre mercado que la clase media (gestores de pequeñas empresas, profesionales cualificados, autoempleados…). Esto es, desde el punto de vista marxista, lo que cabría esperar.

Sin embargo, sobre la otra hipótesis existe más controversia. Aun así, se han encontrado pruebas suficientes de que la educación o formación cultural –simplificando: lo que Bourdieu llamaba capital cultural- es una variable fundamental para explicar la actitud respecto a los derechos civiles. Todos los estudios han demostrado que cuanto más formadas culturalmente están las personas, más tolerantes y abiertas son; y cuando menor capital cultural se tiene, ocurre al revés. Naturalmente existe una relación entre tener poco capital cultural y ser de clase trabajadora, pero en mi opinión no sería correcto asumir que el capital cultural es una variable que refleja la clase social. Mi proposición cuarta es que ser de clase trabajadora favorece la probabilidad de exigir políticas de redistribución, y mi proposición quinta es que cuanto menor capital cultural tiene una persona más probable es que tenga actitudes morales conservadoras.

El problema es que son todas estas pistas las que han señalado a la clase trabajadora como culpable del crecimiento del monstruo. Los estudios parecen describir al votante prototipo de la extrema derecha como hombre, con poco capital cultural y desempleado o de clase trabajadora. Pero, ¿y si en realidad no es la clase trabajadora la que está detrás del ascenso de la extrema derecha?, ¿y si no es el rechazo a las políticas de identidad lo que mueve el voto de la extrema derecha?, ¿y si, después de todo, resulta que los errores de la izquierda en ganarse a toda la clase trabajadora no tienen nada que ver con las políticas de identidad?

Una de las tesis más extendidas sobre el crecimiento de la extrema derecha es que la globalización es un proceso que ha creado ganadores y perdedores en las sociedades occidentales, estando estos últimos situados entre las clases populares (clase trabajadora industrial, clases medias expuestas a la competencia internacional, etc.). Esta es de hecho la tesis a la que yo me adscribo. Desde mi punto de vista, hay razones económicas que explican por qué surgen oportunidades para el crecimiento de posiciones anti-establishment y anti-sistema, que se combinan con otro tipo de oportunidades generadas en otros ámbitos (por ejemplo, la existencia de un peso grande de inmigrantes o la desconfianza en el sistema político).

Por eso, mi proposición sexta es que la extrema derecha crece porque sabe utilizar la rabia y el descontento de las clases populares ante unas expectativas de futuro de inseguridad y desprotección tanto económica como civil. En definitiva, el ascenso de la extrema derecha no es debido a la clase trabajadora sino a una parte de la clase trabajadora y de otras clases que, además de ser víctimas de la globalización tienen actitudes morales conservadoras.

El trabajo del profesor Rodríguez-Pose ha demostrado que la extrema derecha populista ha sido más votada en las zonas desindustrializadas y en las regiones que se han quedado atrás en el desarrollo económico. Es decir, en el ascenso de la ultraderecha importa más el carácter geográfico-espacial que la clase. Por ejemplo, a Trump le votaron más en Ohio y Wisconsin que en Nueva York, aunque los más pobres de Nueva York son mucho más pobres que los de Ohio y Wisconsin. Así, también las mujeres, negros y latinos votaron masivamente por Clinton y también son clase trabajadora –y de hecho incluso más precaria. Por otra parte, Le Pen fue incapaz de ganar en ninguna gran ciudad, pero obtuvo sus mejores resultados en las áreas rurales y desindustrializadas del país. Similarmente, en Reino Unido el referéndum del Brexit fue empujado por el voto favorable de las áreas rurales frente a la negativa de las ciudades y las zonas dinámicas del país.

Este planteamiento es coherente con lo que sabemos sobre el capital cultural y su influencia en los valores civiles. Así, las grandes ciudades se han beneficiado de la globalización y han atraído no sólo el capital económico sino también a las personas más cualificadas del resto del país. Y eso ha hecho que las grandes ciudades occidentales, como París, Berlín, Nueva York, Londres, Madrid, Barcelona… suelan estar gobernadas por la izquierda, que se apoya en una estrategia que combina la redistribución y las políticas de identidad. Esto es lo que parece ocurrir también en España. Por ejemplo, en las últimas elecciones municipales de 2015 en la capital ganó la candidatura municipalista de AhoraMadrid. Y lo hizo apoyándose en todos los distritos del sur, en una división casi perfecta entre las zonas ricas y las zonas pobres. Obsérvese el siguiente mapa:

Mapa distritos de Madrid según el voto

De hecho, al menos en el caso español –como en las grandes ciudad de las sociedades ricas- no parece haber pruebas de que la izquierda que combina discursos de la identidad con otros de redistribución esté perdiendo el apoyo de la clase trabajadora. Es más, podría ser incluso parte de la explicación de su éxito en las grandes ciudades.

Las políticas de identidad

También podríamos contemplarlo desde otro punto de vista. Se da la paradoja de que el partido neofascista Liga Norte sigue rentabilizando en Italia el discurso anti-inmigración a pesar de que los datos objetivos demuestran que la llegada de inmigrantes se ha reducido drásticamente en los últimos años. Es algo aparentemente inexplicable. Pero se ha demostrado que el clima dominante contribuye a formar las actitudes sociales, así que donde la extrema-derecha ha logrado centrar el debate con sus temas, también el clima político se ha colocado a su favor y con ello también ha recibido nuevos votantes.

¿Y si, siguiendo el mismo razonamiento, las políticas de identidad en España fueran también una vacuna contra el fascismo? Recordemos que las derechas en nuestro país tuvieron que retroceder en su discurso anti-feminista precisamente por la potencia del movimiento feminista y del clima generado por sus demandas. Hace unos años se manifestaba contra el aborto y el matrimonio homosexual gente que hoy no se atreve a criticar ambos fenómenos. Incluso respecto a la inmigración la derecha sigue arrinconada frente a la ofensiva humanista y solidaria de la izquierda sociológica. Así, podría ser que en ausencia de esas políticas de identidad, compuestas también por muchos gestos políticos aparentemente intrascendentes, el fascismo se hubiera abierto paso con mucha más fuerza. Es decir, mi proposición séptima es que la tolerancia hacia las políticas de identidad es mayor según más alto sea el capital cultural colectivo, lo que depende a su vez de las prácticas políticas que se ejecutan en su favor y conforman el clima general (sea llevado a cabo por un ayuntamiento o cualquier institución de la sociedad civil).

Adicionalmente, la proposición octava es que las políticas de identidad son complementarias y no sustitutivas de las políticas de clase. Si hay algo que hace a la clase social central en los análisis políticos es que se refiere a las relaciones sociales de producción, es decir, que afecta a las condiciones materiales necesarias para la reproducción de la vida. Por eso la clase social es importante, porque la facilidad o no para la reproducción de nuestra propia vida depende de la clase social a la que pertenezcamos. Ahora bien, para que exista esa reproducción de la vida es necesario también que se cumplan dos precondiciones: que también exista un planeta habitable para la vida y que se satisfagan los cuidados de la vida. Estas dos últimas condiciones son las que llamamos ecologismo y feminismo, y que muchos autores suelen situar en las políticas de identidad. Efectivamente nos preocupamos de tener salarios dignos porque sin ellos no podemos reproducir nuestra vida en condiciones dignas, como también sucedería si destruimos el planeta o carecemos de comunidades sociales y afectivas.

En todo caso, ¿qué es lo que se busca cuando se señala a las políticas de identidad como culpables del ascenso de la ultraderecha? Realmente, no queda claro. Pero mi proposición novena es que el camino lógico que conlleva creer que existe una trampa de la diversidad-identidad-interseccionalidad conduce al alejamiento de la clase trabajadora respecto a la izquierda. O, dicho de otra forma, el riesgo de situar el foco –negativamente- en las políticas de identidad es la proliferación de un cierto obrerismo reaccionario, es decir, del crecimiento de una posición reduccionista y políticamente estéril que afirma a que todo es reducible a un conflicto de clase. Esa posición política, que siempre ha existido, tiende a rechazar todo conflicto no-de-clase como algo innecesario y secundario, alejando así a quienes siendo clase trabajadora entienden y sienten esos conflictos también como principales y, en definitiva, estrechando el margen de acción de la izquierda política.

Finalmente, mi proposición décima es que la desconexión de una parte de la clase trabajadora con la izquierda tiene que ver con la incapacidad de ésta para estructurar una propuesta de solución para sus problemas materiales. Se podrá argumentar que este es también el argumento de alguien como Bernabé, por ejemplo, pero es algo que sólo puedo aceptar a medias. Porque en mi proposición las políticas de identidad no afectan en absoluto, y en todo caso lo hacen positivamente, mientras que en la suya suponen una trampa. La diferencia, a todos los efectos, no es menor.

