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La amenaza a la democracia: la vuelta al fascismo

28 septiembre, 2017

Fuente: http://www.vnavarro.org

Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, y en catalán en la columna “Pensament Crític” en el diario PÚBLIC, 20 de septiembre de 2017.

Este artículo documenta la derechización que las instituciones políticas y mediáticas españolas han experimentado durante el gobierno Rajoy, señalando que las prácticas autoritarias de la dictadura se están reproduciendo, centradas ahora en la enorme represión masiva que está teniendo lugar en Catalunya estos días.

Dos hechos que han ocurrido en las últimas semanas muestran el grado de derechización que se ha alcanzado en las instituciones políticas y mediáticas españolas en estos años de gobierno Rajoy. Uno de estos hechos, que ha pasado casi desapercibido, es el otorgamiento por la Editorial Espasa del premio que lleva su nombre a Stanley G. Payne por su libro En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras, que es una defensa del régimen dictatorial que existió en España desde 1939 hasta 1978, considerando al general Franco, que lo lideró, como (y lo cito textualmente) “el mayor modernizador de su país y el líder que alcanzó mayor éxito de todos los aspirantes a las dictaduras de desarrollo del siglo XX”. El libro es una defensa del golpe militar de 1936 y del régimen dictatorial español existente en este país.

Su autor, Stanley G. Payne, es profesor emérito de la Universidad de Wisconsin-Madison, en EEUU, donde dirige la Cátedra Vicens Vives, y pertenece a la categoría de hispanistas anglosajones próximos a las derechas españolas. Gran defensor de la manera cómo se hizo la transición en España de la dictadura a la democracia, considerándola como modélica, es contrario a la re-evaluación de tal proceso que están haciendo las nuevas izquierdas, como Unidos Podemos, En Comú Podem y En Marea, a las que considera como nefastas, como define también a las fuerzas republicanas de los años treinta, cuyas acciones, según él, hicieron necesario el golpe militar de los “nacionales” (el entrecomillado es mío). En realidad, Stanley G. Payne ha alertado a la sociedad española de una posible alianza del PSOE con Unidos Podemos, que reproduciría el Frente Popular que él abomina. La última ocasión en la que repitió este comentario fue nada menos que en el Centro de Estudios de la Defensa Nacional del Ministerio de Defensa del Estado español.

Dicho personaje ha recibido múltiples galardones del establishment español, habiendo sido elegido miembro de la Real Academia de Historia y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de España, receptor de la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, y nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad Rey Juan Carlos. Es un académico del establishment conservador, cuyas opiniones y discursos resuenan y son aplaudidos por las derechas españolas, que en el panorama europeo son equivalentes a las ultraderechas. No me imagino que un libro semejante que hablara positivamente (tal como Payne hace de Franco) de Hitler, de Mussolini o incluso del mariscal Pétain recibiera tal reconocimiento en Alemania, en Italia o en Francia respectivamente, países que sufrieron dictaduras fascistas o nazis semejantes a la que sufrió España.

Pero en España no solo es posible, sino que es frecuente. En este aspecto, es importante también conocer qué es la Editorial Planeta, creada por el Sr. José Manuel Lara Hernández, que luchó en la llamada Guerra Civil en el lado golpista como capitán de la Legión, a la que se pasó tras conocer al famoso (por su crueldad) general Yagüe. Participó activamente en la represión política franquista cuando los militares ocuparon Barcelona, y fue, más tarde, jefe del sindicato fascista vertical de Artes Gráficas. En 1949 fundó la Editorial Planeta, convirtiéndose, como resultado de su entramado con el Estado, en una de las casas editoriales más importantes de España. Fue más tarde nombrado Marqués del Pedroso de Lara. Su hijo, José Manuel Lara Bosch, heredero de una de las editoriales más grandes (con unos ingresos anuales de 1.600 millones de euros) de España (y del mundo), expandió sus negocios a los medios de información, llegando a presidir la corporación Atresmedia (a la que pertenecen, entre otras, Antena 3, La Sexta, Onda Cero, Europa FM y Melodía FM). El Grupo Planeta es también el mayor accionista del diario de ultraderecha La Razón. Su gran poder mediático explica la docilidad hacia tal figura por parte del establishment político, lo cual explica sus muchos honores recibidos de autoridades públicas, incluyendo la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura del Estado español, la Medalla Internacional de las Artes de la Comunidad de Madrid de la Sra. Esperanza Aguirre, el título de hijo adoptivo de Sevilla, y la Cruz de Sant Jordi, máxima condecoración de la Generalitat de Catalunya, y un largo etcétera. Sus relaciones fueron siempre cordiales con los principales partidos políticos gobernantes, primordialmente con las derechas del PP y Convergència, pero también con el PSOE.

Pero la burguesía representada por el Sr. Lara ha estado muy inquieta con el surgimiento de la nueva izquierda, que parece más difícil de domar. De ahí el galardón a Payne, en un intento de reforzar “la cultura franquista” todavía hegemónica en las estructuras de poder en este país. Tal burguesía parece estar alarmada, pues en la promoción de la elección del libro de Payne, el jurado del Premio Espasa subraya que tal libro provoca y desmonta los mitos y leyendas negras existentes en España sobre la Guerra Civil y sobre Franco, como si dicha visión favorable a la dictadura fuera minoritaria (casi prohibida) en España, habiendo sido reemplazada por una visión republicana, “roja” y “separatista”, que supuestamente, y según Payne, domina el mundo intelectual del país. En realidad su visión de España y de su historia, lejos de ser prohibida, es la hegemónica en gran parte de los aparatos del Estado y del establishment político y mediático del país. La transición no significó una ruptura con el Estado franquista, sino una adaptación y una apertura de este para legitimarse como Estado democrático, pero conservando y reproduciendo grandes elementos de la cultura franquista que continúan siendo hegemónicos en el país. La España uninacional, centrada en un Estado radial, es la dominante en los aparatos del Estado, y lo que está ocurriendo en España estos días es un ejemplo de ello, lo cual me lleva al segundo hecho ocurrido esta semana.

Pero antes quisiera subrayar que la evidencia existente muestra claramente que Franco tuvo poco de modernizador. Una persona profundamente conservadora y reaccionaria, cruel en extremo (según el profesor Malefakis, de la Universidad de Columbia en Nueva York, experto en el fascismo europeo, por cada asesinato que cometió el régimen de Mussolini, el régimen de Franco cometió 10.000), responsable del enorme retraso político, cultural y económico del país, es lo opuesto a modernizador. Solo dos datos muestran la falacia de ese argumento. Cuando ocurrió el golpe militar, España e Italia tenían el mismo PIB per cápita. Cuando la dictadura terminó, el PIB per cápita en España era solo el 64% del PIB de Italia. Y el 68% de la población adulta tenía menos de seis años de educación.

La represión que está ocurriendo en Catalunya

El Estado central, cuyo Jefe de Estado nunca ha hecho una declaración en contra de tal general (ni la hará), ni en contra de la dictadura (que tampoco hará), y cuyo partido gobernante, fundado por un ministro de Franco, nunca ha denunciado explícitamente aquel régimen, está hoy reprimiendo por la fuerza, con una enorme agresividad y falta de sensibilidad democrática (característica del franquismo), reuniones, discursos, material escrito, revistas y muchos otros actos, lo cual sería impensable en cualquier país democrático. Aquí y ahora, en Catalunya, bajo este régimen considerado democrático, ha reaparecido una represión política que (para aquellos que vivimos aquel horror y luchamos contra él) recuerda la dictadura intentando crear miedo entre la población con campañas masivas de intimidación, y saltándose leyes del mismo Estado, como bien ha denunciado el fiscal y magistrado emérito del Tribunal Supremo, el Sr. José Antonio Martín Pallín. El hecho de que los partidos independentistas que gobiernan la Generalitat se hayan saltado las leyes, violando el propio Estatut de Catalunya (como he denunciado en otros artículos), no justifica que el Estado central también lo esté haciendo.

