Posts Tagged ‘fascismo’

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

De Marhuendas y Rajoys: la irresponsabilidad franquista de la derecha española

28 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“No des mi nombre, te lo ruego”; “por favor, no me menciones porque temo que puedan tomar represalias con mi hija”; “te cuento lo que quieras, pero no me cites… la situación aquí está muy tensa”. Después de 27 años ejerciendo esta agridulce profesión y de haber pateado unas cuantas naciones sometidas por tiranías o arrasadas por las guerras, jamás pensé que tendría que escuchar este tipo de cosas en mi propio país. Pues sí; es aquí, en una localidad murciana llamada Fuente Álamo donde parece imperar la ley del miedo y del silencio.

Desde hace cuatro años, La Falange y el PP lideran a un amplio grupo de nostálgicos franquistas con el objetivo de evitar que el colegio de público deje de llamarse “José Antonio”. Su campaña ha logrado amedrentar, pero no doblegar, a los profesores y padres de alumnos que, a través del Consejo Escolar, han pedido que el centro educativo deje de estar consagrado a un líder antidemocrático: el fundador del partido fascista español que tanto protagonismo tuvo en la sublevación franquista y en la posterior dictadura que secuestró nuestras libertades durante cuarenta largos años.

El pasado sábado por la noche, el alcalde de la localidad seguía haciendo frente a las amenazas e insultos vertidos por los ultras. En las casas cercanas, profesores y padres de alumnos leían atónitos los panfletos distribuidos por La Falange en los que se exigía el mantenimiento del nombre porque, entre otras cosas, Primo de Rivera “amó a España y a los españoles” y “dirigió a la juventud española para intentar salvar la patria”. A esas horas, quienes en Fuente Álamo trataban de escapar de la inquietud y el silencio encendiendo sus televisores se encontraban en La Sexta a Eduardo Inda comparando a Franco con Napoleón y a Francisco Marhuenda defendiendo con arrojo la dictadura antes de afirmar, sin siquiera sonrojarse, que en su “puta vida” ha sido franquista.

Algunos creen que los Marhuindas son una especie de dúo cómico inofensivo que nos ameniza algunas noches aburridas; se equivocan. Uno por convicción y el otro porque encaja en el personaje que él mismo se ha creado dotan de argumentos (falaces, pero argumentos) a falangistas, viejos franquistas y a sus nuevos cachorros de Hogar Social y de otras organizaciones neofascistas. No son los únicos irresponsables que juegan a esto. Nuestras ondas, webs, kioscos y librerías están repletas de revisionistas que, tras alardear de demócratas, blanquean la dictadura, justifican sus crímenes y defienden con razonamientos infantiles, pero eficaces, el mantenimiento de sus símbolos.

Este nuevo Movimiento solo ha podido alcanzar tamaña magnitud porque detrás de él se encuentra, nada menos, que el partido que tiene la responsabilidad de gobierno. Marhuenda no hablaría como habla si no contara con el aplauso de su amo, Mariano Rajoy.

España está pagando y va a seguir pagando esta gravísima irresponsabilidad de los conservadores españoles. Una buena parte de la derecha política, periodística, intelectual, eclesiástica y empresarial no ha querido desvincularse del fascismo. Nuestra derecha es una mancha de totalitarismo en Europa y algún día debería seguir, de una vez, el ejemplo del centro derecha francés o de la CDU alemana de Ángela Merkel que son abiertamente antifascistas. Nadie en la derecha sensata germana se plantearía hoy justificar la llegada de Hitler al poder por la violencia política que se vivía en el país o por la amenaza de un contagio soviético en los movimientos obreros; nadie blanquearía el nazismo porque los Aliados cometieron atrocidades terribles al bombardear Dresde o Hamburgo; nadie compararía al Führer con Napoleón o con Alejandro Magno para justificar la existencia de monumentos en su honor…

No. España no es Alemania y eso se debe, en buena medida, a que el PP no es esa CDU antifascista. Nuestro presidente del Gobierno fue un nostálgico franquista más que escondió, poco a poco, su camisa azul en lo más profundo de su armario. En los años 80 aún escribía artículos en la prensa reafirmando la superioridad física e intelectual de “los hijos de la buena estirpe” y autorizaba, como secretario general del PP gallego, la distribución de cartas alabando la figura del dictador.

Ese es el líder político que se ha declarado, orgullosamente, insumiso a una ley aprobada democráticamente como es la Ley de Memoria Histórica. Él y otros como él son los que han propiciado que aprendices, como Rafael Hernando o Pablo Casado, hagan méritos para ascender en el partido a base de humillar a las víctimas del franquismo y a sus familiares en los platós de televisión.

La derecha verdaderamente democrática, que la hay, debería de una vez por todas romper los hilos que la siguen atando a la dictadura. Sin duda perderán unos cuantos miles de votos, pero España necesita un Partido Popular que deje de peregrinar al Valle de los Caídos y se dedique a hacer pedagogía para evitar casos como el de Fuente Álamo. Allí es su grupo municipal, el popular, el primero en defender, con uñas y dientes, el que sus hijos estudien en un colegio llamado “José Antonio”.