Efectivamente, la izquierda política radical europea se apoya en una base social de personas con altos ingresos y con alto capital cultural. Esa base social es partidaria de políticas de redistribución, pero también de identidad. Eso es bueno, pero también insuficiente. Lo que falta, y que muchos hemos advertido sistemáticamente, es que no conseguimos llegar de forma general a los estratos sociales más desfavorecidos (menos ingresos, menos capital cultural…). Pero, ¿eso se resuelve denunciando las políticas de identidad, a modo de chivo expiatorio? En mi opinión, en ningún caso.

Es importante recordar que la historia demuestra que cuando el movimiento obrero logra sus conquistas, como el Estado Social que permite ampliar su capital cultural, los hijos e hijas de la clase obrera se empiezan a preocupar también por cuestiones postmateriales –esta es la tesis de Ronald Inglehart. Pero, insisto, esto no es un problema sino una conquista. Que los hijos e hijas de la clase obrera se preocupen por la vida de los toros, el consumo de aceite de palma, la educación LGTBI o el efecto medioambiental del plástico más que por su hambre es un aspecto positivo que se deriva de la mejora de sus condiciones de vida. Lo que tiene que trabajar la izquierda es un proyecto que combine todas esas demandas con la de clase, como hace el ecosocialismo o el feminismo anticapitalista. En definitiva, como trabaja la izquierda que cree en la interseccionalidad.

Y es que, además, de los conflictos de clase hay otros muchos otros conflictos que no son de clase, y que a veces tienen implicaciones sociales incluso más fuertes –y algunos de ellos son identitarios, como el nacionalismo. La izquierda tiene que atender todos ellos. El problema emerge cuando se subraya sólo uno de ellos (sea el animalismo, el obrerismo o cualquier otro). Pero no hay ninguna trampa, o no diferente de la que podría existir con el sindicalismo o la tecnología. No en vano el sindicalismo puede animar una huelga general revolucionaria pero también un pacto social para desmovilizar la calle; la tecnología puede ayudar a mejorar la coordinación de una organización pero también ayudar a la represión y censura del pensamiento; y la subida legal del SMI puede incrementar la conciencia de clase o reducir el ansia revolucionaria. ¿Hay trampas en cada uno de esos instrumentos? No menos que en las políticas de identidad, que pueden servir para mejorar la imagen de una banquera pero también para desmontar el represivo sistema judicial. Mi opinión es que si todo puede ser una trampa… entonces es que no hay trampa.

No obstante, otro problema adicional sucede cuando aceptamos que subrayar los conflictos de clase es simplemente acentuar un discurso de clase –cualquier cosa que sea eso. Y es que a veces da la impresión de que una parte de la izquierda cree que la solución es repetir todo el rato el significante compuesto de clase trabajadora. Pero no se gana la confianza de un trabajador reaccionario únicamente insistiéndole discursivamente en que es clase trabajadora. Es más, el objetivo no puede ser ganarse la confianza de ese trabajador reaccionario sino convencerle de nuestro proyecto político socialista (que es de clase pero no sólo). Como se sabe, una cosa es identificarse con la clase trabajadora y otra asumir que existe la lucha de clases y que hay que superar el capitalismo. Lo primero es bastante más sencillo que lo segundo, y el salto de una cosa a otra se llama conciencia de clase. Pero para ello, para que se funde esa conciencia de clase, ese proyecto de clase que alumbra una nueva concepción del mundo, es necesario incidir social y políticamente sobre las bases materiales de esa misma clase. Eso se hace recuperando, con discursos y prácticas materiales que combinen tanto la redistribución como la identidad, los barrios, las asociaciones de vecinos, los centros de trabajo, las cooperativas de consumo, esto es, los espacios de socialización de la clase trabajadora. Por eso las políticas de identidad son, en este marco, no un obstáculo sino una oportunidad.

El Gobierno de Trump lleva ante el juez a niños migrantes que ni siquiera saben lo que es un abogado

13 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“¿Sabes lo que es un abogado?”. “No sé”. “¿Tienes abogado?”. “No”. Estas son las dos preguntas con las que el juez de inmigración William Snouffer comienza las vistas cuando tiene delante a un niño migrante. Las negativas son las dos respuestas que dan un niño y una niña de menos de cinco años que miran al juez con incredulidad y miedo, como si esperasen que en cualquier momento apareciera el típico lobo de los espectáculos de marionetas.

Aunque no es una práctica nueva y todavía no hay datos oficiales, las ONG alertan de que con el Gobierno de Donald Trump se multiplicará el número de menores migrantes que se presenta solo ante un juez y que es incapaz de explicar qué hace allí o por qué tuvo que huir de su país junto a su familia. Al parecer, al comienzo de estos procesos de deportación, muchas veces los niños todavía no cuentan con un abogado para que les represente. La situación, en ocasiones, llega a ser ridícula dicen los defensores de derechos humanos.

NowThis

@nowthisnews

The Trump administration is forcing children as young as toddlers to represent themselves in immigration courts

Sentado ante el juez en pleno proceso legal para su deportación, el inmigrante que debería estar explicando por qué cruzó la frontera de forma ilegal y por qué merece quedarse, se levanta de su silla y se sube a la mesa. Algo propio de los niños de tres años como él. Absurdo, pero real.

Este pequeño es uno de los muchos menores no acompañados que se enfrentan solos al proceso de deportación. Muchos, además, sin representación legal de ningún tipo. “Esta situación resalta lo absurdo de lo que estamos haciendo con estos niños”, señala Lindsay Toczylowski, directora ejecutiva del Immigrant Defenders Law.

Barry O, de Guatemala, tenía 17 años cuando le tocó su turno. “Cuando llegué a Nueva York, me dijeron que tenía que acudir al juzgado de inmigración y ver a un juez. Alguien me dijo que tenía que ver a un abogado, pero no podía permitírmelo. Estaba muy nervioso, pero sabía que aquel día tenía que ir al tribunal”, recuerda. “Recuerdo lo nervioso que estaba en la primera sesión. Nunca había hecho nada malo y nunca había estado ante un juez”, añade.

Algunas ONGs como Safe Passage se encargan de asistir legalmente a niños como Barry O y, en su caso, le ayudaron a conseguir la tarjeta verde. “Además de ganar mi caso en el juzgado, Safe Passage ayudó a mi tío a convertirse en mi tutor legal y también me ayudaron a conseguir el permiso legal de residencia permanente”.

Según la organización  TRAC Immigration que estudia las migraciones en EEUU, en 2014, tan solo el 32% de los niños no acompañados contaron con representación legal de los 63.721 casos que pasaron por la justicia. Según las investigaciones anteriores realizadas por TRAC, que el menor tenga o no un abogado es esencial para lograr permanecer en EEUU.

Entre 2012 y 2014, cuando los menores contaron con un abogado, los jueces permitieron la permanencia en EEUU a tres de cada cuatro menores (casi el 75%). Cuando no hubo letrado, el porcentaje disminuyó hasta el 15%.

Con la política de “tolerancia cero” de Donald Trump, EEUU ha separado de sus padres a 2.575 menores de edad. Aunque la justicia ordenó a finales de junio reunificar en un plazo máximo de 30 días a estos niños con sus familias, la mano dura del presidente ha aumentado las posibilidades de que los menores se tengan que sentar solos ante un juez.

“Mientras estamos hablando, nuestro Gobierno está separando por la fuerza a los niños migrantes de sus familias”, denuncia desde su página oficial Safe Passage Project. “Estos niños ya han sufrido mucho, escapando de la violencia y las revueltas en sus países de origen, y haciendo el peligroso viaje a EEUU. Después de todo esto, estos niños están siendo reasentados por todo el país y ubicados en procesos de deportación, sin que se les proporciones un abogado por parte del Tribunal. Esto es una atrocidad y una violación de los derechos humanos, y debemos contraatacar”, concluyen.

Clarkston, el pueblo estadounidense que recibe a 1.500 refugiados por año

9 noviembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

En los últimos 25 años, Clarkston, un pequeño pueblo del sureño Estado de Georgia, recibió a más de 40.000 refugiados. Llegan de todas partes del mundo. Este año, vienen más congoleños que sirios. En las anteriores olas de reasentamiento, ya habían llegado de Bután, Eritrea, Etiopía, Somalia, Sudán, Liberia y Vietnam.

Todos tienen en común Clarkston, un pueblo común y corriente del Sur Profundo estadounidense, con una población de unos 13.000 habitantes.