Tal represión es para defender una visión de España, repito, uninacional, jerárquica, escasamente democrática, con un escaso compromiso con los derechos políticos, sociales y culturales de los ciudadanos del país, oprimiéndose a aquellos que tienen una visión distinta de España, definiéndolos como anti-España, tal como aquella dictadura hizo, dirigida por los llamados “nacionales”. Ello exige, de todas las fuerzas democráticas, una movilización para denunciar la represión franquista y también para resolver las causas que están creando una enorme tensión entre los distintos pueblos y naciones de España, lo que dificulta, entre otros temas, la resolución del enorme problema social en el que vive el país, en el que la mayoría de los jóvenes que desean trabajar no pueden encontrarlo, y donde casi el 40% de las familias monoparentales apenas llegan a fin de mes. Este es el mayor problema que tiene el país, y que está siendo ignorado, cuando no ocultado, por aquellos que han sido responsables, a los dos lados del Ebro, de la enorme crisis social, escondiéndose ahora detrás de las banderas, como frecuentemente ha ocurrido en la historia de este país.

Los herederos del franquismo están ocupando Catalunya

Dicha represión es la máxima expresión del predominio de la cultura y prácticas franquistas que ha mostrado el gobierno Rajoy hacia las sucesivas demandas expresadas democráticamente por el gobierno catalán, pidiendo que se reconozca la personalidad e identidad de Catalunya dentro del Estado español, siendo el último caso el Estatut del año 2006 impulsado por el gobierno Maragall (una alianza de un partido socialista, un partido comunista, un partido verde y un partido independentista de izquierdas). Aquel Estatut no pidió la escisión, sino el reconocimiento de la identidad de Catalunya después de haber sido aprobado por el Parlament catalán, por las Cortes Españolas y por el pueblo catalán en un referéndum, el cual fue vetado (en algunos de sus elementos esenciales) por el Tribunal Constitucional, que ha sido en gran parte un instrumento conservador, hegemonizado por el PP.

Y es de ahí de donde se genera una movilización de miles de personas en Catalunya que se consideraban españolas, y que han dejado de sentirse como tales, haciéndose favorables a las tesis secesionistas. Es a partir de entonces que grandes multitudes de catalanes salen cada año el día de la Diada a la calle. La enorme rigidez del gobierno Rajoy ha sido el mayor factor para que el independentismo se haya doblado; y a no ser que haya cambios, pasará a ser mayoritario en Catalunya. Esta es la raíz del problema, que no puede resolverse a través de la represión, a la que debemos oponernos y debe ser denunciada, pues la victoria a través de la represión es lo peor que puede ocurrir, tanto en Catalunya como en España. Ni que decir tiene que parte del problema es que los partidos independentistas en Catalunya están intentando instrumentalizar este enfado popular actuando de una manera claramente denunciable (como he escrito en muchos artículos, tales como “Cómo el tema nacional y el tema social se relacionan en Catalunya”, Público, 15.09.17 y “La desunión de las izquierdas: un mayor obstáculo para resolver la gran crisis social en Catalunya”. Público, 06.09.17). Pero la mayor causa de las tensiones es el gobierno Rajoy.

Esto no puede continuar así: los partidos y movimientos democráticos deben movilizarse

Esta situación es intolerable, pues condena al país a estar batallando sobre temas nacionales, olvidando el mayor tema social, lo que se traduce en el aumento del deterioro de la calidad de vida y el bienestar. De ahí que algo debe hacerse, y rápido, y lo primero es terminar la represión que destruye los derechos de la ciudadanía en Catalunya y que provoca lo opuesto a lo deseado.

Hoy el conflicto, no solo en Catalunya, sino en toda España, no es sobre si habrá o no independencia, sino sobre si se violan las reglas de la democracia o no, primordialmente por parte del gobierno español (lo cual forma parte de su ADN político), gobierno que ha llegado a utilizar el Ministerio de Justicia, en alianza con periodistas basura, para dañar y eliminar a sus adversarios políticos. Este es el debate que adquiere especial relevancia hoy. Si el gobierno Rajoy consigue sus fines inmediatos, multiplicará todavía más la inestabilidad en España, recuperando, a su vez, el centralismo, que dificultará la resolución del problema nacional. De ahí la urgencia de que, además de parar la represión, se fuerce un diálogo y un debate entre todas las fuerzas democráticas para ver cómo rebajar tales tensiones. Y como parte de este objetivo, se debería permitir un referéndum pactado (que como varios constitucionalistas han afirmado es posible incluso en la presente Constitución) para posibilitar la libre expresión de la opinión de los catalanes sobre su conexión con el resto de España con garantías, garantías que no han sido respetadas por el gobierno Rajoy (ni tampoco por el gobierno Puigdemont). Entre estas garantías debería incluirse la elección entre varias alternativas, no limitándose a independencia SÍ o NO, pues dicha dicotomía en Catalunya está sesgada a favor del SÍ, pues el NO es claramente inaceptable para la gran mayoría de catalanes ya que significa continuar en la situación actual. Es el reto de las fuerzas democráticas no independentistas desarrollar alternativas (como lo fue en su día el Estatut propuesto por el gobierno Maragall) que compitan con la secesión como manera de resolver tales problemas que no fueron resueltos en la primera transición por imposición del Monarca y del Ejército. Ello requiere una reflexión sobre la necesidad de un proceso constituyente para redefinir España y el Estado español, haciéndolo más democrático, más justo, equitativo y plurinacional. Es imperativo que el problema nacional no continúe ocultando el enorme problema social tan agudo que persiste en el país, pues el problema nacional y social están causados por el enorme dominio que los herederos de la dictadura continúan teniendo sobre el Estado español. De ahí que aplauda la iniciativa de las nuevas izquierdas de convocar una Asamblea de autoridades parlamentarias y municipales, pertenecientes a partidos y movimientos sociales democráticos, para dialogar y proponer salidas a la situación actual.

Y en este proceso, hay que considerar que es urgente que el Partido Popular (causa de las mayores tensiones) deje de gobernar el país. Hoy, numéricamente, es posible sustituirlo, creando a nivel del Estado una alianza entre los partidos de izquierdas y los partidos nacionalistas. Y a nivel de Catalunya los números también muestran que podría establecerse un gobierno de izquierdas que sustituyera al gobierno actual dirigido por Convergència, que ha dominado la Generalitat durante la mayor parte del periodo democrático, y que con el PP ha sido corresponsable de la gran crisis social existente en Catalunya y en España. Esto podría ocurrir ya, pero los movimientos sociales deberían movilizarse y presionar para que ello ocurriera. Me temo que uno de los mayores obstáculos vendrá no solo del aparato central del Estado, sino también del PSOE, pues no ha aceptado todavía el plurinacionalismo que sus antecesores, durante la resistencia antifascista, habían apoyado. Su temor a que desaparezca el bipartidismo en España y la existencia de la resistencia del aparato que perdió en las elecciones a Secretario General (pero continúa siendo potente en su seno) está dificultando esta posibilidad. Espero que una movilización de sus bases pueda una vez más forzar los cambios que permitan hacer la segunda transición, resolviendo los grandes problemas que quedaron sin solventar en la primera. Así lo espero por el bien de Catalunya y de España.

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Están entre nosotros

22 septiembre, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 27/09/2016 a las 06:00

Actualizada 26/09/2016 a las 21:12  
En una reunión de corresponsales extranjeros se hablaba del auge de la extrema derecha en Europa y de su expansión demagógica favorecida por la tentación xenófoba que late en el subsuelo, exacerbada con discursos populistas de miedo a la pérdida de la identidad cultural y secuestro de los puestos de trabajo por los llegados de fuera. Se maravillaban estos periodistas por la ausencia de esos movimientos en España. Ignoran que aquí no han resurgido porque siempre han estado, habitamos con ellos. En las instituciones. Nunca se fueron.