Al igual que en Salamanca es su alcalde popular el que retrasa hasta el infinito la retirada de su Plaza Mayor, ordenada por un juez, del medallón dedicado al dictador. Al igual que en Alicante son sus concejales populares los que han logrado que se repongan los nombres de las calles franquistas. Al igual que en Madrid es su grupo político el que se opone a la retirada total de los vestigios de la dictadura. Al igual que en Alberche y Guadiana del Caudillo son sus alcaldes los que son premiados por la Fundación Francisco Franco. Al igual que en Baralla, Aljubé, Mora, Alella, Melilla, Navalmoral de la Mata, Vitoria, Callosa de Segura, Oviedo…

Son los Marhuendas y los Rajoys los que permiten, toleran y alientan esta complicidad intelectual con la dictadura. Son ellos los que llevan años creando el caldo de cultivo en el que sobrevive y, poco a poco, resurge el monstruo del totalitarismo. Son ellos,  los Marhuendas y los Rajoys los que provocan que España esté repleta de Fuente Álamos.

Fascismo del bueno

16 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

https://www.ivoox.com/player_ej_18626184_4_1.html?c1=ff6600

¡Le Pen ha caído, hemos vencido al fascismo, viva Macron! Pues ya está. Problema resuelto. Muerto el perro de las elecciones francesas, se acabó la rabia fascista y podemos seguir con la orgía capitalista como si aquí no hubiera pasado nada. Como si el capitalismo salvaje, el capitalismo de amiguetes y el neoliberalismo no hubieran tenido nada que ver en el regreso del fascismo. Cuando el sistema se vino abajo con la crisis, Sarkozy dijo que iban a refundar el capitalismo, o sea, que iban a recoser a Frankenstein. Hoy ni eso. Nos hemos librado de la bruja, que siga la fiesta. ¡Vive la France, vive le capital!

El paso del alivio al olvido ha sido instantáneo. Nos olvidamos de que las políticas financieras de los Macron de turno nos han traído a las Le Pen y de paso enaltecemos un poquito el libre mercado sin hacer ni una mínima autocrítica. Al contrario, la derecha ha aprovechado la victoria de Macron para hacerse un blanqueamiento que ríete tú de Michael Jackson. La pirueta ha sido de circo mundial. No sólo se han quitado de encima toda responsabilidad sobre el populismo y se la han echado a la izquierda, además le quieren quitar el sitio histórico en la lucha contra el fascismo. De pronto, toda la derecha es de extremo centro y antifascista. Cágate lorito.

O sea que porque Mélenchon, sus militantes y otros izquierdistas no han querido votar a favor del mal menor (discutible, pero defendible para antifascistas que también son anticapitalistas), ahora resulta que los demócratas, los defensores de las libertades y derechos sociales, los garantes de la democracia, son los que han vendido la soberanía popular al capital. Acabáramos.

Sin duda, la izquierda europea ha fracasado y ha dejado que la ultraderecha gane terreno porque se ha entregado al lado oscuro (los socialistas) o porque no ha sabido conectar con las necesidades materiales del pueblo (el resto), como sí ha hecho el populismo nacionalista y xenófobo. Pero lo que más contribuye al fascismo ideológico es la ideología de Mercado. O mejor dicho, la teología del Mercado, el ultraliberalismo, que es el nuevo fascismo.

Siento utilizar un término tan desgastado pero realmente es totalitario, fascista, su control de las masas y las mentes, su aplastamiento de las personas, su destrucción del planeta, su crueldad, voracidad e indiferencia con los que sufren y las guerras, hambrunas, expolios, esclavismo, pobreza y desigualdad que provoca. Es la nueva dictadura de aspecto blando pero de efectos devastadores como los totalitarismos de antaño.

Del nacionalsocialismo hemos pasado al “multinacional socialismo para empresas”. Eso es el neoliberalismo: socialismo para empresarios, el Estado al servicio de las multinacionales, no de las naciones. El fascismo de antes era feo, rudo, militar. El de hoy es tan suave, agradable y atractivo que llamarlo fascismo parece de mal gusto, exagerado, demagógico. Es fascismo cuqui. Fascismo que mola. El fascismo cool de nuestras sociedades progresistas y avanzadas. Como dice el cómico Ignatius Farray es… ¡fascismo del bueno!

  ESTE JUEVES A LAS 10H EN WWW.CARNECRUDA.ES: VIENTRES DE ALQUILER

Recuerda que este programa es solo posible gracias a ti.
Difúndelo y, si puedes, hazte Productor o Productora de #CarneCruda.

pie banner horizontal carne cruda

Sacan al fascismo del armario

24 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 30/03/2016 a las 06:00

Estamos viviendo una época febril donde los cambios reales están sucediendo en otro lugar.

Votamos cada cuatro años a un ente dependiente de unas fuerzas inevitables, incuestionables, a las que nuestros representantes rinden pleitesía porque de su sumisión depende su continuidad, mostrando sin recato su estrategia de supervivencia.

Los medios de comunicación con los politólogos al frente hablan de lo que más o menos convienen a los partidos: qué pacto supondría su hundimiento, qué estrategia deberían seguir para conseguir un repunte en las intenciones de voto, y qué alianzas serían mejor recogidas por los votantes. Hablan poco o nada de lo que conviene a los ciudadanos desde sus diferentes líneas editoriales.