El que mira más allá de los centros comerciales construidos a mediados de los 70, de los complejos de apartamentos y de los aparcamientos, encontrará cosas poco vistas en otras partes de Estados Unidos. Las fachadas marrones están cubiertas por signos que parecen letras del amhárico o del nepalés, seguidos de traducciones que remiten al inglés: Abasto Balageru, Almacén Cultural Africano de Injera (una variedad de pan típica de Etiopía), Almacén de Alimentos Orientales Numsok. Algunas mujeres reunidas en las cercanías se cubren la cabeza con coloridos pañuelos africanos. Otras llevan el largo cabello negro en una trenza hasta la espalda y ropas tradicionales de seda asiática.

Pero los extranjeros no son los únicos que se mudan a Clarkson. A la autoproclamada  “isla Ellis del sur” no solo llegan inmigrantes pobres y refugiados. Su reputación también ha atraído a profesionales estadounidenses de clase media. Según el alcalde del pueblo, Ted Terry (34), vienen “buscando la riqueza de la diversidad”.

El día en que el periódico the Guardian habló con él, Terry recibía a una delegación de Oriente Medio que quería entender cómo se las arreglaba Clarkson con una comunidad de refugiados tan diversa. Con barba hípster, camisa a cuadros y calcetines de dos juegos diferentes, Terry explica que su objetivo era “poner a Clarkson en el escaparate”. “Yo no hice de esta una comunidad compasiva… Sí la consagramos oficialmente pero era una comunidad compasiva y hospitalaria mucho antes de que yo llegara”.

¿Cómo sucede esto? ¿Cómo hace un polvoriento pueblo sureño y de clase trabajadora para albergar a 1.500 refugiados por año y hacerlos parte integral de la identidad del lugar?

Resulta que la historia de Clarkson no es sólo la de los recibidos: también es la de las personas que dan la bienvenida.

En la esquina de los aparcamientos del centro de Clarkson, un camión rojo brillante de comida ambulante vende café artesanal. Es el tipo de vehículo elegante y minimalista que encajaría perfectamente en San Francisco o en Nueva York.

Ted Terry, alcalde de Clarkston, Georgia, un publo que ha acogido a más de 40.000 refugiados en 25 años.
Ted Terry, alcalde de Clarkston, Georgia, un publo que ha acogido a más de 40.000 refugiados en 25 años.

 Café de refugiados”, dice un letrero en el camión, que es iniciativa de Kitti Murray, una de esos estadounidenses llegados hace poco al pueblo. Escritora freelance y abuela de ocho nietos, Murray lo compró hace dos años por 3.000 dólares en el sitio de anuncios de Internet Craigslist. Por un dólar al mes, alquiló el espacio en la entrada de un antiguo garaje. Allí puso sus mesas y sillas con el objetivo de crear un punto de encuentro para la comunidad, un lugar donde ofrecer formación laboral y donde “generar una historia más hermosa y auténtica sobre los refugiados”. “Nuestros empleados refugiados hacen eso por nosotros, solo por ser ellos mismos y por cómo hacen su trabajo”, dice Murray. Mientras ella habla, Ahmad, un sirio que antes de camarero era farmacéutico, sirve un café expreso bien negro.

Su clientela es notablemente blanca. “Al principio, cuando empezamos, me entristecía si pasaba el día sin un solo refugiado entre los clientes”, cuenta. “Pero si no hubiéramos atraído a la comunidad estadounidense, que es la que tiene el dinero, tendríamos que haber cerrado en esos primeros seis meses”.

Murray no es un caso raro, sino una más entre los muchos estadounidenses que se mudaron a Clarkston precisamente para trabajar con los refugiados y vivir junto a ellos. Recibir refugiados tal vez signifique largas horas en la casa de los recién llegados tomando té y tropezando torpemente con la barrera del idioma, pero los lazos que se generan suelen ser muy sólidos.

Arez, una refugiada siria que tras cuatro largos años en Turquía llegó con su esposo y dos hijos en 2015, desborda de entusiasmo cuando habla sobre Rebecca, la “hermana” estadounidense que la ayudó a establecerse en Clarkston: “¡Amo Estados Unidos! ¡Soy muy feliz aquí! Tengo amigos estadounidenses, me están enseñando a aprender inglés, mis hijos van a la escuela. Me encanta este lugar”.

Según Brian Bollinger, director de Friends of Refugees (una ONG local que ofrece servicios para refugiados), “recuperar el sentido de pertenencia a un lugar es en gran parte la esencia de este emprendimiento”, tanto para los refugiados como para los estadounidenses que vienen a Clarkston. Bollinger es cualquier cosa menos romántico para explicar el recibimiento que dio el pueblo a los refugiados. “Sería un tanto utópico insinuar que abrir los brazos para recibirlos fue el impulso original”, dice mientras come naan con curry en el Café Katmandú. “A fin de cuentas, fue un motivo económico”.

Gente joven y viviendas baratas

Según Bollinger, lo que hizo que Clarkston funcionara tan bien para los refugiados fueron las oportunidades que ofrecen sus masificados complejos de apartamentos y el buen tramado del transporte. Es fácil tomar una camioneta compartida para viajar una hora hacia al norte hasta la fábrica de pollos donde muchos encuentran su primer trabajo de bajo salario. Por eso Clarkston fue señalada a principios de los años 90 como un buen lugar de reasentamiento. Viviendas baratas y rápido acceso a la carretera interestatal son también los atractivos por los que hoy llegan jóvenes profesionales estadounidenses, desplazados de Atlanta por los altos precios.

Como recuerdan muchos habitantes de Clarkston, el pueblo no siempre fue tan hospitalario. Al principio, la llegada de los inmigrantes molestaba a los lugareños. Pero los viejos detractores ya se mudaron o se murieron, y fueron reemplazados por progresistas más jóvenes. Terry, el alcalde elegido en 2013, cuando solo tenía 31 años, es según Bollinger “la encarnación de ese cambio de perspectiva”.

Los pobladores más antiguos que se quedaron en el pueblo parecen conformes con llevar vidas paralelas a la de los vecinos refugiados. Betty Cardell (93) vive en Clarkston desde que en 1950 llegó de California como una “novia de guerra” y se lo toma con filosofía: “Bueno, están aquí. Así que, ¿qué se puede hacer? Son gente como uno. Jamás tuve ningún problema”. También dice que no tiene ningún interés en irse. “Me gusta Clarkston: sigue siendo un pequeño pueblo”.

Esa sensación de pequeño pueblo es parte del éxito de Clarkston como lugar de acogida, y también su limitación. Para los refugiados, es el pueblo donde empezar: tener éxito significa seguir adelante y dejar atrás sus complejos de apartamentos.

Heval Mohamed Kelli, un refugiado sirio que vivió seis años en Alemania y llegó a Clarkston tres semanas después del 11 de septiembre, es un ejemplo de esa transición. Hoy trabaja como cardiólogo y vive en el acaudalado pueblo de Lilburn (a unos 16 kilómetros de Clarkston). Comenzó lavando platos en Clarkston en su camino hacia el sueño americano (actualmente vive en una elegante casa a orillas de un lago y con un jardín perfectamente cuidado). En la calurosa tarde de sábado en que recibe a the Guardian, Kelli organiza una barbacoa en su casa “para celebrar la vida” con viejos y nuevos amigos: sirios, iraquíes, kurdos, sudaneses y estadounidenses.

El alcalde en la cafetería 'Café de refugiados', fundado por la escritora freelance Kitti Murray
El alcalde en la cafetería ‘Café de refugiados’, fundado por la escritora freelance Kitti Murray

Kelli es categórico cuando describe la bienvenida que le dieron en el pueblo, sobre todo al compararla con la falta de calidez que encontró en Alemania. “Dos días después de llegar a Clarkston, estábamos aterrados, y un montón de gente se presentó en nuestra puerta con comida y queriendo ayudarnos a aprender inglés”. Kelli se ríe cuando lo recuerda: “Pensábamos que todos esos estadounidenses blancos golpeando a nuestra puerta eran de la CIA o algo así”. Eran miembros de la Iglesia Episcopal de Todos los Santos de Clarkston. “No se parecían en nada a nosotros, pero cambiaron nuestras vidas”.

Kelli siente una gran deuda de gratitud hacia los que lo ayudaron y cada tanto vuelve a Clarkston para trabajar como voluntario en el centro de salud y ayudar como tutor de algunos estudiantes. Su barbacoa es un recordatorio de que si Clarkston funciona como comunidad también es por la propia hospitalidad de los refugiados.