Cuando los aliados liberaron Europa del fascismo y el nazismo, hicieron una excepción con España porque sabían que Franco sería un colaborador indispensable, en un lugar de la máxima importancia estratégica, en la lucha contra el comunismo que llevó a cabo aquella Guerra Fría que ya se pergeñaba por parte del bloque occidental durante la Segunda Guerra Mundial. Franco también sabía que de su aproximación a las democracias occidentales dependía su supervivencia en el poder cuando la guerra ya estaba perdida y, desde la capitulación de Alemania, una vez desaparecido ese loco primo de “zumosol” que fue Hitler (quien, dicho sea de paso, siempre le despreció), se mantuvo en un perfil bajo, de disimulo, mostrando hacia el exterior su cara más inofensiva, siempre intentando cautivar a quien pudiera incluirle en las organizaciones internacionales que iban a regir el mundo.

Como dijo Aznar de Gadafi, Franco quedó como un extravagant friend, fuera de la ONU y del Plan Marshall, y ese aislamiento le permitió vivir su realidad dictatorial con total autonomía.

En Yalta, los líderes de las tres principales potencias aliadas: Churchill, Roosevelt y Stalin, acordaron que al finalizar la guerra los países liberados de Europa decidirían libremente, con elecciones democráticas, su propio destino. Como España no fue liberada, los compromisos de este tratado no le afectaron. La cosa quedó en que Franco siguiera calladito en su rincón si dar guerra. Lo que pasara aquí dentro sería un problema de los españoles. Nos abandonaron a nuestra suerte. Mala, por cierto.

No sería hasta quince años más tarde cuando se formalizarían las relaciones de cooperación entre España y EEUU con el acuerdo para la implantación de bases militares americanas en nuestro territorio, que le valió la entrada en la ONU al comprar con ese pacto todas las reticencias que un régimen dictatorial suponía para que España fuera incluida como miembro de esa organización. La visita, unos años después, de Eisenhower a España legitimó la dictadura como el régimen político que nos gobernaría hasta la muerte de Franco en 1975.

Tras su muerte, la Transición constituyó un periodo de reforma que se encargó de que los altos cargos de las diferentes instituciones que gobernaron este país durante 35 años, tanto de la política, como de la Policía, el Ejército y la Justicia, tuvieran cabida en la democracia. Muchos de estos funcionarios que ostentaban puestos de responsabilidad durante la dictadura se reciclaron en diferentes partidos ya en la democracia, sobre todo en Alianza Popular, formada por siete ministros de Franco, con Fraga a la cabeza, y otros más moderados en UCD (Unión de Centro Democrático), partido presidido por Adolfo Suárez, que había sido ministro secretario general del Movimiento, la cartera con mayor carga política de aquellos gobiernos de Franco, y que aglutinando infinidad de formaciones de diferentes tendencias de la derecha y el centro, supo representar como nadie la metamorfosis del cambio entre sistemas. Él pasó de la dictadura a la democracia. Ganó las dos primeras elecciones generales, demostración empírica de que la sociología que había creado el franquismo apostaba por una moderna continuidad, no quería cambio. Querían esto sin perder lo otro.

Esa amalgama de fuerzas que se integró a la perfección en la democracia continuó su aventura, salvo exabruptos nostálgicos irredentos, bajo un manto de armonía y disimulo que aparentó terminar con aquella España de los vencedores que exigieron una rendición incondicional para llevar adelante una paz a sangre y fuego. Del mismo modo que en la Alemania de la posguerra todo el mundo afirmaba que nadie sabía lo que estaba pasando en su país durante los años del nazismo, aquí no quedó ni un solo español adicto al régimen. Como san Pedro, todos negaron tres veces antes de que cantara el gallo que daba el pistoletazo de salida para las elecciones. Corrían tiempos nuevos. España se convirtió en el único país del mundo que carecía de una derecha política. El espectro iba desde la extrema izquierda al centro. Hasta ahí. Más allá sólo quedaba la caverna que festejaba los aniversarios pertinentes en el Valle de los Caídos, monumento faraónico que Franco construyó para que la posteridad no olvidara su Santa Cruzada, y del que los portadores de la llama de la España verdadera hicieron su reducto festivo, su particular “fachódromo”.

Nunca más se supo de los millones de españoles que abarrotaban la Plaza de Oriente de Madrid durante las apariciones públicas del dictador, ni de los que formaban la infinita cola para darle el último adiós al sátrapa de El Ferrol. Con Franco murieron, por lo visto, aquellos millones de españoles.

Así corrió el tiempo entre la euforia del derribo de los Pirineos, que era nuestro particular muro de Berlín, y la alegría de la incorporación a Europa, hasta que José María Aznar abrió la caja de los truenos y recuperó para esa España el orgullo de ser de derechas, que aquí es tanto como ser de aquello. Como decía Fraga, también con orgullo: “Nunca debemos olvidar de dónde venimos”. Ser de derechas en España es recuperar el mundo de los vencedores que no se dejan quitar un busto, un monumento a uno de los suyos, y tampoco desenterrar a los vencidos, a los asesinados en las cunetas, en las tapias de los cementerios y en los bosques para llevarlos junto a los suyos o darles sepultura como dios manda. Como a perros los mataron, como perros deben seguir. Y la Iglesia callada, como entonces.

Saca pecho Fernández Díaz, ese ministro que tiene una policía política a su servicio, como en los buenos tiempos, para difamar y buscar averías a sus rivales, que luego airean los medios de comunicación afines a los que pagan bien con la propaganda institucional, da la cara el ministro, decía, con motivo de la solicitud de traslado de los restos del general Mola por parte del Ayuntamiento de Pamplona que quiere que se los lleven a otro sitio, y suelta por esa boquita: “Algunos pretenden ganar la guerra cuarenta años después…”.

Entiende el señor ministro que son vencidos los que tal cosa pretenden. Y de sus palabras también se desprende que él se sitúa en el bando de los vencedores, aquellos que acabaron con la democracia y el orden constitucional a tiros tras fracasar el golpe de Estado de 1936.

Triste que tengamos un ministro todavía, ochenta años después, que reivindique aquellas salvajadas en lugar de encargarse, en cumplimiento de la ley que representa, debo entender que muy a su pesar, de limpiar de nuestro suelo, que no de nuestra memoria, esos monumentos y reliquias que dan gloria al fascismo. Alegan que eliminar los restos de aquella tiranía es atentar contra la Historia. Nunca han tenido vergüenza cuando se trata de salir en defensa de aquel fascismo al que dicen no haber servido ni representar. Les mueve una cuestión científica, intelectual. Los criminales, dicen, deben tener su espacio en nuestras ciudades, como lo tienen los huesos encontrados en Atapuerca. Forman parte de nuestra historia. Eso sí, cuando se denuncian atropellos, violaciones o crímenes, nos salimos del campo de la historia para pasar a remover el pasado, dividir a los españoles y pretender ganar una guerra que perdieron los demócratas.

También sale, cómo no, Esperanza Aguirre a echar gasolina en la trifulca que montan los legionarios intentando evitar que le quiten la calle a Millán Astray, fundador de la Legión, para sustituirla por otra llamada Avenida de la Inteligencia. Ella siempre se mueve por nobles ideales. Alega la defensora de esta causa, también la representación de su partido en el Ayuntamiento de Madrid, que Millán Astray no debe perder su calle porque hizo mucha obra social. Y pone algunos ejemplos. Yo le voy a recordar que Hitler hizo mucha más obra social que Millán Astray, para que le dé una vuelta al tema. A lo mejor habría que sustituir el nombre del general español por el del genocida alemán, si de obra social se trata. Hay que recordarle que no le quitan el nombre de la calle por haber fundado la Legión, ni por las virtudes que pudo tener, sino por su colaboración con el régimen franquista.