La supervivencia de los partidos es un tema que debería interesar exclusivamente a sus militantes que, dicho sea de paso, suelen estar de acuerdo con su dirección, o al menos nunca manifiestan otra cosa. En el caso del PSOE aprueban el pacto con Ciudadanos como creo que aprobarían el pacto con Podemos que viene a ser, dentro del margen que tenemos, lo contrario. Todo esto insistiendo en el respeto a los votantes a los que no creo que les dé lo mismo una cosa que otra. Claro que la pregunta que se le hizo a la militancia tenía tela, parece que contrataron a un vendedor de crecepelo de feria para redactarla: “El PSOE ha alcanzado y propuesto acuerdos con distintas fuerzas políticas para apoyar la investidura de Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno. ¿Respaldas estos acuerdos para conformar un gobierno progresista y reformista?”. Falta decir: “Sea con quien sea”. No son tontos, no. Son otra cosa.

Para no preguntar: ¿Apruebas un pacto con Ciudadanos?, que es lo que hubiera preguntado yo, que de la política como profesión y proyecto de futuro en lo personal no tengo ni idea, y también porque mi padre es de la provincia de Teruel y allí hablan claro, acaban haciendo una consulta abstracta con final feliz, incluyendo primero esa abstracción de “alcanzado y propuesto”, para poder incluir a todos los partidos en lugar de a uno, con el que han llegado al acuerdo y que es la antítesis de su doctrina socialista, y cuya razón de ser es, precisamente, acabar con ella. Y el final feliz, “para formar un gobierno progresista y reformista”. Bueno, pues si es para eso, pues nada, votamos que sí y ya está. Quién no quiere un gobierno progresista y reformista, ¡oye!. ¿Aceptas pulpo como animal de compañía teniendo en cuenta que te va proporcionar la felicidad tanto en el terreno afectivo como en el erótico festivo? Qué distinta es la pregunta si se queda en la mitad.

Ha faltado rematar la faena: ¿A ti qué más te da si luego haremos lo que nos digan?

El pacto que conviene a los ciudadanos es el que frene a los dirigentes sumisos ante la estrategia de los poderosos que se están forrando a costa de sumir a los ciudadanos en la pobreza. Hasta hace dos días los contratos de trabajo se revisaban con el IPC, no para incrementar los salarios, sino para evitar su reducción progresiva. Ya estamos en el segundo caso. Como cuenta el profesor Vicenç Navarro, a partir de los años ochenta la economía subía mientras los salarios empezaron a bajar sin otra razón que la voracidad insaciable de la élite que ha generado una diferencia injustificable entre los que más tienen y los que menos.

Nuestro futuro se decide en despachos donde con total secretismo se elaboran planes que bajo nombres como “tratado de comercio”, que parecen ajenos a la política, labran nuestro futuro. Un futuro que ya viene marcado desde finales de los años ochenta por los que dieron en llamarse liberales, adjetivo que ellos mismos repudiaban y utilizaban como insulto y al que añadieron la coletilla “en economía”, para distinguirse de aquellos liberales a los que odiaban, que sí estaban orgullosos de serlo, y que querían ampliar el margen de libertad de los pueblos.

Siempre la trampa del lenguaje, todo empieza por cambiar el significado de las cosas.

Ahora han inventado el término “fuerzas del cambio” para definir a las que no lo son. Escucho a Sánchez en la Cadena Ser repetir ese término decenas de veces en una entrevista, llegando a resultar incómodo al oído por reiterativo, para referirse a sí mismo y a su alianza con Ciudadanos, en un intento obvio de inculcar en el inconsciente colectivo que un cambio en las siglas significa un cambio en lo demás.

Los laboristas británicos ya se sumaron al proyecto liberal reformista en eso que llamaron “tercera vía” y que supuso el exterminio del socialismo para entregar sus fuerzas a los poderosos de los que deberían defendernos. La culminación de tal felonía con descaro y recochineo fue la famosa foto de las Azores en la que un pletórico Blair posaba en la cima del poder junto a los otros dos genocidas de la extrema derecha moderna, el bufoncillo Aznar y el todopoderoso Bush, acompañados por el paje que acarreaba las capas de los señores, Barroso, que ni siquiera tenía categoría para ser contado como uno más, y a la foto se la llamó “del trío” a pesar de que eran cuatro.

Este paso al enemigo con todos los elementos fue aceptado de buen grado por parte de sus rivales. Blair ha sido el líder que más dinero ha ganado después de abandonar la política, en toda la historia de la democracia, a pesar de que hundió a su partido y el laborismo británico todavía no ha logrado levantar cabeza. Podría hablarse de su gestión como nefasta, para su partido y para su pueblo, pero se le recuerda como un reformista benefactor.

Aquellos señores que en las Azores se juntaron para dar una patada al avispero y acabar con el orden político internacional que se vivía hasta entonces y sumirnos en este estado de terror, hundiendo aquellos pueblos en la barbarie y la muerte, gracias a la calculada guerra de Irak, con la excusa de acabar con el terrorismo, ya tenían en marcha su Nuevo Orden Mundial.

No he escuchado ni una voz en estos días de machaque mediático exhaustivo, a raíz de los atentados de Bruselas, pidiendo explicaciones a los que generaron este estado de terror internacional. Lejos de ello les presentarán como profetas aunque eran muchos los enemigos de aquella guerra que vaticinaban cuál sería la reacción a su acción bélica. Ahora nos venden el terrorismo como inevitable en individuos y colectivos donde anida el mal porque son perversos en sí. Estaba cantado lo que iba a ocurrir y en su día se cantó hasta la saciedad.

Con estas acciones, de paso, se reivindica de nuevo la unidad de los demócratas frente al enemigo común y se atenúan las desastrosas consecuencias que acarrean sus reformas estructurales profundas que nos venden como, hay que insistir en ello, coyunturales, producto de una crisis, cuando son el resultado de un plan estratégico que ha venido para quedarse.