Hay un montón de relatos acerca de los refugiados que gastan sus cupones de comida en regalos para agradecer a sus vecinos estadounidenses los pequeños actos de amabilidad. A Heidi Miller, nativa de Tennessee y representante en Clarkston de Embrace (un programa que asiste a mujeres refugiadas durante el embarazo y el parto) le hace reír la pregunta sobre la generosidad de los refugiados. “¡Claro que sí! Siempre le digo a la gente que uno piensa que sabe todo sobre la hospitalidad cuando viene al sur… ¡Hasta que va a la casa de un refugiado!”

Pero por supuesto Clarkston tampoco es el paraíso. Los bloques de apartamentos incendiados y en ruinas de las afueras del pueblo son prácticamente inhabitables, pero el alcalde no tiene autoridad para clausurarlos. En un pueblo con un índice de pobreza superior al 40%, la perspectiva de un alquiler más barato puede ser más importante que el miedo a una plaga de ratas y a la delincuencia.

También hay hostilidad fuera de los límites del pueblo: unos quince meses antes de que Trump lo intentara como presidente, el gobernador de Georgia, Nathan Deal, trató en 2015 de prohibir con un decreto la llegada de refugiados sirios.

¿Es una moda defender a los refugiados?

Pero Clarkston también se beneficia de redes de solidaridad más amplias. Desde que Trump proclamó en enero su decreto prohibiendo la entrada a refugiados sirios, las solicitudes para trabajar como voluntario en Amigos de los Refugiados aumentaron un 400%. La ONG tiene hoy a varios cientos de personas, el doble que otros años, haciendo trabajo voluntario cada una o cada dos semanas.

Hay varios que se muestran escépticos sobre lo que llaman la moda de defender a los refugiados. Se preguntan si Clarkston simplemente se ha convertido en un medio para que los progresistas activos de Atlanta canalicen su actual descontento y reivindiquen un fugaz compromiso con la justicia social mientras disfrutan de un café artesanal. Otros tienen la esperanza de que no sea algo efímero sino el comienzo de un movimiento.

Dentro de Georgia, Clarkston es conocido como la burbuja progresista, pero la realidad en el pueblo es más compleja y sorprendente. Los refugiados y sus vecinos estadounidenses parecen haber encontrado un sentido de pertenencia en el lugar. En un mundo cada vez más polarizado, fragmentado y enfadado, eso es también lo que buscan muchos estadounidenses.

Como dice Heidi Miller, “en Clarkston, hay muchos grupos étnicos que antes se llevaban mal y ahora son vecinos. Los vemos aprender a quererse; creo que los refugiados tienen mucho que enseñarles a los estadounidenses acerca del perdón”.

Traducido por Francisco de Zárate

Perlas informativas del mes de octubre 2017

8 noviembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Internacional

Este no es terrorista

Un tipo mata a 50 personas a tiros en EEUU y deja cientos de heridos, pero como es blanco y católico no le llamamos terrorista ( El País, 3 de octubre).

Captura del diario El País
Captura del diario El País

Conducir pero no salir

El mes de septiembre terminaba con la noticia de que el gobierno de Arabia Saudí permitirá a las mujeres conducir coches, lo que fue presentado por nuestros medios como toda una muestra de aperturismo del monarca saudí. Como siempre, faltó algo de contexto que Nazanín Armanian recordaría el 9 de octubre, y es que, aunque la mujer esté autorizada a conducir, el pariente varón tiene el derecho legal de impedir a la mujer salir de casa. Un detalle importante.

Demostración de fuerza

El  11 de octubre titula Público “Estados Unidos hace una nueva demostración de fuerza y sobrevuela con bombarderos Corea del Norte” y El Mundo: “Nueva demostración de fuerza de EEUU y sus aliados contra Corea del Norte”. Ya ven que sobrevolar con un bombardeo es una “demostración de fuerza” si lo hace EEUU, porque el que amenaza y es un peligro es Kim Jong-un.

En manos del Kremlin

El pobre cachorrito en manos del Kremlin y de Putin ( CNN, 11 de octubre), no sé si podremos soportar tanta zozobra.

Captura de una noticia de CNN
Captura de una noticia de CNN

Maldad femenina

Mira que arruinar la carrera del productor por unos abusos sexuales de nada. Cuánta maldad femenina. ( El Español, 10 de octubre).

Captura de la revista Jaleos del corazón
Captura de la revista Jaleos del corazón

El periódico progresista

Como señalaba el tuitero  Alotroladodelmuro así está nuestro emblemático diario “progresista” (El País,  24 de octubre y 11 de octubre):

Captura del Twitter de El País
Captura El País

España

Heridos

Cómo cambia el tamaño del titular de la portada digital de ABC el 1 de octubre según los heridos sean policías o ciudadanos.

Captura diario ABC
Captura diario ABC

Jueces virtuales

Como serán de poderosos los medios que hasta los jueces deben recurrir a las redes para pedirles que retiren las noticias falsas. Y aquí sigue el tuit de La Razón el 4 de octubre sin que lo quiten, mucho miedo no les tienen a los jueces.

Captura de una noticia del diario La Razón
Captura de una noticia del diario La Razón

Lo importante

Antena3 el 5 de octubre. Siempre atentos a lo importante

Captura de una noticia de Antena3
Captura de un titular de Antena3
Captura de un titular de Antena3

Ambiente prebélico

Pues el 5 de octubre hubo una guerra en Cataluña y no nos enteramos, solo lo supieron los de ABC.

Captura de una noticia de ABC
Captura de una noticia de ABC

Entrevista Puigdemont

El 8 de octubre TV3 anuncia una entrevista por la noche con Puigdemont. Las imágenes para ilustrar el anuncio: un policía rompiendo la entrada a un colegio el día del referéndum.

El coste de decir Santander

Lo de la publicidad institucional y las redes se puede desbocar. Leemos en  El diario de Cantabria el 10 de octubre que la Consejería de Turismo del Gobierno de Cantabria pagó 115.000 euros por ocho menciones a la ciudad de Santander en los perfiles sociales de Enrique Iglesias. O sea, que cada vez que el cantante dijo Santander en Facebook o Twitter se embolsaba más de catorce mil euros.

Foto para ilustrar

Así ilustraban en esta revista la noticia de la policía local de Aranjuez del 19 de octubre. Si es para añadir esas fotos mejor nos quedamos sin medios privados y dejamos informar a las administraciones directamente.

Captura de un tuit de Aranjuez Magazine
Captura de un tuit de Aranjuez Magazine

Vamos a publicidad

LaSexta, 27 de octubre. Ferreras: “En este momento se puede estar creando la República Catalana. Aquí, en LaSexta. Nos vamos a publicidad”. Aquí, pase lo que pase, la publicidad no se interrumpe.

Foto sugerente

Hay que reconocer que la foto que aparece junto al titular de portada de la edición del 29 de octubre de La Voz de Galicia es resultona.

Captura de La Voz de Galicia
Captura de La Voz de Galicia

Paul E. Steiger: “Los poderes esconden lo malo cada vez mejor”

6 noviembre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

El periodista, que dirigió 15 años ‘The Wall Street Journal’, es el fundador de ProPública, una web de investigación revolucionaria.

Paul E. Steiger: “Los poderes esconden lo malo cada vez mejor”
BERNARDO PÉREZ

En el comienzo de su carrera, los conocimientos de economía y su talento le abrieron camino en el mundo de los reporteros políticos, enamorados de los pasillos de la Casa Blanca, pero a los que les daban miedo los números. Paul Steiger acabó dirigiendo la redacción de The Wall Street Journal (WSJ), un templo del periodismo financiero, durante tres lustros.

Así estaban las cosas cuando Steiger cumplió 65 años. Le hicieron saber que las reglas del Journal no perdonan, tampoco a las grandes estrellas, y le invitaron a jubilarse. Steiger no se resistió. Cogió sus bártulos y se marchó con sus obsesiones a otra parte. Le preocupaba la deriva del periodismo, la crisis del modelo de negocio que ha obligado a una legión de medios a cerrar y a muchos a prescindir de la investigación por su elevado coste. Para remediarlo, fundó en 2007 ProPublica, una empresa de investigación periodística sin ánimo de lucro empeñada en defender el interés público y destapar los abusos de poder. Es un modelo novedoso, que nada a contracorriente de la velocidad y los 140 caracteres de un tuit. Dos Pulitzer – uno de ellos, el primero de la historia para un medio digital– son un reflejo del profundo impacto del invento.

Steiger habla sin prisa, como si tuviera toda una vida por delante. Sus reflexiones son un combinado de conocimiento de primera mano, procesado con grandes dosis de sentido común y potenciado con la libertad que conceden la veteranía y el no tener jefes.