Les molesta que desaparezcan los vestigios de aquella España, tienen motivos, no los dicen. Nos toman por idiotas.

La sorpresa de los observadores internacionales ante la falta del resurgimiento de estos movimientos xenófobos, populistas, de extrema derecha, no debería ser tal. Como los marcianos, esa gente está entre nosotros. Por todas partes. Siempre estuvieron, nunca nos dejaron. Así nos luce el pelo.

Si los quieres ver, sólo tienes que quitar el nombre de una calle a un artífice de la dictadura. Aparecen como las moscas en torno a la miel, o a cualquier otra sustancia pestilente que, a usted, querido lector, le sugiera esta cuestión.

Qué hartura de fascismo. Ochenta años después.

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

“Franco debe ser entregado a su familia y el Valle de los Caídos, demolido”

20 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“España es un país sin historia y sin memoria”.  Una tierra que mira de lado a su última experiencia democrática, destruida por un cruento golpe militar, y que  permite la tumba del dictador en un mausoleo levantado por esclavos y que cuesta dinero público. Un país donde el franquismo sociológico anida sin inconvenientes y la ley de Memoria Histórica es “boicoteada por la derecha desde el principio hasta nuestros días”, en palabras del  historiador  Francisco Espinosa Maestre (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1954).

España niega a las víctimas de los golpistas verdad, justicia y reparación, dice. Un proceso de olvido construido durante décadas de dictadura y reforzado en un “ peculiar modelo de transición”. Con páginas manchadas por el terror fundacional del franquismo e historias trágicas, y claves, como las que Espinosa Maestre relata en su libro La columna de la muerte (Crítica). Un volumen de referencia “agotado” y reeditado 14 años después, que recupera “la obra completa, revisando el texto y actualizando los listados de víctimas y otros anexos”.

Al hilo de la votación en el Congreso sobre la tumba del dictador, ¿debe Franco seguir enterrado en el Valle de los Caídos?

Todos los restos allí depositados deben ser identificados en la medida de lo posible y recibir digna sepultura. Los restos de Franco y Primo de Rivera deben ser entregados a sus familiares para que los lleven donde crean convenientes.

¿Está por la resignificación o demolición del mausoleo franquista?

Estoy porque se deje de invertir dinero público en aquel lugar y sea demolido o se abandone a su suerte. Ni un solo euro más debe ir dedicado a aquel despropósito. Por lo demás parece que aquello no está en condiciones de durar mucho. Cuanto antes desaparezca, mejor.

Coronel Yagüe, el 'carnicero de Badajoz'
Coronel Yagüe, el ‘carnicero de Badajoz’

¿España sigue sin leer bien las páginas más crudas de su historia contemporánea?

España es un país sin historia y sin memoria. Una especie de país al que no le circula bien la sangre, con uno de los índices de corrupción mayores de Europa y en el que ninguno de los partidos mayoritarios, PP y PSOE, ha querido plantearse qué hacer con el pasado. Unos porque se sienten a gusto con él y otros porque siempre lo temieron.

¿Por qué es necesaria la memoria histórica?

Por las tres claves: verdad, justicia y reparación. Un país cuya última experiencia democrática fue destruida por un salvaje golpe militar, una guerra civil, una larga dictadura y un peculiar modelo de transición requiere un proceso por el que la sociedad pueda conocer la verdad de lo ocurrido en toda su dimensión. E igualmente requiere que sus responsables sean llamados por las palabras que la justicia y la historia tienen para definirlos.

Y la ley de Memoria Histórica estatal, ¿es un éxito o un fracaso?

Fue un proyecto tardío y fallido. No recogió ni una sola de las reivindicaciones fundamentales y su medida más atrevida, la desaparición de la simbología franquista, ha sido boicoteada por la derecha desde el principio hasta nuestros días.

Detención de civiles
Detención de civiles.

¿Qué explica la existencia de calles o plazas con nombres fascistas?

La salida anómala de la dictadura. Ningún país democrático permitiría que se dedicasen calles a criminales de guerra y fascistas de toda laya. Esto pasa aquí porque, al contrario que en Alemania e Italia, el fascismo triunfó y se perpetuó.

¿Considera Alemania como paradigma?

Allí el nazismo fue derrotado y a partir de los años ochenta se han realizado políticas de memoria muy importantes.

Y aunque perpetuado de algún modo, ¿parte el franquismo de un fracaso, el golpe de Estado del 36?

Fracasó parcialmente. Salvo en zonas muy concretas, todo el territorio tuvo que ser ocupado pueblo a pueblo. La mayoría de la gente rechazaba el golpe y no quería una dictadura. Triunfó donde contaban con fuerzas militares suficientes para imponerse. Pero poca confianza tenían los golpistas cuando lo primero que hicieron fue traerse a la península las fuerzas africanas.

¿Qué papel juega el Ejército de África en las matanzas?

Las  rutas por las que pasaron las columnas africanas son fácilmente reconocibles. Pese a la dureza represiva de todas las fuerzas al servicio del golpe, no hay nada parecido a lo que van dejando a su paso por Cádiz, Sevilla, Badajoz, Toledo y Madrid. La diferencia la marca el terror impuesto por el Ejército de África, estrechamente asociado a Franco.

El 'carnicero de Badajoz' junto a Adolf Hitler. | ASRD
El ‘carnicero de Badajoz’ junto a Adolf Hitler. | ASRD

¿Qué nivel alcanzó aquel terror fundacional del franquismo?

Unas cotas desconocidas hasta entonces en nuestra historia. Los golpistas pusieron en marcha un plan de hechos consumados que impidiera la marcha atrás de sus protagonistas. Las fuerzas africanas carecían de límite. Podían asesinar, violar y robar sin problema alguno. Solo debían tener claro quién era el enemigo y no equivocarse. Una vez ocupada una localidad, disponían de un tiempo para hacer lo que les viniera en gana. Antes de partir a otra localidad vendían los objetos con los que no podían cargar. Pueblos y ciudades fueron saqueados.

¿Cómo?

La aviación de Tablada a veces bombardeaba previamente las ciudades a ocupar, usaron abundantemente la artillería… el resto se dejaba a moros y legionarios. Y realizaban una primera matanza de personas señaladas por la oligarquía local.

Es lo que define como La columna de la muerte.

Eran fuerzas de choque y miles de personas. Con el grueso del Ejército de África, ya en Sevilla se unen diversas fuerzas militares fuera de la ley y milicias fascistas. Nunca en ese recorrido tuvieron en contra una fuerza no ya similar sino simplemente que pudiera frenarlos, pero necesitaron ocupar pueblo a pueblo imponiéndose por el terror.

La matanza de Badajoz en un periódico francés
La matanza de Badajoz en un periódico francés.

¿Qué aportó y aporta su libro  La columna de la muerte ?

La gran aportación de La columna de la muerte fue mostrar con rigor la operación quizás más importante de los días siguientes al golpe militar del 18 de julio una vez trasvasado a Sevilla el Ejército de África. La conocíamos a grandes rasgos pero no con la precisión que el caso requería. Hablamos de dos semanas, las que van de la salida de las columnas desde Sevilla hasta la ocupación de Badajoz el día 14 de agosto. Se estudian las operaciones de la columna central de Asensio y las que Castejón y Tella fueron realizando sobre poblaciones cercanas a la carretera general.

Y poner nombres y apellidos.

Sí, los listados con los nombres de quienes formaron parte de los comités antifascistas, de los presos de derechas y de las víctimas, tanto de derechas como de izquierdas. Estos últimos deben ser completados cuando podamos acceder a todos los archivos.

Archivos que siguen cerrados a cal y canto.

Nuestros ‘archivos del terror’  siguen inaccesibles. Y son los que podrían darnos información exhaustiva sobre el golpe y sus consecuencias.

Concluye, de algún modo, que la masacre de Badajoz es una especie de anticipo de Auschwitz.