Estamos sumidos en el Nuevo Orden Mundial donde las “fuerzas del cambio” son esas que salen a la calle formadas por médicos, profesores, ciudadanos, que no comulgan con este estado de explotación progresivo y saqueo de lo público.

Este Nuevo Orden Mundial donde se prohíben concentraciones pacíficas para rendir homenaje a los muertos mientras las fuerzas de seguridad escoltan a los neonazis hasta el punto de la convocatoria. Ya partieron de un pueblo llamado Vilvoorde escoltados por la autoridad competente y durante todo el trayecto se dedicaron a provocar a la ciudadanía con sus gritos, consignas y amenazas.

Hablamos de una acción fascista auspiciada desde el poder democráticamente elegido para amedrentar a los ciudadanos. Hitler no contó con tanto apoyo en sus inicios.

Parece un batiburrillo de cosas, pero no lo es. Es lo mismo, son los mismos, los que pisotean a los refugiados a los que llaman inmigrantes en lugar de “víctimas del terrorismo”. Los que nos imponen los recortes. Los que nos sumen en la ruina. Los que se forran con toda esta barbarie. Los que sacan al fascismo del armario.

Estoy harto de escuchar el precio que ha pagado Merkel por su política con los refugiados dando a entender que sólo pisoteándolos o vendiéndolos a otros países un político tiene opciones de ser reelegido.

Son las “fuerzas del cambio” las que tienen que acabar con este estado de cosas. Con esta basura en la que han convertido el Sistema.

Pónganse a ello y dejen de luchar por salvar los muebles de la sede del partido.

La lucha hoy pasa por detener el fascismo que viene.

Ese es el pacto, Sánchez. Denúncielos. Dé la cara y luego grite: “¡Viva el Socialismo y la Libertad”.

Ya lo creo que se puede.

¿Mujer, 8 de Marzo? Esta historia ya me la conozco

8 marzo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Yo misma me siento harta de repetir que nos han silenciado e insultado, borrado de la lista de constructores de la historia, y que lo siguen haciendo. Que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos. Que ni veinte policías pegados a una mujer acosada lograrán evitar la muerte que decreta la sociedad machista que imbuye educación machista.

"Somos el grito de las que ya no tienen voz" Manifestación del 8M \ Foto: Alejandro Navarro Bustamante

Imagen de archivo: “Somos el grito de las que ya no tienen voz”, manifestación del 8M 2016. ALEJANDRO NAVARRO BUSTAMANTE

Llegados a este 2017 los retrocesos son tan evidentes que se ha levantado una nueva ola reivindicativa, un “Basta ya” inapelable: este 8 de Marzo aúna el mayor grito de indignación y fuerza de cambio en décadas.

Rosa María Artal07/03/2017 – 20:32h

Se diría que cada 8 de Marzo sirve, desde hace algún tiempo, para constatar los retrocesos de la mujer en la sociedad. Llegados a este 2017 son tan evidentes que se ha levantado una nueva ola reivindicativa, un “Basta ya” inapelable. No ha faltado más que situar al frente del país más poderoso de la tierra, Estados Unidos, a un misógino de manual, líder idóneo de esa mayoría masculina, blanca e inculta que lo ha encumbrado, junto a un nutrido sector de mujeres de los mismos parámetros mentales. La protesta de las mujeres, otras mujeres, contra Trump fue, desde el primer día, una de las más numerosas de los últimos tiempos. Cuando el mamut está en la puerta no hay otra que reaccionar.

Vamos para atrás, a la carrera. Los hombres siguen copando las Consejos de Administración y todo centro para la toma de decisiones. Nada ha cambiado para el 60% de licenciadas –tanto en Europa como en España– que no ven reflejado ese porcentaje en los puestos de decisión. Seguimos sin dirigir periódicos. De aquel 70% de mujeres periodistas del que hablábamos hace un año, vimos acceder a tres a ese cargo de mayor responsabilidad y ya ha quedado una en el camino. La presencia de las periodistas en las tertulias espectáculo de la televisión permanece en mínimos.

Las mujeres siguen cobrando menos salario, de forma oficial o por medio de incentivos y pluses que la discrimina. Siguen estando a la cabeza de los trabajos temporales y precarios. La mayoría de las administraciones no han arbitrado medidas para la conciliación de la vida personal y laboral, cuyo mayor peso sigue recayendo en ellas. Permanecen como las grandes paganas de la crisis y las primeras en quitarse la comida si falta dinero en casa. Ese extremo que ignoran deliberadamente las cifras oficiales del Gobierno y de sus medios de apoyo.

Las mujeres continúan siendo asesinadas por sus parejas o exparejas y suscitando una alarma contenida. Una media de 60 anuales, aunque este 2017 ya ha enterrado a 21 en dos meses. El informe elaborado por el Ministerio de Interior durante el mandato de Fernández Díaz, del PP, de Rajoy en definitiva, ha sido clarificador. Resulta que han descubierto que “la mayoría de los crímenes machistas responden al deseo de las mujeres de separarse y hacerlo deprisa“. Las víctimas son el sujeto de la culpabilidad, ellas se lo han buscado. Un día, el hombre “explota por una tontería que es la gota de agua de todo lo que ha ido pasando antes”, dice el informe de Interior. Ya ven, adquirieron el producto, en propiedad y a disposición permanente, y el producto, la mujer, osó no aguantar más.