Durante hora y media, habla de su trayectoria, de los poderes y las maniobras para perpetuarse, y hasta de la muerte. Ha venido a España a enseñar periodismo de la mano de la Universidad de Navarra y la Fundación Rafael del Pino. Todos le pedimos recetas mágicas que resuelvan los dilemas existenciales de la prensa. No las tiene, porque probablemente no las hay.

“Habrá un ‘revival’ del periodismo basado en los hechos”

Ha coronado la élite del periodismo financiero. Ha sido testigo privilegiado de los tejemanejes del poder. ¿Qué vio allí que le animó a fundar un medio decidido a destapar los abusos de poder?

Lo que vi es que la industria [informativa] estaba bajo inmensa presión. Al principio creí que iba a ser cíclico, pero enseguida quedó claro que iba a ser una transformación total y sentí que había dos áreas especialmente vulnerables: el periodismo internacional y el de investigación, porque ambos son muy caros. Yo hacía tiempo que había recibido una llamada de los Sandler, una pareja de amigos millonarios a los que conocía desde hacía años. En los cincuenta compraron una pequeña empresa de ahorros y créditos que luego vendieron a un banco y se hicieron millonarios. La primera vez que me llamaron ofreciéndome invertir parte de su dinero en un proyecto periodístico, recuerdo que apunté un par de ideas en un sobre. Cuando me jubilaron en el Journal recuperé aquel sobre y fundé ProPublica.

¿No cree que los medios tradicionales sean capaces de investigar?

Ni de lejos en la medida que eran capaces de hacerlo antes. Hace falta más investigación porque la gente poderosa y las instituciones se han vuelto más sofisticadas vendiendo lo que hacen bien y escondiendo lo que hacen mal.

¿Qué medios utilizan para intoxicar a los periodistas?

El nivel de sofisticación de las relaciones públicas, el marketing o la propaganda es infinitamente mayor de lo que era. Cuando a las empresas se les exige hacer públicos sus datos y sus cuentas, responden publicando una cantidad ingente de información para obligarte a encontrar la aguja en el pajar.

Hay menos transparencia.

Exacto. Por un lado hay más leyes que garantizan la transparencia y más declaraciones y compromisos, pero a la vez hay más esfuerzos por evitar la transparencia.

¿De quién ha recibido más presiones durante su carrera?

De los políticos, porque tienen muchas más herramientas. Recuerdo que hace unos años, Los Angeles Times y The New York Times preparaban una historia sobre cómo el espionaje de EE UU trabajaba en una base de datos internacional para tratar de retrasar el lavado de dinero de grupos terroristas. Primero, el Gobierno trató de impedir que la escribieran, pero no lo logró. Después, alguien del Tesoro nos filtró la historia al Journal y al final la publicamos los tres. Se desató la tormenta. Hubo congresistas que quisieron juzgarnos por traición. Imagínese, ¡por publicar una historia que nos había filtrado el propio Gobierno!

ProPublica es el primer medio informativo que se pasa a la dark web, al Internet subterráneo. ¿Por qué lo han hecho?

Porque la vigilancia de los Gobiernos puede poner en peligro a nuestras fuentes, o pueden hackearnos. Eso nos obliga a utilizar nuevos medios. Nosotros recibimos información de fuentes oficiales. En el pasado, sus jefes solo podían tratar de averiguar quién había sido el soplón, pero ahora los jefes tienen medios técnicos para saber quién ha llamado a quién o quién ha enviado un correo electrónico a otra persona o quién ha buscado en la web cierta información. Si queremos que la gente nos mande información de forma confidencial, si queremos hacer fuentes, tenemos que crear los mecanismos que permitan que esas conversaciones sean secretas.

Usted ha sido muy duro con la Administración de Obama y su persecución a filtradores.

Es irresistible para un presidente querer impedir que se publiquen ciertas cosas. En el WSJ, cuando había problemas dentro de la redacción, a veces nuestros periodistas hablaban con la competencia y se publicaban artículos que eran embarazosos para nosotros. Los grandes jefes se enfadaban y gritaban: “¿Quién ha sido?, ¿cómo puede estar pasando esto?”. Pero yo les decía: “Mirad, no voy a poner en marcha una caza de brujas. Nosotros vivimos de que la gente nos cuente cosas y no voy a marcar a nadie en mi empresa porque hable con gente de fuera”. Cuando un subordinado hace cosas que te ponen en ridículo, es una reacción natural querer pararlo, pero es que ahora además puedes. Las técnicas que desarrolló la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) para controlar a terroristas puedes usarlas para vigilar a tus funcionarios en el Gobierno. Siempre ha habido documentos secretos, otros muy secretos y otros supersecretos, pero los Gobiernos eran conscientes de que, de vez en cuando, habría alguien que pensaba que lo que se estaba haciendo no estaba bien y lo filtraba. Durante la mayor parte de mi carrera, los Gobiernos no hicieron esfuerzos serios por saber quién filtraba.

Donald Trump ha ascendido al margen de los medios tradicionales. ¿Importan cada vez menos?

Conozco a Donald desde hace muchos años. Es una máquina de generar audiencia. Él lo sabe y los medios lo saben. Él no necesita que The New York Times o The Wall Street Journal escriban sobre él. Ahora ya no hay una barrera para entrar. Yo suelo decir que las mejores decisiones que tomé como director fueron sobre historias que decidí que no se publicaran, no sobre las que sí se publicaron. Pero ahora, si los políticos no acceden a un medio, se van a cualquier otro. Antes necesitaban decenas de miles de dólares en periódicos y televisiones si querían hacer oír su voz. Ahora, lo que precisas es un ordenador y puedes convertirte en un medio tú mismo. Los Donalds se graban, se tuitean y llegan a muchos sitios, y creo que eso es bueno. En América creemos en que la gente diga lo que quiera. Él puede expresarse con tan mal gusto que sería capaz de destrozar a cualquier otro candidato, pero como se espera esas cosas de él, no le pasan factura, al revés. ¿Significa esto que el poder de los medios ha disminuido? Sí.

Paul E. Steiger: “Los poderes esconden lo malo cada vez mejor”

Paul E. Steiger nació en el Bronx y creció en Connecticut, donde también estudió Economía, en la Universidad de Yale. En ese triángulo geográfico ha transcurrido la mayor parte de su vida y desde allí ascendió hasta la cumbre del periodismo financiero mundial. Ha dedicado casi medio siglo a informar. Fue director de información de The Wall Street Journal (1991-2007) y fundó ProPublica después. A sus 73 años, este fanático de los deportes aspira a defender el interés público y destapar los abusos de poder. Los que han trabajado con él dicen que le gusta más escuchar que mandar.

Ustedes pagan 2.800 dólares a sus becarios porque creen que el periodismo de calidad cuesta dinero, pero ¿cómo hacer que el lector entienda que la calidad hay que pagarla? ProPublica vive de la filantropía, pero ese es un modelo difícilmente extrapolable a otros países.

Hay alternativas, y las fundaciones sin ánimo de lucro tienen que ser una de ellas. Es posible que los ingresos de la publicidad en Internet se recuperen en algún momento y que los medios sean finalmente capaces de sobrevivir. Unos con suscripciones digitales y otros no. Pero claro, habrá una sacudida. A principios del siglo XX había unos 1.000 fabricantes de coches en EE UU y se quedaron en tres. No fue de un día para otro, pero sucedió. La burbuja del puntocom en 2001 obligó a cerrar muchas compañías de Internet, pero las que sobrevivieron son más exitosas. Aunque hay muchas variables, encontraremos el camino gracias a una combinación de fórmulas que hagan posible financiar el periodismo de investigación. Mire BuzzFeed, empezaron haciendo listas de gatitos y ahora hacen cosas muy serias.

¿Qué pasará con los grandes medios tradicionales en esta carrera por la fragmentación?

Son ciclos. En algún momento habrá un revival del periodismo basado en los hechos, pero no va a suceder de un día para otro. Los medios que publiquen información coexistirán con los muy partidistas y los consumidores tendrán que tener mucho cuidado con lo que leen y con lo que se creen.

Pese a todo, usted piensa que hoy se hace muy buen periodismo.

Sí, lo que ha cambiado es el panorama. Antes, el acceso a los medios era muy restringido, estaba dominado por un número relativamente pequeño. Ahora tienes nuevos medios con distintas estructuras y formas de hacer llegar el mensaje. Piense por ejemplo en la cantidad de información que recibe de un teléfono. Hace decenas de años la recibías de los periódicos, luego fueron los ordenadores y ahora los teléfonos.

¿Cómo cambia el uso de los teléfonos inteligentes la manera de escribir noticias?

No sé qué es mejor, pero sé que hay cosas que yo quiero saber de forma inmediata. Esta semana, volando de Nueva York a Madrid, había un gran partido de fútbol americano que iba muy igualado y yo no quería esperar hasta llegar a Madrid para saber el resultado. La azafata me regaló una tarjeta para navegar con mi teléfono durante media hora.