La referencia a Auschwitz surgía al pensar en un plan de exterminio aplicado sobre la población civil, con un modelo que no dejaba a nadie fuera. Un genocidio donde lo fundamental no era la raza sino la ideología y la pertenencia a una clase social, y todo ello con la firme voluntad de aniquilar a quienes dieron vida a la II República y de que nunca más hubiera posibilidad de que renaciera.

Tropas del ejército rebelde, en el asedio a población civil durante 'la desbandá'.
Tropas del ejército rebelde, en el asedio a población civil durante ‘la desbandá’.

El objetivo del ataque indiscriminado contra población civil era…

No era otro que el de paralizar por el terror. Alguna gente con más conciencia de lo que podía ocurrir partió de sus pueblos y los que se quedaron fueron víctimas de la represión. Era violencia de  carácter ejemplarizante. Nadie pudo imaginar que la ‘limpieza’ se llevaría también por delante a cientos de mujeres e incluso a menores de edad.

¿La guerra civil española sirve, también así, como antesala de la Segunda Guerra Mundial?

Para el nazifascismo formó parte del plan que pondrían en marcha a partir de septiembre de 1939, unos meses después del final de la guerra civil. El apoyo al golpe militar en España fue pieza clave de ese plan. Por otra parte, por iniciativa de Inglaterra y Francia, numerosos países europeos decidieron abandonar a su suerte a la República y, desde agosto del 36, pusieron en marcha la farsa del Comité de No Intervención. Fue así como, mientras las democracias miraban hacia otro lado, Alemania, Italia y Portugal siguieron ayudando a sus colegas fascistas españoles.

'La columna de la muerte', de Francisco Espinosa Maestre.
‘La columna de la muerte’, de Francisco Espinosa Maestre.

¿Hubiera ganado Franco sin la ayuda de Hitler y Mussolini?

El golpe no hubiera triunfado sin el Ejército de África, trasladado a la península a lo largo de varios meses desde el 18 de julio. Y esto no hubiera sido posible sin la ayuda nazi y fascista, proporcionando hombres y medios desde el primer momento. El 7 de noviembre de 1936, tras el fracaso ante Madrid, de nuevo la Alemania nazi y la Italia fascista salvan del desastre a los golpistas españoles con más ayuda. Fue un momento clave. El Ejército de Franco creía que iba a ser una marcha militar victoriosa pero derivó en guerra convencional.

Y hay una pieza clave en esta historia:  Juan Yagüe, ‘el carnicero de Badajoz’.

Es pieza clave en la sublevación en el norte de África. A su condición de africanista unía la de fascista. Yagüe, jefe de la Columna de la Muerte, se incorpora a ella en Mérida y es responsable de lo ocurrido en el trayecto desde Badajoz a Toledo pasando por Talavera de la Reina, de cuyo paso nos queda la fotografía de la masacre realizada por sus fuerzas en la calle Carnicerías que figura en la portada de La columna de la muerte y cuya historia se cuenta en uno de los anexos. Como todos estos militares sanguinarios, luego intentó lavar su imagen como falangista bueno y benefactor de su Soria natal. Resulta macabro que los nombres de estos individuos pasasen posteriormente a dar nombres a los hospitales en diversas ciudades.

El espíritu de la Transición

19 junio, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Quienes más alaban sus virtudes son herederos de AP, partido que colaboró en dinamitar la UCD.

Julián Casanova, 10 de febrero de 2016.

La Transición española atrajo la atención de historiadores, científicos sociales y dirigentes políticos de otros países porque fue tomada como un modelo exitoso del que podían extraerse claras lecciones.

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Han pasado ya cuatro décadas desde que comenzó, forma parte de la historia, pero en los últimos años se ha convertido también en objeto de controversia política para examinar y enjuiciar los defectos de nuestra democracia. Hay lecturas para todos los gustos, desde las que plantean la necesidad de una “segunda Transición” a quienes, ante la crisis actual y las dificultades para formar gobierno, reivindican su supuesto “espíritu” de convivencia y reconciliación. Suelen ser lecturas sesgadas, alejadas del conocimiento histórico y puestas al servicio de los proyectos políticos del presente.

Vistas las cosas desde su fruto final, todo parece, efectivamente, feliz. Porque aunque hubo que superar numerosos conflictos y obstáculos como montañas, desde una larguísima dictadura se pasó en tan sólo unos años a una democracia plena. Nada que ver con la traumática historia de España hasta entonces. Pero, ¿fue ese milagro consecuencia del llamado “espíritu de la Transición”?.

Poco espíritu de convivencia y reconciliación tenía el presidente del primer Gobierno de la Monarquía, Carlos Arias Navarro, nombrado por Franco, ratificado por el nuevo Rey, enemigo de cualquier cambio que amenazara la perpetuación en el poder de la élite política de la dictadura. Y es verdad que otros ministros de ese Gobierno, viejos servidores de Franco, presentaban un perfil más reformista, pero prescindieron de la oposición para su proyecto de reforma política y basaron su autoridad en el control del aparato represivo y de la Administración del Estado franquistas. Ante el aluvión de protestas, conflictos y demandas de todo tipo, la política de orden público de Manuel Fraga Iribarne seguía basada en la represión, la cárcel, las sanciones administrativas, las multas y la censura.

Será difícil encontrar las virtudes de su supuesto espíritu de pacto, y de superación de los intereses partidistas, en los Gobiernos de Suárez.

Con esos protagonistas, la reforma no podía ir más lejos. El Rey exigió a Arias su dimisión el 1 de julio de 1976 y nombró a Adolfo Suárez, un joven falangista católico que había pasado por la secretaría general del Movimiento.

Suárez tomó la iniciativa y en menos de un año puso en marcha un proyecto de Ley para la Reforma Política, que sirvió de guía hasta las elecciones generales de junio de 1977, en un escenario sembrado de miedo, terrorismo, recuerdos constantes al pasado traumático y llamadas a la paz, al orden y a la estabilidad. La Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez, constituida cinco semanas antes por grupos de origen muy distinto, ganó las elecciones con el 34,4% de votos y 165 escaños, pero para gobernar no tuvo que pactar con la oposición, el PSOE, 29,3% de los votos y 119 diputados, sino que le bastó el apoyo de los 16 diputados de AP, 13 de los cuales habían sido ministros de Franco.

Y aunque Suárez volvió a ganar en las elecciones de marzo de 1979, las que siguieron a la aprobación de la Constitución, de nuevo sin mayoría absoluta, su figura se deterioró con la misma rapidez con la que había brillado y tuvo que dimitir menos de dos años después, el 29 de enero de 1981, en medio de una profunda división en su partido, de enfrentamientos personales y de presiones de sus principales dirigentes. Cuando se celebraron las siguientes elecciones, en octubre de 1982, UCD, ese conglomerado de facciones y dirigentes procedentes la mayoría del franquismo, apenas sobrevivió con un 7% de los votos y Suárez había creado un nuevo partido, de escasa y corta vida política.

Resulta curioso que quienes más apelan ahora a ese “espíritu de la Transición” sean los herederos directos de AP, el partido que ni siquiera votó unánimemente la Constitución —cinco de sus 16 diputados los hicieron en contra—, y que con la “mayoría natural” que reclamaba Fraga contribuyó a dinamitar a la UCD para recoger después los restos de su naufragio.

La Transición, conducida desde arriba por las élites políticas procedentes de la dictadura, empujada desde abajo por la oposición democrática y una amplia movilización social, puede ser modelo de muchas o pocas cosas, dependiendo del relato, pero será difícil encontrar las virtudes de su supuesto espíritu de pacto, y de superación de los intereses partidistas, en aquellos Gobiernos. A no ser que se defienda la leyenda rosa del pasado ejemplar.

Julián Casanova es, junto con Carlos Gil Andrés, autor de Historia de España en el siglo XX (Ariel).