Se comenta solo. Lo mismo que la serie de exabruptos alucinantes soltados por obispos de la Iglesia católica contra la mujer. Y sus sermones con su peculiar criterio de cuál es nuestro papel en la sociedad.

Para todos ellos el tiempo no ha pasado. Todavía viven en aquel añejo país en el que, por imposición franquista y machista, la mujer era un apéndice del padre o marido y precisaba de permiso hasta para trabajar o tener pasaporte, entre otras muchas restricciones. Y pasan los años y las décadas y siguen impermeables a cualquier idea que altere su irracional posición.

Al votar estos integrismos se concede la licencia de conducir nuestros destinos, los de todos, a quien no ha sido capaz de ver ni de interiorizar los cambios que se producían a su alrededor. Mal puede gestionar políticas de progreso cuando se vive anclado en el pasado más reaccionario. Pero parece que millones de personas no logran establecer esa relación.

La involución es general y se ceba en los más vulnerables. La mujer lo sigue siendo por el aplastante peso del machismo que nunca se fue. Ha salido del armario, si alguno se apartó, con nuevos bríos.

La Transición la hicieron hombres en su mayoría. La Constitución, las leyes, mientras las mentes más torpes afianzaban costumbres retrógradas en rincones resguardados de toda luz del conocimiento. En las pocilgas del integrismo que hoy se expone a plena luz sin el mínimo complejo.

Todos los partidos adolecen de machismo, todo irradia machismo en esta España nuestra empecinada en caminar hacia atrás. Nos plantan dirigentes jóvenes y “modernos” en el PP y se van, como Andrea Levy, a apoyar para la reelección –con éxito– a un encausado por ofrecer trabajo a cambio de sexo. Y casi pasa por normal si se mira a los oscuros recovecos del fanatismo religioso que impregna a muchos de sus colegas.

Verán, las mismas décadas han pasado para quienes vimos de forma efectiva que nosotras, las mujeres, tomábamos el timón de nuestra independencia. Y otra vez estamos en lo mismo. Yo misma me siento harta de repetir que nos han silenciado e insultado, borrado de la lista de constructores de la historia, y que lo siguen haciendo. Y que los hijos son del padre y de la madre, lo mismo que los familiares dependientes. Que no se trata de que los hombres “ayuden” en casa, sino que es su responsabilidad. Que la maternidad y la familia son opciones, a elegir. Que el Estado al que pagamos impuestos ha de facilitar la tarea. Que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos. Que ni veinte policías pegados a una mujer acosada lograrán evitar la muerte que decreta la sociedad machista que imbuye educación machista.

Y, aun así, hay que insistir cada vez en lo que cuesta conseguir las libertades y lo deprisa que las derrumban de nuevo. En el horizonte al que conducen los pasos erráticos. En que cada derecho recortado es un eslabón de una cadena que se los lleva todos. No toda la sociedad es consciente de lo que estamos perdiendo, de lo difícil que es recuperar lo arrasado. De si esta furibunda oleada del fascismo –no le llamen “populismo” a lo que es fascismo– no se impondrá esta vez.

Muchas mujeres ya lo saben. Por eso salieron contra Trump. Por eso este 8 de Marzo aúna el mayor grito de indignación y fuerza de cambio en décadas. Los hombres que todavía lo ignoran deben saber que no precisamos tutelaje, que esta lucha es de todos: de ellos, de nosotras, de nuestros hijos, de la sociedad, de todos.

Ustedes verán, de seguir la marcha atrás en un año más no quedan ni las raspas de los derechos del hoy.

José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

23 febrero, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

18 de julio de 1936

21 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La cruel contienda fratricida traumatizó a una sociedad y es el origen de nuestro tiempo presente

Enrique Moradiellos, 17 de julio de 2016.

Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

MÁS INFORMACIÓN

· 18 de julio, cambio del curso de la historia

Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

“La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura.”

El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

Recuerdos de un colegio de curas

28 octubre, 2016

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

España es el único país donde el fascismo ganó la guerra y gobernó durante cuatro décadas. La transición a la democracia se urdió desde el olvido y la impunidad. Ese silencio constituyó un agravio a las víctimas de la dictadura, malogrando cualquier intento de reparación jurídica o moral. Sólo Camboya aventaja a España en número de desaparecidos. Se estima que cerca de ciento veinte mil personas yacen aún en fosas clandestinas. Las posibilidades de averiguar su identidad son cada vez más reducidas. Con increíble cinismo, los nostálgicos del régimen franquista afirman que exhumar las fosas sólo contribuye a reavivar las heridas. No entiendo que se pueda censurar o cuestionar el derecho de recuperar los restos de un abuelo para inhumarlos con dignidad. No aprecio ninguna clase de revanchismo en ese humanísimo anhelo. Las víctimas del «terror rojo» fueron exhumadas y sus familiares recibieron homenajes, sinecuras y pensiones. Durante la posguerra europea, se demolieron todos los edificios y monumentos de la Alemania nazi y la Italia fascista. En España, aún se mantienen en pie –por citar sólo dos casos– el Arco el Triunfo y el Valle de los Caídos, un sombrío mausoleo que se construyó con mano de obra esclava. La cruz más alta de la vieja Europa vela el descanso de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Cualquier conciencia verdaderamente democrática se escandaliza con estos hechos.