Nos hemos vuelto más impacientes.

Sí, claro. Y a veces eso es bueno porque puedes actuar para que tus necesidades se satisfagan pronto.

Ahora se vuelve a hablar del desplome financiero de 2007. El sistema colapsó y los periodistas no lo vimos venir. ¿No se investigó ni publicó lo suficiente o se publicó pero nadie hizo caso?

Se escribieron muchas historias sobre los excesos en el mercado hipotecario, pero no entendimos la magnitud de la historia. Tampoco supimos explicar las complejas técnicas que permitían crear los sofisticados productos financieros, que a la vez eran muy tóxicos. Sabíamos que había gente que contrataba hipotecas basura y que no eran capaces de pagarlas. Y que los que les vendían las hipotecas les hablaban de comprar casas que no se podían permitir. Imagínese, firmaban un viernes y el lunes colocaban las hipotecas en Wall Street, salían de su contabilidad y las empaquetaban como productos financieros que se revendían a jubilados en Alemania o en Japón, o a bancos en Escocia. Los empaquetadores ganaban cientos de millones de dólares.

En la película La gran apuesta apuntan a relaciones tóxicas entre reporteros y empresarios, también en el Journal.

No hay forma de que el periodismo más perfecto –y este desde luego no lo fue– pueda prevenir recesiones y crisis. Me he pasado 41 años cubriendo estos asuntos, he visto muchas subidas y bajadas. Recuerdo una vez en el WSJ, cuando la Bolsa empezó a subir. El Dow Jones se disparó y en la redacción algunos dijimos que aquello era una barbaridad. Corrían los noventa, enseguida llegó la caída y el mercado perdió el 20% de su valor, más de lo que había perdido el lunes negro de la Gran Depresión. Pero luego se recuperó y los precios se estabilizaron. Recuerdo también una vez que una amiga que trabajaba en Citibank me dijo que creía que las acciones estaban infladas de forma grotesca. Y lo estaban, pero sus colegas no dejaban de comprar y les iba bien. Si no comprabas, parecías estúpido. A lo que me refiero es que cunde la sensación de que siempre habrá alguien que se haga cargo, de que la Reserva Federal [Fed] acabará tomando las decisiones adecuadas, de que habrá rescates y de que la Fed inundará el mercado con dinero. Y eso es exactamente lo que pasó en una variedad de episodios en los noventa. Cuando llegamos a 2006-2007, todavía había gente que pensaba que el Gobierno lo haría bien y que apostaba a que las acciones de los bancos subirían. Y luego estaban los tipos listos que aparecen en La gran apuesta, los que sabían que no era así. Aunque puedes lanzar avisos, la gente dirá: “Sí, sí, pero luego vendrá la Fed y todo irá bien”.

Inventemos nuevos productos financieros. Si sale mal nos rescatarán. No iremos a la cárcel. ¿No hemos aprendido nada? ¿Podría volver a pasar?

Exactamente. Solo que la próxima vez será aún peor. No habrá las mismas burbujas, pero habrá otras.

Por un lado hay una cierta demanda de periodismo de investigación. Pero, por otro, no está claro que desvelar un abuso vaya a tener consecuencias ni entre la opinión pública ni entre los políticos. Ha habido grandes revelaciones de torturas, escuchas ilegales… Y a la mañana siguiente, el mundo siguió igual, no cambió nada.

Una de nuestras primeras historias en ProPublica, la de las enfermeras [descubrieron que enfermeras con sanciones disciplinarias e inhabilitadas en un Estado burlaban los registros y trabajaban en otros Estados], provocó dimisiones e hizo que el gobernador de California reaccionara. Es verdad que el periodismo de investigación no va a solucionar todos los problemas, pero sin él, la gente intentará cometer abusos que no se atreverían si pensaran que hay alguien observándolos.

Las redacciones menguan y hay menos investigación, pero a la vez hay una intensa actividad en las redes sociales. Cada vez se producen más contenidos, esa palabra que tanto gusta ahora.

Contenido e inventario [publicitario] son las dos palabras de moda. La Red proporciona una inmensa variedad de opiniones, algunas de ellas muy valiosas, pero eso es distinto a la publicación de datos, es decir, cuando alguien descubre algo. Si quieres hacer algo como lo de las enfermeras, o como lo del dopaje que hicimos con la BBC, o como lo que ha hecho ahora BuzzFeed sobre los partidos de tenis amañados –también con la BBC–, necesitas un buen equipo de periodistas y abogados. El riesgo para un individuo que tratara de hacer algo parecido sería excesivo. Las redes sociales no bastan, investigar cuesta dinero. Es verdad, sin embargo, que para ProPublica las redes han sido fundamentales para expandirnos, sobre todo Twitter.

Usted cuenta que The Wall Street Journal le mandó a casa cuando cumplió los 65. Acto seguido puso en pie ProPublica, tal vez el proyecto más ambicioso de su carrera. ¿Qué tiene de malo la jubilación?

Cuando se acercaba la edad de jubilación en el WSJ, mi esposa me dijo que el primer día que me viera en chándal en casa después de las 10.30 no iba a suponer el divorcio sino directamente el asesinato. Además, a mí me gusta hacer cosas. Tengo 73 años, quién sabe lo que va a pasar. Hay leyes complejas que acaban por salir adelante, pero me temo que hay una que nunca se aprobará: la abolición de la muerte. Solo sé que ahora me lo paso muy bien.

elpaissemanal@elpais.es

Kikito, el bebé que se asoma a la frontera con Estados Unidos

24 octubre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

La imagen de un niño asoma por encima de la valla de acero que separa México y Estados Unidos, mirando con curiosidad hacia Estados Unidos, con su atención puesta en algo al norte de la frontera.

Su expresión es juguetona pero el tamaño de la imagen –de casi 20 metros–empequeñece la valla y la hace parecer diminuta y escalable.

La semana pasada, el artista visual francés JR dejó al descubierto la monumental fotografía en las afueras de Tecate, una ciudad mexicana fronteriza con el Estado de California.

La instalación se ha convertido en una atracción turística por el creciente interés que suscita el muro propuesto por  Donald Trump para bloquear a las supuestas hordas de aspirantes a inmigrantes ilegales en Estados Unidos.

Pero Kikito, el niño de la foto, no es uno de ellos. Tampoco su familia. Desde su patio pueden estirarse y pasar la mano por la valla hasta tocar suelo estadounidense, pero no le encuentran ningún sentido. La familia prefiere vivir en México.

“Quiero quedarme y trabajar aquí”, dice Lizy Higareda, de 24 años, mientras Kikito, su hijo de 17 meses, juega a sus pies en el comedor de la casa familiar. “Mi carrera y mis raíces están aquí”.

La foto de Kikito lo muestra mirando hacia Estados Unidos, pero su curiosidad no se debe confundir con deseo, dice su madre, estudiante y empleada a tiempo parcial en una bodega. “Nuestras vidas están en Tecate. Es una buena vida. Es tranquila”.

¿Le gustaría ir un día a EEUU? Higareda se encoge de hombros. “A Disney y a Hawái, claro”.

La brisa de la California estadounidense llega hasta la cocina de Higareda, pero ella está satisfecha con su vida en México. De hecho, según el centro de investigación Pew, desde la gran recesión, hay más inmigrantes mexicanos saliendo de Estados Unidos que entrando.

Este cambio histórico no ha afectado a la promesa hecha por Trump durante la elección de 2016 de construir un “muro grande y hermoso” para mantener lejos a los “bad hombres” y otros indeseables. Un  acuerdo provisional con los demócratas en inmigración ha puesto en entredicho el destino del muro.

El padre de Higareda, José (82 años) es un maestro jubilado. Vivió brevemente en Estados Unidos y tiene el certificado de residencia permanente, pero prefiere la ciudad de Tecate, en un valle 64 kilómetros al este de San Diego. “Estoy muy orgulloso de ser mexicano. Es una buena vida, es digna. Podemos ser libres y trabajar”.

Irónicamente Kikito, el niño cuya imagen se cierne sobre la valla no muy lejos de su casa, se ha convertido en un símbolo del tráfico de personas hacia el norte: de aquellos que actualmente intentan cruzar la frontera y de los denominados dreamers, que llegaron a Estados Unidos de niños.

El Bansky francés

El discurso de Trump acerca del muro inspiró a JR –también conocido como la versión francesa de Banksy– la imagen de un niño que mira sobre la frontera. Mientras buscaba dónde ubicarlo conoció a los Higareda, que le autorizaron a tomar fotos de Kikito y a convertir su rostro en una instalación temporal.