Nueve preguntas y respuestas sobre el futuro de Franco en el Valle de los Caídos

17 junio, 2017

Fuente: http://www.publico.es

El Congreso ha aprobado este jueves una Proposición No de Ley que insta al Gobierno de Mariano Rajoy a exhumar los restos del dictador del Valle de Cuelgamuros.

El Valle de los Caídos, en el interior de cuya basílica descansan los restos de más de 33.400 víctimas de la Guerra Civil. EFE

El Valle de los Caídos, en el interior de cuya basílica descansan los restos de más de 33.400 víctimas de la Guerra Civil. EFE

En este artículo intentamos resolverte todas las dudas que puedes tener sobre qué hay que hacer para sacar al dictador del Valle de los Caídos y qué es lo que se ha hecho hasta ahora.

1. ¿Cuándo se sacará a Franco del Valle de los Caídos?

No se sabe. La Proposición No de Ley (PNL) aprobada por el Congreso no tiene carácter vinculante y, por tanto, tampoco establece una fecha concreta para su ejecución. El Gobierno no tiene por qué  atender al contenido de la misma. Además, es descatable que cada año el Congreso suele aprobar más de 1.000 PNL al año.

2. ¿Puede sacar el Gobierno a Franco del Valle?

No. El Estado no puede exhumar unilateralmente a Franco del Valle de los Caídos. El lugar donde está enterrada Franco no es un lugar público, sino que se rige por la normativa de la Iglesia Católica. Así lo recoge el artículo 16 de la Ley de Memoria Histórica. Por tanto, la competencia en este tema es de la Iglesia católica y de la familia del difunto dictador.

3. ¿Qué puede hacer el Gobierno para sacar a Franco?

El Gobierno puede resignificar el espacio del Valle de los Caídos, que se asemeje a un Centro de Interpretación de la Guerra Civil y honrar a la memoria de las víctimas por igual. Es decir, el Gobierno puede hacer lo que quiera con el espacio, pero no con lo que hay dentro de la basílica.

No obstante, el Gobierno sí que puede emplazar a la Comunidad Benedictina que gestiona la Iglesia del Valle de los Caídos a abrir una negociación e incluso tomar medidas de presión para que se permita la exhumación de los restos del dictador ya que esta comunidad recibe dinero público. Por poder, el Estado puede hasta tratar de convencer a los Franco para que soliciten el traslado el panteón familiar.

4. ¿Por qué está Franco en el Valle de los Caídos?

La lista de motivos puede ser interminable. Nos limitamos a señalar que fue decisión del rey Juan Carlos I y del Gobierno de la época entregar los restos de Francisco Franco a la protección de la Comunidad Benedictina en el Valle de los Caídos. En multitud de ocasiones se ha señalado que ni Franco ni su familia querían que sus restos terminaran allí.

También es destacable que en 40 años de democracia ninguno de los diferentes gobiernos democráticos ha tenido a bien buscar la fórmula de sacar a un dictador genocida de un lugar público que le rinde homenaje.

5. ¿Implica un cambio en el resto del Valle de los Caídos?

La PNL aprobada hoy en el Congreso incluye un total de 16 medidas entre las que se encuentra “redefinir” el Valle de los Caídos “para que deje de ser un lugar de memoria franquista y nacional católica y reconvertirlo en un espacio para la reconciliación de la memoria colectiva democrática y de dignificación de las víctimas de la Guerra civil y de la dictadura”. Sin embargo, el Gobierno no tiene por qué aplicar estos cambios.

6. ¿Qué pasa con Primo de Rivera?

La PNL pide al Ejecutivo que saque a Primo de Rivera del lugar preeminente donde está enterrado, pero añade que sus restos pueden permanecer junto al resto de víctimas que están en el Valle de los Caídos ya que fue “una víctima más de la Guerra Civil”, según el PSOE. El problema en este punto es el mismo que con Franco. La potestad es de la Comunidad Benedictina.

7. ¿Por qué el PSOE dice digo donde dijo Diego?

Llama la atención mucho que el PSOE incluya entre las propuestas de su PNL que se someta a estudio si se debe declarar la nulidad de las condenas y que a la vez rechace la enmienda de Unidos Podemos de anular los juicios del franquismo.

Asimismo, esta petición del PSOE contrasta con la actitud de los socialistas cuando estaban en el Gobierno. En el año 2010, con los votos de PP y PSOE, el Pleno del Congreso rechazó una moción de ERC en la que reclamaba al Gobierno de Zapatero que impulsase las reformas legales necesarias para se pudiera solicitar la revisión de las sentencias políticas dictadas durante el franquismo, ya que fueron declaradas ilegítimas por la conocida como Ley de Memoria Histórica de 2007. La iniciativa sólo recibió el apoyo de los nacionalistas y las minorías de izquierda.

8. ¿Cambiará la Ley de Memoria Histórica? 

Salvo sorpresa mayúscula, la Ley de Memoria Histórica continuará igual que la aprobó el Congreso en el año 2007 ya que, como se ha señalado, el Gobierno no tiene obligación ninguna de acatar la petición del Congreso de los Diputados.

Asimismo, cabe destacar que Mariano Rajoy lleva cinco años consecutivos sin dotar de un euro la Ley de Memoria por lo que en la práctica ha sido derogada en muchos aspectos.

9. ¿Hay algo de oportunismo en la petición del PSOE?

En opinión del que firma este artículo, sí. No deja de ser curioso que el PSOE vuelva a retomar la batalla por la Memoria Histórica cuando las encuestas parecían darle la espalda y, sobre todo, cuando más necesitaba distanciarse del Partido Popular y postularse como un partido de izquierdas. Tampoco es casual que esta medida coincida en el tiempo con la aprobación en Andalucía de una Ley de Memoria Histórica en un momento en el que Susana Díaz también necesita proyectar al exterior una imagen más izquierdista para paliar esas críticas que la acerca ideológicamente al PP.

Los republicanos eran “los buenos” y los franquistas “los malos”

4 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Somos la nación del Valle de los Caídos, de las calles y estatuas dedicadas a asesinos, de “periodistas” y políticos que defienden públicamente a un maldito dictador

Carlos Hernández | 11/01/2017 – 20:48h

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe
Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

La noche de Reyes murió un hombre bueno. José Alcubierre pasó cuatro años y medio en el campo de concentración nazi de Mauthausen, donde vio cómo su padre, Miguel, era asesinado. Nunca fue reconocido como un héroe por el país que le vio nacer. Ni él ni los miles de compatriotas que, por defender la libertad, acabaron en el peor de los infiernos creado por el ser humano. José murió como todos ellos: olvidado e ignorado por su Gobierno, por sus políticos, por su país. José era español.

Mientras el niño prisionero de Mauthausen fallecía en el exilio francés, en esta España de Indas y Marhuendas conocíamos el contenido de dos discursos reveladores. Una alcaldesa y un diputado autonómico del partido que gobierna España, gracias por cierto a los votos del PSOE, elogiaron la figura de Franco durante una cena organizada por la fundación que lleva el nombre del dictador. Mientras ella pedía un aplauso para “el mejor jefe de Estado español del siglo XX”, él se enorgullecía de que su hijo de 14 años rebatiera “a su profesora comunista” diciéndole “que con Franco en España había orden”.

Estos hechos, el olvido del héroe y el aceptado ensalzamiento del asesino, demuestran lo que realmente pasa en nuestra querida España. Si hoy seguimos así, sin resolver el problema de Historia y de Memoria que tiene este país, es, entre otras cosas, porque los demócratas no hemos hablado con la suficiente claridad. No lo hicimos durante la Transición porque el aparato franquista tuteló ese proceso y lo condicionó con la permanente amenaza de acabar con él mediante su método favorito: el golpe de Estado. Y no lo hemos hecho durante los 40 años de democracia porque vivimos tan acomplejados que acabamos comprando el discurso de los herederos del dictador.