La oposición crítica a los vestigios del franquismo no implica negar o justificar los crímenes cometidos por las milicias revolucionarias durante la guerra civil española. La rebelión militar del 18 de julio de 1936 desató una oleada de violencia contra los distintos sectores de la derecha. Se asesinó a 6.832 religiosos y a unos setenta mil presuntos fascistas. Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, condenó los crímenes, pero socialistas, comunistas y anarquistas impulsaron, alentaron o disculparon la represión, afirmando que era una medida necesaria para ganar la guerra. Desgraciadamente, la izquierda radical aún suscribe este argumento de una forma más o menos explícita. Siempre he considerado que el terrorismo de ETA constituye el último episodio de la Guerra Civil. El odio suscitado por la dictadura de Franco, que torturó y fusiló sin tregua hasta el final, actuó como caldo de cultivo del marxismo-leninismo de ETA. Actualmente, casi todas las fuerzas políticas condenan sus atentados, pero a principios de los años ochenta la izquierda aún fantaseaba con la revolución y simpatizaba en mayor o menor grado con la lucha armada. Sólo cuando ETA incluyó entre sus blancos a políticos de izquierdas se produjo un cambio de discurso.

Puede afirmarse que en España aún sigue funcionando la «lógica de los enemigos complementarios», por utilizar una expresión de Tzvetan Tódorov. Se habla de enemigos complementarios cuando se deshumaniza al adversario y se desprecia cualquier intento de resolver las diferencias mediante el diálogo. En esa dialéctica, sólo caben la difamación, la agresión y la venganza. La sombra del totalitarismo aún planea sobre la arena de la política española, frustrando la superación definitiva de odios cainitas.

¿Cómo se vivió el franquismo en un colegio católico del centro de Madrid? Contaré mi experiencia, intentando reproducir escrupulosamente la realidad. Yo estudié en el Fray Luis de León, un colegio de padres reparadores. Con siete años, me incorporé a segundo de EGB. Corría el año 1971. En esa época, los castigos físicos eran rutinarios y contaban con el apoyo de los padres. Capones, bofetadas, tirones de pelos, humillaciones. Profesores y curas actuaban con la misma brutalidad. Recuerdo que a veces nos obligaban a arrodillarnos sobre tizas o nos sellaban los labios con celo. Las arengas a favor del régimen eran frecuentes. No he olvidado un cómic que relataba el martirio de un sacerdote asesinado por las milicias rojas. Muchos interiorizamos las imágenes de los milicianos profanando una iglesia como la expresión del mal radical. Las cosas cambiaron con el fin de la dictadura. Curiosamente, aparecieron curas vascos que simpatizaban con el independentismo y aborrecían a Franco, lo cual no impedía que se les fuera la mano de vez en cuando. No me atrevo a aventurar una fecha, pero creo que hacia 1979 la violencia desapareció de las aulas. Podría mencionar nombres o incidentes concretos. Yo he visto cómo un adulto abofeteaba brutalmente a un niño de diez años o lo obligaba a ponerse de puntillas, tirándole de las patillas. En el año 1974, un profesor exhibía una fusta en clase, casi como una broma. No recuerdo que la utilizara, pero sí que nos pasaba una goma de borrar tinta por detrás de la oreja.  Sólo se me ocurre una pobre excusa. En ese tiempo, se consideraba que pegar a los niños –especialmente a los de sexo masculino– era tan natural y necesario como enseñarles la tabla de multiplicar.

Al evocar mis recuerdos, alumnos de generaciones posteriores han cuestionado mi versión. Otros han corroborado mis vivencias. He hablado con alumnos de otros colegios religiosos y casi todos los que superan los cincuenta años reconocen haber sufrido experiencias semejantes. Imagino que hoy en día el Fray Luis de León es un colegio más, mixto –en mi época, sólo lo era el último curso de bachillerato– y con una rutina exenta de violencia. Las heridas de la Guerra Civil no se han cerrado, pero la sociedad ha cambiado radicalmente. Pegar a los niños se considera hoy un delito. En los años setenta no era así. Las dictaduras corrompen el alma de la sociedad. Su crueldad se infiltra en todos sus estratos. De todas formas, la protección de la infancia es un concepto relativamente moderno. Durante siglos los niños han sido ciudadanos de segunda categoría, expuestos a toda clase de abusos.¡Arriba Hazaña!, una película de José María Gutiérrez Santos estrenada en 1978, reproduce con bastante rigor los cambios que se produjeron en los colegios religiosos y, por extensión, en toda la sociedad.

Pienso que la normalización democrática de España sólo se habrá completado cuando las víctimas del franquismo disfruten del mismo reconocimiento que las víctimas del «terror rojo». La desaparición de los símbolos de la dictadura no me parece menos urgente. El Valle de los Caídos no escenifica la reconciliación, sino la victoria de los militares sublevados. Un antiguo campo de concentración nunca podrá ser un icono de la paz, salvo que reciba el mismo tratamiento que Auschwitz o Dachau. Por último, la izquierda debe reconocer que ha flirteado con la violencia durante mucho tiempo, alegando que las transformaciones sociales sólo podrían materializarse mediante estallidos revolucionarios. Olvidaba que una revolución no es una verbena, sino una sangrienta guerra civil.