“Orgulloso de ser mexicano”, el bebé de la frontera con Estados Unidos
“Orgulloso de ser mexicano”, el bebé de la frontera con Estados Unidos

Para facilitar que la gente encuentre la obra, el artista incluyó una entrada de Google Maps en su perfil de Instagram. Kikito se puede ver desde ambos lados de la frontera y el plan es retirar la instalación a principios de octubre.

“Kikito es famoso ahora”, dice Rosario Armenta, una visitante del lado de México. “Yo lo veo como un pequeño ángel diciendo algo a Estados Unidos, algo sobre los latinos que vamos para allá”.

Un promotor inmobiliario de San Diego que solo dio su nombre, Kevin, admira la obra desde el lado estadounidense. “Es una muestra muy buena eso que hicieron con el niño. Deberíamos permitir que más mexicanos entren legalmente en Estados Unidos”.

La cantidad de personas que cruzan la frontera de manera ilegal está cerca de alcanzar un mínimo histórico. Durante el año fiscal de 2016, la patrulla fronteriza de Estados Unidos capturó a 80 personas mientras cruzaban ilegalmente la frontera cerca de Tecate.

La familia Higareda espera que Kikito nunca se vea obligado a abandonar su hogar, una estructura de ladrillos en lo alto de una colina, llena de recovecos y adornada con decenas de fotos familiares. También hay un patio donde lucen un antiquísimo Pontiac, un Nissan aún más viejo, cuatro gatos, cinco perros y 18 gallinas.

La escuela del lugar está bien y Tecate es “mágica”, dice la madre de Kikito con una sonrisa burlona y entrecomillando sus palabras con un gesto. Conocida por una fábrica de cervezas que lleva su nombre, la ciudad forma parte de una lista federal de Pueblos Mágicos, lugares emblemáticos por su belleza natural o su importancia histórica o cultural.

Es una ciudad tranquila y amigable, según Higareda, pero también tiene corrupción y, de vez en cuando, violencia, un efecto indeseado de la  guerra contra las drogas que azota otras partes de México.

Una futura criminóloga

Higareda espera terminar la carrera de criminología el próximo año y trabajar como terapeuta en una cárcel. “No quiero pelear en la guerra contra las drogas. Quiero ayudar a terminarla”.

Mientras tanto Higareda trabaja en una bodega, donde gana 23 dólares a la semana por tres días de trabajo, para complementar el escaso sueldo de su esposo como operario en una fábrica y la jubilación de su padre. “Cuando Kikito empezó a caminar, yo estaba en el trabajo”, se lamenta. “La primera vez que dijo ‘mamá’, yo estaba en el trabajo”.

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Higareda espera que Kikito aprenda inglés (sería el primero de la familia) para tener un mejor sueldo, no para emigrar.

Kikito es su primer y último hijo, dice. El embarazo fue complicado y hay poco dinero. “Él se ha vuelto mi mundo, pero no quiero más”. La tasa de fertilidad de México, que ha llegado a ser la más alta del mundo, ha caído casi hasta los niveles de EEUU, otra de las razones por las que hay menos gente cruzando hacia el norte.

Durante la entrevista, la estrella local de Tecate juega con un zapato, gatea por el sofá, mira atentamente a uno de los gatos, vacía un bolso, abraza con fuerza una almohada y entra y sale de la cocina, donde su abuela prepara el almuerzo, antes de caer dormido en el regazo de su madre mientras toma un biberón con leche.

“Todavía no sabe qué es lo que hay al otro lado de la valla”, dice su madre. “No sabe que Donald Trump piensa que los mexicanos son asesinos y violadores. Kikito simplemente es curioso e inocente”.

Antes de la instalación, el artista francés JR explicó a Higareda cómo sería la obra y le regaló un libro con el título Can Art Change the World? (¿Puede el arte salvar al mundo?). Pero aún así el tamaño de la obra la tomó por sorpresa, dice. “Es tan grande. No me di cuenta de que la gente se iba a interesar por Kikito”.

Los turistas están embobados con Kikito y algunos dejan unos dólares para pañales y leche, el único beneficio económico que recibe la familia por esta obra. Pero eso no les molesta. “No se trata del dinero, se trata de algo especial que le pasa a tan temprana edad”, dice Higareda.

El abuelo José sonríe, de acuerdo. “El mundo entero quiere abrazarlo”.

Traducción de Francisco de Zarate

Por favor, no repitan la invasión de Irak

23 octubre, 2017

Fuente: http://www.vnavarro.org

Con motivo de los atentados terroristas en Barcelona, el profesor Vicenç Navarro recomienda la lectura de un artículo suyo donde explica los orígenes del yihadismo, publicado en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 18 de noviembre de 2015.

Este artículo hace una llamada a que no se repita lo que ocurrió cuando el gobierno Aznar apoyó al gobierno Bush en su invasión de Irak. El artículo señala que tales invasiones y bombardeos aumentan la simpatía de la población musulmana hacia los grupos fundamentalistas, que en su día fueron ayudados por los gobiernos occidentales en su intento de parar las fuerzas políticas auténticamente reformistas que querían transformar aquellas sociedades.

Cualquier persona que estuviera en Nueva York o tuviera familiares en Nueva York (como era mi caso) el 11 de septiembre de 2001, nunca olvidará lo que ocurrió en esa fecha cuando las Torres Gemelas colapsaron como resultado de un ataque terrorista de las fuerzas militares de Al Qaeda. En torno a 2.600 personas, todas ellas civiles, murieron aquel día en la ciudad. Pero, por horrible que fuera lo que ocurrió en Nueva York aquel día, lo peor para EEUU y para gran número de países estaba por venir. El gobierno federal de EEUU, liderado por el gobierno Bush junior, respondió con una invasión militar de Irak, con la intención de eliminar el régimen de Saddam Hussein, presentado (erróneamente) como el incitador y facilitador de aquel ataque y portador de armas de destrucción masiva (que no existían). Casi un millón de personas –la gran mayoría civiles- han muerto desde entonces como resultado de tal invasión y de la ocupación y conflicto bélico que aquella intervención originó, no solo en Irak, sino también en todo Oriente Medio. Es cierto que el régimen de Saddam Hussein fue eliminado. Pero el resultado que la invasión creó empeoró enormemente la situación en aquel país y en la región. Movimientos fundamentalistas islamistas surgieron con gran fuerza, el ISIS entre ellos, que, junto con Al Qaeda, fueron extendiéndose en Irak y en los países vecinos.

El gobierno Aznar ayudó a tal invasión, y los ataques de Atocha fueron una consecuencia de ello. El Reino Unido, gobernado por el Sr. Toni Blair, también apoyó dicha invasión. Hace unas semanas, Blair, a la luz de los horrores que creó aquella invasión, aceptó que había sido un error. No así el Sr. Aznar, que previsiblemente, y con la rigidez y falta de comprensión de la realidad internacional que caracteriza a la derecha española, continuó aferrado a su visión del mundo. Hoy gobierna en España el mismo partido que la gobernaba en aquel momento histórico. Y hay el peligro de que el gobierno Rajoy actúe de la misma manera que actuó el gobernó Aznar.

¿Cómo está ahora respondiendo el gobierno francés a la masacre de París? Lo mismo que el gobierno Bush hizo en respuesta a la masacre del 11 de septiembre de 2001.

Cuando la invasión de Irak tuvo lugar, el gobierno francés no la apoyó. Creía, con razón, que era un gran error. El gobierno federal y el Congreso de EEUU respondieron a la falta de cooperación francesa con un gran enfado. Según el Congreso de EEUU, Francia -el aliado más antiguo de EEUU- los abandonaba, e incluso traicionaba. El plato de patatas fritas que servía el restaurante del Congreso, conocido como “french fries” (“patatas fritas francesas”) fue bautizado de nuevo como “liberty fries” (“patatas fritas por la libertad”). El resto es bien conocido. Un millón de muertos más tarde, los movimientos fundamentalistas islamistas se han ido expandiendo en toda el área. Y la situación ha empeorado claramente. Fue la invasión patrocinada por el trío Bush-Blair-Aznar la que creó las condiciones para que surgiera el Estado islámico. El Estado iraquí, liderado por el dictador Saddam Hussein, colapsó, iniciándose las luchas entre las distintas partes y componentes de Irak, percibiéndose el nuevo Ejército de Irak como un ejército –creado por las fuerzas ocupantes- carente de legitimidad, visto por amplios sectores de la población como un nuevo instrumento de represión interna. Fue en este contexto que aparecieron las fuerzas radicales fundamentalistas islámicas que establecieron el Califato o Estado Islámico.