Solo así se entiende que una mayoría de los españoles mantenga una absoluta equidistancia entre víctimas y verdugos, es decir, entre quienes defendieron la democracia republicana y aquellos que acabaron con ella gracias al apoyo de Adolf Hitler. De aquí es de donde surgen todas las anomalías y los anacronismos que avergonzarían a cualquier país civilizado. Somos la nación del Valle de los Caídos, de las calles y estatuas dedicadas a asesinos, de “periodistas” y políticos que defienden públicamente a un maldito dictador.

Nunca es tarde para empezar y el paso más importante es reivindicar intelectualmente lo que debería ser obvio y que, sin embargo, en nuestro país suena casi revolucionario. Lo diré sin matices, con un lenguaje infantil que resulta muy necesario en este caso: los republicanos fueron “los buenos” y los franquistas “los malos”. Hasta que no asumamos como sociedad esta evidencia histórica, no dejaremos de ser un país democráticamente anormal.

Solo los neonazis y ultraderechistas cuestionan en Europa quienes fueron “los buenos” y quienes “los malos” en la II Guerra Mundial. El hecho de que los Aliados cometieran numerosas atrocidades, entre ellas los criminales bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagashaki, no hace que nadie cuestione la culpabilidad astronómica de Hitler y los suyos.

¿Se atrevería nuestro Rey a defender la misma impresentable equidistancia entre nazis y aliados que la que mantuvo entre demócratas y franquistas durante su mensaje de Nochebuena? ¿Osaría Felipe VI acusar a los descendientes de los judíos gaseados en Birkenau de querer reabrir heridas por intentar honrar la memoria de sus víctimas? ¿Haría Campofrío un anuncio navideño equiparando a un SS con una guerrillera de la Resistencia o con un seguidor del Bayern de Munich? ¿Emitiría Telecinco una serie humanizando a Heinrich Himmler? ¿Seríamos capaces de tener enterrado en un enorme mausoleo, cuidado por monjes benedictinos, a Adolf Hitler? ¿Toleraría nuestra Justicia una fundación que llevara el nombre del Führer?

Dicho todo esto vamos con los matices. Claro que es necesario analizar el periodo republicano, como todos, desde un rigor histórico objetivo alejado de cualquier idealismo. Claro que hubo “buenos” y “malos” en ambos bandos… Cerca de 50.000 personas fueron asesinadas extrajudicialmente durante la guerra en la España republicana. Es una cifra escandalosa e injustificable… como lo fueron los bombardeos aliados de Dresde o de Hamburgo. Y, sí, claro que hay que divulgar lo ocurrido en Paracuellos y en otros lugares donde se cometieron cobardes matanzas por parte de extremistas comunistas y anarquistas.

El problema para los nostálgicos del franquismo y para los cómplices del mismo, como parece ser nuestro Rey, es que los hechos históricos documentados nos alejan de la equidistancia. Dictadura frente a democracia; 150.000 asesinados por los sublevados frente a 50.000 por los republicanos; el terror, la muerte y la violación de mujeres como estrategia de guerra ordenada por los líderes golpistas frente a la actitud de los mandatarios de la República que intentaron controlar e incluso castigar los crímenes cometidos por sus exaltados; democracia, imperfecta pero democracia, con libertad, derechos sociales e igualdad frente a 40 años de oscuridad, crímenes de Estado, totalitarismo, machismo y miedo…

José Alcubierre fue un hombre bueno y Francisco Franco un asesino. Uno murió la pasada semana, olvidado en el exilio francés; el otro continúa enterrado en un gran mausoleo cerca de Madrid, tiene una estatua en Melilla y su apellido sigue presente en las calles y plazas de cientos de municipios españoles. ¿Somos o no somos una sociedad democráticamente enferma?

José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

23 febrero, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

Franco pop

12 febrero, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

SERGIO DEL MOLINO, 11 DE DICIEMBRE DE 2016

En la Venta de Almadrones, sobre los terrenos donde se libró la batalla de Guadalajara, cambiaron hace tiempo los expositores de cintas de música de gasolinera por conservas de lujo, chocolatinas y vinos y licores. Nada reseñable si no fuera porque el vino destacado no es de Rioja ni Ribera ni Albariño ni de ninguna denominación de origen famosa. Y, si lo es, no se sabe, porque toda la etiqueta la ocupa un retrato de Francisco Franco y el nombre en mayúsculas de FRANCO. La etiqueta del reverso es una bandera de España, y debajo del nombre del vino (Franco, obviamente), el lema España, una, grande y libre, con multitud de signos de exclamación que excuso reproducir.

La Venta de Almadrones, más conocida como el Área 103, es una de las zonas de descanso más concurridas de las carreteras españolas, en plena Alcarria, en el kilómetro 103 de la A-2. A la hora de comer es difícil encontrar sitio. Cientos, tal vez miles, de personas pasan a diario por delante de las estanterías donde el vino Franco se exhibe con patriótico orgullo, y hasta hoy no he visto a nadie escandalizado. A lo sumo, si alguien repara, se hace una foto discretamente, sonriendo. Otros se dan codazos y señalan moviendo la cabeza, como diciendo lo que hay que ver, pero no he visto que nadie ponga el grito en el cielo. Supongo que, si hubiese muchas protestas, colocarían las botellas en un lugar menos visible.

Me resulta curioso que algo así pase tan desapercibido en esta época de ofensa permanente y de campañas de censura en change.org. Esta semana, el dueño de un restaurante me contó que tuvo que cambiar lo que se veía en las pantallas de tele del local porque algunos clientes consideraban que los vídeos musicales que salían en ellos eran pornografía inapropiada para sus hijos pequeños. En la era de la queja continua, sin embargo, nadie considera nocivo para sus hijos la venta al público de un vino que homenajea a un dictador.

Cuatro décadas después, el franquismo sigue cubierto de una capa de folclorismo y cachondeo que impide que se tome conciencia de lo atroz que fue. El propio Franco tiene la culpa, con su figura de malvado de tebeo de Bruguera y su voz de flauta afónica. Era un dictador sin escenografía de terror, incapaz de imponerse, puro esperpento y caricatura de sí mismo. Pero también parte del discurso antifranquista es responsable de esta banalización, al apostar por el humor y la parodia. Sobre todo en el cine, desde La escopeta nacional (1978) a Buen viaje, excelencia (2003), se ha incidido en el lado grotesco y cómico de la dictadura. Incluso los relatos más dramáticos han elegido la caricatura al retratar a los militares franquistas o a los prebostes del régimen.

QUÉ GILIPOLLAS ÉRAMOS. Y QUÉ POCAS DISCULPAS TENÍAMOS

El humor desactiva el miedo, y la burla de la dictadura ha sido un resorte crítico demoledor y necesario para acabar con muchas inercias y tentaciones posfranquistas, pero, a la larga, ha folclorizado tanto a Franco que cuesta verlo como lo que fue: un dictador temible, sangriento, implacable y sádicamente criminal. Pinochet y los milicos argentinos proyectaban una imagen un millón de veces más siniestra.

Yo mismo me tomé a guasa el asunto durante mucho tiempo. En un piso que compartía en Madrid (en una época de disipación y pereza irrepetible), mi compañero y yo decidimos decorar el salón con un cartel que anunciaba los actos de un 20-N en la plaza de Oriente, con los retratos de Franco y José Antonio. Nos parecía una broma estupenda y nos encantaba ver la cara de desconcierto, incomodidad y cabreo de quienes visitaban la casa.

Qué gilipollas éramos. Y qué pocas disculpas teníamos.

En mi novela Lo que a nadie le importa (Random House, 2014) intenté purgar esa frivolidad narrando una parte de la batalla del Ebro y retratando a un Franco aterrador inspirado en monstruos de fantasía, una especie de Sauron que mandaba a sus soldados a ser triturados como carne de cañón. Para entonces, ya estaba convencido de que a Franco le sobra caricatura. Franco nos tiene que dar miedo, porque es terrorífico, porque el relato desapasionado y descriptivo de lo que hizo provoca mil escalofríos.