El pasado duele, pero ese dolor es un tributo a la autocrítica, la honestidad y la clarividencia. Sin esas virtudes, prosperan el encono, la mentira y la deshumanización del otro.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (22-07-2016). Del blog Viaje a Siracusa. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

Enaltecer el franquismo no es delito, acuérdate

6 junio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Parece recochineo, pero es pedagogía: cada pocos meses hacen alguna gracieta franquista para recordarnos que su apología no es delito

IU pide explicaciones por el espectáculo de luz y sonido de Guadamur donde se exhibieron imágenes de Franco y Himmler

Siento discrepar con quienes comparan lo de Guadamur con los titiriteros del “Alka-Eta”. No, el Circo del Sol franquista que montaron en el castillo no justificaría que detuviesen a la alcaldesa y la mandasen a prisión sin fianza. Hacer algo así por unos pocos segundos de exaltación franquista sería un disparate jurídico.

Digo más: si en vez de unos pocos segundos, hubiesen proyectado cuatro horas de Nodo ininterrumpido, seguiría siendo un disparate jurídico actuar contra ellos. Si además hubiesen terminado la fiesta cantando el Cara al Sol brazo en alto, y luego hubiesen recorrido en caravana el pueblo, la provincia o el país gritando vivas a Franco y ondeando banderas con el aguilucho, seguiría siendo un disparate jurídico cualquier sanción. Ni una multita, vaya.

Que hablamos del franquismo, oye. Si fuera algo que remotamente hablase de ETA, la alcaldesa estaría a esta hora entre rejas. Pero con el franquismo hay barra libre. Parece mentira que a estas alturas tengan que recordárnoslo: el enaltecimiento del franquismo no es delito. Repito: el enaltecimiento del franquismo no es delito. Una vez más, repitan conmigo, en voz alta: el enaltecimiento del franquismo no es delito. No existe tal cosa en nuestro Código Penal, porque el PP se ha opuesto sistemáticamente.

Como se ve que se nos olvida, se toman la molestia de recordárnoslo con frecuencia. Lo de Guadamur parece un error, y han pedido disculpas, pero qué va: es la típica gracieta franquista que nos sueltan a cada poco, para que no se nos olvide que no existe tal delito. Puede parecer recochineo, pero no; es pedagogía. Cuando no son unas jornadas visigodas, es un mercadillo infantil con exaltación fascista, un alcalde que suelta una burrada, un académico que redacta un diccionario biográfico, o un portavoz político que se ríe de las víctimas. Ya digo: cada pocos meses, para que no se nos olvide.

A la misma pedagogía responden los recordatorios permanentes que sigue habiendo en nuestras calles, esos nombres que cuesta tanto rascar que hasta el nuevo Ayuntamiento de Madrid se pisa los cordones cuando decide eliminarlos. Y placas, monumentos, yugos y flechas que siguen coronando edificios públicos, y que están ahí ya solo para eso: para recordarnos que el enaltecimiento del franquismo no es delito, así no perdemos tiempo en poner denuncias ni nos indignamos para nada.

En Madrid, por ejemplo, la Comunidad mantiene el Valle de los Caídos dentro de una llamada “Ruta Imperial”. Qué mejor forma de recordarnos que enaltecer el franquismo no está penado: vas por la carretera y te encuentras unos graciosos carteles que te proponen completar la visita al Escorial haciéndote unas fotos en el mausoleo del dictador. “Mira, cariño, unos carteles que enaltecen el franquismo”. “Que no, que no es delito, acuérdate”.

“Ruta Imperial” lo llaman, de verdad. Fue idea del gobierno regional de Gallardón, aquel hombre que decíamos que era el ala izquierda del PP. En los folletos originales se explicaba que es un “monumento funerario levantado como recuerdo de todos aquellos que murieron durante la Guerra Civil”, y que “se tardó 18 años en hacer la obra”. Que se hizo sola, suponemos. Todavía hoy la web de la Comunidad sigue sin contar quién lo levantó ni para qué.

Eso que dicen que somos un país con poca memoria supongo que se refiere a eso: a que se nos olvida una y otra vez que enaltecer el franquismo no es delito. Y una y otra vez nos lo tienen que recordar.

Ver imagen en Twitter

Un libro revela que Franco colaboró con Hitler en las deportaciones de españoles y judíos a campos de concentración

23 abril, 2016

Uno de los días que más me gustan hoy 23 de abril, la conmemoración del día del libro. Recordadlo siempre: más libros, más libres. Y una frase de El Quijote: “Amigo Sancho, quien lee mucho y viaja mucho, sabe mucho y ve mucho.

Fuente: http://www.eldiario.es

El periodista Carlos Hernández ha escrito Los últimos españoles de Mauthausen, un libro que incluye documentos inéditos que demostrarían cómo Franco fue un actor activo en la deportación de más de 9.000 españoles

El autor también incorpora telegramas nunca vistos hasta ahora que reflejarían la falta de voluntad del dictador español por salvar a unos 50.000 judíos de origen sefardí

“Resultó más sencillo encontrar documentación fuera de España. Aquí hay más trabas”, asegura en conversación con eldiario.es

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

Documentos hasta ahora inéditos demuestran que Franco colaboró con Hitler en la deportación de más de 9.000 españoles que acabaron en los campos de concentración nazi. La mitad de ellos no salieron con vida. Las pruebas y los testimonios que lo prueban los ha recopilado el periodista Carlos Hernández en el libro Los últimos españoles de Mauthausen. Pero hay más. Telegramas nunca vistos apuntalan la responsabilidad de Franco en el asesinato de más de 50.000 judíos de origen sefardí (descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica a finales de la Edad Media).