Después de Irak surgió Libia, donde se destruyó el régimen dictatorial laico del General Gadafi. La novedad fue que esta vez Francia jugó un papel clave en el cambio del régimen de Libia, bombardeando aquel país, con miles y miles de muertos civiles. Los portavoces intelectuales del establishment político-mediático francés, tales como la voz más servil de tal establishment, el Sr. Bernard-Henri Lévy, presentó tal campaña militar como la “gran defensa de los derechos humanos que caracterizaba al Estado francés”, frases que fueron una copia mimética de lo que habían dicho las voces serviles de establishment político-mediático estadounidense para justificar la invasión de Irak. La única diferencia era que Bernard-Henri Lévy hablaba del Estado francés (heredero del imperio francés conocido por su brutalidad en África) y en el caso de Irak se referían al Estado federal estadounidense (cuyas intervenciones militares –excepto durante la II Guerra Mundial- se han caracterizado por la ayuda a dictaduras enormemente represivas). Por lo visto, ni Bernard-Henri Lévy ni las voces que apoyaron al Presidente Bush junior no se dieron cuenta de la enorme contradicción de presentarse como defensores de los derechos humanos cuando su mejor aliado en el Oriente Medio era Arabia Saudí, que es uno de los regímenes más opresivos y crueles existentes en aquella zona. Y es uno de los mayores financiadores de los extremistas fundamentalistas islamistas.

Como era de prever, la caída del dictador, el General Gadafi, creó un vacío de poder que lo ha llenado el extremismo fundamentalista islamista. Hoy Libia es una enorme fuente de yihadistas (véase mi artículo “¿Dónde está Bernard-Henri Lévy?”, Público, 27.11.2013). Y ahora Francia y EEUU están intentando hacer lo mismo con el régimen dictatorial laico en Siria dirigido por Asad. Y no hay duda de que ahora los bombardeos del gobierno francés sobre poblaciones musulmanas que se ha intensificado este fin de semana como respuesta a la masacre de París, además de aumentar el número de refugiados (ver mi artículo “Las causas del problema de los refugiados”, Público 09.11.15), aumentarán y expandirán el ISIS, creando mayor y mayor simpatía por tal organización entre las poblaciones musulmanas. En realidad, el ataque de los yihadistas tenía como objetivo crear una respuesta que haría escalar todavía más el conflicto, pues esta es precisamente la causa de su crecimiento. Y como era predecible, al Sr. Bernard-Henri Lévy le faltó tiempo para llamar a la guerra en nombre de los derechos humanos (Bernard-Henri Lévy, “La guerra, manual de instrucciones”, El País, 17.11.15). Ahora bien, sería un enorme error que España volviera a apoyar otra invasión, como antes apoyó la invasión de Irak y de Libia. Pero mucho me temo que el gobierno español lo hará. Y serán años de enormes tensiones, pues España está en un área muy próxima a varios de los centros del conflicto.

¿Cuáles son las causas reales del crecimiento del movimiento terrorista fundamentalista islamista?

La gran mayoría de países donde hay un conflicto bélico estaban regidos por sistemas casi feudales, como lo es hoy Arabia Saudí. En todos estos países surgieron movimientos laicos progresistas de distintas sensibilidades (que variaban desde socialistas hasta comunistas) que deseaban cambios profundos en estas sociedades. Cuando los regímenes feudales estaban cayendo, resultado de su presión, los gobiernos occidentales apoyaron, dentro de las fuerzas laicas, a las que frenaron el auge de los movimientos de izquierda, a los cuales reprimieron. El caso más claro fue el nacimiento del régimen de Saddam Hussein, que se estableció con el apoyo del gobierno del Reino Unido y de EEUU. En aquellos países en los que no pudieron parar a estos últimos movimientos progresistas reformistas, entonces apoyaron a los fundamentalistas religiosos, profundamente antireformistas, como fue el caso de Afganistán. Recordemos que Bin Laden había estado en la nómina de la CIA del gobierno federal de EEUU. Y en Siria, el gobierno federal de EEUU junto con el Reino Unido y Francia, ayudó en su día a los fundamentalistas religiosos en su lucha contra el dictador laico Asad, con el probable resultado que el colapso de tal régimen significaría la ruptura de Siria, con una enorme expansión del ISIS en aquel territorio.

Pero los yihadistas tienen su propia dinámica, con su fundamentalismo religioso que está hoy revolviéndose contra sus creadores. Lo que los gobiernos que se autodefinen como democráticos tenían que haber hecho era no intervenir a favor de las fuerzas más reaccionarias, que al impedir los cambios estructurales en aquellos países han perpetuado estructuras enormemente opresivas que están sojuzgando a sus pueblos y que generan la radicalidad bélica religiosa que los gobiernos occidentales apoyaron y que ahora se les vuelve en contra. Una guerra de clases se transformó deliberadamente (en un intento por parte de los fundamentalistas religiosos de los dos lados del conflicto) en una guerra de religiones que está recogiendo una enorme simpatía entre los grupos musulmanes discriminados en los países democráticos (de donde surgen terroristas), siendo Francia el caso más manifiesto. El sueño de la ultraderecha francesa, que puede en un día próximo gobernar Francia, y el sueño del ISIS, es que haya una guerra de religiones, culturas y civilizaciones, favoreciendo así el surgimiento del nazismo de nuevo en Europa. Y ahí están las raíces del problema, y que los bombardeos ayudarán a exacerbar y faciitar. Creerse que el problema del terrorismo se resolverá a base de bombardeos e intervenciones militares en Siria es tan absurdo como creerse que la invasión de Irak y los bombardeos de Libia resolverían los problemas del terrorismo fundamentalista islamista. En realidad, han ayudado a su extensión. Así de claro.

Perlas informativas del mes de septiembre de 2017

8 octubre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Internacional

Activista opositora

Una persona lleva una gran cantidad de dinero negro en su coche y los jueces le obligan a entregar el pasaporte hasta que aclare su origen. El medio (DW, 2 de septiembre) convierte a la investigada en “activista opositora” ya los jueces que la investigan en “autoridades venezolanas”. Ya está claro quién es la buena y quiénes los malos.

Autoridades Venezolanas

Falta de dinero en efectivo

“La falta de dinero en efectivo en Venezuela está creando serios problemas en la gestión de la vida diaria”, decía El País el 24 de agosto. Y la semana le encuentran a la opositora Lilian Tintori 200 millones de bolívares en su coche. Todo coherente.

El corsé

Así titula El País la decisión del gobierno venezolano de limitar el precio de algunos alimentos básicos.

El País

Especial iphone

Aquí la portada digital de El País el 12 de septiembre, la mitad del espacio informativo es para contarnos que sale a la venta un modelo de teléfono móvil.

El País iphone

Ejército EEUU versus ejército Cuba

Mirad cómo cambia el papel del ejército para los titulares de ABC el 12 de septiembre según se trate de EEUU o de Cuba.

ABC

Director neutral

“No pararé hasta ver a Theresa May despedazada y en mi congelador”. Es lo que dijo el ex secretario del Tesoro británico George Osborne a sus colaboradores próximos ( El Mundo, 14 de septiembre). Lo curioso es que ese hombre hoy es el director de The Evening Standard, el periódico gratuito y vespertino por excelencia del país. Para que luego nos quejemos de la falta de neutralidad de los directores de nuestros periódicos.

Terremoto como negocio

En el capitalismo los terremotos no son problema porque luego hacemos negocio con la reconstrucción ( El País, 22 de septiembre).

El País Terremotos

Demostración o provocación

Cuando lo hace EEUU es una “demostración de fuerza”, si es Corea, una “provocación” ( Infolibre, 23 de septiembre).

Infolibre

España

Relación sentimental

Pues un tipo que acumula un largo historial de arrestos y denuncias por violencia de género, maltrato y acoso a adolescentes y que tiene 27 años, no diría yo que “mantenía una relación sentimental” con una niña de 14 años (Público, 2 de septiembre).

Público

Referéndum autorizado

¿Quién dijo que el gobierno no autoriza referéndums? Lo que sucede es que deben ser de cosas importantes (La Vanguardia, 8 de septiembre).

La Vanguardia
La Vanguardia

Simpatizante radical

Un tipo agrede a unos árabes en el metro de Madrid y hace el saludo nazi y LaSexta el 9 de septiembre le llama “simpatizante de grupos radicales”.

Usar la calle

‘Medio millón de catalanes se manifiestan por la independencia’ no, mejor ‘Los separatistas usan la calle para impulsar la consulta ilegal’.

Portada El País
Portada El País

Defensa como noticia

Cuando la noticia es que se defiende de una agresión machista y no que la agreden (Antena 3, 12 de septiembre).

Antena 3
Antena 3