HASTA EL REY MÁS CRUEL SE APIADA DEL BUFÓN DE VEZ EN CUANDO

No creo que en España persista el franquismo, como sostienen muchos, pero sí hay un problema de asimilación. La caricatura continua produce al final un efecto compasivo. Hasta el rey más cruel se apiada del bufón de vez en cuando, y la burla costumbrista del franquismo hace que miles de personas pasen cada día junto a un expositor de botellas de vino de Franco y se rían, divertidas, como si aquello fuera una broma carpetovetónica, el exabrupto senil de un suegro facha. Algunos, tal vez, se lleven una de recuerdo, para bromear con sus amigos, para regalársela como chiste a su primo de Podemos o como humorada kitsch. Gente que no tolera un vídeo musical porque lo considera pornográfico se reirá de buena gana con un homenaje a un dictador asesino.

Y yo, que le encuentro la gracia a casi todo, no le veo la guasa a esto por ningún lado.

AUTOR

Sergio del Molino. Juntaletras. Autor de La España vacía, Lo que a nadie le importa y La hora violeta, premio El Ojo Crítico 2013.

El “Valle de los Caídos” o cómo seguir pagando a los franquistas

7 noviembre, 2016

Fuente: http://www.publico.es

14 Ago 2016
Recientemente el Tribunal de Cuentas ha realizado un Informe Preliminar en el que señala que el Consejo de Administración de Patrimonio Nacional subvenciona todos los años con 340.000 euros a la Abadía Benedictina del Valle de los Caídos. Ochenta años después del inicio del golpe de estado fascista contra la República, se sigue dando dinero público (1) para el mantenimiento de “rezos y misas” para los “mártires de la Cruzada”.

Dicha subvención es anual y directa (sin concurrencia ni publicidad) para “levantar las cargas espirituales impuestas por el fundador y atender a la finalidad social”.

El Convenio por el que se rige esta subvención a la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos data de 1958, año en que se terminó de construir dicho “Monumento”; esto es, en los más negros años del franquismo. Muchas de las leyes franquistas, y este convenio  en particular, no sólo no se han derogado, sino que siguen costando dinero al erario público.

El estado paga el mantenimiento del centro público de encuentro por excelencia de las hordas fascistas que todavía campan a sus anchas en todos los rincones del estado. Cada 20 de noviembre hacen allí su botellón, y el estado, con el dinero de todos, les mantiene limpia y en condiciones la plaza y la estampita.

Conviene recordar que dicho monumento no es un monumento cualquiera y que se construyó por un decreto directo del genocida Franco, de fecha 1 de abril de 1940. En dicho decreto se decía que “la dimensión de nuestra cruzada… no puede quedar perpetuada por los sencillos monumentos” y que habría de hacerse un “templo grandioso en el que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria”, para finalizar definiéndolo como “lugar perenne de Peregrinación… en el que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”.

Además, ese mismo día, el dictador genocida Franco fue al valle de Cuelgamuros para, después del primer desfile conmemorativo de la victoria fascista, enseñar a los embajadores de la Alemania nazi y de la Italia fascista el enclave elegido para dicho monumento. La II Guerra Mundial había comenzado ocho meses antes. Un mes más tarde, la Alemania de Hitler invadiría Francia. Así pues, la Cruz y la Basílica son el “Monumento” por excelencia a la culminación del golpe de estado militar de las fuerzas y potencias fascistas y nazis de Europa contra el Gobierno legítimamente constituido de la II República Española. Aborrecible título: el único monumento al fascismo en pie en toda Europa.

Para mayor escarnio, más de 20.000 presos republicanos fueron obligados a trabajar, durante 18 años, en la construcción de dicho monumento. En estos trabajos forzados murieron, en accidentes, decenas de ellos y un número nunca esclarecido falleció después por contraer silicosis y otras enfermedades durante las obras.

Dicho sea de paso, no es de extrañar que haya mucha gente, cada vez más, que quiera dejar de formar parte de esta España, y que, cuando pasan cerca del Valle de Cuelgamuros y ven su ostentosa cruz, sienten el escalofrío de verse aún en la España franquista.

No está de más recordar cómo se destruyó totalmente la Cárcel de Carabanchel en Octubre de 2008. No se dejó piedra sobre piedra. Ni siquiera un mínimo recuerdo de los  miles y miles de antifranquistas que dejaron entre sus muros lo mejor de su vida por luchar contra la dictadura. Ni siquiera una mención a los anarquistas allí ajusticiados por garrote vil, Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez. Ni un homenaje a Xosé Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez-Bravo y Ramón García Sanz, que, como recuerda incluso la Wikipedia, pasaron allí sus últimas horas, antes de ser ejecutados en Hoyo de Manzanares, en las que serían las últimas ejecuciones del franquismo.

Cuando lo que se propone es acabar con un monumento o lápida o calle o plaza de homenaje a los sublevados fascistas, presentes en lugares principales de toda España desde hace casi 80 años, se levantan voces airadas que dicen: “¡Eso es historia, no se puede tocar…!” Cuando lo que se pretende es homenajear públicamente a los resistentes al franquismo, esas mismas voces dicen: “¡Eso no se puede hacer, eso es espíritu de revancha!”. Es mucho más sencillo: es justicia democrática.

Recientemente ha aparecido un contundente artículo de Jon Lee Anderson, suscrito por los periodistas Martín Caparrós, Gumersindo Lafuente e Ignacio Escolar, de muy recomendable lectura. Su título no deja lugar a dudas: “Dinamitar el Valle de los Caídos”. Suscribo plenamente su contenido y me adhiero a él. La reacción de la derecha (todas las muchas derechas, aun las que dicen no serlo) ha sido visceral en contra del autor del artículo y del medio en el que se ha publicado. Su rabia nos dice que estamos en el buen camino.

Liquidar este Monumento de “la Cruzada” sería acabar con la exaltación que todavía hoy se sigue haciendo de la dictadura franquista. Dinamitarlo sería lo menos que podría hacer cualquier gobierno democrático para empezar a poner fin a la Impunidad de los crímenes de la dictadura y sus responsables directos. Sus ruinas podrían dejarse, eso sí, como testimonio histórico y simbólico de la liquidación definitiva de tan odioso régimen. (2)

Por supuesto previamente habría que exhumar los restos de los republicanos allí enterrados. Algunos familiares han tenido que recurrir a la Justicia para recuperar los restos de sus familiares antifascistas, y aún con sentencias a favor, los responsables de este momunento fascista se niegan, por ahora, a hacerlo. (3)

A la vista de los hechos, parece que tanto los gobiernos del PP como del PSOE se dan toda la prisa del mundo por acabar con los vestigios de la resistencia y lucha contra el franquismo, y a su vez mantienen con todos los parabienes, dinero incluido, muchos de los monumentos franquistas para mayor escarnio de los demócratas y luchadores antifascistas.

  1. Estos 340.000 euros suponen quitar unos 2.000 euros (a cada uno), de las nóminas de más de 170 trabajadores mileuristas (el 19% de IRPF a quien gane 12.450 euros al año)
  2. Desde el Foro Social de la Sierra de Guadarrama se viene reclamando la desacralización de la basílica, la voladura (eso sí controlada y por el Ministerio de Fomento) de la Cruz y la conversión del feísimo momumento en un memorial de la lucha antifranquista. Desde hace nueve años, gentes de la Sierra hacen una concentración frente al recinto del Valle de Cuelgamuros el sábado más cercano al 20N, para reivindicar estas exigencias.
  3. Parece que están enterrados unos 12.000 republicanos. Sus restos fueron trasladados allí de manera forzosa, sin autorización de descendientes, e ilegalmente.