“Escribiendo me he dado cuenta de que nos han engañado. La educación maniquea que se nos ha impartido ha intentado reescribir la historia”, lamenta Hernández en conversación telefónica con eldiario.es. El libro surgió de las ganas de dar carpetazo al cargo de conciencia que sufrió al morir su tío Antonio, prisionero en Mauthausen. “Nunca le pregunté sobre el asunto de la deportación y tenía una espina clavada”, apostilla.

Se puso manos a la obra y empezó a bucear por archivos, bibliotecas y hemerotecas hasta gestar una obra de más de 500 páginas con la que poner punto y final a esa tesis tan extendida de que la dictadura española no se inmiscuyó en la Segunda Guerra Mundial. Con un vasto material, alguno desconocido hasta el momento, el periodista consigue llegar a una conclusión: Franco, desde España, y Hitler, desde Alemania, se conjuraron con la idea de enviar a los campos de exterminio nazi a 9.328 ciudadanos españoles. De ellos, más de 5.000 no consiguieron sobrevivir a las terroríficas condiciones de los campos de concentración.

El germen de esta historia se remonta al 31 de julio de 1938. Ese día la policía franquista y la Gestapo –policía secreta nazi– acordaron un protocolo de actuación para agilizar los procesos de extradición y el intercambio de información sobre sus enemigos comunes. A partir de ahí, la comunicación no se cortó, sino más bien, se intensificó. En una de las cartas, Madrid admite que se “desentiende” de la suerte que puedan correr los españoles que todavía no han sido capturados por la Francia ocupada y devueltos a España.

Pero el día ‘D’ estaba aún por llegar. El mismo día en el que el ministro español de Gobernación Ramón Serrano Suñer visitaba Berlín, el Reich emitió una orden que despejó el camino para que miles de presos españoles acabarán en campos de concentración.

“Es ridículo pensar que todo responde a una casualidad”, apunta el autor del libro, quien no duda de que “Hitler hizo el trabajo sucio a Franco para que el dictador español se pudiera librar de los ciudadanos que consideraba sería peligroso que volvieran a España”. En el libro se mencionan además distintos documentos que demostrarían que Alemania informó “puntualmente” de sus planes de deportar a los españoles capturados en el país galo.

Lo desalentador viene a continuación. Según el relato de Carlos Hernández, Franco tuvo en sus manos la posibilidad de salvar a muchos españoles de una muerte segura y no lo hizo. “El régimen español tuvo capacidad de decisión sobre el destino de los españoles. Es más, salvó a dos personas que tenían vínculos con los franquistas. Lo intentó con algunos otros pero la respuesta que llegó desde Alemania es que ya era tarde. Estaban muertos”, explica.

Pero ¿quiénes eran esos españoles? El escritor perfila tres grupos: los que sirvieron en las filas del Ejército francés en la Segunda Guerra Mundial, miembros de la Resistencia, y los hombres, mujeres y niños refugiados en la pequeña ciudad francesa de Angulema y que formaron parte del ‘Convoy de los 927’. En total, más de 9.000 españoles, de los que 5.180 murieron, 330 figuran como desaparecidos y 3.800 sobrevivieron. Como el murciano Francisco Griéguez, que a estas alturas todavía sigue sin poder conciliar el sueño y cuyo testimonio se incluye en el libro.

50.000 judíos que Franco podría haber salvado

Franco tuvo responsabilidad en el exterminio de judíos; en concreto, de 50.000 de origen sefardí. Lo asegura el periodista aludiendo a los telegramas que ha conseguido reunir. “Antes de que el Gobierno alemán pusiera en marcha la solución final, aprobó un decreto por el que se permitía a sus aliados repatriar a sus judíos”, cuenta. Pero en España se optó por una postura de indiferencia: la circular que se hizo llegar fue la de salvar exclusivamente a los judíos que pudieran demostrar sobradamente su nacionalidad española, una condición muy difícil en ese momento para muchos.

En la captura que se muestra a continuación se puede leer como un diplomático español destinado en el extranjero se desentiende de las consecuencias que puedan tener las restrictivas instrucciones salidas de Madrid y subraya que, si no se levanta la mano, los repatriados “serán pocos”. Con estas pruebas en la mano, se deduce, por tanto, que Franco conocía las intenciones de Hitler respecto a los judíos de toda Europa.

Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es

Telegrama incorporado por el autor en el libro y facilitado a eldiario.es.

“Simplemente con que hubiera tenido voluntad, podría haber salvado a decenas de miles de judíos de origen sefardí que en los años 40 residían en Europa, principalmente en Salónica y en Budapest”, relata el autor. “No es muy moral para un régimen católico pedir a los judíos que en un momento como ese se entrara en el juego de la nacionalidad. Los que se salvaron finalmente no superaron los 700”, señala. El origen español de los sefarditas, y por tanto su derecho a acceder a la nacionalidad, sí acredita su condición, se remonta a la época de los Reyes Católicos, cuando los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica.

Con todo el material recopilado, ¿ha sido difícil escribir este libro? Responde Carlos Hernández de manera automática, sin rodeos: “Resultó más sencillo encontrar documentación fuera de España. Aquí hay más trabas, como las que puso la Fundación Francisco Franco o la Fundación Ramón Serrano Suñer para poder bucear en los archivos que guardan, y que no se han hecho públicos. “Espero que sigan saliendo más datos”, lanza al aire como último deseo.